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Ursúa - W. Ospina
Narradores actuales
“Ursúa” y el oro
precolombino
“Todos
dicen que el oro está amasado en la misma
sustancia que el sol, y lo llaman la carne
del dios en la tierra, la cara que puede
mirarse. Por eso todo objeto solar es para
ellos rezo y amparo. Un casco de sol sobre
la frente, un gran brazalete, un luminoso
collar de murciélagos, un arco de sol
saliendo de una fosa nasal y entrando en la
otra, un resplandor martillado sobre el
pecho, son el dios mismo entrando en la
batalla, y no dejan lugar para el miedo.
Todos los pueblos de estos reinos guardaron
su memoria en objetos de oro. Heredia
encontró en el país de los zenúes los brazos
de las ceibas fornidas llenos de campanas de
oro de distintos tamaños, y pueblos que
llevaban en sus orejas grandes arcos de
filigrana; Palomino vio en la Sierra Nevada
muchos hombres que llevaban con orgullo
feroz narigueras con forma de monos y
collares con hileras de pájaros; Robledo
recogió entre los Quimbayas centenares de
vasijas de metal, hombres de oro macizo del
tamaño de un mono, y enfrentó ejércitos en
los que cada soldado avanzaba cubierto con
un casco de oro tan vivo que parecía de
fuego, lo que lo hizo exclamar que estaba
viendo un ejército compuesto sólo de reyes;
los hombres de Belalcázar contaron que los
valientes vasallos de Pete en el valle de
Lilí sabían hacer collares de saltamontes y
pendientes en formas de culebra y de tigre.
En las montañas que miran al valle del río
Cauca, los trasabuelos de los cambis y de
los timbas se hacían cintas para la frente,
espirales para los brazos, agujas finas como
rayos de sol, alfileres coronados de pájaros
y pectorales resplandecientes. No hay rincón
de estas selvas donde no sepan ablandar el
metal con zumos de raíces, donde no sepan
laminarlo hasta hacerlo más liso que un
mármol e hilarlo hasta la finura de un
cabello de niño, no hay región donde el
poderoso elemento que invocan desesperados
los alquimistas de Brujas y de Toledo no sea
dócil en manos de los artífices. Así, quien
no llega con fiebre de oro la adquiere al
poco tiempo y quien haya dudado en España de
que exista la ciudad de la leyenda, empezará
a delirar con ella viendo tantos indicios;
sobre todo este culto por el sol de quien el
oro es la sombra en la tierra.
A mi padre le gustaba menos el oro que los
dibujos que hacen con él estos orfebres,
porque algún parentesco tenían con los
adornos de sus antepasados, que vieron a
Dios en los ángulos y en los matices, y que
habitaron un mundo ahora más perdido que el
de estos pueblos saqueados. Mi padre tenía
puestas sus nostalgias allá, en los templos
vencidos de los arenales de España, donde el
polvo cayó sobre las cúpulas azules y la
luna encorvada palideció tras los olivares.
No vino aquí buscando riqueza sino una
tierra donde vivir, donde escapar de las
persecuciones, aunque muy pronto entendió
que la paz no es más que una palabra que
inventaron los guerreros para no enloquecer.
Pero fue enardecido por el oro como comenzó
Ursúa su rutina de guerras y crueldades.”
De “Ursúa”, de William Ospina, Alfaguara,
2006, pgs. 142-144
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