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Revista
“Visión Chamánica”
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Ricardo Díaz Mayorga
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El autor

Diosco

Dioscórides Pérez Bedoya

 Nace en Pereira en 1950. Estudios de arte en la Sociedad de Amigos del Arte y en el Instituto de Bellas artes de la Universidad Tecnológica de Pereira. Estudia teatro y artes plásticas en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia donde recibe el título de maestro en pintura. Profesor de dibujo y  grabado en la misma facultad desde 1978 hasta hoy día. Estudios de posgrado en grabado -con beca de la OEA- en el CREAGRAF de  la Universidad de Costa Rica. 1984-1987 estudios de grabado en la Academia Central de Bellas Artes de Beijing en China. Estudia Taichi y Chigong en la Escuela del Dragón de la Ciudad Prohibida. Actualmente es Profesor Titular de la UN. Dicta las cátedras de grabado, Cuerpo y Espacio, Performance, Land Art y Taichí.

 

El libro "Los Cantos del Chamám" se puede adquirir en la Librería de la Universidad Nacional ubicada en la Plaza de las Nieves –esquina suroriental–, Cra. 7a. Calle 20, Bogotá DC

 

 

 

 

 

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Arte Chamánico
Los Cantos del Chamán

Diosco-Cantos-Lanz.

Maestros Fernando Urbina y Dioscórides Pérez en el acto de lanzamiento del libro "Los Cantos del Chamán"




Diosco-Cantos-CarátulaLos dibujos de "Los cantos del chamán" son el resultado del acercamiento del artista a los glifos precolombinos y a los mitos y ritos de la tribu Desana del Vaupés, una de las varias culturas indígenas que conservan sabiamente la selva amazónica.

Son un modo artístico de recrear y conservar esa cosmovisión y un intento personal por recorrer, desde el dibujo-escritura, ese camino de signos en busca del pálpito ancestral que guardan los grabados y los trazos rojos.

Este relato gráfico es un homenaje a los chamanes, hombres anónimos de corazón resonante, espíritu creativo y manos hábiles, que tallaron en las piedras de los ríos y dibujaron en las paredes rocosas sus visiones y su palabra-canto.

También para aquellos viejos payés, taitas, mamos, jaibanás y abuelos sabedores que todavía cantan y cuentan entre la selva oscura sus mitos y mantienen ordenado el mundo con sus danzas y ritos. para aquellos que, amarrados con el bejuco-serpiente, pueden andar con paso de felinos en la noche y en el vacío de otras dimensiones, y que señalan a otros el camino del ver-sentir-hacer.

Los poemas que acompañan las ilustraciones del libro fueron creados por el filósofo Fernando Urbina Rangel.

 

 

 

Apartes del Libro

Ilustraciones de Dioscórides Pérez

Poemas de Fernando Urbina Rangel

 

Diosco-Cantos-Danza

13- LA DANZA SAGRADA

En mi banco de sabedor presido el rito.

Empuño mi maraca, falo-útero-emplumado;

hago vibrar mi vara-sonajero,

puente entre la región-verde de abajo

y la corriente-blanca de los cielos;

embrazo mi escudo para alejar hechizos y acechanzas,

mientras tercio la azada que me trae

la fuerza amarillenta que fecunda.

Los hombres hacen sonar sus flautas amorosas

y en la danza son ya la misma sierpe,

la del principio mismo,

y  aves de vuelo largo que comprenden

lo que el polvo-sagrado va mostrando.

 

 

 

Diosco-Cantos-Sueño

 

18- SÍMBOLOS DEL SUEÑO

También dejaron los ancestros las normas del que piensa:

el Sabedor sentado que penetra la esencia de la sombra.

El que en la trama de innúmeras visiones

puede venir derecho sin perderse

en la selva insegura de los símbolos.

Aquel que va hacia abajo,

buscador de palabras antiguas que aconsejan

y gestan la armoniosa arquitectura alrededor del poste   que sostiene.

Él: poste firme de una casa inmensa.

Soñador de respuestas.

La serpiente del Yurupari- Performance

Dioscórides  2015

Cuando se viaja sobre el espejo de agua  del ancho río Vaupés, hay que  agarrarse fuerte de la lancha, pues se navega entre las nubes y se siente un vacío en el estómago en el momento en que  se entra en el abismo  azul del cielo abierto. Hace ya doce años que navegué aguas arriba por este río partiendo desde Mitú. Después de largos días de viaje, con la ropa pegada al cuerpo por el sudor y la humedad, me vi obligado a descender de la lancha al llegar al majestuoso  raudal del Yuruparí, también llamado la "cachivera del diablo", una formación rocosa que impide la navegación. Allí colgamos hamacas  y pasé la noche bajo toldillo, perturbado por los gruñidos y los graznidos que resaltaban entre el susurro misterioso del concierto sonoro de los espíritus de la selva.

Al día siguiente,  caminé media mañana entre las rocas hasta que descubrí  sobre una piedra plana el petroglífo de  una serpiente con la barriga abultada. Emocionado, hice una tira con hojas arrancadas del cuaderno de notas y realicé con dificultad un frotado con lápiz, acosado por los zancudos y acompañado por el grito constante de las guacamayas y el murmullo de la caída de agua entre las rocas. Enseguida   me embarqué hacia el poblado de Carurú con la culebra  doblada en mi mochila. Para mí ese glifo representaba la imagen de la anaconda ancestral, aquella que según el mito Desana bajó del cielo trayendo en su vientre a los primeros hombres, y que navegó con ellos río arriba hasta el nacimiento porque también era canoa. Los azares de este viaje están consignados en una bitácora olvidada llamada La serpiente de agua.

El 19 de septiembre de 2015 regresé a Mitú con el ánimo de lanzar en la biblioteca mi libro de dibujos Los cantos del chamán, donde la protagonista es la anaconda de los Desana. Hacía días que tenía el pálpito de una acción ritual relacionada con esta  serpiente mítica y con el glifo que había calcado años atrás, pues el libro está inspirado en las imágenes de los petrogilfos y la pintura rupestre. La idea secreta que sentía resonar en el corazón era hacer un dibujo de la serpiente en tinta negra y arrojarlo al agua de su origen. Se trataba de una acción ritual, una performance  del sentir, hacer y dejar ir: un ejercicio de aparición y desaparición.   

Para ello había traído los materiales necesarios y la imagen estaba tomando forma en la imaginación y palpitaba en el corazón. Esa noche de sábado, en el espacio reducido del cuarto del hotel,  uní papeles de seda y boceté el recuerdo que guardaba de la serpiente tallada en la  piedra del raudal. En la tarde caliente del domingo, después de cumplir la misión de realizar los exámenes de admisión que me había encomendado la Universidad Nacional,  salí buscar un sitio plano donde pegar el boceto para  trabajarlo con tinta negra. Quería usar la pared de un colegio donde había estado en la mañana realizando la prueba, pero este quedaba lejos y no aparecía  un mototaxi que nos transportara.  Iba acompañado por la poeta María Cecilia Sánchez, residente en el pueblo, a quien apenas le había contado  mi deseo durante el almuerzo.  Caminábamos bajo la sombra del bambú amarillo,  por la calle paralela al río,  cuando de pronto,  sobre un barranco al lado del embarcadero, vi  una canoa abandonada panza arriba y supe de inmediato que ese era el sitio presentido.

Salte del pavimento en dirección al río, descargué la mochila con los instrumentos y procedí a limpiar el área de papeles de dulces y bolsas de plástico. Un grupo de niños hacia algarabía mientras se arrojaban repetidamente al agua desde el barranco. Pegamos sobre el cuerpo de madera de la canoa la tira de papel. Debajo, sobre  un saliente perfil longitudinal, coloqué una "línea de sangre" hecha con las pequeñas flores que había recogido en la mañana bajo un árbol de ñambo. Para protegerme del sol fuerte de la tarde me envolví la cabeza con una bufanda de seda como turbante. Y me clavé entre el pelo un alfiler de madera que lleva tallado un jai embera para amarrar la imaginación. El aire que soplaba olía a miel, madera húmeda y sal. Desde los árboles y el bambú caía  el canto de los pájaros, hojas secas y pequeñas flores.  En la cantina cercana muchos hombres bebían cerveza, y y el tun tun  de la música que salía de la   pianola, acompañada del quejido de un cantante despechado, rodaba hasta la corriente del agua. El río pasaba silencioso reflejando el vuelo de las garzas y sosteniendo las largas canoas llenas de paisanos que  salían del puerto llevando a las malocas sus provisiones. El cielo echaba llamaradas áuricas sobre la selva occidental y lustraba metálicamente las aguas ámbar del río.

Le entregué mi cámara a María Cecilia para que registrara lo que iba a suceder.  Inhalé profundo el aire de la selva, aflojé el lomo, moví las palmas en círculo,  mojé el pincel en  tinta china y empecé a dibujar la cabeza de la serpiente, persiguiendo las débiles líneas del lápiz sin repetirlas. Más que dibujar, se trataba de una "caligrafía petroglífica", una escritura que surgía espontáneamente. Los trazos temblorosos cargados con aliento hicieron aparecer sobre el papel blanco un animal ondulante, cuyo cuerpo fui llenando de signos y símbolos que representaban la naturaleza, los animales, la gente y los espíritus. Mientras dibujaba, llegó providencialmente al puerto una niña de unos cinco años remando solita  una canoa. Se veía hermosa cruzando con precisión el río. Le pedí que me llevara en su canoa por un trayecto del río.  Asustada, me respondió que  venía a recoger a su familia que estaba comprando víveres. Al momento apareció Avelino, su padre, un joven indígena con su mujer y un niño. Repetí mi solicitud y el objetivo de la breve navegación. Le sonó extraño, pero sonrió y sin decir palabra se sentó con su familia sobre la canoa. Esperó sonriente a que terminara de dibujar un colibrí sobre la cola de la anaconda, y me ayudó a despegar y a levantar el frágil dibujo  para que lo atravesara el sol y el aire de la selva. El viento empezó a soplar con cierta fuerza. Tomé la serpiente por la cabeza y dejé que el aire la levantara, que ondeara con un ritmo sinuoso y le insuflara  vida.  

Después la doblamos y  montamos los tres en la canoa. María Cecilia se puso muy nerviosa porque en  el embarcadero había una larga canoa  que tenía un sobrecupo de mujeres y niños, y los hombres iban muy borrachos; la corriente alargaba la canoa que parecía  navegar hacia la tragedia. Yo pedí en silencio que todos  llegaran bien a sus malocas y me concentré en mi peligrosa parte del rito.  Avelino tomó el remo atrás, María Cecilia iba al centro con la cámara y yo me arrodillé adelante. Salimos del puerto sorteando otras canoas llenas de indígenas que regresaban a la selva. Nuestra  canoa se bamboleaba empujada por las olas que producían las lanchas de motor.  Navegamos en diagonal hasta la mitad del río, que se veía tranquilo por encima, pero que en lo profundo llevaba una fuerza monstruosa. Una vez allí,  desdoblé la anaconda y la metí con cuidado en sus propias aguas. De inmediato la  corriente me arrebató el dibujo, lo estiró, y partió la serpiente en cinco pedazos  que se alejaron flotando sobre el firmamento reflejado. Eché al agua unos girones del dibujo que se me habían quedado enredados en las manos, levanté los brazos despidiéndola y la seguí con la mirada hasta que se perdió en el horizonte oriental, allá donde la tierra se junta con el cielo, que en ese momento echó al agua dos pilares de arcos iris.  

La tarde dorada nos iluminaba la espalda. Le hice la señal a Avelino para que regresáramos y el hombre se esforzó con el remo para dar vuelta a la canoa y navegar contra la corriente. El viento empezó  a encrespar el agua. Mientras nos dirigíamos  al puerto, me incliné y puse  la cabeza contra la proa de la canoa,  cerré los ojos  para recordar a mis ancestros, y  agradecí  a los espíritus del agua y de la selva lo propicio de las sincronicidades. Al poner pie en tierra estaba juagado  en sudor y mi cuerpo temblaba.  Agradecí y estreché la mano fuerte del sonriente Avelino, quien se embarcó de inmediato  con  su familia. Mi pálpito se había hecho dibujo por un tiempo  corto y había retornado a lo invisible que es tiempo eterno. El rito del retorno de la serpiente al río estaba cerrado. Mi serpiente de tinta y seda iría por el Vaupés al río Negro y por sus aguas oscuras desembocaría al gran río Amazonas y finalmente al mar.

En la mañana del lunes, fui a la Biblioteca para organizar la presentación de Los cantos del chamán pero la bibliotecaria estaba enferma y no se encontraba en  el lugar. Entonces caminé hasta  la casa de  María Cecilia, quien había invitado a  su maloca al payé Diácara, para que le hiciera unos rezos sanadores. Sentados bajo la ramada de palma, al lado de la cocina y las hamacas, nos pusimos sobre la lengua una cucharada de mambe. Su pequeña hija Rocío, apenas de brazos, estaba sentada a mi lado sobre la mesa comiendo manzana picada. En un momento en  que se giró, vi que tenía en su espalda una mancha que era igual al dibujo con el que yo había representado en el libro la forma de la maloca: cogí mi bolígrafo y  le redibujé su mancha. Diácara, sentado en la misma banca frente a mí, dijo que talvez la mancha era heredada de su madre; después  abrió el libro y miró en silencio los dibujos de los hombres serpiente. Le comenté a Diácara que nos llamábamos casi igual  pues algunas personas me decían Diocóro. Noté que mientras  hablaba salía por mi nariz el polvillo verde de coca con ceniza de yarumo.

Diácara se puso otra cucharada de mambe en la boca y dijo que era hijo de Jimica: y  empezó a contar sobre el origen de su tribu y su familia, y las formas de comportamiento para mantener el orden  del mundo y la salud del cuerpo.  La conversación transformó el tiempo cotidiano en  tiempo mítico.  Después, se puso de pie  frente a mí,  rezó un conjuro en su lengua siriana y, aleteando las manos,  me trazó con carayurú una señal roja en la frente. Cerré los ojos.  Cuando los abrí,  lo vi cargar el doble hueso con el polvo de yopo. Se me acercó, puso uno de los tubos dentro del orifico izquierdo de mi nariz y, soplando por el otro tubo,  me aventó el urticante polvo.  Sentí que mi cerebro era como un inmenso árbol y que desde las raíces subía por su tronco un incendio  que llegaba hasta  sus ramas. Apenas tuve tiempo de pensar en el calor que se acumulaba en mi cráneo, cuando Diácara se acercó y me sopló otra porción por mi orificio derecho. El incendio y el calor se repitieron; imaginé una sinapsis de llamaradas  Se trataba de  conjurar malos espíritus y propiciar una buena energía para la ceremonia. Me quedé quieto, tragué flema con sabor a coca y tabaco, y sentí que me   invadía un sentimiento de tranquilidad y claridad.

Diosco-Perf1 Diosco-Perf2
Diosco-Perf3 Diosco-Perf4

(Vea todas las fotos de la performance en: https://www.facebook.com/dioscorides1/media_set?set=a.10153743962474225.1073741864.535674224&type=3&pnref=story )

María Cecilia, que  había estado tomando fotos del suceso, dejó la cámara y me miró con los ojos muy abiertos, quizás  preguntándose qué efecto inmediato me produciría el yopo. Su gata paso rápido bajo las hamacas donde dormítaban la mujer de Diácara y su hija. El llanto de unos niños en el vecindario nos volvió al tiempo real. Todos partimos bajo el sol del mediodía. Yo regresé a la Biblioteca y la encontré cerrada. Intenté confundirme porque nada estaba preparado para el lanzamiento de esa noche, pero el sentimiento no tenía de dónde agarrarse: me sentía  liviano y vacío. Dejé una nota bajo la puerta, le tomé una foto a una placa de mármol que estaba pegada en la pared, que tenía tallado un párrafo de la Vorágine de José Eustasio Rivera, y me fui al hotel. Regresé en la tarde y encontré a Lorena Balanta, una hermosa y amable mujer negra, con quien empezamos a acomodar el mobiliario. Puse una línea de mesas y sobre ellas extendí una copia facsimilar del libro. Lorena era un solo lamento pues en la mañana le habían sacado una muela y el dolor la tenía doblada. Le pedí que se sentara y cerrará los ojos;  le hice un masaje chino en un punto de ambas  manos y el dolor desapareció. Ella,  que había prometido que si  le quitaba ese dolor me daría lo que pidiera, abrió los ojos sorprendida y me contó que había sentido que volaba entre un jardín muy bonito. Desde ese momento se mostró muy asustada y enmudeció.

Cuando se hizo de noche, entraron a la Biblioteca Pública Departamental José Eustasio Rivera unas veinte personas. Habíamos repartido invitaciones y la directora había anunciado el lanzamiento por la emisora, pero era lunes, un día no usual para eventos culturales. Además, el escándalo de la propaganda electoral tenía aturdidos a todos con los gritos y promesas de los candidatos. María Cecilia reemplazó a Lorena con las palabras de   apertura de la ceremonia pues ella no tenía voz.   Conté para los asistentes los detalles y azares de la creación del libro, y mostré digitalmente los dibujos,  las imágenes de las obras plásticas y los performances derivados del mismo; también  las fotografías del rito de lanzamiento al agua de la anaconda.

Así entregué a la comunidad de Mitú el libro original de  Los cantos del chamán, señalando que no era un texto antropológico, sino una obra artística de  dibujos que ilustran el universo imaginado por los Desana, el descenso de la anaconda ancestral que trajo desde el cielo a la gente serpiente, y los mitos y ritos de esta tribu amazónica. Finalmente,  pasé el libro entre el público y les pedí que lo abrieran al azar y leyeran en voz alta  los poemas escritos por el filósofo Fernando Urbina Rangel.  Cada quien leyó un mito como si se tratara de un oráculo de la selva.  La sorpresa  fue que  una de las lectoras resultó ser Diana, hija de Don Antonio Guzmán, el hombre que originalmente había contado a Gerardo Reichel Dolmatoff los mitos de los Desana, que  este consignó en un libro que lleva el nombre de la tribu, que fue mi inspiración para la composición de mi obra gráfica. Está escrito en los agradecimientos como este libro es también un homenaje a la importancia del  trabajo sobre las culturas indígenas realizado por  este antropólogo alemán.  El martes, mientras volaba sobre el río para regresar a la capital, sentí que dejaba atrás una serpiente que se muerde la cola.   

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El libro es una edición de artista limitada. Fue publicado por la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia, y fue presentado a la comunidad universitaria el jueves 8 de octubre, a las 8:30 am. en el 1er Encuentro de Investigación Creación Artística e Innovación de la Facultad de Artes – UNAL que se llevó a cabo en el auditorio Ángela Guzmán - edificio SINDU 134.

Créditos:

Performance: Dioscórides 

Fotografías: María Cecilia Sánchez.

Canoero: paisano Avelino Souza.

Universidad Nacional de Colombia, Escuela de Artes Plásticas y Centro de Divulgación y Medios.

INTRODUCCIÓN

En agosto de  1991, viajé a  Hamburgo,  Alemania, invitado por la fundación Der Bläue Lotus y la sinóloga Jutta Bewig, para realizar  una  exposición de mis grabados  titulada El camino de los sueños en la Galería Peter Blansdorf. Aprovechando esta ocasión, visité la  Biblioteca Herzog August de la ciudad de Wolfenbüttel para ver su  colección de libros de artista, seguramente una de las mejores y más completas de Europa. Allí tuve la oportunidad de enseñar  mi carpeta de aguafuertes a su  director Dr. Georg  Ruppelt, quien quedó encantado con la obra, particularmente con el grabado El rapto de la sardina del emperador, un barco de vela español que navega en un mar encrespado y cuyos marineros atrapan en sus redes  un gran pez que lleva en su estómago a  la hermosa hija del emperador de China. Adquirido el grabado, al Dr. Ruppelt le surgió la idea de   encargarme  una obra   para la  colección artística de la biblioteca.

Los términos oficiales del encargo,  que llegaron un mes después por correo, pedían que realizara un libro de artista con  imágenes   que ilustraran el momento del desembarco de Cristóbal Colón en América.  Esto, porque mis grabados acompañarían a la exposición científica de documentos, mapas y textos relativos al descubrimiento de América que se expondría  en su gran salón de exhibiciones durante el año 1992, con ocasión de celebrarse el llamado V Encuentro de Dos Mundos.

Mi respuesta de aceptación del encargo  iba condicionada a que, en lugar del tema del descubrimiento, pudiera trabajar sobre mitos  precolombinos con   imágenes de petroglifos, para mostrar el contraste entre el contenido de  los documentos españoles relacionados con Colón y la cosmovisión   indígena. Mi propuesta  les encantó,  y recibí   carta blanca para realizar el libro, cuyo ejemplar debía entregar a principios de febrero de 1992,  y estar en   Wolfenbüttel para la   inauguración de la exposición.

La idea de realizar un libro me entusiasmó de inmediato,  ya que constituía un reto artístico y una magnífica oportunidad de mostrar a Europa cómo, a pesar de 500 años de exterminio, nuestras culturas indígenas seguían    vigentes y estructuraban  en ese mismo momento  un importante proceso de autodescubrimiento y defensa de sus tradiciones.

Mi relación con los glifos empezó en  1987, cuando regresé a Colombia  después de vivir mil y una noches en China realizando estudios de posgrado en grabado en la Academia Central de Bellas Artes de Beijing. De visita en Pereira, mi ciudad natal, mi amiga la cantante Lilian Salazar, me regaló unas fotografías de diseños indígenas tallados en piedras del río Caquetá, sugiriéndome que los tradujera pues parecían caracteres  en mandarín. En verdad, las figuras  de animales, formas geométricas y signos, tenían similitud con los primeros ideogramas de la escritura china, que habían sido tallados como oráculos sobre conchas de tortuga. Este encuentro me hizo dirigir la mirada  hacia los  petroglifos.   

Cuando recibí el encargo de Alemania intuí  que debía seguir el camino del agua e ir tras las huellas grabadas en las piedras. De inmediato  me puse a revisar  publicaciones y el material de archivo de los investigadores de arte rupestre, y basado en ellos   dibujé imágenes de petroglifos tallados en las rocas de las vertientes de los ríos, y en las paredes rocosas de lugares sagrados de la selva amazónica y la región del río Orinoco. En  ese momento mi interés por el arte rupestre se dirigía a la expresión gráfica de los  grabados y los dibujos sobre  las piedras, pero no al misterioso mundo que  ocultaban los símbolos   de los hombres precolombinos.

Hice también largas jornadas de observación y de dibujo  sobre la  orfebrería del Museo del Oro de Bogotá, analizando la maravillosa expresividad de las figuras humanas y zoomorfas. Después, la búsqueda me condujo a los amigos antropólogos y sabedores indígenas, quienes  me abrieron un  camino entre la selva abstracta de los glifos hacia la simbología de los mitos y a la alucinante dimensión los ritos chamánicos.

En una de las visitas al Museo del Oro, encontré el libro Desana, donde  el antropólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff,  recoge el simbolismo de los indios  Tukano que actualmente habitan la región de río Vaupés colombiano.   Encantado con la riqueza del universo mitológico de estos hombres,  y corroboradas las historias con indígenas del Amazonas que compartían los mismos mitos y costumbres,  mi viaje entre los ideogramas se animó con la  palabra viva  que me condujo a la empatía con el misterioso mundo chamánico, de cuya mitología seguramente provenían las representaciones  grabadas en las piedras. Entonces seleccioné algunos  mitos y ritos,  y empecé a dibujar   una especie de mapa de signos.

En ese momento comprendí que utilizar los grabados  y dibujos de las piedras, exigía algo más que la pulsión    artística y un ordenamiento compositivo  de esos  símbolos herméticos. Era necesario dejar el mundo cotidiano para entrar en  el tiempo y espacio  donde habitan los espíritus y religar  con la energía, el ritmo y la forma  del felino y la serpiente. Tenía que cambiar mi percepción y afrontar  el proceso creativo como un rito sagrado.   Para ello,  debía preparar el espacio, el cuerpo y el espíritu,  atender ciertos consejos,  atar  relaciones, invocar, e intentar conectar y dirigir   una fuerza  reveladora que me permitiera   graficar  lo invisible. 

Para realizar   mi intento, providencialmente recibí como regalo una porción de mambe del Vaupés, hice los ejercicios chamánicos del taichí y unas dietas, y me interné en un lugar oscuro para una navegación interior. Reuní dos hachas de piedra Quimbaya, que cuando niño había encontrado a orillas del Otún,  otra que hallé años más tarde entre la tierra del campus de la Universidad Nacional y una más  que me regaló Macualo, un indígena guahibo. Con las cuatro hachas precolombinas puestas sobre los puntos cardinales de la mesa de dibujo, y mambeando,  realicé un modesto ritual de invocación durante la luna llena. Entonces sentí el arañazo del felino en el pecho, y supe que tenía derecho a trabajar y crear con las imágenes rupestres pues por  mis venas corría sangre indígena heredada de  mi abuela materna.

A partir de ese momento, vi claramente que el libro debía ser una especie de relato gráfico en forma de códice.  Entonces, en una especie de rito oracular en la penumbra,   mambeando, intuyendo, recordando, imaginando,  soñando, boceté con lápiz    una serie de  imágenes  al “estilo rupestre” y un caudal de signos.

Con el boceto del libro me dirigí a la Comisión V Centenario para reclamar el  patrocinio ofrecido para la  publicación pero solo recibí tardíamente un aval cultural. En esa espera, el tiempo para grabar las placas de metal,  imprimirlas, y llevar los textos a  imprenta se agotó. Ante esto,  decidí hacer un ejemplar único con dibujos a tinta china y textos en caligrafía, variante  que aceptaron encantados los alemanes.  Entonces acudí a la maestra Nirma Zárate, artista que fabricaba papel hecho a mano, quien  me mostró su experimento  de hojas hechas con bejucos y raíces traídos de la selva del Chocó. Apenas vi sus  papeles supe que eran los apropiados para mi obra, pues su textura agresiva y áspera  color marfil era  como  la piel de la selva.

De inmediato regresé a la  mansarda oscura de mi taller La rana,  donde el foco de  luz caía solamente sobre la mesa de dibujo, y me armé con  pincel y  tinta negra. Me acompañaban algunas máscaras  de madera,  un bastón con pata de pájaro, un abanico de plumas,  y el sonido de un tambor que marcaba un ritmo de corazón. Con  la mano guiada por los espíritus de la naturaleza  tracé  los  dibujos  insuflándolos  con mi aliento verde-coca. Desde el plato redondo del cosmos-tierra desprendí  el ritmo ondulante  de la energía, convertida en la  Anaconda-canoa que trajo en su estómago a los primeros hombres para poblar  la selva. Su ritmo sinuoso  de serpiente se convirtió en río,  en cuya orilla-puerto coloqué  la fauna, el árbol de  donde salen todas las semillas y las tortugas, los espíritus de la selva,  las piedras, y los hombres con  sus mitos,  realizando las danzas y ritos de caza. Después, la  figura del chamán sentado en su banco en la maloca: conversando con el fuego, con el espíritu dueño  de los animales, mambeando y bebiendo  la pócima del ver,  transformándose en jaguar,   y soltando hacia  el vacío  los signos abstractos de  sus relatos de origen y sus cantos de invocación y de conjuro.

El ritmo horizontal ondulatorio que tomó finalmente la  composición de los 20 dibujos, siguió  el movimiento  de la boa-energía y del río, que para el hombre amazónico significa su origen y que en su recorrido señala igualmente el camino del retorno. Los dibujos registran los   símbolos  traídos desde el sueño, las visiones y    las  improntas  que en su momento imaginé,   y los signos  que tomé prestados del arte rupestre.

Denominé este relato gráfico Los cantos del Chamán,  pues entre los indígenas Desana el payé o chamán es el hombre  que trasmite a la comunidad  el poder y el saber recibidos del padre Sol  por medio de la palabra, el canto y la danza, conservando así la memoria del origen y la tradición. Los signos grabados en las piedras por los antiguos chamanes son una  huella ritual de  esa memoria.

Terminados los dibujos, el profesor Fernando Urbina, investigador apasionado del arte rupestre, que vive inmerso en  el universo mítico de los glifos,  generosamente me ofreció recrear los  relatos en que me había inspirado. Urbina,  filósofo y poeta,  tomó la esencia de los relatos indígenas transcritos por Reichel- Dolmatoff y creó un ritmo poético de palabras, cuya musicalidad evoca a los viejos chamanes cuando cuentan  y cantan. Para cada dibujo escribió un poema que contiene las palabras claves para entrar en los mitos,  y señala   los glifos como un camino de símbolos secretos  para  que lo anden los “soñadores de respuestas”.

Con el corazón del libro  en mis manos, me senté muchos días a caligrafiar,   con rapidógrafo y letra imprenta los títulos, la dedicatoria, los agradecimientos, las introducciones, los textos poéticos, el colofón, y a dibujar  todas las    viñetas sobre papel Fabriano color hueso. El hermoso paquete de dibujos  y caligrafías a  medio pliego semejaban un manuscrito medieval, que   olía a bejuco mascado,  goma arábiga,    pulpa de pino y sándalo, y al copal que había quemado durante las últimas jornadas  de trabajo. Con la mano puesta sobre los ásperos papeles le insuflé un último aliento y salí de la oscuridad. Terminado a tiempo y a pulso el libro de artista, fabriqué con la “piel de la selva”  una carpeta que fuera un estuche-cuerpo para las   imágenes y el  texto, lo amarré con cintas de seda y lo envolví en tela.  Con el paquete  bajo el brazo partí hacia Braunschweig, Alemania. Una vez allí, Jutta Bewig, tradujo al alemán los textos, que caligrafié igualmente sobre  papel  Fabriano para grabado.

Llegada la noche del   29 de Febrero, en la gran sala Zeughaus de la  Biblioteca Herzog August, se inauguró la exposición científica titulada “Columbus 1492-1992 -Wiklichkeit und Legenden” und “Die Gesänge des Schamanen”- ein Malerbuch des Kolumbianischen künstlers Dioscórides,  que permaneció abierta hasta el 12 de Octubre de ese año. Los dibujos y los textos en alemán  fueron expuestos en las paredes y vitrinas, frente a  los documentos y mapas del descubrimiento de América, y las cartas y bitácoras de Cristóbal Colón,   haciendo constar que mucho antes de que los españoles desembarcaran en  estas  tierras, nuestros indígenas tenían una cosmovisión propia y unos mitos y ritos que les permitían vivir en armonía con la naturaleza.

El relato gráfico de Los cantos del chamán,  fue el resultado de mi acercamiento  como  imaginador a  los glifos precolombinos, y a  los mitos y ritos de una de las muchas culturas indígenas que pueblan y conservan sabiamente la selva amazónica, no solo para ellos, sino en beneficio de todo el planeta. Mis dibujos, son un modo de rescatarlos  y conservarlos, y  también un intento personal por  recorrer ese camino de signos en busca de  empatía con la energía original, con el pálpito ancestral que ocultan los símbolos grabados y los dibujos rojos. 

Para esta versión en  imprenta de Los cantos del chamán, hice también performances rituales,  redibujé en la oscuridad  y con luz solar todas las imágenes en un papel apergaminado color  ámbar,   reescribí  los textos y  agregué  un dibujo. La acción de dibujar sobre papel liso con plumígrafos insufló más fuerza y ritmo  de los grafismos, y me llevó  al encuentro con  otras resonancias.   

La presente edición  rinde  homenaje al encomiable trabajo de investigación sobre mitos y ritos indígenas realizado por el antropólogo Gerardo Reichel- Dolmatoff. Los dibujos y poemas son un   homenaje a los chamanes, hombres anónimos de corazón resonante, espíritu  creativo y manos hábiles, que tallaron en las piedras de los ríos    y dibujaron en las paredes rocosas su palabra-canto y sus visiones. También para aquellos viejos payés, taitas,  mamos,  jaibanás, y abuelos sabedores que todavía cantan y cuentan entre la selva oscura sus mitos y mantienen ordenado el mundo con sus danzas y ritos.    Para aquellos que, amarrados con el bejuco-serpiente, pueden andar con paso firme en la noche y en el vacío de otras dimensiones,  y señalan a otros el camino del ver-sentir-hacer.

Dioscórides

Funza,  Colombia. 2013. Año chino de la serpiente


Textos y fotografías cedidos por el autor para visionchamanica.com

Se publica en Noviembre 11 de 2015
 

   


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