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Revista
“Visión Chamánica”
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Director / Editor
Ricardo Díaz Mayorga
c/e: chamanic@visionchamanica.com

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Seminario-Taller-Ritual

“Yagé Terapéutico”

Expediciones Interculturales

 

La vida perfecta consiste en seguir nuestro propio ideal y no en revisar los ideales de otros; deja que cada cual siga su propio ideal.
Hazrat Inayat Khan -
"La Copa del Saki "

 

El verdadero amante de Dios mantiene su amor silenciosamente guardado en el corazón, como una semilla sembrada en el terreno que si crece, lo hace con acciones hacia su prójimo.
El, o ella, no puede actuar sin amabilidad, no puede sentir otra cosa que perdón; cualquier movimiento que realiza, todo lo que hace, habla de su amor, pero no sus palabras.

Hazrat Inayat Khan
 

 

Primero, uno debe saber lo que necesita y volverse el maestro de sí mismo, de sus pensamientos

y de su vida.
Entonces su propia personalidad se volverá agradable y placentera a otros y uno se volverá una bendición para con quien se encuentre en este mundo.
Hazrat Inayat Khan

 

 

No lamente el pasado;
no se preocupe por el futuro;
pero trate de hacer lo mejor de hoy.
Hazrat Inayat Khan

 

Y si existe un secreto del éxito, la clave es el control de la mente. La intuición, la inspiración, la revelación, todas llegan cuando la mente es controlada. Y todas las preocupaciones, ansiedades, miedos, y dudas proceden de su falta de control.

Hazrat Inayat Khan

 

 

"Debemos tener el cuidado de retirar de nosotros mismos cualquier espina
que nos moleste de la personalidad de otros. "
Hazrat Inayat Khan - La Copa del Saki
 

No se trata de quién es más bueno, más humilde o más sincero, sino de quién logrará librarse de todo miedo, de quién alcanzará la paz y la alegría de que han hablado los maestros.

 

La única culpable real es la confusión que reina en nuestro espíritu, un caos que en diversas tradiciones se denomina ignorancia.

 

"La luz de la unidad es tan potente que puede iluminar toda la tierra".

Baha'u'llah (1817-1892),

Teólogo y filósofo iraní

 

“Puesto que el ser humano no es más que la historia que queda tras él, sé tú una bella historia para quien ha de compilarlas”

Al-Saqundi

“¿Qué es el hombre, sino una nube que procura sombra y que una vez ha dejado su agua desaparece? ¿Qué es el alma humana sino un préstamo, aunque el valor del préstamo es la devolución?”

Alí ben Abi-l-Husayn

SENTARSE PARA HACER LA PAZ

Los jefes se sentaron.
Con rabia habían luchado.
Muchos males se hicieron mutuamente.

Ya, enfrentados,
Encontraron que el otro era valiente
Y digno de confianza.

Y sellaron la paz.
Fue cuando aprendimos
Las canciones y el baile de los otros,
Y ellos también copiaron lo que es nuestro.

–¡Miren ahí!
–Decían nuestros pueblos.
–¡Miren ahí a los jefes
Sentados frente a frente,
Como hombres,
Forjando la ancha paz con su palabra!
 

Fernando Urbina Rangel
Bogotá, 1995

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La nominación para un Grammy fue un honor tan inesperado que considero un deber sacarle el máximo provecho en este año electoral crítico. Se me ha concedido la oportunidad de participar en la música pop convencional y fabricar chicles, y ayudar a convencer a los chicos de catorce años de que la imagen y la sensación creadas por los productos de Apple Computer indican el compromiso de Apple Computer para convertir el mundo en un lugar mejor. Porque convertir el mundo en un lugar mejor es guay ¿no? Y Apple Computer debe de estar mucho más comprometido con un mundo mejor, porque los iPods son mucho más guays que otros reproductores MP3, y por eso son mucho más caros e incompatibles con el software de otras marcas, porque… bueno, la verdad es que no está muy claro por qué en un mundo mejor los productos más superguays deben dejar unos beneficios superescandalosos a un reducidísimo número de habitantes de dicho mundo mejor. Y eso es lo que considero tan refrescante en el Partido Republicano. Dejan en manos del individuo la decisión de cómo podría ser un mundo mejor. Es el partido de la libertad, ¿no? Por eso no me explico por qué esos moralistas cristianos intolerantes tienen tanta influencia en el partido. Esa gente es muy antielección. Algunos incluso se oponen al culto al dinero y los bienes materiales. Creo que el iPod es la verdadera cara de la política republicana, y yo soy partidario de que la industria de la música se ponga seriamente al frente de esto y sea más activa políticamente, y se levante orgullosa y diga en voz alta: a nosotros los del sector de la fabricación de chicle no nos interesa la justicia social, no nos interesa la información precisa y objetivamente comprobable, no nos interesa el trabajo con sentido, no nos interesa un conjunto coherente de ideales nacionales, no nos interesa la sabiduría. Nos interesa elegir lo que nosotros queremos escuchar y pasar de todo lo demás. Nos interesa ridiculizar a la gente que tiene la poca educación de no querer ser guay como nosotros. Nos interesa concedernos un capricho para sentirnos bien cada cinco minutos sin tener que pensar. Nos interesa la implacable explotación y aplicación de nuestros derechos de propiedad intelectual. Nos interesa convencer a los niños de diez años para que gasten veinticinco dólares en una fundita de silicona guay para el iPod, cuya fabricación le cuesta a la filial autorizada de Apple Computer treinta y nueve centavos.

Jonathan Franzen
En “Libertad”, pg. 245, Ediciones Salamandra, Barcelona, 2011.

VI
En los portales
marzo lava copos de hollín.
Y el festín… festín de bombarderos, ha callado.
Las colas de petardos asoman allá y aquí.
De piedra para siempre, se alzan los plumajes.
Si se escarba aquí –y para mí es como
un pajar de agujas una casa derruida–
se puede hallar, seguro, la felicidad,
bajo la cuarta capa de escombros.
VIII
Por la ventana la primavera se mira en su reflejo
y, al instante, claro está, se reconoce,
y aquí el sino otorga el don de ver
a todo aquello a que no accede el ojo;
la vida explota a ambos lados de pared,
ya sin rostro y sin los rasgos del granito.
Mira adelante, detrás está vacío…
Aunque de sombras rebosan los arbustos.
IX
Pero si no eres fantasma, si eres carne viva,
aprende la lección de la naturaleza.
Y, tras copiar en el papel un tal paisaje
para tu alma ¡busca otra estructura!
Deja a un lado cemento, granito, adoquín
hechos trizas –¡por quién!– por hélice alada,
y dale al alma por vez primera perfil de átomo
rescatado ahora del recuerdo de la escuela.
X
Y no importa que un vacío empiece a abrirse
de entre tus sentires, que tras la gris tristeza
crepite el miedo y, digamos, un foso de furor.
Porque en la era atómica, cuando tiembla hasta la     [roca,
podremos solo salvar los muros del hogar,
los corazones, fundiéndolos con fuerza igual
y nexo semejante a la muerte que los viene a [acechar.
Y temblarás al escuchar decir: “Querido”.

Joseph Brodsky
En “No vendrá el diluvio tras nosotros. Antología poética 1960-1996”, pg. 43, Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2000.

–Sí, muerta.
–Por suerte gente rara como ella aparece pocas veces. Los curamos casi siempre en estado larval. No es posible construir una casa sin clavos ni maderas. Si no quieres que se construya una casa, esconde los clavos y la madera. Si no quieres que un hombre sea políticamente desgraciado, no lo preocupes mostrándole dos aspectos de una misma cuestión. Muéstrale uno. Que olvide que existe la guerra. Es preferible que un gobierno sea ineficiente, autoritario y aficionado a los impuestos, a que la gente se preocupe por esas cosas. Paz, Montag. Que la gente intervenga en concursos donde haya que recordar las palabras de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de los estados, o cuánto maíz cosechó Iowa el año último. Llénalos de noticias incombustibles. Sentirán que la información los ahoga, pero se creerán inteligentes. Les parecerá que están pensando, tendrán una sensación de movimiento sin moverse. Y serán felices, pues los hechos de esa especie no cambian. No les des materias resbaladizas, como filosofía o psicología, que engendran hombres melancólicos. El que pueda instalar en su casa una pared de TV, y hoy está al alcance de cualquiera, es más feliz que aquel que pretende medir el universo, o reducirlo a una ecuación. Las medidas y las ecuaciones, cuando se refieren al universo, dan al hombre una sensación de inferioridad y soledad. Lo sé, lo he probado. Al diablo con esas cosas. ¿Qué necesitamos entonces? Más reuniones y clubes, acróbatas y magos, automóviles de reacción, helicópteros, sexo y heroína. Todo lo que pueda hacerse con reflejos automáticos. (…)
No lo olvides Montag, esto es lo más importante. Somos los Muchachos Felices, el Conjunto del Buen Humor, tú y yo, y todos los otros. Somos un dique contra esa pequeña marea que quiere entristecer el mundo con un conflicto de pensamientos y teorías.

Ray Bradbury
En “Fahrenheit 451”, pg. 76, Ediciones Minotauro, Barcelona, 1996.

FIN Y PRINCIPIO

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.

Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un cristal en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco,
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.

A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.

Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre
y los lleve al montón de la basura.

Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.

En la hierba, que cubra
causas y consecuencias,
seguro que habrá alguien tumbado
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.

Wislawa Szymborska
En “El gran número, Fin y principio y otros poemas”, pg. 156, Ediciones Hiperión, Madrid, 1997.

Mr. Syed Mohammed había asistido a festivales religiosos, en Allahabad y en Ujjain, y los describió con amargo desprecio. En Allahabad había agua corriente que se llevaba las impurezas, pero en Ujjain habían cerrado el pequeño río Sipra y, al bañarse, miles de personas depositaban sus gérmenes en la rebalsa. Habló con repugnancia del mucho calor, del estiércol y de las caléndulas, así como del campamento de saddhus*, algunos de los cuales paseaban completamente desnudos por las calles. Cuando le preguntaron el nombre del ídolo más importante de Ujjain, replicó que no lo sabía; que no se había molestado en averiguarlo porque no podía perder el tiempo en semejantes trivialidades. Su explosión de elocuencia se prolongó durante algún tiempo y con el acaloramiento terminó hablando en panjabi (procedía de esa zona de la India) y se hizo ininteligible.
A Aziz le gustaba oír alabar su religión. La parte más superficial de su mente se calmaba con ello, permitiendo que por debajo se formaran bellas imágenes. Al terminar la ruidosa perorata del ingeniero, Aziz dijo: “Ese es exactamente mi punto de vista”. Extendió la mano con la palma hacia arriba y empezaron a brillarle los ojos y a llenársele de ternura el corazón. Apartando más lo colcha, recitó un poema de Galib**. No tenía conexión con lo sucedido anteriormente, pero le salió del corazón y conmovió a sus oyentes, que se sintieron dominados por su patetismo; lo patético –todos estaban de acuerdo– es la cualidad más elevada del arte; un poema ha de afectar a quien lo escucha haciéndole tomar conciencia de su debilidad, y debe al mismo tiempo formular alguna comparación entre la humanidad y las flores.
*Asceta hindú o monje que sigue el camino de la penitencia y la austeridad para obtener la iluminación.
**Considerado el mayor poeta de la literatura urdu.

E. M. Forster

En “Pasaje a la India”, pg. 131, Alianza Editorial, Madrid, 1997.

–Digo lo que he encontrado. El saber es comunicable pero la sabiduría no. Puede hallársele, puede vivirse, nos sostiene, hace milagros; pero nunca se puede explicar ni enseñar. Esto es lo que ya de joven sospechaba, lo que me apartó de los profesores. He encontrado otra idea que tú, Govinda, seguramente tomarás por broma o chifladura, pero en realidad se trata de mi mejor pensamiento. Es este: ¡Lo contrario de cada verdad es igualmente cierto! O sea: una verdad sólo se puede pronunciar y expresar con palabras si es unilateral. Y unilateral es todo lo que se puede expresar con pensamientos y declarar con palabras. Unilateral es todo lo mediocre, todo lo que carece de integridad, de redondez, de unidad. Cuando el venerable Gotama enseñaba al mundo por medio de palabras, lo tenía que dividir en Samsara y Nirvana, en ilusión y verdad, en sufrimiento y redención. No hay otra alternativa para quien desea enseñar. No obstante, el mundo mismo, lo que existe a nuestro alrededor y en nuestro propio interior, nunca es unilateral. Jamás un hombre o un hecho es del todo samsara o del todo nirvana, nunca un ser es completamente santo o pecador. Creemos que es así porque tenemos la ilusión de que el tiempo es algo real. Y el tiempo no es real, Govinda. Lo he experimentado muchísimas veces. Y si el tiempo no es real, también el lapso que parece existir entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la bienaventuranza, entre lo malo y lo bueno, es una ilusión.

Hermann Hesse
En “Siddharta”, pg. 159, Editores Mexicanos Unidos, México, 2000.

En su cosmovisión los indígenas americanos entendían que la energía es única, restringida, se encuentra en equilibrio y fluye como el agua de los ríos, pero en algunos momentos algunos seres y objetos están más cargados de ella –detienen el flujo– generando crisis en el sistema, por lo que hay que realizar sacrificios con el fin de restablecer la armonía. Los dioses crean a los humanos y otros seres por lo que a través de sacrificios, especialmente de víctimas humanas se les suministra energía. Las crisis pueden ser periódicas, cíclicas u ocasionales, como también humanas, personales, sociales o naturales. De aquí surgen reglas restrictivas para evitar esos momentos, como el castigo de la gula, la imprevisión, la agresividad, el excesivo número de hijos, los desmanes en la cacería recolección de plantas y en los amoríos inoportunos. El surgimiento de las enfermedades y conflictos sociales se consideran una consecuencia de la perturbación del equilibrio ecológico, de ahí que el chamán cumple la función de ecólogo, persona sabía que mediante su conocimiento ancestral realiza el diagnóstico y la curación apropiada para restablecer el orden.
El chamán, payé (Desana), piache (Guajibo), mamo (Kogui), mohán o jeque (Muiscas), jaibaná (Embera), es un escogido por los espíritus que le enseñan a transcender lo material para volar con el alma a otros mundos por el cielo, o gatear por las peligrosas grietas de los mundos subterráneos; tiene el poder de combatir contra los malos espíritus y sanar a sus víctimas, aniquilar los enemigos y salvar a su propio pueblo de las vicisitudes del hambre y las enfermedades. No obstante, el chamán debe sustentarse de sus propios recursos, cazando, recolectando, cultivando, cocinando como cualquier otra persona del común. Es una labor peligrosa pues a pesar del dominio que posee del otro mundo cuando se encuentra en trance, viajando al espacio de los espíritus para convencerlos de que actúen de forma correcta, puede ser atacado, y terminar loco o muerto.

José Vicente Rodríguez Cuenca
En “Territorio ancestral, rituales funerarios y chamanismo en Palmira prehispánica, Valle del Cauca”, pg. 14, Edición de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2007.

Gutenberg descubrió una tecnología que ha puesto los libros al alcance de todos. Nosotros hemos descubierto la manera de interponer una monstruosa iglesia de maestros entre las personas y el libro. Ello ha traído como consecuencia una creciente inhabilidad para leer. Lutero nos puso la Biblia al alcance de la mano, pero también inventó un método de enseñanza masiva: el catecismo, un curso programado de preguntas y respuestas. La iglesia católica lanzó la contrarreforma al congelar su doctrina en un catecismo propio. Los jesuitas secularizaron la idea y crearon el Ratio Studiorum para sus universidades. Paradójicamente, este Ratio pasó a ser el currículum en el cual se formaron las élites de la Ilustración. Y, finalmente, en la actualidad, las naciones-estado producen sus propias élites, a las cuales les está reservada la buena vida en la tierra; se les hace consumir educación. Al pobre, basta administrarle unas dosis menores del mismo consumo para ilustrarlo sobre su inferioridad predestinada.
Permítaseme resumir mi argumento. Los reformistas trataron de extender el ministerio de la revelación divina sobre el reino por venir. Hoy, los educadores hacen depender de sus ministerios institucionalizados el descenso a la Tierra del Reino del Consumo Universal. El mito de la educación universal, el rito de la escuela obligatoria y de una estructura profesional equilibrada para el progreso del tecnócrata, se refuerzan unos a otros.

Iván Illich
En “Alternativas”, pg. 99, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1974.

Las personas que dicen que pagarían por ir a una corrida siempre que pudieran ver al torero corneado y no siempre a los toros muertos por los toreros, hubieran tenido que estar aquel día en la plaza, en la enfermería, y más tarde en el hospital. “Gitanillo” vivió lo suficiente como para aguantar los calores de junio y julio y las dos primeras semanas de agosto, y al fin murió de meningitis causada por la herida en la base de la espina dorsal. Pesaba ciento veintiocho libras cuando fue herido y sesenta y tres cuando murió. Durante el verano sufrió tres rupturas diferentes de la arteria femoral, debilitada por las úlceras que originaron los drenajes de las heridas en los muslos y porque se le rompía al toser. Mientras estaba en el hospital, Félix Rodríguez y “Valencia II” entraron en él con heridas casi idénticas en los muslos; pero los dos salieron aptos para la lidia, a pesar de sus heridas, todavía abiertas, antes de que muriera “Gitanillo”.
La desgracia de “Gitanillo” fue que el toro le arrojó contra el borde de la valla de madera, de modo que su cuerpo estaba apoyado contra una cosa sólida cuando el toro le abrió aquella brecha por la espalda. Si hubiese estado tendido sobre la arena, en medio del ruedo, la misma cornada que le hirió mortalmente le hubiera lanzado al aire, en lugar de hundirse en la pelvis. Las personas que dicen que pagarían a gusto por ver un torero muerto se hubieran sentido recompensadas cuando “Gitanillo” entró en delirio, en el calor tórrido del verano, a causa del dolor de sus nervios. Se le podía oír desde la calle. Parecía criminal dejarle vivir y hubiera sido mejor para él morirse después de la corrida, cuando aún tenía el dominio de sí mismo, en lugar de tener que pasar por todos los grados del horror y de la humillación física y moral, a fuerza de soportar un dolor insoportable.

Ernest Hemingway
En “Muerte en la tarde” pg. 52, Editorial Seix Barral, Bogotá, 1985.

Y yo seguía intrigado por saber qué es lo que tenían en esa maleta, hasta que un día, cuando el jefe de ese grupo negro volvió –era un judío, el señor Salamon–, supone por parte de Zdenek que este señor Salamon tiene contactos en Praga con el mismísimo arzobispo, y que le está solicitando por vía diplomática que consagre la figurita de oro del Niño Jesús de Praga, que es enormemente popular en América del Sur, tanto, incluso, que millones de indios llevan este niño Jesús colgado del cuello de una cadenita, y que allí circula una bella leyenda que dice que Praga es la ciudad más hermosa del mundo, que Jesús de pequeño iba allí a la escuela, y que por ello desea que el arzobispo praguense en persona consagre al Niño Jesús praguense, que pesa seis kilos y es de oro macizo. Desde ese momento no vivíamos con otra cosa que con aquella famosa consagración, y es que eso no se conseguía así como así, al día siguiente llegó la policía praguense y el jefe del departamento en persona pasó aquí a los bolivianos un informe de que el hampa praguense ya estaba al tanto de este asunto del Niño Jesús, y de que incluso había llegado un grupo de Polonia que quería robar al Niño. Y entonces deliberaron y finalmente decidieron que lo mejor sería guardar el auténtico Niño Jesús hasta el último momento y mandar hacer por cuenta de la república boliviana otro niño Jesús tan sólo de hierro fundido dorado y llevar consigo hasta el final a este niño Jesús de imitación, pues si se cometiese un robo, era preferible que robaran o se apoderaran del niño Jesús falso, y no del verdadero.

Bohumil Hrabal
En “Yo que he servido al rey de Inglaterra”, pg. 88, Ediciones Destino, Barcelona, 1989.

Una noche en que yacía despierto, oyó un redoble de tambores en la colina.
Se vistió y se guió por el ruido hasta un claro del bosque donde unos esclavos invocaban a su dioses de allende el Atlántico. Los bailarines usaban máscaras de metal blanco y vestidos blancos que irradiaban un fulgor anaranjado a la luz de la hoguera. Giraban y giraban hasta que Exu el Mensajero les daba un golpecito entre los omoplatos. Entonces, uno por uno, se estremecían, gruñían, se encogían a la altura de las rodillas y caían al suelo en trance.
El sacerdote, un liberto yoruba llamado Jerónimo, era devoto de Yemanja la Diosa del Mar y dormía junto a su imagen de sirena en una cámara atestada de corales y palanganas con agua salada.
Nada le producía mayor placer a Francisco Manoel que sentarse en compañía de este soltero andrógino y oírle entonar las canciones del reino de Ketou con una voz que no sugería el abismo interpuesto entre los continentes sino el interpuesto entre los planetas.
Jerónimo le mostró el árbol loko, consagrado a san Francisco de Asís, de cuyas raíces retorcidas se decía que se prolongaban bajo el océano hasta Itu-Aiyé, hasta África, la morada de los Dioses. A veces, un esclavo de la plantación oía que sus antepasados lo llamaban a través de las hojas gomosas. Por la noche, se arrastraba entre las ramas y, por la mañana, encontraban su cuerpo colgado.

Bruce Chatwin
En “El virrey de Ouidah”, pg. 86, Muchnik Editores, Barcelona, 1997.

Cada Patriarca (que ahora disfrutaba tumbado bajo el sol) estiró el pie izquierdo y pronunció un segundo nombre. Estiró el pie derecho y pronunció un tercer nombre. Designó el pozo de agua, los cañaverales, los eucaliptos… Designó a diestro y siniestro, engendrándolo todo mediante la imposición de nombres y entretejiendo los nombres en versos.
Los patriarcas hicieron camino cantando por todo el mundo. Cantaron los ríos y las cordilleras, las salinas y las dunas de arena. Cazaron, comieron, hicieron el amor, bailaron, mataron: fueran donde fueren, sus pisadas dejaban un reguero de música.
Envolvieron el mundo íntegro en una malla de música; y finalmente, cuando la Tierra hubo sido cantada, se sintieron exhaustos. Volvieron a experimentar en sus piernas la inmovilidad congelada de los tiempos. Algunos se hundieron en el suelo allí donde estaban. Otros se metieron a gatas en cuevas. Otros se arrastraron hasta sus “moradas eternas”, hasta los pozos de aguas ancestrales que los habían parido.
Todos ellos volvieron “dentro”.

Bruce Chatwin
En “Los trazos de la canción”, pg. 92, Muchnik Editores, Barcelona, 1994.

Buda sopló por los templos como un viento fuerte y, con simplicidad de genio, redujo el problema humano a una sola cuestión clave: el sufrimiento. Si el sufrimiento es una constante en todas las vidas, decía, entonces a menos que se termine ese mal, la iluminación no tiene sentido. Tampoco tiene sentido hablar de Dios o de los dioses, el cielo y el infierno, el pecado, la redención, el alma y todo lo demás. Se trataba de una reforma del tipo más radical, y en gran parte fue rechazada. La gente quería a Dios. Buda ni siquiera quería hablar de la existencia o inexistencia de Dios. Categóricamente, negaba que él mismo fuera divino. La gente quería el consuelo de los rituales y las ceremonias. Buda rechazaba las ceremonias. Quería que cada individuo mirara dentro de sí y hallara la liberación por medio de un viaje personal que empezaba en el mundo físico y terminaba en el Nirvana, un estado de conciencia pura, eterna. El Nirvana está presente en todos, predicaba, pero es como el agua pura que corre en las entrañas de la tierra. Llegar a ese estado exige concentración, devoción y trabajo diligente.
No es extraño que el llamamiento de Buda a despertar resultara tan tentador y tan difícil. El Camino del Medio, que recibió ese nombre porque no era ni demasiado duro ni demasiado sencillo, demostró ser muy atractivo, pero el viaje al Nirvana es solitario y hay en él poco paisaje para recrear la vista.

Deepak Chopra
En “Buda”, pg. 351, Suma de letras, Bogotá, 2007.

El gran vestíbulo o pórtico de entrada está formado por un gran arco árabe, en forma de herradura, que sube hasta la mitad de la altura de la torre. En la clave de este arco hay grabada una gigantesca mano, y en la de la portada, dentro ya del vestíbulo, hay esculpida una gran llave. Los que se llaman conocedores de símbolos mahometanos aseguran que la mano es el emblema de la doctrina; los cinco dedos representan, según ellos, los cinco mandamientos principales de la fe islámica, esto es: ayuno, peregrinación, limosna, ablución y guerra contra los infieles. La llave, afirman, es el emblema de la fe o del poder; la llave de Daoud o David transmitida al Profeta: “Y pondré sobre tus hombros la llave de la casa de David, y abrirá y nadie cerrará, y cerrará y nadie abrirá” (Is., XXII, 22). También nos dijeron que esta llave fue esmaltada de brillantes colores, a la usanza árabe, en oposición al símbolo cristiano de la cruz, en aquellos días en que eran dueños de España o Andalucía. Representaba el poder de conquista de que estaba investido el Profeta: “El que tiene la llave de David, el que abre, el que abre y nadie cierra, y cierra y nadie abre” (Apoc., III, 7).

Washington Irving
En “Cuentos de la Alhambra”, pg.60, Miguel Sánchez Editor, Granada, 1991.

EL POEMA QUE SIGUE A LOS POEMAS
En tu estantería he puesto poemas,
Poemas que para ti son “yo mismo”.
En mi estantería ningún poema,
Y en los días sufridos ningún “yo mismo”.

En la vida de los que cantaron mejor
Rasgos hay de tal sencillez
Que cualquiera que, auténtico, la gustó,
Solo puede terminar en silencio.

Nacido del linaje de cuanto es,
Pariente de un futuro que existe ya,
Cómo no caer finalmente
En la herejía de la sencillez inaudita.

Me avergüenzo, cada día más,
De que en lo hondo de un siglo de tales sombras
Subsista cierta enfermedad aguda:
La “enfermedad aguda de la poesía”.

Boris Pasternak
En: “Poesías y otros escritos”

Y mientras yo trabajaba y durante todo el tiempo que las gitanas estuvieron conmigo, Jesús y Lao-Tse estaban de pie junto a mi prensa y solo ahora, abandonado y condenado de nuevo a la soledad y al trabajo mecánico, rodeado y azotado por cordones de moscas gigantes, empecé a verlo claramente: Jesús era un campeón de tenis que acababa de ganar Wimbledon, Lao-Tse, miserable, era como un comerciante que a pesar de sus riquezas parecía desposeído de todo; vi la sangrienta materialidad de todas las cifras y de todos los símbolos de Jesús, mientras que Lao-Tse, vestido con una mortaja, señalaba con el dedo una viga rústica; vi que Jesús era un play-boy y Lao-Tse un soltero abandonado por las glándulas, vi como Jesús alzaba imperativamente un brazo y con un gesto de prepotencia maldecía a sus enemigos mientras que Lao-Tse, resignado, dejaba caer sus brazos como si fuesen las alas rotas de un cisne; Jesús es un romántico, Lao-Tse un clásico, Jesús la marea alta, Lao-Tse la marea baja, Jesús la primavera, Lao-Tse el invierno, Jesús el amor contundente al prójimo, Lao-Tse el súmmum del vacío, Jesús es el progressus ad futurum, Lao-Tse el regressus ad originem

Bohumil Hrabal

En “Una soledad demasiado ruidosa”

Hay tiempos históricos en los que se llega a crear la forma pura, el lenguaje perfecto en ceñido equilibrio con su fondo, la transfiguración verbal de una realidad o de una visión armónica del mundo, que comunica a los hombres de una época. Este triunfo –lo “clásico”– es efímero, y un doble proceso suele dispersarlo. En el orden del lenguaje, la forma acabada tiende a mecanizarse en una manera retórica, y finalmente degenera en academicismo; los que comenzaron siendo “post-ceptos” –resultados imprevisibles de una creación viva– se convierten en preceptos inmóviles. Y en el orden de la experiencia, nuevos modos personales y colectivos de existir y de estar en el mundo exceden de continuo los medios de expresión establecidos. La dinámica política, social, religiosa, etc., del devenir humano postula cíclicamente un salto expresivo. Cuando tal proceso cíclico se cumple, surge al cabo el nuevo lenguaje, tentativo y por fuerza desequilibrado; y dentro de él las nuevas experiencias, a menudo imprecisas y nimbadas de una vaguedad juvenil, o aún heridas por un sello existencial de angustia, de caos y desconcierto. (Nada impide, por supuesto, que con el tiempo un nuevo clasicismo y aun una nueva retórica broten de tales productos...)
Por ofrecer algún ejemplo , una relación semejante me parece que une y separa a Marcial como antipoeta de Ovidio, a Quevedo de Garcilaso, a Heine de Goethe, a Rimbaud de Gautier, a Michaux de Valéry, a Pound de Tennyson… Así se trenzan en la historia poética lo dionisíaco y lo apolíneo, lo romántico y lo clásico, la ironía y el lirismo, el evento existencial y la perfección esencial. La venganza del evento sobre la forma engendra cíclicamente antipoetas de fortuna varia, poetas de crisis, cuyo verbo irónico y corrosivo quisiera devolvernos el contacto con la experiencia real del hombre histórico.

José Miguel Ibáñez-Langlois
En: La poesía de Nicanor Parra, Estudio preliminar de “Antipoemas. Antología (1944 – 1969)”

¿Dónde encontraré refugio en este mes de enero?
La ciudad abierta es una extraña cadena…
Acaso estoy borracho de tanta puerta cerrada?
Quiero gritar por todas las cerraduras y cerrojos…

Medias de seda de ululantes pasajes
Y desvanes de calles segadas–
Se esconden de prisa en los rincones
Y echan a correr en cada esquina…

En el foso, en la tiniebla verrugosa
Resbalo hasta una bomba de agua escarchada.
Tropiezo, respiro el aire muerto
Y echan a volar frenéticos los grajos.

Y tras ellos gimo y grito
A una caja de madera helada:
¡Un lector!, ¡Un consejero!, ¡Un médico!
¡En una escala de espinas, hablar al menos!


Osip Mandelstam
En “Cuadernos de Voronezh”

CONSUMISMO
derroche
despilfarro
serpiente que se traga su propia cola
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Buenas Noticias:
la tierra se recupera en un millón
de años

Somos nosotros los que desapareceremos
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EL MUNDO ACTUAL?
EL inMUNDO ACTUAL!

Nicanor Parra
En: “Chistes para desorientar a la Poesía”

La idea de ahorrar dinero para poder jubilarnos juntos no es mía. Se le ocurrió a mi tío, que durante cuarenta años trabajó de ferroviario, subiendo y bajando las barreras y encargándose de las agujas, durante cuarenta años el trabajo fue su único placer y su única ilusión, como lo es para mí, y cuando se jubiló, empezó a sentir añoranza de su trabajo, hasta que compró el cambio de agujas de una vieja estación fronteriza fuera de uso, construyó una garita en el jardín y allí lo colocó, sus compañeros maquinistas le compraron en la chatarra una pequeña locomotora que había servido para arrastrar vagones cargados de minerales de los altos hornos, una pequeña locomotora Ohrenstein y Koppel con los railes y tres vagonetas, en el jardín, entre los viejos árboles, construyeron un circuito, cada sábado y domingo ponían en marcha la locomotora y se pasaban todo el día dando vueltas, por la tarde llegaban los niños y al atardecer bebían cerveza y cantaban, y bebidos subían ellos mismos en la locomotora y las vagonetas para dar vueltas y más vueltas, la locomotora llena de personas parecía la estatua del dios del Nilo, la escultura de Adonis desnudo sembrada de hombrecillos…

Bohumil Hrabal
En “Una soledad demasiado ruidosa”

Para vivir una vida de máxima plenitud hay que montar guardia y dejar que entre en tu jardín sólo la información más selecta. No puedes permitirte el lujo de un pensamiento negativo, ni uno solo. Las personas más alegres, dinámicas y satisfechas de este mundo no difieren mucho de ti o de mí. Todos estamos hechos de carne y hueso. Todos venimos de la misma fuente universal. Sin embargo, los que hacen algo más que existir, los que azuzan las llamas de su potencial humano y saborean la danza mágica de la vida sí hacen cosas distintas de los que viven una vida corriente. Y la más destacada de ellas es que adoptan un paradigma positivo acerca de su mundo y cuanto hay en él.
Los sabios me enseñaron que en un día normal la persona normal tiene unos sesenta mil pensamientos. Lo que a mí me chocó, sin embargo, fue que el 99 por ciento de los mismos era exactamente igual que el día anterior.

Robin S. Sharma
En “El monje que vendió su Ferrari”

Si te digo que la ciudad a la cual tiende mi viaje es discontinua en el espacio y en el tiempo, ya más rala, ya más densa, no has de creer que se puede dejar de buscarla. Quizá mientras nosotros hablamos está aflorando desparramada dentro de los confines de tu imperio; puedo rastrearla, pero de la manera que te he dicho.
El Gran Kan estaba hojeando ya en su atlas los mapas de las ciudades que amenazan en las pesadillas: Enoch, Babilonia, Yahoo, Butua, Brave New World.
Dice: –Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser sino la ciudad infernal, y allí en el fondo es donde, en una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe la corriente.
Y Polo: –El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Italo Calvino
En: “Las ciudades invisibles”

Los Ausentes, los dormidos


Estos son los adoradores del sueño,
los ausentes, los dormidos.

Los que han recibido con labios de piedra,
el agua de la diosa.

Recostados, caídos en las aceras,
frente a los cines y a los pasos atroces,
de los demonios del día.

Tejen olvido

Musitan, en un lenguaje extraño
de lechuzas y chamizas, verdades inaudibles,

Escondidas bellezas,
versos que solo se escuchan, en otros jardines,

Más allá del mar perfecto
más allá de la limosna ciega
Y de la profecía.

Dormidos color de tiempo,
borrosos príncipes que sueñan recuerdos,
falsa música de eternidad.

Brisas y caballos y pájaros espléndidos
Que solo desde la infancia vuelan.

Mientras nosotros, locos demonios,
caminamos también dormidos,
sobre mortales prados de invierno.


Gerardo Rivera
En “El Viajero de los Pies de Oro”

Los perros muertos y las ratas que flotaban en un mar de excrementos, los vientres de los recién nacidos hinchados como tripas de buey, los ojos trágicos de las madres, los hombres extenuados que escupían sus pulmones, la muerte que pasa continuamente en unas parihuelas encima de cuatro cabezas, el ruido de los llantos, de los gritos, de las riñas, de los talleres-presidios, ¿era posible que aquella pesadilla existiese a pocos minutos de taxi de aquel oasis? Max necesito cierto tiempo para aclimatarse. Incluso después de un atracón de golosinas con una prostituta y unas noches entre las sábanas de percal de un palacio, estaba tan impregnado por el ambiente de la Ciudad de la Alegría que aquello era como una segunda piel. Sobre el césped del parque iluminado por focos había varios centenares de invitados. Allí se había dado cita todo el mundo de los negocios de Dalhousie Square, de la industria, del import-export, gordos marwaris con kurtas bordadas y sus esposas no menos obesas con sus suntuosos saris con incrustaciones de oro, representantes de la intelligentsia bengalí, como el gran cineasta Satyajit Ray, autor del célebre Pather Panchali, la película aclamada por el mundo entero como una obra maestra, el famoso pintor Nirode Majumdar, que la crítica internacional llamaba el Picasso de la India, el célebre compositor e intérprete de sitar Ravi Shankar, cuyos innumerables conciertos en Europa y en los Estados Unidos habían acostumbrado el oído de los melómanos occidentales a las sutiles sonoridades de esta lira india.

Dominique Lapierre
En “La ciudad de la Alegría”

A principios de 1914, Anita y su marido responden por fin a la invitación del nizam de Hyderabad, el hombre pequeño y enjuto que reina sobre el estado más extenso y poblado de la India. El mismo que se quedó prendado de Anita nada más conocerla durante la luna de miel en Cachemira. De todos los exóticos y singulares príncipes, este es sin duda el más sorprendente. Erudito y piadoso musulmán, descendiente de Mahoma y heredero del fabuloso reino de Golconda, está considerado el hombre más rico del mundo. Dispone de once mil criados, de los que treinta y ocho se dedican exclusivamente a quitar el polvo de los candelabros. Acuña su propia moneda, y su legendaria fortuna solo es comparable a su no menos legendaria avaricia. Posee una colección de joyas tan fantástica que se dice que puede tapizar con ellas las aceras de Picadilly. Guarda maletas llenas de rupias, de dólares y de libras esterlinas empaquetadas en papel periódico. Una legión de ratas, para las que esos billetes son su alimento favorito, deprecian la fortuna en varios millones cada año. Dicen que cuando está solo, sin invitados, se viste con miserables pijamas y sandalias compradas en el bazar local y que lleva siempre el mismo fez, endurecido por el sudor y la mugre. Si los calcetines que usa tienen algún agujero, ordena a los criados que los remienden.

Javier Moro
En “Pasión india”

“Era como una corriente potente de aire fresco –escribiría Nehru de Gandhi–; como un rayo de luz que atravesaba la oscuridad; como un torbellino que lo cuestionaba todo, pero sobre todo la manera en que funcionaba la mente de la gente. No venía de arriba, parecía emerger de entre los millones de indios, hablando su idioma e incesantemente desviando la atención hacia ellos y a sus acuciantes necesidades.” Su fuerza se resumía en un concepto que acuñó en 1907 cuyo nombre derivaba del sánscrito satyagraha, que significa la fuerza de la verdad, y cuyo propósito implicaba la idea de una energía poderosa pero no-violenta para transformar la realidad. Para las masas indias, satyagraha representaba una alternativa al miedo. Fue el poeta bengalí y premio Nobel de literatura, Radindranath Tagore, quien otorgó a Gandhi el título por el que sería conocido. Tagore lo llamó Mahatma: “alma grande”.

Javier Moro
En “El sari rojo”

Estaba tan lleno que apenas pude dejar el abrigo en el guardarropa, pero nadie hablaba porque estaba tocando Ernie. Cuando el tipo ponía las manos encima del teclado se callaba todo el mundo como si estuvieran en misa. Tampoco era para tanto. Había tres parejas esperando a que les dieran mesa y los seis se mataban por ponerse de puntillas y estirar el cuello para poder ver a Ernie. Habían colocado un enorme espejo delante del piano y un gran foco dirigido a él para que todo el mundo pudiera verle la cara mientras tocaba. Los dedos no se le veían, pero la cara, eso sí. ¿A quien le importaría la cara? No estoy seguro de qué canción era la que tocaba cuando entré, pero fuera la que fuese la estaba destrozando. En cuanto llegaba a una nota alta empezaba a hacer unos arpegios y unas florituras que daban asco. No se imaginan cómo le aplaudieron cuando acabó. Daban ganas de vomitar. Se volvían locos. Eran el mismo tipo de cretinos que en el cine se ríen como condenados por cosas que no tienen la menor gracia. Les aseguro que si fuera pianista o actor de cine o algo así, me reventaría que esos imbéciles me consideraran maravilloso. Hasta me molestaría que me aplaudiesen. La gente siempre aplaude cuando no debe. Si yo fuera pianista, creo que tocaría dentro de un armario.

J. D. Salinger
En “El guardián entre el centeno”

Recibimos cuatro llamadas seguidas y nos vamos en el Pathfinder a South Amboy y a Freehold. Después regresamos a London Terrace y seguimos trabajando a pie. Así hacemos las cosas; cuanto menos manejemos, mejor.
Ninguno de nuestros clientes tiene nada de especial. No hay curas ni abuelas ni oficiales de policía en nuestra lista. Solo un montón de jóvenes y alguna gente mayor que no ha vuelto a trabajar ni a cortarse el pelo desde que se hizo el último censo. Tengo amigos en Perth Amboy y en New Brunswick que me cuentan que venden droga a familias enteras, desde los abuelos hasta los que estudian cuarto grado. Por aquí la cosa no ha llegado a tanto, pero cada vez hay más muchachos traficando y cada vez viene más gente de fuera, familiares de la gente que vive aquí. Todavía ganamos un montón de cuartos, pero ahora resulta más difícil y a Cut ya le han dado un navajazo. A mí me parece que ya va siendo hora de ampliar el negocio, pero Cut dice: No, coño, cuanto más pequeño, mejor.
Junot Díaz
En “Los boys”

¿Cómo transcurre pues la vida? Día tras día, nos esforzamos valerosamente por representar nuestro papel en esta comedia fantasma. Como primates que somos, lo esencial de nuestra actividad consiste en mantener y cuidar nuestro territorio de manera que éste nos proteja y halague, en subir o no bajar en la escala jerárquica de la tribu y en fornicar de cuantas formas podamos –aunque no fuere más que en fantasía– tanto por el placer como por la descendencia prometida. Para ello, empleamos una parte nada desdeñable de nuestra energía en intimidar o seducir, pues ambas estrategias bastan para asegurar la conquista territorial, jerárquica y sexual que anima nuestro conatus. Pero nada de todo ello lo percibe nuestra conciencia. Hablamos de amor, del bien y del mal, de filosofía y de civilización, y nos aferramos a esos iconos respetables como la garrapata a su perrazo caliente.

Muriel Barbery
En “La elegancia del erizo”

[Recomendada!]

Algunos libros estaban en urdu, la lengua de los musulmanes, que no consiste más que en garabatos y puntos, como si un cuervo hubiese humedecido sus patas en tinta negra y hubiera pisoteado la página.
Yo me había puesto a hojear uno de estos libros cuando un librero me dijo:
––¿Sabes leer urdu?
Era un viejo musulmán, con una cara negra como el carbón, perlada de sudor (igual que una hoja de begonia después de la lluvia), y con una larga barba blanca.
––Y tú, ¿sabes leer urdu?–– le respondí.
Él abrió el libro, se aclaró la garganta y leyó:
––“Buscaste la llave durante años.” ¿Lo has entendido?–– Me miró con la frente fruncida.
––Sí, hermano musulmán.
––Cierra el pico, mentiroso. Y escucha.
Volvió a aclararse la garganta.
––“Buscaste la llave durante años./ Pero la puerta había estado siempre abierta.”
Cerró el libro.
––Esto se llama poesía. Y ahora lárgate.

Aravind Adiga
En “Tigre Blanco”

[Novela ganadora del Man Booker Prize 2008]

Pienso de modo general que los intelectuales –si es que existe o debe seguir existiendo tal categoría, lo que no es seguro ni siquiera talvez deseable– renuncien a su vieja función profética.
Y no me refiero únicamente a su pretensión de decir lo que va a ocurrir, sino a la función de legislador a la que han aspirado durante tanto tiempo: “Eso es lo que hay que hacer; eso es lo correcto, seguidme. En medio de la agitación en que os movéis todos, he aquí el punto fijo, el lugar donde me encuentro”. El sabio griego, el profeta judío y el legislador romano son modelos que rondan continuamente a quienes hoy hablan y escriben por profesión. Sueño con el intelectual destructor de evidencias y universalismos, el que señala e indica en las inercias y las sujeciones del presente los puntos débiles, las aperturas, las líneas de fuerza, el que se desplaza incesantemente y no sabe a ciencia cierta dónde estará ni que pensará mañana, pues tiene centrada toda su atención en el presente, el que contribuya allí por donde pasa a plantear la pregunta de si la revolución vale la pena (y qué revolución y qué esfuerzo es el que vale) teniendo en cuenta que a esa pregunta sólo podrán responder quienes acepten arriesgar su vida por hacerla.
Michel Foucault
En: “Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones”

–Qué lástima que te moviste, cuando debías quedarte donde estabas –dijo Nélida severamente, pero esbozó una sonrisa al ver que me encontraba al borde del desmayo. Se puso en cuclillas a mi lado y me frotó las manos y el cuello para revivirme.
 –¿Porqué me hizo gritar? –musité, enderezándome apoyada en la pared.
 –Estábamos tratando de llamar la atención de tu doble –afirmó Nélida–. Al parecer la conciencia universal tiene dos niveles: el nivel de lo visible, del orden, de todo lo que es posible pensar o nombrar; y el nivel de lo no manifiesto de la energía, que crea y sostiene las cosas.
“Puesto que nos atenemos al lenguaje y a la razón

–continuó Nélida–, el nivel de lo visible es lo que consideramos como la realidad. Parece poseer un orden, es estable y predecible. Sin embargo, en realidad es escurridizo, temporal y siempre cambiante. Lo que juzgamos como la realidad permanente solo es la apariencia superficial de una fuerza insondable.”
Tenía tanto sueño que apenas pude atender a sus palabras. Bostecé varias veces para absorber más aire. Nélida se rió al verme abrir los ojos de manera exagerada, para convencerla de que contaba con toda mi atención.
 –Lo que tú y yo pretendemos con todos estos gritos –prosiguió– no es llamar la atención de la realidad visible sino la atención de lo invisible, de la fuerza que constituye la fuente de tu existencia y que esperamos te transporte sobre el abismo.

Taisha Abelar
En “Donde cruzan los brujos”

Anacaona, conocida como la Flor de Oro. Una de las Madres Fundadoras del Nuevo Mundo y la India más Bella del Mundo. (Puede que los mexicanos tengan a su Malinche, pero nosotros los dominicanos tenemos a nuestra Anacaona.) Anacaona era la esposa de Caonabo, uno de los cinco caciques que gobernaban nuestra Isla en el momento del “descubrimiento”. En sus crónicas, Bartolomé de las Casas la describió como “una mujer de gran prudencia y autoridad, muy cortés y elegante en su manera de hablar y en sus gestos”. Otros testigos hablan de modo más sucinto: la jeva estaba buenísima y resulta que también era guerrera valiente. Cuando los euros empezaron a comportarse como Hannibal Lecter con los taínos, mataron al marido de Anacaona (lo que es otra historia). Y como toda buena mujer guerrera, trató de reunir a su gente, de oponerse, pero los europeos eran el fukú original y no había manera de pararlos. Matanza tras matanza tras matanza. Cuando la capturaron, Anacaona intentó parlamentar, diciendo: “La violencia no es honorable, y tampoco la violencia repara nuestro honor. Construyamos un puente de amor que nuestros enemigos puedan cruzar, dejando sus huellas a la vista de todos”. Pero los españoles no estaban tratando de construir ningún puente. Después de un simulacro de juicio, ahorcaron a la valiente Anacaona. En Santo Domingo, a la sombra de una de nuestras primeras iglesias. Fin.
Junot Díaz
En “La maravillosa vida breve de Óscar Wao”
Premio Pulitzer 2008

Toda persona puede abominar de la crueldad y de la estupidez del mundo en que nos ha tocado vivir haciendo de su propia vida un poema de absurdo e incoherencia. Toda persona, si, con tal de que disponga del suficiente sentido del humor y de la imprescindible ansia de libertad, términos ambos –humor y libertad– que resultan por completo inseparables. Con Jarry precisamente, y con Apollinaire, como reconoce el mismo Tristan Tzara, la sorpresa y el humor hacen su entrada por la puerta grande en el dominio de la poesía. Aún más, en Alfred Jarry, el humor se llega a convertir en un verdadero instrumento de conocimiento; mas no un humor cualquiera, sino, en concreto, ese humor poético que, según Blaise Cendrars, no es otra cosa más que “el arte de saber explotar de risa en la plenitud de lo patético”. ¿Y qué decir en cuanto a su sentido de la libertad? Individualista a ultranza, montado siempre en su celebérrima bicicleta, con la que tantos récords batía, y en los vehículos del alma que para él significaban sus continuas zambullidas en la absinthe –“la hierba santa”– y el éter, llevando hasta el extremo los dictados de un temperamento caprichoso al que nada era capaz de frenar, hace en cada momento lo que le apetece, sin llegar a quejarse nunca de las consecuencias.
José Benito Alique
En la Introducción a “Todo Ubú” de Alfred Jarry

Clara había logrado hacerme sentir completamente desolada. Le dije que toda mi vida me acusaron de carecer de calidez y comprensión humanas. De hecho, me dijeron que era la persona más fría que pudiese haber. Ahora Clara me estaba diciendo que libertad significaba estar libre de compasión humana. Y yo siempre creí carecer de algo crucial por no poseerla.
Otra vez me encontraba al borde las lágrimas de la autocompasión, pero Clara volvió a rescatarme.
–Estar libre de lo humano no significa nada tan idiota como no poseer calidez o compasión– declaró.
–Como sea, la libertad como tú la describes me es inconcebible, Clara –insistí–. No estoy segura de querer ni un ápice de ella.
–Y yo estoy segura de quererla toda –replicó–. Aunque mi mente tampoco es capaz de concebirla, créeme, ¡sí existe! Y créeme también que algún día estarás diciendo a otra persona lo mismo que yo ahora te digo al respecto. Talvez incluso uses las mismas palabras.
Me guiñó el ojo, como si estuviera segura de que esto iba a suceder.
–Conforme sigas recapitulando, se te aparecerá la entrada al reino donde lo humano no cuenta

–prosiguió Clara–. Esa será la invitación para pasar por el ojo del dragón. Eso es lo que llamamos el vuelo abstracto. De hecho implica atravesar un vasto abismo hasta un reino imposible de describir, porque el hombre no constituye su medida.

Taisha Abelar
En “Donde cruzan los brujos”

Cantaban, por supuesto, un himno religioso. En un lugar donde se describía a Jesucristo como un tipo musculoso, un apuesto latino de ojos azules con pelo engominado, la religión era una especie de romance. En algún catolicismo y con frecuencia en Latinoamérica, la oración se ha convertido en un amorío con Jesucristo. No es un dios sobrecogedor, no es un destructor, no es un frío y vengativo asceta; es principesco y representa el prototipo del macho. El himno era una canción de amor, pero una canción latinoamericana, rebosante de pasión lúgubre, en la que la palabra “corazón” se repetía a cada verso. Y sonaba muy fuerte. Era un acto de adoración, pero no había diferencia sustancial entre lo que ocurría ahí, en esa vieja iglesia, y lo que podía oírse en la máquina de discos del bar Americano, calle abajo. La Iglesia se había acercado a la gente; eso no había hecho a la gente más piadosa; sencillamente, la gente aprovechaba esa oportunidad para entretenerse y quitarle aburrimiento al oficio religioso. Una misa o esas plegarias vespertinas constituían una ocasión para concentrarse en la oración; la música las convertía en una distracción.

Paul Theroux
En “El viejo expreso de la Patagonia. Un viaje en tren por las Américas”

Todo esto forma un buen augurio; pero temo mucho que no pase de aquí si no se muda enteramente el plan de educación, si no se les hace entender que no se puede aprender todo en dos días, y que vale más saber poco, como se sepa bien. Nuestro espíritu es como el agua, que pierde de profundidad a medida que se extiende por el terreno. Por lo demás, la física y las ciencias que faltan a todos los americanos, no pueden echar raíces profundas sino en una generación robusta y enérgica. ¿Qué se puede esperar de unos jóvenes rodeados y servidos de esclavos, que temen los rayos del sol y las gotas de rocío, que huyen del trabajo, que cuentan siempre con el día de mañana, y a quienes aterra la más ligera incomodidad? Estos jóvenes no pueden dar sino una raza afeminada e incapaz de los sacrificios que piden las ciencias y la sociedad.
Alejandro Humboldt
En: “Alejandro de Humboldt en Colombia”, Epistolario referente a Colombia

Una carta para Remedios Buendía
Qué lejos te veo ahora, qué terrible crepúsculo
Nos separa.
En invierno,
Cuando son más amarillos los manglares
Me asomo a la orilla del mundo para oírte.
Llueve.
Junto a la lluvia, cada vez más cerca del sueño,
Olvido los terrores de la noche,
Encuentro tus ojos en el agua, en los bordes
Del agua.
Ahora recuerdo esa luz que desde la ciénaga
Enrojecía los patios y las pupilas
Y luego se extinguía en esa extraña metáfora
Del sueño, el mismo sueño que nos encierra.
Qué hermoso crepúsculo nos separa, Remedios.
Qué lejos están nuestras palabras ahora.
Hace días que las mariposas amarillas no trazan
Su vuelo en mi cuaderno, no describen forma
Que dejaste entre los hombres.
Ya el tiempo no me acerca la misma música,
Los mismos relámpagos en los matorrales.
Desde este cuarto de Macondo espío los
crepúsculos.
Pero no veo sus llamas.
La lluvia no cesa desde aquella tarde maravillosa
En que subiste al cielo
Con el aire lleno de alacranes.
Fernando Denis
En “Ven a estas arenas amarillas”

Yo he descubierto la necesidad, la absoluta necesidad, de creer en la nada. Es decir, hay que creer en algo que no tiene forma ni color, en algo que existe antes que todas las formas y todos los colores aparezcan. Esta es una cuestión muy importante. No importa en qué dios o doctrina se crea; si uno se apega a ella, la creencia se basará en mayor o menor grado en una idea egocéntrica. Es el esfuerzo por lograr una fe perfecta con el objeto de obtener la propia salvación. Pero el logro de semejante fe perfecta llevará tiempo. Además, se ve uno involucrado en una práctica idealista. Mientras trata constantemente de realizar el propio ideal, no tiene tiempo para mantener la serenidad. En cambio, cuando se está preparado siempre para aceptar todo lo que vemos, como algo que surge de la nada, a sabiendas de que hay alguna razón para que surja una existencia fenoménica de determinada forma y color, entonces, en ese mismo momento, se logra la serenidad perfecta.

Shunryu Suzuki
En “Mente Zen, Mente de Principiante”

Coincidentia oppositorum. Éste es el “signo” del que hablaba Bergson, el que genera la alegría de vivir después de haber integrado en ese vivir una parte de su contrario: la muerte, y así haberse protegido de ella. La aceptación del mundo engendra un innegable júbilo. La sabiduría popular da fe de eso que es extraordinariamente tolerante de facto en las “flores del mal”, y que crece un poco por todas partes en todas las situaciones de la vida corriente. Así, esas “flores del mal” baudelairianas cuya fuerza anómica y venidera a la vez nos recordó M. Weber. La imagen poética es paradigmática de una vida en su totalidad. Debe incitarnos a la lucidez en el análisis teórico, y entonces reconocemos la estructura oximorónica de lo dado del mundo. Estructura que da en el clavo sobre la necedad de un mundo perfecto, donde todo sería armonía y bondad. O , más bien, muestra que la necedad es la actitud que no llega a integrar ese dato inmemorial de la naturaleza, que hace de la muerte y de la sombra un momento de una armonía más compleja y mucho más real.

Michel Maffesoli
En “El instante eterno. El retorno de lo trágico en las sociedades posmodernas”

Desde cierto punto de vista, siempre estamos en crisis: constantemente estamos cayendo. Pero desde otra perspectiva, no hay crisis. ¿Hay crisis si vamos a morir en un segundo? No, lo único que existe es ese segundo. Estamos vivos en un segundo y al siguiente estamos muertos. No hay crisis; solo hay lo que es. Pero la urgencia del ser humano por hacer lo imposible nos mantiene amarrados. Nos pasamos la vida tratando de evitar lo inevitable. Nuestras energías, nuestras emociones y nuestros proyectos se invierten en cosas tales como hacer dinero, tener éxito, agradarle a todo el mundo, porque creemos que esas cosas nos protegen. Una de las ilusiones más fuertes es la de creer que el hecho de estar enamorados nos protege. Pero en realidad no hay protección, no hay respuesta. Nuestra vida no tiene remedio, y por eso es maravillosa.
El despertar consiste simplemente en conocer la verdad, no con la cabeza sino con todo nuestro ser: saber que “esto es todo”. Es maravilloso. ¿Tengo dolor de muela? Eso también es todo, y es maravilloso. Claro está que cuando pensamos en el dolor de muela, no lo vemos como algo maravilloso; pero es maravilloso ser sencillamente lo que es la vida en este segundo, con todo y el dolor de muela.

Charlotte Joko Beck
En “La vida tal como es. Enseñanzas sobre Zen”

Lejos de ser, como a menudo se ha pretendido, la obra de una “función fabuladora” que le vuelve la espalda a la realidad, los mitos y los ritos ofrecen como su valor principal el preservar hasta nuestra época, en forma residual, modos de observación y de reflexión que estuvieron (y siguen estándolo sin duda) exactamente adaptados a descubrimientos de un cierto tipo: los que autorizaba la naturaleza, a partir de la organización y de la explotación reflexiva del mundo sensible en cuanto sensible. Esta ciencia de lo concreto tenía que estar, por esencia, limitada a otros resultados que los prometidos a las ciencias exactas naturales, pero no fue menos científica, y sus resultados no fueron menos reales. Obtenidos diez mil años antes que los otros, siguen siendo el sustrato de nuestra civilización.

Claude Lévi-Strauss
En “El pensamiento salvaje”

En efecto, para retomar por última vez la distinción hecha entre drama y trágico, recuerdo que, en el marco de la modernidad, la perspectiva dramática cree en la solución de todos los problemas, pero la reenvía a un futuro mejor. En cambio, la sensibilidad trágica se dedica a vivir, en el día a día, esos mismos problemas. Éstos, y la tensión que generan, son constitutivos de todo ser, individual o colectivo. En el primer caso, la Historia es el vector de la emancipación social. En el segundo caso, el Territorio es el receptáculo de un destino colectivo.
Es muy delicado, al final del recorrido, decir cuál de estas posturas existenciales es mejor. Para decir la verdad, la pregunta es un poco ociosa. Reconozcamos empíricamente que si el drama fue, lo trágico es. Di numerosas ilustraciones de un espíritu de la época que privilegia lo que podríamos llamar, sin falsa pedantería, la atmósfera destinal. Tan cierto es que el destino es el lugar matriz que da forma e impregna maneras de ser y de pensar. Reconozcamos también que esta atmósfera inicia una nueva cultura que ya no es, nunca lo repetiremos demasiado, del todo individualista, sino totalmente tribal.

Michel Maffesoli
En “El instante eterno. El retorno de lo trágico en las sociedades posmodernas”

De nuevo se oía la impaciencia, el cansancio en su voz. Mi mente, por lo demás, estaba en blanco. Se produjo un largo silencio. Martincho lo rompió: “Si no tiene más preguntas, vamos a comer”. Se levantó de la cama, ahora con un aire afable. Me sentí privilegiado de poder ver, una vez más, a un hombre célebre que lleva a cabo sin pesar sus quehaceres domésticos. (Me hubiera gustado ver a Newton desayunando, escribió Lichtenberg.)
Mientras el gran Martincho se ocupaba de su guiso, me puse a preparar mi máquina fotográfica. Pensaba en lo conveniente que era para el blanco y negro el atuendo oscuro del torero, con su cabello plateado, y la luz oblicua que entraba por una ventanita con rejas de hierro forjado. Pero entonces él giró rápidamente sobre sus talones y vi (con esa sensación de irrealidad con que se percibe lo maravilloso y lo terrible) que la fuente que tenía en sus manos estaba vacía. Sus ojos, muy pequeños, me miraron un instante, y luego miraron el guiso inexistente. Puso el plato en la mesa, acercó la otra silla y se sentó frente a mí. “Es cerdo”, dijo, y, cogiendo los cubiertos, se puso a cortar el aire. “Espero que no sea usted judío o musulmán.”
Lentamente me puse de pie. “No me siento bien –le dije–. Creo que es el viaje, usted sabe, tantas vueltas. Voy a volver al hotel.” Guardé mi cuaderno de apuntes y tomé mi cámara. Una mirada suya bastó para hacerme comprender que no quería que lo fotografiara, y tampoco me permitió fotografiar el cuarto.

Rodrigo Rey Rosa
En “Con cinco barajas. Antología personal”

Existía una guerra declarada entre por lo menos tres círculos de poetas de Nueva York. Estaban los Nuevos Mandarines, los más conservadores, claramente adictos al dinero y al poder, que poseían una educación clásica y cuentas de banco saludables. Estaban los Nuevos Beats, que utilizaban formas antiguas con contenidos nuevos, y para quienes la pobreza era una virtud. Pero el grupo más interesante, el iniciado por Young, era el de los Poetas de la Propiedad –enemigos naturales de los Mandarines y de todo convencionalismo cultural. Éstos descendientes de los Poetas de la L-E-N-G-U-A, cuya preocupación central había sido la forma y cuyos cánones estéticos prohibían la lógica sintaxis– propugnaban la apropiación textual como método para la composición poética.
–No sé –decía Martin, que bebía su tercera cerveza a la barra del Fanielli’s–. Sería natural que alguien quisiera ahogar un movimiento así. Después de todo, además del culto de lo feo, promulgamos cosas como la destrucción de las clases dirigentes, la disolución de las sociedades por acciones, y la abolición de las herencias. Seguramente en el Pentágono no estarían tristes al enterarse de la muerte de gente así. –Eructó–. Con eliminar a los poetas prominentes de determinado grupo, el movimiento –ahora se rió, como si le pareciera divertida la palabra movimiento– podría terminar. Pero no creo que nadie los, nos tome tan en serio.

Rodrigo Rey Rosa
En “Ningún lugar sagrado”

El trabajo con el anciano comenzó así:  hablé con el abuelo jimuiz+tofe y lo invité a mi casa a comer fariña con pescado y ají negro. Al día siguiente llegó muy contento, elegante y perfumado; venía del ancianato. Nos saludamos, comimos, bebimos cahuana y después de hablar un buen rato le dije: “Hola, paisano, ¿tu sabes cantar las canciones de nuestra tradición?” Y me respondió con voz baja: “Si, yo sé cantos de todos los rituales porque mi papá era un cantor, igual que su papá”. Hablamos de cantos de todos los rituales y le dije: “¿Por qué no escribimos las canciones que conoces?” No me dijo nada y me pareció que se sentía incómodo; se levantó de la silla y sin despedirse abrió la puerta y salió. Pensé que ese era un gesto muy tradicional, podía ser que aceptaba o no aceptaba.
Pasados seis meses, un domingo en la mañana golpearon a la puerta. Al abrir me sorprendió ver otra vez a jimuiz+tofe bien vestido, con cachucha nueva y ruana. Me saludó contento y me dijo de una vez: “Paisana, vine para lo que me habías dicho. Ya lo pensé muy bien. También hablé con los espíritus de mis ancestros y ellos aceptaron que te enseñara para el bien de nuestra gente ya que mi hijo y mis nietos no tienen interés en las cosas nuestras, sino en las de los blancos. Yo ya estoy anciano, de aquí no volveré a la tierra donde nací para construir una maloca y transmitir. Ahora soy un anciano, estoy rodando por la calle como un pordiosero y así nadie conocerá lo que aprendí de lo tradicional. Si me muero, moriré sin historias y lo que aprendí se sepultará conmigo. Si te enseño, tendré vida y también historia contigo. Eres una mujer de otra tribu y me tratas con respeto, como si me hubieras conocido de muchos años. También acepto trabajar contigo porque entiendes algo de la tradición por haber sido tu papá un sabedor”.

Anastasia Candre Yamacuri
En “Llegó el Amazonas a Bogotá”

El presente es divino en la medida en que es la expresión de un “sí” a la vida. Nietzsche insistió con frecuencia en este punto: diciendo sí “en un solo instante, decimos sí, por ello, no solo a nosotros mismos sino a toda la existencia”. En un solo instante, prosigue, todas las eternidades se expresan. Aceptando un solo instante, toda la eternidad se encuentra aprobada, redimida, justificada y afirmada. Análisis juicioso ya que muestra en qué sentido la vida, ya sea individual o social, no es de hecho sino una sucesión de ahora, una concatenación de instantes vividos con más o menos intensidad, pero expresando un querer–vivir irreprimible que, a largo plazo, es el mejor garante contra todas las formas de imposición, de explotación, de alienación, de las cuales las historias humanas dan bastante muestra. De hecho, habría que ver si la acentuación del presente no va de la mano, indefectiblemente, con una forma de vitalismo, más o menos consciente de sí mismo, pero que asegura la perduración del Ser en esas diversas modulaciones.
Eso había sido visto por toda una rama de la filosofía griega que había puesto el acento sobre la famosa noción del kairós, connotando, a la vez, el sentido de la oportunidad, del buen momento a aprovechar, del instante a vivir. Hay, desde luego, una forma de urgencia en esta captación de lo que nos toca vivir sobre el momento, pero, por paradójico que pueda parecer, una urgencia serena, hecha de equilibrio, de armonía, de apreciación del mundo. Damos al mundo y a sus bienes el “precio” que le toca, puesto que además es reconocido como lo único de lo que podemos gozar. Esta “apreciación” es el fundamento de la sabiduría antigua: el presente es proteiforme. Hay que comprenderlo en tanto tal.

Michel Maffesoli
En “El instante eterno. El retorno de lo trágico en las sociedades posmodernas”

La ironía impide que la domesticación sea total. Desde la risa dionisíaca de las bacantes contra el sabio gestor Penteo hasta la sonrisa dolorosa del bravo soldado Scheweik, reactualizado en la Checoeslovaquia contemporánea, existe una lista interminable de las actitudes de espíritu que testimonian la no adhesión. Esto resulta particularmente irritante para los poderes que pretenden, naturalmente, dominar los cuerpos, pero que saben perfectamente que, para que su dominio se inscriba en la larga duración, es menester que este vaya acompañado de la sujeción de los espíritus. La actitud de reserva propia de la ironía, aún cuando sea de una manera menor, introduce un fallo en la lógica de la dominación. Las ocurrencias, los chismes, los panfletos, las canciones y demás juegos de palabras populares, así como los arranques de eso que se ha dado en llamar “la opinión pública”, están ahí para medir la evolución de esta falla. Y, que yo sepa, no existe ninguna época ni ningún país en el que, en un plazo más o menos largo, este mecanismo de defensa no haya dado algún resultado positivo; como hemos podido ver estos últimos años, en Francia o en Estados Unidos por ejemplo, podrá ser mediante el estallido de escándalos de inevitables repercusiones políticas; pero también puede tomar la forma de una descalificación que vaya royendo progresivamente la legitimidad del poder establecido. Señalemos, de pasada, que, como fue el caso de la Francia de finales del siglo XVIII o de la Rusia de principios del XX, este clima de ironía subversiva suele preceder a los grandes levantamientos revolucionarios.

Michel Maffesoli
En “El tiempo de las tribus”

Todos los cultos, como todas las razas, se encontraban en las filas de los ejércitos de los bárbaros y se respetaba a los dioses de los demás, pues también infundían temor. Muchos mezclaban en su religión nativa prácticas extranjeras. Se tenía a gala adorar las estrellas, y a tal o cual constelación funesta o propicia se le hacían sacrificios; un amuleto desconocido, encontrado por casualidad en una ocasión que se había estado en peligro, se convertía en una divinidad; o bien era una palabra, nada más que una palabra, que se repetía sin intentar comprender lo que podía significar. Pero a fuerza de haber saqueado templos, de ver un sinfín de pueblos y de degüellos, muchos acaban por no creer más que en el destino y en la muerte; y todas las noches dormían con la placidez de las bestias feroces. Spendius había escupido a las efigies de Júpiter olímpico; sin embargo, temía hablar en voz alta en las tinieblas y no olvidaba nunca calzarse primero el pie derecho.

Gustave Flaubert
En “Salambó”

El proyecto de la biomedicina, desde el siglo XIX, aspiraba a alcanzar la máxima eficiencia diagnóstica, pronóstica y terapéutica, depurando, casi patológicamente, la clínica y el laboratorio de cuantas variables fuesen accesorias a esos tres actos. Operaba sobre una transformación de la construcción del conocimiento médico, conocido como el “nacimiento de la clínica moderna”, y que es coetáneo con el despliegue del Estado liberal. En este periodo desapareció el valor del contexto –el del medio, la sociedad y la cultura del enfermo y de la enfermedad– en la práctica clínica, quedando el cuerpo desnudo del paciente en la mesa de exploración o el del cadáver en la de autopsias en busca de la utopía de una práctica técnica que condujese a una toma de decisiones racional. El paciente ideal viene a ser hoy uno intubado, monitorizado, que recibe alimentación parenteral para que no defeque, que orina mediante una sonda, y sobre el cual las computadoras alimentan de parámetros objetivos las decisiones que un médico supervisa desde un dispatching, desde el cual dicta órdenes al personal técnico que realiza los inevitables cambios de curas o de ropas del paciente hasta que los robots sean capaces de hacerlo. En esa arena la cultura, según los médicos –y en todas sus acepciones– habría dejado de asistir.

Josep M. Comelles
En “Salud e Interculturalidad en América Latina”

Según Vygotski, se manifiestan gérmenes de imaginación creativa en los juegos de los animales: mucho más se manifiestan en la vida infantil. El juego no es un simple recuerdo de impresiones vividas, sino una reelaboración creadora de éstas, un proceso a través del cual el niño combina entre sí los datos de la experiencia para construir una nueva realidad, correspondiente a sus curiosidades y sus necesidades. Pero precisamente porque la imaginación construye solo con materiales tomados de la realidad (y por ello la del adulto puede construir en mayor medida), hace falta que el niño, para nutrir su imaginación y aplicarla a tareas adecuadas, que refuercen sus estructuras y le amplíen el horizonte, pueda crecer en un ambiente rico en impulsos y en estímulos, en todos los sentidos.

Gianni Rodari
En “Gramática de la fantasía”

Los organizadores de la mushaira* de aquel domingo por la noche habían querido dar a su programa un brillo particular invitando a uno de los más célebres poetas en lengua urdu. Jigar Akbar Khan era una leyenda. En Bhopal, era objeto de un culto tan fervoroso que un taxista lo había secuestrado un día para obligarlo, amenazándolo con un arma, a ofrecerle un recital para él solo. En una sola velada, Jigar conseguía declamar más de cincuenta ghazals**. Cuando hizo su entrada, el delirio se apoderó de la concurrencia. Sus sublimes declamaciones, la sonoridad un tanto cálida y suplicante de su voz, resonaron como un canto hechizado. Se sabía que el viejo poeta de barba blanca envuelto en un chal raído era un borrachín, ¡pero qué importaba eso! Bhopal le debía demasiadas noches de exaltación como para no absolverlo para siempre. Contaban que la noche de su boda, uno de sus discípulos había abandonado a su esposa para acompañar al maestro a la estación y dejarlo instalado en su compartimiento. En el momento en que el tren arrancaba, el chistoso Jigar había agarrado a su admirador para impedirle saltar al andén. El recién casado no regresó a Bhopal hasta un año después, un año que pasó siguiendo a su ídolo de fiesta en fiesta por toda la India.
* Mushaira: Audición poética en lengua urdu.
** Ghazal: una de las principales formas poéticas del mundo islámico Indo-Perso-árabe.

Dominique Lapierre y Javier Moro
En “Era medianoche en Bhopal”

La noticia de la destrucción del Imperio enemigo de México Tenochtitlán, lejos de aliviar al cazonci*, lo inquieta todavía más. “Quiénes sois?”, pregunta a Montaño, el primer español que penetra en su territorio. “De dónde venís? ¿Qué buscáis? Que tales hombres como vosotros ni los hemos oído ni visto hasta ahora. ¿Para qué venís de tan lejos? ¿Por ventura en la tierra donde nacisteis no tenéis de comer y beber, sin que vengáis a ver y conocer gentes extrañas? ¿Qué os hicieron los mexicanos, que estando en su ciudad, los destruisteis?” Las preguntas angustiosas del pueblo purépecha recibirán pronto su respuesta. Inmóviles y sin fuerzas, los hombres contemplan a aquellos nuevos dioses que llegan. Los dioses antiguos, Xarátanga, Curicaueri, la madre Cuerauáperi, Urendequauecara, los guardianes de las grutas de las montañas, los espíritus de las fuentes y de los lagos, los dioses de las cuatro partes del mundo y del infierno, todos han vuelto ya a la nada. Lo que desean los recién llegados es el oro, el “estiércol del Sol”, el símbolo del poder divino. Insatisfechos de los tesoros de guerra que les entrega el cazonci quieren sin cesar más, y para ello saquean los templos y violan las sepulturas de los más grandes reyes. “¿Para que quieren este oro?”, pregunta el cazonci a sus dignatarios. Débenlo de comer estos dioses, por eso lo quieren tanto”.

J. M. G. Le Clézio
En “La conquista divina de Michoacán”
* Cazonci: Señor o rey en la cultura tarasca que reunía el poder político y religioso.

La profecía más difundida al respecto [del arco iris] es la de los indígenas hopi, explicó mi amigo en el mambeadero. Los hopi dicen que “cuando la madre tierra esté enferma y los animales estén desapareciendo, entonces llegará una tribu con gente de todas las culturas que creerán en hechos y no en palabras y ayudarán a restaurar la antigua belleza de la Tierra. Ellos serán conocidos como los guerreros del arco iris”. En la actualidad, en todo el mundo existe el movimiento arco iris, que se sustenta en esta profecía y que lucha por tener una mejor calidad de vida. Sin embargo, todo grupo que se interese en la ecología, en la espiritualidad y desee construir un mundo más armónico, simbólicamente es considerado un guerrero del arco iris.

Juliana González Molina
En “Entre mundos hermanos”

HE VISTO A LOS MILES DE DIOSES. He recibido el regalo portentoso. Se me han aparecido a mí, que no tengo fe (sin conocer la fe que tal vez pueda tener). Estaban ahí, presentes, más presentes que cualquier cosa que yo haya mirado jamás. Y era imposible y yo lo sabía, y sin embargo. Sin embargo, estaban ahí, colocados por centenares, unos junto a otros (pero les seguían mil más, apenas perceptibles y muchos más de mil, una infinidad). Esas personas tranquilas, nobles, suspendidas en el aire por una levitación que parecía natural, estaban ahí, ligerísimamente móviles, o más bien animándose sobre la marcha. Ellas, esas personas divinas y yo, solos en presencia.
En algo así como el reconocimiento, yo les pertenecía.
¿Pero, bueno –me objetarán– que se creía usted? Respondo: ¿Qué iba a creer SI ESTABAN AHÍ? ¿Por qué me iba a poner a discutir si me encontraba satisfecho?

Henri Michaux
En “Poemas Escogidos”

Eligieron el declive que está en la parte baja del pueblo, cerca de la torre de observación. Prepararon la tierra con estiércol de caballo, en lo más bajo plantaron las legumbres, los fríjoles, los tomates. En el medio pusieron las plantas de decocción y las aromáticas, el tomillo, el anís, la salvia, el toronjil, y en lo más alto, cerca del muro en ruinas de la iglesia, han hecho brotar las especies raras, las campanillas, las dedaleras, las sensitivas. En la sombra de las ruinas, las plantas tímidas, la menta, la genciana, la datura, las plantas que sirven para teñir, las orquídeas y las catleyas que se venden en el mercado. Un poco más allá, sobre las piedras, la escabiosa para los ojos, la espinaca amarga, la quinina criolla para la fiebre. Sangor conoce las plantas que curan las mordeduras de serpiente y las picaduras de escorpión, el guayacán, el palosanto para calmar los reumatismos, la liana de flores blancas para bañar el cuerpo, el extracto de cacao para secar el prurito, el cilantro para refrescar a los niños afiebrados, el tamarindo para purgar. Marikua conoce otras medicinas, la verónica, la brusca, la albahaca, la güira para las articulaciones, el jengibre dorado, la fibra de coco para matar el nervio de los dientes enfermos, la papaya para los dolores de estómago, el achiote para calmar las picaduras de insectos, las hojas de pachulí para perfumarse el cuerpo antes del amor.
J.M.G. Le Clézio
En “Urania”

Las historias que había escuchado del grupo de líderes, todos los testimonios de coraje, sacrificio y superación de las grandes desigualdades, no habían surgido simplemente de la lucha contra la peste o la sequía, o ni siquiera de la mera pobreza. Habían surgido de una odiosa experiencia concreta. Y el odio no había desaparecido; dio forma a otra versión de la historia enterrada en lo más profundo de cada uno y en cuyo centro estaban los blancos (algunos crueles, otros ignorantes, a veces una simple cara, otras la imagen sin rostro de un sistema que exigía dominar nuestras vidas). Tuve que preguntarme si se podrían restaurar los vínculos de la comunidad sin el exorcismo colectivo de la figura fantasmagórica que perturbaba los sueños de los negros.
Barack Obama
En “Los sueños de mi padre” – Autobiografía

A los que llegaban del gueto de Varsovia les esperaban terribles tormentos. Las mujeres y los niños eran separados de la multitud y conducidos a los lugares donde ardían los cadáveres, en lugar de ir a la cámara de gas. Las madres enloquecidas de terror eran obligadas a pasar con sus hijos entre los ardientes hornos sobre los que miles de muertos se retorcían entre las llamas y el humo, con contorsiones y sacudidas como si hubieran vuelto a la vida, mientras los vientres de las embarazadas muertas estallaban por el calor y sus hijos nonatos ardían en los úteros abiertos de sus madres. Esta visión podía volver loca hasta a la persona más equilibrada.

Si se hace infinitamente duro leer esto, el lector debe creerme que también es infinitamente difícil escribirlo. Alguien puede preguntar: “¿Y porqué escribir sobre esto, porqué recordarlo?” Es el deber del escritor contar esa terrible verdad y el deber civil del lector es conocerla. Quien mirara hacia otro lado, quien cerrara los ojos sin querer saber nada insultaría la memoria de los muertos.

Vasili Grossman

En Treblinka, artículo reproducido en “Un escritor en guerra”

NB. Son estos horrores los que olvidan los dirigentes del estado de Israel, que hoy [Dic. 29-2008] acribillan al pueblo árabe de Palestina en Gaza.

Cuando oyeron el rugido de los cañones por primera vez, los hombres azules y los guerreros se pusieron a correr hacia las colinas para mirar el mar. El rugido desquiciaba el cielo como el trueno. Sólo, mar adentro, a la altura de Agadir, un gran buque acorazado, semejante a un lento y monstruoso animal, arrojaba sus fogonazos. El ruido llegaba un largo momento después, un fragor seguido del rugido desgarrador de los obuses que explotaban en el interior de la ciudad. En algunos instantes, los altos muros de piedra roja no eran más que un amasijo de ruinas sobre las que se elevaba la negra humareda de los incendios. De los muros derruidos, comenzó a salir la población; hombres, mujeres, niños, ensangrentados, entre alaridos. Abarrotaron el valle del río, alejándose del mar a toda prisa, poseídos por el pánico.

La llama corta brilló varias veces en la boca de los cañones del crucero Cosmao, y el rugido desgarrador de los obuses que estallaban en la Qasbah de Agadir retumbó por todo el valle del río Sus. El humo negro de los incendios ascendió a lo alto del cielo azul, cubriendo con su sombra el campamento de los nómadas.

J. M. G. Le Clézio

En “Desierto”

La visión chamánica es también una ilusión en cuanto a pensar que ella sí da con el ser íntimo de las cosas. El chamanismo, o mejor, los chamanismos, también están intervenidos por la cultura, cada cultura elabora un tipo de chamanismo o de búsqueda de ver la realidad en estado puro, para tener experiencias sustantivas, fundantes. No podemos escapar a la mediación. Sólo que si aunamos varios puntos de vista podremos ver mejor; podremos pulir el lente o hacer una combinación de lentes. Esta es la importancia decisiva que tiene la interculturalidad. En el mundo de hoy se tiene esa gran posibilidad. Una posibilidad de dimensiones extraordinarias, mucho más grande que las que, en tiempo de Jenófanes, permitieron el despegue de lo más estrictamente filosófico: relativizar la experiencia cultural, no para negar su validez, sino para abrirse, siempre para abrirse a una posibilidad de visión mayor. Jenófanes no relativizó la idea de Dios para negarlo sino para abrirse a un concepto en que tuvieran cabida todos los dioses. Hay que anchar el espíritu para dar cabida a toda la experiencia humana.

Fernando Urbina Rangel

De su entrevista en “Chamanismo: el otro hombre, la otra selva, el otro mundo”

Alfredo guardaría un buen recuerdo de su vida en Boa Esperanza, no solamente a causa de Neuza. Fue allí donde se familiarizó con el bosque, donde aprendió a ver la selva de una manera distinta, no como un infierno verde, sino como fuente de vida. Entendió que la selva compensaba con su exuberancia las carencias del sistema de explotación que los hombres habían tramado alrededor del caucho. Parecía que los caucheros y la naturaleza hubieran hecho un pacto tácito de ayuda mutua. Las convicciones del seringueiro prohibían cazar lo que no fuera estrictamente necesario para la supervivencia; al mismo tiempo reverenciaban los heveas como si fueran humanos. A cambio, la selva les proporcionaba animales para alimentarse, plantas para curarse y agua para refrescarse.
Javier Moro
En “Senderos de Libertad”
Seringueiro: recolector de la savia del caucho.
Hevea: Árbol del caucho

La vida es un pesado fardo; pero no os pongáis tan compungidos. Todos somos borricos cargados.

¿Qué tenemos de común con el capullo de rosa que tiembla porque le oprime una gota de rocío?

Es verdad: amamos la vida, no porque estemos habituados a la vida, sino al amor.

Hay siempre algo de locura en el amor: Pero siempre hay también algo de razón en la locura.

Y yo, que estoy bien con la vida, creo que para saber de felicidad, no hay como las mariposas y las burbujas de jabón, y lo que se les asemeja entre los hombres.

Ver revolotear esas almitas aladas y locas, encantadoras y bullidoras, es lo que arranca a Zaratustra lágrimas y canciones.

Federico Nietzsche

en "Así hablaba Zaratustra"

¿Le suena la bicicleta?

Es el futuro. El carro es una cosa maldita y mientras más rápido sepamos cómo diseñar las ciudades para otras formas de transporte, mejor.

La historia muestra que, en lugar de rediseñar el transporte, rediseñamos las ciudades para acomodarlo. En el siglo 19 el tren hizo sus transformaciones; en el 20, las hizo el automóvil. Es tiempo de otro paradigma.

Michael Sorkin
Arquitecto-Planificador Urbano

La esencia del samsara* es nuestra tendencia a buscar el placer y evitar el dolor, a buscar la seguridad y evitar la incertidumbre, a buscar el confort y evitar la incomodidad.

La enseñanza básica es que esto nos hace seguir siendo desdichados e infelices nos aprisiona en una pequeña y limitada visión de la realidad. Así es como nos mantenemos arrebujados en el interior de un capullo. En el exterior están todos los planetas, las galaxias y el vasto espacio, pero tu estás metido en ese capullo, o quizá dentro de una cápsula, como la de una vitamina. Un momento tras otro te estás diciendo que prefieres seguir en su interior. Prefieres seguir siendo una píldora vitamínica a la experiencia o el sufrimiento de salir a este gran espacio. La vida en esta cápsula es agradable y segura. Todo está bajo control. Estamos en esta zona segura y así es como consideramos la vida, tenerlo todo bajo control, tener seguridad. La muerte es perderla Por eso la tememos y nos causa tanta angustia. Podría tildarse a la muerte de embarazosa; sentirse incómodo y fuera de lugar. Queremos saber qué está sucediendo. La mente siempre está buscando zonas seguras, y esas zonas continuamente se están desmoronando. entonces nos abrimos paso para conseguir otra zona segura. Empleamos toda la energía y malgastamos nuestras vidas intentando re-crear esas zonas seguras que siempre acaban desmoronándose. Eso es el samsara.

*samsara: eterno errar en el ciclo del sufrimiento.

Pema Chödröm

"La Sabiduría de la No-Evasión"

"Camino diez pasos
y ella se aleja diez pasos.
Camino cien pasos
y ella se aleja cien pasos.
Es inalcanzable...
como el horizonte...
Entonces ¿para qué sirve la utopía?
Para eso sirve...
Para seguir caminando"

Eduardo Galeano

Cuentan de una banda de ladrones que apresó a un hombre sincero que estaba intentando seguir el Camino del Conocimiento. Los bandoleros descubrieron que no tenía posesiones de ninguna importancia y empezaron a murmurar sobre qué hacer con él.
De repente, el hombre empezó a gritar:
– ¡No! ¡No! ¡Por favor, dadme tiempo!
– No estés tan asustado, hombre, esto terminará en seguida –le dijo el jefe de la banda–. Ya que más tarde podrías identificarnos, vamos a matarte, pero ¡la muerte, realmente no es nada! La hemos visto tantas veces...
– ¿La muerte? –dijo el hombre–. No estoy preocupado por esto. Estábais murmurando y pensé que habíais decidido pedirme que me convirtiera en alguien verdaderamente sincero. Esto es lo que habría sido difícil.

--¿Existe alguna forma de medir las propias fuerzas espirituales?
--Muchas.
--Di tan sólo una.
--Trata de averiguar con qué frecuencia pierdes la calma a lo largo de un solo día.

Cierto hombre creía que el último día de la humanidad iba a suceder en una determinada fecha y se debía afrontar del modo adecuado.
Llegado el día, congregó en torno suyo a cuantos estuvieron dispuestos a escucharlo y los condujo a la cima de una montaña. Tan pronto estuvieron reunidos allí, el peso acumulado hizo que se hundiera la frágil corteza de la montaña y todos terminaron en las profundidades de un volcán.

En efecto, fue para ellos el último día.

Decir que “casi comprendes” alguna cosa relacionada con el espíritu es decir tonterías.
Esto lo dijo un anciano maestro, hace un tiempo, en una charla pública en la que había psicólogos. Uno de ellos, a quien al parecer le gustó la frase, le preguntó:
–¿Puede ponernos un ejemplo sacado de la vida cotidiana?
–Uno no puede decir que esta fruta “es casi una manzana”. O lo es o no lo es.

De acuerdo a un sabio, la crítica pasa a través de tres etapas:
1- "Es imposible" = "lo que dice aquel es imposible. Por tanto es un mentiroso, exagerado, falso, hipócrita..."
2- "Es posible, pero inútil" = "tal vez sea cierto lo que dice pero ¿de qué sirve? ¡vaya tontería!".
3- "Es útil pero yo ya lo sabía hace tiempo..."
Cuando se recuerda este principio permanentemente, entonces puede ser que la crítica empiece a detenerse.

--Con el trabajo interior nos purificamos a nosotros pero ¿Cómo purificamos también al mundo?
A lo que el sabio anciano respondió:
--Había un maestro hace unos siglos llamado Ulises. Todos lo honraban a causa de su sabiduría, pero nadie sabía si era realmente un hombre bueno. Cierta tarde, un defecto de construcción hizo que se derrumbase la casa donde Ulises vivía con su esposa. Los vecinos, muy angustiados, empezaron a cavar las ruinas, hasta que en cierto momento consiguieron localizar a la esposa del maestro.
Al empezar a desenterrarla, ella dijo:
--Dejadme. Salvad primero a mi marido que estaba sentado más o menos allí.
Los vecinos, rápidamente, removieron los cascotes en el lugar indicado y encontraron a Ulises.
Al ser localizado, éste dijo:
--Dejadme. Salvad primero a mi mujer que estaba acostada más o menos allí.
Cuando alguien actúa como actuó esta pareja está purificando el mundo entero.

Un gato negro encontró a un gato blanco. El gato negro miraba cómo el gato blanco corría en círculos intentando atrapar su propia cola. Pasados unos minutos, mareado de mirar a su compañero, el gato negro le preguntó al blanco qué es lo que hacia. El gato blanco, haciendo una pequeña pausa, explicó:
-- ¿Sabes? He descubierto que la felicidad se halla en mi cola, y por eso la persigo sin cesar.
--Vaya ¡qué casualidad! -dijo el gato negro-. También yo descubrí que la felicidad se halla en mi cola, por eso voy haciendo tan sólo lo que necesito hacer y ella viene detrás de mi todo el tiempo...

Blodidárec, un anciano que vivía en un monasterio de Bulgaria, recibió un día la visita de un hombre preocupado y descontento. Le contó que no conseguía guardar la calma durante los ejercicios de meditación y plegaria.
--Puedo enseñarte un método muy simple -le dijo Blodidárec-. Te tapas los oídos y piensa en rábanos.
--¿Antes o después de los ejercicios? -preguntó el hombre.
--!Durante los ejercicios, idiota¡ -dijo Blodidárec.

Para desarrollarnos como seres humanos, debemos contemplar mucho menos el "yo progresaré" que el "yo obstaculiza mi camino".

Unas cabras estaban pastando cuando vieron a un león a lo lejos. Unas pocas se alarmaron y corrieron hacia el líder de la manada en busca de su ayuda y su interpretación. El león se acercó, miró a las cabras y rugió.
--No hay por qué preocuparse -dijo el líder de las cabras- y puedo probarlo: ¡Vean que feo es el color de su piel!... y en cuanto a su balido, bueno... Se puede decir que no llegará a nada.

La gente piensa que piensa cosas, y también piensa que sabe cosas.
Sería útil que le prestaran atención a la cuestión de si saben lo que piensan, y piensan lo que saben.
Idries Sha

Cuando le preguntaron a Ardabali porqué nunca le agradecía a nadie los servicios prestados, dijo:
--Tal vez no lo creas, pero si yo les doy las gracias, se sentirán contentos y esto es lo mismo que si hubiesen sido pagados o recompensados por sus molestias. Si no se les agradece, hay aún una posibilidad de que en el futuro sean recompensados por sus servicios, y tal recompensa puede ser mucho mejor para ellos. Por ejemplo, puede llegar un momento en el que la necesiten realmente.

--No busquéis la trascendencia -dijo el sabio anciano-... limitaos a mirar y todo os será revelado!
--Pero ¿cómo hay que mirar?
--Siempre que miréis algo, tratad de ver lo que hay en ello, nada más.

Los jóvenes quedaron perplejos, de modo que el anciano lo puso más fácil:
--Por ejemplo, cuando miréis la Luna, tratad de ver la Luna y nada más.
--¿Y qué otra cosa que no sea la Luna puede uno ver cuando mira la Luna?
--Una persona hambrienta puede ver una bola de queso. Un enamorado, el rostro de su amada. El avaro, una fortuna enorme. Un fanático, a Dios sonriéndole...

--¿Qué debo hacer para llegar a la iluminación? -preguntó el discípulo.
--Nada -dijo el maestro.
--¿Cómo es eso...?
--La iluminación no es cuestión de hacer. La iluminación se produce.
--Entonces, ¿no puede alcanzarse nunca?
--Por supuesto que puede alcanzarse.
--¿Y cómo?
--No haciendo.
--¿Y qué hay que hacer para llegar a no hacer?
--¿Qué hay que hacer para dormirse o despertarse?

Un hombre se presentó ante un venerado maestro y le preguntó:
--Cuando medito invocando el nombre del Buda, presa del sueño, acabo por olvidar el ejercicio ¿cómo puedo vencer tal obstáculo?
--Es muy sencillo -le contestó el maestro-, invoca el nombre de Buda cuando estés despierto.

Usted perdone –le dijo un pez a otro– es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame, ¿dónde puedo encontrar eso que llaman océano? He estado buscando por todas partes sin resultado.
--¿El océano? –respondió el viejo pez–. Es donde estás ahora mismo.
--¿Esto? Pero si esto no es más que agua... Lo que yo busco es el océano –replicó el joven pez, totalmente decepcionado mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.

Un hombre famoso y renombrado por sus virtudes espirituales decía:
--Yo antes solía estar lleno de orgullo y vanidad pero desde que empecé a estudiar las enseñanzas orientales soy tan humilde que apenas podría usted creerlo. Ahora soy humildísimo.

Cuando llega el invierno, los árboles deben de suspirar de tristeza al ver como caen sus hojas.

Dicen:
--Jamás volveremos a ser como antes.
Claro que no. De otro modo, ¿cuál sería el sentido de la renovación? Las siguientes hojas tendrán su propia personalidad, pertenecerán a un nuevo verano que se acerca y que nunca podrá ser igual al que pasó.
Vivir es cambiar, y las estaciones nos repiten esta misma lección todos los años. Cambiar significa pasar por un período de depresión: todavía no conocemos lo nuevo y tenemos que olvidar todo aquello a lo que estábamos acostumbrados. Pero si tenemos un poco de paciencia, la primavera siempre llega y olvidaremos el invierno de nuestra desesperación.
Cambio y renovación son leyes de vida. Es bueno acostumbrarse a ellas y no sufrir por cosas que sólo existen para traernos alegrías.
Zhuang Zi

El anciano sabio decía a su discípulo:
--¡Oye! No te quedes ahí, como estúpido, contemplando todo el tiempo los problemas que hay en tu camino. Si lo haces, terminarán por hipnotizarte impidiéndote cualquier acción. ¡Oye! Tampoco permanezcas concentrado en tus propias cualidades, te fueron dadas para ser usadas, no para ser exhibidas.

Todas las preguntas que se suscitaron aquel día en la reunión pública estaban referidas a la vida más allá de la muerte.

El maestro se limitó a sonreír sin pronunciar una sola respuesta hasta acabar la reunión. Tiempo después, los discípulos le preguntaron por qué se había mostrado tan evasivo.

--¿No habéis observado que los que no saben qué hacer con esta vida son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente?
--Pero ¿hay vida después de la muerte o no la hay?–insistió de nuevo un discípulo.
--¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la cuestión!–replicó el maestro.

Todas las preguntas que se suscitaron aquel día en la reunión pública estaban referidas a la vida más allá de la muerte.

El maestro se limitó a sonreír sin pronunciar una sola respuesta hasta acabar la reunión. Tiempo después, los discípulos le preguntaron por qué se había mostrado tan evasivo.

--¿No habéis observado que los que no saben qué hacer con esta vida son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente?
--Pero ¿hay vida después de la muerte o no la hay?–insistió de nuevo un discípulo.
--¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la cuestión!–replicó el maestro.

Un estudiante acudió a Bankéi y le planteó su problema:
--Maestro, tengo una irascibilidad ingobernable ¿Cómo puedo curármela?
--Vaya... Tienes una cosa realmente extraña –respondió Bankéi–. Quisiera verla.
--Ahora mismo no puedo mostrársela –repuso el estudiante.
--Ya... ¿Y cuándo me la puedes mostrar? –preguntó Bankéi.
--Me viene de improviso.
--Entonces –concluyó Bankéi– no ha de ser de tu propia y verdadera naturaleza. Si lo fuera, podrías mostrármela en cualquier momento. Cuando naciste no la tenías y tus padres no te la dieron. Piénsalo bien.

Nasrudín comenzó a charlar con algunos amigos. Uno de ellos, de repente, le preguntó por su mujer:
--¡Ah, mi mujer! Se ha quedado en casa.
--¿A qué se dedica? –preguntó el otro.
Nasrudín se encogió de hombros y le dijo:
--Insignificancias, cosas sin importancia, pequeñas cosas sin trascendencia alguna. Se encarga de llevar a cabo las tareas del hogar, cuida de nuestros hijos y los ayuda a estudiar, va al mercado, hace reparaciones cuando son imprescindibles, como pintar la casa y arreglar lo que se rompe... Saca agua del pozo y riega la huerta, también atiende a su madre enferma y se hace cargo de la mía. A veces visita a su hermana y le ayuda con los niños... cosas así, pequeñas cosas sin trascendencia.
--¿Y tú que haces? –le preguntó otro de los reunidos.
--¡Ah amigos, yo soy verdaderamente importante, claro! Yo soy el que investiga si Dios existe.

Los discípulos buscaban la Iluminación, pero no sabían en que consistía ni cómo podía llegarse a ella. Preguntaron y el Maestro les dijo:
--No puede ser conquistada. No podéis apoderaros de ella.
Pero al ver el abatimiento de los discípulos, el Maestro añadió:
--No os aflijáis, tampoco podéis perderla.
Y esta es la fecha en que los discípulos andan buscando lo que ni puede ser perdido ni puede ser adquirido.

--¿Existe alguna forma de medir las propias fuerzas espirituales?
-- Muchas.
-- Dinos tan sólo una.
-- Tratad de averiguar con que frecuencia perdéis la calma a lo largo de un sólo día.

¿Hay algo que yo pueda hacer para llegar a la iluminación? –le preguntaba un discípulo a su maestro.
–Tan poco como lo que puedes hacer para que amanezca por las mañanas.
–Entonces, ¿para qué valen los ejercicios espirituales que tú mismo me recomiendas?
–Para estar seguro de que no estarás dormido cuando el sol comience a salir.

Durante un viaje, Buda encontró a un yogui apoyado en una sola pierna.
--Quemo los errores de mi pasado -explicó el hombre.
--¿Y cuántos errores has quemado ya?
--No tengo ni la menor idea...
--¿Y cuántos te falta quemar? -insistió Buda.
--No tengo la menor idea
--Entonces es hora de acabar con esto. Deja de pedir perdón a Dios y ve a pedir perdón a aquellos a quienes heriste.

Una vez dijo un sabio:
-- Debes esforzarte en ser paciente tanto con lo que quieres como con lo que no quieres, pues ambos te pondrán a prueba. Ejercita los dos tipos de paciencia y merece el nombre de 'ser humano'.

Un hombre fue al mercado y llegó a la tienda de Nasrudín. Había un pollo colgado.
–¿Cuánto pesa? -preguntó a Nasrudín.
–Verá... dos kilos y medio -contestó nuestro amigo.
–¿No tiene uno más grande? -volvió a preguntar el cliente.
–Voy a mirar -respondió Narsrudin.
Lo cierto es que Nasrudín sólo tenía aquel pollo pero no quería perder la venta. Así que se metió en la trastienda y al minuto volvió con el mismo pollo entre las manos, habiéndole dado la vuelta.
–Señor, éste otro pesa tres kilos -dijo Nasrudín.
–Muy bien -dijo el cliente satisfecho- ¡Póngame los dos!

Un buscador espiritual viajó a la India en su afán por encontrar a un verdadero iluminado. Viajó durante meses. Visitó desde los Himalayas, recorrió montañas, dunas, desiertos, ciudades y pueblos. Obtuvo mucha información y, por fin, halló en un lugar retirado y según todos los testimonios, un verdadero "hombre realizado".
El graznido de los cuervos rompía el silencio de una tarde apacible. El hombre se hallaba bajo un rododendro, en actitud meditativa. El visitante lo saludó cortésmente, se sentó a su lado y le preguntó:
--Antes de que usted hallase la realización, ¿se deprimía?
--Sí, claro, a veces -repuso tranquilamente el iluminado.
El buscador hizo una segunda pregunta:
--Dígame maestro, y ahora, después de su iluminación, ¿se deprime?
--Sí, claro, a veces. Pero ya ni me importa ni me incumbe.

El ser humano es una casa de huéspedes, una alegría.

 
Una depresión,

una maldad,

un despertar momentáneo,

aparece como un visitante inesperado.
Dales la bienvenida y hazlos pasar a todos.


Aún si se trata de una multitud de penas,

que arrasan tu casa vaciándola de sus muebles,

sin embargo,

trata a cada huésped honorablemente.
Puede estar despejándote

para una nueva delicia.


El pensamiento oscuro,

la vergüenza,

la maldad

recíbelos en la puerta riéndote,

invítalos a pasar.


Siente gratitud por quienquiera que venga,  porque cada uno ha sido enviado

cómo un guía del más allá.

Rumi

--¿Cómo puedo yo experimentar mi unidad con la creación?
--Observando y escuchando -respondió el Maestro.
--¿Y cómo he de escuchar?
--Siendo un oído que presta atención a la cosa más mínima que el universo nunca deja de decir. En el momento que oigas algo que tú mismo estás diciendo, detente. Ya no escuchas.

Había una vez un rey violento, ignorante e idólatra. También sufría una dolorosa locura. Un día juró a su ídolo personal por si le concedía satisfacer cierto deseo, él apresaría a las primeras tres personas que pasaran por su castillo y las obligaría a consagrarse de por vida al culto del ídolo.
Naturalmente, el deseo del rey se cumplió. Enseguida envió soldados a la carretera para que le llevaran a las tres primeras personas que encontraran.
Las tres personas fueron un erudito, un santo descendiente de una antigua línea de santos y una prostituta.
Cuando los arrojaron a los pies del ídolo, el rey les contó su voto y les ordenó que se doblegaran ante la imagen.
El erudito dijo:
--Esta situación cae, sin duda, dentro de la doctrina de “fuerza mayor”. Hay numerosos precedentes que permiten que uno parezca estar de acuerdo con una costumbre si se le obliga a ello, sin que exista culpabilidad real de tipo legal o moral.
Así que le hizo una profunda reverencia al ídolo. El santo, cuando llegó su turno, dijo:
--Como persona especialmente protegida por cuyas venas corre la sangre de tantos santos, mis propias acciones purifican todo lo que hago. Por tanto, nada impide que actúe como me pide este hombre.
Y se inclinó ante el ídolo.
La prostituta dijo:
--¡Ay de mí! Yo no tengo ni formación intelectual ni prerrogativas especiales. Por eso me temo que, me hagas lo que me hagas mi rey, no puedo adorar a este ídolo ni siguiera de forma fingida.
Antes esta respuesta, la enfermedad del rey loco desapareció súbitamente. Como por arte de magia se dio cuenta del engaño de los dos adoradores de la imagen. Mandó decapitar al erudito y al santo, y liberó a la prostituta.

Un pez oyó hablar a unos hombres de una substancia milagrosa llamada "agua". El pez se quedó tan intrigado que reunió a varios amigos peces y les anunció solemnemente que se iba a buscar esta maravillosa substancia. Los amigos le ofrecieron una ceremonia adecuada y le despidieron.

Mucho después de que lo hubieron dado por perdido en su peligroso viaje, el pez llegó de regreso viejo, cansado y deshecho. Los amigos se apresuraron a darle la bienvenida y le preguntaron ansiosos:
--¿Lo encontraste? ¿Hallaste la substancia milagrosa?
--Si –respondió el pez–. Pero no os creerías lo que he descubierto.
Acto seguido, el viejo pez se alejó despacio.
 

--¿Cómo alcanzaré la vida eterna? -le preguntaron a un sabio.
--Ya es la vida eterna. Entra en el presente.
--Pero si ya estoy en el presente... ¿o no?
--No.
--¿Por qué no?
-- Porque no has renunciado al pasado.
--¿Y por qué iba a renunciar a mi pasado? No todo el pasado es malo...
--No hay que renunciar al pasado porque sea malo, sino porque está muerto.
Una vez llegaron cinco viajeros a las puertas del Cielo.
-- ¿Quiénes sois? -preguntó el guardián.
-- Yo soy la Religión -dijo el primero
-- Yo la Juventud.
-- Yo soy la Comprensión -dijo otro
-- Yo soy la Inteligencia.
El último dijo:
--Yo soy la Sabiduría.

Entonces el guardián del Cielo pidió a los viajeros que se identificaran.
La Religión se arrodilló y rezó. La Juventud rió y cantó. La Comprensión se sentó y escuchó. La Inteligencia analizó y opinó. Por último la Sabiduría contó un cuento.
Le dijo el sabio al hombre de negocios:
--Del mismo modo que el pez perece en tierra firme, así también tú mueres cuando te dejas enredar en el mundo. El pez necesita volver al agua... y tu necesitas volver a la soledad.
El hombre de negocios no salía de su asombro.
--¿Debo, pues, renunciar a mis negocios e ingresar en un monasterio?
--No, nada de eso. Sigue con tus negocios y además entra en tu corazón.
Cuando seas inspirado por una gran meta, un extraordinario proyecto, todos tus pensamientos extrapolan sus límites, tu mente transciende limitaciones, tu consciencia se expande en todas direcciones y te encontrarás en un mundo nuevo, grande y maravilloso. Fuerzas adormecidas, facultades y talentos se manifiestan, y descubres que eres una persona mucho más grande de lo que tú jamás has pensado ser.
Pantajali

El Amor es el medio por el que
los mensajeros del misterio
nos dicen las cosas.
El Amor es la madre,
somos sus hijos.
Brilla en nuestro interior,
visible-invisible, cuando creemos o dejamos de creer,
O sentimos que empieza a crecer de nuevo.
Rumi
El conquistador del amor
es aquél a quien el amor conquista.
Aplícate, con pies y manos, a la búsqueda,
pero cuando llegues al mar, deja de hablar del río

Eres esclavo de fama y vergüenza,
¿Qué es la eternidad para ti?

Una miríada de obstáculos están en tu camino,
tu coraje vacila y se acaba.
Toda tu charla es un mero juego de palabras
mientras sigas en la trampa.

Eres un recién llegado a la existencia
deja de hablar de eternidad
cuando aun no diferencias tu cabeza de tus pies.

No hay dualidad en el mundo del amor,
¿Qué es toda esa charla de "tu" y de "yo"?
¿Cómo puedes llenar una taza que ya está llena?

Tráete todo entero a esta puerta,
si traes sólo una parte no habrás traído nada.

De El jardín amurallado de la verdad, pág. 52.53, Hakim Sanai
Un hombre vio una vez a un zorro inválido que tenía buena presencia y se preguntó cómo se las arreglaría para estar tan bien alimentado. Decidió observar y descubrió que el zorro se había instalado cerca de un lugar donde un león traía su presa. Después de comer, el león se alejaba, y el zorro comía los restos. De modo que el hombre decidió dejar que el destino le sirviera a él de la misma manera.
Se sentó en la calle y esperó. Todo lo que sucedió fue que se volvió cada vez más débil y hambriento, y nada ni nadie se interesaba por él.
A su debido tiempo, una voz le dijo:
--¿Por qué tienes que comportarte como un zorro inválido? ¿Por qué no deberías ser un león, así los demás podrían beneficiarse de lo que dejas?
Un hombre rico decidió visitar a un santo para obtener su bendición. Realizó un largo viaje acompañado por una deslumbrante comitiva y al fin llegó al hogar del sabio.
--¡Oh, Iluminado! -exclamó el hombre rico al estar en presencia del sabio -¡Maestro cuyas invocaciones obtienen siempre respuesta, di una oración por mí.
--¿Qué oración quieres que realice?  -preguntó el santo.
--Pide que nunca caiga en un estado inferior al que me encuentro ahora.
El sabio estuvo de acuerdo y efectuó la oración. Bueno. Algunos años más tarde, el santo entró en un miserable mercado y encontró a un mendigo, vestido con harapos, que le atacó cuando le vio.
--¡Yo soy aquel magnate por quien tú rezaste, falso y villano supuesto santo! -gritó el mendigo.
El sabio dijo:
--¿Cuál es con exactitud tu queja?
--¿Queja? ¡Mírame, pidiendo limosna e infeliz...!
--La oración ciertamente obtuvo respuesta. Tu estado era codicia e inseguridad, y aún te encuentras fuertemente atrapado en sus garras.
¿Hay algo que yo pueda hacer para llegar a la iluminación? –le preguntaba un discípulo a su maestro.
–Tan poco como lo que puedes hacer para que amanezca por las mañanas.
–Entonces, ¿para qué valen los ejercicios espirituales que tú mismo me recomiendas?
–Para estar seguro de que no estarás dormido cuando el sol comience a salir.

Hoy, como cualquier otro día, nos despertamos vacíos y asustados.
No abras la puerta del estudio y empieces a leer.
Coge un instrumento musical.
Deja que la belleza de lo que amamos sea lo que hacemos.
Hay cientos de formas de arrodillarse y besar el cielo.

Rumi

Sepultura espacial. Pensó en las estelas de aquel día azul sobre el océano, dos años atrás si es que era entonces cuando había ocurrido; cómo los motores se desprendieron para colgar aquella terrible. Y en el aire inmóvil. El vapor se mantuvo intacto durante algún tiempo, con los astronautas precipitándose al mar pero también todavía allá arriba, enterrados en un humo congelado, y permaneció tendido en la noche viendo el profundo firmamento del Atlántico y pensando que aquella muerte era vertiginosa y limpia, algo exaltado, una transmutación del cuerpo atribulado en vapor y llamas, allá arriba, sobre el mundo, como un monograma, la Y de young, de morir joven.
No estaba seguro de que la gente quisiera ver eso. De que quisiera ver cómo fallan los sistemas o el sufrimiento humano. Pero la belleza, la elevada fe del espacio, ¿cómo podían tales cualidades estar vinculadas con la muerte? Siete hombres y mujeres. Su belleza y la nuestra, reveladas en una misión fracasada que no habíamos visto a lo largo de un centenar de triunfos. La apoteosis. Si, eran como dioses, transformados por aquellas estelas de pluma de cisne en la única clase de dioses que estaba dispuesto a reconocer, poéticos y efímeros. Halló aquella experiencia aún más profunda que la del primer paseo lunar. Aquello había sido emocionante pero también un poco walkie-talkie, con movimientos fantasmales, que parecían computarizados, y nunca había sido capaz de liberarse de las sospechas de la elite paranoica, de los viejos y encanecidos gurkas del cuerpo, de que el asunto había sido un montaje escenificado en un rancho cerca de Las Vegas.

Don DeLillo
En “Submundo”, pg. 196, Circe Ediciones, Barcelona, 2000.

Sorprendió mucho a Chip la similitud que percibía, en términos generales, entre el mercado negro de Lituania y el mercado libre de los Estados Unidos. En ambos países, la riqueza se concentraba en manos de unos pocos; se había desvanecido toda distinción significativa entre el sector público y el privado; los capitanes de industria vivían en un estado de permanente ansiedad que los empujaba a la despiadada expansión de sus imperios; los ciudadanos de a pie vivían en la permanente inquietud de perder sus trabajos y en la permanente confusión en cuanto a qué poderosos intereses privados eran dueños, en un momento dado, de qué antiguas instituciones públicas; y el principal carburante de la economía era la insaciable demanda de lujo por parte de las élites. (En Vilnius, hacia noviembre de aquél pésimo otoño, cinco delincuentes de la oligarquía, ellos solos, daban empleo a miles de carpinteros, albañiles, artesanos, cocineros, prostitutas, encargados de bar, mecánicos y guardaespaldas.) La principal diferencia entre Lituania y los Estados Unidos, en lo que a Chip se le alcanzaba, era que en Norteamérica los pocos ricos sojuzgaban a los muchos no ricos por medio de diversiones y cachivaches y productos farmacéuticos capaces de embotar la mente y matar el alma, mientras que en Lituania los pocos ricos sojuzgaban a los muchos pobres mediante amenazas de violencia.
Le reconfortaba el foucaltiano corazón, en cierto modo, vivir en un país donde la propiedad de las cosas y el discurso público dependían, a ojos vistas, de quien poseyera las armas.

Jonathan Franzen
En “Las correcciones”, pg. 576, Editorial Seix Barral, Barcelona, 2002.

Porque yo creo que finalmente la cantidad redunda en calidad.
¿Cómo?
Los billones de bocetos de Miguel Ángel, de Da Vinci, de Tintoretto –lo cuantitativo– los prepararon para lo cualitativo, bocetos únicos de línea más honda, retratos únicos, paisajes únicos de dominio y belleza increíbles.
El gran cirujano disecciona y vuelve a diseccionar mil, diez mil, cuerpos, tejidos, órganos, preparando así por la cantidad el momento en que lo importante sea la calidad: aquel en que tenga bajo el cuchillo una criatura viva.
El atleta llega a correr diez mil kilómetros para prepararse para los cien metros.
La cantidad da experiencia. Solo de la experiencia puede surgir la calidad.
Todas las artes, grandes y pequeñas, son la eliminación del exceso de movimiento en favor de la declaración concisa.
El artista aprende a omitir.
El cirujano sabe ir directamente a la fuente del problema, evitar pérdidas de tiempo y complicaciones.
El atleta aprende a conservar la energía y aplicarla en cada momento en un lugar distinto, a utilizar un músculo y no otro.
¿Es diferente el escritor? Creo que no.
A menudo su arte estará en lo que no dice, lo que omite, en la habilidad para exponer simplemente con emoción clara, y llevarlo a donde quiere llegar.
El trabajo del artista es tan largo, tan arduo, que un cerebro que vive por su cuenta acaba desarrollándose en los dedos.

Ray Bradbury
En “Zen en el arte de escribir”, Pg.117, Ediciones Minotauro, Barcelona, 1995.

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS


-¿Qué estamos esperando reunidos en el foro?

Es que los bárbaros llegan hoy.

¿Por qué tanta inacción en el senado?
¿Por qué los senadores no legislan?

Porque los bárbaros llegan hoy.
¿Qué leyes van a dictar los senadores?
Los bárbaros, cuando lleguen, harán las leyes.

¿Por qué nuestro emperador se levantó tan temprano,
y en la puerta mayor de la ciudad espera sentado
en su trono, solemne y coronado?

Porque los bárbaros llegan hoy
y el emperador se dispone a recibir
a su jefe. Incluso ha hecho preparar
un pergamino para entregárselo,
y puesto allí muchos títulos y epítetos.

¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores han salido hoy
con rojas togas recamadas?
¿Por qué se han puesto brazaletes cuajados de amatistas
y sortijas de resplandecientes y destellantes esmeraldas?
¿Por qué llevan hoy preciosos bastones
exquisitamente cincelados en plata y oro?

Porque los bárbaros llegan hoy
y cosas como éstas deslumbran a los bárbaros.

¿Por qué nuestros hábiles oradores no acuden como siempre
a pronunciar sus discursos, a decir sus cosas?

Porque los bárbaros llegan hoy
y a ellos los aburren la retórica y las alocuciones.

¿Por qué han comenzado esa inquietud
y esa confusión? (¡Qué serias se han vuelto las caras!)
¿Por qué se están vaciando las calles y las plazas tan rápidamente
y todos regresan a sus casas tan desanimados?

Porque ya es de noche y los bárbaros no han llegado.
Y algunos recién venidos de la frontera
dicen que ya no existen bárbaros.

¿Y qué vamos a hacer sin bárbaros?
Esa gente era una especie de solución.

Constantino Cavafis
En “Cien poemas”, Traducción Francisco Rivera, pg. 35, Monte Avila Editores, Caracas, 1978.

A los 21 años, uno hace un pacto fáustico consigo mismo: la compañía para la que trabajas tiene permiso para quitarte de 7 a 10 años de tu vida, pero a los 30 tienes que abandonar la compañía; si no lo haces, es que te pasa algo RARO.
El sistema tecnológico se alimenta de chicos brillantes y asociales procedentes de familias divorciadas con padres muy comprometidos con la educación pública. ESTAMOS en una nueva industria; en ella no hay muchas personas mayores. Estamos en la vanguardia de una prolongación de la adolescencia.
Como acostumbra a pasar con la gente de Microsoft, he trabajado como un loco durante mis veinte años, a los treinta me he dado contra la pared y me he quedado *APLASTADO*.
Pero piensa el modo en que las culturas de alta tecnología prolongan deliberadamente la adolescencia de sus empleados hasta los veintimuchos, cuando no hasta los treinta y pocos. ¡Me refiero a todos esos JUGUETES NERF y BEBIDAS GRATIS! Y al modo en que las empresas tecnológicas ni siquiera llaman a su trabajo “la oficina”, sino “el campus”.
Es enfermizo y perverso. Por lo menos, en California NO trabajáis en un campus.
Cuando tienes 30 años empieza “el cierre”… te das cuenta de que no va a durar siempre… el juego se convierte en algo mucho más serio. La gente se compromete más con su trabajo.
Enigma: no puedo imaginarme sin estar dedicado por completo a un trabajo… el 100% de mi… pero si lo HAGO, nunca tendré “una vida propia” (sea lo que sea eso). El problema es, quien quiere tener un trabajo que no pueda absorberlo en un 100%??
TE DAS CUENTA?

Douglas Coupland
En “Microsiervos”, pg. 387, Edicones B, Barcelona, 1996.

En 1995, en un Encuentro de Escritores Indígenas de América, en la ciudad de Tlaxcala (México), a mi hermano maya Jorge Cocom Pech le comenté de mis reflexiones y le manifesté mi necesidad de saber su opinión. Le dije que había llegado a la transitoria conclusión de que yo era un “oralitor”, porque me parecía que mi escritura transcurría al lado de la oralidad de mi gente, de mis mayores (en el respeto hacia ellos, hacia ellas: a su pensamiento), no en el mero artificio de la palabra. Le dije que, además, mi escritura se sostenía en la memoria de mi infancia en la comunidad de Kechurewe, es decir, en la vivencia de mis conversaciones con los árboles, los bosques, los esteros, los pájaros y las nubes; en mi vivencia de los rituales cotidianos a orillas del fogón de mis abuelos y de mis padres; en mi vivencia de los grandes rituales como el Gillatun (rogativa de agradecimiento y petición). En mi vivencia de la palabra Azul. De otro modo, le dije que mi “oralitura” –en lo atingente al mundo de lo nombrado– habla a partir de lo que conozco y puedo reconocer en cualquier lugar que esté: como el aroma de las flores y de las hierbas y plantas medicinales de nuestras montañas. De allí también mi permanente y profundo agradecimiento por la maravillosa revelación de lo innombrado que media entre la oralidad (su verbalización y el misterioso sonido del silencio) y la escritura. Convinimos que nuestra ritualidad ante la escritura, sin la intención de calificar, es diferente. El elemento esencial es que partimos desde visiones de mundo distintas (en ningún caso excluyentes) y de una relación también distinta con lo que es el libro como cuerpo y objetivo primordial.

Elicura Chihuailaf
En: “Palabras mayores, palabras vivas” de Miguel Rocha Vivas; pg, 43, Fundación Gilberto Alzate Avendaño, Bogotá, 2010.

Una particularidad del chamanismo americano es el empleo de plantas alucinógenas para inducir el trance, las visiones y el vuelo del alma. Entre ellas tenemos la mescalina del peyote (Lophophora williamsii) y los hongos (Conocybe, Panaeolus, Psylocybe) de Centroamérica, el humo del tabaco en rituales de purificación y sanación en toda la región, el mambeo de coca –las hojas mascadas con polvo de caracoles en poporos– en la región andina, el rapé del yopo o cohoba (Anadenanthera peregrina) aspirado en la Orinoquia mediante utensilios especiales, la ayahuasca o yagé (Banisterosis caapi, B. inebrians) y la ucuba (Virola surinamensis) en la Amazonia, el floripondio, borrachero o haucacachu (Brugmansia Aurea) en el sur de Colombia, la huilca (Anadenanthera colubrina) en Chile. El yagé es el psicotrópico más difundido en el noroeste de Suramérica y es considerado un medio “para liberar el alma de su confinamiento corporal para que viaje libremente fuera del cuerpo y regrese a él a voluntad. El alma, así liberada, lleva a su poseedor de las realidades de la vida cotidiana a un reino maravilloso que considera real, en el que él permite comunicarse con sus antepasados”
Dentro de la parafernalia del chamán se incluye el vestuario, la pintura corporal, instrumentos musicales (tambores en Siberia, maracas y flautas en la Amazonia) y sonajeros para llamar a los espíritus, rocas, pequeñas piedras especiales que pueden ser recipientes de espíritus, plantas y animales (felinos, murciélagos, águilas, plumas de aves) cuyas propiedades ayudan al chamán a concentrar energías. Durante las danzas de máscaras emplean representaciones de seres híbridos, el hombre murciélago entre la cultura Tumaco-La Tolita y en la Sierra Nevada de Santa Marta, la serpiente-saurio en San Agustín, figuras votivas en el mundo muisca que encarnan oposiciones binarias del pensamiento dual.

José Vicente Rodríguez Cuenca
En “Territorio ancestral, rituales funerarios y chamanismo en Palmira prehispánica, Valle del Cauca”, pg. 15, Edición de la Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2007.

Las imágenes humanas en la estatuaria del Macizo Colombiano constituyen, en última instancia, un conjunto de representaciones chamanísticas centradas en el tema de la transformación y su elemento esencial, la fertilidad. En la enorme variedad simbólica y representativa de la estatuaria surge con toda claridad la figura del chamán con distintos atributos que a la vez son símbolos, adornado en muchos casos con brazaletes, collares, orejeras, narigueras, diademas, tocados, y vestido con taparrabos, faldas, fajas, lazos y otros efectos de indumentaria. Son sin duda chamanes las estatuas principales de hombres y mujeres de los montículos y muchas de las estatuas independientes. El chamán, escribió Reichel, “oficia en los rituales del ciclo vital y se ocupa activamente en la cura de enfermedades”. Interviene directamente en los asuntos relativos a la caza, la pesca y la recolección y en muchos otros aspectos económicos. “Por ejemplo”, continúa Reichel, “el chamán controla personalmente la cantidad y concentración del veneno empleado para pescar en determinada parte del río; fija el número de animales que deben matarse cuando se anuncia la presencia de una manada de saínos; decide la estrategia apropiada para la recolección de frutos silvestres; determina cuáles peces deben volverse al agua después de una redada y, ocasionalmente, puede aun prohibir totalmente dar muerte a ciertos animales en un área circunscrita de la selva”. Pero ante todo, “el chamán es un mediador entre este mundo y el mundo sobrenatural”, y está estrechamente vinculado con todo cuanto se relaciona con la fertilidad. “En muchas sociedades, antiguas y actuales”, anota Reichel, “el chamán tiene un carácter fálico o andrógino y personifica las energías procreativas de la naturaleza… La imagen fálica del chamán es también la razón por la cual se le asocia comúnmente con aquellos animales a los cuáles se atribuye gran potencia sexual, expresada por ciertos rasgos morfológicos, anatómicos o por características de comportamiento”. En el caso del Macizo Colombiano, sin duda, el animal directamente vinculado con la figura del chamán fue el mono, por las características y rasgos ya anotados. La forma fálica, la forma del mono y la forma del chamán se funden en una sola figura en la estatuaria.

Efraín Sánchez
En “El mundo del arte en San Agustín”, pg. 175, Villegas Editores, Bogotá, 2011.

Cerré los ojos. “Además –pensé–, descansa y pórtate bien. No tienes que demostrar nada.” De pronto, oí en el viento un bello alarido entrecortado, de una extraña intensidad musical y mística. Miré hacia arriba. Era Japhy, de pie en lo más alto del Matterhorn, dejando oír su canto de júbilo, su canto de conquistador, de triunfante Buda desbaratador de montañas. Era hermoso. Y era cómico también, en aquellas alturas, en aquella no tan cómica cumbre de California, en medio de aquella rauda niebla. Pero yo tenía que reconocer todo aquello, el coraje, la resistencia, el sudor y este insensato clamor humano: crema batida en lo alto de un helado. No tuve, sin embargo, la fuerza suficiente para contestar el alarido. Japhy anduvo de un lado a otro en la cumbre; desapareció de la vista para investigar el pequeño terreno llano que, según dijo, había unos cuantos metros al oeste y, a poco, repitió su alarido. ¿A quién? Podía ser a los pisos de aserrín de Virginia City, para lo que a mí me importaba. Todo era una locura. Le oí que me gritaba, pero yo me acurruqué todavía más, tembloroso, en mi rincón protector. Miré hacia abajo, a la laguna junto a la que Morley, tendido boca arriba y con una hierba en la boca, nos esperaba, y dije en alta voz:
–Bien, he aquí el karma de esos tres hombres: Japhy Ryder se lanza hacia la cumbre y triunfa en el empeño. Yo casi triunfo, pero abandono finalmente la empresa para acurrucarme en un agujero. Pero el más listo de los tres es ese poeta de poetas que, tendido boca arriba, en contemplación del cielo con una rodilla sobre otra, mastica una flor, en deliciosa ensoñación junto a deliciosa plage. ¡Voto a tal, nunca más me traerán aquí arriba!

Jack Kerouac
En “Los vagabundos del dharma”, pg. 80, Editorial Losada, Buenos Aires, 1969.

El puente de Tientsin
Al salir de la audiencia imperial, los altos dignatarios
se dispersan en la capital.
Sus cabalgaduras van y vienen, semejantes a dragones,
todos los caballos están envueltos en una caparazón de oro y seda,
los transeúntes les ceden el paso y ni siquiera osan respirar al cruzarse con ellos.
Su orgullo es más alto que la cumbre del Songchan.
Vuelven los magistrados a sus altas y vastas mansiones
donde los guisos raros exhalan un delicioso vaho.
Pasa una brisa fragante, las hermosas bailan la danza de Chao,
las cuerdas armonizan con los cantos de Tshi.
……….
Los placeres no cesan de día ni de noche.
Todos creen haber pasado ya mil otoños.
El que triunfa en la vida pública y no quiere dejarla
arriesgará el infortunio y conocerá días amargos.
……….
¿Cómo no imitar a Che Yi-sen
quien, con los cabellos esparcidos en la frente,
navegaba en su raudo esquife?
Li Po
En “Poemas de Li Po”, Pg. 59, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1962.

Ella continuó mirándolo a la luz del crepúsculo, con aire de pálida autoridad, como alguien conscientemente elegido para un gran destino.
–Tengo complicaciones –dijo.
Ethan sabía que la palabra era de excepcional importancia. Casi todo el mundo, en la vecindad, sufría de dolencias bien localizadas y específicas; pero solo los elegidos tenían “complicaciones”. Constituían de por sí una señal de distinción, si bien en muchos casos equivalía además a un certificado de defunción. La gente luchaba durante años con sus dolencias, pero casi siempre caía víctima de “complicaciones”.
El corazón de Ethan oscilaba entre los dos extremos del sentimiento, pero momentáneamente se impuso la compasión. Su mujer parecía tan adusta y solitaria, sentada en la oscuridad, acompañada de tales pensamientos.
–¿Es eso lo que te ha dicho el nuevo médico?– preguntando, bajando instintivamente la voz.
–Si. Dice que cualquier otro médico me aconsejaría operarme.
Ethan sabía que, en lo referente a la importante cuestión de las intervenciones quirúrgicas, la opinión femenina de la vecindad se encontraba dividida: algunas se vanagloriaban del prestigio conferido por las operaciones, mientras otras las rehuían como poco delicadas. Por motivos económicos, Ethan se había complacido siempre en que Zeena perteneciera a esta última facción.

Edith Wharton
En “Ethan Frome”, pg. 85, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1978.

Ahora la brisa era fresca y navegaba bien. Vigilaba solo la parte delantera del pez y empezó a recobrar parte de su esperanza.
Es idiota no abrigar esperanzas. Pensó. Además, creo que es un pecado. No pienses en el pecado, se dijo. Hay bastantes problemas ahora sin el pecado. Además, yo no entiendo de eso.
No lo entiendo y no estoy seguro de creer en el pecado. Quizá haya sido un pecado matar al pez. Supongo que sí, aunque lo hice para vivir y dar de comer a mucha gente. Pero entonces todo es pecado. No pienses en el pecado. Es demasiado tarde para eso y hay gente a la que se paga por hacerlo. Deja que ellos piensen en el pecado. Tú naciste para ser pescador y el pez nació para ser pez. San Pablo era pescador, lo mismo que el padre del gran Di Maggio.
Pero le gustaba pensar en todas las cosas en que se hallaba envuelto, y puesto que no había nada que leer y no tenía un aparato de radio, pensaba mucho y seguía pensando acerca del pecado. No has matado al pez únicamente para seguir vivo y venderlo para comer, se dijo. Lo mataste por orgullo y porque eres pescador. Lo amabas cuando estaba vivo y lo amabas después. Si lo amas, no es pecado matarlo. ¿O será más que pecado?
–Piensas demasiado, viejo– dijo en voz alta.

Ernest Hemingway
En “El viejo y el mar” pg. 78, Casa Editorial El Tiempo, Bogotá, 2004.

Eran la gente más alta, de mejor constitución y más hermosa que había visto en toda mi vida y las primeras personas verdaderamente felices y alegres que había conocido en África. Finalmente, cuando comenzamos a alejarnos, echaron a correr junto al coche, sonriendo unos, riendo otros y todos ellos mostrando con qué facilidad podían correr, y, luego, cuando el coche comenzó a aumentar de velocidad, subiendo el suave declive de un arroyo, se convirtió en una prueba deportiva y uno tras otro abandonaron la carrera, agitando los brazos y sonriendo cuando dejaban de correr, hasta que solo quedaron dos, los mejores corredores del grupo, que continuaron corriendo todavía junto a nosotros, manteniendo fácilmente la marcha del coche mientras avanzaban a grandes zancadas, suavemente, con soltura y orgullo. Además de correr a una velocidad bastante extraordinaria, llevaban en la mano sus lanzas. Luego tuvimos que torcer a la derecha y dejar a un lado la suavidad verde de la cuenca del arroyo y penetrar en un prado ondulado y, al tiempo que disminuíamos la velocidad, subiendo en primera, el grupo completo volvió a acercarse, riendo y tratando de parecer sin resuello. Atravesamos un grupito de matorrales y un conejo salió de entre los arbustos, zigzagueando salvajemente y todos los masai corrían ahora detrás de nosotros en un sprint enloquecido. Atraparon el conejo y el corredor más alto se acercó con él al coche y me lo entregó. Lo sostuve y podía oír los fuertes latidos de su corazón a través de su suave, caliente y peludo cuerpo, y, mientras le acariciaba, el masai me dio un golpecito en el brazo. Cogiendo el conejo por las orejas, se lo devolví. No, no, era mío. Era un regalo.

Ernest Hemingway
En “Las verdes colinas de África” pg. 219, Luis de Cavalt Editor, Barcelona, 1964.

–La música es una amante exigente. No puedes abandonarla cuatro años. Cuando quieres volver junto a ella, ha huido. ¿En qué está pensando? –preguntó al ver que Lucile lo miraba fijamente.
–Pienso… que no se debería sacrificar así al individuo. Me refiero a todos nosotros. ¡Nos lo han quitado todo! El amor, la familia… ¡No es justo!
–Ya, señora Angellier… Pero ése es el principal problema de nuestro tiempo, individuo o comunidad, porque la guerra es la obra común por excelencia, ¿no le parece? Nosotros, los alemanes, creemos en el espíritu de la comunidad, en el mismo sentido en que se dice que entre las abejas existe el “espíritu de la colmena”. Se lo debemos todo: néctares, luces, aromas, mieles… Pero ésos son asuntos demasiado serios. ¡Escuche, voy a tocarle una sonata de Scarlatti! ¿La conoce?
–¡No, creo que no!
Entretanto, Lucile pensaba: “¿Individuo o comunidad? ¡Ay, Dios mío! Eso no es nuevo, los alemanes no han inventado nada. Nuestros dos millones de muertos en la otra guerra también se sacrificaron por el “espíritu de la colmena”. Murieron y veinticinco años después… ¡Qué mentira! ¡Qué fatuidad! Hay leyes que rigen el destino de las colmenas y los pueblos, ¡y ya está! Seguramente, el espíritu del pueblo está gobernado por leyes que se nos escapan, o por caprichos que ignoramos. Pobre mundo, tan hermoso y tan absurdo… Pero si algo hay seguro es que dentro de cinco, diez o veinte años, este problema, que, según él, es el de nuestro tiempo, habrá dejado de existir, habrá cedido el sitio a otros… Mientras que esta música, ese repiqueteo de la lluvia en los cristales, esos ruidosos y fúnebres crujidos del cedro del jardín de enfrente, esta hora tan maravillosa, tan extraña en mitad de la guerra, esto, todo esto no cambiará… Es eterno…”

Irène Némirovsky
En: “Suite Francesa”, pg. 329, Ediciones Salamandra, Barcelona, 2007.
[Muy recomendada!]

–¿Es verdad que viste al príncipe Nelrode horas antes de que lo mataran? ¿Es cierto, camarada? –me preguntó con avidez, inclinada hacia mí.
–Así es.
Siguió interrogándome con voz ahogada. Sus ojos verdes brillaban con un fulgor salvaje. Me escuchaba en silencio, pero yo le leía el pensamiento en la mirada.
Le dije que había oído la conversación entre el príncipe y el ministro.
Entonces se acercó más y me observó fijamente.
–¿Cómo? –dijo al fin, y volvió a callar, al parecer sin encontrar palabras para expresar su horror–. ¿Qué dijeron?
Se apartó con gesto nervioso. En esos momentos, la niebla era tan densa que, la cara de Fanny pareció medio disolverse en ella. Sólo oía su voz, que temblaba de odio y pasión. En cuanto a mí, estaba cansado e irritado. Ella insistía en que le respondiera. Declaré que en mi opinión habían dicho algunas cosas acertadas y muchas tonterías. Pero comprendía que era inútil explicarle que aquellos dos hombres de Estado, temidos y odiados, con sus errores, su inconsciencia y sus sueños, me habían parecido seres humanos limitados y miserables, como cualquier otro, incluido yo. Fanny habría buscado en mis palabras un significado oscuro y oculto del que carecían.

Irène Némirovsky
En: “El caso Kurílov”, pg. 93, Ediciones Salamandra, Barcelona, 2010.

Los trazos de la canción bebe a la vez del estímulo y la opresión de esas ideas. Chatwin encontró en el mito aborigen de la Creación una imagen incandescente, de amplias consecuencias en lo que sugiere y que actuó como vehículo de sus inquietudes. Su exposición del mito es gráfica. En el Tiempo de los Sueños, el equivalente aborigen del periodo que abarcan los primeros dos capítulos del Génesis –tiempo, o no tiempo, en el que todo fue concebido y creado por primera vez– las formas minerales, las especies animales y la variada vegetación de Australia son conjuradas a la existencia por medio de la canción. Seres legendarios conocidos como los Ancestros se hicieron a sí mismos de arcilla y comenzaron a errar por el continente. Mientras erraban, anunciaban a gritos “el nombre de todo aquello con lo que se cruzaban en su senda: pájaros, animales, plantas, rocas, charcas”, engendraron la tierra cantándola. Al hacerlo, dejaron estelas invisibles de palabras y notas musicales, “unos espaguetis de Ilíadas y Odiseas que se retorcían en todas direcciones”, en los que se cantan alabanzas a los rasgos más notables del paisaje como lugares sagrados, constantemente vueltos a crear en el ritual y la canción aborígenes. “Australia entera puede leerse como una partitura musical.”
Susannah Clapp
En: “Con Chatwin. Retrato de un escritor”, pg. 241, Muchnik Editores, Barcelona, 1997.

–Parecés una jaulita de mimbre– le dijo Eladio a Josefina, desnuda de la cintura para arriba, parecía en efecto una jaulita de mimbre. El retumbe de su corazón a duras penas llegaba a los oídos del médico anciano que se concentraba, dureza y afecto, en escuchar un sonido que poco a poco se iba convirtiendo en algo menos que un ruido y poco más que un recuerdo. El estetoscopio brillaba tremendamente conciso y mineral, uniendo en la penumbra del cuarto a dos vidas que iban ganando ya con rapidez la orilla oscura de la muerte.
–¿Todavía se oye algo, vos?– preguntó la anciana con humor transparente.
–Ahí, entre polvo y telarañas, como que todavía estás viva, vieja.
Eladio había abandonado casi por completo la pomposa terminología médica. Decenios de práctica lo habían purificado en su profesión, lavando todo lo que en ella había de vano y accesorio y no dejando más que una veta pura de su oficio. Ahora, al final de su vida, el lenguaje con el que explicaba los males a sus pacientes, que no era por cierto diferente de cómo se los explicaba a sí mismo, había adquirido una resonancia cercana a la poesía. Tal vez sea cierto que todos los oficios, pasando por el punto en que la vanidad o la codicia enturbian la verdad de esas cosas, empiezan a acercarse y a ser una sola palpitación que ni siquiera necesita nombre.

Tomás González
En “Para antes del olvido”, pg. 99, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2003.

ÚLTIMO POEMA
SOBRE LAS FORMAS DEL AGUA

A la izquierda hay una casa donde tienen papagayos.
Por todas partes se oye el río.
Llega uno al camino colonial de piedra, y sube.
En los vallados hay helechos;
detrás de los vallados, cafetales y, a veces,
piedras grandes sobre las que se extienden las pitahayas.
Se acaba el camino ancho y sigue
el camino estrecho, que bordea, a la derecha,
pastizales también con piedras grandes
y, a la izquierda, cafetales escarpados que
parecen a veces matorrales, monte espeso.
El sonido del río es cada vez más fuerte.
Baja el camino y llega al puente de tablas
que, sobre el pequeño torrente,
une el verdor entre las dos vertientes.
Este es el fondo.
A cada una de las piedras la golpea el agua,
y cada una, piedra y agua, fluyen juntas
y forman esa forma que no tiene nombre,
pues es justo ahí donde se acaban las palabras.

Tomás González
En: “Manglares”, pg. 183, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2006.

El sitio olía a perfume, sudor y cigarrillo. Tenía ventiladores de techo y ponían tangos. A las cuatro de la mañana Julito, muy limpio, de guayabera azul, miraba a J. desde su sillón. Estaba borracho pero trataba de no aparentarlo. J., casi dormido, metía su barba en el escote de una mujer, muy blanca y rellenita, sentada en sus rodillas. En la mesa había una botella de ron, vasos altos con bordes dorados, charcos de agua y una hielera con el hielo derretido. La luz era al mismo tiempo azulosa y rojiza. Las mujeres, vestidas de rojo puro o rosado incitante, entraban y salían de cortinas brocadas y polvorientas. Un marica negro mariposeaba, fino y nocturno, por entre el lujo de luces y cortinas.
Cuando J. se levantó, alto y mecido por la borrachera, la mujer se metió bajo su brazo. Juntos desaparecieron tras la cortina bajo la mirada enrojecida de Julito. Una hora después la dueña del burdel, un búho viejo y agresivo, exhuberante de pulseras y cosméticos, le dijo al lanchero que debía llevarse al señor, que estaba muy borracho y se había quedado dormido en el cuarto. Julito lo despertó como pudo, lo ayudó a salir de allí y se lo llevó para su casa.

Tomás González
En: “Primero estaba el mar”, pg.84, Los Papeles del Goce, Bogotá, 1983.

Creo que al mico humano le faltan muchos siglos, tal vez milenios, para alcanzar su plena madurez y para que empiece a enfocar sus ambiciones hacia intereses diferentes de explotar y esclavizar al prójimo y a la naturaleza. Estamos en una etapa en la que manda la violencia. La inteligencia, la poderosa inteligencia de este particular primate, clave en su supervivencia como especie, por un accidente evolutivo quedó de pronto al servicio de un impulso de dominio ya innecesario. La humanidad, en el proceso de utilizar a la naturaleza para sobrevivir, está a punto de aniquilarla, y parece hoy un animal que estuviera devorando sus propias tripas. Es posible que no todo esté totalmente perdido. Es posible, si no perecemos antes como especie, que alcancemos un futuro en que la ambición se enfoque hacia el arte y hacia la ciencia no invasiva, la ciencia admiradora y contemplativa y hedonista, no la que produjo las bombas atómicas. Primates como Mussolini, Nixon, Mengele, Kissinger y Ospina Pérez serán vistos como parte de la prehistoria humana. El ex presidente Uribe, para dar un ejemplo más reciente y mucho más pequeño, habrá sido solo un macaco pendenciero que pertenecía a un eslabón remoto de la humanidad. Y sus enemigos de las Farc, lo mismo.

Tomás González
En: La ceremonia inventada, Entrevista con John Galán Casanova, pg.46, en revista El Malpensante, Nº122, Agosto-2011.s

Como en el día de fiesta… (fragmento)
¡Ahora, sin embargo, apunta el día!
Aguardé y vi venir, y lo que he visto,
lo sagrado, que sea mi palabra.
Ella que es más antigua que los tiempos
y está sobre los Dioses
de Occidente y de Oriente,
ahora despierta, la Naturaleza,
con un fragor de armas,
y desde el alto Eter al abismo,
según rígida ley, como en lo antiguo,
por el sagrado Caos engendrada,
siente de nuevo el entusiasmo
creador de toda cosa.

Y así cual resplandece un fuego
en el ojo del hombre
que proyecta en su mente algo sublime,
así también de nuevo ante los signos
y los hechos del mundo,
hoy se ha encendido un fuego
en las almas de los Poetas.
Y los eventos que antes fueron,
Apenas advertidos en su hora,
Recién ahora quedan revelados;
Y también ellas, las vivificantes
divinas fuerzas de los Dioses,
que en figura de siervos,
sonriendo, araban nuestros campos,
ahora son también reconocidas.

Friedrich Hölderlin
En: “Himnos tardíos. Otros poemas”, pg. 29, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1972.

El dilema de Bridges es muy común. Al comprobar que las lenguas “primitivas” eran pobres en palabras destinadas a expresar conceptos morales, muchas personas supusieron que dichos conceptos no existían. Pero las nociones de “bueno” y “malo”, esenciales para el pensamiento occidental carecen de sentido si no están implantadas en elementos concretos. Los primeros individuos que hablaron una lengua cogieron la materia prima de su entorno y la cohesionaron en metáforas para sugerir ideas abstractas. La lengua yaghana –y por inferencia todas las otras– actúa como un sistema de navegación. Los objetos dotados de nombre son los puntos fijos, alineados y comparados, que permiten que la persona que habla planee su próximo movimiento. Si Bridges hubiera descubierto la gama de metáforas yaghanas, nunca habría completado su obra. Sin embargo, lo que ha perdurado nos permite resucitar la claridad del pensamiento yaghan.
¿Qué habremos de pensar de un pueblo que definía la “monotonía” como “la ausencia de amigos varones”? ¿O que, para referirse a la “depresión”, empleaba la palabra que describía la fase vulnerable del ciclo estacional del cangrejo, cuando éste se desprende de su viejo caparazón y espera que se desarrolle otro? ¿O que hizo derivar “holgazán” del nombre del pingüino austral cuyo grito recuerda el rebuzno del asno? ¿O “adúltero” del nombre del alcotán, un pequeño halcón que revolotea de un lado a otro, cerniéndose inmóvil sobre su próxima víctima?
Bruce Chatwin
En “En la Patagonia”, pg. 158, Muchnik Editores, Barcelona, 1987.

–Los demonios son eternos: siempre han existido y siempre existirán. Su batalla con los dioses es interminable, y no hay nada que se pueda hacer al respecto. Pero en la Edad de Oro estuvieron controlados, como el río que no puede superar una represa. ¿Comprendéis?
–¿Ninguno de los bandos ganará jamás?
–No deben ganar: Ni el bien ni el mal pueden prevalecer. Eso destruiría el equilibrio de la creación–. Canki estaba diciendo algo que creía de verdad. Los Vedas le habían dicho que el mundo había sido creado mezclando leche en un mantequero cósmico. Había dos cuerdas que accionaban el mecanismo. A un lado los ángeles o devas tiraban en una dirección, mientras que los demonios a suras lo hacían en la otra, en el lado opuesto. La paleta giratoria del mantequero era una montaña conocida como monte Meru, que para algunas eminencias estaba en el Himalaya y que para otras era la residencia mítica de los dioses. De cualquier modo, la creación surgió como una serie de cuajadas hechas a partir de aquella leche batida. Por lo tanto, los ángeles fueron tan necesarios como los demonios para generar el orden en el caos espumoso, y así sería siempre. El bien y el mal, la luz y la oscuridad, eran los ingredientes primordiales de la existencia, la materia fundamental de la naturaleza humana.

Deepak Chopra
En “Buda”, pg. 138, Suma de letras, Bogotá, 2007.

Trabajaba sometido a las exigencias de dos restricciones que acabaron ayudándole cada una a su manera. Primero, el hecho de que nadie vería nunca aquellos cuadros. Eso era inevitable, pero, en lugar de atormentarle con una sensación de inutilidad, parecía liberarle. Ahora trabajaba para sí mismo, sin la amenaza de la opinión de otras personas, y eso de por sí era suficiente para producir un cambio fundamental en el enfoque que daba a su arte. Por primera vez en su vida dejó de preocuparse por los resultados y en consecuencia los términos “éxito” y “fracaso” perdieron todo sentido para él. Descubrió que el verdadero sentido del arte no era crear objetos bellos. Era un método de conocimiento, una forma de penetrar en el mundo y encontrar el sitio que nos corresponde en él, y cualquier cualidad estética que pudiera tener un cuadro determinado no era más que un subproducto casual del esfuerzo de librar esta batalla, de entrar en el corazón de las cosas. Procuró olvidar las reglas que había aprendido, confiando en el paisaje como en un socio, abandonando voluntariamente sus intenciones y rindiéndose a los asaltos del azar, de la espontaneidad, a la embestida de los detalles brutales. Ya no le daba miedo la soledad que le rodeaba.

Paul Auster
En: “El Palacio de la Luna”

Estudiando los pleitos indígenas no se puede encontrar el tan notorio fatalismo de la raza india, que inspira con frecuencia a historiadores, novelistas y artistas contemporáneos. Es verdad que la lucha del indio por sus intereses es una lucha sin posibilidades de éxito en un mundo que le es hostil como lo ha sido siempre. Pero en la misma situación están todas las minorías raciales o nacionales cuando luchan contra un fuerte y bien armado opresor. Cierto es que algunas tribus recibieron a la llegada de los españoles a los hombres blancos como a semi-dioses. Pero esta ilusión no pudo durar mucho tiempo frente a los hechos de la conquista. La resistencia que surgió fue desesperada y tenaz aunque ineficaz por varias razones: una débil y primitiva organización tribal con luchas mezquinas de los caciques entre sí, impidieron una resistencia eficaz a los invasores. El desconocimiento de la pólvora, del acero y del caballo, ponían a los indios en una notable inferioridad. Pero aún desarmados y en gran parte aniquilados durante la conquista y la pacificación, los vemos luchar tenazmente por sus derechos, ora invocando leyes y ordenanzas; ora con pleitos y peticiones, y también con rifles y machetes, cuando las condiciones del lugar lo permitían…

Juan Friede

En “El indio en lucha por la tierra”

Emocionados, los habitantes de ese tiempo les brindaron ofrendas, cantos y danzas y así, junto a los niños, cantaron y danzaron por el lapso de diez meses. En ese tiempo los niños pudieron escuchar los sonidos del viento, del mar, las cascadas, los ríos, las flores, las plantas, los pájaros que las innumerables delegaciones traían consigo de los diferentes suyus, que reproducían los sonidos de cada región con sus instrumentos o con los animales y aves que entregaban como recuerdo a los niños.
Esos sonidos se aprendieron de memoria y fueron hilando, tiñendo, urdiendo, tejiendo; los fueron tallando, puliendo. Así brotaron las palabras como riachuelos, ríos, lagunas, mares; luego como llovizna, lluvia, tormenta; de ahí brotaron como vientos, tornados, huracanes; finalmente como rayos y truenos. Así se fue formando el Runa Shimi, el idioma de los Kichwa Runa, el idioma de los hijos del Sol y de la Luna. Así fue creado el Kichwa, la lengua de los habitantes de esta tierra, para que el Tiempo y el Universo recuperaran su alegría y nunca estuvieran tristes. Por eso el Kichwa tiene el sonido de los huracanes, el vuelo de los cóndores o el suave deslizamiento de las olas de los ríos, las lagunas y los mares o el suave aleteo de las hojas.

Juan Carlos Gamboa y Ramiro Muñoz Macanilla (Compiladores)
En “Los Kichwa de Leguízamo, tras las claves de los Runas del Antisuyu”

El budismo-zen es una forma de vivir y entender la vida prescindiendo de los conceptos abstractos de la mente. No es un sistema filosófico, ni una religión, ni se basa en la lógica, el análisis o el razonamiento… ni tiene establecido ningún dogma, no enseña nada, no niega nada, no es nihilista…
El zen no es una religión puesto que ni habla de Dios, ni niega su existencia, simplemente ignora el concepto de Dios tal como lo entendemos los cristianos.
No es panteísta ni monoteísta ya que el zen solo se ocupa de las realidades vitales de la existencia…
El objeto del zen es el despertar, descubrir la realidad viva con todo el ser liberando al hombre de la esclavitud de sus propios conceptos y prejuicios… Aunque el zen no tiene ninguna finalidad ni busca obtener nada…
La verdad no está en los conceptos, las ideas o las palabras, sino en la realidad donde la idea de sujeto-objeto ha sido trascendida.

Taisen Deshimaru
En: “Iniciación al Zen” [con dibujos de José Nalda]

PADRE NUESTRO
Padre nuestro que estás en el cielo
Lleno de toda clase de problemas
Con el ceño fruncido
Como si fueras un hombre vulgar y corriente
No pienses más en nosotros.

Comprendemos que sufres
Porque no puedes arreglar las cosas.

Sabemos que el Demonio no te deja tranquilo
Desconstruyendo lo que tú construyes.

Él se ríe de ti
Pero nosotros lloramos contigo:
No te preocupes de sus risas diabólicas.

Padre nuestro que estás donde estás
Rodeado de ángeles desleales
Sinceramente: no sufras más por nosotros
Tienes que darte cuenta
De que los dioses no son infalibles
Y que nosotros perdonamos todo.

Nicanor Parra
En: “Antipoemas. Antología (1944 – 1969)”

El mito, no solo explica los tiempos primordiales, sino que construye sentido para la interpretación de las nuevas realidades contemporáneas históricas y sociales que vive el Runa. Así, con la entrada de las petroleras se reinventa una tradición mítica que busca explicar la nueva amenaza que enfrenta el pueblo y la cultura Kichwa; un ejemplo de ello es la creación del “mito de la boa plateada” que cuenta que, ya mucho antes, los ancianos profetizaron que llegaría un día en que la selva sería violada por los espíritus malignos de gigantes con cuerpo de hierro, que los blancos traerían una gigantesca boa plateada que se extendería por toda la selva, de cuyo vientre saldría una sangre negra que iría matando la vida de la madre tierra. Para los codiciosos blancos, eso significaría riqueza y poder, mientras que para los Sacha Runas y demás gente de la selva, solo miseria, destrucción y muerte.

Juan Carlos Gamboa y Ramiro Muñoz Macanilla (Compiladores)
En “Los Kichwa de Leguízamo, tras las claves de los Runas del Antisuyu”

Pero el soldado ya no me oía y yo, al apoyar la mano sobre la nieve para alzar la cabeza del suelo, sentí el frío cañón de un fusil. Y lo cogí y rodé hasta quedar tendido sobre un costado. El soldado acostado en el suelo y yo frente a él, cara a cara. Apoyé el fusil en su casaca, ahí donde suele estar el corazón, por un momento confundí el lado izquierdo y el derecho, para estar seguro probé primero con una mano y luego con la otra si podía escribir, si, y ahora apoyé el fusil sobre el corazón del soldado, para que no gritara más, para que su voz dejara de resonar en mi cabeza, y oprimí el gatillo. Se escuchó una sorda detonación y un fogonazo lamió el uniforme, el aire olía a lana y algodón quemado, pero el soldado seguía llamando a la madre de sus hijos, a su mujer, y cada vez más rápidamente caminaba en el aire, como si ya le restaran sólo los últimos pasos y luego el antejardín y la casita donde viven sus seres más amados… Y la nieve dejó de caer, salió una luna brillante y hermosa, sobre los campos nevados latían las manecillas multicolores que marcaban los segundos en cada copo y cada cristal, y en el cuello del soldado brilló con un blanco resplandor una cadenita de plata y luego algo que colgaba de la cadenita, algo que el soldado cogió con las dos manos, y ahora gritaba:
¡¡Mutti!! ¡¡Muuutti!!

Bohumil Hrabal
En “Trenes rigurosamente vigilados”

Aunque en la naturaleza todo está aparentemente a tomar de la mano, no todo es gratuito. Cada cosa, cada animal, cada árbol o cada espacio dentro del Universo natural tiene una función muy específica, que no se puede alterar sin consecuencias funestas para la sociedad que mal maneje sus relaciones. Se puede tomar, coger, usar, pero muy racionalmente; así lo dijeron los grandes Dioses de nuestros antepasados como Buinairema, Monaiya Jurama, Jitoma y otros, tan grandes como ellos que vinieron a este mundo a mostrarnos el camino del bien y del mal para la realización de nuestras propias vidas.
Los espíritus de los seres de la naturaleza están atentos a las formas de uso que hace el hombre de ellos. Así van enseñando los mayores a sus hijos en el trabajo, por los caminos, cogiendo coca, sacando yuca madura, cosechando frutas, bañándose en las quebradas o simplemente andando de caza o pesca. A causa del mal uso que hacemos del bosque, los dueños de ellos nos han quitado el agua pura y abundante que antaño contemplábamos con gran cantidad de peces… ¿se acuerdan de tal quebradita?, ¿recuerdan ustedes cómo era antes y en qué condiciones la encontramos hoy…?

Jorge Herrera Domínguez Etnia Uitoto
En “Visiones del medio ambiente a través de tres etnias colombianas”

Bueno es llamar la atención una vez más sobre el hecho de que la antropofagia entre las tribus americanas de la actual Colombia no tenía los rasgos horripilantes que invariablemente se le asocian. La antropofagia ritual practicada por algunos pueblos, con larga y cuidadosa preparación corporal y espiritual de la víctima que conscientemente se entregaba para ser sacrificada a los dioses, tiene poco de la barbarie con que generalmente se la califica. Entre tribus que no concebían tan claramente como nosotros la línea divisoria entre la vida y la muerte, no se basó la antropofagia en la crueldad. Creencias totémicas y convencimientos según los cuales los cualidades del muerto se transfieren al comer su carne, hombre y animal por igual, convierten muchas veces un acto de barbarie como el comer carne humana en un acto de aprecio y culto a lo “comido”. Cuenta Fray Pedro Simón que los Pijao “…en señalándose uno con valentía en la guerra o en otra ocasión, le mataban, con grande gusto del valiente, y lo hacían pedazos y daban uno a comer a cada uno de los demás indios, con que decían, se hacían valientes como aquél lo era”. No se debe, pues, asociar la antropofagia con la crueldad por antonomasia. Muy poco cruel debemos considerar la antropofagia entre tribus americanas comparándola con las prácticas inherentes a la historia reciente de los pueblos más civilizados de la tierra. Difícilmente puede la antropofagia competir en crueldad con los castigos de aquellos hombres “civilizados”, que, por ejemplo, en la colonia francesa de Haití, en pleno siglo de los enciclopedistas, sentenciaron al mulato rebelde Oge a “partirle a golpe de martillo los brazos, las piernas, las costillas, para amarrarlo en la rueda, mirando al cielo, hasta que Dios se apiade de él y le quite la vida…”

Juan Friede
En “Los Andaki”

Quizá estaban demasiado marcados por su pasado (y no solo ellos, por otra parte, sino también sus amigos, sus compañeros, la gente de su edad, el ambiente en que se movían). Quizá, para empezar, eran demasiado voraces: querían ir demasiado de prisa. Habría hecho falta que el mundo y las cosas de todas las épocas les pertenecieran, y habrían multiplicado los signos de su posesión. Pero estaban condenados a la conquista: podían ir siendo cada vez más ricos, pero no podían hacer que lo hubieran sido siempre. Les habría gustado vivir con comodidad, rodeados de belleza. Pero exclamaban, admiraban, y esta era la prueba más clara de que no vivían así. Les faltaba la tradición –en el sentido más despreciable del término, acaso–, y la evidencia, el verdadero gozo, implícito e inmanente, ese gozo que va acompañado de una felicidad del cuerpo, mientras que el suyo era un placer cerebral. Con demasiada frecuencia, de lo que ellos llamaban lujo, no les gustaba sino el dinero que había detrás. Sucumbían a los signos de la riqueza; amaban la riqueza antes que la vida.

Georges Perec

En “Las cosas. Una historia de los años sesenta”

Independientemente de lo que digan los portavoces de la sociología acerca de la naturaleza de su trabajo, la sociología es un diálogo continuado con la experiencia humana, y ésta, a diferencia de los edificios de la universidad, no se divide en departamentos y, mucho menos, en departamentos estancos. Los académicos pueden rechazar o descuidar la lectura del trabajo de sus vecinos universitarios, manteniendo así una convicción inquebrantable de su propia identidad separada, pero no se puede decir lo mismo de la experiencia humana. En ésta, lo sociológico, lo político, lo económico, lo filosófico, lo psicológico, lo histórico, lo poético y todo lo demás se mezclan hasta el punto de que ningún ingrediente puede mantener su esencia distinta en caso de que se intente aislarlo. Llegaría a decir que, por duramente que luchásemos, la sociología jamás acabaría ganando su “guerra de independencia”. Más aún, si semejante victoria fuera concebible, no llegaría a sobrevivirla. La formación discursiva que lleva el nombre de sociología es porosa en todos sus puntos, resultando notorio su enorme, su insaciable poder de absorción. Personalmente, creo que esto constituye la fuerza de la sociología, no su debilidad. Creo que el futuro de la sociología está asegurado precisamente porque está más cerca de abarcar la experiencia humana de manera integral que ninguna otra disciplina.

Zygmunt Bauman
En “La ambivalencia de la modernidad y otras conversaciones” [Conversación con Keith Tester]

–Ha llegado el momento de prepararnos para una guerra contra cinco ejércitos árabes.
Estas palabras cayeron como una cuchilla. Algunos asistentes parecían incrédulos.
–¿Cree usted que los árabes de Nazaret piensan atacarnos con carros de combate? Preguntó uno de ellos, en son de broma.
A Elie Arbel, el antiguo oficial checo encargado de los planes de la “Haganah” de Jerusalén, le pareció inverosímil todo aquello: “Ben Gurion habló a continuación de organizar una guerra contra cinco países árabes, cuando los ingleses nos detenían en la calle por llevar una pistola.” Ben Gurion se obstinó. Explico que no cometería jamás el error de subestimar a sus enemigos, y que nada podía amenazar más a su pueblo que la invasión concertada de cinco ejércitos árabes. Pero ya no sobreestimaba a sus adversarios. Conocía su inclinación a creer las más locas jactancias, a confundir los dichos con los hechos, a prepararse para la prueba a base de discursos antes que con sacrificios. Sus amenazas de guerra constituían un terrible peligro para su pueblo. Pero también ofrecían una oportunidad inestimable.

Dominique Lapierre y Larry Collins
En “Oh, Jerusalén”

Un día, acudió al establecimiento un torero sevillano amigo suyo y le ofreció una plaza de banderillero en su cuadrilla. Paco vaciló. Era un paso muy triste para quien había conocido la gloria. Pero ansiaba volver al ruedo y accedió a convertirse en subalterno.
Paco actuó de banderillero durante diez años, cambiando a menudo de cuadrilla y sufriendo los vaivenes de la suerte, según fuese la de sus maestros. Una noche de primavera, en Córdoba, coincidió en una corrida con el espada más loco que jamás hubiera visto. Veinte veces creyó ver que le derribaba el toro y otras tantas se levantó el torero para seguir peleando. Sus caminos se cruzaron a menudo aquel verano en las plazas de las ciudades y pueblos andaluces. Paco se dio cuenta del efecto hipnótico que aquel torero producía en la multitud. En todas partes, en todas las esquinas donde se congregaban los aficionados, desde la calle de la Plata, en Córdoba, hasta la calle de las Sierpes, en Sevilla, se oía sonar su nombre. “Es un loco de Palma del Río que está trastornando la fiesta –decía la gente–. Toreando de esta manera, no llegará vivo al final de la temporada. Pero por lo que más quieran, y por mucho que les cueste, vayan a ver a “El Cordobés” antes de que lo maten.”

Dominique Lapierre y Larry Collins
En “… O llevarás luto por mí”

Mas no eran los sibundoyes los únicos rebeldes. También los ingas se oponían a los misioneros, aprovechando para manifestar su descontento inclusive las razones que les brindaba su cristianismo viejo y transculturizado.
Fray Jacinto María de Quito da cuenta de un incidente ilustrativo, acaecido cuando él era cura de San Andrés. Sucedió que, estando la imagen del patrono descolorida y mutilada por el paso de los siglos, los seráficos varones decidieron reemplazarla por una nueva. El proyecto fue rechazado por los fieles, pero el cuasi-párroco insistió en su punto de vista y, una vez adquirido el nuevo santo, invitó al pueblo a festejarlo. Los indios accedieron a su llamado pero, para su sorpresa, depositaron sus ofrendas ante la vieja imagen. Trató entonces de retirarla pero los sanandresinos se opusieron arguyendo:
“Vé Taita Padre? ¿Cómo vas a quitar a nuestro San Andrés cuando él ya sabe nuestra lengua y nuestras costumbres, en tanto que este muchacho (el nuevo) recién acaba de llegar y no entiende nada? Nosotros cuando estamos de viaje o nos enfermamos, le encendemos una velita, y él nos oye lo que le pedimos; mientras que este joven ni sabrá para qué es la velita”.
Ante esta actitud el sacerdote pidió consejo al prefecto apostólico, obteniendo esta respuesta:
“Hoy más que nunca estoy convencido de que estos indios son verdaderos idólatras… Escógete, pues, algún medio para quitarles el santo viejo”.

Víctor Daniel Bonilla
En “Siervos de Dios y amos de indios”

Nunca ha sido más difícil ni más urgente seguir el camino de la sabiduría. Nuestra sociedad está casi enteramente dedicada a la celebración del ego, con sus deplorables fantasías sobre el éxito y el poder, y celebra precisamente esas mismas fuerzas de codicia e ignorancia que están destruyendo el planeta. Nunca ha sido más difícil oír la voz no halagadora de la verdad, y una vez oída, nunca ha sido más difícil seguirla; porque en el mundo que nos rodea no hay nada que aliente nuestra elección, y toda la sociedad en la que vivimos parece negar cualquier idea de sacralidad o de eternidad. Así pues, en nuestro momento de mayor peligro, cuando se halla en duda nuestro futuro mismo, nos encontramos en la mayor confusión como seres humanos, prisioneros de una pesadilla creada por nosotros mismos.
No obstante, en esta situación trágica hay también una significativa fuente de esperanza, y es que las enseñanzas espirituales de las grandes tradiciones místicas aún se hallan a nuestro alcance. Pero, por desgracia, hay muy pocos maestros que las encarnen y una casi completa ausencia de discernimiento en quienes buscan la verdad. Occidente se ha convertido en un paraíso para los embaucadores espirituales. En el caso de un científico, existe la posibilidad de comprobar quién es auténtico y quién no, porque otros científicos pueden examinar su historial y verificar sus descubrimientos. Sin embargo, en Occidente, sin los criterios y orientaciones de toda una cultura orientada hacia la sabiduría, es casi imposible establecer la autenticidad de quienes se autodenominan “maestros”. Por lo visto, cualquiera puede presentarse como maestro y atraer seguidores.

Sogyal Rimpoché
En: “El libro tibetano de la vida y de la muerte”

[Muy recomendado!]

¿Qué le queda a él en la vida? Dolor, dolor más grande porque con él está mezclada la humillación. La tierra queda lejos, lejos. Ahora, en su poncho morado vive un quinual. Esos surcos de la quinua, tan porosos, tan anchos, tan prietos y la misma quinua, de potente brote, ávida de espacio, macollada de tenacidad y fortaleza, crecida al frío, la tempestad y el viento, en virtud de la tierra puneña, dura y espaciosa para la esperanza del fuerte. Él ya no es fuerte. Es un tronco yerto en tierra profanada. La ancha tierra puneña, con su paja brava, domada por el hombre. Ahí está el verde rebozo del cebadal; cerca, relinchan los potros; un recental ronda a la orgullosa madre; en la puerta de la casa, Juanacha conversa con su hijito; humean los bohíos y por las faldas de El Alto pasta el rebaño de ovejas y por las del cielo, las nubes. Desde la piedra donde se ha sentado, el caserío es más hermoso. El maizal luce barba de hombre y el trigo echa espigas de sol. La campana de la capilla canta. Pascuala teje una bella frazada de colores… El buey Mosco ha ido por sal y ya lengüetea el bloque de sal de piedra… El viejo Chauqui cuenta que todo era comunidad y que los comuneros de Rumi decían ser descendientes de los cóndores. Esa es la flauta de Demetrio Sumallacta, como el canto de las torcaces. Revolotean las torcaces sobre la quebrada lila de moras. De la quebrada baja la acequia de agua que brilla al sol en cierta cueva. En el arpa de Anselmo canta una bandada de pájaros amanecidos… “¡No me peguen!” “¡No me peguen!” ¿Por qué me golpean así? “¡No me peguen!”
Ciro Alegría
En “El mundo es ancho y ajeno”

A la luz de mi experiencia, quise contribuir con este libro a la reivindicación del individuo indio mismo y luego, tratando de confrontar mi personal opinión, he visto llegar irrecusables testimonios científicos. Me refiero, entre otros, al libro El indoamericanismo y el problema racial de las Américas del notable biólogo Alejandro Lipschutz y a juicios verbales escuchados a antropólogos norteamericanos.
La historia nos suministra los datos más válidos. Al terminar la colonia, había en el Perú un millón de indios. Ahora [1948] hay cuatro y dos de mestizos, siendo el resto blancos en una población de siete millones y medio. El indio ha resistido con éxito más de cuatro siglos de toda clase de agresiones, alimentado con un promedio de mil calorías diarias –los expertos calcularon dos mil para nutrir transitoriamente a los pueblos europeos devastados por la guerra–, y trabajando a destajo en alturas frígidas en las que ningún otro hombre puede trabajar o en valles cálidos donde grasan mortales epidemias. Cualquier raza de las llamadas “superiores”, sometida a tal prueba, perecería. Si a todo esto se agrega que el indio, según comprobación científica, no ha perdido su capacidad intelectual y es apto para asimilar la cultura moderna haciendo además una sagaz selección de valores con claro juicio y fina sensibilidad, llegaremos a concluir que su postergación es transitoria.

Ciro Alegría
En el prólogo de “El mundo es ancho y ajeno”

…un complejo mosaico de pueblos que compartían razas, religiones, idiomas y culturas de una enorme diversidad. Un país de mayoría hindú, pero con más de cien millones de musulmanes que lo convertían en el segundo país musulmán del planeta. Sin contar los diez millones de cristianos, siete millones de sijs, doscientos mil parsis y treinta y cinco mil judíos cuyos antepasados habían huido de Babilonia después de la destrucción del templo de Salomón. Un territorio donde convivían 4.635 comunidades distintas, cada cual arrastrando sus propias tradiciones, y lenguas tan antiguas como diversas, como el urdu de los musulmanes, que se escribía de derecha a izquierda, o el hindi, que se escribía de izquierda a derecha como el alfabeto latino, o el Tamil que se leía a veces de arriba abajo, u otros alfabetos que se descifraban como jeroglíficos. En esta babel se usaban ochocientos cuarenta y cinco dialectos y diecisiete lenguas oficiales. Pero el inglés, la lengua de los colonizadores, seguía siendo el idioma común después de que la imposición del hindi fuese rechazada por los estados del sur. Un país que arrastraba unas desigualdades hirientes, con una corrupción bien incrustada en todos los niveles de la sociedad y una burocracia paralizante. Un país conocido por sus altas conquistas espirituales y a la vez por sus nefastos indicadores de bienestar material, un país donde el hombre era más fértil que la tierra, un país constantemente azotado por calamidades naturales, y sin embargo devoto de trescientos treinta millones de divinidades.

Javier Moro
En “El sari rojo”

En cierto momento el comunero Doroteo Quispe, indio de anchas espaldas, se arrodilló a los pies del cadáver, de cara a él, y quitóse el sombrero descubriendo una cabeza hirsuta. Todos se arrodillaron y se descubrieron igualmente. Se iba a rezar. Hacia un lado, albeaba el grupo de los visitantes. Y Doroteo comenzó a rezar el Padrenuestro con voz ronca y monótona, poderosa y confusa a un tiempo: "Padrenuestroquestasenloscielos" … Se detuvo en mitad de la oración, según costumbre, para que los concurrentes dijeran el resto. Y ellos corearon: "El pannuestronnn… nnn… nnn…" El sordo murmullo semejaba un runruneo de insectos hasta que resonaba un largo "Aaménnn". Entonces volvían a comenzar. Así oraron mucho tiempo. Era un gran rezador el indio Doroteo Quispe y, además de las oraciones corrientes, sabía las de los Doce Redoblados, buena para librarse de espíritus y malos aires en la búsqueda de entierros y cateos de minas; la Magnífica, curadora de enfermos y hasta de agonizantes, "salvo que sea otra la voluntad de Dios"; la de la Virgen de Monserrat, guardada celosamente por los curas para que no la usen los criminales, y la del Justo Juez, especial para escapar de las persecuciones, conjurar peligros de muerte, triunfar en los combates y salvarse de condenas. Pero ahora se trataba del ánima buena de Pascuala y únicamente echó Padrenuestros, echó Avemarías, echó Credos y Salves.

Ciro Alegría

En "El mundo es ancho y ajeno"

Después, reflexionando un poco sobre ello, he comprendido en parte mi repentina alegría al hablar Kakuro de los abedules rusos. Me ocurre lo mismo cuando se habla de árboles, del árbol que sea: el tilo en el patio de la casa de labor, el roble detrás de la vieja granja, los grandes olmos que hoy ya no existen, los pinos doblados por el viento en las costas ventosas, etc. Hay tanta humanidad en esta capacidad de amar los árboles, tanta nostalgia de nuestros embelesos primeros, tanta fuerza en este sentirse tan insignificante en el seno de la naturaleza… Sí, eso es: la evocación de los árboles, de su majestuosidad indiferente y del amor que por ellos sentimos nos enseña cuán irrisorios somos, viles parásitos que pululamos en la superficie de la tierra, y al mismo tiempo nos hace dignos de vivir, pues somos capaces de reconocer una belleza que no nos debe nada.
Kakuro hablaba de los abedules y, olvidando a los psicoanalistas y a toda esa gente inteligente que no sabe qué hacer con su inteligencia, de pronto me sentía más adulta por ser capaz de comprender la grandísima belleza de estos árboles.

Muriel Barbery
En “La elegancia del erizo”

[Recomendada!]

Tonterías. El mayor invento que ha salido de este país en sus diez mil años de historia es la jaula de gallinas.
Vaya usted a la Vieja Delhi, detrás del Jama Masjid, y observe cómo las tienen en el mercado. Cientos de pálidas gallinas y de gallos de colores vistosos, metidos a presión en jaulas de tela metálica, apretujados tan estrechamente como las lombrices en el intestino, dándose picotazos y cagándose unos encima de otros mientras forcejean para poder respirar. La jaula despide un hedor espantoso: el hedor de la carne aterrada. En el mostrador de madera, por encima de la jaula, verá sentado a un joven carnicero que exhibe con una gran sonrisa la carne y los despojos –aún relucientes, con una capa de sangre oscura– de una gallina recién troceada. Los gallos de la jaula huelen la sangre por encima de sus cabezas. Ven expuestos a su alrededor los órganos de sus hermanos. Saben que ellos serán los siguientes. Y sin embargo, no hacen nada para rebelarse. No intentan escapar de la jaula.
Exactamente lo mismo se hace en este país con los seres humanos.

Aravind Adiga
En “Tigre Blanco”
[Novela ganadora del Man Booker Prize 2008]

¡Oh, sí! Yo obedezco a la Reina de Egipto y hago todo lo que ella me dice que haga.
La parte superior de mi cabeza ha estado todo el día del color de la púrpura.
Un visitante tras otro me han mirado con espanto, pero ninguno me preguntó qué me pasaba. Esto es lo que resulta de ser un Dictador: nadie le hace a uno ninguna pregunta sobre su persona, podría ir y volver saltando en un pie hasta Ostia sin que nadie mencionara el asunto delante de mí.
Por fin una sirvienta entró a lavar el piso. Y ella sí me dijo: “¡Oh Divino César! ¿Qué le pasa a tu cabeza?”
“Madrecita –le contesté–, la mujer más grande, la más hermosa, la más sabia del mundo, dice que la calvicie se cura frotando la cabeza con un ungüento hecho de miel, nebrinas y ajenjo. Me ordenó que me lo aplicase. Y yo la obedezco en todo.”
“Divino César –replicó ella–. Yo no soy grande, ni hermosa, ni sabia, pero una cosa sé, y es que un hombre puede tener cabello o seso, pero no puede tener ambas cosas. Estás perfectamente bien como estás, Señor, y puesto que los Dioses Inmortales te dieron buen sentido, no me parece que quisieran que tuvieses rizos.”
Estoy pensando en hacer senador a esta mujer.

Thornton Wilder

En “Los idus de marzo”,
[Reconstrucción histórica fabulada de los días postreros de la República Romana y de su protagonista principal Julio César]

Y, sin embargo, soy un político: debo representar la farsa de la más rendida deferencia a la opinión de los demás: El político es un hombre que simula estar sometido a la universal necesidad de estima, pero no puede simularlo con eficacia, a menos de estar en realidad libre de ella. Tal es la hipocresía fundamental de los políticos, y el triunfo definitivo del caudillo va acompañado por el terror que despierta en los otros hombres la sospecha –que no llega a convertirse nunca en certidumbre– de que su jefe sea indiferente a su aprobación: indiferente e hipócrita. ¿Cómo –se dicen– es posible que no exista en el espíritu de este hombre ese nido de víboras aposentado en el nuestro, y que es a la vez nuestra fortuna y nuestro deleite: la sed de alabanzas, la necesidad de autojustificación, la afirmación del yo, la crueldad y la envidia? Mis días y mis noches transcurren entre el silbido de estas víboras. En cierta ocasión hasta llegué a oírlas en mis entrañas. Cómo les impuse silencio allí, cosa es que todavía ignoro, pero si pudiese encontrar respuesta para una pregunta semejante –digna de ser planteada a un Sócrates– sé que no habría otra en el mundo de mayor interés.

Thornton Wilder
En “Los idus de marzo”

[Reconstrucción histórica fabulada de los días postreros de la República Romana y de su protagonista principal Julio César]

Una predicción: a medida que el mundo se torna más conectado y nuestras vidas se vuelven más ocupadas, las herramientas y las experiencias que nos ayuden a desconectarnos tendrán cada vez mayor valor. ¿Porqué están las tecnologías actuales diseñadas para bombardearnos con la mayor cantidad posible de información a cada instante? En este sentido, nuestras pantallas tienen algunos trucos para aprender de tecnologías más antiguas, como los periódicos impresos y los libros, los cuales nos permiten estar a solas con nuestros pensamientos en una forma en que ya casi nunca estamos. Pasar media hora con un periódico impreso, o con un libro, aquieta nuestra mente. ¿No podrían nuestros teléfonos inteligentes aprender a hacer eso mismo por nosotros? En esta época, ponerse cómodo para disfrutar de un libro a la manera antigua es como darle vacaciones al alma y, si tenemos suerte, es vislumbrar el futuro.
William Powers
En “Desconéctese”, artículo en El Tiempo de junio 6 – 2010.
[Powers, comentarista de cultura de la información, es autor del libro “El BlackBerry de Hamlet: una filosofía práctica para desarrollar una vida de calidad en la era digital”]

Era Navidad detrás de aquellas ventanas iluminadas en el crepúsculo, ¡era Navidad eternamente!
Claro está que el perverso duendecillo que hablaba en mi interior cuando dejaba volar demasiado alto la imaginación me decía siempre que exageraba con los detalles gastronómicos y que, en realidad, nunca hubo una Navidad. Detrás de aquellas ventanas estaba siempre la misma gente idiota, con sus puntos de vista idiotas acerca de la vida y sus vidas monótonas. Siempre era la misma historia: aburridas crisis matrimoniales; alguien había sido infiel; un divorcio ultimado satisfactoriamente; niños maltratados; algún tumor canceroso cuya existencia sería confirmada por el sumamente compasivo “señor doctor” tan pronto como le llegasen los resultados del laboratorio; desesperados perdedores alcoholizados; eternos solitarios, miserables intentos de suicidio que en su mayor parte fracasaban; quejidos y llanto por una vida desaprovechada; risas histéricas por el chiste malo de algún humorista televisivo con dentadura postiza; cosas estúpidas, sin sentido, ridículas… Tras aquellas ventanas no se desarrollaba nunca una película de Frank Capa sino el inevitable y sórdido anuncio que animaba a seguir viviendo sin dar para ello ninguna razón válida.

Akif Pirincci

En “Felidae”

Yo mismo dije que toda historia real acaba de manera triste. Pero eso sólo es verdad en parte. Porque nuestras vidas son, por otro lado, también parte de una historia que Dios relata. Las escribimos junto con Dios. Somos, por así decir, coautores. Nuestro libre albedrío y Su misericordia trabajan juntos, y aun así siempre están en conflicto. De modo que la historia no puede ser tan mala. Así acaba también la historia de Claudandus, el asesino, termina entre risas y lágrimas, según desde qué perspectiva se mire el asunto. Por lo que a mí se refiere, me siento completamente capaz de sustentar ambos puntos de vista. Pero, como se puede comprender, Claudandus no era capaz de hacerlo. Él consideraba al mundo un lugar temible. Nunca fue feliz ni podría haberlo sido jamás. Odiaba a los hombres. Odiaba al mundo entero. Decía que ninguno de nosotros tenía ni idea de cómo era el mundo en realidad. No, no es realmente tan malo. Pero a veces hay que tener un ojo vigilante sobre él. De vez en cuando parece volverse loco.

Akif Pirincci
En “Felidae”,
(Muy recomendado!)

Sucedió que la gente de la capital del distrito y de los anexos fueron conmovidos por la noticia de que en las alturas, en una cueva, vivía un pongo* que hacía curaciones maravillosas y que adivinaba el destino. En vista de que toda la gente se alborotaba e iba donde el pongo, el gobernador decidió poner fin a la farsa del indio. Envió cuatro comisionados e hizo apresar al pongo. Lo trajeron amarrado al pueblo. El gobernador trató rudamente al pongo; hizo que durmiera amarrado en la cárcel. Gente de todas las clases sociales, ignorantes y “leídos”, vinieron a rogar al gobernador por la libertad del pongo y garantizarlo. Decidió, entonces, someterlo a prueba. El pongo pidió una serie de ingredientes para preparar la “mesa” y llamar a los aukis o wamanis*. Conseguidos los ingredientes, el gobernador y el pongo se encerraron en una habitación, a oscuras. El pongo tendió la “mesa” y llamó a los wamanis; ellos se presentaron. Volaron en la habitación, haciendo gran ruido de alas. Nos dijo el gobernador que había visto a uno, pues había dejado una ventana entreabierta. Que el wamani tenía la figura de un águila pequeña, de aspecto increíblemente imponente. Dijo que los wamanis hablaron con majestad y enojo. Que azotaron al pongo. Que el más bravo, el más insolente, era el Qarwarasu. Los wamanis le predijeron su porvenir al gobernador; dieron recetas para curarle de todas las enfermedades; y le hablaron. Cada wamani tenía una voz diferente. El gobernador quedó cautivado y converso.

*Pongo: Siervo y sacerdote de los Wamanis o dioses tutelares de los cerros.

José María Arguedas
En “Formación de una cultura Nacional Indoamericana”. [Compilación de ensayos seleccionados y prologados por Angel Rama]

Un sector de la crítica sostiene que los medios de comunicación electrónicos han creado un mundo artificial donde la gente pasa la mayor parte de su tiempo de vigilia, un parque de atracciones hiperreal de píxeles, eslóganes, comedias de situación, spams, y anuncios diseñados para maximizar el gasto del consumidor y minimizar la resistencia al consumo. En la edición del año 2000 de La comunidad virtual: una sociedad sin fronteras, me referí a las teorías de los filósofos de la Escuela de Fráncfort, Adorno y Horkheimer, que conciben los medios de comunicación de masas como un arma de manipulación psicológica del consumidor a través de una industria cultural que devora todo lo auténtico, privatiza todo lo público y retroalimenta a la sociedad con fábulas de prepago. Jean Baudrillard adoptó una posición aún más extrema cuando describió lo “hiperreal” como un mundo en que todos están tan fascinados que olvidan que su entorno ya no es real. Los medios hiperreales, según Baudrillard son el rebuscamiento final del capitalismo, que genera deseo de consumo manipulando la simulación del momento. Vender a la gente creencias, esperanzas y distracciones genera beneficios, al tiempo que domeña y neutraliza la posible resistencia de los consumidores. Solo unas pocas necesidades vitales se pueden transformar en productos; en cambio, en la hiperrealidad hay infinidad de símbolos y una población amaestrada de consumidores de símbolos.

Howard Rheingold
En “Multitudes inteligentes. La próxima revolución social”

En 1967, Lewis Mumford, en The myth of the machine, sostenía que la invención más poderosa y deshumanizadora no era una máquina visible, sino una máquina social en la que los humanos eran tratados como componentes de un sistema jerárquico masivo para construir pirámides y rascacielos, imperios y civilizaciones. Mumford conjeturaba que los orígenes de “la megamáquina”, como la denominaba a veces, estaban en una disposición prehistórica que encaja perfectamente con Foucault*. Mumford defendía la hipótesis de que los líderes de los pueblos “musculosos”, los reyes-cazadores que habían conquistado a todos los demás grupos de hombres armados, se asociaban con los líderes de los pueblos que habían logrado dominar la magia de los símbolos. El sacerdote-astrólogo ungía como a un dios al muchacho que tenía los portadores de lanzas más leales, y el rey-dios elevaba al sacerdote a la autoridad de un culto que ordenaba la vida de sus súbditos: poder/conocimiento en acción.

Howard Rheingold
En “Multitudes inteligentes. La próxima revolución social”

* Se refiere al filósofo francés Michel Foucault, autor de “Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión”.

Chiliquinga sintió tan hondo la actitud urgente –era la suya propia– de la muchedumbre que llenaba el patio de su huasipungo* y se apiñaba detrás de la cerca, de la muchedumbre erizada de preguntas, de picas, de hachas, de machetes, de palos y de puños en alto, que creyó caer en un hueco sin fondo, morir de vergüenza y de desorientación. ¿Para qué había llamado a todos los suyos con la urgencia inconsciente de la sangre? ¿Qué debía decirles? ¿Quién le aconsejó en realidad aquello? ¿Fue sólo un capricho criminal de su sangre de runa mal amansado, atrevido? ¡No! Alguien o algo le hizo recordar en ese instante que él obró así guiado por el profundo apego al pedazo de tierra y al techo de su huasipungo, impulsado por el buen coraje contra la injusticia, instintivamente. Y fue entonces cuando Chiliquinga, trepado aún sobre la tapia, crispó sus manos sobre el cuerno lleno de alaridos rebeldes, y, sintiendo con ansia clara e infinita el deseo y la urgencia de todos, inventó la palabra que podía orientar la furia reprimida durante siglos, la palabra que podía servirles de bandera y de ciega emoción. Gritó hasta enronquecer:
–¡Ñucanchic huasipungo!**
Jorge Icaza
En: “Huasipungo”
* Huasipungo: Parcela de tierra que otorga el dueño de la hacienda a la familia india por parte de su trabajo diario.
** Ñucanchic huasipungo!: Nuestro huasipungo!.

Tuve una fantasía política en ese tren. Era ésta: el Gobierno convocaba elecciones, alentaba a la gente a votar y ofrecía una apariencia democrática. El ejército se mostraba imparcial; los periódicos desinteresados. Y seguía tratándose de una sociedad campesina, básicamente subalimentada y sojuzgada. Debe de dejar perplejo a cualquier campesino que le digan que vive en un país libre, cuando los hechos de su vida lo contradicen. Puede ser que eso no lo deje desconcertado; tiene todas las razones para creer, de acuerdo con los hechos, que la democracia es feudal, una burocracia gobernada por rufianes y escuadrones de gatillo fácil. Cuando uno ve un Gobierno como el de Guatemala, que profesa unos objetivos sociales tan elevados y produce unos resultados tan mediocres, no puede sorprenderse de que el campesino concluya que el comunismo quizá signifique una mejora. Fue una enfermedad latinoamericana: el gobierno deficiente dio mala fama a la democracia y no dejó a la gente más opción que buscar una alternativa. El cínico diría –he conocido a varios que lo han hecho– que esas personas están mejor con un gobierno autoritario. Este argumento me parece una estupidez. Desde Guatemala a Argentina, casi todos los países están gobernados por tiranías esquilmadoras que sólo sirven para convertir en inevitable la implacable venganza de la anarquía. Los trillados embustes eran tan visibles desde ese tren como una fila de carteles de productos Burma-Shave para el afeitado.

Paul Theroux
En “El viejo expreso de la Patagonia. Un viaje en tren por las Américas”

Hoy fuimos a Machu Picchu.
(…) ¡Qué lugar tan soberbio! Parece que se sube a un mundo más amplio, un paisaje hecho por titanes en un ataque de pura y simple megalomanía. Desde la especie de alforja sobre la que están las ruinas, los precipicios caen de cabeza hasta el rugiente río café, mil quinientos pies más abajo. Mirar hacia arriba marea más que mirar hacia abajo, porque el valle está rodeado por montañas con nieve en su faldas que se asoman vagas sobre uno, entre las nubes veloces; y porque puro en frente, donde se acaba el risco, se encuentra una fantástica y temible roca, como un fragmento de luna caída. La llaman Huayna Picchu. (…)
Nadie sabe cuántos años tiene esta ciudad: Puede haber sido habitada por los primeros Incas, antes de que Cuzco se convirtiera en su capital. Sin duda fue usada como reducto alpino por los últimos emperadores, después de que los españoles sojuzgaran el país. Tenía un templo muy sagrado. Allí, cuando todo lo demás está perdido, probablemente escondieron a las mujeres escogidas. Si fue así, los españoles nunca las encontraron: las sacerdotisas envejecieron y murieron una por una. Pasaron los siglos. La ciudad fue olvidada. Y mucho después, en 1911, Hiram Bingham, el arqueólogo americano, gracias a una engañosa serie de rumores locales, subió hasta la cima de los riscos y vio lo suficiente para que su curiosidad se estimulara. Al año siguiente, volvió con un grupo de asistentes. Y desbrozando la espesura, llena de mortales serpientes y gruesas lianas, desnudaron gradualmente el gran anfiteatro formado por terrazas, el palacio, los templos, los depósitos y el cuadrante solar sagrado. Y así añadieron Machu Picchu a las maravillas conocidas del mundo.

Christopher Isherwood
En “El cóndor y las vacas”

Vivir en la verdad, no mentirse a sí mismo, ni mentir a los demás, sólo es posible en el supuesto de que vivamos sin público. En cuanto hay alguien que observe nuestra actuación, nos adaptamos, queriendo o sin querer a los ojos que nos miran, y ya nada de lo que hacemos es verdad. Tener público es vivir en la mentira.” [Milán Kundera]
Solo vemos la mitad del rostro iluminado, la otra parte revestida por una sombra oscura nos ha dejado en puntos suspensivos… en el mundo del anonimato, donde ignoramos los límites y alcanzamos los excesos, el instante ha construido su propio imperio de seducción y obsolescencia decretada: es un inédito culto al fetiche de la mercancía y la pornografía de la información. Entramos sin esperarlo en la caverna ataviada con luces de neón. Ya no estamos encadenados observando sombras reflejadas en las paredes de piedra, sino hologramas que viajan a velocidades incontenibles. Ahí, sentados cómodamente en un sillón, pasamos muchas vidas en milésimas de segundo y vivimos la propia en nombre de las actuaciones ajenas.
No nos moveremos de este lugar porque desde ahí somos omnipresentes, así sea mientras llega la hora del sueño eterno, que nos deje en un remoto silencio o en un perpetuo Game Over que nos saque de la ficción y nos lleve a lo inexplorado.

Julián Sepúlveda
En: De la ficción de la realidad a la realidad de la ficción, ensayo de la compilación “Ficciones sociales contemporáneas”

Los días se sucedían penosamente sin cuenta ni calendario. A lo lejos en la interestatal largas hileras de coches carbonizados y herrumbrosos. Las llantas desnudas de las ruedas asentadas en un cieno gris de escombros derretidos, en negros círculos de alambre. Los cadáveres incinerados reducidos al tamaño de un niño y apoyados en los muelles vistos de los asientos. Diez mil sueños encerrados en el sepulcro de sus recocidos corazones. Siguieron adelante. Pisando por aquel mundo muerto como ratas en una rueda. Las noches mortalmente quietas y más mortalmente negras. Y el frío. Apenas hablaban. Él tosía todo el tiempo y el chico le veía escupir sangre. Caminando encorvado. Mugriento, andrajoso, desesperanzado. Se detenía y se apoyaba en el carrito y el chico seguía andando y luego paraba y miraba atrás y él alzaba sus ojos llorosos y lo veía allí de pie en la carretera mirándole desde un futuro inimaginable, resplandeciendo en aquel páramo como un tabernáculo.

Cormac McCarthy
En “La carretera”

Premio Pulitzer 2007

El propósito del estudio del budismo no es estudiar budismo sino estudiarnos a nosotros mismos. Es imposible estudiarnos a nosotros mismos sin alguna instrucción previa. Si se quiere saber lo que es el agua, uno necesita de la ciencia, y el científico necesita un laboratorio. En el laboratorio se cuenta con diversos medios para el estudio de lo que es el agua. Así es como se averigua qué clase de elementos contiene, las varias formas que toma y su naturaleza misma. Pero eso no basta para conocer el agua en sí. Lo mismo sucede con los seres humanos. Necesitamos cierta instrucción, mas ella es insuficiente para saber lo que “yo” soy en mí mismo. Mediante la instrucción podemos llegar a entender nuestra naturaleza humana. Pero esa instrucción no es nosotros mismos, es una explicación sobre nosotros. De modo que aquel que se apega a la instrucción o al maestro comete una gran equivocación. En cuanto uno halla un maestro, tiene que dejarlo y mantenerse independiente. El maestro se necesita para poder independizarse. Siempre que no nos apeguemos a él, nos mostrará el camino hacia nosotros mismos. Uno tiene un maestro por sí mismo, no por el maestro.

Shunryu Suzuki
En “Mente Zen, Mente de Principiante”

El dolor no disminuía; pero Iván Ilich hacía esfuerzos para pensar que se encontraba mejor. Y lograba engañarse, mientras nada lo emocionase. Pero en cuanto surgía una disputa con su mujer, una contrariedad en su trabajo o perdía en el juego, inmediatamente sentía todo el peso de su enfermedad. En otro tiempo, soportaba todos los fracasos, esperando que no tardaría en vencer la mala suerte, que llegaría el buen éxito. Ahora, cualquier contrariedad lo abatía y lo llevaba a la desesperación. Solía decirse: “¡Vaya! En cuanto empezaba a sentirme mejor, en cuanto empezaba a hacerme efecto la medicina, me ha sobrevenido esa maldita desgracia…”. Y se enfurecía contra la desgracia o contra las personas que le daban disgustos y lo mataban. Se daba cuenta de que esa misma ira lo llevaba a la tumba; pero no era capaz de dominarse. Al parecer, debía ser evidente que su irritación contra las circunstancias agravaba su enfermedad y que, por tanto, no debía hacer caso de ningún hecho desagradable. Sin embargo sus razonamientos eran contrarios: decía que la paz le era imprescindible y, al mismo tiempo, prestaba atención a todo lo que la destruía y, cada vez que esto pasaba, se dejaba llevar por la ira. La lectura de los libros de medicina y las consultas que hacía a los médicos agravaban su situación. Empeoraba tan paulatinamente, que podía engañarse al comparar un día con otro; no había casi diferencia. Pero, cuando consultaba a los doctores, le parecía que había empeorado e incluso que esto ocurría muy rápidamente. Sin embargo, no cesaba de acudir a ellos.
León Tolstoi
En “La muerte de Iván Ilich”

Al separarnos del mundo, también lo dividimos en bueno y malo, satisfactorio e insatisfactorio, agradable y doloroso. Y una vez hemos dividido el mundo de esta forma, nos pasamos la vida tratando de virar hacia un lado para evitar el otro y encontrar solamente los aspectos de la vida que nos convienen.
La naturaleza es como un huracán; lo que sucede, sencillamente sucede. Pero eso no es lo que deseamos para nosotros; esperamos que haya huracanes que destruyan otras casas, pero no la nuestra. Vivimos siempre a la expectativa de encontrar un refugio seguro en medio del huracán de la vida. Pero no hay tal sitio. La vida, en realidad, consiste simplemente en vivir y disfrutar cualquier cosa que surja. Sin embargo, como nuestra mente permanece centrada en el ego, creemos que el propósito de la vida es protegernos. Y eso nos mantiene atrapados. La mente que vive en función del ego pasa su tiempo pensando en la forma de sobrevivir y garantizar su seguridad, su comodidad, su diversión, su placer y una existencia sin sobresaltos. Cuando vivimos de esa forma, estamos perdidos; hemos perdido el centro. Cuanto más nos apartamos del centro, nos volvemos más ansiosos y excéntricos, esto es, alejados del centro.
Charlotte Joko Beck
En “La vida tal como es. Enseñanzas sobre Zen”

Ciudad de Guatemala. Doscientos kilómetros cuadrados de asfalto y hormigón (producido y monopolizado por una sola familia durante el último siglo). Prototipo de la ciudad dura, donde la gente rica va en blindados y los hombres de negocios más exitosos llevan chalecos antibalas. La metrópoli precolombina que financió la construcción de grandes ciudades como Tikal o Uaxactún –y sobre la que fue construida la actual– había alcanzado su auge económico a través del monopolio de la piedra de obsidiana, símbolo de la dureza en un mundo que desconocía el uso del metal.
Ciudad plana, Levantada en una meseta orillada por montañas y hendida por barrancos o cañadas. Hacia el sureste, en las laderas de las montañas azules, están las fortalezas de los ricos. Hacia el Norte y hacia el Oeste están los barrancos; y en sus vertientes oscuras, los arrabales llamados limonadas, los botaderos y rellenos de basura, que zopilotes hediondos sobrevuelan en parvadas “igual que enormes cenizas levantas por el viento” –como escribió un viajero inglés– mientras la sangre que fluye de los mataderos se mezcla con el agua de arroyos o albañales que corren hacia el fondo de las cañadas, y las chozas de miles de pobres (cinco mil por kilómetro cuadrado) se deslizan hacia el fondo año tras año con los torrentes de lluvia o los temblores de tierra.
Rodrigo Rey Rosa
En “Piedras encantadas”

El estado de iluminación o de despertar no consiste en tener una vivencia; todo lo contrario, es una ausencia de toda vivencia. El estado de despertar es un sentir puro, impoluto. Y eso es completamente diferente de “tener una experiencia de iluminación”. El despertar es la demolición de toda experiencia constituida por pensamientos, fantasías, recuerdos y esperanzas. Es obvio que no nos interesa demoler la vida tal como la conocemos; en realidad, demolemos las falsas estructuras de la vida identificando nuestros pensamientos, diciendo por milésima vez: “Tengo el pensamiento de que esto o lo otro va a suceder”. Después de decirlo mil veces, lo entendemos tal y como es. Es solo energía vacía que brota de nuestro condicionamiento, sin ninguna realidad. No contiene una verdad intrínseca; es solo cambiar, cambiar, cambiar.
Es fácil hablar de este proceso, pero no hay nada que nos interese menos que demoler las estructuras de nuestra fantasía. Tenemos el temor secreto de al demolerlas, acabaremos con nosotros mismos.
Charlotte Joko Beck
En “La vida tal como es. Enseñanzas sobre Zen”

Recordó, sin saber por qué, que alguien le había dicho que la carne de caimán joven sabía a langosta. Esto le hizo pensar en un discurso oído hacía varios años a una señora oriental acerca del inconveniente de alimentarse de gallinas, en lugar de vacas. Según cierto principio –que podía ser invención de la señora–, la vida de una mosca, la de un elefante y la de una señora eran, en esencia, iguales. La suma de vidas sacrificadas por un comedor de gallinas era muy superior a la de vidas sacrificadas por uno de reses, y por lo tanto el karma del primero costaba mucho más caro. Oyó un disparo, y echó a correr hacia delante, presa de la emoción, como un niño, y de la curiosidad. Pero luego oyó otro disparo, y perros que ladraban; se detuvo. Se oían también voces de hombres. Insultos. Otro disparo. Más voces, ahora muy bajas, susurros imposibles de comprender, y los ladridos de varios perros que sonaban cada vez más excitados.

Rodrigo Rey Rosa
En “Lo que soñó Sebastián”

“Entre los muchos pecados de que se me ha acusado, ninguno es menos justificado que aquél según el cual el elemento más importante de mi obra es el espíritu de investigación. Cuando pinto, me propongo indicar lo que he descubierto y no lo que estoy buscando. En arte, no basta querer. Como decimos en España, obras son amores, no buenas razones. Lo que cuenta es lo que un hombre hace, no lo que intenta hacer.
“Todos sabemos que el arte no es verdad. El arte es una ficción que nos permite reconocer la verdad, al menos la verdad que se deja comprender por nosotros. El artista debe conocer sus caminos y sus medios para convencer a otros de la verdad de su ficción. Cuando su arte solo indica que ha buscado o investigado la mejor manera de persuadir a otra gente que acepte sus ficciones, nada ha logrado.
“La idea de investigación ha hecho caer a menudo a la pintura en el error y ha obligado al artista a infructuosas elucubraciones. Tal es quizás el defecto principal del arte moderno. El espíritu de investigación ha envenenado a todos los que no captan plenamente los elementos positivos y fundamentales del arte moderno, pues les ha llevado al deseo de pintar lo invisible y, por lo tanto, lo impintable.”
Pablo Picasso
Citado por Herbert Read en “Filosofía del Arte Moderno”

El dominio del cielo, de esa zona casi siempre concebida como refugio de la espiritualidad humana, ha sido y, al parecer, continuará siendo todavía durante largo tiempo el objetivo de las ideologías o de las grandes religiones. Para ellas, en sus primeros momentos sobre todo, resultaba inconcebible que dicho dominio pudiera ser compartido con ningún otro.
Después de que las divinidades griegas fueron desalojadas del cielo, los escritores y filósofos antiguos quedaron en él como únicos príncipes. Sin embargo, el condominio con ellos resultaba problemático, por no decir imposible. De ahí que fuera comprensible que se les privara de su poder.
Todavía hoy prosiguen las tentativas de establecer relaciones de inferioridad comparativa entre los valores artísticos de la Biblia y los de los poemas homéricos, tentativa desafortunada y fuera de lugar, toda vez que, entre otras cosas, en tales casos es siempre el gran ciego quien resulta victorioso. De esta insensata contraposición, en todo caso, las religiones saldrían siempre perdiendo, e incluso el propio Jesucristo parecería endeble y vulgar ante el titán tonante cargado de cadenas, Prometeo.

Ismaíl Kadaré
En “Esquilo, el gran perdedor”

Bajo la iluminación apenas azul, las cúpulas armoniosas de la iglesia de San Basilio parecían a veces turbantes musulmanes, otras burbujas multicolores, infladas por el soplo de una boca gigantesca. En la mitología eslava se hablaba de una cabeza monstruosa que, sola en medio de la estepa, soplaba así, hinchando sus enormes carrillos para provocar tormentas de arena. Este huracán derribaba a cualquier caballero que osara aparecer en el horizonte. Siempre que leían algo acerca de aquella cabeza me estremecía de terror aunque la muerte que provocaba no fuera sangrienta ni misteriosa. Pero quizá fuera precisamente eso lo que me hacía estremecer: esa aniquilación provocada por un hálito de viento y barro, en mitad de la llanura muda y rasa, de la que no emergía más que la cabeza. Semejante mitología es preferible no tenerla, decía a veces Maskiavicius. Es una mitología de estepa y polvo. Desmedrados dioses eslavos. ¡Ah, qué leyendas poseéis vosotros, los balcánicos, igual que nosotros los lituanos! Pero qué quieres, el realismo socialista no nos permite escribirlas. Así hablaba Maskiavicius. Sin embargo no era una persona seria y lo que decía un día ya no lo mantenía al siguiente.
Ismaíl Kadaré
En “El ocaso de los dioses de la estepa”

Me sentí incómodo, lo mismo que ahora, y era el día de mi cumpleaños. Hacía doce años que había nacido.
Mi padre me dio un libro grueso y pesado con una cubierta de cuero rojizo. Todavía me sorprende la impresión de vejez que su apariencia me causó, y no fue menos fuerte la impresión que recibí al abrirlo y encontrarme con páginas y páginas en blanco.
A partir de aquel día, cada momento de alegría o de tristeza, de deseo o de rencor, cada objeto nuevo, cada cara, fue escribiéndose en el diario. Cada día, a veces cada hora, cada gesto…

Rodrigo Rey Rosa
En “Con cinco barajas. Antología personal”

La analogía entre ambos métodos [el chamánico y el psicoanalítico] sería aún más completa si pudiera admitirse, como Freud parece haberlo sugerido en dos oportunidades, que la descripción en términos psicológicos de la estructura de las psicosis y las neurosis debe desaparecer un día ante una concepción fisiológica e inclusive bioquímica. Esta eventualidad podría hallarse más próxima de lo que parece, puesto que recientes investigaciones suecas han puesto en evidencia diferencias químicas –referentes a la riqueza respectiva en polinucleótidos– entre las células nerviosas del individuo normal y las del alienado. De acuerdo con esta hipótesis o con cualquiera otra del mismo tipo la cura chamanística y la cura psicoanalítica se tornarían rigurosamente semejantes; se trataría en cada caso de inducir una transformación orgánica, consistente, en esencia, en una reorganización estructural, haciendo que el enfermo viva intensamente un mito –ya recibido, ya producido– y cuya estructura sería, en el plano del psiquismo inconsciente, análoga a aquella cuya formación se quiere obtener en el nivel del cuerpo. La eficacia simbólica consistiría precisamente en esta ‘propiedad inductora’ que poseerían, unas con respecto a otras, ciertas estructuras formalmente homólogas capaces de constituirse, con materiales diferentes en diferentes niveles del ser vivo: procesos orgánicos, psiquismo inconsciente, pensamiento reflexivo. La metáfora poética proporciona un ejemplo familiar de este procedimiento inductor: pero su empleo corriente no le permite sobrepasar el psiquismo. Comprobamos, así, el valor de la intuición de Rimbaud cuando decía que la metáfora puede también servir para cambiar el mundo.

Claude Levi-Strauss
En La eficacia Simbólica, de “Antropología Estructural”

Al difunto Odíntsov no le gustaban las innovaciones, pero permitía “cierta libertad del gusto refinado”, y, como consecuencia de ello, levantó en el jardín, entre el invernadero y el estanque, una construcción como un pórtico griego de ladrillo ruso. En el muro posterior del pórtico había seis nichos para estatuas, que Odíntsova se disponía a pedir al extranjero. Aquellas estatuas habían de representar el Aislamiento, el Silencio, la Meditación, la Melancolía, el Pudor y la Sensibilidad. Una de ellas, la diosa del Silencio, con un dedo en los labios, la trajeron y colocaron, pero eso mismo día los chiquillos de los criados le rompieron la nariz, y aunque un estucador vecino se había ofrecido a ponerle otra, “mejor que la anterior”, Odíntsova la mandó retirar. La diosa fue a para a un rincón del granero, donde permaneció muchos años, despertando el horror supersticioso de las campesinas. La parte delantera del pórtico se cubrió hacía tiempo de espesos arbustos: solo los capiteles de las columnas sobresalían del tupido follaje. En el mismo pórtico, incluso al medio día, hacía fresco. A Anna no le gustaba visitar aquel lugar desde que vio allí una serpiente; pero Katia venía con frecuencia a sentarse en un gran banco de piedra, colocado bajo uno de los nichos. Rodeada de frescor y de sombra, leía, trabajaba o se entregaba a esa sensación del silencio absoluto que, sin duda, todo el mundo conoce, y cuyo encanto consiste en captar de modo casi imperceptible esa ancha ola de vida que gira incesantemente alrededor nuestro y en nosotros mismos.

Iván S. Turgueniev
En “Padres e hijos”

Gonzalo Pizarro era el tercero de una familia de grandes ambiciosos. Buitres y halcones a la vez, sus hermanos Francisco, Hernando y Juan, con una avanzada de hombres tan rudos como ellos, se habían bastado para destruir un imperio. Tuvieron el privilegio de ver el reino de los incas en su esplendor, cuando los viejos dioses vivían. Encontraron por esas cordilleras caminos empedrados más firmes que las rutas de Italia, puentes anudados sobre el abismo, sendas con señales que indicaban el rumbo a los viajeros sobre el hombro luminoso de la montaña. Vieron hombres con grandes joyas en las orejas cultivando en terrazas escalonadas cientos de variedades de maíz, manzanas de tierra de todos los tamaños y colores, quinua más nutritiva que el arroz gris de las praderas del Asia. Vieron procuradores envueltos en mantas finas de ocre y de granate que gobernaban con un saber antiquísimo los grandes cultivos. Los vieron enterrar en los cimientos de las fortalezas, para neutralizar a los poderes subterráneos, fetos translúcidos de llama, a cambio de los niños que se ofrendaban en los tiempos antiguos. Y vieron pasar en cortejos ceremoniales, bajo un palpitar de tambores y en un viento de flautas, mujeres cuyas mirada altivas las hacían parecer reinas a todas, hasta cuando los truenos de Cajamarca mordieron el orgullo de las ciudades y empañaron el resplandor de las miradas.
William Ospina
En “El país de la canela”

Como respuesta a los planteamientos descalificadotes en torno a la validez y confiabilidad de la obra de Carlos Castaneda, podrían servir las palabras lúcidas del antropólogo Walter Goldshmidt: “La antropología nos ha enseñado que el mundo recibe definiciones diferentes en sitios diferentes. No es solo que la gente tenga costumbres distintas: no es solo que la gente crea en dioses distintos y espere destinos distintos después de la muerte. Mas bien es que los mundos de pueblos diferentes tienen formas diferentes. Los mismos supuestos metafísicos difieren: el espacio no se adapta a la geometría euclidiana, el tiempo no forma un fluir continuo unidireccional, la causalidad no corresponde a la lógica aristotélica, el hombre no se diferencia del no-hombre, ni la vida de la muerte, como en nuestro mundo. Sabemos algo de la forma de estos mundos gracias a la lógica de los idiomas aborígenes y a los mitos y ceremonias registrados por antropólogos. Don Juan nos ha mostrado destellos de un hechicero yaqui… Castaneda afirma con razón que este mundo, pese a todas sus diferencias de percepción, posee su propia lógica interna. Ha intentado explicarlo desde dentro, por así decirlo, –desde el interior de sus propias experiencias bajo la tutela de don Juan, ricas e intensamente personales–, más que examinarlo en términos de nuestra lógica. Si no puede lograr esto por entero, tal cosa se debe no tanto a su limitación personal como a una limitación que nuestra cultura y nuestro lenguaje imponen a la percepción: sin embargo, sus esfuerzos tienden un puente entre el mundo de un hechicero yaqui y el nuestro, entre el mundo de la realidad no ordinaria y el mundo de la realidad ordinaria”.
Antonio Iriarte Cadena
En “La razón vulnerada”

Debe quedar claro que las dos formas de percibir el mundo, la tosca u ordinaria y la sutil o extraordinaria, para utilizar la terminología hindú, formas de representación que dependen en la cosmovisión yaqui de si enfocamos sobre el mundo la primera o la segunda atención, no son más que eso: representaciones, descripciones, visiones, las cuales percibidas con los ojos del guerrero y del hombre de conocimiento hacen exclamar a don Juan Matus: “Para mí el mundo es extraño, porque es estupendo, pavoroso, misterioso, impenetrable”.
Uno de los aspectos más sugestivos y novedosos de esta manera de entender la realidad del mundo –su onticidad– como subordinada al modo particular como percibimos, es el dejar sin validez el concepto de verdad absoluta aplicado al conocimiento de lo que llamamos realidad objetiva, y sin piso firme la confianza, en ocasiones excesiva, con la que de ordinario abordamos la aprehensión de la realidad a partir de los datos de nuestros sentidos y del escrutinio de nuestra razón. Don Juan, pues, sitúa nuestro conocimiento de lo real en el terreno de lo relativo. Cesa, entonces, la ilusoria creencia de que el mundo es idéntico a como lo percibimos y, por lo tanto, exactamente igual para todos los que, como nosotros, lo miran, lo tocan o lo escuchan.

Antonio Iriarte Cadena
En “La razón vulnerada”

Los ingleses –apenas ciento treinta mil en un país de trescientos millones– necesitaban a los príncipes para administrar un territorio tan inmenso, siempre y cuando pudieran controlarlos y satisfacerlos de alguna manera. “Seremos los garantes de la autoridad y de los príncipes nativos como gobernantes de sus Estados –decía la proclamación–. Respetaremos sus derechos, su dignidad y su honor como si fueran los nuestros.” Fue un momento histórico en el que los reyes de la India dejaron de ser reyes y se convirtieron en príncipes. Protegidos por el paraguas británico que les garantizaba las fronteras, las ganancias y los privilegios, los soberanos vivieron a partir de entonces con seguridad y tranquilidad, no como sus antepasados. Ya no tenían que responder ante su pueblo, sino ante el poder supremo de la Corona británica, que les colmó de honores, títulos y salvas de cañonazos a fin de que cada uno estuviera situado en lo que se consideraba el orden correcto de precedencia. Muy hábilmente, los ingleses los fueron colocando como satélites, cada uno en su órbita particular.
La estabilidad que les proporcionó la Pax Britannica los volvió blandos y corruptos. Acabaron apoyándose cada vez más en los ingleses, convencidos de que eran indispensables para su propia supervivencia, cuando en realidad eran los príncipes los que habían sido indispensables para la supervivencia de los británicos en la India. De esa manera los rajás fueron apartándose poco a poco del pueblo, olvidando los preceptos de simplicidad y humildad inherentes a la sociedad hindú y empezando a vivir de manera ostentosa, compitiendo entre sí y emulando a los colonizadores. También ellos querían ser ingleses, pero les costaba conseguirlo porque procedían de una sociedad feudal.

Javier Moro
En “Pasión india”

Los taxónomos como Kinsey, que comprendían todas las implicaciones de la teoría evolutiva, desarrollaron una actitud radicalmente diferente frente a la variación. Existen, que duda cabe, islotes de forma: los felinos no se difuminan en un mar de continuidad, sino que aparecen ante nosotros como leones, tigres, linces, gatos domésticos, y así sucesivamente. Con todo, si bien las especies son discretas, carecen de una esencia inmutable. La variación es la materia prima del cambio evolutivo. Representa la realidad fundamental de la naturaleza, y no un accidente que rodea una norma creada. La variación es primaria; las esencias son ilusorias. Las especies deben definirse como parcelas de variación irreductibles.
Este modo de pensamiento antiesencialista tiene profundas consecuencias en nuestra visión básica de la realidad. Desde que Platón arrojó sombras sobre la pared de la caverna, el esencialismo ha dominado el pensamiento occidental, animándonos a prescindir de los continuos y a dividir la realidad en una serie de categorías correctas e inmutables. El esencialismo establece criterios de juicio y valor: los objetos individuales que están próximos a su esencia son buenos; los que se separan de ella son malos, o incluso irreales.
El pensamiento antiesencialista nos obliga a ver el mundo de un modo diferente. Debemos aceptar las gradaciones y los continuos como algo fundamental.

Stephen Jay Gould
En: “La sonrisa del flamenco. Reflexiones sobre historia natural”

Joralemon discute en este texto [“The Selling of the Shaman and the Problem of Informant Legitimacy”] el choque inicial que le supuso conocer que “su informante” Calderón, sobre el que había escrito siete capítulos en uno de sus libros, estaba trabajando para un grupo de New Age y participaba plenamente en la “comercialización del chamanismo”. Sus primeras sensaciones fueron de “vergüenza”, “enfado” y “traición”. Pero después utiliza el caso para reflexionar de un modo crítico sobre las expectativas de “autenticidad” que los propios antropólogos proyectamos con frecuencia sobre la gente con que trabajamos. Joralemon llega a la conclusión de que Calderón había conseguido conectar, con mucho éxito, formas peruanas y globalizadas de concebir la aflicción, en el marco de un mercado muy competitivo. Le iba sin duda mucho mejor que antes. Era dueño de un hotel y un restaurante y ya no sufría privaciones económicas. ¿Era Calderón un charlatán? Para Joralemon, claramente, no. Por un lado, le había mostrado la flexibilidad que caracteriza a muchos especialistas terapéuticos populares. Por otro lado, los antropólogos, que vivimos de los datos que obtenemos de nuestros informantes, no podemos criticar el hecho de que ellos también se beneficien económicamente.

Francisco Ferrándiz
En “Salud e Interculturalidad en América Latina

¡El mejor jefe posible! Warren Woomer iba a descubrir, a veces a sus expensas, la extrema sutileza de las relaciones en la sociedad india, donde cada cual ocupa un lugar específico en una miríada de jerarquías diferentes. “Aprendí a no hacer jamás una advertencia a nadie en presencia de su superior –dijo-. Aprendí a no anunciar nunca una decisión sin que cada uno hubiese tenido la ocasión de expresarse para que ésta pareciese el resultado de una elección colectiva. Pero sobre todo, aprendí a saber quien era Ram, quiénes eran Ganesh, Visnú y Shiva; qué acontecimientos conmemoraban las fiestas de Moharram o de Ishtema; quiénes eran el gurú Nanak o el dios del trabajo al que tan ardientemente veneraban mis obreros y que tenía un nombre tan difícil de recordar”.
El norteamericano Warren Woomer no pudo ignorar por mucho tiempo el nombre de Vishwakarma, uno de los principales gigantes del panteón hindú. En la mitología de la India, este dios personifica la potencia organizadora: Los textos sagrados lo glorifican como “el artesano del Universo, el dios que todo lo ve, el dispensador de todos los mundos, el que da sus nombres a las divinidades y se sitúa más allá de la comprensión de los mortales”. Es también el artífice de los dioses y el fabricante de sus herramientas, el señor de las artes y el constructor del cosmos, el fabricante de carros celestes, y el creador de todos los ornamentos. Por eso es la divinidad tutelar de los artesanos, el protector de todos los oficios manuales que permiten subsistir a los hombres.

Dominique Lapierre y Javier Moro
En “Era medianoche en Bhopal”

Para él la política se había convertido en una transacción comercial: se ponía a favor del que más le pagara. Su excusa era lo que él consideraba la “corrupción general”. Alegaba que si el dinero es el objetivo de los que se disputan el voto, lo más razonable era que también lo fuera para los pobres electores. Se había abandonado a la corrupción, dejándose embrutecer por ella y por las pasiones que lo dominaban. De su antiguo fervor revolucionario solo guardaba un vago recuerdo. Talvez en contados momentos de lucidez, en torno al brasero, en compañía de sus colegas, le retornaba el recuerdo con mayor viveza, pero en general prefería no tener en cuenta ninguno de los viejos principios y solo vivía para el hachís y el “amor”, el resto eran desechos, escombros decía él. Ya no odiaba a nadie, ni a los judíos, ni a los armenios, ni a los propios ingleses. La verdad es que tampoco amaba a nadie. Por eso sorprendía que, en la actual guerra, se hubiera entusiasmado de nuevo y hubiera abrazado la causa del partido alemán. Le preocupaba la situación de Hitler y se preguntaba por la fuerza real de los rusos, y si no deberían hacer las paces por separado. Su admiración por Hitler era totalmente ingenua y solo estaba basada en lo que había oído contar de su fuerza y osadía. Se lo imaginaba como un caballero andante y le deseaba la victoria como, de niño, se la había deseado a los héroes de las leyendas populares, Antar y Abu Zaid.

Naguib Mahfuz
En “ El callejón de los milagros”

La noche podía tener otros ceremoniales. El viejo Michel, el gran juez, castigaba a los delincuentes pegándoles como el capataz de una plantación, o les imponía una multa, o les hacía estar de rodillas durante dos horas, entrechocando piedras, o los expulsaba del regimiento durante dos semanas. A veces, el rey Noel y la reina, Marie, exigían una cuota. Entonces se preparaba una gran barra de pan y se enviaban trozos a todos los súbditos del rey y en ocasiones también a otro rey. A veces se administraba la “comunión”, una galleta sin sal, al rey y la reina; los súbditos del rey Samson pagaban dos dólares por asistir a la ceremonia. El dinero era siempre importante para un rey. Samson vendía ron a veintisiete centavos la botella.
Los reinos de la noche crecían; la fantasía se desbordaba. Un amo podía observar una “perturbación” entre sus negros: pero era el amo, sin secretos, sin lindezas, quien se convertía en fantasma. Entonces era del amo de quien se burlaban, por su ignorancia y simplicidad, con “canciones enigmáticas” y avisos directos. Ciertas expresiones, como c’est bien dommage, contenían todo el misterio; pero solo los negros lo sabían.

V. S. Naipaul
En “La pérdida de El Dorado”

“Creatividad” es sinónimo de “pensamiento divergente”, o sea capaz de romper continuamente los esquemas de la experiencia. Es “creativa” una mente siempre activa, siempre haciendo preguntas, descubriendo problemas donde los otros encuentran respuestas satisfactorias, a sus anchas en las situaciones fluidas en los que otros barruntan solo peligros, capaz de juicios autónomos e independientes (incluso del padre, del profesor y de la sociedad), que rechaza lo codificado, que vuelve a manipular objetos y conceptos sin dejarse inhibir por los conformismos. Todas estas cualidades se manifiestan en el proceso creativo. Y este proceso –¡atención! ¡atención!– tiene un carácter festivo: siempre: aun cuando estén en juego las “severas matemáticas”…

Gianni Rodari
En “Gramática de la fantasía"

Iré al puerto para elegir mi navío: Aquí está: es fino y ligero, como una fragata de inmensas alas. Su nombre es Argos. Se desliza lentamente hacia mar abierto, por aguas oscuras del crepúsculo, rodeado de pájaros. Y, pronto, en la noche, boga bajo las estrellas siguiendo su destino en el cielo. Estoy en el puente, a popa, envuelto por el viento, oigo el golpear de las olas contra el estrave y las detonaciones del viento en las velas. El timonel canta para sí, su canción monótona e interminable, oigo las voces de los marineros que juegan a los dados en la cala. Estamos solos en el mar, somos los únicos seres vivos. Entonces Ouma está de nuevo conmigo, siento el calor de su cuerpo, su aliento, oigo palpitar su corazón. ¿Hasta donde llegaremos juntos? ¿Agalega, Aldabra, Juan de Nova? Las islas son innumerables. Tal vez desafiemos la prohibición y lleguemos hasta San Brandán, donde han encontrado refugio el capitán Bradmer y su timonel. Al otro lado del mundo, en un lugar donde no se temen ya las señales del cielo, ni la guerra de los hombres.

J. M. G. Le Clézio
En “El buscador de oro”

A veces querer puede convertirse en rutina del amor, en vicio cotidiano, en aquella «servidumbre de los afectos» de la que hablara Roger Caillois en algún libro inolvidable. A veces puede ser una ausencia sin nombrar o la repetición de un nombre amable para los desvelos. A veces la rabia y la ternura hacen entender hasta qué punto son las horas limitadas. A veces una simple mirada esperadora, una sonrisa al azar, un sueño perdido. O cuando dan ganas bastantes de acariciar un perro, de sobar la crin de un caballo o de apretar la cabeza de un niño. O mirar el vuelo de un pájaro blanco. O ver desnuda a la mujer que nos ama. En las palabras no cabe el amor, lo invaden para destruirlo. El amor, de pronto, es coincidencia. Como la amistad cuando no pone condiciones. Se acepta al amigo lo que es o regresan las huellas al punto de partida, aunque perdonamos con mayor facilidad al enemigo que al amigo, de este aguardamos su correspondencia.
Estoy divagando, otra manera de empezar.
Manuel Mejía Vallejo
En “Recuerdos del poeta en 1979”

Pero Es-Ser no siempre se presenta. El hombre del desierto viene nada más cuando Lalla tiene muchas ganas de verlo, cuando realmente tiene necesidad de él, cuando lo necesita con tanta fuerza como hablar o llorar. Pero hasta cuando no viene sigue habiendo algo de él en la estepa pedregosa, tal vez su mirada ardiente, que ilumina el paisaje y va de un extremo a otro del horizonte. Lalla puede así marchar en plena extensión de lascas, sin preocuparse de adónde va, sin buscar nada. En algunos riscos hay curiosos signos que no entiende, cruces, puntos, manchas con forma de sol y de luna, flechas grabadas en la piedra. A lo mejor son signos de magia, eso es lo que dicen los muchachos de la Cité, y por eso no les gusta venir a la estepa blanca. Pero a Lalla no la asustan ni los signos ni la soledad. Sabe que el hombre azul del desierto la protege con su mirada, y ya no teme el silencio ni el vacío del viento

J. M. G. Le Clézio
En “Desierto”

No retornamos a la tesis vulgar (por lo demás, admisible, en la perspectiva estrecha en la que se coloca), según la cual la magia sería una forma tímida y balbuciente de la ciencia: porque nos privaríamos de todo medio de comprender el pensamiento mágico, si pretendiésemos reducirlo a un momento, o a una etapa, de la evolución científica y técnica. Sombra que más bien anticipa a su cuerpo, la magia es, en un sentido, completa como él, tan acabada y coherente, en su inmaterialidad, como el ser sólido al que solamente ha precedido. El pensamiento mágico no es un comienzo, un esbozo, una iniciación, la parte de un todo que todavía no se ha realizado; forma un sistema bien articulado, independiente, en relación con esto, de ese otro sistema que constituirá la ciencia, salvo la analogía formal que las emparenta y que hace del primero una suerte de expresión metafórica de la segunda. Por tanto, en vez de oponer magia y ciencia, sería mejor colocarlas paralelamente, como dos modos de conocimiento, desiguales en cuanto a los resultados teóricos y prácticos (pues desde este punto de vista, es verdad que la ciencia tiene más éxito que la magia, aunque la magia prefigure a la ciencia en el sentido de que también ella acierta algunas veces), pero no por la clase de operaciones mentales que ambas suponen, y que difieren menos en cuanto a la naturaleza que en función de las clases de fenómenos a las que se aplican.

Claude Lévi-Strauss
En “El pensamiento salvaje”

Pero ¡qué pocos artistas han conservado un sentido de su libertad, cuán pocos han llevado a cabo verdaderos hallazgos, en vez de modificar un tanto o perfeccionar los hallazgos de los demás! Ahora bien, Picasso abandona una y otra vez la vía disciplinaria, para irritación de los esquematizadores y los que están poseídos de la furia del orden, los cuales creen que en los dominios del espíritu se puede almacenar como en un depósito de herramientas; y abandona los caminos de la disciplina, porque sabe que siguiendo a los académicos se pueden alcanzar la habilidad manual y la complaciente perfección, pero no los grandes hallazgos, que solo tienen lugar en pintura cuando ésta se convierte e una hazaña del espíritu.

Lothar-Günther Buchheim
En “Picasso, biografía ilustrada”

Toda su vida de soldado, había conocido el miedo de tener que dar cuenta de una pérdida de material o de municiones, de tener que justificarse por haber abandonado, sin recibir antes una orden, una loma o una encrucijada… Pero nunca había visto que un jefe se encolerizara porque una operación hubiera costado cara en hombres. Y a veces, un oficial enviaba a sus hombres bajo el fuego enemigo para evitar la cólera de sus superiores, para poder decir: “No he podido, he dejado en ello la mitad de mis hombres, pero no he podido ocupar el objetivo.”
Los hombres, los hombres.
Había visto cómo se enviaba a los hombres bajo un fuego mortífero solo por bravata, por tozudez. El misterio de los misterios en la guerra, su carácter trágico, estaba en este derecho que tenía un hombre de enviar a otros hombres a la muerte. Este derecho se basaba en el hecho de que los hombres iban al combate en nombre de una causa común.
Vassili Grossman
En “Vida y Destino”

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que el procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía; de pronto era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentían balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
Julio Cortázar
En “Rayuela”

Experimentarse a sí mismo, convertirse en experimento, convertirlo todo en experimento, ver para saber, saber para verse construir, para ver construirse el mundo. Experimentarse: ser la propia carne de cañón de sus fusilamientos, voluntario de por vida, para la vida, para vivir a fondo aquello –la existencia– por lo que otros se deslizan, para vivir en vez de ser vivido. Experimentarse hasta donde sea posible que la razón observe o retorne a tiempo de expresarse. Experimentarse para dar cuenta de una realidad –“la realidad”– que se construye al tiempo que se deshace, como el propio ser, a su ritmo, ritmos que son ondas, ondas que son materia, materia que es espíritu y que se observa a sí mismo, que puede observarse a sí mismo, que puede construir mientras observa y observar mientras construye. Sus grandes pruebas, sus exorcismos, sus combates, sus afrontamientos, sus transgresiones, sus desplazamientos son otras tantas maneras de habérselas con una realidad que no es lo que parece, que sin embargo está ahí, a disposición de quien quiera indagarla, no sin antes pagar un precio, sin embargo, una entrega, una dedicación del espíritu, requerimiento que Michaux no duda en asumir. Parece haber sellado un compromiso consigo mismo, con ese fondo del espíritu que pide saber, saberse por encima de todo.

Chantal Maillard

En el Prólogo a “Escritos sobre pintura" de

Henri Michaux

Estamos en una coyuntura donde la crisis del capital se desenvuelve en combinación con una crisis ecológica y climática de escala mundial. En realidad, estamos ante el riesgo de una catástrofe, ya no del capitalismo en sí sino de la humanidad; ante una situación catastrófica en la cual la naturaleza, tratada sin la menor contemplación y golpeada por el hombre en el marco de un capitalismo consumista y depredador, reacciona brutalmente. Pero, hoy como en el pasado, la lógica del capital no reconoce las mal llamadas “externalidades” de la economía sino cuando afectan su tasa de ganancia. Es una actitud autodestructora. Si nada hacemos, el calentamiento global cobrará sus víctimas. Entre el 20 y 30 por ciento de las especies vivas pudieran desaparecer de aquí a 25 años. El cambio climático repercutirá fuertemente en la especie humana misma, Aparecen epidemias, el acceso al agua se dificulta cada vez más y se encarece, y con ello la disputa por las tierras se acentúa como nunca. Estamos acabando con la naturaleza, pero no percibimos que ella a su vez nos amenaza. La crisis actual viene a expresar los límites históricos del propio sistema capitalista y nos enfrenta a una crisis de la modernidad que considera la naturaleza como objeto de explotación. En síntesis, estamos ante una crisis de la civilización occidental que integra estas diversas dimensiones.
Wim Dierckxsens
En “Le Monde diplomatique” edición Colombia, diciembre de 2008

Canción de domingo
Es inútil escoger otro camino,
decidir entre esta palabra herida y el bostezo,
atravesar la puerta tras la cual te vas a perder
o seguir de largo como cualquier olvido.
Es inútil rociar raíces
que sean quimeras, árboles o cicatrices,
cambiar de papel y de escenario,
ser arco, cuerda, puta o sombra,
nombrar y no nombrar, decidirse por las estrellas.
Es inútil llevar prisa y adivinar,
porque no hay tiempo para ver
o demorarse la vida entera
en conocer tu rostro en el espejo.
Los lirios, el cemento, esos ojos zarcos,
las nubes que pasan, el olor de un cuerpo,
la silla que recibe la luz oblicua de la tarde,
todo el aire que bebes, toda risa o domingo,
todo te lleva indiferente y fatal hacia tu muerte.

María Mercedes Carranza
De su libro "Hola, soledad"

Y el mundo que gima y alce sus voces plañideras; sabrá entonces que no es el suyo, el dolor de lo perdido, el verdadero dolor: que hay otra tierra, otros hombres que no han vivido más que el dolor y el fracaso. El equinoccio del sufrimiento se dio en México; aquí se hermanaron todas las promesas, todas las traiciones; aquí el sol es más viejo y arrugado: y solo aquí sus rayos son luz de tinieblas. El sol ruge sin cesar, pero siempre es de noche. Noche de los dioses que huyeron despavoridos, noches rezando para que no suceda lo que ya sucedió, noches largas frente a un espejo, haciendo la mímica de los modelos mientras las espaldas se nos caen a jirones y el llanto nos suda por las manos. Noche cargada de fardos y de cofres de oro y plata, noche de la bayoneta y del pedernal; la sábana de ceniza volcánica vuela hasta las constelaciones para decirles a todos: si no se salvan los mexicanos, no se salva nadie. Si aquí en la tierra embrutecida de alcohol y traiciones y mentiras resplandecientes no es posible el don –el mismo don que tú pides, el de la gracia y el amor– no es posible en ninguna parte, entre hombres algunos. O se salvan los mexicanos, o no se salva un solo hombre de la creación.

Carlos Fuentes

En "La región más transparente"

La gente que no sabe hacerse amiga de los árboles dice que los bosques son silenciosos. Pero si silbas, y silbas bien, como un pájaro, comenzarás a oír los ruidos que hacen los árboles. Primero oyes esos bostezos y esas respiraciones agudas. Después percibes otros sonidos. Sonidos fuertes, como si un corazón palpitara en algún sitio debajo de la tierra. Luego, crujidos, explosiones de ramas que se enderezan, de hojas que se echan a temblar, de troncos que se estiran. Oyes sobre todo silbidos, porque los árboles te responden. Ese es el lenguaje de los árboles. Si no atiendes, creerás que son los pájaros los que silban. Hay que decir que eso es lo que parece. Pero no son los pájaros los que silban, son los árboles.
J. M. G. Le Clézio
En "Viaje al País de los Árboles"

Drogadicto. Esa era la meta a la que me dirigía: a desempeñar el papel definitivo y fatal de joven aspirante a negro. Excepto que mis fumadas no habían sido motivadas por mí, aun intentando demostrar lo 'hermano' que era. Al menos no por aquel entonces. Fumaba justo por lo contrario, porque así evitaba preguntarme quién era, porque suavizaba el relieve de mi corazón y difuminaba las esquinas de la memoria. Descubrí que no había diferencia alguna entre fumar porros en la nueva y reluciente furgoneta de un compañero blanco de clase, o en la habitación de la residencia universitaria de algún hermano que hubiera conocido en el gimnasio, o en la playa con una pareja de jóvenes hawaianos que habían abandonado la escuela y ahora pasaban la mayor parte del tiempo buscando una excusa para armar bronca. Nadie te hacía preguntas sobre si tu padre era un ejecutivo ricachón que engañaba a su esposa o un tipo en paro que te pegaba cada vez que se dignaba volver a casa. Podías estar aburrido, o solo. Todo el mundo era bien recibido en el club de los descontentos. Y si la fumada no podía resolver lo que te hacía sentir mal, al menos haría que te rieras de la locura en la que se había metido el mundo y ver la hipocresía, la mierda y la moralidad de pacotilla.

Barack Obama

En “Los sueños de mi padre” – Autobiografía

Penetra sordamente en el reino de las palabras.

Allí están los poemas que esperan ser escritos.

Están paralizados, pero no hay desesperación,

hay calma y frescura en la superficie intacta.

Helos solos y mudos, en estado de diccionario.

Convive con tus poemas antes de escribirlos.

Ten paciencia, si oscuros. Calma, si te provocan.

Espera que cada uno se realice y se consuma

con su poder de palabra

y su poder de silencio.

No fuerces al poema a desprenderse del limbo.

No cojas del suelo el poema que se ha perdido.

No adules al poema. Acéptalo.

Como él aceptará su forma definitiva y concentrada en el espacio.

Acércate más y contempla las palabras.

Cada una

tiene mil facetas secretas bajo la faz neutra

y te pregunta, sin interés por la respuesta,

pobre o terrible, que pudieras darle:

¿Has traído la llave?

Carlos Drummond de Andrade

de "La rosa del pueblo"

La soberbia niega y contradice lo que la humildad afirma y aconseja. Mientras la soberbia estimula la arrogancia, la vanidad, la egolatría y la presunción de querer ser lo que no se es, la humildad es la virtud que da el conocimiento de sí mismo, de las limitaciones, las debilidades y las capacidades para tratar con prudencia y obrar con respeto ante todo ser viviente.
La satisfacción y envanecimiento de las dotes propias con desprecio de las de los demás, es también una de las posturas mentales de la soberbia. La altivez, altanería, jactancia, arrogancia, presunción, fatuidad, ufanía, pedantería, humos, descaro, endiosamiento, impertinencia, ínfulas, insolencia, empecinamiento, copetudez, fanfarronería son algunas de las infinitas máscaras de la soberbia.
La soberbia es el amor excesivo de sí mismo, que por presunción, vanidad y jactancia mueve al ser humano a idealizarse como un ser superior a sus semejantes.

Del blog:http://centroluminoso.blogspot.com/

"... un siglo después de la llegada de Kago a la Tierra, cualquier forma de vida en aquel globo que había sido de un sustancioso azul verdoso, pacífico y húmedo, estaba muerta o a punto de morir. Por todas partes se encontraban los caparazones de los grandes escarabajos que los hombres habían construido y adorado. Eran automóviles. Lo habían matado todo.

El propio Kago había muerto mucho antes que el planeta. Estaba tratando de dar una charla en un bar de Detroit acerca de lo nocivos que eran los automóviles. Pero como era tan diminuto, nadie le prestaba la menor atención. Se tumbó a descansar un momento y un obrero-automóvil borracho creyó que era un fósforo y lo mató al frotarlo varias veces contra la parte de debajo de la barra, intentando encenderlo."

Kurt Vonnegut

"El Desayuno de los Campeones"

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Estamos en Tierra de los Tontos.
--Analiza siempre las pruebas con espíritu crítico -aconsejó un sabio a uno de sus estudiantes-. Mira, voy a ponerte a prueba en lo referente a la factibilidad de los hechos. Si te dijese: ¡Trepa por ese rayo de luna...! ¿Qué responderías?
--Diría que podría resbalarme al subir...
--¡Ves, hombre, estás equivocado! Debiste haber contestado que sería necesario hacer muescas con un hacha para afirmar los pies en ellas y poder subir.

Se cuenta que en un pueblo del interior, un grupo de personas se divertían con el tonto del pueblo: un pobre infeliz, de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y la limosna pública.
Diariamente, algunos hombres llamaban al tonto del pueblo al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas. Una era de tamaño grande, de 400 reales, y la otra tenía menor tamaño pero era de 2000 reales.
Él siempre cogía la más grande de tamaño y menos valiosa, lo que era motivo de risa para todos. Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre, le llamó aparte y le preguntó si no sabía que la moneda de mayor tamaño valía menos.
El tonto del pueblo le respondió:
–Claro que lo sé, no soy tan tonto. La grande vale cinco veces menos, pero el día que escoja la moneda pequeña el juego acabará y no voy a ganar más mi moneda diaria.

–¿Qué es el destino? -le preguntó, al viejo Nasrudín, un erudito queriendo atraparlo en contradicción.
–Una sucesión interminable de eventos interrelacionados, cada uno influyendo en los demás -dijo.
–Esa respuesta no satisface. Yo creo en la causa y efecto.
–Muy bien -replicó Nasrudín-, observa eso.
Y apuntó a un cortejo que pasaba por la calle. Iban a ajusticiar un hombre.
–A ese hombre lo van a ahorcar. Dime ¿lo van a ahorcar porque alguien le dio una moneda de plata que le permitió comprar el cuchillo con el cual cometió el crimen, o porque alguien le vio cometer el crimen y lo denunció, o porque nadie se lo impidió, o porque el juez lo ha decidido, o porque en su infancia nadie le enseñó a respetar la vida humana, o porque pasaba hambre, o porque la policía lo atrapó o porque el difunto no huyó de él al verlo?

Nashrudin a veces llevaba a la gente a pasear en su bote. Un día un pedagogo y lingüista lo contrató para que le transbordara al otro lado de un ancho río. Tan pronto como empezaron a navegar, el erudito preguntó si la travesía sería inquietante.
--De eso, pregúnteme nada -contestó Nashrudin.
--¿Qué, nunca has estudiado gramática?
--No -respondió él.
--Has perdido entonces la mitad de tu vida.
Nashrudin no contestó. Pronto se desató una terrible tormenta. El endeble barquichuelo de Nashrudin empezó a hacer agua. Éste se inclinó hacia su compañero de travesía y le preguntó:
--¿A nadar usted ha aprendido?
-- ¡No! -contestó el erudito.
--En caso tal, maestro, ha usted toda su vida perdido porque nos hundiendo estamos.

Escucha
Escucha a un amigo, y entonces oirás una idea distorsionada de ti mismo.
Escucha a tu enemigo, y oirás algo también distorsionado.
La amistad nos ayuda a sobrevivir y nos fortalece.
La oposición nos hace más fuertes.
Cuando hemos sobrevivido y hemos sido fortalecidos
nos encontramos con otra versión, distinta a las del amigo o el enemigo.
Esta es la Visión Superior,
La valía de la Morada se encuentra en el morador.
Idries Shah

Habiendo tenido noticias de que la Tierra era terreno de odio y perversidades, corrupción y malevolencia, el Sr. Diablo abandonó durante unos días su reino para disfrutar de un viaje. En compañía de uno de sus acólitos, el Sr. Diablo fue a dar un largo paseo por el planeta Tierra.
Maestro y discípulo iban caminando tranquilamente cuando, de súbito, éste último vio una partícula de Verdad. Alarmado, previno al Diablo:
–Señor, allí hay una partícula de Verdad ¡cuidado no vaya a extenderse!
El Sr. Diablo, sin alterarse en lo más mínimo, repuso:
–No te preocupes, hijito, ya se encargarán los humanos de institucionalizarla.

Le preguntaron a Hilmi:
--¿Por qué te tomas tanto interés en materias que no están relacionadas con el progreso del ser humano?
Él dijo:
--Cuando quieres saber si el carpintero ha estado trabajando duro, echas una mirada a las virutas en su taller no a lo que te dice que ha hecho.

Un ruiseñor decía, cierta vez, a un pavo real:
--Cuando trino, la gente me rodea para escuchar la belleza de mi canto. El hombre tal vez sea asesino pero también esteta.
El pavo real después de escuchar con atención, decidió atraer a la muchedumbre para que admirara su hermoso plumaje, incomparablemente más exquisito y que ningún ruiseñor podría exhibir. Con ése propósito acudió a un lugar dónde se congregaban seres humanos. Se pavoneó tanto frente a ellos, plegando y desplegando su cola, escondiendo y extendiendo sus plumas ante la mirada de todos, que uno de los espectadores dijo:
--Ese infortunado pavo real tiene algo que no anda bien. No puede quedarse quieto. Debe ser alguna enfermedad.
En vista de lo cual tomaron al pavo real y lo mataron, no fuese que la enfermedad se propagase a sus aves domésticas.

--¿Por qué no dejas nunca de hablar de mis errores pasados? -le preguntó el marido a su esposa-. La verdad, pensaba que ya habías perdonado y olvidado lo pasado.
--Y es cierto. He perdonado y olvidado -respondió la mujer-, pero quiero estar segura de que tú no olvides que yo he perdonado y olvidado.

Una caravana que iba por el desierto se detuvo cuando empezaba a caer la noche.
Un muchacho, encargado de atar a los camellos, se dirigió al guía y le dijo:
--Señor, tenemos un problema. Hay que atar a veinte camellos y sólo tengo diecinueve cuerdas. ¿Qué hago?
--Bueno -dijo el guía-, en realidad los camellos no son muy lúcidos. Ve donde está el camello sin cuerda y haz como que lo atas. El se va a creer que lo estás atando y se va a quedar quieto.
El muchacho así lo hizo. A la mañana siguiente, cuando la caravana se puso en marcha, todos los camellos avanzaron en fila. Todos menos uno.
--Señor, hay un camello que no sigue a la caravana.
--¿Es el que no atastes ayer porque no tenías soga?
--Sí ¿cómo lo sabe?
--No importa. Ve y haz como que lo desatas, si no va a creer que siguen atado. Y si lo sigue creyendo no caminará.

Marco Polo describía un puente, piedra por piedra.
--¿Pero cuál es la piedra que sostiene el puente? --preguntó el emperador Kublai Kan.
--El puente no esta sostenido por esta o aquella piedra -dijo Marco Polo-, sino por la línea del arco que ellas forman.
Kublai permaneció silencioso, reflexionando. Después dijo:
--¿Por qué me hablas de las piedras? Es sólo el arco lo que importa.
--Sin piedras no hay arco -dijo Marco.

Había una vez un hombre que viajó en búsqueda de la iluminación espiritual. Finalmente, llegó a la morada de un sabio que tenía la reputación de ser un maestro de los más grandes secretos del alma.
En el preciso momento en que se le hizo pasar a presencia del hombre ilustre, una extraña agitación se apoderó de él y cayó al suelo. Sintió que la misma tierra parecía quererse abrir y tragárselo.
--Al fin, al fin... te encuentro -balbuceó-. Oh Maestro, has exaltado mi espíritu, has conmovido mi ser más íntimo...
--Lo siento, no entiendo bien -dijo el venerable maestro-. ¿Cómo imaginas que puedes beneficiarte de lo que ha sido sólo un ligero terremoto? Ocurren muy a menudo por aquí...

Un prominente sabio de Asia Central estaba examinando candidatos que aspiraban a convertirse en discípulos.
--Veamos, quien quiera entrenamiento y no aprendizaje, quien desee discutir en vez de estudiar, quien sea impaciente, quien quiera tomar en vez de ofrecer... debe levantar la mano.
Nadie se movió.
--¡Muy bien! -dijo el Maestro-. Ahora vendréis conmigo y conoceréis a algunos de mis discípulos. Han estado conmigo durante tres años.
Les condujo a una habitación de meditación donde había una hilera de gente sentada y les dijo:
--Aquellos que desean ser entretenidos en vez de aprender, quienes son impacientes y quieren discutir, los que toman y no ofrecen... por favor, que todos estos se levanten.
La hilera completa se puso de pie. El sabio se dirigió al primer grupo:
--Según vuestro criterio, ahora sois mejores personas de lo que seréis dentro de tres años, si permanecéis aquí. Vuestra vanidad actual os lleva incluso a sentiros importantes. Así que volved a vuestros hogares y, antes de venir otra vez en el futuro, si así lo deseáis, reflexionad bien acerca de si queréis sentiros mejor de lo que sois o peor de lo que el mundo os considera.

Un hombre, que imaginaba ser un genuino buscador del sentido profundo de la vida, visitó a un venerable anciano. El sabio era muy, muy viejo y gozaba de gran reputación como guía espiritual procedente de una larga línea de místicos. El hombre lo saludó con estas palabras:
--Qué maravilloso es que hayas alcanzado una edad tan venerable y que seas extensamente admirado por tus austeridades que realzan tu elevada espiritualidad. ¿Cuáles son las características más importantes de tu disciplina?
--Primero -dijo el anciano con voz trémula-, me ciño firmemente al vegetarianismo y segundo, siempre estoy sereno y nunca, por ningún motivo, pierdo los estribos con nada ni con nadie...
En ese momento se oyó un gran tumulto de gritos y alaridos que procedían de la cocina.
--No le prestes atención a eso -dijo el anciano sonriendo-. Tan solo se trata de mi ilustre padre, que está dándole una paliza al carnicero por haberse retrasado en traerle la carne que le encargó.

Un día, un becerro tuvo que atravesar un bosque virgen para volver a su pastura.
Como era un animal irracional y joven, abrió un sendero tortuoso, lleno de curvas, subiendo y bajando colinas que no hacía falta subir.
Al día siguiente, un perro que pasaba por allí usó ese mismo sendero para atravesar el bosque. Después fue el turno de un carnero, cabeza de rebaño, que viendo el espacio ya abierto hizo que sus compañeros siguieran por allí.
Más tarde, los hombres comenzaron a usar ese sendero. Entraban y salían, giraban a la derecha y a la izquierda, subían y descendían, se desviaban quejándose y maldiciendo, con toda razón. Pero... no hacían nada para crear una alternativa nueva.
Después de tanto uso, el sendero acabó convertido en un amplio camino donde los pobres animales se cansaban bajo pesadas cargas. El sendero les obligaba a recorrer en tres horas una distancia que podría haber sido vencida en treinta minutos si no hubieran seguido la vía abierta por el becerro.
Pasaron muchos años y el camino se convirtió en la calle principal de un poblado. Finalmente, en la avenida principal de una ciudad. Todos se quejaban del tránsito, porque el trayecto era el peor posible.
Mientras tanto, el viejo y sabio bosque se reía al ver como los humanos tienen la tendencia a seguir como ciegos el camino que ya está abierto, sin preguntarse nunca si esa es la mejor elección.

Mientras el demonio estaba hablando con sus amigos, se fijaron en un hombre que caminaba por la calle. Siguieron su recorrido con los ojos y vieron que se agachaba con mucho interés para coger algo del suelo.
--¿Qué habrá encontrado? -preguntó uno.
--Un pedazo de la Verdad -respondió el demonio.
Sus amigos se preocuparon muchísimo. Al fin y al cabo, un pedazo de la Verdad podía salvar el alma de aquel hombre y tendrían una menos en el Infierno. Pero el demonio, imperturbable, seguía contemplando el paisaje.
--¿No estás preocupado? -le dijo uno de sus compañeros- ¡Ha encontrado un pedazo de la Verdad!
--Oh, no. No me preocupa en absoluto -respondió el demonio- ¿Sabes qué hará con este pedazo? Como siempre, creará una nueva religión y alejará muchas más personas de la Verdad total.

Había una vez un vendedor de relojes de pulsera que descubrió que podía vender con facilidad relojes a la gente de la ciudad. Ellos sabían qué era el tiempo. Sin embargo, con los campesinos le era más difícil. Un día, estando en el campo, se encontró con un hombre que cortaba leña. Se hizo la promesa de que lograría que el campesino entendiese el valor de un cronómetro. De modo que dijo:
--Buenos días ¿Qué hora es?
El viejo campesino miró la pila de madera y respondió:
--Faltan veinte leños para la comida del mediodía.

Ante una batalla decisiva, el general japonés decidió tomar la iniciativa y atacar, a pesar de saber que el enemigo era mucho más numeroso. Aunque confiaban en su estrategia, sus hombres estaban temerosos. Camino hacia la confrontación, resolvieron detenerse en un templo. Después de rezar, el general se dirigió a sus soldados:
--Voy a arrojar esta moneda. Si sale cara, volveremos todos al campamento. Si sale cruz, significará que los dioses nos protegen y que derrotaremos al enemigo. Ahora se revelará nuestro futuro.
Tiró la moneda al aire y los ojos ansiosos de sus soldados vieron el resultado: cruz. Todos vibraron de alegría, atacaron con confianza y vigor y pudieron celebrar la victoria al atardecer.
Orgulloso, su comandante comentó:
--Los dioses siempre tienen razón. Nadie puede cambiar el destino revelado por ellos.
--Tienes razón, nadie puede cambiar el destino cuando estamos decididos a seguirlo. Los dioses nos ayudan, pero a veces tenemos que ayudarlos también –respondió, entregando la moneda a su oficial.
Los dos lados marcaban cruz.

El maestro le insistía a su discípulo una y otra vez sobre la necesidad de cultivar el sosiego.
--Deja que tu mente se remanse y se sosiegue.
--Ya ¿Pero qué más? –preguntaba impaciente el discípulo.
--De momento, sólo eso.
Pero el discípulo no lograba estar paciente y se exasperaba, sin dejar de preguntar:
--¿Y qué más?
--De momento, sólo eso. Sé paciente, sosiégate, recupera la paz interior.
Un día y otro recibía la misma instrucción, hasta que el discípulo le preguntó:
--Pero maestro, ¿por qué consideras tan importante el sosiego?
--Acompáñame –dijo el maestro.
Le condujo hasta un estanque y con un palo comenzó a agitar sus aguas. Entonces preguntó:
--Mírate ¿Puedes ver tu rostro en el agua?
--¿Cómo voy a verlo si el agua está tan agitada? –protestó el discípulo, pensando que el maestro se burlaba de él.
--De igual manera, mientras estés agitado no podrás ver el rostro de tu esencia, de tu yo interno.

Se cuenta que dos estudiantes del Camino espiritual, comprometidos en su propia evolución, estaban discutiendo acerca del ser humano. El primero dijo:
--El hombre llega a la Verdad a través de su esfuerzo personal y la búsqueda, y comenzando con ignorancia, alcanza el conocimiento.
El segundo dijo:
--No. El hombre llega a la Verdad sólo a través de la guía de Maestros y Gurúes expertos.
Llegaron casi a las manos. Estaban lejos de resolver su discusión cuando un verdadero iniciado, un hombre santo, pasó por casualidad. Los dos lo conocían y decidieron referirle la cuestión.
--Pronúnciate en este asunto, por favor –le urgieron.
--Muy bien ¿Acaso cada uno de vosotros ha visto dos perros disputando acerca de un hueso?
--Si, lo hemos visto -dijeron los dos estudiantes.
--¿Y habéis visto alguna vez al hueso unirse a la disputa? Pensad en ello.
(R. Tagore)

--Estoy en alquiler ¡contratadme! --gritaba yo una mañana andando por la carretera.
El rey pasó con su carroza, la espada en la mano. Me cogió y me dijo:
--Te tomo a mi servicio. A cambio, tendrás una parte de mi poder.
Pero yo no sabía que hacer con su poder y le dejé partir en su carroza.
En el ardiente mediodía todas las casas estaban cerradas. Yo vagaba por caminos tortuosos. Un anciano se me acercó, llevando un saco lleno de oro. Se detuvo pensativo y me dijo:
--Ven, te tomo a mi servicio. Te pagaré con este oro.
Empezó a contar sus monedas, una a una, pero le volví la espalda. Caía la tarde. El seto del jardín estaba florecido. Una hermosa muchacha se me acercó y me dijo:
--Te tomo a mi servicio y te pagaré con una sonrisa -pero su sonrisa se desvaneció, le saltaron las lágrimas y, sola, se perdió de nuevo en la sombra.
El sol reverberaba en la arena y las olas rompían caprichosamente. Un niño jugaba con las conchas sentado en la playa. Levantó la cabeza, me miró como si me reconociera, y me dijo:
--Te tomo por nada.
Desde que hice este trato, jugando con un niño, me he convertido en un hombre libre.
(R. Tagore)

Un león fue capturado y encerrado en una reserva vallada. Para su sorpresa, encontró otros leones que llevaban allí muchos años, algunos incluso toda su vida: habían nacido en cautividad.

El recién llegado no tardó en familiarizarse con las actividades de los restantes leones, que se asociaban en distintos grupos.
Un grupo era el de los socializantes, otro el del mundo del espectáculo y había un grupo que tenía como objetivo preservar las costumbres, la cultura y la historia de la época en que los leones eran libres. Había un grupo de leones religiosos y otros que atraían a los que tenían talento literario o artístico. Había, finalmente, revolucionarios que se dedicaban a conspirar contra sus captores y contra otros grupos revolucionarios. De vez en cuando estallaba una revuelta y un determinado grupo era eliminado, o bien, aunque más de tarde en tarde, resultaban muertos los guardianes del campo que los encerraba y eran reemplazados por otros guardianes.
El recién llegado reparó en la presencia de un león que parecía estar siempre profundamente dormido. No pertenecía a ningún grupo y estaba ajeno a todos ellos. Suscitaba admiración a unos y hostilidad a otros.
--No te unas a ningún grupo -dijo el solitario-. Esos pobres se ocupan de todo menos de lo esencial.
--Y, ¿qué es lo esencial? -preguntó el recién llegado.
--Lo esencial es estudiar la naturaleza de la cerca que nos encierra.

Hace cientos de años en una ciudad de Oriente. Un anciano caminaba de noche por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. En cierto momento, un hombre giró una esquina y tropezó abruptamente con el anciano. El hombre se puso a gritarle con malos modos:
--¡Vigila viejo, mira por donde vas!
Tras gritar, el hombre se calmó y miró al anciano a la luz de la lámpara que éste sostenía. De pronto, reconoció a un amigo. Se dio cuenta que era Guno, el ciego del pueblo. Le dijo:
--¿Qué haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? Si tú no ves...
El anciano le respondió:
--Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. No llevo la lámpara para ver mi camino, sino para que no tropiecen conmigo y para que otros encuentren su camino cuando me vean a mi.
Un grupo de personas murieron al mismo tiempo en una catástrofe y se sorprendieron al encontrarse en un mundo muy similar a éste. Tenían a su disposición todo tipo de entretenimientos y todas las facilidades posibles. Se asombraron aun más al descubrir que estaban en el infierno.
Aquellos que querían vidas excitantes las tuvieron. Los que deseaban mucho dinero lo obtenían. Se satisfacían las ambiciones y deseos de todo tipo.
Un día conocido como el Día de las Quejas, un grupo de condenados se dirigió al demonio controlador y le dijeron:
--Llevamos una vida maravillosa, fiestas, riquezas, excitación, pero parece como si nos estuviésemos desgastando. Nos volvemos poco atractivos unos a otros y lentamente vamos perdiendo las pertenencias que nos llegan tan fácilmente...
--Si -dijo el diablo- ¿A que es infernal?
Un hombre recorrió medio mundo para comprobar por si mismo la extraordinaria fama de que gozaba un famoso líder espiritual. Durante el camino encontró a un discípulo del afamado sabio y le preguntó:
--¿Qué milagros ha realizado tú Maestro?
--Bueno, verás... hay milagros y milagros. En tu país, se considera un milagro el que Dios haga la voluntad de alguien cuando éste se lo pide. Entre nosotros, se considera un milagro el que alguien haga la voluntad de Dios.

Un estudiante se quejaba de que no podía meditar: sus pensamientos no se lo permitían. Habló de esto con su maestro, diciéndole:
–Maestro, los pensamientos y las imágenes mentales no me dejan meditar. Cuando se van unos segundos, luego vuelven con más fuerza. No puedo meditar. No me dejan en paz.
El maestro le dijo que esto dependía de él mismo y que dejara de cavilar.

No obstante, el estudiante seguía lamentándose de que los pensamientos no le dejaban en paz y que su mente estaba confusa. Cada vez que intentaba concentrarse, todo un tren de pensamientos y reflexiones, a menudo inútiles y triviales, irrumpían en su cabeza.
El maestro entonces le dijo:
–Bien. Agarra esta cuchara y tenla en tu mano. Ahora siéntate y medita.
El discípulo obedeció. Al cabo de un rato el maestro le ordenó:
–¡Deja la cuchara, ahora!
El alumno así hizo y la cuchara cayó, obviamente, al suelo.

Miró a su maestro con estupor y éste le preguntó:
–Entonces, ahora dime quién agarraba a quién, ¿Tú a la cuchara o la cuchara a tí?

Estaba un sabio sentado a la orilla del Ganges instruyendo a sus discípulos acerca del apego cuando otro joven discípulo, aparentemente rico y ostentoso con sus joyas, se acercó al grupo diciendo.
--He aquí, divino maestro, que traigo un regalo digno de ti.
Todos se acercaron a mirar el valioso regalo que el recién llegado sacó de entre un pañuelo de seda. Algunos no pudieron evitar algunas exclamaciones de admiración que escaparon de sus bocas. Eran un par de brazaletes de oro con piedras preciosas finamente incrustadas.
El maestro sondeó con su mirada al joven discípulo y tomando uno de los brazaletes lo miró con cariño y minuciosamente, y lo arrojó al Ganges. Todos quedaron estupefactos. Tras un momento de total confusión y vacilación se lanzaron al agua en busca del brazalete.
Al cabo de muchas horas, ya cayendo la tarde, el discípulo rico volvió al maestro y rogándole le preguntó.
--Maestro, a lo mejor pudiera encontrar el brazalete si me indicas por donde cayó al río.
El sabio no dijo palabra alguna. Tomó el segundo brazalete, lo miró y lo lanzó al río.
- Allí --dijo.
Estaba un sabio sentado a la orilla del Ganges instruyendo a sus discípulos acerca del apego cuando otro joven discípulo, aparentemente rico y ostentoso con sus joyas, se acercó al grupo diciendo.
--He aquí, divino maestro, que traigo un regalo digno de ti.
Todos se acercaron a mirar el valioso regalo que el recién llegado sacó de entre un pañuelo de seda. Algunos no pudieron evitar algunas exclamaciones de admiración que escaparon de sus bocas. Eran un par de brazaletes de oro con piedras preciosas finamente incrustadas.
El maestro sondeó con su mirada al joven discípulo y tomando uno de los brazaletes lo miró con cariño y minuciosamente, y lo arrojó al Ganges. Todos quedaron estupefactos. Tras un momento de total confusión y vacilación se lanzaron al agua en busca del brazalete.
Al cabo de muchas horas, ya cayendo la tarde, el discípulo rico volvió al maestro y rogándole le preguntó.
--Maestro, a lo mejor pudiera encontrar el brazalete si me indicas por donde cayó al río.
El sabio no dijo palabra alguna. Tomó el segundo brazalete, lo miró y lo lanzó al río.
- Allí --dijo.
Había una vez, en un país muy lejano, dos príncipes que se enfrentaron en un duelo. Como era costumbre en aquel lugar, el vencedor disponía de la vida del vencido y lo ejecutaba.
El príncipe vencido fue llevado al palacio del vencedor pero en vez de recluirlo en una mazmorra, fue instalado en una de las mejores estancias de palacio. Todos los día era atendido con gran solemnidad, como correspondía a su linaje, y se le ofrecían grandes fiestas y comidas exquisitas.
Pero el príncipe vencido sabía que tarde o temprano iba a ser ejecutado y cada día que pasaba su angustia iba creciendo.
Un día pudo mandar un mensaje al príncipe vencedor pidiéndole, que por caridad, acabara con su sufrimiento y le quitara la vida.
El príncipe atendió su súplica y dispuso lo necesario para que la ejecución se llevara a cabo al día siguiente.
Aquella mañana, con motivo de la ejecución, se convocó a toda la corte a la fiesta más grande que se pueda imaginar. Había música y danzarines, las mejores comidas y bebidas estaban presentes en enormes y lujosas mesas. Todo era fastuoso. Pero el príncipe vencido sabía que lentamente llegaba el momento de su ejecución y su angustia crecía por momentos. La fiesta seguía y un grupo de danzarines bailaba en el centro de la gran estancia con enormes espadas curvas en sus manos, daban la sensación de volar para asombro de la audiencia.
El príncipe no soportaba más la angustia y gritó al anfitrión:
--¡Por favor, ordena mi ejecución, no soporto más esta angustia!
--Amigo, ya has sido ejecutado. Mueve tus hombros, verás como tu cabeza cae al suelo --dijo el príncipe vencedor.
Al atardecer, un pastor se disponía a conducir el rebaño al establo. Entonces contó sus ovejas y, muy alarmado, se dio cuenta de que faltaba una de ellas. Se angustió y comenzó a buscarla durante horas, dio vueltas y gritos cada vez mas ansioso hasta que se hizo muy avanzada la noche. No podía hallarla y empezó a llorar desesperado. Entonces, un hombre que salía de la taberna y que pasó junto a él, le miró y le dijo:
--Oye pastor, ¿por qué llevas una oveja sobre los hombros?
Se cuenta que una vez alguien le dijo al sabio Leonardo da Vinci:
–No te comportas como un gran poeta ni como un sabio que dicen que eres, ¿cómo sabemos que eres genuino?
El respondió:
–Tú, por otra parte, te comportas casi exactamente como un ser humano... ¡Así es como sabemos que aún no eres uno!
Había un gorrión minúsculo que, cuando retumbaba el trueno de la tormenta, se tumbaba en el suelo y levantaba sus patitas hacia el cielo.
--¿Para qué haces eso? -le preguntó un zorro.
--Para proteger a la tierra, que contiene muchos seres vivos -dijo el gorrión-. Si por desgracia, el cielo cayese de repente ¿Te das cuenta de lo que ocurriría? Por eso levanto mis patas, para sostenerlo.
--¿Con tus enclenques patitas quieres sostener el inmenso cielo? -preguntó el zorro.
--Aquí abajo cada uno tiene su cielo –dijo el gorrión–. Vete... tú no lo puedes comprender.

En cierta época existió un rey que tenía muchas responsabilidades a las que hacer frente. Pensó que si podía hallar la respuesta a ciertas preguntas sabría siempre lo que tendría que hacer, en cualquier caso y esto le ayudaría mucho en su tarea.
Estas eran las tres preguntas que se planteó:

1) ¿Cuál es el mejor momento para hacer las cosas?, 2) ¿Quiénes son las personas mas importantes?, 3) ¿Qué es lo más importante?
El rey ofreció una importante recompensa a quien supiera las respuestas. Muchos fueron a responder, pero nadie lo hizo a su satisfacción.
Finalmente, angustiado por las muchas responsabilidades y decisiones que debía tomar, fue a visitar un ermitaño que vivía en las cumbres montañosas y que era conocido por su sabiduría.
El rey llegó hasta donde vivía el anciano y le formuló las tres preguntas. Éste le escuchó con atención, pero no dijo nada y siguió con su tarea de cavar el huerto.
El rey miró al anciano y se fijó que tenía aspecto de estar muy fatigado.
--Dame la azada, yo cavaré mientras tu reposas --dijo generosamente el rey.
Y así el ermitaño pudo descansar mientras el rey trabajaba en el huerto.
Después de un buen rato, el rey se sintió cansado del trabajo, dejó la azada en el suelo y dijo:
--Si no puedes responder mis preguntas no debes temer nada. Simplemente dímelo y me marcharé.
--¿Oís como alguien corre? –preguntó de repente el ermitaño al rey, a la vez que señalaba algún lugar del bosque.
De pronto, de entre los arbustos salió un hombre tropezando y agarrando su estómago entre las manos. Cuando el rey y el ermitaño llegaron hasta él, cayó desmayado. Vieron que el hombre tenía un corte muy profundo en el cuerpo. El propio rey limpió la herida del hombre. Éste, al despertar, pidió agua y el mismo rey fue hasta una fuente cercana y le trajo agua. El hombre bebió agradecido y se durmió.
Entre el rey y el anciano transportaron al hombre hasta la cabaña de éste y lo tumbaron sobre su cama. El rey, cansado de tanta actividad, se sentó a pensar pero se quedó también dormido.
A la mañana siguiente, el rey se sorprendió de ver dónde estaba y de ver al hombre herido que estaba frente a él con la vista fija.
--Perdonadme –murmuró el hombre con humildad.
--¿Perdonadme? –dijo el rey levantándose– ¿Qué has hecho para necesitar mi perdón?
--Vos no me conocéis majestad, pero yo os consideraba mi peor enemigo. Durante la última guerra vos matasteis a mi hermano y os quedasteis con nuestras tierras.
El hombre siguió contando que, escondido entre los arbustos, esperaba a que el rey regresara de su visita al ermitaño para matarlo, pero uno de los guardias que protegían los accesos a la montaña, le vio y le hirió.
--Conseguí huir de vuestro guardia, pero si su majestad no me hubiera encontrado y ayudado como lo hizo, ahora estaría muerto. Yo planeaba mataros y resulta que me habéis salvado la vida. Me siento avergonzado y agradecido.
El rey reflexionó sobre la historia del aquel hombre y le devolvió las tierras. Una vez el hombre se hubo marchado, el rey se dirigió al anciano y le dijo:
--Gracias buen ermitaño, ahora debo irme a seguir buscando para encontrar las respuestas a mis preguntas.
El ermitaño se puso a reír y le respondió:
--¡Vuestras preguntas están contestadas majestad!
Y ante la mirada de sorpresa del rey le explicó:
--Si vos no me hubierais ayudado a cavar el huerto y simplemente os hubierais marchado con prisas buscando las respuestas, el hombre al que habéis ayudado hubiera salido en algún punto del camino de regreso y os hubiera herido o matado. Por tanto, el momento más importante para vos
fue mientras estabais cavando mi huerto. La persona más importante fui yo mismo, la persona con la que vos os encontrabais y lo más importante fue sencillamente ayudarme. Más tarde, cuando encontramos al hombre herido que iba montaña arriba, el momento más importante fue cuando le curasteis la herida evitando que muriera. Si hubiera muerto, vos y él nunca hubierais llegado a conoceros y trabar la nueva amistad que ahora os une. Y en aquel momento, él era la persona más importante del mundo, y el objetivo más importante curarle la herida.

El momento presente es el único momento que importa –siguió diciendo el ermitaño–. La persona más importante es siempre la persona con la que estás. El objetivo mas importante es siempre hacer feliz a la persona que está a tu lado ¿Qué puede ser más sencillo o más importante?

Él era un prestigioso sabio médico. El rey de cierto país lo llamó para que curase su enfermedad. El sabio rehusó. Entonces el rey ordenó a sus soldados que aprehendiesen al doctor y lo llevasen a su presencia.
Cuando estuvieron cara a cara, el rey dijo:
--Te he traído aquí atado para que me cures, porque sufro de una inexplicable parálisis. Si me curas te recompensaré generosamente, si no, haré que te corten la cabeza.
El médico sabio dijo:
--Vayámonos juntos a una habitación de la que todas las demás personas sean excluidas.
Cuando estuvieron solos, el sabio sacó un cuchillo y dijo:
--Ahora me tomaré la revancha por el insulto de haberme tratado con tanta violencia -y avanzó amenazante hacia el rey.
Aterrorizado y sin saber qué hacer, el rey saltó y comenzó a correr alrededor de la silla, olvidándose de la parálisis en su ansiedad por escapar del doctor.
Mientras el rey llamaba a los guardias, el sabio corrió hacia una ventana y escapó.

El rey fue curado por el único método que podía dar resultado, pero se sintió resentido con el doctor por muchos años.
Tal es la peculiaridad de las personas que piensan que el "engaño" es siempre malo.

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En cierta ocasión había un elefante que vivía tranquilo. Era majestuoso, sereno y astuto. Un buen día, una pareja de mosquitos que pasaban por allí decidieron instalarse en un rincón de una de las orejas del elefante. Así que escogieron el rincón que les pareció más adecuado e hicieron su nido. Como era propio de la naturaleza del mosquito, quiso que el elefante supiera de su decisión y de su existencia, y le gritó, con un cierto acento sudeño:
--¡¡Elefante, soy el mosquito Azuram y su esposa!! Por unanimidad hemos decidido vivir en tu oreja. Te lo comunico para que lo sepas. ¿Lo entiendes? Soy Azuram y su familia.
El elefante siguió con su vida, tranquilamente. La pareja de mosquitos vivieron el tiempo de una vida de mosquito en la oreja del majestuoso paquidermo. Experimentaron momentos de intimidad, peleas, fiestas de mosquito, incluso se reprodujeron, hicieron algún amigo y formaron una familia. Todo en el pequeño rincón de la oreja del elefante.
De vez en cuando, Azuram comunicaba a gritos al elefante sus decisiones y acciones, pero nunca recibía respuesta.
Un buen día, Azuram y su esposa decidieron cambiar de residencia. Antes de marcharse, el mosquito quiso que el elefante lo supiera y le gritó solemne:
--Elefante, te hago saber que hemos decidido abandonar tu oreja para vivir en otro lugar.
Esperó pero no hubo respuesta por parte del anfitrión. Azuram se sintió molesto por la ignorancia a que los sometía el elefante. Hinchó sus pulmones cuanto pudo, usó sus alas para dirigir la voz hacia el centro de la oreja y gritó de nuevo:
--¡¡¡¡Elefante, te hago saber que nos vamos a otro lugar. Soy Azuram!!!!
Fue entonces que al elefante le pareció oír de muy lejos una vocecita desgañitándose por hacerle saber algo. Entonces respondió:
--Tal como has venido... te puedes marchar.

Un príncipe y un sabio maestro.
--Estoy dispuesto a dejarlo todo -dijo el príncipe al maestro-. Por favor, acépteme como discípulo.
--¿Cómo elige un hombre su camino? -le preguntó el maestro.
--A través del sacrificio -respondió el príncipe-. Un camino que exige sacrificio es un camino verdadero.

Entonces el maestro tropezó con una estantería. Un jarrón valiosísimo se cayó y el príncipe se arrojó al suelo para agarrarlo. Cayó en tan mala posición que consiguió salvar el jarrón pero se rompió el brazo.

--¿Cuál es el mayor sacrificio, ver estrellarse el jarrón o romperse el brazo para salvarlo? -preguntó el maestro.
--No sé -respondió el príncipe.
--Entonces ¿Cómo quieres orientar tu elección hacia el sacrificio? El verdadero camino es elegido por nuestra capacidad de amarlo, no de sufrir por él.

Había una vez un Rey que ofreció un gran premio a aquel artista que pudiera captar en una pintura la paz perfecta. Muchos artistas lo intentaron. El Rey admiró todas las pinturas, pero sólo hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo que escoger entre ellas.
La primera era un lago muy tranquilo, un espejo perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas que lo rodeaban. Sobre ellas había un cielo muy azul con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta pintura pensaron que reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura, también tenía montañas pero eran escabrosas. Sobre ellas había un cielo furioso del cual brotaba un impetuoso aguacero con mil rayos. Montaña abajo aparecía un espumoso torrente de agua. Nada de esto se revelaba como algo pacífico.
Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, vio tras la cascada un delicado arbusto creciendo en una grieta de la roca. En el arbusto había un nido. Allí, en el rugir de la violenta caída de agua, estaba sentado plácidamente un pajarito en medio de su nido... La Paz perfecta.
El Rey escogió la segunda pintura y explicó a sus súbditos el motivo: "Paz no significa estar en un lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro ni dolor. Paz significa que, a pesar de todas estas cosas, permanezcamos calmados dentro de nuestro corazón. Este es el verdadero significado de la Paz."

Érase una vez un hombre que construía un faro en medio del desierto. Todo el mundo se burlaba de él y lo llamaban loco.
–¿Para qué un faro en medio del desierto? –se preguntaban.
El hombre no hacía caso y seguía callado haciendo su labor. Un día, por fin, terminó de construir el faro. Llegó la noche sin luna y sin estrellas, un espléndido rayo de luz empezó a girar en las tinieblas del aire, como si la Vía Láctea se hubiera convertido en carrusel luminoso.
Y sucedió que en el momento en que el faro comenzó a lanzar su luz, de pronto, surgió en medio del desierto un mar iluminado por un río de luz, y hubo en el mar buques trasatlánticos, pasaron submarinos, ballenas, aparecieron puertos con mercaderes de Venecia, piratas de barba roja, holandeses errantes y sirenas...
Todos se asombraron, menos el constructor del faro. Él sabía que si alguien enciende una luz en medio de la oscuridad, al brillo de esa luz surgirán muchas maravillas.

Una serpiente había mordido a tantos habitantes de la aldea que eran muy pocos los que se atrevían a aventurarse en los campos. Pero era tal la santidad del Maestro del lugar que se corrió la noticia de que había domesticado a la serpiente y la había convencido de que practicara la disciplina de la no violencia.
Al poco tiempo, los habitantes de la aldea habían descubierto que la serpiente se había hecho inofensiva. De modo que se dedicaban a tirarle piedras y a arrastrarla de un lado a otro agarrándola por la cola.
La pobre y apaleada serpiente se arrastró una noche hasta la casa del Maestro para quejarse.
El Maestro le dijo:
–Ay, amiga mía, has dejado de atemorizar a la gente y eso no es bueno.
–¡Pero si fuiste tú quien me enseñó a practicar la disciplina de la no violencia!
–Yo te dije que dejaras de hacer daño, no de silbar.


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