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“Visión Chamánica”
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Ricardo Díaz Mayorga
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Seminario-Taller-Ritual

“Yagé Terapéutico”

Expediciones Interculturales

 

 

Primero, uno debe saber lo que necesita y volverse el maestro de sí mismo, de sus pensamientos

y de su vida.
Entonces su propia personalidad se volverá agradable y placentera a otros y uno se volverá una bendición para con quien se encuentre en este mundo.
Hazrat Inayat Khan

 

 

No lamente el pasado;
no se preocupe por el futuro;
pero trate de hacer lo mejor de hoy.
Hazrat Inayat Khan

 

Y si existe un secreto del éxito, la clave es el control de la mente. La intuición, la inspiración, la revelación, todas llegan cuando la mente es controlada. Y todas las preocupaciones, ansiedades, miedos, y dudas proceden de su falta de control.

Hazrat Inayat Khan

 

 

"Debemos tener el cuidado de retirar de nosotros mismos cualquier espina
que nos moleste de la personalidad de otros. "
Hazrat Inayat Khan - La Copa del Saki
 

No se trata de quién es más bueno, más humilde o más sincero, sino de quién logrará librarse de todo miedo, de quién alcanzará la paz y la alegría de que han hablado los maestros.

 

La única culpable real es la confusión que reina en nuestro espíritu, un caos que en diversas tradiciones se denomina ignorancia.

 

"La luz de la unidad es tan potente que puede iluminar toda la tierra".

Baha'u'llah (1817-1892),

Teólogo y filósofo iraní

 

“Puesto que el ser humano no es más que la historia que queda tras él, sé tú una bella historia para quien ha de compilarlas”

Al-Saqundi

“¿Qué es el hombre, sino una nube que procura sombra y que una vez ha dejado su agua desaparece? ¿Qué es el alma humana sino un préstamo, aunque el valor del préstamo es la devolución?”

Alí ben Abi-l-Husayn

Alfredo guardaría un buen recuerdo de su vida en Boa Esperanza, no solamente a causa de Neuza. Fue allí donde se familiarizó con el bosque, donde aprendió a ver la selva de una manera distinta, no como un infierno verde, sino como fuente de vida. Entendió que la selva compensaba con su exuberancia las carencias del sistema de explotación que los hombres habían tramado alrededor del caucho. Parecía que los caucheros y la naturaleza hubieran hecho un pacto tácito de ayuda mutua. Las convicciones del seringueiro prohibían cazar lo que no fuera estrictamente necesario para la supervivencia; al mismo tiempo reverenciaban los heveas como si fueran humanos. A cambio, la selva les proporcionaba animales para alimentarse, plantas para curarse y agua para refrescarse.
Javier Moro
En “Senderos de Libertad”
Seringueiro: recolector de la savia del caucho.
Hevea: Árbol del caucho

La vida es un pesado fardo; pero no os pongáis tan compungidos. Todos somos borricos cargados.

¿Qué tenemos de común con el capullo de rosa que tiembla porque le oprime una gota de rocío?

Es verdad: amamos la vida, no porque estemos habituados a la vida, sino al amor.

Hay siempre algo de locura en el amor: Pero siempre hay también algo de razón en la locura.

Y yo, que estoy bien con la vida, creo que para saber de felicidad, no hay como las mariposas y las burbujas de jabón, y lo que se les asemeja entre los hombres.

Ver revolotear esas almitas aladas y locas, encantadoras y bullidoras, es lo que arranca a Zaratustra lágrimas y canciones.

Federico Nietzsche

en "Así hablaba Zaratustra"

¿Le suena la bicicleta?

Es el futuro. El carro es una cosa maldita y mientras más rápido sepamos cómo diseñar las ciudades para otras formas de transporte, mejor.

La historia muestra que, en lugar de rediseñar el transporte, rediseñamos las ciudades para acomodarlo. En el siglo 19 el tren hizo sus transformaciones; en el 20, las hizo el automóvil. Es tiempo de otro paradigma.

Michael Sorkin
Arquitecto-Planificador Urbano

La esencia del samsara* es nuestra tendencia a buscar el placer y evitar el dolor, a buscar la seguridad y evitar la incertidumbre, a buscar el confort y evitar la incomodidad.

La enseñanza básica es que esto nos hace seguir siendo desdichados e infelices nos aprisiona en una pequeña y limitada visión de la realidad. Así es como nos mantenemos arrebujados en el interior de un capullo. En el exterior están todos los planetas, las galaxias y el vasto espacio, pero tu estás metido en ese capullo, o quizá dentro de una cápsula, como la de una vitamina. Un momento tras otro te estás diciendo que prefieres seguir en su interior. Prefieres seguir siendo una píldora vitamínica a la experiencia o el sufrimiento de salir a este gran espacio. La vida en esta cápsula es agradable y segura. Todo está bajo control. Estamos en esta zona segura y así es como consideramos la vida, tenerlo todo bajo control, tener seguridad. La muerte es perderla Por eso la tememos y nos causa tanta angustia. Podría tildarse a la muerte de embarazosa; sentirse incómodo y fuera de lugar. Queremos saber qué está sucediendo. La mente siempre está buscando zonas seguras, y esas zonas continuamente se están desmoronando. entonces nos abrimos paso para conseguir otra zona segura. Empleamos toda la energía y malgastamos nuestras vidas intentando re-crear esas zonas seguras que siempre acaban desmoronándose. Eso es el samsara.

*samsara: eterno errar en el ciclo del sufrimiento.

Pema Chödröm

"La Sabiduría de la No-Evasión"

Cuentan de una banda de ladrones que apresó a un hombre sincero que estaba intentando seguir el Camino del Conocimiento. Los bandoleros descubrieron que no tenía posesiones de ninguna importancia y empezaron a murmurar sobre qué hacer con él.
De repente, el hombre empezó a gritar:
– ¡No! ¡No! ¡Por favor, dadme tiempo!
– No estés tan asustado, hombre, esto terminará en seguida –le dijo el jefe de la banda–. Ya que más tarde podrías identificarnos, vamos a matarte, pero ¡la muerte, realmente no es nada! La hemos visto tantas veces...
– ¿La muerte? –dijo el hombre–. No estoy preocupado por esto. Estábais murmurando y pensé que habíais decidido pedirme que me convirtiera en alguien verdaderamente sincero. Esto es lo que habría sido difícil.

"Camino diez pasos
y ella se aleja diez pasos.
Camino cien pasos
y ella se aleja cien pasos.
Es inalcanzable...
como el horizonte...
Entonces ¿para qué sirve la utopía?
Para eso sirve...
Para seguir caminando"

Eduardo Galeano

--¿Existe alguna forma de medir las propias fuerzas espirituales?
--Muchas.
--Di tan sólo una.
--Trata de averiguar con qué frecuencia pierdes la calma a lo largo de un solo día.

Cierto hombre creía que el último día de la humanidad iba a suceder en una determinada fecha y se debía afrontar del modo adecuado.
Llegado el día, congregó en torno suyo a cuantos estuvieron dispuestos a escucharlo y los condujo a la cima de una montaña. Tan pronto estuvieron reunidos allí, el peso acumulado hizo que se hundiera la frágil corteza de la montaña y todos terminaron en las profundidades de un volcán.

En efecto, fue para ellos el último día.

Decir que “casi comprendes” alguna cosa relacionada con el espíritu es decir tonterías.
Esto lo dijo un anciano maestro, hace un tiempo, en una charla pública en la que había psicólogos. Uno de ellos, a quien al parecer le gustó la frase, le preguntó:
–¿Puede ponernos un ejemplo sacado de la vida cotidiana?
–Uno no puede decir que esta fruta “es casi una manzana”. O lo es o no lo es.

De acuerdo a un sabio, la crítica pasa a través de tres etapas:
1- "Es imposible" = "lo que dice aquel es imposible. Por tanto es un mentiroso, exagerado, falso, hipócrita..."
2- "Es posible, pero inútil" = "tal vez sea cierto lo que dice pero ¿de qué sirve? ¡vaya tontería!".
3- "Es útil pero yo ya lo sabía hace tiempo..."
Cuando se recuerda este principio permanentemente, entonces puede ser que la crítica empiece a detenerse.

--Con el trabajo interior nos purificamos a nosotros pero ¿Cómo purificamos también al mundo?
A lo que el sabio anciano respondió:
--Había un maestro hace unos siglos llamado Ulises. Todos lo honraban a causa de su sabiduría, pero nadie sabía si era realmente un hombre bueno. Cierta tarde, un defecto de construcción hizo que se derrumbase la casa donde Ulises vivía con su esposa. Los vecinos, muy angustiados, empezaron a cavar las ruinas, hasta que en cierto momento consiguieron localizar a la esposa del maestro.
Al empezar a desenterrarla, ella dijo:
--Dejadme. Salvad primero a mi marido que estaba sentado más o menos allí.
Los vecinos, rápidamente, removieron los cascotes en el lugar indicado y encontraron a Ulises.
Al ser localizado, éste dijo:
--Dejadme. Salvad primero a mi mujer que estaba acostada más o menos allí.
Cuando alguien actúa como actuó esta pareja está purificando el mundo entero.

Un gato negro encontró a un gato blanco. El gato negro miraba cómo el gato blanco corría en círculos intentando atrapar su propia cola. Pasados unos minutos, mareado de mirar a su compañero, el gato negro le preguntó al blanco qué es lo que hacia. El gato blanco, haciendo una pequeña pausa, explicó:
-- ¿Sabes? He descubierto que la felicidad se halla en mi cola, y por eso la persigo sin cesar.
--Vaya ¡qué casualidad! -dijo el gato negro-. También yo descubrí que la felicidad se halla en mi cola, por eso voy haciendo tan sólo lo que necesito hacer y ella viene detrás de mi todo el tiempo...

Blodidárec, un anciano que vivía en un monasterio de Bulgaria, recibió un día la visita de un hombre preocupado y descontento. Le contó que no conseguía guardar la calma durante los ejercicios de meditación y plegaria.
--Puedo enseñarte un método muy simple -le dijo Blodidárec-. Te tapas los oídos y piensa en rábanos.
--¿Antes o después de los ejercicios? -preguntó el hombre.
--!Durante los ejercicios, idiota¡ -dijo Blodidárec.

Para desarrollarnos como seres humanos, debemos contemplar mucho menos el "yo progresaré" que el "yo obstaculiza mi camino".

Unas cabras estaban pastando cuando vieron a un león a lo lejos. Unas pocas se alarmaron y corrieron hacia el líder de la manada en busca de su ayuda y su interpretación. El león se acercó, miró a las cabras y rugió.
--No hay por qué preocuparse -dijo el líder de las cabras- y puedo probarlo: ¡Vean que feo es el color de su piel!... y en cuanto a su balido, bueno... Se puede decir que no llegará a nada.

La gente piensa que piensa cosas, y también piensa que sabe cosas.
Sería útil que le prestaran atención a la cuestión de si saben lo que piensan, y piensan lo que saben.
Idries Sha

Cuando le preguntaron a Ardabali porqué nunca le agradecía a nadie los servicios prestados, dijo:
--Tal vez no lo creas, pero si yo les doy las gracias, se sentirán contentos y esto es lo mismo que si hubiesen sido pagados o recompensados por sus molestias. Si no se les agradece, hay aún una posibilidad de que en el futuro sean recompensados por sus servicios, y tal recompensa puede ser mucho mejor para ellos. Por ejemplo, puede llegar un momento en el que la necesiten realmente.

--No busquéis la trascendencia -dijo el sabio anciano-... limitaos a mirar y todo os será revelado!
--Pero ¿cómo hay que mirar?
--Siempre que miréis algo, tratad de ver lo que hay en ello, nada más.

Los jóvenes quedaron perplejos, de modo que el anciano lo puso más fácil:
--Por ejemplo, cuando miréis la Luna, tratad de ver la Luna y nada más.
--¿Y qué otra cosa que no sea la Luna puede uno ver cuando mira la Luna?
--Una persona hambrienta puede ver una bola de queso. Un enamorado, el rostro de su amada. El avaro, una fortuna enorme. Un fanático, a Dios sonriéndole...

--¿Qué debo hacer para llegar a la iluminación? -preguntó el discípulo.
--Nada -dijo el maestro.
--¿Cómo es eso...?
--La iluminación no es cuestión de hacer. La iluminación se produce.
--Entonces, ¿no puede alcanzarse nunca?
--Por supuesto que puede alcanzarse.
--¿Y cómo?
--No haciendo.
--¿Y qué hay que hacer para llegar a no hacer?
--¿Qué hay que hacer para dormirse o despertarse?

Un hombre se presentó ante un venerado maestro y le preguntó:
--Cuando medito invocando el nombre del Buda, presa del sueño, acabo por olvidar el ejercicio ¿cómo puedo vencer tal obstáculo?
--Es muy sencillo -le contestó el maestro-, invoca el nombre de Buda cuando estés despierto.

Usted perdone –le dijo un pez a otro– es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame, ¿dónde puedo encontrar eso que llaman océano? He estado buscando por todas partes sin resultado.
--¿El océano? –respondió el viejo pez–. Es donde estás ahora mismo.
--¿Esto? Pero si esto no es más que agua... Lo que yo busco es el océano –replicó el joven pez, totalmente decepcionado mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.

Un hombre famoso y renombrado por sus virtudes espirituales decía:
--Yo antes solía estar lleno de orgullo y vanidad pero desde que empecé a estudiar las enseñanzas orientales soy tan humilde que apenas podría usted creerlo. Ahora soy humildísimo.

Cuando llega el invierno, los árboles deben de suspirar de tristeza al ver como caen sus hojas.

Dicen:
--Jamás volveremos a ser como antes.
Claro que no. De otro modo, ¿cuál sería el sentido de la renovación? Las siguientes hojas tendrán su propia personalidad, pertenecerán a un nuevo verano que se acerca y que nunca podrá ser igual al que pasó.
Vivir es cambiar, y las estaciones nos repiten esta misma lección todos los años. Cambiar significa pasar por un período de depresión: todavía no conocemos lo nuevo y tenemos que olvidar todo aquello a lo que estábamos acostumbrados. Pero si tenemos un poco de paciencia, la primavera siempre llega y olvidaremos el invierno de nuestra desesperación.
Cambio y renovación son leyes de vida. Es bueno acostumbrarse a ellas y no sufrir por cosas que sólo existen para traernos alegrías.
Zhuang Zi

El anciano sabio decía a su discípulo:
--¡Oye! No te quedes ahí, como estúpido, contemplando todo el tiempo los problemas que hay en tu camino. Si lo haces, terminarán por hipnotizarte impidiéndote cualquier acción. ¡Oye! Tampoco permanezcas concentrado en tus propias cualidades, te fueron dadas para ser usadas, no para ser exhibidas.

Todas las preguntas que se suscitaron aquel día en la reunión pública estaban referidas a la vida más allá de la muerte.

El maestro se limitó a sonreír sin pronunciar una sola respuesta hasta acabar la reunión. Tiempo después, los discípulos le preguntaron por qué se había mostrado tan evasivo.

--¿No habéis observado que los que no saben qué hacer con esta vida son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente?
--Pero ¿hay vida después de la muerte o no la hay?–insistió de nuevo un discípulo.
--¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la cuestión!–replicó el maestro.

Todas las preguntas que se suscitaron aquel día en la reunión pública estaban referidas a la vida más allá de la muerte.

El maestro se limitó a sonreír sin pronunciar una sola respuesta hasta acabar la reunión. Tiempo después, los discípulos le preguntaron por qué se había mostrado tan evasivo.

--¿No habéis observado que los que no saben qué hacer con esta vida son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente?
--Pero ¿hay vida después de la muerte o no la hay?–insistió de nuevo un discípulo.
--¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la cuestión!–replicó el maestro.

Un estudiante acudió a Bankéi y le planteó su problema:
--Maestro, tengo una irascibilidad ingobernable ¿Cómo puedo curármela?
--Vaya... Tienes una cosa realmente extraña –respondió Bankéi–. Quisiera verla.
--Ahora mismo no puedo mostrársela –repuso el estudiante.
--Ya... ¿Y cuándo me la puedes mostrar? –preguntó Bankéi.
--Me viene de improviso.
--Entonces –concluyó Bankéi– no ha de ser de tu propia y verdadera naturaleza. Si lo fuera, podrías mostrármela en cualquier momento. Cuando naciste no la tenías y tus padres no te la dieron. Piénsalo bien.

Nasrudín comenzó a charlar con algunos amigos. Uno de ellos, de repente, le preguntó por su mujer:
--¡Ah, mi mujer! Se ha quedado en casa.
--¿A qué se dedica? –preguntó el otro.
Nasrudín se encogió de hombros y le dijo:
--Insignificancias, cosas sin importancia, pequeñas cosas sin trascendencia alguna. Se encarga de llevar a cabo las tareas del hogar, cuida de nuestros hijos y los ayuda a estudiar, va al mercado, hace reparaciones cuando son imprescindibles, como pintar la casa y arreglar lo que se rompe... Saca agua del pozo y riega la huerta, también atiende a su madre enferma y se hace cargo de la mía. A veces visita a su hermana y le ayuda con los niños... cosas así, pequeñas cosas sin trascendencia.
--¿Y tú que haces? –le preguntó otro de los reunidos.
--¡Ah amigos, yo soy verdaderamente importante, claro! Yo soy el que investiga si Dios existe.

Los discípulos buscaban la Iluminación, pero no sabían en que consistía ni cómo podía llegarse a ella. Preguntaron y el Maestro les dijo:
--No puede ser conquistada. No podéis apoderaros de ella.
Pero al ver el abatimiento de los discípulos, el Maestro añadió:
--No os aflijáis, tampoco podéis perderla.
Y esta es la fecha en que los discípulos andan buscando lo que ni puede ser perdido ni puede ser adquirido.

--¿Existe alguna forma de medir las propias fuerzas espirituales?
-- Muchas.
-- Dinos tan sólo una.
-- Tratad de averiguar con que frecuencia perdéis la calma a lo largo de un sólo día.

¿Hay algo que yo pueda hacer para llegar a la iluminación? –le preguntaba un discípulo a su maestro.
–Tan poco como lo que puedes hacer para que amanezca por las mañanas.
–Entonces, ¿para qué valen los ejercicios espirituales que tú mismo me recomiendas?
–Para estar seguro de que no estarás dormido cuando el sol comience a salir.

Durante un viaje, Buda encontró a un yogui apoyado en una sola pierna.
--Quemo los errores de mi pasado -explicó el hombre.
--¿Y cuántos errores has quemado ya?
--No tengo ni la menor idea...
--¿Y cuántos te falta quemar? -insistió Buda.
--No tengo la menor idea
--Entonces es hora de acabar con esto. Deja de pedir perdón a Dios y ve a pedir perdón a aquellos a quienes heriste.

Una vez dijo un sabio:
-- Debes esforzarte en ser paciente tanto con lo que quieres como con lo que no quieres, pues ambos te pondrán a prueba. Ejercita los dos tipos de paciencia y merece el nombre de 'ser humano'.

Un hombre fue al mercado y llegó a la tienda de Nasrudín. Había un pollo colgado.
–¿Cuánto pesa? -preguntó a Nasrudín.
–Verá... dos kilos y medio -contestó nuestro amigo.
–¿No tiene uno más grande? -volvió a preguntar el cliente.
–Voy a mirar -respondió Narsrudin.
Lo cierto es que Nasrudín sólo tenía aquel pollo pero no quería perder la venta. Así que se metió en la trastienda y al minuto volvió con el mismo pollo entre las manos, habiéndole dado la vuelta.
–Señor, éste otro pesa tres kilos -dijo Nasrudín.
–Muy bien -dijo el cliente satisfecho- ¡Póngame los dos!

Un buscador espiritual viajó a la India en su afán por encontrar a un verdadero iluminado. Viajó durante meses. Visitó desde los Himalayas, recorrió montañas, dunas, desiertos, ciudades y pueblos. Obtuvo mucha información y, por fin, halló en un lugar retirado y según todos los testimonios, un verdadero "hombre realizado".
El graznido de los cuervos rompía el silencio de una tarde apacible. El hombre se hallaba bajo un rododendro, en actitud meditativa. El visitante lo saludó cortésmente, se sentó a su lado y le preguntó:
--Antes de que usted hallase la realización, ¿se deprimía?
--Sí, claro, a veces -repuso tranquilamente el iluminado.
El buscador hizo una segunda pregunta:
--Dígame maestro, y ahora, después de su iluminación, ¿se deprime?
--Sí, claro, a veces. Pero ya ni me importa ni me incumbe.

El ser humano es una casa de huéspedes, una alegría.

 
Una depresión,

una maldad,

un despertar momentáneo,

aparece como un visitante inesperado.
Dales la bienvenida y hazlos pasar a todos.


Aún si se trata de una multitud de penas,

que arrasan tu casa vaciándola de sus muebles,

sin embargo,

trata a cada huésped honorablemente.
Puede estar despejándote

para una nueva delicia.


El pensamiento oscuro,

la vergüenza,

la maldad

recíbelos en la puerta riéndote,

invítalos a pasar.


Siente gratitud por quienquiera que venga,  porque cada uno ha sido enviado

cómo un guía del más allá.

Rumi

--¿Cómo puedo yo experimentar mi unidad con la creación?
--Observando y escuchando -respondió el Maestro.
--¿Y cómo he de escuchar?
--Siendo un oído que presta atención a la cosa más mínima que el universo nunca deja de decir. En el momento que oigas algo que tú mismo estás diciendo, detente. Ya no escuchas.

Había una vez un rey violento, ignorante e idólatra. También sufría una dolorosa locura. Un día juró a su ídolo personal por si le concedía satisfacer cierto deseo, él apresaría a las primeras tres personas que pasaran por su castillo y las obligaría a consagrarse de por vida al culto del ídolo.
Naturalmente, el deseo del rey se cumplió. Enseguida envió soldados a la carretera para que le llevaran a las tres primeras personas que encontraran.
Las tres personas fueron un erudito, un santo descendiente de una antigua línea de santos y una prostituta.
Cuando los arrojaron a los pies del ídolo, el rey les contó su voto y les ordenó que se doblegaran ante la imagen.
El erudito dijo:
--Esta situación cae, sin duda, dentro de la doctrina de “fuerza mayor”. Hay numerosos precedentes que permiten que uno parezca estar de acuerdo con una costumbre si se le obliga a ello, sin que exista culpabilidad real de tipo legal o moral.
Así que le hizo una profunda reverencia al ídolo. El santo, cuando llegó su turno, dijo:
--Como persona especialmente protegida por cuyas venas corre la sangre de tantos santos, mis propias acciones purifican todo lo que hago. Por tanto, nada impide que actúe como me pide este hombre.
Y se inclinó ante el ídolo.
La prostituta dijo:
--¡Ay de mí! Yo no tengo ni formación intelectual ni prerrogativas especiales. Por eso me temo que, me hagas lo que me hagas mi rey, no puedo adorar a este ídolo ni siguiera de forma fingida.
Antes esta respuesta, la enfermedad del rey loco desapareció súbitamente. Como por arte de magia se dio cuenta del engaño de los dos adoradores de la imagen. Mandó decapitar al erudito y al santo, y liberó a la prostituta.

Un pez oyó hablar a unos hombres de una substancia milagrosa llamada "agua". El pez se quedó tan intrigado que reunió a varios amigos peces y les anunció solemnemente que se iba a buscar esta maravillosa substancia. Los amigos le ofrecieron una ceremonia adecuada y le despidieron.

Mucho después de que lo hubieron dado por perdido en su peligroso viaje, el pez llegó de regreso viejo, cansado y deshecho. Los amigos se apresuraron a darle la bienvenida y le preguntaron ansiosos:
--¿Lo encontraste? ¿Hallaste la substancia milagrosa?
--Si –respondió el pez–. Pero no os creerías lo que he descubierto.
Acto seguido, el viejo pez se alejó despacio.
 

--¿Cómo alcanzaré la vida eterna? -le preguntaron a un sabio.
--Ya es la vida eterna. Entra en el presente.
--Pero si ya estoy en el presente... ¿o no?
--No.
--¿Por qué no?
-- Porque no has renunciado al pasado.
--¿Y por qué iba a renunciar a mi pasado? No todo el pasado es malo...
--No hay que renunciar al pasado porque sea malo, sino porque está muerto.
Una vez llegaron cinco viajeros a las puertas del Cielo.
-- ¿Quiénes sois? -preguntó el guardián.
-- Yo soy la Religión -dijo el primero
-- Yo la Juventud.
-- Yo soy la Comprensión -dijo otro
-- Yo soy la Inteligencia.
El último dijo:
--Yo soy la Sabiduría.

Entonces el guardián del Cielo pidió a los viajeros que se identificaran.
La Religión se arrodilló y rezó. La Juventud rió y cantó. La Comprensión se sentó y escuchó. La Inteligencia analizó y opinó. Por último la Sabiduría contó un cuento.
Le dijo el sabio al hombre de negocios:
--Del mismo modo que el pez perece en tierra firme, así también tú mueres cuando te dejas enredar en el mundo. El pez necesita volver al agua... y tu necesitas volver a la soledad.
El hombre de negocios no salía de su asombro.
--¿Debo, pues, renunciar a mis negocios e ingresar en un monasterio?
--No, nada de eso. Sigue con tus negocios y además entra en tu corazón.
Cuando seas inspirado por una gran meta, un extraordinario proyecto, todos tus pensamientos extrapolan sus límites, tu mente transciende limitaciones, tu consciencia se expande en todas direcciones y te encontrarás en un mundo nuevo, grande y maravilloso. Fuerzas adormecidas, facultades y talentos se manifiestan, y descubres que eres una persona mucho más grande de lo que tú jamás has pensado ser.
Pantajali

El Amor es el medio por el que
los mensajeros del misterio
nos dicen las cosas.
El Amor es la madre,
somos sus hijos.
Brilla en nuestro interior,
visible-invisible, cuando creemos o dejamos de creer,
O sentimos que empieza a crecer de nuevo.
Rumi
El conquistador del amor
es aquél a quien el amor conquista.
Aplícate, con pies y manos, a la búsqueda,
pero cuando llegues al mar, deja de hablar del río

Eres esclavo de fama y vergüenza,
¿Qué es la eternidad para ti?

Una miríada de obstáculos están en tu camino,
tu coraje vacila y se acaba.
Toda tu charla es un mero juego de palabras
mientras sigas en la trampa.

Eres un recién llegado a la existencia
deja de hablar de eternidad
cuando aun no diferencias tu cabeza de tus pies.

No hay dualidad en el mundo del amor,
¿Qué es toda esa charla de "tu" y de "yo"?
¿Cómo puedes llenar una taza que ya está llena?

Tráete todo entero a esta puerta,
si traes sólo una parte no habrás traído nada.

De El jardín amurallado de la verdad, pág. 52.53, Hakim Sanai
Un hombre vio una vez a un zorro inválido que tenía buena presencia y se preguntó cómo se las arreglaría para estar tan bien alimentado. Decidió observar y descubrió que el zorro se había instalado cerca de un lugar donde un león traía su presa. Después de comer, el león se alejaba, y el zorro comía los restos. De modo que el hombre decidió dejar que el destino le sirviera a él de la misma manera.
Se sentó en la calle y esperó. Todo lo que sucedió fue que se volvió cada vez más débil y hambriento, y nada ni nadie se interesaba por él.
A su debido tiempo, una voz le dijo:
--¿Por qué tienes que comportarte como un zorro inválido? ¿Por qué no deberías ser un león, así los demás podrían beneficiarse de lo que dejas?
Un hombre rico decidió visitar a un santo para obtener su bendición. Realizó un largo viaje acompañado por una deslumbrante comitiva y al fin llegó al hogar del sabio.
--¡Oh, Iluminado! -exclamó el hombre rico al estar en presencia del sabio -¡Maestro cuyas invocaciones obtienen siempre respuesta, di una oración por mí.
--¿Qué oración quieres que realice?  -preguntó el santo.
--Pide que nunca caiga en un estado inferior al que me encuentro ahora.
El sabio estuvo de acuerdo y efectuó la oración. Bueno. Algunos años más tarde, el santo entró en un miserable mercado y encontró a un mendigo, vestido con harapos, que le atacó cuando le vio.
--¡Yo soy aquel magnate por quien tú rezaste, falso y villano supuesto santo! -gritó el mendigo.
El sabio dijo:
--¿Cuál es con exactitud tu queja?
--¿Queja? ¡Mírame, pidiendo limosna e infeliz...!
--La oración ciertamente obtuvo respuesta. Tu estado era codicia e inseguridad, y aún te encuentras fuertemente atrapado en sus garras.
¿Hay algo que yo pueda hacer para llegar a la iluminación? –le preguntaba un discípulo a su maestro.
–Tan poco como lo que puedes hacer para que amanezca por las mañanas.
–Entonces, ¿para qué valen los ejercicios espirituales que tú mismo me recomiendas?
–Para estar seguro de que no estarás dormido cuando el sol comience a salir.

Hoy, como cualquier otro día, nos despertamos vacíos y asustados.
No abras la puerta del estudio y empieces a leer.
Coge un instrumento musical.
Deja que la belleza de lo que amamos sea lo que hacemos.
Hay cientos de formas de arrodillarse y besar el cielo.

Rumi

Drogadicto. Esa era la meta a la que me dirigía: a desempeñar el papel definitivo y fatal de joven aspirante a negro. Excepto que mis fumadas no habían sido motivadas por mí, aun intentando demostrar lo 'hermano' que era. Al menos no por aquel entonces. Fumaba justo por lo contrario, porque así evitaba preguntarme quién era, porque suavizaba el relieve de mi corazón y difuminaba las esquinas de la memoria. Descubrí que no había diferencia alguna entre fumar porros en la nueva y reluciente furgoneta de un compañero blanco de clase, o en la habitación de la residencia universitaria de algún hermano que hubiera conocido en el gimnasio, o en la playa con una pareja de jóvenes hawaianos que habían abandonado la escuela y ahora pasaban la mayor parte del tiempo buscando una excusa para armar bronca. Nadie te hacía preguntas sobre si tu padre era un ejecutivo ricachón que engañaba a su esposa o un tipo en paro que te pegaba cada vez que se dignaba volver a casa. Podías estar aburrido, o solo. Todo el mundo era bien recibido en el club de los descontentos. Y si la fumada no podía resolver lo que te hacía sentir mal, al menos haría que te rieras de la locura en la que se había metido el mundo y ver la hipocresía, la mierda y la moralidad de pacotilla.

Barack Obama

En “Los sueños de mi padre” – Autobiografía

Penetra sordamente en el reino de las palabras.

Allí están los poemas que esperan ser escritos.

Están paralizados, pero no hay desesperación,

hay calma y frescura en la superficie intacta.

Helos solos y mudos, en estado de diccionario.

Convive con tus poemas antes de escribirlos.

Ten paciencia, si oscuros. Calma, si te provocan.

Espera que cada uno se realice y se consuma

con su poder de palabra

y su poder de silencio.

No fuerces al poema a desprenderse del limbo.

No cojas del suelo el poema que se ha perdido.

No adules al poema. Acéptalo.

Como él aceptará su forma definitiva y concentrada en el espacio.

Acércate más y contempla las palabras.

Cada una

tiene mil facetas secretas bajo la faz neutra

y te pregunta, sin interés por la respuesta,

pobre o terrible, que pudieras darle:

¿Has traído la llave?

Carlos Drummond de Andrade

de "La rosa del pueblo"

La soberbia niega y contradice lo que la humildad afirma y aconseja. Mientras la soberbia estimula la arrogancia, la vanidad, la egolatría y la presunción de querer ser lo que no se es, la humildad es la virtud que da el conocimiento de sí mismo, de las limitaciones, las debilidades y las capacidades para tratar con prudencia y obrar con respeto ante todo ser viviente.
La satisfacción y envanecimiento de las dotes propias con desprecio de las de los demás, es también una de las posturas mentales de la soberbia. La altivez, altanería, jactancia, arrogancia, presunción, fatuidad, ufanía, pedantería, humos, descaro, endiosamiento, impertinencia, ínfulas, insolencia, empecinamiento, copetudez, fanfarronería son algunas de las infinitas máscaras de la soberbia.
La soberbia es el amor excesivo de sí mismo, que por presunción, vanidad y jactancia mueve al ser humano a idealizarse como un ser superior a sus semejantes.

Del blog:http://centroluminoso.blogspot.com/

Estamos en Tierra de los Tontos.
--Analiza siempre las pruebas con espíritu crítico -aconsejó un sabio a uno de sus estudiantes-. Mira, voy a ponerte a prueba en lo referente a la factibilidad de los hechos. Si te dijese: ¡Trepa por ese rayo de luna...! ¿Qué responderías?
--Diría que podría resbalarme al subir...
--¡Ves, hombre, estás equivocado! Debiste haber contestado que sería necesario hacer muescas con un hacha para afirmar los pies en ellas y poder subir.

"... un siglo después de la llegada de Kago a la Tierra, cualquier forma de vida en aquel globo que había sido de un sustancioso azul verdoso, pacífico y húmedo, estaba muerta o a punto de morir. Por todas partes se encontraban los caparazones de los grandes escarabajos que los hombres habían construido y adorado. Eran automóviles. Lo habían matado todo.

El propio Kago había muerto mucho antes que el planeta. Estaba tratando de dar una charla en un bar de Detroit acerca de lo nocivos que eran los automóviles. Pero como era tan diminuto, nadie le prestaba la menor atención. Se tumbó a descansar un momento y un obrero-automóvil borracho creyó que era un fósforo y lo mató al frotarlo varias veces contra la parte de debajo de la barra, intentando encenderlo."

Kurt Vonnegut

"El Desayuno de los Campeones"

Se cuenta que en un pueblo del interior, un grupo de personas se divertían con el tonto del pueblo: un pobre infeliz, de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y la limosna pública.
Diariamente, algunos hombres llamaban al tonto del pueblo al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas. Una era de tamaño grande, de 400 reales, y la otra tenía menor tamaño pero era de 2000 reales.
Él siempre cogía la más grande de tamaño y menos valiosa, lo que era motivo de risa para todos. Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre, le llamó aparte y le preguntó si no sabía que la moneda de mayor tamaño valía menos.
El tonto del pueblo le respondió:
–Claro que lo sé, no soy tan tonto. La grande vale cinco veces menos, pero el día que escoja la moneda pequeña el juego acabará y no voy a ganar más mi moneda diaria.

–¿Qué es el destino? -le preguntó, al viejo Nasrudín, un erudito queriendo atraparlo en contradicción.
–Una sucesión interminable de eventos interrelacionados, cada uno influyendo en los demás -dijo.
–Esa respuesta no satisface. Yo creo en la causa y efecto.
–Muy bien -replicó Nasrudín-, observa eso.
Y apuntó a un cortejo que pasaba por la calle. Iban a ajusticiar un hombre.
–A ese hombre lo van a ahorcar. Dime ¿lo van a ahorcar porque alguien le dio una moneda de plata que le permitió comprar el cuchillo con el cual cometió el crimen, o porque alguien le vio cometer el crimen y lo denunció, o porque nadie se lo impidió, o porque el juez lo ha decidido, o porque en su infancia nadie le enseñó a respetar la vida humana, o porque pasaba hambre, o porque la policía lo atrapó o porque el difunto no huyó de él al verlo?

Nashrudin a veces llevaba a la gente a pasear en su bote. Un día un pedagogo y lingüista lo contrató para que le transbordara al otro lado de un ancho río. Tan pronto como empezaron a navegar, el erudito preguntó si la travesía sería inquietante.
--De eso, pregúnteme nada -contestó Nashrudin.
--¿Qué, nunca has estudiado gramática?
--No -respondió él.
--Has perdido entonces la mitad de tu vida.
Nashrudin no contestó. Pronto se desató una terrible tormenta. El endeble barquichuelo de Nashrudin empezó a hacer agua. Éste se inclinó hacia su compañero de travesía y le preguntó:
--¿A nadar usted ha aprendido?
-- ¡No! -contestó el erudito.
--En caso tal, maestro, ha usted toda su vida perdido porque nos hundiendo estamos.

Escucha
Escucha a un amigo, y entonces oirás una idea distorsionada de ti mismo.
Escucha a tu enemigo, y oirás algo también distorsionado.
La amistad nos ayuda a sobrevivir y nos fortalece.
La oposición nos hace más fuertes.
Cuando hemos sobrevivido y hemos sido fortalecidos
nos encontramos con otra versión, distinta a las del amigo o el enemigo.
Esta es la Visión Superior,
La valía de la Morada se encuentra en el morador.
Idries Shah

Habiendo tenido noticias de que la Tierra era terreno de odio y perversidades, corrupción y malevolencia, el Sr. Diablo abandonó durante unos días su reino para disfrutar de un viaje. En compañía de uno de sus acólitos, el Sr. Diablo fue a dar un largo paseo por el planeta Tierra.
Maestro y discípulo iban caminando tranquilamente cuando, de súbito, éste último vio una partícula de Verdad. Alarmado, previno al Diablo:
–Señor, allí hay una partícula de Verdad ¡cuidado no vaya a extenderse!
El Sr. Diablo, sin alterarse en lo más mínimo, repuso:
–No te preocupes, hijito, ya se encargarán los humanos de institucionalizarla.

Le preguntaron a Hilmi:
--¿Por qué te tomas tanto interés en materias que no están relacionadas con el progreso del ser humano?
Él dijo:
--Cuando quieres saber si el carpintero ha estado trabajando duro, echas una mirada a las virutas en su taller no a lo que te dice que ha hecho.

Un ruiseñor decía, cierta vez, a un pavo real:
--Cuando trino, la gente me rodea para escuchar la belleza de mi canto. El hombre tal vez sea asesino pero también esteta.
El pavo real después de escuchar con atención, decidió atraer a la muchedumbre para que admirara su hermoso plumaje, incomparablemente más exquisito y que ningún ruiseñor podría exhibir. Con ése propósito acudió a un lugar dónde se congregaban seres humanos. Se pavoneó tanto frente a ellos, plegando y desplegando su cola, escondiendo y extendiendo sus plumas ante la mirada de todos, que uno de los espectadores dijo:
--Ese infortunado pavo real tiene algo que no anda bien. No puede quedarse quieto. Debe ser alguna enfermedad.
En vista de lo cual tomaron al pavo real y lo mataron, no fuese que la enfermedad se propagase a sus aves domésticas.

--¿Por qué no dejas nunca de hablar de mis errores pasados? -le preguntó el marido a su esposa-. La verdad, pensaba que ya habías perdonado y olvidado lo pasado.
--Y es cierto. He perdonado y olvidado -respondió la mujer-, pero quiero estar segura de que tú no olvides que yo he perdonado y olvidado.

Una caravana que iba por el desierto se detuvo cuando empezaba a caer la noche.
Un muchacho, encargado de atar a los camellos, se dirigió al guía y le dijo:
--Señor, tenemos un problema. Hay que atar a veinte camellos y sólo tengo diecinueve cuerdas. ¿Qué hago?
--Bueno -dijo el guía-, en realidad los camellos no son muy lúcidos. Ve donde está el camello sin cuerda y haz como que lo atas. El se va a creer que lo estás atando y se va a quedar quieto.
El muchacho así lo hizo. A la mañana siguiente, cuando la caravana se puso en marcha, todos los camellos avanzaron en fila. Todos menos uno.
--Señor, hay un camello que no sigue a la caravana.
--¿Es el que no atastes ayer porque no tenías soga?
--Sí ¿cómo lo sabe?
--No importa. Ve y haz como que lo desatas, si no va a creer que siguen atado. Y si lo sigue creyendo no caminará.

Marco Polo describía un puente, piedra por piedra.
--¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? --preguntó el emperador Kublai Kan.
--El puente no esta sostenido por esta o aquella piedra -dijo Marco Polo-, sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permaneció silencioso, reflexionando. Después dijo:
--¿Por qué me hablas de las piedras? Es sólo el arco lo que importa.
--Sin piedras no hay arco -dijo Marco.

Había una vez un hombre que viajó en búsqueda de la iluminación espiritual. Finalmente, llegó a la morada de un sabio que tenía la reputación de ser un maestro de los más grandes secretos del alma.
En el preciso momento en que se le hizo pasar a presencia del hombre ilustre, una extraña agitación se apoderó de él y cayó al suelo. Sintió que la misma tierra parecía quererse abrir y tragárselo.
--Al fin, al fin... te encuentro -balbuceó-. Oh Maestro, has exaltado mi espíritu, has conmovido mi ser más íntimo...
--Lo siento, no entiendo bien -dijo el venerable maestro-. ¿Cómo imaginas que puedes beneficiarte de lo que ha sido sólo un ligero terremoto? Ocurren muy a menudo por aquí...

Un prominente sabio de Asia Central estaba examinando candidatos que aspiraban a convertirse en discípulos.
--Veamos, quien quiera entrenamiento y no aprendizaje, quien desee discutir en vez de estudiar, quien sea impaciente, quien quiera tomar en vez de ofrecer... debe levantar la mano.
Nadie se movió.
--¡Muy bien! -dijo el Maestro-. Ahora vendréis conmigo y conoceréis a algunos de mis discípulos. Han estado conmigo durante tres años.
Les condujo a una habitación de meditación donde había una hilera de gente sentada y les dijo:
--Aquellos que desean ser entretenidos en vez de aprender, quienes son impacientes y quieren discutir, los que toman y no ofrecen... por favor, que todos estos se levanten.
La hilera completa se puso de pie. El sabio se dirigió al primer grupo:
--Según vuestro criterio, ahora sois mejores personas de lo que seréis dentro de tres años, si permanecéis aquí. Vuestra vanidad actual os lleva incluso a sentiros importantes. Así que volved a vuestros hogares y, antes de venir otra vez en el futuro, si así lo deseáis, reflexionad bien acerca de si queréis sentiros mejor de lo que sois o peor de lo que el mundo os considera.

Un hombre, que imaginaba ser un genuino buscador del sentido profundo de la vida, visitó a un venerable anciano. El sabio era muy, muy viejo y gozaba de gran reputación como guía espiritual procedente de una larga línea de místicos. El hombre lo saludó con estas palabras:
--Qué maravilloso es que hayas alcanzado una edad tan venerable y que seas extensamente admirado por tus austeridades que realzan tu elevada espiritualidad. ¿Cuáles son las características más importantes de tu disciplina?
--Primero -dijo el anciano con voz trémula-, me ciño firmemente al vegetarianismo y segundo, siempre estoy sereno y nunca, por ningún motivo, pierdo los estribos con nada ni con nadie...
En ese momento se oyó un gran tumulto de gritos y alaridos que procedían de la cocina.
--No le prestes atención a eso -dijo el anciano sonriendo-. Tan solo se trata de mi ilustre padre, que está dándole una paliza al carnicero por haberse retrasado en traerle la carne que le encargó.

Un día, un becerro tuvo que atravesar un bosque virgen para volver a su pastura.
Como era un animal irracional y joven, abrió un sendero tortuoso, lleno de curvas, subiendo y bajando colinas que no hacía falta subir.
Al día siguiente, un perro que pasaba por allí usó ese mismo sendero para atravesar el bosque. Después fue el turno de un carnero, cabeza de rebaño, que viendo el espacio ya abierto hizo que sus compañeros siguieran por allí.
Más tarde, los hombres comenzaron a usar ese sendero. Entraban y salían, giraban a la derecha y a la izquierda, subían y descendían, se desviaban quejándose y maldiciendo, con toda razón. Pero... no hacían nada para crear una alternativa nueva.
Después de tanto uso, el sendero acabó convertido en un amplio camino donde los pobres animales se cansaban bajo pesadas cargas. El sendero les obligaba a recorrer en tres horas una distancia que podría haber sido vencida en treinta minutos si no hubieran seguido la vía abierta por el becerro.
Pasaron muchos años y el camino se convirtió en la calle principal de un poblado. Finalmente, en la avenida principal de una ciudad. Todos se quejaban del tránsito, porque el trayecto era el peor posible.
Mientras tanto, el viejo y sabio bosque se reía al ver como los humanos tienen la tendencia a seguir como ciegos el camino que ya está abierto, sin preguntarse nunca si esa es la mejor elección.

Mientras el demonio estaba hablando con sus amigos, se fijaron en un hombre que caminaba por la calle. Siguieron su recorrido con los ojos y vieron que se agachaba con mucho interés para coger algo del suelo.
--¿Qué habrá encontrado? -preguntó uno.
--Un pedazo de la Verdad -respondió el demonio.
Sus amigos se preocuparon muchísimo. Al fin y al cabo, un pedazo de la Verdad podía salvar el alma de aquel hombre y tendrían una menos en el Infierno. Pero el demonio, imperturbable, seguía contemplando el paisaje.
--¿No estás preocupado? -le dijo uno de sus compañeros- ¡Ha encontrado un pedazo de la Verdad!
--Oh, no. No me preocupa en absoluto -respondió el demonio- ¿Sabes qué hará con este pedazo? Como siempre, creará una nueva religión y alejará muchas más personas de la Verdad total.

Había una vez un vendedor de relojes de pulsera que descubrió que podía vender con facilidad relojes a la gente de la ciudad. Ellos sabían qué era el tiempo. Sin embargo, con los campesinos le era más difícil. Un día, estando en el campo, se encontró con un hombre que cortaba leña. Se hizo la promesa de que lograría que el campesino entendiese el valor de un cronómetro. De modo que dijo:
--Buenos días ¿Qué hora es?
El viejo campesino miró la pila de madera y respondió:
--Faltan veinte leños para la comida del mediodía.

Ante una batalla decisiva, el general japonés decidió tomar la iniciativa y atacar, a pesar de saber que el enemigo era mucho más numeroso. Aunque confiaban en su estrategia, sus hombres estaban temerosos. Camino hacia la confrontación, resolvieron detenerse en un templo. Después de rezar, el general se dirigió a sus soldados:
--Voy a arrojar esta moneda. Si sale cara, volveremos todos al campamento. Si sale cruz, significará que los dioses nos protegen y que derrotaremos al enemigo. Ahora se revelará nuestro futuro.
Tiró la moneda al aire y los ojos ansiosos de sus soldados vieron el resultado: cruz. Todos vibraron de alegría, atacaron con confianza y vigor y pudieron celebrar la victoria al atardecer.
Orgulloso, su comandante comentó:
--Los dioses siempre tienen razón. Nadie puede cambiar el destino revelado por ellos.
--Tienes razón, nadie puede cambiar el destino cuando estamos decididos a seguirlo. Los dioses nos ayudan, pero a veces tenemos que ayudarlos también –respondió, entregando la moneda a su oficial.
Los dos lados marcaban cruz.

El maestro le insistía a su discípulo una y otra vez sobre la necesidad de cultivar el sosiego.
--Deja que tu mente se remanse y se sosiegue.
--Ya ¿Pero qué más? –preguntaba impaciente el discípulo.
--De momento, sólo eso.
Pero el discípulo no lograba estar paciente y se exasperaba, sin dejar de preguntar:
--¿Y qué más?
--De momento, sólo eso. Sé paciente, sosiégate, recupera la paz interior.
Un día y otro recibía la misma instrucción, hasta que el discípulo le preguntó:
--Pero maestro, ¿por qué consideras tan importante el sosiego?
--Acompáñame –dijo el maestro.
Le condujo hasta un estanque y con un palo comenzó a agitar sus aguas. Entonces preguntó:
--Mírate ¿Puedes ver tu rostro en el agua?
--¿Cómo voy a verlo si el agua está tan agitada? –protestó el discípulo, pensando que el maestro se burlaba de él.
--De igual manera, mientras estés agitado no podrás ver el rostro de tu esencia, de tu yo interno.

Se cuenta que dos estudiantes del Camino espiritual, comprometidos en su propia evolución, estaban discutiendo acerca del ser humano. El primero dijo:
--El hombre llega a la Verdad a través de su esfuerzo personal y la búsqueda, y comenzando con ignorancia, alcanza el conocimiento.
El segundo dijo:
--No. El hombre llega a la Verdad sólo a través de la guía de Maestros y Gurúes expertos.
Llegaron casi a las manos. Estaban lejos de resolver su discusión cuando un verdadero iniciado, un hombre santo, pasó por casualidad. Los dos lo conocían y decidieron referirle la cuestión.
--Pronúnciate en este asunto, por favor –le urgieron.
--Muy bien ¿Acaso cada uno de vosotros ha visto dos perros disputando acerca de un hueso?
--Si, lo hemos visto -dijeron los dos estudiantes.
--¿Y habéis visto alguna vez al hueso unirse a la disputa? Pensad en ello.
(R. Tagore)

--Estoy en alquiler ¡contratadme! --gritaba yo una mañana andando por la carretera.
El rey pasó con su carroza, la espada en la mano. Me cogió y me dijo:
--Te tomo a mi servicio. A cambio, tendrás una parte de mi poder.
Pero yo no sabía que hacer con su poder y le dejé partir en su carroza.
En el ardiente mediodía todas las casas estaban cerradas. Yo vagaba por caminos tortuosos. Un anciano se me acercó, llevando un saco lleno de oro. Se detuvo pensativo y me dijo:
--Ven, te tomo a mi servicio. Te pagaré con este oro.
Empezó a contar sus monedas, una a una, pero le volví la espalda. Caía la tarde. El seto del jardín estaba florecido. Una hermosa muchacha se me acercó y me dijo:
--Te tomo a mi servicio y te pagaré con una sonrisa -pero su sonrisa se desvaneció, le saltaron las lágrimas y, sola, se perdió de nuevo en la sombra.
El sol reverberaba en la arena y las olas rompían caprichosamente. Un niño jugaba con las conchas sentado en la playa. Levantó la cabeza, me miró como si me reconociera, y me dijo:
--Te tomo por nada.
Desde que hice este trato, jugando con un niño, me he convertido en un hombre libre.
(R. Tagore)

Un león fue capturado y encerrado en una reserva vallada. Para su sorpresa, encontró otros leones que llevaban allí muchos años, algunos incluso toda su vida: habían nacido en cautividad.

El recién llegado no tardó en familiarizarse con las actividades de los restantes leones, que se asociaban en distintos grupos.
Un grupo era el de los socializantes, otro el del mundo del espectáculo y había un grupo que tenía como objetivo preservar las costumbres, la cultura y la historia de la época en que los leones eran libres. Había un grupo de leones religiosos y otros que atraían a los que tenían talento literario o artístico. Había, finalmente, revolucionarios que se dedicaban a conspirar contra sus captores y contra otros grupos revolucionarios. De vez en cuando estallaba una revuelta y un determinado grupo era eliminado, o bien, aunque más de tarde en tarde, resultaban muertos los guardianes del campo que los encerraba y eran reemplazados por otros guardianes.
El recién llegado reparó en la presencia de un león que parecía estar siempre profundamente dormido. No pertenecía a ningún grupo y estaba ajeno a todos ellos. Suscitaba admiración a unos y hostilidad a otros.
--No te unas a ningún grupo -dijo el solitario-. Esos pobres se ocupan de todo menos de lo esencial.
--Y, ¿qué es lo esencial? -preguntó el recién llegado.
--Lo esencial es estudiar la naturaleza de la cerca que nos encierra.

Hace cientos de años en una ciudad de Oriente. Un anciano caminaba de noche por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. En cierto momento, un hombre giró una esquina y tropezó abruptamente con el anciano. El hombre se puso a gritarle con malos modos:
--¡Vigila viejo, mira por donde vas!
Tras gritar, el hombre se calmó y miró al anciano a la luz de la lámpara que éste sostenía. De pronto, reconoció a un amigo. Se dio cuenta que era Guno, el ciego del pueblo. Le dijo:
--¿Qué haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? Si tú no ves...
El anciano le respondió:
--Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. No llevo la lámpara para ver mi camino, sino para que no tropiecen conmigo y para que otros encuentren su camino cuando me vean a mi.
Un grupo de personas murieron al mismo tiempo en una catástrofe y se sorprendieron al encontrarse en un mundo muy similar a éste. Tenían a su disposición todo tipo de entretenimientos y todas las facilidades posibles. Se asombraron aun más al descubrir que estaban en el infierno.
Aquellos que querían vidas excitantes las tuvieron. Los que deseaban mucho dinero lo obtenían. Se satisfacían las ambiciones y deseos de todo tipo.
Un día conocido como el Día de las Quejas, un grupo de condenados se dirigió al demonio controlador y le dijeron:
--Llevamos una vida maravillosa, fiestas, riquezas, excitación, pero parece como si nos estuviésemos desgastando. Nos volvemos poco atractivos unos a otros y lentamente vamos perdiendo las pertenencias que nos llegan tan fácilmente...
--Si -dijo el diablo- ¿A que es infernal?
Un hombre recorrió medio mundo para comprobar por si mismo la extraordinaria fama de que gozaba un famoso líder espiritual. Durante el camino encontró a un discípulo del afamado sabio y le preguntó:
--¿Qué milagros ha realizado tú Maestro?
--Bueno, verás... hay milagros y milagros. En tu país, se considera un milagro el que Dios haga la voluntad de alguien cuando éste se lo pide. Entre nosotros, se considera un milagro el que alguien haga la voluntad de Dios.

Un estudiante se quejaba de que no podía meditar: sus pensamientos no se lo permitían. Habló de esto con su maestro, diciéndole:
–Maestro, los pensamientos y las imágenes mentales no me dejan meditar. Cuando se van unos segundos, luego vuelven con más fuerza. No puedo meditar. No me dejan en paz.
El maestro le dijo que esto dependía de él mismo y que dejara de cavilar.

No obstante, el estudiante seguía lamentándose de que los pensamientos no le dejaban en paz y que su mente estaba confusa. Cada vez que intentaba concentrarse, todo un tren de pensamientos y reflexiones, a menudo inútiles y triviales, irrumpían en su cabeza.
El maestro entonces le dijo:
–Bien. Agarra esta cuchara y tenla en tu mano. Ahora siéntate y medita.
El discípulo obedeció. Al cabo de un rato el maestro le ordenó:
–¡Deja la cuchara, ahora!
El alumno así hizo y la cuchara cayó, obviamente, al suelo.

Miró a su maestro con estupor y éste le preguntó:
–Entonces, ahora dime quién agarraba a quién, ¿Tú a la cuchara o la cuchara a tí?

Estaba un sabio sentado a la orilla del Ganges instruyendo a sus discípulos acerca del apego cuando otro joven discípulo, aparentemente rico y ostentoso con sus joyas, se acercó al grupo diciendo.
--He aquí, divino maestro, que traigo un regalo digno de ti.
Todos se acercaron a mirar el valioso regalo que el recién llegado sacó de entre un pañuelo de seda. Algunos no pudieron evitar algunas exclamaciones de admiración que escaparon de sus bocas. Eran un par de brazaletes de oro con piedras preciosas finamente incrustadas.
El maestro sondeó con su mirada al joven discípulo y tomando uno de los brazaletes lo miró con cariño y minuciosamente, y lo arrojó al Ganges. Todos quedaron estupefactos. Tras un momento de total confusión y vacilación se lanzaron al agua en busca del brazalete.
Al cabo de muchas horas, ya cayendo la tarde, el discípulo rico volvió al maestro y rogándole le preguntó.
--Maestro, a lo mejor pudiera encontrar el brazalete si me indicas por donde cayó al río.
El sabio no dijo palabra alguna. Tomó el segundo brazalete, lo miró y lo lanzó al río.
- Allí --dijo.
Estaba un sabio sentado a la orilla del Ganges instruyendo a sus discípulos acerca del apego cuando otro joven discípulo, aparentemente rico y ostentoso con sus joyas, se acercó al grupo diciendo.
--He aquí, divino maestro, que traigo un regalo digno de ti.
Todos se acercaron a mirar el valioso regalo que el recién llegado sacó de entre un pañuelo de seda. Algunos no pudieron evitar algunas exclamaciones de admiración que escaparon de sus bocas. Eran un par de brazaletes de oro con piedras preciosas finamente incrustadas.
El maestro sondeó con su mirada al joven discípulo y tomando uno de los brazaletes lo miró con cariño y minuciosamente, y lo arrojó al Ganges. Todos quedaron estupefactos. Tras un momento de total confusión y vacilación se lanzaron al agua en busca del brazalete.
Al cabo de muchas horas, ya cayendo la tarde, el discípulo rico volvió al maestro y rogándole le preguntó.
--Maestro, a lo mejor pudiera encontrar el brazalete si me indicas por donde cayó al río.
El sabio no dijo palabra alguna. Tomó el segundo brazalete, lo miró y lo lanzó al río.
- Allí --dijo.
Había una vez, en un país muy lejano, dos príncipes que se enfrentaron en un duelo. Como era costumbre en aquel lugar, el vencedor disponía de la vida del vencido y lo ejecutaba.
El príncipe vencido fue llevado al palacio del vencedor pero en vez de recluirlo en una mazmorra, fue instalado en una de las mejores estancias de palacio. Todos los día era atendido con gran solemnidad, como correspondía a su linaje, y se le ofrecían grandes fiestas y comidas exquisitas.
Pero el príncipe vencido sabía que tarde o temprano iba a ser ejecutado y cada día que pasaba su angustia iba creciendo.
Un día pudo mandar un mensaje al príncipe vencedor pidiéndole, que por caridad, acabara con su sufrimiento y le quitara la vida.
El príncipe atendió su súplica y dispuso lo necesario para que la ejecución se llevara a cabo al día siguiente.
Aquella mañana, con motivo de la ejecución, se convocó a toda la corte a la fiesta más grande que se pueda imaginar. Había música y danzarines, las mejores comidas y bebidas estaban presentes en enormes y lujosas mesas. Todo era fastuoso. Pero el príncipe vencido sabía que lentamente llegaba el momento de su ejecución y su angustia crecía por momentos. La fiesta seguía y un grupo de danzarines bailaba en el centro de la gran estancia con enormes espadas curvas en sus manos, daban la sensación de volar para asombro de la audiencia.
El príncipe no soportaba más la angustia y gritó al anfitrión:
--¡Por favor, ordena mi ejecución, no soporto más esta angustia!
--Amigo, ya has sido ejecutado. Mueve tus hombros, verás como tu cabeza cae al suelo --dijo el príncipe vencedor.
Al atardecer, un pastor se disponía a conducir el rebaño al establo. Entonces contó sus ovejas y, muy alarmado, se dio cuenta de que faltaba una de ellas. Se angustió y comenzó a buscarla durante horas, dio vueltas y gritos cada vez mas ansioso hasta que se hizo muy avanzada la noche. No podía hallarla y empezó a llorar desesperado. Entonces, un hombre que salía de la taberna y que pasó junto a él, le miró y le dijo:
--Oye pastor, ¿por qué llevas una oveja sobre los hombros?
Se cuenta que una vez alguien le dijo al sabio Leonardo da Vinci:
–No te comportas como un gran poeta ni como un sabio que dicen que eres, ¿cómo sabemos que eres genuino?
El respondió:
–Tú, por otra parte, te comportas casi exactamente como un ser humano... ¡Así es como sabemos que aún no eres uno!
Había un gorrión minúsculo que, cuando retumbaba el trueno de la tormenta, se tumbaba en el suelo y levantaba sus patitas hacia el cielo.
--¿Para qué haces eso? -le preguntó un zorro.
--Para proteger a la tierra, que contiene muchos seres vivos -dijo el gorrión-. Si por desgracia, el cielo cayese de repente ¿Te das cuenta de lo que ocurriría? Por eso levanto mis patas, para sostenerlo.
--¿Con tus enclenques patitas quieres sostener el inmenso cielo? -preguntó el zorro.
--Aquí abajo cada uno tiene su cielo –dijo el gorrión–. Vete... tú no lo puedes comprender.

En cierta época existió un rey que tenía muchas responsabilidades a las que hacer frente. Pensó que si podía hallar la respuesta a ciertas preguntas sabría siempre lo que tendría que hacer, en cualquier caso y esto le ayudaría mucho en su tarea.
Estas eran las tres preguntas que se planteó:

1) ¿Cuál es el mejor momento para hacer las cosas?, 2) ¿Quiénes son las personas mas importantes?, 3) ¿Qué es lo más importante?
El rey ofreció una importante recompensa a quien supiera las respuestas. Muchos fueron a responder, pero nadie lo hizo a su satisfacción.
Finalmente, angustiado por las muchas responsabilidades y decisiones que debía tomar, fue a visitar un ermitaño que vivía en las cumbres montañosas y que era conocido por su sabiduría.
El rey llegó hasta donde vivía el anciano y le formuló las tres preguntas. Éste le escuchó con atención, pero no dijo nada y siguió con su tarea de cavar el huerto.
El rey miró al anciano y se fijó que tenía aspecto de estar muy fatigado.
--Dame la azada, yo cavaré mientras tu reposas --dijo generosamente el rey.
Y así el ermitaño pudo descansar mientras el rey trabajaba en el huerto.
Después de un buen rato, el rey se sintió cansado del trabajo, dejó la azada en el suelo y dijo:
--Si no puedes responder mis preguntas no debes temer nada. Simplemente dímelo y me marcharé.
--¿Oís como alguien corre? –preguntó de repente el ermitaño al rey, a la vez que señalaba algún lugar del bosque.
De pronto, de entre los arbustos salió un hombre tropezando y agarrando su estómago entre las manos. Cuando el rey y el ermitaño llegaron hasta él, cayó desmayado. Vieron que el hombre tenía un corte muy profundo en el cuerpo. El propio rey limpió la herida del hombre. Éste, al despertar, pidió agua y el mismo rey fue hasta una fuente cercana y le trajo agua. El hombre bebió agradecido y se durmió.
Entre el rey y el anciano transportaron al hombre hasta la cabaña de éste y lo tumbaron sobre su cama. El rey, cansado de tanta actividad, se sentó a pensar pero se quedó también dormido.
A la mañana siguiente, el rey se sorprendió de ver dónde estaba y de ver al hombre herido que estaba frente a él con la vista fija.
--Perdonadme –murmuró el hombre con humildad.
--¿Perdonadme? –dijo el rey levantándose– ¿Qué has hecho para necesitar mi perdón?
--Vos no me conocéis majestad, pero yo os consideraba mi peor enemigo. Durante la última guerra vos matasteis a mi hermano y os quedasteis con nuestras tierras.
El hombre siguió contando que, escondido entre los arbustos, esperaba a que el rey regresara de su visita al ermitaño para matarlo, pero uno de los guardias que protegían los accesos a la montaña, le vio y le hirió.
--Conseguí huir de vuestro guardia, pero si su majestad no me hubiera encontrado y ayudado como lo hizo, ahora estaría muerto. Yo planeaba mataros y resulta que me habéis salvado la vida. Me siento avergonzado y agradecido.
El rey reflexionó sobre la historia del aquel hombre y le devolvió las tierras. Una vez el hombre se hubo marchado, el rey se dirigió al anciano y le dijo:
--Gracias buen ermitaño, ahora debo irme a seguir buscando para encontrar las respuestas a mis preguntas.
El ermitaño se puso a reír y le respondió:
--¡Vuestras preguntas están contestadas majestad!
Y ante la mirada de sorpresa del rey le explicó:
--Si vos no me hubierais ayudado a cavar el huerto y simplemente os hubierais marchado con prisas buscando las respuestas, el hombre al que habéis ayudado hubiera salido en algún punto del camino de regreso y os hubiera herido o matado. Por tanto, el momento más importante para vos
fue mientras estabais cavando mi huerto. La persona más importante fui yo mismo, la persona con la que vos os encontrabais y lo más importante fue sencillamente ayudarme. Más tarde, cuando encontramos al hombre herido que iba montaña arriba, el momento más importante fue cuando le curasteis la herida evitando que muriera. Si hubiera muerto, vos y él nunca hubierais llegado a conoceros y trabar la nueva amistad que ahora os une. Y en aquel momento, él era la persona más importante del mundo, y el objetivo más importante curarle la herida.

El momento presente es el único momento que importa –siguió diciendo el ermitaño–. La persona más importante es siempre la persona con la que estás. El objetivo mas importante es siempre hacer feliz a la persona que está a tu lado ¿Qué puede ser más sencillo o más importante?

Él era un prestigioso sabio médico. El rey de cierto país lo llamó para que curase su enfermedad. El sabio rehusó. Entonces el rey ordenó a sus soldados que aprehendiesen al doctor y lo llevasen a su presencia.
Cuando estuvieron cara a cara, el rey dijo:
--Te he traído aquí atado para que me cures, porque sufro de una inexplicable parálisis. Si me curas te recompensaré generosamente, si no, haré que te corten la cabeza.
El médico sabio dijo:
--Vayámonos juntos a una habitación de la que todas las demás personas sean excluidas.
Cuando estuvieron solos, el sabio sacó un cuchillo y dijo:
--Ahora me tomaré la revancha por el insulto de haberme tratado con tanta violencia -y avanzó amenazante hacia el rey.
Aterrorizado y sin saber qué hacer, el rey saltó y comenzó a correr alrededor de la silla, olvidándose de la parálisis en su ansiedad por escapar del doctor.
Mientras el rey llamaba a los guardias, el sabio corrió hacia una ventana y escapó.

El rey fue curado por el único método que podía dar resultado, pero se sintió resentido con el doctor por muchos años.
Tal es la peculiaridad de las personas que piensan que el "engaño" es siempre malo.

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En cierta ocasión había un elefante que vivía tranquilo. Era majestuoso, sereno y astuto. Un buen día, una pareja de mosquitos que pasaban por allí decidieron instalarse en un rincón de una de las orejas del elefante. Así que escogieron el rincón que les pareció más adecuado e hicieron su nido. Como era propio de la naturaleza del mosquito, quiso que el elefante supiera de su decisión y de su existencia, y le gritó, con un cierto acento sudeño:
--¡¡Elefante, soy el mosquito Azuram y su esposa!! Por unanimidad hemos decidido vivir en tu oreja. Te lo comunico para que lo sepas. ¿Lo entiendes? Soy Azuram y su familia.
El elefante siguió con su vida, tranquilamente. La pareja de mosquitos vivieron el tiempo de una vida de mosquito en la oreja del majestuoso paquidermo. Experimentaron momentos de intimidad, peleas, fiestas de mosquito, incluso se reprodujeron, hicieron algún amigo y formaron una familia. Todo en el pequeño rincón de la oreja del elefante.
De vez en cuando, Azuram comunicaba a gritos al elefante sus decisiones y acciones, pero nunca recibía respuesta.
Un buen día, Azuram y su esposa decidieron cambiar de residencia. Antes de marcharse, el mosquito quiso que el elefante lo supiera y le gritó solemne:
--Elefante, te hago saber que hemos decidido abandonar tu oreja para vivir en otro lugar.
Esperó pero no hubo respuesta por parte del anfitrión. Azuram se sintió molesto por la ignorancia a que los sometía el elefante. Hinchó sus pulmones cuanto pudo, usó sus alas para dirigir la voz hacia el centro de la oreja y gritó de nuevo:
--¡¡¡¡Elefante, te hago saber que nos vamos a otro lugar. Soy Azuram!!!!
Fue entonces que al elefante le pareció oír de muy lejos una vocecita desgañitándose por hacerle saber algo. Entonces respondió:
--Tal como has venido... te puedes marchar.

Un príncipe y un sabio maestro.
--Estoy dispuesto a dejarlo todo -dijo el príncipe al maestro-. Por favor, acépteme como discípulo.
--¿Cómo elige un hombre su camino? -le preguntó el maestro.
--A través del sacrificio -respondió el príncipe-. Un camino que exige sacrificio es un camino verdadero.

Entonces el maestro tropezó con una estantería. Un jarrón valiosísimo se cayó y el príncipe se arrojó al suelo para agarrarlo. Cayó en tan mala posición que consiguió salvar el jarrón pero se rompió el brazo.

--¿Cuál es el mayor sacrificio, ver estrellarse el jarrón o romperse el brazo para salvarlo? -preguntó el maestro.
--No sé -respondió el príncipe.
--Entonces ¿Cómo quieres orientar tu elección hacia el sacrificio? El verdadero camino es elegido por nuestra capacidad de amarlo, no de sufrir por él.

Había una vez un Rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta. Muchos artistas lo intentaron. El Rey admiró todas las pinturas, pero sólo hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera era un lago muy tranquilo, un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre ellas había un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta pintura pensaron que reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura, también tenía montañas pero eran escabrosas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual brotaba un impetuoso aguacero con mil rayos. Montaña abajo aparecía un espumoso torrente de agua. Nada de esto se revelaba como algo pacífico.
Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En el arbusto había un nido. Allí, en el rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en medio de su nido... La Paz perfecta.
El Rey escogió la segunda pintura y explicó a sus súbditos el motivo: "Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro ni dolor. Paz significa que, a pesar de todas estas cosas, permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la Paz."

Érase una vez un hombre que construía un faro en medio del desierto. Todo el mundo se burlaba de él y lo llamaban loco.
–¿Para qué un faro en medio del desierto? –se preguntaban.
El hombre no hacía caso y seguía callado haciendo su labor. Un día, por fin, terminó de construir el faro. Llegó la noche sin luna y sin estrellas, un espléndido rayo de luz empezó a girar en las tinieblas del aire, como si la Vía Láctea se hubiera convertido en carrusel luminoso.
Y sucedió que en el momento en que el faro comenzó a lanzar su luz, de pronto, surgió en medio del desierto un mar iluminado por un río de luz, y hubo en el mar buques trasatlánticos, pasaron submarinos, ballenas, aparecieron puertos con mercaderes de Venecia, piratas de barba roja, holandeses errantes y sirenas...
Todos se asombraron, menos el constructor del faro. Él sabía que si alguien enciende una luz en medio de la oscuridad, al brillo de esa luz surgirán muchas maravillas.

Una serpiente había mordido a tantos habitantes de la aldea que eran muy pocos los que se atrevían a aventurarse en los campos. Pero era tal la santidad del Maestro del lugar que se corrió la noticia de que había domesticado a la serpiente y la había convencido de que practicara la disciplina de la no violencia.
Al poco tiempo, los habitantes de la aldea habían descubierto que la serpiente se había hecho inofensiva. De modo que se dedicaban a tirarle piedras y a arrastrarla de un lado a otro agarrándola por la cola.
La pobre y apaleada serpiente se arrastró una noche hasta la casa del Maestro para quejarse.
El Maestro le dijo:
–Ay, amiga mía, has dejado de atemorizar a la gente y eso no es bueno.
–¡Pero si fuiste tú quien me enseñó a practicar la disciplina de la no violencia!
–Yo te dije que dejaras de hacer daño, no de silbar.


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