Lecturas de Epifanio Teusa

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También en las sopas, como en las salsas, puede dar libre curso a la inspiración y su instinto para cocinar. No es necesario ceñirse a las instrucciones, en este caso las recetas son apenas un punto de partida, una ventana a la inspiración. Para quien posea ese raro talento, rayano en la genialidad, para hacer una excelente sopa, no hay dos que resulten iguales. Cada creación es única, aunque suele haber aproximaciones. La receta en este caso es como la partitura para el músico: cada quien la interpreta según su propio espíritu y habilidad. Al destapar la cacerola y hundir el cucharón en aquel brebaje, debe haber una sola constante: la deliciosa sorpresa de probar algo siempre novedoso. El proceso de hacer una buena sopa pasa por las mismas etapas de hacer bien el amor, en ambos casos se trata de sumergirse en el placer sensual de mezclar, oler, probar, lamer, agregar, abstenerse, dudar, ponerle más… Estas recetas de Panchita me han acompañado desde que me casé –hace como dos mil años–, pero no les tengo demasiado respeto y espero que tampoco usted. La filosofía de la cocina es como la del juego: si no divierte, olvídelo. No se trata de alcanzar la perfección, sino de reírse por el camino.

Isabel Allende

En: “Afrodita. Cuentos, recetas y otros afrodisiacos”, Pg. 244, Plaza & Janés Editores, Barcelona, 1998.

La pregunta que hoy debemos hacernos es si la “cuasi-autonomía” de la esfera cultural (su existencia utópica o fantasmal) ha sido o no destruida precisamente por la lógica del capitalismo avanzado. Pero defender la idea de que la cultura ya no está dotada de la autonomía relativa de la que, como otras muchas instancias, disfrutó en fases más tempranas del capitalismo (dejando aparte las sociedades precapitalistas), no significa necesariamente defender la idea de su extinción o desaparición. Por el contrario, hemos de continuar manteniendo que hay que concebir la disolución de esa esfera cultural autónoma como explosiva: se trata de una prodigiosa expansión de la cultura en el dominio de lo social, hasta el punto de que no resulta exagerado decir que, en nuestra vida social, ya todo –desde los valores mercantiles y el poder estatal hasta los hábitos y las propias estructuras mentales– se ha convertido en cultura de un modo original y aún no teorizado. Puede que esta situación sea alarmante, pero, en cualquier caso, es bastante coherente con nuestro diagnóstico anterior referido a una sociedad de la imagen o del simulacro y de la transformación de lo “real” en una colección de pseudoacontecimientos.

Frederic Jameson

En: “El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado”, Pg. 106, Ediciones Paidós, Barcelona, 1991.

Aquí es donde se equivocan los cortesanos de la Actualidad. No saben que las situaciones que la Historia pone en escena permanecen iluminadas durante los primeros minutos. Ningún acontecimiento es actual en toda su duración, sino tan solo durante un periodo de tiempo muy breve, muy al principio. Los niños moribundos de Somalia a quienes miraban ávidamente millones de espectadores ¿acaso ya no mueren? ¿Qué se ha hecho de ellos? ¿Han engordado o adelgazado? ¿Existe todavía Somalia? Y, de hecho, ¿existió alguna vez? ¿No será el nombre de un espejismo?

La manera como se cuenta la Historia contemporánea se asemeja a un gran concierto en el que se presentaran seguidos los ciento treinta y ocho opus de Beethoven, pero tocando tan solo los ocho primeros tiempos de cada uno de ellos. Si volviera a hacerse el mismo concierto diez años después, solo se tocaría, de cada pieza, la primera nota, siendo, pues, ciento treinta y ocho notas durante todo el concierto, presentadas como una única melodía. Y, veinte años después, toda la música de Beethoven quedaría resumida en una única larguísima nota aguda que se asemejaría a la que oyó, infinita y muy alta, el primer día de su sordera.

Milan Kundera

En: “La lentitud”, pg. 102, Tusquets Editores, Barcelona, 1999.

 

Un día –ya había transcurrido un mes desde la metamorfosis, así que no tenía por qué sorprenderse del aspecto de Gregorio– su hermana entró algo más temprano que de costumbre y se lo encontró mirando inmóvil por la ventana. No le hubiera extrañado a Gregorio que su hermana no entrase, pues tal como estaba le impedía abrir la ventana. Pero no solo no entró, sino que retrocedió y cerró la puerta rápidamente: quien la hubiera visto reaccionar de esa forma hubiera creído que Gregorio se disponía atacarla. Gregorio se metió inmediatamente debajo del sofá; pero hasta el mediodía no volvió su hermana, más intranquila que de costumbre. Este incidente le hizo comprender que su vista seguía resultándole insoportable a la hermana, que solo gracias a un gran esfuerzo de voluntad evitaba echar a correr al divisar la pequeña parte del cuerpo que sobresalía por debajo del sofá. Con objeto de ahorrarle por completo su visión, llevó un día sobre su espalda –trabajo para el cual precisó cuatro horas– una sábana hasta el sofá, y la puso de modo que le tapara por completo y que su hermana no pudiese verle por mucho que se agachase.

Franz Kafka

En “La Metamorfosis”, pg. 39, Editora Super Nova SA – La Prensa, Bogotá, 1988.

 Dime, capitán ¿cómo explican en esos libros que has estudiado lo que le sucede a la luna cuando desaparece y la cambian por otra nueva?

–¿Eso crees? ¿Preguntas qué se hace de ella? Está allí, pero no podemos verla.

Shukhov meneó la cabeza y rió.

–Si no puedes verla, ¿cómo sabes que está allí?

–¡Mira que eres ignorante! ¿De modo que pensabas que teníamos cada mes una luna recién hecha?

–¿Por qué no? Si cada día nace gente, ¿por qué no ha de nacer una luna cada mes?

–¡Qué atrocidad! Nunca encontré a un marinero tan tonto. ¿Adónde crees que va la vieja?

–Precisamente eso era lo que te preguntaba– respondió Shukhov, mostrando el hueco de la dentadura.

–Dime tú lo que pensabas sobre esto.

–Pues, mira. He oído decir a algunos viejos que Dios la hace pedazos y cada uno de ellos es una estrella.

–¡Qué ignorancia! –exclamó el capitán.

Rió un poco y continuó:–Nunca hasta ahora había oído esto. Entonces, ¿crees en Dios Shukhov?

–¿Por qué no? –respondió Shukhov–. Cuando nos envía truenos desde el cielo, ¿cómo no creer en Él?

–¿Y por qué hace Dios eso?

–¿El qué?

–Romper la luna para hacer estrellas.

–¿No lo sabes? Las estrellas caen y hay que poner otras en su lugar.

Alexander Solzhenitsyn

En “Un día en la vida de Iván Denisovich” pg. 171, Editorial Herder, Barcelona, 1963.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

La guerra es igual que la vida aquí… Tres cuartos de lo mismo, pero allí hay más muertes… Gracias a Dios, ahora ya tengo un mundo nuevo que tapa el anterior. Es el mundo de los libros, de la música, y me ha salvado. No fue allí, sino aquí, cuando empecé a ver las cosas claras: “¿Dónde he estado, qué he vivido y cómo me ha afectado?”. Yo prefiero reflexionar a solas, no me gusta ir a los clubes “afganos”. No me imagino a mí mismo hablando sobre la guerra ante los alumnos de una escuela, sobre cómo hicieron de mí, de una persona todavía en proceso de formación, un asesino. Me moldearon  en un asesino… y en algo más que no tiene nombre y que solo deseaba comer y dormir. Odio a los “afganos”. Sus clubes se parecen al ejército. Las mismas cabronadas que en el ejército. ¿Qué no nos caen bien los fans del heavy metal? ¡Pues vamos a partirles las jetas! ¡Les daremos una buena zurra a las mariconas!  Es precisamente el fragmento de mi vida del que me quiero separar, no unirme a él. Nuestra sociedad es cruel… Vive según unas leyes crueles… Antes yo no me daba cuenta de eso…

Svetlana Aleksiévich

En: “Los muchachos de Zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán”. Pg. 178, Penguin Random House Grupo Editorial, Bogotá, 2016.

Cuando se fueron los guardias, siguió lloviendo sin parar, toda la noche. Los relámpagos se alejaron hacia Texcoco y los centinelas volvieron a su alerta acostumbrada cada cuarto de hora. El agua corría por las canales, escurría por los techos, rodaba y saltaba en los patios. Tendido de espaldas en mi litera, sin poder dormir, tuve la impresión de que el penal había comenzado a navegar sobre las aguas innumerables y nutridas que caían del cielo y que viajábamos todos hacia la libertad, dejándonos atrás jueces, ministerios, amparos, escribientes, guardianes y todas las demás bestias que se pegan a nuestras carnes sin soltar la presa y dan ciegas cabezadas de furia para destrozarnos. Un aire fresco pasó toda la noche por entre los barrotes de mi ventana.

Álvaro Mutis

En: “Diario de Lecumberri”, Pg. 50, Alfaguara, México, 1997.

 

Éramos una pandilla estupenda… Lioshka era uno de nosotros… Murió de sobredosis hace bien poco. Vadim desapareció en los noventa. Se metió en el negocio editorial. Empezó siendo una especie de broma… Una idea delirante… Pero en cuanto comenzó a hacer dinero lo acosaron las bandas de extorsionadores, tipos que iban armados con pistolas… Vadim se defendía y pagaba las extorsiones o se escondía de sus perseguidores. A veces se iba a dormir al bosque. En aquellos años las peleas a puñetazos fueron sustituidas por los asesinatos a tiro limpio. Nadie sabe qué se hizo de él. No dejó rastro y la policía no lo ha encontrado aún... Lo habrán enterrado por ahí. Arkadi se piró a Estados Unidos: “Prefiero dormir bajo un puente en Nueva York”, dijo. Sólo quedamos Iliusha y yo… Iliusha se casó con el amor de su vida. Su mujer le toleró sus rarezas mientras los poetas y los artistas estuvieron de moda. Pero después llegó la moda de los agentes de Bolsa y los contables y entonces lo dejó tirado. Tuvo una depresión profunda. Le daban ataques de pánico cada vez que salía a la calle. Temblaba como una hoja. Ha acabado encerrado en casa. Un niño grande cuidado por sus padres. Escribe poemas que son puros gritos del alma… Cuando no éramos más que unos adolescentes, escuchábamos las mismas cintas y leíamos los mismos libros soviéticos. Íbamos en las mismas bicicletas… Era una vida muy sencilla la nuestra: las mismas botas para todas las temporadas, un solo abrigo y unos pantalones. Nos educaron como a los jóvenes guerreros en la antigua Esparta: si la patria lo exigía, estábamos dispuestos a sentarnos sobre un erizo.

Svetlana Aleksiévich

En: El fin del ‘Homo sovieticus’”, Pg. 216, Acantilado, Barcelona, 2015.

 Las abstracciones de la filosofía alemana, que nos pueden parecer toscas o carentes de significado cuando son formuladas en inglés o en francés, al ser expresadas en alemán con la solidez gráfica de sus palabras en mayúsculas, nos dan casi la impresión de dioses primitivos. Son algo substancial, y sin embargo, constituyen un género de entes puros; son abstractos, y sin embargo nutren. Su poder de santificar, consolar, embriagar y transmitir un espíritu bélico tal vez sólo tenga paralelo con las canciones y la épica antigua de otros pueblos. Es como si las antiguas deidades tribales del Norte se hubieran convertido primero al cristianismo, conservando no obstante su autoafirmada naturaleza pagana, y luego, cuando la teología cristiana fue desplazada por el racionalismo francés dieciochesco, se hubieran colocado la máscara de la razón pura. Pero no por hacerse menos antropomórficas dejaron estas abstracciones de ser creadoras de mitos. Los alemanes, que han hecho tan poco en el campo de la observación social y que han producido tan escasas novelas o dramas sociales de valor, han conservado y desarrollado, sin embargo, un asombroso genio para la creación de mitos. El Ewig-Weibliche (Eterno Femenino) de Goethe, el Kategorische Imperativ (Imperativo categórico) de Kant, el Weltgeist (Espíritu universal) con su Idee de Hegel han dominado la mentalidad alemana y rondado al pensamiento europeo, cerniéndose desde los cielos como grandes divinidades legendarias.

Edmund Wilson

En: “Hacia la estación de Finlandia”, Pg. 227, Alianza Editorial, Madrid, 1972.

Los vertederos eran el emblema más concreto de todo ciclo económico. Amontonan todo lo que ha sido, son la verdadera estela del consumo, algo más que la huella que todo producto deja en la corteza terrestre. El sur de Italia es la terminal de todos los residuos tóxicos, los restos inútiles, la escoria de la producción. Si los desechos que escapan al control oficial –según estimaciones de la asociación Legambiente– se unieran en un solo montón, su conjunto formaría una cordillera de catorce millones de toneladas: prácticamente como una montaña de 14.600 metros de altura con una base de tres hectáreas. Piénsese que el Mont Blanc tiene 4.810 metros y el Everest, 8.844, de modo que esa montaña de residuos que han escapado a los registros oficiales sería la mayor existente de toda la tierra. Es así como he imaginado el ADN de la economía, sus operaciones comerciales, las restas y sumas de los asesores fiscales, los dividendos de los beneficios: en la forma de esta enorme montaña.  Una enorme cordillera que –como si se la hubiera hecho explotar– se ha dispersado por la mayor parte del sur de Italia, en las cuatro regiones con mayor número de delitos ecológicos: la Campania, Sicilia, Calabria y Apulia. La misma lista que surge cuando se habla de los territorios con las mayores organizaciones criminales, con la mayor tasa de paro y con la participación más alta en las convocatorias de voluntarios para el ejército y las fuerzas de policía.

Roberto Saviano

En “Gomorra. Un viaje al imperio económico y al sueño de poder de la Camorra”, pg. 304, Random House Mondadori, Barcelona, 2007.

 

… mirándonos bailar un pasodoble junto a la tumba de Miralles igual que una noche de muchos años atrás había visto a Miralles y a Luz bailar otro pasodoble bajo la marquesina de una rulot en el camping Estrella de Mar, viéndolo y preguntándose tal vez si aquel pasodoble y éste eran en realidad el mismo, preguntándoselo sin esperar respuesta, porque sabía de antemano que la única respuesta es que no había respuesta, la única respuesta era una especie de secreta e insondable alegría, algo que linda con la crueldad y se resiste a la razón pero tampoco es instinto, algo que vive en ella con la misma ciega obstinación con que la sangre persiste en sus conductos y la tierra en su órbita inamovible y todos los seres en su terca condición de seres, algo que elude a las palabras como el agua del arroyo elude a la piedra, porque las palabras solo están hechas para decirse a sí mismas, para decir lo decible, es decir, todo excepto lo que nos gobierna o hace vivir o concierne o somos o son esa monja y ese periodista que era yo bailando junto a la tumba de Miralles como si en ese baile absurdo les fuera la vida o como quien pide ayuda para él y para su familia en un tiempo de oscuridad.

Javier Cercas

En “Soldados de Salamina”, pg. 207, Tusquets Editores, Barcelona, 2001.

Por ser capaces de ver a las otras especies tal como ellas mismas se ven –como humanos–, los chamanes amazónicos desempeñan el papel de diplomáticos cosmopolíticos en una arena en la que se enfrentan los diversos intereses socionaturales. En este sentido, la función del chamán no es esencialmente diferente de la función del guerrero. Los dos son conmutadores o conductores de perspectivas; el primero opera en la zona interespecífica, el segundo en la zona interhumana o intersocial. Esas zonas se superponen intensivamente, más que disponerse extensivamente en relación de adyacencia horizontal o de englobamiento vertical. El chamanismo amazónico, como se ha observado a menudo, es la prolongación de la guerra por otros medios. Sin embargo eso no tiene nada que ver con la violencia en sí, sino con la comunicación, una comunicación transversal entre incomunicables, una peligrosa y delicada comparación entre perspectivas en la que la posición de humano está perpetuamente en disputa.

Eduardo Viveiros de Castro

En: “Metafísicas caníbales”, pg. 153, Katz Editores, Buenos Aires-Madrid, 2010.

 

–Me has dicho muchas veces –me dice Vera mi esposa- que te gustaría un día escribir una novela en la que no hubiera una sola palabra seria. Una Gran Tontería Por Puro Gusto. Me temo que ha llegado el momento. Solo quiero ponerte en guardia: ¡ve con cuidado!

Inclino la cabeza aún más.

–¿Recuerdas lo que te decía tu madre?

Oigo su voz como si fuera ayer: Milanku, deja de bromear. Nadie te entenderá. Ofenderás a todo el mundo y todo el mundo acabará por odiarte. ¿Te acuerdas?

–Sí –digo.

–Te aviso. La seriedad te protegía. La falta de seriedad te dejará desnudo ante los lobos. Y ya sabes que los lobos acechan.

Tras esta terrible profecía, ha vuelto a dormirse.

Milan Kundera

En: “La lentitud”, pg. 101, Tusquets Editores, Barcelona, 1999.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 


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