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Actual
Del rito a
la performancia
Por: Juan Monsalve
“El verdadero Performer
es el chamán”.
Grotowski.
I. La idea de la
Performancia
Se desprende de todo
adorno..., la forma no oculta el contenido,
sino que permite que éste alcance su plena
valía. La gracia suprema (el arte supremo)
no consiste en una ornamentación exterior de
la materia, sino que es sencilla, objetiva
conformación.
(Pi, La Gracia. I King. Pg 173. Ed. Edhasa,
1982, Buenos Aires).
El término “Performer”
es un neologismo proveniente del idioma
inglés, adoptado por todas las lenguas, ante
la dificultad de indicar su significado
literal, cual es el de: Actor, o
Actriz, debido a la crisis del teatro
clásico. Perform es
realización, o llevar a cabo una acción. En
teatro, perform significa:
interpretar, o actuar. Pero como la palabra
“Actor” esta connotado,
históricamente, al teatro clásico
occidental, se ha tomado el término “performer”
para designar el hacedor, o actuante, el que
actúa, o realiza una acción, más allá del
límite aristotélico de géneros y estilos; es
decir, extendido, en la actualidad, por las
filosofías estéticas posmodernistas, a las
artes in origen. Es un término
ambiguo, e incómodo, impreciso y
transitorio, pues Performing es,
también, amaestramiento animal. Pero
admitamos su uso, ante la carencia de otro
término que, hoy, nos designe las “artes
de las acciones”. Así, pues,
examinaremos, en primer lugar, la “Performancia”
desde el punto de vista ontológico.
La idea de “Performancia”
permanece oculta como tal, su representación
es la imagen que tenemos de ella (Hegel). Y,
sabemos, según la fenomenología de la
percepción, que la imagen proviene de la voz
interior, o de la Imaginación, o
refracción de la imagen, o luz primordial en
el hipotálamo, en forma de voz interior.
Así, la no-representación, de la que se
reclama la Performancia, es pues, la
representación originaria, o la
archimanifestación de la vida en acción, o
verbo (Derrida). Es decir, rito originario
como la forma que toma el mito in origen.
La no-representación es, históricamente, la
desestructuración de la representación
clásica: El fin del arte apolíneo, y el
regreso del arte dionisiaco (Nietzche). La
idea de “Performancia” tiene, así, como
esencia, el ser de la representación
original; y ella tiene como objetivo el ser
que observa, el expectante o espectador, el
ser de la contemplación, o de la mirada,
como arte del ver, o arte del mirar. De la
vista, o mejor, de la visión interior, que
es visión superior, o vía divina del Cielo.
La contemplación es superior a la acción,
así como, en los Vedas, de India, Sattva
(sabiduría) es superior a Karma
(acción). Más, para adquirir la sabiduría es
indispensable la acción, motor para dejar la
Ignorancia (Tamas).
La Performancia es, desde
este punto de vista, “clausura de la
representación clásica pero reconstitución
de un espacio cerrado de la representación
originaria, de la archimanifestación de la
fuerza o de la vida” (Jacques Derrida, -
La Escritura y la Diferencia.)
El ser de la representación
Performática es, por naturaleza, el ser de
la acción, el actuante, el hacedor; y, en
sentido teológico, es el demiurgo o el
taumaturgo. Todas las acciones son
forjadas por las cualidades de la naturaleza
únicamente. El yo engañado por el egoísmo
dice: Yo soy el hacedor (Canto III,
Bhagavad Gita). Pero es la voluntad superior
la que mueve las cosas. La lluvia
procede del sacrificio, el sacrificio surge
de la acción. Haz de saber que la acción
surge de Brahma y Brahma proviene del
imperecedero (Gita).
Nadie hay que pueda escapar a
la acción. La acción es mejor que la
inacción, y conduce al conocimiento a través
de la renuncia, o el desapego, de sus
frutos. Lo que muestra la “Performancia”
es, precisamente, la inutilidad de la
acción, como tal, es decir, su
naturaleza efímera, contingente y
transitoria; y su carácter anti-utilitario.
(Antonin Artaud-El Teatro y su Doble).
Nada hago, ha de pensar el armonizado (Gita).
El hombre debe cumplir el
destino de su acción para la liberación (Moksha)
de su ser. La acción es Karma,
trágica memoria liberada por el Dharma. Así,
la Performancia es liberación de Karmas:
Las cosas del mundo
nacen
del ser,
el ser nace
del no-ser.
Por eso el sabio realiza su
obra sin actuar,
dice el Tao-Te- King, de Lao Tse.
El ser original de la
representación performática es reflexión que
en la conciencia hacen los actos, los
rituales, las artes, más allá de La Ley
del Género (Derrida). La disolución de
los géneros y los estilos, conceptos
aristotélicos, es el estado actual en que se
encuentran las artes. La acción es
consustancial al ser mismo, objeto de su
arte, la urdimbre de los actos. La Idea de
Acción, según Gulio Camillo, referida por
Francis Yates, en El Arte de la Memoria,
está contenida en La Odisea de
Homero:
En el país de Itaca hay un
antiguo puerto, abrigado de los vientos y
las olas por dos escarpados promontorios,
donde las embarcaciones pueden anclar sin
necesidad de amarras. A la entrada del
puerto crece un olivo de abundante follaje,
cerca de atrayente gruta, donde las ninfas o
náyades se entretienen en tejer maravillosos
paños que luego tiñen con púrpura marina.
También brotan allí manantiales de agua
perenne. La gruta tiene dos entradas: la
una del lado del Bóreas, por donde pasan los
mortales; la otra del lado del norte,
reservada a los dioses.
Las ninfas hilan las hebras
de los elementos primordiales, entre los
cuales se cuentan los actos, las acciones,
la facultad misma de hacer, de actuar, de
ser, de existir, de representar. La Idea de
Performancia, en cuanto Acción, nace en la
caverna del ser, donde las hilanderas tejen
los actos, como una de las sustancias
primordiales de la vida. La representación
es común al arte y a la religión, así, como
a todo ser de éste mundo. Ella se origina en
el reflejo que en la conciencia, en el
hipotálamo, hacen los actos. La dialéctica
entre ser y conciencia ha sido objeto de las
religiones y las filosofías de Occidente y
Oriente. La representación originaria es
vía de conocimiento del ser.
Generando lenguajes, la
representación ha sido madre de los
rituales, y matriz de las artes. La
naturaleza ilusoria de la representación se
pone de manifiesto en la puerta, el velo,
Maya (Vedas), o apariencia, que oculta
el verdadero ser. La Idea, como tal,
permanece oculta. La representación se hace
visible en la naturaleza, es la misma
apariencia, las diversas formas, allí donde
vemos la manifestación de las ideas.
El ser y la representación se
oponen entre sí, por ello hablamos de una
Performancia que, trascendiendo la
representación clásica, llegue al Ser
original. Algún día volveremos a contemplar
a Dios cara a cara, no ya como imagen o
representación (Ekearth de Hochheim-
El Libro del Consuelo Divino, Ed.Aguilar-1963,
Madrid).
El espíritu deviene para
sí bajo la figura de la representación, el
espíritu mismo es una representación. (Hegel
-El Concepto de Religión-Fondo de
Cultura Económica-México-1981). La
representación es imagen y la imaginación
pertenece a la luz de la memoria.
Mnemosyne, (La Memoria) para los
griegos, es la madre de las Musas, de las
artes y de las ciencias.
La memoria se imprime en la
mente como un sello, como un símbolo, a
través de imágenes. La imaginación es la
intermediaria entre la percepción y el
pensamiento. Es la parte hacedora de
imágenes del alma, (La Imaginación)
la que realiza el trabajo de los procesos
más elevados del pensamiento. El alma, antes
de entrar en el cuerpo, conocía y recordaba
todas las cosas, más desde su infusión en el
cuerpo han quedado turbados sus
conocimientos y su memoria. (El Arte de
la Memoria. Francis Yates, Ed. Taurus-1966-Madrid).
La verdadera Imaginación no son los reflejos
de la realidad en la conciencia, sino por el
contrario, la imaginación es analogía, luz e
imagen del mundo.
Todas las formas
corresponden a ideas, pues no hay idea que
no tenga su forma propia y particular. La
luz primordial, vehículo de todas las ideas,
es la madre de todas las formas y las
transmite de emanación en emanación... (Eliphas
Lévi, Dogma y Ritual de la Alta Magia,
Ed. Kabir-Mexico-1968).
Hoy día, debido a los medios
de comunicación masivos, estamos saturados
de imágenes. Pero estas imágenes sólo son
el reflejo, el retorno que hace el espejo de
la realidad. Es una nueva imaginería, o
fetichismo o idolatría. El sueño, el mundo
onírico, ocasionalmente nos produce otras
imágenes del mundo, especialmente cuando se
trata de sueños de carácter simbólico; pues
hay sueños que son el mero reflejo de la
conciencia cotidiana, del temor o del deseo.
Esto fue lo que recordaron los Surrealistas,
a principios del s.XX, ignorando que la
analogía poética es también por naturaleza,
analogía mística, espiritual, y que las
imágenes de los sueños simbólicos provienen
del astral, del mundo etérico, espiritual,
como mensajes cifrados.
La verdadera imaginación es
luz e imagen que penetra la apariencia del
mundo, haciendo visible lo invisible. La
naturaleza es representación, principio
femenino, Yin, dual; de allí que la
performancia sea un doble de la vida,
sombra de ella, o representación original
del ser de las cosas. Ser y representación
se oponen como luz y sombra; por ello se
menciona, en los orígenes de las artes, el
Teatro de las Sombras. Ya Platón
analogaba el ser con la luz, y el hombre con
las sombras. En la imagen de la caverna,
las sombras proyectadas exhiben su
conciencia. Así, pues, podemos concebir la
idea de la Performancia independiente de sus
orígenes históricos, desde el punto de vista
ontológico, como arquetipo universal.
Ahora, la Idea de
Performancia ha sido deformada por la
sociedad de consumo, por los usureros y
comerciantes del arte para su lucro, vanidad
y poder, convirtiéndolo en una mascarada, en
un espectáculo social donde se perpetúan las
diferencias y se amparan las iniquidades. El
espectáculo es la decadencia del ritual. La
Performancia ha pasado a ser un arte más en
el supermercado de las artes.
Pero la Idea de La
Performancia, como un verdadero arte de la
memoria, sobrevive a estos tiempos oscuros
guardando su verdadero sentido, y sirviendo
de instrumento liberador de la conciencia y
de los actos.
II. Supermercados de
performancias
El espectador original, el
ser de la contemplación, en la sociedad de
consumo, ha sido remplazado por el
voyerista, por el mirón,
por el esnobista. Así como el consumidor, el
cliente, se pasea por el supermercado,
observando las mercancías, el mirón se pasea
por el supermercado de performancias echando
un vistazo a las nuevas mercancías
estéticas. Los mercaderes han convertido el
arte en una feria de mercancías
performáticas, ante la falta de experiencias
vitales en que está sumida la sociedad de
consumo, mecánica, cómoda y mortal. Hoy
domina la moda impuesta por las leyes del
mercado globalizado; la acumulación
material, y el rédito económico. Ante
nuestros ojos desfila una colección de modas
performáticas, una caótica y confusa mezcla
de seudo-artes, un simulacro degenerado del
arte. Sin sentido, sin ton ni son, las
performancias cumplen el papel de meras
diversiones nocturnas (o diurnas) para las
industrias culturales, el mundo del “entretenimiento”;
el que ocupa el tiempo libre de los
nuevos esclavos, en la era de la
nueva esclavitud.
El Mirón, el voyerista
superficial y estúpido, es, por antonomasia,
la masa esnobista que se alimenta de la
basura performática que impera en la
sociedad del libre mercado, que ha instalado
sus toldos hasta en los templos sagrados del
arte. La performancia, en los contextos
mercantiles y académicos, ha pasado a ser
otro Arte Mortal, dentro del imperio
de la muerte.
El verdadero performer es el
Shaman, y la verdadera Performancia es el
Ritual Original, las ceremonias que aun
permanecen en la raíz de las culturas. En la
cultura consumista La Performancia no
celebra nada, porque no sabe que celebrar,
ni contiene nada, porque esta vaciada de
contenidos y profundidad. Muchas de los
performers han caído en la posición de los
formalistas de mediados del s.XX, (cuyo
teórico de cabecera fue Teodoro Adorno), y
cuya máxima era: El arte por el arte.
Olvidaron su sentido y, empantanados en
especulaciones formales, crearon un piélago
de caóticas formas, y poses vanguardistas.
La Performancia no alcanza aun el rigor de
un arte, y se complace en la reproducción de
mercancías pseudos-estéticas, hechas a la
carrera, dentro de la competencia
vertiginosa que impone el molino
capitalista, de mercancías desechables. El
Performer sirve, como sirve el comodín que,
cómodamente, se ajusta a los juegos de El
Gran Carnicero, y actúa, con la disculpa
de la necesidad, vendiendo su alma al
diablo. En medio de la confusión, signo de
estos oscuros tiempos, los performers se
hayan sumidos en círculos de mutuos elogios,
y en especulaciones formales, híbridas,
escépticas y eclécticas, ante la falta de
raíz, de conexión con las fuentes originales
de representación. El arte, en la historia,
pasó de ser sagrado a ser profano, se
traslado de los templos a los museos y, de
los museos a los supermercados. Las palabras
de origen perdieron su sentido, y los ritos
decayeron en modas. La peste, la guerra, la
hambruna y la muerte, imperan en esta oscura
era, el Kali-Yuga, La Edad de Hierro.
Habría que remitirse, más
allá de los muros de las laberínticas urbes,
a las fuentes originales de representación,
para beber del agua pura de los ritos y las
artes que aun se conservan en las grandes
tradiciones, guardadas por los indígenas, y
por las culturas que no perdieron la memoria
ancestral, y las raíces espirituales. Hoy
prima el hedonismo de las formas, el velo de
las apariencias, Maya, que impone los
preceptos estéticos sobre los cuales opera,
también, la Performancia. Las leyes del
mercado rigen el arte contemporáneo: el
valor de las mercancías prima sobre el valor
estético y espiritual, el trabajo artístico
se ha desvirtuado al punto de ser
desechable, como son desechables las bolsas
de plástico de los supermercados, que forman
una masa informe, y contaminante.
Otra de las características
principales de estas seudo-artes es ser
fractales, rizomáticas, rotas, y
desintegradas. Ellas no generan una atención
continua y profunda; sino, por el contrario,
reproducen una atención discontinua y
superficial, incrementando la estupidez
generalizada, la frivolidad propia del
materialismo, infundada y pueril. Muchos
Performers reproducen la sociedad del
espectáculo, comportándose como
payasos del rey; y pretendiendo
servir, al mismo tiempo, a Dios y al Diablo.
Performancia ha pasado a ser una palabra de
moda, usada por el arte, la industria, el
comercio, la banca, la milicia, la
burocracia, el poder, etc. Ha pasado a ser
una palabreja donde cabe cualquier cosa:
desde un desfile de modas hasta un reinado
de belleza; desde una campaña fascista hasta
una manifestación demagógica; desde una
venta de automóviles hasta una feria de
vanidades. Es un comodín, un lugar común, y
un cliché de moda en la sociedad del
espectáculo.
La disolución de los géneros
y los estilos aristotélicos ha sido
manipulada por los mercaderes del arte para
empacar su vieja basura en nuevos enlatados,
y venderlos como nuevos productos estéticos.
El molino capitalista recicla su basura, y
la vende en nuevas latas, con maquillaje
nuevo, incrementando la inflación y la
plusvalía.
El regreso de Dionisios,
anunciado por Nietzche, en El Origen de
la Tragedia, es el regreso del numen a
la escena, renovado en ritos y mitos, que
fluyen desde el origen de los tiempos. El
posmodernismo estético se funda en una
revolución radical, tal como lo profetizó
Antonin Artaud, al descender hasta los
orígenes de los males contemporáneos: El
Teatro y La Peste, como un mal psíquico
desatado por El Gran Carnicero. La
Performancia, para estar libre de esta Peste
generalizada (la confusión, el egoismo, la
vanidad, la violencia y la guerra) debe
hallar sus raíces espirituales, y nutrirse
de formas trascendentes, acercarse, como
anotara Antonin Artaud, a
la física primitiva de la
cual el espíritu no se ha apartado jamás.
III.
La performancia, rito posmoderno
El rito, como lengua del
mito, expresa mitemas, núcleos de acciones
performáticas, es decir, realizaciones
concretas, en un tiempo y un espacio
presente: aquí y ahora; en un presente
continuo, que denota una presencia
contundente. La verdadera expresión es la
del árbol, que nada expresa, esta presente
(Grotowski). Expresar, aparte de significar
lo explícito, significa liberar lo preso;
mas, quien no está preso no necesita ex-presarse,
sino estar presente. Los ritos de
origen, con sus símbolos de transformación,
se re-significan desde la prehistoria hasta
nuestros días; cambian de vestido, de forma,
pero su esencia es perenne. Van de lo
sagrado a lo profano, y como ave fénix,
resurgen de sus cenizas: de lo profano a lo
sagrado. El numen se revela, a su tiempo, de
múltiples formas, religando los mundos, y
reuniendo las artes en su fuente original.
En los ritos originales las artes aun no se
han dividido, permanecen en su unidad
integral. El rito es matriz de las artes.
Entendemos el “rito posmoderno” como la
manifestación del mito en la posmodernidad,
es decir, el advenimiento del numen sagrado
a través de nuevas formas.
Cuando las antiguas artes
griegas decayeron en divisiones de géneros y
estilos, y en especializaciones técnicas,
perdieron su sentido original. El origen
no es algo del pasado, sino algo que
permanece en el presente, en la fuente
interior y original de todas las
representaciones del ser. Los mitos se
manifiestan en los ritos y en las ceremonias
reiterativas, que tienen como objetivo
orientar una fuerza oculta hacia una acción
determinada (Larousse). Más, ¿cuál es la
fuerza oculta que orienta la performancia?
Si aceptamos que la performancia trabaja
sobre la disolución de los géneros y estilos
clásicos, aristotélicos, e intenta, como
arte transitorio, en tránsito, o de trance,
crear nuevas formas, inéditas y originales,
podemos afirmar, como lo anunció Nietzche,
que se trata del fin del arte apolíneo,
clásico, y del retorno del arte dionisiaco,
como un arte ritual, integro, telúrico y
sustancial, donde las formas (los géneros y
estilos) no están divididas, separadas, sino
integradas y unidas. Así, la performancia,
como rito posmoderno, es una forma que
intenta invocar el numen sagrado (llámese
Dionisiaco, Shivaista, Chamánico, Yhavehista,
Taoista, Zen, Judío, Cristiano, Musulmán,
Budista, Hinduista, etc.) poniendo de
manifiesto el regreso de los dioses a la
escena, la reconstitución de los espacios
originales de representación, y del sentido
sagrado del arte. El arte clásico, profanado
por el materialismo, desde el Renacimiento
europeo, que rebajó la naturaleza y el
espíritu a la medida del hombre, en vez de
elevar el hombre a la medida natural y
espiritual, decayó en formas patéticas,
repitiendo las fórmulas apolíneas, de una
pretendida proporción exterior perfecta,
encajonando en clisés el sentido estético, y
separando la verdad de la belleza, y la
ciencia del arte, es decir, desintegrando el
ser de sus manifestaciones formales.
Nietzsche denunció como, después de
Eurípides, comenzó la psicología e imperó la
tramoya, el truco escénico, construido por
Dédalo, el constructor de artificios. A
partir de Eurípides los dioses abandonaron
la escena, y fueron remplazados por la
maquinaria artificial: la tramoya; y por la
maquinaria mental: la psicología. La
psicología es la tramoya mental, la trampa
donde quedo atrapado el arte clásico, hasta
producir, en el s.XIX, el naturalismo y el
realismo psicológico, y en el s.XX, el
melodrama y la telenovela; presas todas
ellas de la trama psíquica y de la ceguera
material. Artaud, en “No más obras
maestras” (El Teatro y su Doble)
responsabiliza también a Shakespeare como
artífice del teatro psicológico: “Cuando
en Shakespeare el hombre indaga acerca de
algo que está más allá de sí mismo, lo hace
siempre en definitiva sobre las
consecuencias de esa preocupación, es decir,
hace psicología”.
La performancia, en rigor,
aun no es un arte como tal, ya que, por una
parte, apenas se halla en un periodo de
formación donde su característica principal
es ser un embrión estético, generalmente
hibrido, resultado de la combinación de
varios géneros, mezclados y eclécticos,
tiende a un sincretismo de elementos del
pasado en una interpretación formal
pretendidamente nueva (Larousse), que no
encuentra aun su naturaleza integral, única,
sino que aun permanece desintegrada y
equívoca. Y, de otra parte, por lo general,
no transforma una materia, a través de una
técnica, o un método de rigor, hasta
elevarla a la categoría de arte, sino que se
conforma con reproducir fragmentos de formas
ya conocidas, a la manera del collage.
Un arte sin rigor es como un río sin
orillas; y, un río sin orillas es un
pantano. Así, la performancia, nos aparece
como un pantano donde se combinan de manera
híbrida diversas naturalezas, en una
mezcolanza indiferenciada de formas, colores
y sentimientos; similar a muchos de los
happenings (sucesos,
acontecimientos) que, en los años 70´s
aparecieron como una forma contestataria,
pero faltos de rigor, improvisados, y
superfluos. Grotowski lo advirtió: “Pero
cuando vemos todas esas representaciones
viciosas del teatro de avant-garde de muchos
países, esos trabajos abortados y caóticos,
empapados de esa supuesta crueldad que no
asustaría ni a un niño, esos happenings que
solo revelan una falta de habilidad
profesional, un sentimiento de inseguridad y
el amor a las soluciones fáciles, esas
representaciones violentas solo en la
superficie (que debieran herirnos pero que
no lo logran), cuando vemos esos
subproductos cuyos autores consideran o
llaman a Artaud su padre espiritual,
entonces sí creemos en la crueldad, pero
contra Artaud (Pg. 78-79. No era
totalmente él. Jerzy Grotowski. Hacia
un Teatro Pobre. Siglo XXI Ed. Col.
1981). Así mismo, la performancia de la
sociedad de consumo se caracteriza por ser
una pose vanguardista, improvisada y
superflua.
La verdadera performancia es
el ritual, in origen, y el verdadero
performer es el shamán, en tanto el ritual y
su oficiante orientan una fuerza oculta
hacia una acción determinada, conociendo
la naturaleza y las leyes de la acción, y
teniendo clara la fuerza oculta que quieren
revelar.
Sobre la acción ya hemos
referido su ontología y su fenomenología. Y,
sobre las leyes de la acción habría que
anotar, por último, citando la Antropología
Teatral, de Eugenio Barba y Jerzy Grotowski,
que las leyes de la acción, primeramente son
físicas, y se reúnen en tres grandes
principios: 1) Ley del
equilibrio-desequilibrio; 2) Ley de
oposición; y, 3) Ley de la energía en el
tiempo y el espacio.
El equilibrio-desequilibrio
se refiere a la forma en que lo cotidiano, o
reflejo automático de la vida cotidiana, se
transforma en un equilibrio precario, o
extra-cotidiano, es decir, en un nuevo
equilibrio. Para el actor, o el performer,
no hay técnicas naturales, en tanto el
hombre ya no es “natural”, pues ha
sido transformado, modificado, por la
cultura, la educación, la represión, las
costumbres, etc. Lo más aproximado al
movimiento “natural” sería el movimiento de
los elementos de la naturaleza (tierra,
aire, agua y fuego) y los movimientos de los
animales (no domesticados). Así, pues, es un
engaño cuando al actor, o al performer, se
le pide que actué sin representar nada, y de
una forma “natural”. El hombre ya está
codificado, y vive, desgraciadamente, lejos
de la naturaleza. La performancia, y el
performer, caen, frecuentemente en esa
trampa: la de creer que se actúa “naturalmente”,
sin representar nada. Muchos performers, sin
conocer las leyes de la acción, reproducen
el comportamiento cotidiano, creyendo que
así no “representan” nada, ni a
nadie. Pero, en realidad se representan a sí
mismos, con sus automatismos y clisés
cotidianos. Cuando se actúa, o se
performa, siempre se representa algo, ya
que la vida misma es una representación del
espíritu, que permanece oculto. Lo visible
son las formas sensoriales del mundo
invisible o espiritual, objetiva
conformación de la gracia.
Las oposiciones corporales y
vocales, materiales, psíquicas o
espirituales, son una ley dialéctica común a
todo movimiento. Un movimiento sin oposición
es un movimiento plano, y no despierta
ningún interés para el espectador. Para
hacer algo, la mínima acción, siempre es
necesario hacer, justamente, lo contrario.
Por ejemplo: Si voy a ir hacia delante,
primero voy hacia atrás. Si voy hacia
arriba, primero voy hacia abajo y, así, con
todos los movimientos. La oposición es una
ley de contraste, sin la cual, cualquier
arte, es plano. Recordemos que en la
pintura, por ejemplo, el color rojo se opone
al verde, el azul al naranja, el amarillo al
violeta y, así mismo, sucede en todas las
artes. Las oposiciones crean tensiones, y
despiertan el interés. Sin tensiones, el
arte, como la vida, estarían muertos. La
vida, en su corazón, es una tensión
permanente entre diástole-sístole. Pero,
muchas de las performancias contemporáneas
son planas, sin contrastes ni oposiciones
básicas, sin tensión, ni corazón.
Y, por último, la ley de la
energía en el tiempo y en el espacio nos
refiere la creación de un nuevo tiempo y un
nuevo espacio, diferente al cotidiano. El
tiempo ordinario, cotidiano, es reflejo de
la conciencia establecida, del orden
establecido, del status quo, y de la
apariencia. El Performer debe crear un nuevo
tiempo y un nuevo espacio, ya sea dilatando,
o comprimiendo el tiempo y el espacio
ordinario. El tiempo cronológico es una
convención social que no sirve para la
creación artística, so pena de reproducir
las leyes cotidianas. Lo mismo es el
espacio, regido por las leyes ordinarias, y
no sirve, tal cual, para cambiar la
percepción. El performer debe crear un nuevo
espacio y un nuevo tiempo para transformar
la percepción cotidiana en una percepción
extra-cotidiana, es decir extra-ordinaria.
IV.
Posludio
“El arte debe ser como la
cocina, debe tener sabor, Rasa”
(emociones), dice una antigua máxima del
Natyashastra (Poética India, de Bharata,
s.VI a.C.). El sabor, en el arte de la
cocina, la culinaria, esta en la
combinación, o en el equilibrio de los
sabores. La sal es la quinta esencia de los
sabores, de los condimentos, y es, a la vez,
la conservadora de los alimentos.
“Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si
la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?
Ya no sirve para nada más que para tirarla
afuera y ser pisoteada por los hombres.”
(Mt. 5-13).
Un arte sin sabor, o con una
mala combinación de sabores, es como un
plato de comida revuelto, una mezcolanza, un
revoltijo que no agrada sino a los cerdos, o
solo merece ser tirado al estercolero. Así,
la performancia de la sociedad de consumo es
un arte desechable, que solo merece ser
tirado afuera y ser pisoteado por los
hombres.
La combinación de los
sabores, en el arte, es la combinación de
las emociones. Las emociones son el sabor,
el color, por el cual podemos conocer el
estado del espíritu. El Natyashastra nos
dice: “Donde va la mano va la mirada,
donde va la mirada va el espíritu, donde va
el espíritu allí esta la emoción”. Sin
emociones, sin espíritu, no hay arte, así
como sin condimentos no hay cocina. Los
sabores se combinan por oposición, o
complemento: Un refrán popular nos dice:
“Pan con pan, comida de bobos”. El pan
se come con mantequilla, mermelada, o con
café, etc.; de la misma manera que, en el
arte, las emociones se combinan, para su
degustación. Por ejemplo: El horror con
horror es repugnante, indigerible. El horror
debe ser cortado, combinado con otra
emoción, para poder ser digerido. El gusto
estético es análogo al gusto culinario. El
disgusto produce, en ambos casos, en el arte
como en la cocina, desazón y mal sabor. El
gusto estético, para la performancia, como
para cualquier arte, debe estar bien
sazonado en sus emociones. En los rituales,
la catarsis consiste en transformar el
horror en piedad, y en amor; en trasmutar
las emociones negativas en emociones
positivas. Si la performancia, como rito
posmoderno, quiere incidir de manera
profunda y contundente en su entorno, debe
transmutar las emociones negativas en
emociones positivas, y refinar su sal para
que no corra el riesgo de ser lanzada, como
otro producto más de la sociedad de
deshechos, al estercolero.
Datos de contacto
Juan Monsalve
Director
Teatro de la Memoria
www.teatrodelamemoria.es.tl
teatrodelamemoria@gmail.com
j21monsalve@hotmail.com
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