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La vida perfecta consiste en seguir nuestro
propio ideal y no en revisar los ideales de otros; deja que cada cual siga su
propio ideal.
Hazrat Inayat Khan -
"La Copa del Saki "
El verdadero amante de Dios mantiene su amor
silenciosamente guardado en el corazón, como una semilla sembrada en el terreno
que si crece, lo hace con acciones hacia su prójimo.
El, o ella, no puede actuar sin amabilidad, no puede sentir otra cosa que
perdón; cualquier movimiento que realiza, todo lo que hace, habla de su amor,
pero no sus palabras.
Hazrat Inayat Khan
Primero, uno debe saber lo que necesita y
volverse el maestro de sí mismo, de sus pensamientos
y de su vida.
Entonces su propia personalidad se volverá agradable y placentera a otros y uno
se volverá una bendición para con quien se encuentre en este mundo.
Hazrat Inayat Khan
No lamente el pasado;
no se preocupe por el futuro;
pero trate de hacer lo mejor de hoy.
Hazrat Inayat Khan
Y si existe un secreto del éxito, la clave es el
control de la mente. La intuición, la inspiración, la revelación, todas llegan
cuando la mente es controlada. Y todas las preocupaciones, ansiedades, miedos, y
dudas proceden de su falta de control.
Hazrat Inayat
Khan
"Debemos tener el cuidado de retirar de nosotros mismos cualquier espina
que nos moleste de la personalidad de otros. "
Hazrat Inayat Khan - La Copa del Saki
No se trata de quién es más bueno,
más humilde o más sincero, sino de quién logrará librarse de todo miedo, de
quién alcanzará la paz y la alegría de que han hablado los maestros.
La única culpable real es la
confusión que reina en nuestro espíritu, un caos que en
diversas tradiciones se denomina ignorancia.
"La luz de la unidad es tan
potente que puede iluminar toda la tierra".
Baha'u'llah (1817-1892),
Teólogo y filósofo iraní
“Puesto
que el ser humano no es más que la historia que queda tras él,
sé tú una bella historia para quien ha de compilarlas”
Al-Saqundi
“¿Qué es
el hombre, sino una nube que procura sombra y que una vez ha
dejado su agua desaparece? ¿Qué es el alma humana sino un
préstamo, aunque el valor del préstamo es la devolución?”
Alí ben Abi-l-Husayn
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FIN Y PRINCIPIO
Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.
Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.
Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un cristal en la ventana
y la puerta en sus goznes.
Eso de fotogénico tiene poco,
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.
A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.
Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.
Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre
y los lleve al montón de la basura.
Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.
En la hierba, que cubra
causas y consecuencias,
seguro que habrá alguien tumbado
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.
Wislawa Szymborska
En “El gran número, Fin y principio y
otros poemas”, pg. 156, Ediciones
Hperión, Madrid, 1997. |
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Mr. Syed Mohammed había
asistido a festivales religiosos,
en Allahabad y en Ujjain, y los describió
con amargo desprecio. En Allahabad había
agua corriente que se llevaba las impurezas,
pero en Ujjain habían cerrado el pequeño río
Sipra y, al bañarse, miles de personas
depositaban sus gérmenes en la rebalsa.
Habló con repugnancia del mucho calor, del
estiércol y de las caléndulas, así como del
campamento de saddhus*, algunos de
los cuales paseaban completamente desnudos
por las calles. Cuando le preguntaron el
nombre del ídolo más importante de Ujjain,
replicó que no lo sabía; que no se había
molestado en averiguarlo porque no podía
perder el tiempo en semejantes
trivialidades. Su explosión de elocuencia se
prolongó durante algún tiempo y con el
acaloramiento terminó hablando en panjabi
(procedía de esa zona de la India) y se hizo
ininteligible.
A Aziz le gustaba oír alabar su religión. La
parte más superficial de su mente se calmaba
con ello, permitiendo que por debajo se
formaran bellas imágenes. Al terminar la
ruidosa perorata del ingeniero, Aziz dijo:
“Ese es exactamente mi punto de vista”.
Extendió la mano con la palma hacia arriba y
empezaron a brillarle los ojos y a
llenársele de ternura el corazón. Apartando
más lo colcha, recitó un poema de Galib**.
No tenía conexión con lo sucedido
anteriormente, pero le salió del corazón y
conmovió a sus oyentes, que se sintieron
dominados por su patetismo; lo patético
–todos estaban de acuerdo– es la cualidad
más elevada del arte; un poema ha de afectar
a quien lo escucha haciéndole tomar
conciencia de su debilidad, y debe al mismo
tiempo formular alguna comparación entre la
humanidad y las flores.
*Asceta hindú o monje que sigue el camino
de la penitencia y la austeridad para
obtener la iluminación.
**Considerado el mayor poeta de la
literatura urdu.
E. M. Forster
En “Pasaje a la India”, pg. 131,
Alianza Editorial, Madrid, 1997.
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–Digo lo que he
encontrado. El saber es
comunicable pero la sabiduría no. Puede
hallársele, puede vivirse, nos sostiene,
hace milagros; pero nunca se puede explicar
ni enseñar. Esto es lo que ya de joven
sospechaba, lo que me apartó de los
profesores. He encontrado otra idea que tú,
Govinda, seguramente tomarás por broma o
chifladura, pero en realidad se trata de mi
mejor pensamiento. Es este: ¡Lo contrario de
cada verdad es igualmente cierto! O sea: una
verdad sólo se puede pronunciar y expresar
con palabras si es unilateral. Y unilateral
es todo lo que se puede expresar con
pensamientos y declarar con palabras.
Unilateral es todo lo mediocre, todo lo que
carece de integridad, de redondez, de
unidad. Cuando el venerable Gotama enseñaba
al mundo por medio de palabras, lo tenía que
dividir en Samsara y Nirvana,
en ilusión y verdad, en sufrimiento y
redención. No hay otra alternativa para
quien desea enseñar. No obstante, el mundo
mismo, lo que existe a nuestro alrededor y
en nuestro propio interior, nunca es
unilateral. Jamás un hombre o un hecho es
del todo samsara o del todo nirvana, nunca
un ser es completamente santo o pecador.
Creemos que es así porque tenemos la ilusión
de que el tiempo es algo real. Y el tiempo
no es real, Govinda. Lo he experimentado
muchísimas veces. Y si el tiempo no es real,
también el lapso que parece existir entre el
mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y
la bienaventuranza, entre lo malo y lo
bueno, es una ilusión.
Hermann Hesse
En “Siddharta”, pg. 159, Editores
Mexicanos Unidos, México, 2000.
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En su cosmovisión los
indígenas americanos entendían
que la energía es única, restringida, se
encuentra en equilibrio y fluye como el agua
de los ríos, pero en algunos momentos
algunos seres y objetos están más cargados
de ella –detienen el flujo– generando crisis
en el sistema, por lo que hay que realizar
sacrificios con el fin de restablecer la
armonía. Los dioses crean a los humanos y
otros seres por lo que a través de
sacrificios, especialmente de víctimas
humanas se les suministra energía. Las
crisis pueden ser periódicas, cíclicas u
ocasionales, como también humanas,
personales, sociales o naturales. De aquí
surgen reglas restrictivas para evitar esos
momentos, como el castigo de la gula, la
imprevisión, la agresividad, el excesivo
número de hijos, los desmanes en la cacería
recolección de plantas y en los amoríos
inoportunos. El surgimiento de las
enfermedades y conflictos sociales se
consideran una consecuencia de la
perturbación del equilibrio ecológico, de
ahí que el chamán cumple la función de
ecólogo, persona sabía que mediante su
conocimiento ancestral realiza el
diagnóstico y la curación apropiada para
restablecer el orden.
El chamán, payé (Desana), piache (Guajibo),
mamo (Kogui), mohán o jeque (Muiscas),
jaibaná (Embera), es un escogido por los
espíritus que le enseñan a transcender lo
material para volar con el alma a otros
mundos por el cielo, o gatear por las
peligrosas grietas de los mundos
subterráneos; tiene el poder de combatir
contra los malos espíritus y sanar a sus
víctimas, aniquilar los enemigos y salvar a
su propio pueblo de las vicisitudes del
hambre y las enfermedades. No obstante, el
chamán debe sustentarse de sus propios
recursos, cazando, recolectando, cultivando,
cocinando como cualquier otra persona del
común. Es una labor peligrosa pues a pesar
del dominio que posee del otro mundo cuando
se encuentra en trance, viajando al espacio
de los espíritus para convencerlos de que
actúen de forma correcta, puede ser atacado,
y terminar loco o muerto.
José Vicente Rodríguez Cuenca
En “Territorio ancestral, rituales
funerarios y chamanismo en Palmira
prehispánica, Valle del Cauca”, pg. 14,
Edición de la Universidad Nacional de
Colombia, Bogotá, 2007.
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Gutenberg descubrió una
tecnología que ha puesto los
libros al alcance de todos. Nosotros hemos
descubierto la manera de interponer una
monstruosa iglesia de maestros entre las
personas y el libro. Ello ha traído como
consecuencia una creciente inhabilidad para
leer. Lutero nos puso la Biblia al alcance
de la mano, pero también inventó un método
de enseñanza masiva: el catecismo, un curso
programado de preguntas y respuestas. La
iglesia católica lanzó la contrarreforma al
congelar su doctrina en un catecismo propio.
Los jesuitas secularizaron la idea y crearon
el Ratio Studiorum para sus universidades.
Paradójicamente, este Ratio pasó a ser el
currículum en el cual se formaron las élites
de la Ilustración. Y, finalmente, en la
actualidad, las naciones-estado producen sus
propias élites, a las cuales les está
reservada la buena vida en la tierra; se les
hace consumir educación. Al pobre, basta
administrarle unas dosis menores del mismo
consumo para ilustrarlo sobre su
inferioridad predestinada.
Permítaseme resumir mi argumento. Los
reformistas trataron de extender el
ministerio de la revelación divina sobre el
reino por venir. Hoy, los educadores hacen
depender de sus ministerios
institucionalizados el descenso a la Tierra
del Reino del Consumo Universal. El mito de
la educación universal, el rito de la
escuela obligatoria y de una estructura
profesional equilibrada para el progreso del
tecnócrata, se refuerzan unos a otros.
Iván Illich
En “Alternativas”, pg. 99, Editorial
Joaquín Mortiz, México, 1974.
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Las personas que dicen que
pagarían por ir a una corrida
siempre que pudieran ver al torero corneado
y no siempre a los toros muertos por los
toreros, hubieran tenido que estar aquel día
en la plaza, en la enfermería, y más tarde
en el hospital. “Gitanillo” vivió lo
suficiente como para aguantar los calores de
junio y julio y las dos primeras semanas de
agosto, y al fin murió de meningitis causada
por la herida en la base de la espina
dorsal. Pesaba ciento veintiocho libras
cuando fue herido y sesenta y tres cuando
murió. Durante el verano sufrió tres
rupturas diferentes de la arteria femoral,
debilitada por las úlceras que originaron
los drenajes de las heridas en los muslos y
porque se le rompía al toser. Mientras
estaba en el hospital, Félix Rodríguez y
“Valencia II” entraron en él con heridas
casi idénticas en los muslos; pero los dos
salieron aptos para la lidia, a pesar de sus
heridas, todavía abiertas, antes de que
muriera “Gitanillo”.
La desgracia de “Gitanillo” fue que el toro
le arrojó contra el borde de la valla de
madera, de modo que su cuerpo estaba apoyado
contra una cosa sólida cuando el toro le
abrió aquella brecha por la espalda. Si
hubiese estado tendido sobre la arena, en
medio del ruedo, la misma cornada que le
hirió mortalmente le hubiera lanzado al
aire, en lugar de hundirse en la pelvis. Las
personas que dicen que pagarían a gusto por
ver un torero muerto se hubieran sentido
recompensadas cuando “Gitanillo” entró en
delirio, en el calor tórrido del verano, a
causa del dolor de sus nervios. Se le podía
oír desde la calle. Parecía criminal dejarle
vivir y hubiera sido mejor para él morirse
después de la corrida, cuando aún tenía el
dominio de sí mismo, en lugar de tener que
pasar por todos los grados del horror y de
la humillación física y moral, a fuerza de
soportar un dolor insoportable.
Ernest Hemingway
En “Muerte en la tarde” pg. 52,
Editorial Seix Barral, Bogotá, 1985.
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Y yo seguía intrigado por
saber qué es lo que tenían en esa
maleta, hasta que un día, cuando el jefe de
ese grupo negro volvió –era un judío, el
señor Salamon–, supone por parte de Zdenek
que este señor Salamon tiene contactos en
Praga con el mismísimo arzobispo, y que le
está solicitando por vía diplomática que
consagre la figurita de oro del Niño Jesús
de Praga, que es enormemente popular en
América del Sur, tanto, incluso, que
millones de indios llevan este niño Jesús
colgado del cuello de una cadenita, y que
allí circula una bella leyenda que dice que
Praga es la ciudad más hermosa del mundo,
que Jesús de pequeño iba allí a la escuela,
y que por ello desea que el arzobispo
praguense en persona consagre al Niño Jesús
praguense, que pesa seis kilos y es de oro
macizo. Desde ese momento no vivíamos con
otra cosa que con aquella famosa
consagración, y es que eso no se conseguía
así como así, al día siguiente llegó la
policía praguense y el jefe del departamento
en persona pasó aquí a los bolivianos un
informe de que el hampa praguense ya estaba
al tanto de este asunto del Niño Jesús, y de
que incluso había llegado un grupo de
Polonia que quería robar al Niño. Y entonces
deliberaron y finalmente decidieron que lo
mejor sería guardar el auténtico Niño Jesús
hasta el último momento y mandar hacer por
cuenta de la república boliviana otro niño
Jesús tan sólo de hierro fundido dorado y
llevar consigo hasta el final a este niño
Jesús de imitación, pues si se cometiese un
robo, era preferible que robaran o se
apoderaran del niño Jesús falso, y no del
verdadero.
Bohumil Hrabal
En “Yo que he servido al rey de
Inglaterra”, pg. 88, Ediciones Destino,
Barcelona, 1989.
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Una noche en que yacía
despierto, oyó un redoble de
tambores en la colina.
Se vistió y se guió por el ruido hasta un
claro del bosque donde unos esclavos
invocaban a su dioses de allende el
Atlántico. Los bailarines usaban máscaras de
metal blanco y vestidos blancos que
irradiaban un fulgor anaranjado a la luz de
la hoguera. Giraban y giraban hasta que Exu
el Mensajero les daba un golpecito entre los
omoplatos. Entonces, uno por uno, se
estremecían, gruñían, se encogían a la
altura de las rodillas y caían al suelo en
trance.
El sacerdote, un liberto yoruba llamado
Jerónimo, era devoto de Yemanja la Diosa del
Mar y dormía junto a su imagen de sirena en
una cámara atestada de corales y palanganas
con agua salada.
Nada le producía mayor placer a Francisco
Manoel que sentarse en compañía de este
soltero andrógino y oírle entonar las
canciones del reino de Ketou con una voz que
no sugería el abismo interpuesto entre los
continentes sino el interpuesto entre los
planetas.
Jerónimo le mostró el árbol loko, consagrado
a san Francisco de Asís, de cuyas raíces
retorcidas se decía que se prolongaban bajo
el océano hasta Itu-Aiyé, hasta África, la
morada de los Dioses. A veces, un esclavo de
la plantación oía que sus antepasados lo
llamaban a través de las hojas gomosas. Por
la noche, se arrastraba entre las ramas y,
por la mañana, encontraban su cuerpo
colgado.
Bruce Chatwin
En “El virrey de Ouidah”, pg. 86,
Muchnik Editores, Barcelona, 1997.
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Cada Patriarca
(que ahora disfrutaba tumbado bajo el sol)
estiró el pie izquierdo y pronunció un
segundo nombre. Estiró el pie derecho y
pronunció un tercer nombre. Designó el pozo
de agua, los cañaverales, los eucaliptos…
Designó a diestro y siniestro, engendrándolo
todo mediante la imposición de nombres y
entretejiendo los nombres en versos.
Los patriarcas hicieron camino cantando por
todo el mundo. Cantaron los ríos y las
cordilleras, las salinas y las dunas de
arena. Cazaron, comieron, hicieron el amor,
bailaron, mataron: fueran donde fueren, sus
pisadas dejaban un reguero de música.
Envolvieron el mundo íntegro en una malla de
música; y finalmente, cuando la Tierra hubo
sido cantada, se sintieron exhaustos.
Volvieron a experimentar en sus piernas la
inmovilidad congelada de los tiempos.
Algunos se hundieron en el suelo allí donde
estaban. Otros se metieron a gatas en
cuevas. Otros se arrastraron hasta sus
“moradas eternas”, hasta los pozos de aguas
ancestrales que los habían parido.
Todos ellos volvieron “dentro”.
Bruce Chatwin
En “Los trazos de la canción”, pg.
92, Muchnik Editores, Barcelona, 1994.
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Buda sopló por los templos
como un viento fuerte y, con simplicidad de
genio, redujo el problema humano a una sola
cuestión clave: el sufrimiento. Si el
sufrimiento es una constante en todas las
vidas, decía, entonces a menos que se
termine ese mal, la iluminación no tiene
sentido. Tampoco tiene sentido hablar de
Dios o de los dioses, el cielo y el
infierno, el pecado, la redención, el alma y
todo lo demás. Se trataba de una reforma del
tipo más radical, y en gran parte fue
rechazada. La gente quería a Dios. Buda ni
siquiera quería hablar de la existencia o
inexistencia de Dios. Categóricamente,
negaba que él mismo fuera divino. La gente
quería el consuelo de los rituales y las
ceremonias. Buda rechazaba las ceremonias.
Quería que cada individuo mirara dentro de
sí y hallara la liberación por medio de un
viaje personal que empezaba en el mundo
físico y terminaba en el Nirvana, un estado
de conciencia pura, eterna. El Nirvana está
presente en todos, predicaba, pero es como
el agua pura que corre en las entrañas de la
tierra. Llegar a ese estado exige
concentración, devoción y trabajo diligente.
No es extraño que el llamamiento de Buda a
despertar resultara tan tentador y tan
difícil. El Camino del Medio, que recibió
ese nombre porque no era ni demasiado duro
ni demasiado sencillo, demostró ser muy
atractivo, pero el viaje al Nirvana es
solitario y hay en él poco paisaje para
recrear la vista.
Deepak Chopra
En “Buda”, pg. 351, Suma de letras,
Bogotá, 2007.
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El gran vestíbulo o
pórtico de entrada está formado
por un gran arco árabe, en forma de
herradura, que sube hasta la mitad de la
altura de la torre. En la clave de este arco
hay grabada una gigantesca mano, y en la de
la portada, dentro ya del vestíbulo, hay
esculpida una gran llave. Los que se llaman
conocedores de símbolos mahometanos aseguran
que la mano es el emblema de la doctrina;
los cinco dedos representan, según ellos,
los cinco mandamientos principales de la fe
islámica, esto es: ayuno, peregrinación,
limosna, ablución y guerra contra los
infieles. La llave, afirman, es el emblema
de la fe o del poder; la llave de Daoud o
David transmitida al Profeta: “Y pondré
sobre tus hombros la llave de la casa de
David, y abrirá y nadie cerrará, y cerrará y
nadie abrirá” (Is., XXII, 22). También nos
dijeron que esta llave fue esmaltada de
brillantes colores, a la usanza árabe, en
oposición al símbolo cristiano de la cruz,
en aquellos días en que eran dueños de
España o Andalucía. Representaba el poder de
conquista de que estaba investido el
Profeta: “El que tiene la llave de David, el
que abre, el que abre y nadie cierra, y
cierra y nadie abre” (Apoc., III, 7).
Washington Irving
En “Cuentos de la Alhambra”, pg.60,
Miguel Sánchez Editor, Granada, 1991.
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EL POEMA QUE SIGUE A LOS
POEMAS
En tu estantería he puesto poemas,
Poemas que para ti son “yo mismo”.
En mi estantería ningún poema,
Y en los días sufridos ningún “yo mismo”.
En la vida de los que cantaron mejor
Rasgos hay de tal sencillez
Que cualquiera que, auténtico, la gustó,
Solo puede terminar en silencio.
Nacido del linaje de cuanto es,
Pariente de un futuro que existe ya,
Cómo no caer finalmente
En la herejía de la sencillez inaudita.
Me avergüenzo, cada día más,
De que en lo hondo de un siglo de tales
sombras
Subsista cierta enfermedad aguda:
La “enfermedad aguda de la poesía”.
Boris Pasternak
En: “Poesías y otros escritos” |
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Y mientras yo trabajaba
y durante todo el tiempo que las gitanas
estuvieron conmigo, Jesús y Lao-Tse estaban
de pie junto a mi prensa y solo ahora,
abandonado y condenado de nuevo a la soledad
y al trabajo mecánico, rodeado y azotado por
cordones de moscas gigantes, empecé a verlo
claramente: Jesús era un campeón de tenis
que acababa de ganar Wimbledon, Lao-Tse,
miserable, era como un comerciante que a
pesar de sus riquezas parecía desposeído de
todo; vi la sangrienta materialidad de todas
las cifras y de todos los símbolos de Jesús,
mientras que Lao-Tse, vestido con una
mortaja, señalaba con el dedo una viga
rústica; vi que Jesús era un play-boy y Lao-Tse
un soltero abandonado por las glándulas, vi
como Jesús alzaba imperativamente un brazo y
con un gesto de prepotencia maldecía a sus
enemigos mientras que Lao-Tse, resignado,
dejaba caer sus brazos como si fuesen las
alas rotas de un cisne; Jesús es un
romántico, Lao-Tse un clásico, Jesús la
marea alta, Lao-Tse la marea baja, Jesús la
primavera, Lao-Tse el invierno, Jesús el
amor contundente al prójimo, Lao-Tse el
súmmum del vacío, Jesús es el progressus
ad futurum, Lao-Tse el regressus ad
originem…
Bohumil Hrabal
En “Una soledad demasiado ruidosa”
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Hay tiempos históricos en
los que se llega a crear la forma
pura, el lenguaje perfecto en ceñido
equilibrio con su fondo, la transfiguración
verbal de una realidad o de una visión
armónica del mundo, que comunica a los
hombres de una época. Este triunfo –lo
“clásico”– es efímero, y un doble proceso
suele dispersarlo. En el orden del lenguaje,
la forma acabada tiende a mecanizarse en una
manera retórica, y finalmente degenera en
academicismo; los que comenzaron siendo
“post-ceptos” –resultados imprevisibles de
una creación viva– se convierten en
preceptos inmóviles. Y en el orden de la
experiencia, nuevos modos personales y
colectivos de existir y de estar en el mundo
exceden de continuo los medios de expresión
establecidos. La dinámica política, social,
religiosa, etc., del devenir humano postula
cíclicamente un salto expresivo. Cuando tal
proceso cíclico se cumple, surge al cabo el
nuevo lenguaje, tentativo y por fuerza
desequilibrado; y dentro de él las nuevas
experiencias, a menudo imprecisas y nimbadas
de una vaguedad juvenil, o aún heridas por
un sello existencial de angustia, de caos y
desconcierto. (Nada impide, por supuesto,
que con el tiempo un nuevo clasicismo y aun
una nueva retórica broten de tales
productos...)
Por ofrecer algún ejemplo , una relación
semejante me parece que une y separa a
Marcial como antipoeta de Ovidio, a Quevedo
de Garcilaso, a Heine de Goethe, a Rimbaud
de Gautier, a Michaux de Valéry, a Pound de
Tennyson… Así se trenzan en la historia
poética lo dionisíaco y lo apolíneo, lo
romántico y lo clásico, la ironía y el
lirismo, el evento existencial y la
perfección esencial. La venganza del evento
sobre la forma engendra cíclicamente
antipoetas de fortuna varia, poetas de
crisis, cuyo verbo irónico y corrosivo
quisiera devolvernos el contacto con la
experiencia real del hombre histórico.
José Miguel Ibáñez-Langlois
En: La poesía de Nicanor Parra, Estudio
preliminar de “Antipoemas. Antología
(1944 – 1969)”
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¿Dónde encontraré refugio
en este mes de enero?
La ciudad abierta es una extraña cadena…
Acaso estoy borracho de tanta puerta
cerrada?
Quiero gritar por todas las cerraduras y
cerrojos…
Medias de seda de ululantes pasajes
Y desvanes de calles segadas–
Se esconden de prisa en los rincones
Y echan a correr en cada esquina…
En el foso, en la tiniebla verrugosa
Resbalo hasta una bomba de agua escarchada.
Tropiezo, respiro el aire muerto
Y echan a volar frenéticos los grajos.
Y tras ellos gimo y grito
A una caja de madera helada:
¡Un lector!, ¡Un consejero!, ¡Un médico!
¡En una escala de espinas, hablar al menos!
Osip Mandelstam
En “Cuadernos de Voronezh”
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CONSUMISMO
derroche
despilfarro
serpiente que se traga su propia cola
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Buenas Noticias:
la tierra se recupera en un millón
de años
Somos nosotros los que desapareceremos
______________________________________
EL MUNDO ACTUAL?
EL inMUNDO ACTUAL!
Nicanor Parra
En: “Chistes para desorientar a la
Poesía” |
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La idea de ahorrar dinero
para poder jubilarnos juntos no es mía. Se
le ocurrió a mi tío, que durante cuarenta
años trabajó de ferroviario, subiendo y
bajando las barreras y encargándose de las
agujas, durante cuarenta años el trabajo fue
su único placer y su única ilusión, como lo
es para mí, y cuando se jubiló, empezó a
sentir añoranza de su trabajo, hasta que
compró el cambio de agujas de una vieja
estación fronteriza fuera de uso, construyó
una garita en el jardín y allí lo colocó,
sus compañeros maquinistas le compraron en
la chatarra una pequeña locomotora que había
servido para arrastrar vagones cargados de
minerales de los altos hornos, una pequeña
locomotora Ohrenstein y Koppel con los
railes y tres vagonetas, en el jardín, entre
los viejos árboles, construyeron un
circuito, cada sábado y domingo ponían en
marcha la locomotora y se pasaban todo el
día dando vueltas, por la tarde llegaban los
niños y al atardecer bebían cerveza y
cantaban, y bebidos subían ellos mismos en
la locomotora y las vagonetas para dar
vueltas y más vueltas, la locomotora llena
de personas parecía la estatua del dios del
Nilo, la escultura de Adonis desnudo
sembrada de hombrecillos…
Bohumil Hrabal
En “Una soledad demasiado ruidosa”
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Para vivir una vida de
máxima plenitud hay que montar
guardia y dejar que entre en tu jardín sólo
la información más selecta. No puedes
permitirte el lujo de un pensamiento
negativo, ni uno solo. Las personas más
alegres, dinámicas y satisfechas de este
mundo no difieren mucho de ti o de mí. Todos
estamos hechos de carne y hueso. Todos
venimos de la misma fuente universal. Sin
embargo, los que hacen algo más que existir,
los que azuzan las llamas de su potencial
humano y saborean la danza mágica de la vida
sí hacen cosas distintas de los que viven
una vida corriente. Y la más destacada de
ellas es que adoptan un paradigma positivo
acerca de su mundo y cuanto hay en él.
Los sabios me enseñaron que en un día normal
la persona normal tiene unos sesenta mil
pensamientos. Lo que a mí me chocó, sin
embargo, fue que el 99 por ciento de los
mismos era exactamente igual que el día
anterior.
Robin S. Sharma
En “El monje que vendió su Ferrari” |
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Si te digo que la ciudad a
la cual tiende mi viaje es
discontinua en el espacio y en el tiempo, ya
más rala, ya más densa, no has de creer que
se puede dejar de buscarla. Quizá mientras
nosotros hablamos está aflorando
desparramada dentro de los confines de tu
imperio; puedo rastrearla, pero de la manera
que te he dicho.
El Gran Kan estaba hojeando ya en su atlas
los mapas de las ciudades que amenazan en
las pesadillas: Enoch, Babilonia, Yahoo,
Butua, Brave New World.
Dice: –Todo es inútil si el último
fondeadero no puede ser sino la ciudad
infernal, y allí en el fondo es donde, en
una espiral cada vez más estrecha, nos sorbe
la corriente.
Y Polo: –El infierno de los vivos no es algo
que será; hay uno, es aquel que existe ya
aquí, el infierno que habitamos todos los
días, que formamos estando juntos. Dos
maneras hay de no sufrirlo. La primera es
fácil para muchos: aceptar el infierno y
volverse parte de él hasta el punto de no
verlo más. La segunda es peligrosa y exige
atención y aprendizaje continuos: buscar y
saber reconocer quién y qué, en medio del
infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y
darle espacio.
Italo Calvino
En: “Las ciudades invisibles”
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Los Ausentes, los dormidos
Estos son los adoradores del sueño,
los ausentes, los dormidos.
Los que han recibido con labios de piedra,
el agua de la diosa.
Recostados, caídos en las aceras,
frente a los cines y a los pasos atroces,
de los demonios del día.
Tejen olvido
Musitan, en un lenguaje extraño
de lechuzas y chamizas, verdades inaudibles,
Escondidas bellezas,
versos que solo se escuchan, en otros
jardines,
Más allá del mar perfecto
más allá de la limosna ciega
Y de la profecía.
Dormidos color de tiempo,
borrosos príncipes que sueñan recuerdos,
falsa música de eternidad.
Brisas y caballos y pájaros espléndidos
Que solo desde la infancia vuelan.
Mientras nosotros, locos demonios,
caminamos también dormidos,
sobre mortales prados de invierno.
Gerardo Rivera
En “El Viajero de los Pies de Oro”
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Los perros muertos y las
ratas que flotaban en un mar de
excrementos, los vientres de los recién
nacidos hinchados como tripas de buey, los
ojos trágicos de las madres, los hombres
extenuados que escupían sus pulmones, la
muerte que pasa continuamente en unas
parihuelas encima de cuatro cabezas, el
ruido de los llantos, de los gritos, de las
riñas, de los talleres-presidios, ¿era
posible que aquella pesadilla existiese a
pocos minutos de taxi de aquel oasis? Max
necesito cierto tiempo para aclimatarse.
Incluso después de un atracón de golosinas
con una prostituta y unas noches entre las
sábanas de percal de un palacio, estaba tan
impregnado por el ambiente de la Ciudad de
la Alegría que aquello era como una segunda
piel. Sobre el césped del parque iluminado
por focos había varios centenares de
invitados. Allí se había dado cita todo el
mundo de los negocios de Dalhousie Square,
de la industria, del import-export, gordos
marwaris con kurtas bordadas y
sus esposas no menos obesas con sus
suntuosos saris con incrustaciones de oro,
representantes de la intelligentsia
bengalí, como el gran cineasta Satyajit Ray,
autor del célebre Pather Panchali, la
película aclamada por el mundo entero como
una obra maestra, el famoso pintor Nirode
Majumdar, que la crítica internacional
llamaba el Picasso de la India, el célebre
compositor e intérprete de sitar Ravi
Shankar, cuyos innumerables conciertos en
Europa y en los Estados Unidos habían
acostumbrado el oído de los melómanos
occidentales a las sutiles sonoridades de
esta lira india.
Dominique Lapierre
En “La ciudad de la Alegría”
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A principios de 1914,
Anita y su marido responden por fin a la
invitación del nizam de Hyderabad, el hombre
pequeño y enjuto que reina sobre el estado
más extenso y poblado de la India. El mismo
que se quedó prendado de Anita nada más
conocerla durante la luna de miel en
Cachemira. De todos los exóticos y
singulares príncipes, este es sin duda el
más sorprendente. Erudito y piadoso
musulmán, descendiente de Mahoma y heredero
del fabuloso reino de Golconda, está
considerado el hombre más rico del mundo.
Dispone de once mil criados, de los que
treinta y ocho se dedican exclusivamente a
quitar el polvo de los candelabros. Acuña su
propia moneda, y su legendaria fortuna solo
es comparable a su no menos legendaria
avaricia. Posee una colección de joyas tan
fantástica que se dice que puede tapizar con
ellas las aceras de Picadilly. Guarda
maletas llenas de rupias, de dólares y de
libras esterlinas empaquetadas en papel
periódico. Una legión de ratas, para las que
esos billetes son su alimento favorito,
deprecian la fortuna en varios millones cada
año. Dicen que cuando está solo, sin
invitados, se viste con miserables pijamas y
sandalias compradas en el bazar local y que
lleva siempre el mismo fez, endurecido por
el sudor y la mugre. Si los calcetines que
usa tienen algún agujero, ordena a los
criados que los remienden.
Javier Moro
En “Pasión india”
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“Era como una corriente
potente de aire fresco
–escribiría Nehru de Gandhi–; como un rayo
de luz que atravesaba la oscuridad; como un
torbellino que lo cuestionaba todo, pero
sobre todo la manera en que funcionaba la
mente de la gente. No venía de arriba,
parecía emerger de entre los millones de
indios, hablando su idioma e incesantemente
desviando la atención hacia ellos y a sus
acuciantes necesidades.” Su fuerza se
resumía en un concepto que acuñó en 1907
cuyo nombre derivaba del sánscrito
satyagraha, que significa la fuerza de
la verdad, y cuyo propósito implicaba
la idea de una energía poderosa pero
no-violenta para transformar la realidad.
Para las masas indias, satyagraha
representaba una alternativa al miedo. Fue
el poeta bengalí y premio Nobel de
literatura, Radindranath Tagore, quien
otorgó a Gandhi el título por el que sería
conocido. Tagore lo llamó Mahatma: “alma
grande”.
Javier Moro
En “El sari rojo”
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Estaba tan lleno que apenas
pude dejar el abrigo en el
guardarropa, pero nadie hablaba porque estaba
tocando Ernie. Cuando el tipo ponía las manos
encima del teclado se callaba todo el mundo como
si estuvieran en misa. Tampoco era para tanto.
Había tres parejas esperando a que les dieran
mesa y los seis se mataban por ponerse de
puntillas y estirar el cuello para poder ver a
Ernie. Habían colocado un enorme espejo delante
del piano y un gran foco dirigido a él para que
todo el mundo pudiera verle la cara mientras
tocaba. Los dedos no se le veían, pero la cara,
eso sí. ¿A quien le importaría la cara? No estoy
seguro de qué canción era la que tocaba cuando
entré, pero fuera la que fuese la estaba
destrozando. En cuanto llegaba a una nota alta
empezaba a hacer unos arpegios y unas florituras
que daban asco. No se imaginan cómo le
aplaudieron cuando acabó. Daban ganas de
vomitar. Se volvían locos. Eran el mismo tipo de
cretinos que en el cine se ríen como condenados
por cosas que no tienen la menor gracia. Les
aseguro que si fuera pianista o actor de cine o
algo así, me reventaría que esos imbéciles me
consideraran maravilloso. Hasta me molestaría
que me aplaudiesen. La gente siempre aplaude
cuando no debe. Si yo fuera pianista, creo que
tocaría dentro de un armario.
J. D. Salinger
En “El guardián entre el centeno” |
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Recibimos cuatro llamadas
seguidas y nos vamos en el
Pathfinder a South Amboy y a Freehold.
Después regresamos a London Terrace y
seguimos trabajando a pie. Así hacemos las
cosas; cuanto menos manejemos, mejor.
Ninguno de nuestros clientes tiene nada de
especial. No hay curas ni abuelas ni
oficiales de policía en nuestra lista. Solo
un montón de jóvenes y alguna gente mayor
que no ha vuelto a trabajar ni a cortarse el
pelo desde que se hizo el último censo.
Tengo amigos en Perth Amboy y en New
Brunswick que me cuentan que venden droga a
familias enteras, desde los abuelos hasta
los que estudian cuarto grado. Por aquí la
cosa no ha llegado a tanto, pero cada vez
hay más muchachos traficando y cada vez
viene más gente de fuera, familiares de la
gente que vive aquí. Todavía ganamos un
montón de cuartos, pero ahora resulta más
difícil y a Cut ya le han dado un navajazo.
A mí me parece que ya va siendo hora de
ampliar el negocio, pero Cut dice: No, coño,
cuanto más pequeño, mejor.
Junot Díaz
En “Los boys” |
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¿Cómo transcurre pues la
vida? Día tras día, nos
esforzamos valerosamente por representar
nuestro papel en esta comedia fantasma. Como
primates que somos, lo esencial de nuestra
actividad consiste en mantener y cuidar
nuestro territorio de manera que éste nos
proteja y halague, en subir o no bajar en la
escala jerárquica de la tribu y en fornicar
de cuantas formas podamos –aunque no fuere
más que en fantasía– tanto por el placer
como por la descendencia prometida. Para
ello, empleamos una parte nada desdeñable de
nuestra energía en intimidar o seducir, pues
ambas estrategias bastan para asegurar la
conquista territorial, jerárquica y sexual
que anima nuestro conatus. Pero nada de todo
ello lo percibe nuestra conciencia. Hablamos
de amor, del bien y del mal, de filosofía y
de civilización, y nos aferramos a esos
iconos respetables como la garrapata a su
perrazo caliente.
Muriel Barbery
En “La elegancia del erizo”
[Recomendada!]
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Algunos libros estaban en
urdu, la lengua de los
musulmanes, que no consiste más que en
garabatos y puntos, como si un cuervo
hubiese humedecido sus patas en tinta negra
y hubiera pisoteado la página.
Yo me había puesto a hojear uno de estos
libros cuando un librero me dijo:
––¿Sabes leer urdu?
Era un viejo musulmán, con una cara negra
como el carbón, perlada de sudor (igual que
una hoja de begonia después de la lluvia), y
con una larga barba blanca.
––Y tú, ¿sabes leer urdu?–– le respondí.
Él abrió el libro, se aclaró la garganta y
leyó:
––“Buscaste la llave durante años.” ¿Lo has
entendido?–– Me miró con la frente fruncida.
––Sí, hermano musulmán.
––Cierra el pico, mentiroso. Y escucha.
Volvió a aclararse la garganta.
––“Buscaste la llave durante años./ Pero la
puerta había estado siempre abierta.”
Cerró el libro.
––Esto se llama poesía. Y ahora lárgate.
Aravind Adiga
En “Tigre Blanco”
[Novela ganadora del Man Booker Prize 2008]
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Pienso de modo general
que los intelectuales –si es que
existe o debe seguir existiendo tal
categoría, lo que no es seguro ni siquiera
talvez deseable– renuncien a su vieja
función profética.
Y no me refiero únicamente a su pretensión
de decir lo que va a ocurrir, sino a la
función de legislador a la que han aspirado
durante tanto tiempo: “Eso es lo que hay que
hacer; eso es lo correcto, seguidme. En
medio de la agitación en que os movéis
todos, he aquí el punto fijo, el lugar donde
me encuentro”. El sabio griego, el profeta
judío y el legislador romano son modelos que
rondan continuamente a quienes hoy hablan y
escriben por profesión. Sueño con el
intelectual destructor de evidencias y
universalismos, el que señala e indica en
las inercias y las sujeciones del presente
los puntos débiles, las aperturas, las
líneas de fuerza, el que se desplaza
incesantemente y no sabe a ciencia cierta
dónde estará ni que pensará mañana, pues
tiene centrada toda su atención en el
presente, el que contribuya allí por donde
pasa a plantear la pregunta de si la
revolución vale la pena (y qué revolución y
qué esfuerzo es el que vale) teniendo en
cuenta que a esa pregunta sólo podrán
responder quienes acepten arriesgar su vida
por hacerla.
Michel Foucault
En: “Un diálogo sobre el poder y otras
conversaciones”
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–Qué lástima que te
moviste, cuando debías quedarte
donde estabas –dijo Nélida severamente, pero
esbozó una sonrisa al ver que me encontraba
al borde del desmayo. Se puso en cuclillas a
mi lado y me frotó las manos y el cuello
para revivirme.
–¿Porqué me hizo gritar? –musité, enderezándome apoyada en la pared.
–Estábamos tratando de llamar la atención de tu doble –afirmó Nélida–. Al
parecer la conciencia universal tiene dos
niveles: el nivel de lo visible, del orden,
de todo lo que es posible pensar o nombrar;
y el nivel de lo no manifiesto de la
energía, que crea y sostiene las cosas.
“Puesto que nos atenemos al lenguaje y a la
razón
–continuó Nélida–, el nivel de lo visible es
lo que consideramos como la realidad. Parece
poseer un orden, es estable y predecible.
Sin embargo, en realidad es escurridizo,
temporal y siempre cambiante. Lo que
juzgamos como la realidad permanente solo es
la apariencia superficial de una fuerza
insondable.”
Tenía tanto sueño que apenas pude atender a
sus palabras. Bostecé varias veces para
absorber más aire. Nélida se rió al verme
abrir los ojos de manera exagerada, para
convencerla de que contaba con toda mi
atención.
–Lo que tú y yo pretendemos con todos estos gritos –prosiguió– no es
llamar la atención de la realidad visible
sino la atención de lo invisible, de la
fuerza que constituye la fuente de tu
existencia y que esperamos te transporte
sobre el abismo.
Taisha Abelar
En “Donde cruzan los brujos”
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Anacaona,
conocida como la Flor de Oro. Una
de las Madres Fundadoras del Nuevo Mundo y
la India más Bella del Mundo. (Puede que los
mexicanos tengan a su Malinche, pero
nosotros los dominicanos tenemos a nuestra
Anacaona.) Anacaona era la esposa de Caonabo,
uno de los cinco caciques que gobernaban
nuestra Isla en el momento del
“descubrimiento”. En sus crónicas, Bartolomé
de las Casas la describió como “una mujer de
gran prudencia y autoridad, muy cortés y
elegante en su manera de hablar y en sus
gestos”. Otros testigos hablan de modo más
sucinto: la jeva estaba buenísima y resulta
que también era guerrera valiente. Cuando
los euros empezaron a comportarse como
Hannibal Lecter con los taínos, mataron al
marido de Anacaona (lo que es otra
historia). Y como toda buena mujer guerrera,
trató de reunir a su gente, de oponerse,
pero los europeos eran el fukú original y no
había manera de pararlos. Matanza tras
matanza tras matanza. Cuando la capturaron,
Anacaona intentó parlamentar, diciendo: “La
violencia no es honorable, y tampoco la
violencia repara nuestro honor. Construyamos
un puente de amor que nuestros enemigos
puedan cruzar, dejando sus huellas a la
vista de todos”. Pero los españoles no
estaban tratando de construir ningún puente.
Después de un simulacro de juicio, ahorcaron
a la valiente Anacaona. En Santo Domingo, a
la sombra de una de nuestras primeras
iglesias. Fin.
Junot Díaz
En “La maravillosa vida breve de Óscar
Wao”
Premio Pulitzer 2008
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Toda persona puede
abominar de la crueldad y de la
estupidez del mundo en que nos ha tocado
vivir haciendo de su propia vida un poema de
absurdo e incoherencia. Toda persona, si,
con tal de que disponga del suficiente
sentido del humor y de la imprescindible
ansia de libertad, términos ambos –humor y
libertad– que resultan por completo
inseparables. Con Jarry precisamente, y con
Apollinaire, como reconoce el mismo Tristan
Tzara, la sorpresa y el humor hacen su
entrada por la puerta grande en el dominio
de la poesía. Aún más, en Alfred Jarry, el
humor se llega a convertir en un verdadero
instrumento de conocimiento; mas no un humor
cualquiera, sino, en concreto, ese humor
poético que, según Blaise Cendrars, no es
otra cosa más que “el arte de saber explotar
de risa en la plenitud de lo patético”. ¿Y
qué decir en cuanto a su sentido de la
libertad? Individualista a ultranza, montado
siempre en su celebérrima bicicleta, con la
que tantos récords batía, y en los vehículos
del alma que para él significaban sus
continuas zambullidas en la absinthe
–“la hierba santa”– y el éter, llevando
hasta el extremo los dictados de un
temperamento caprichoso al que nada era
capaz de frenar, hace en cada momento lo que
le apetece, sin llegar a quejarse nunca de
las consecuencias.
José Benito Alique
En la Introducción a “Todo Ubú” de
Alfred Jarry
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Clara había logrado
hacerme sentir completamente
desolada. Le dije que toda mi vida me
acusaron de carecer de calidez y comprensión
humanas. De hecho, me dijeron que era la
persona más fría que pudiese haber. Ahora
Clara me estaba diciendo que libertad
significaba estar libre de compasión humana.
Y yo siempre creí carecer de algo crucial
por no poseerla.
Otra vez me encontraba al borde las lágrimas
de la autocompasión, pero Clara volvió a
rescatarme.
–Estar libre de lo humano no significa nada
tan idiota como no poseer calidez o
compasión– declaró.
–Como sea, la libertad como tú la describes
me es inconcebible, Clara –insistí–. No
estoy segura de querer ni un ápice de ella.
–Y yo estoy segura de quererla toda
–replicó–. Aunque mi mente tampoco es capaz
de concebirla, créeme, ¡sí existe! Y créeme
también que algún día estarás diciendo a
otra persona lo mismo que yo ahora te digo
al respecto. Talvez incluso uses las mismas
palabras.
Me guiñó el ojo, como si estuviera segura de
que esto iba a suceder.
–Conforme sigas recapitulando, se te
aparecerá la entrada al reino donde lo
humano no cuenta
–prosiguió Clara–. Esa será la invitación
para pasar por el ojo del dragón. Eso es lo
que llamamos el vuelo abstracto. De hecho
implica atravesar un vasto abismo hasta un
reino imposible de describir, porque el
hombre no constituye su medida.
Taisha Abelar
En “Donde cruzan los brujos”
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Cantaban, por supuesto, un
himno religioso. En un lugar
donde se describía a Jesucristo como un tipo
musculoso, un apuesto latino de ojos azules
con pelo engominado, la religión era una
especie de romance. En algún catolicismo y
con frecuencia en Latinoamérica, la oración
se ha convertido en un amorío con
Jesucristo. No es un dios sobrecogedor, no
es un destructor, no es un frío y vengativo
asceta; es principesco y representa el
prototipo del macho. El himno era una
canción de amor, pero una canción
latinoamericana, rebosante de pasión
lúgubre, en la que la palabra “corazón” se
repetía a cada verso. Y sonaba muy fuerte.
Era un acto de adoración, pero no había
diferencia sustancial entre lo que ocurría
ahí, en esa vieja iglesia, y lo que podía
oírse en la máquina de discos del bar
Americano, calle abajo. La Iglesia se había
acercado a la gente; eso no había hecho a la
gente más piadosa; sencillamente, la gente
aprovechaba esa oportunidad para
entretenerse y quitarle aburrimiento al
oficio religioso. Una misa o esas plegarias
vespertinas constituían una ocasión para
concentrarse en la oración; la música las
convertía en una distracción.
Paul Theroux
En “El viejo expreso de la Patagonia. Un
viaje en tren por las Américas”
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Todo esto forma un buen
augurio; pero temo mucho que no
pase de aquí si no se muda enteramente el
plan de educación, si no se les hace
entender que no se puede aprender todo en
dos días, y que vale más saber poco, como se
sepa bien. Nuestro espíritu es como el agua,
que pierde de profundidad a medida que se
extiende por el terreno. Por lo demás, la
física y las ciencias que faltan a todos los
americanos, no pueden echar raíces profundas
sino en una generación robusta y enérgica.
¿Qué se puede esperar de unos jóvenes
rodeados y servidos de esclavos, que temen
los rayos del sol y las gotas de rocío, que
huyen del trabajo, que cuentan siempre con
el día de mañana, y a quienes aterra la más
ligera incomodidad? Estos jóvenes no pueden
dar sino una raza afeminada e incapaz de los
sacrificios que piden las ciencias y la
sociedad.
Alejandro Humboldt
En: “Alejandro de Humboldt en Colombia”,
Epistolario referente a Colombia |
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Una carta para Remedios
Buendía
Qué lejos te veo ahora, qué terrible
crepúsculo
Nos separa.
En invierno,
Cuando son más amarillos los manglares
Me asomo a la orilla del mundo para oírte.
Llueve.
Junto a la lluvia, cada vez más cerca del
sueño,
Olvido los terrores de la noche,
Encuentro tus ojos en el agua, en los bordes
Del agua.
Ahora recuerdo esa luz que desde la ciénaga
Enrojecía los patios y las pupilas
Y luego se extinguía en esa extraña metáfora
Del sueño, el mismo sueño que nos encierra.
Qué hermoso crepúsculo nos separa, Remedios.
Qué lejos están nuestras palabras ahora.
Hace días que las mariposas amarillas no
trazan
Su vuelo en mi cuaderno, no describen forma
Que dejaste entre los hombres.
Ya el tiempo no me acerca la misma música,
Los mismos relámpagos en los matorrales.
Desde este cuarto de Macondo espío los
crepúsculos.
Pero no veo sus llamas.
La lluvia no cesa desde aquella tarde
maravillosa
En que subiste al cielo
Con el aire lleno de alacranes.
Fernando Denis
En “Ven a estas arenas amarillas” |
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Yo he descubierto la
necesidad, la absoluta necesidad,
de creer en la nada. Es decir, hay que creer
en algo que no tiene forma ni color, en algo
que existe antes que todas las formas y
todos los colores aparezcan. Esta es una
cuestión muy importante. No importa en qué
dios o doctrina se crea; si uno se apega a
ella, la creencia se basará en mayor o menor
grado en una idea egocéntrica. Es el
esfuerzo por lograr una fe perfecta con el
objeto de obtener la propia salvación. Pero
el logro de semejante fe perfecta llevará
tiempo. Además, se ve uno involucrado en una
práctica idealista. Mientras trata
constantemente de realizar el propio ideal,
no tiene tiempo para mantener la serenidad.
En cambio, cuando se está preparado siempre
para aceptar todo lo que vemos, como algo
que surge de la nada, a sabiendas de que hay
alguna razón para que surja una existencia
fenoménica de determinada forma y color,
entonces, en ese mismo momento, se logra la
serenidad perfecta.
Shunryu Suzuki
En “Mente Zen, Mente de Principiante”
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Coincidentia
oppositorum. Éste es el
“signo” del que hablaba Bergson, el que
genera la alegría de vivir después de haber
integrado en ese vivir una parte de su
contrario: la muerte, y así haberse
protegido de ella. La aceptación del mundo
engendra un innegable júbilo. La sabiduría
popular da fe de eso que es
extraordinariamente tolerante de facto en
las “flores del mal”, y que crece un poco
por todas partes en todas las situaciones de
la vida corriente. Así, esas “flores del
mal” baudelairianas cuya fuerza anómica y
venidera a la vez nos recordó M. Weber. La
imagen poética es paradigmática de una vida
en su totalidad. Debe incitarnos a la
lucidez en el análisis teórico, y entonces
reconocemos la estructura oximorónica de lo
dado del mundo. Estructura que da en el
clavo sobre la necedad de un mundo perfecto,
donde todo sería armonía y bondad. O , más
bien, muestra que la necedad es la actitud
que no llega a integrar ese dato inmemorial
de la naturaleza, que hace de la muerte y de
la sombra un momento de una armonía más
compleja y mucho más real.
Michel Maffesoli
En “El instante eterno. El retorno de lo
trágico en las sociedades posmodernas”
|
|
Desde cierto punto de
vista, siempre estamos en crisis:
constantemente estamos cayendo. Pero desde
otra perspectiva, no hay crisis. ¿Hay crisis
si vamos a morir en un segundo? No, lo único
que existe es ese segundo. Estamos vivos en
un segundo y al siguiente estamos muertos.
No hay crisis; solo hay lo que es. Pero la
urgencia del ser humano por hacer lo
imposible nos mantiene amarrados. Nos
pasamos la vida tratando de evitar lo
inevitable. Nuestras energías, nuestras
emociones y nuestros proyectos se invierten
en cosas tales como hacer dinero, tener
éxito, agradarle a todo el mundo, porque
creemos que esas cosas nos protegen. Una de
las ilusiones más fuertes es la de creer que
el hecho de estar enamorados nos protege.
Pero en realidad no hay protección, no hay
respuesta. Nuestra vida no tiene remedio, y
por eso es maravillosa.
El despertar consiste simplemente en conocer
la verdad, no con la cabeza sino con todo
nuestro ser: saber que “esto es todo”. Es
maravilloso. ¿Tengo dolor de muela? Eso
también es todo, y es maravilloso. Claro
está que cuando pensamos en el dolor de
muela, no lo vemos como algo maravilloso;
pero es maravilloso ser sencillamente lo que
es la vida en este segundo, con todo y el
dolor de muela.
Charlotte Joko Beck
En “La vida tal como es. Enseñanzas sobre
Zen”
|
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Lejos de ser, como a
menudo se ha pretendido, la obra
de una “función fabuladora” que le vuelve la
espalda a la realidad, los mitos y los ritos
ofrecen como su valor principal el preservar
hasta nuestra época, en forma residual,
modos de observación y de reflexión que
estuvieron (y siguen estándolo sin duda)
exactamente adaptados a descubrimientos de
un cierto tipo: los que autorizaba la
naturaleza, a partir de la organización y de
la explotación reflexiva del mundo sensible
en cuanto sensible. Esta ciencia de lo
concreto tenía que estar, por esencia,
limitada a otros resultados que los
prometidos a las ciencias exactas naturales,
pero no fue menos científica, y sus
resultados no fueron menos reales. Obtenidos
diez mil años antes que los otros, siguen
siendo el sustrato de nuestra civilización.
Claude Lévi-Strauss
En “El pensamiento salvaje”
|
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En efecto, para retomar
por última vez la distinción
hecha entre drama y trágico, recuerdo que,
en el marco de la modernidad, la perspectiva
dramática cree en la solución de todos los
problemas, pero la reenvía a un futuro
mejor. En cambio, la sensibilidad trágica se
dedica a vivir, en el día a día, esos mismos
problemas. Éstos, y la tensión que generan,
son constitutivos de todo ser, individual o
colectivo. En el primer caso, la Historia es
el vector de la emancipación social. En el
segundo caso, el Territorio es el
receptáculo de un destino colectivo.
Es muy delicado, al final del recorrido,
decir cuál de estas posturas existenciales
es mejor. Para decir la verdad, la pregunta
es un poco ociosa. Reconozcamos
empíricamente que si el drama fue, lo
trágico es. Di numerosas ilustraciones de un
espíritu de la época que privilegia lo que
podríamos llamar, sin falsa pedantería, la
atmósfera destinal. Tan cierto es que el
destino es el lugar matriz que da forma e
impregna maneras de ser y de pensar.
Reconozcamos también que esta atmósfera
inicia una nueva cultura que ya no es, nunca
lo repetiremos demasiado, del todo
individualista, sino totalmente tribal.
Michel Maffesoli
En “El instante eterno. El retorno de lo
trágico en las sociedades posmodernas”
|
|
De nuevo se oía la
impaciencia, el cansancio en su
voz. Mi mente, por lo demás, estaba en
blanco. Se produjo un largo silencio.
Martincho lo rompió: “Si no tiene más
preguntas, vamos a comer”. Se levantó de la
cama, ahora con un aire afable. Me sentí
privilegiado de poder ver, una vez más, a un
hombre célebre que lleva a cabo sin pesar
sus quehaceres domésticos. (Me hubiera
gustado ver a Newton desayunando, escribió
Lichtenberg.)
Mientras el gran Martincho se ocupaba de su
guiso, me puse a preparar mi máquina
fotográfica. Pensaba en lo conveniente que
era para el blanco y negro el atuendo oscuro
del torero, con su cabello plateado, y la
luz oblicua que entraba por una ventanita
con rejas de hierro forjado. Pero entonces
él giró rápidamente sobre sus talones y vi
(con esa sensación de irrealidad con que se
percibe lo maravilloso y lo terrible) que la
fuente que tenía en sus manos estaba vacía.
Sus ojos, muy pequeños, me miraron un
instante, y luego miraron el guiso
inexistente. Puso el plato en la mesa,
acercó la otra silla y se sentó frente a mí.
“Es cerdo”, dijo, y, cogiendo los cubiertos,
se puso a cortar el aire. “Espero que no sea
usted judío o musulmán.”
Lentamente me puse de pie. “No me siento
bien –le dije–. Creo que es el viaje, usted
sabe, tantas vueltas. Voy a volver al
hotel.” Guardé mi cuaderno de apuntes y tomé
mi cámara. Una mirada suya bastó para
hacerme comprender que no quería que lo
fotografiara, y tampoco me permitió
fotografiar el cuarto.
Rodrigo Rey Rosa
En “Con cinco barajas. Antología
personal”
|
|
Existía una guerra
declarada entre por lo menos tres
círculos de poetas de Nueva York. Estaban
los Nuevos Mandarines, los más
conservadores, claramente adictos al dinero
y al poder, que poseían una educación
clásica y cuentas de banco saludables.
Estaban los Nuevos Beats, que utilizaban
formas antiguas con contenidos nuevos, y
para quienes la pobreza era una virtud. Pero
el grupo más interesante, el iniciado por
Young, era el de los Poetas de la Propiedad
–enemigos naturales de los Mandarines y de
todo convencionalismo cultural. Éstos
descendientes de los Poetas de la
L-E-N-G-U-A, cuya preocupación central había
sido la forma y cuyos cánones estéticos
prohibían la lógica sintaxis– propugnaban la
apropiación textual como método para la
composición poética.
–No sé –decía Martin, que bebía su tercera
cerveza a la barra del Fanielli’s–. Sería
natural que alguien quisiera ahogar un
movimiento así. Después de todo, además del
culto de lo feo, promulgamos cosas como la
destrucción de las clases dirigentes, la
disolución de las sociedades por acciones, y
la abolición de las herencias. Seguramente
en el Pentágono no estarían tristes al
enterarse de la muerte de gente así.
–Eructó–. Con eliminar a los poetas
prominentes de determinado grupo, el
movimiento –ahora se rió, como si le
pareciera divertida la palabra movimiento–
podría terminar. Pero no creo que nadie los,
nos tome tan en serio.
Rodrigo Rey Rosa
En “Ningún lugar sagrado”
|
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El trabajo con el anciano
comenzó así: hablé con el abuelo jimuiz+tofe y lo
invité a mi casa a comer fariña con pescado
y ají negro. Al día siguiente llegó muy
contento, elegante y perfumado; venía del
ancianato. Nos saludamos, comimos, bebimos
cahuana y después de hablar un buen rato le
dije: “Hola, paisano, ¿tu sabes cantar las
canciones de nuestra tradición?” Y me
respondió con voz baja: “Si, yo sé cantos de
todos los rituales porque mi papá era un
cantor, igual que su papá”. Hablamos de
cantos de todos los rituales y le dije:
“¿Por qué no escribimos las canciones que
conoces?” No me dijo nada y me pareció que
se sentía incómodo; se levantó de la silla y
sin despedirse abrió la puerta y salió.
Pensé que ese era un gesto muy tradicional,
podía ser que aceptaba o no aceptaba.
Pasados seis meses, un domingo en la mañana
golpearon a la puerta. Al abrir me
sorprendió ver otra vez a jimuiz+tofe bien
vestido, con cachucha nueva y ruana. Me
saludó contento y me dijo de una vez:
“Paisana, vine para lo que me habías dicho.
Ya lo pensé muy bien. También hablé con los
espíritus de mis ancestros y ellos aceptaron
que te enseñara para el bien de nuestra
gente ya que mi hijo y mis nietos no tienen
interés en las cosas nuestras, sino en las
de los blancos. Yo ya estoy anciano, de aquí
no volveré a la tierra donde nací para
construir una maloca y transmitir. Ahora soy
un anciano, estoy rodando por la calle como
un pordiosero y así nadie conocerá lo que
aprendí de lo tradicional. Si me muero,
moriré sin historias y lo que aprendí se
sepultará conmigo. Si te enseño,
tendré vida y también historia contigo. Eres
una mujer de otra tribu y me tratas con
respeto, como si me hubieras conocido de
muchos años. También acepto trabajar contigo
porque entiendes algo de la tradición por
haber sido tu papá un sabedor”.
Anastasia Candre Yamacuri
En “Llegó el Amazonas a Bogotá”
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El presente es divino
en la medida en que es la expresión de un
“sí” a la vida. Nietzsche insistió con
frecuencia en este punto: diciendo sí “en un
solo instante, decimos sí, por ello, no solo
a nosotros mismos sino a toda la
existencia”. En un solo instante, prosigue,
todas las eternidades se expresan. Aceptando
un solo instante, toda la eternidad se
encuentra aprobada, redimida, justificada y
afirmada. Análisis juicioso ya que muestra
en qué sentido la vida, ya sea individual o
social, no es de hecho sino una sucesión de
ahora, una concatenación de instantes
vividos con más o menos intensidad, pero
expresando un querer–vivir irreprimible que,
a largo plazo, es el mejor garante contra
todas las formas de imposición, de
explotación, de alienación, de las cuales
las historias humanas dan bastante muestra.
De hecho, habría que ver si la acentuación
del presente no va de la mano,
indefectiblemente, con una forma de
vitalismo, más o menos consciente de sí
mismo, pero que asegura la perduración del
Ser en esas diversas modulaciones.
Eso había sido visto por toda una rama de la
filosofía griega que había puesto el acento
sobre la famosa noción del kairós,
connotando, a la vez, el sentido de la
oportunidad, del buen momento a aprovechar,
del instante a vivir. Hay, desde luego, una
forma de urgencia en esta captación de lo
que nos toca vivir sobre el momento, pero,
por paradójico que pueda parecer, una
urgencia serena, hecha de equilibrio, de
armonía, de apreciación del mundo. Damos al
mundo y a sus bienes el “precio” que le
toca, puesto que además es reconocido como
lo único de lo que podemos gozar. Esta
“apreciación” es el fundamento de la
sabiduría antigua: el presente es
proteiforme. Hay que comprenderlo en tanto
tal.
Michel Maffesoli
En “El instante eterno. El retorno de lo
trágico en las sociedades posmodernas”
|
|
La ironía impide que la
domesticación sea total. Desde la
risa dionisíaca de las bacantes contra el
sabio gestor Penteo hasta la sonrisa
dolorosa del bravo soldado Scheweik,
reactualizado en la Checoeslovaquia
contemporánea, existe una lista interminable
de las actitudes de espíritu que testimonian
la no adhesión. Esto resulta particularmente
irritante para los poderes que pretenden,
naturalmente, dominar los cuerpos, pero que
saben perfectamente que, para que su dominio
se inscriba en la larga duración, es
menester que este vaya acompañado de la
sujeción de los espíritus. La actitud de
reserva propia de la ironía, aún cuando sea
de una manera menor, introduce un fallo en
la lógica de la dominación. Las ocurrencias,
los chismes, los panfletos, las canciones y
demás juegos de palabras populares, así como
los arranques de eso que se ha dado en
llamar “la opinión pública”, están ahí para
medir la evolución de esta falla. Y, que yo
sepa, no existe ninguna época ni ningún país
en el que, en un plazo más o menos largo,
este mecanismo de defensa no haya dado algún
resultado positivo; como hemos podido ver
estos últimos años, en Francia o en Estados
Unidos por ejemplo, podrá ser mediante el
estallido de escándalos de inevitables
repercusiones políticas; pero también puede
tomar la forma de una descalificación que
vaya royendo progresivamente la legitimidad
del poder establecido. Señalemos, de pasada,
que, como fue el caso de la Francia de
finales del siglo XVIII o de la Rusia de
principios del XX, este clima de ironía
subversiva suele preceder a los grandes
levantamientos revolucionarios.
Michel Maffesoli
En “El tiempo de las tribus”
|
|
Todos los cultos, como
todas las razas, se encontraban
en las filas de los ejércitos de los
bárbaros y se respetaba a los dioses de los
demás, pues también infundían temor. Muchos
mezclaban en su religión nativa prácticas
extranjeras. Se tenía a gala adorar las
estrellas, y a tal o cual constelación
funesta o propicia se le hacían sacrificios;
un amuleto desconocido, encontrado por
casualidad en una ocasión que se había
estado en peligro, se convertía en una
divinidad; o bien era una palabra, nada más
que una palabra, que se repetía sin intentar
comprender lo que podía significar. Pero a
fuerza de haber saqueado templos, de ver un
sinfín de pueblos y de degüellos, muchos
acaban por no creer más que en el destino y
en la muerte; y todas las noches dormían con
la placidez de las bestias feroces. Spendius
había escupido a las efigies de Júpiter
olímpico; sin embargo, temía hablar en voz
alta en las tinieblas y no olvidaba nunca
calzarse primero el pie derecho.
Gustave Flaubert
En “Salambó”
|
|
El proyecto de la
biomedicina, desde el siglo XIX,
aspiraba a alcanzar la máxima eficiencia
diagnóstica, pronóstica y terapéutica,
depurando, casi patológicamente, la clínica
y el laboratorio de cuantas variables fuesen
accesorias a esos tres actos. Operaba sobre
una transformación de la construcción del
conocimiento médico, conocido como el
“nacimiento de la clínica moderna”, y que es
coetáneo con el despliegue del Estado
liberal. En este periodo desapareció el
valor del contexto –el del medio, la
sociedad y la cultura del enfermo y de la
enfermedad– en la práctica clínica, quedando
el cuerpo desnudo del paciente en la mesa de
exploración o el del cadáver en la de
autopsias en busca de la utopía de una
práctica técnica que condujese a una toma de
decisiones racional. El paciente ideal viene
a ser hoy uno intubado, monitorizado, que
recibe alimentación parenteral para que no
defeque, que orina mediante una sonda, y
sobre el cual las computadoras alimentan de
parámetros objetivos las decisiones que un
médico supervisa desde un dispatching,
desde el cual dicta órdenes al personal
técnico que realiza los inevitables cambios
de curas o de ropas del paciente hasta que
los robots sean capaces de hacerlo. En esa
arena la cultura, según los médicos –y en
todas sus acepciones– habría dejado de
asistir.
Josep M. Comelles
En “Salud e Interculturalidad en América
Latina”
|
|
Según Vygotski, se
manifiestan gérmenes de
imaginación creativa en los juegos de los
animales: mucho más se manifiestan en la
vida infantil. El juego no es un simple
recuerdo de impresiones vividas, sino una
reelaboración creadora de éstas, un proceso
a través del cual el niño combina entre sí
los datos de la experiencia para construir
una nueva realidad, correspondiente a sus
curiosidades y sus necesidades. Pero
precisamente porque la imaginación construye
solo con materiales tomados de la realidad
(y por ello la del adulto puede construir en
mayor medida), hace falta que el niño, para
nutrir su imaginación y aplicarla a tareas
adecuadas, que refuercen sus estructuras y
le amplíen el horizonte, pueda crecer en un
ambiente rico en impulsos y en estímulos, en
todos los sentidos.
Gianni Rodari
En “Gramática de la fantasía”
|
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Los organizadores de la
mushaira* de aquel domingo
por la noche habían querido dar a su
programa un brillo particular invitando a
uno de los más célebres poetas en lengua
urdu. Jigar Akbar Khan era una leyenda. En
Bhopal, era objeto de un culto tan fervoroso
que un taxista lo había secuestrado un día
para obligarlo, amenazándolo con un arma, a
ofrecerle un recital para él solo. En una
sola velada, Jigar conseguía declamar más de
cincuenta ghazals**. Cuando hizo su
entrada, el delirio se apoderó de la
concurrencia. Sus sublimes declamaciones, la
sonoridad un tanto cálida y suplicante de su
voz, resonaron como un canto hechizado. Se
sabía que el viejo poeta de barba blanca
envuelto en un chal raído era un borrachín,
¡pero qué importaba eso! Bhopal le debía
demasiadas noches de exaltación como para no
absolverlo para siempre. Contaban que la
noche de su boda, uno de sus discípulos
había abandonado a su esposa para acompañar
al maestro a la estación y dejarlo instalado
en su compartimiento. En el momento en que
el tren arrancaba, el chistoso Jigar había
agarrado a su admirador para impedirle
saltar al andén. El recién casado no regresó
a Bhopal hasta un año después, un año que
pasó siguiendo a su ídolo de fiesta en
fiesta por toda la India.
* Mushaira: Audición poética en
lengua urdu.
** Ghazal: una de las principales
formas poéticas del mundo islámico Indo-Perso-árabe.
Dominique Lapierre y Javier Moro
En “Era medianoche en Bhopal”
|
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La noticia de la
destrucción del Imperio enemigo
de México Tenochtitlán, lejos de aliviar al
cazonci*, lo inquieta todavía más.
“Quiénes sois?”, pregunta a Montaño, el
primer español que penetra en su territorio.
“De dónde venís? ¿Qué buscáis? Que tales
hombres como vosotros ni los hemos oído ni
visto hasta ahora. ¿Para qué venís de tan
lejos? ¿Por ventura en la tierra donde
nacisteis no tenéis de comer y beber, sin
que vengáis a ver y conocer gentes extrañas?
¿Qué os hicieron los mexicanos, que estando
en su ciudad, los destruisteis?” Las
preguntas angustiosas del pueblo purépecha
recibirán pronto su respuesta. Inmóviles y
sin fuerzas, los hombres contemplan a
aquellos nuevos dioses que llegan. Los
dioses antiguos, Xarátanga, Curicaueri, la
madre Cuerauáperi, Urendequauecara, los
guardianes de las grutas de las montañas,
los espíritus de las fuentes y de los lagos,
los dioses de las cuatro partes del mundo y
del infierno, todos han vuelto ya a la nada.
Lo que desean los recién llegados es el oro,
el “estiércol del Sol”, el símbolo del poder
divino. Insatisfechos de los tesoros de
guerra que les entrega el cazonci
quieren sin cesar más, y para ello saquean
los templos y violan las sepulturas de los
más grandes reyes. “¿Para que quieren este
oro?”, pregunta el cazonci a sus
dignatarios. Débenlo de comer estos dioses,
por eso lo quieren tanto”.
J. M. G. Le Clézio
En “La conquista divina de Michoacán”
* Cazonci: Señor o rey en la cultura
tarasca que reunía el poder político y
religioso.
|
|
La profecía más difundida
al respecto [del arco iris] es la
de los indígenas hopi, explicó mi amigo en
el mambeadero. Los hopi dicen que “cuando la
madre tierra esté enferma y los animales
estén desapareciendo, entonces llegará una
tribu con gente de todas las culturas que
creerán en hechos y no en palabras y
ayudarán a restaurar la antigua belleza de
la Tierra. Ellos serán conocidos como los
guerreros del arco iris”. En la actualidad,
en todo el mundo existe el movimiento arco
iris, que se sustenta en esta profecía y que
lucha por tener una mejor calidad de vida.
Sin embargo, todo grupo que se interese en
la ecología, en la espiritualidad y desee
construir un mundo más armónico,
simbólicamente es considerado un guerrero
del arco iris.
Juliana González Molina
En “Entre mundos hermanos”
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HE VISTO A LOS MILES DE
DIOSES. He recibido el regalo
portentoso. Se me han aparecido a mí, que no
tengo fe (sin conocer la fe que tal vez
pueda tener). Estaban ahí, presentes, más
presentes que cualquier cosa que yo haya
mirado jamás. Y era imposible y yo lo sabía,
y sin embargo. Sin embargo, estaban ahí,
colocados por centenares, unos junto a otros
(pero les seguían mil más, apenas
perceptibles y muchos más de mil, una
infinidad). Esas personas tranquilas,
nobles, suspendidas en el aire por una
levitación que parecía natural, estaban ahí,
ligerísimamente móviles, o más bien
animándose sobre la marcha. Ellas, esas
personas divinas y yo, solos en presencia.
En algo así como el reconocimiento, yo les
pertenecía.
¿Pero, bueno –me objetarán– que se creía
usted? Respondo: ¿Qué iba a creer SI ESTABAN
AHÍ? ¿Por qué me iba a poner a discutir si
me encontraba satisfecho?
Henri Michaux
En “Poemas Escogidos”
|
|
Eligieron el declive que
está en la parte baja del pueblo,
cerca de la torre de observación. Prepararon
la tierra con estiércol de caballo, en lo
más bajo plantaron las legumbres, los
fríjoles, los tomates. En el medio pusieron
las plantas de decocción y las aromáticas,
el tomillo, el anís, la salvia, el toronjil,
y en lo más alto, cerca del muro en ruinas
de la iglesia, han hecho brotar las especies
raras, las campanillas, las dedaleras, las
sensitivas. En la sombra de las ruinas, las
plantas tímidas, la menta, la genciana, la
datura, las plantas que sirven para teñir,
las orquídeas y las catleyas que se venden
en el mercado. Un poco más allá, sobre las
piedras, la escabiosa para los ojos, la
espinaca amarga, la quinina criolla para la
fiebre. Sangor conoce las plantas que curan
las mordeduras de serpiente y las picaduras
de escorpión, el guayacán, el palosanto para
calmar los reumatismos, la liana de flores
blancas para bañar el cuerpo, el extracto de
cacao para secar el prurito, el cilantro
para refrescar a los niños afiebrados, el
tamarindo para purgar. Marikua conoce otras
medicinas, la verónica, la brusca, la
albahaca, la güira para las articulaciones,
el jengibre dorado, la fibra de coco para
matar el nervio de los dientes enfermos, la
papaya para los dolores de estómago, el
achiote para calmar las picaduras de
insectos, las hojas de pachulí para
perfumarse el cuerpo antes del amor.
J.M.G. Le Clézio
En “Urania” |
|
Las historias que había escuchado
del grupo de líderes, todos los testimonios
de coraje, sacrificio y superación de las
grandes desigualdades, no habían surgido
simplemente de la lucha contra la peste o la
sequía, o ni siquiera de la mera pobreza.
Habían surgido de una odiosa experiencia
concreta. Y el odio no había desaparecido;
dio forma a otra versión de la historia
enterrada en lo más profundo de cada uno y
en cuyo centro estaban los blancos (algunos
crueles, otros ignorantes, a veces una
simple cara, otras la imagen sin rostro de
un sistema que exigía dominar nuestras
vidas). Tuve que preguntarme si se podrían
restaurar los vínculos de la comunidad sin
el exorcismo colectivo de la figura
fantasmagórica que perturbaba los sueños de
los negros.
Barack Obama
En “Los sueños de mi padre” –
Autobiografía |
|
A los que llegaban del
gueto de Varsovia les esperaban
terribles tormentos. Las mujeres y los niños
eran separados de la multitud y conducidos a
los lugares donde ardían los cadáveres, en
lugar de ir a la cámara de gas. Las madres
enloquecidas de terror eran obligadas a
pasar con sus hijos entre los ardientes
hornos sobre los que miles de muertos se
retorcían entre las llamas y el humo, con
contorsiones y sacudidas como si hubieran
vuelto a la vida, mientras los vientres de
las embarazadas muertas estallaban por el
calor y sus hijos nonatos ardían en los
úteros abiertos de sus madres. Esta visión
podía volver loca hasta a la persona más
equilibrada.
Si se hace infinitamente duro leer esto, el
lector debe creerme que también es
infinitamente difícil escribirlo. Alguien
puede preguntar: “¿Y porqué escribir sobre
esto, porqué recordarlo?” Es el deber del
escritor contar esa terrible verdad y el
deber civil del lector es conocerla. Quien
mirara hacia otro lado, quien cerrara los
ojos sin querer saber nada insultaría la
memoria de los muertos.
Vasili Grossman
En Treblinka, artículo reproducido en
“Un escritor en guerra”
NB. Son estos horrores los que
olvidan los dirigentes del estado de Israel,
que hoy [Dic. 29-2008] acribillan al pueblo
árabe de Palestina en Gaza.
|
|
Cuando oyeron el rugido
de los cañones por primera vez,
los hombres azules y los guerreros se
pusieron a correr hacia las colinas para
mirar el mar. El rugido desquiciaba el cielo
como el trueno. Sólo, mar adentro, a la
altura de Agadir, un gran buque acorazado,
semejante a un lento y monstruoso animal,
arrojaba sus fogonazos. El ruido llegaba un
largo momento después, un fragor seguido del
rugido desgarrador de los obuses que
explotaban en el interior de la ciudad. En
algunos instantes, los altos muros de piedra
roja no eran más que un amasijo de ruinas
sobre las que se elevaba la negra humareda
de los incendios. De los muros derruidos,
comenzó a salir la población; hombres,
mujeres, niños, ensangrentados, entre
alaridos. Abarrotaron el valle del río,
alejándose del mar a toda prisa, poseídos
por el pánico.
La llama corta brilló varias veces en la
boca de los cañones del crucero Cosmao,
y el rugido desgarrador de los obuses que
estallaban en la Qasbah de Agadir retumbó
por todo el valle del río Sus. El humo negro
de los incendios ascendió a lo alto del
cielo azul, cubriendo con su sombra el
campamento de los nómadas.
J. M. G. Le Clézio
En “Desierto” |
|
La visión chamánica es
también una ilusión en cuanto a
pensar que ella sí da con el ser íntimo de
las cosas. El chamanismo, o mejor, los
chamanismos, también están intervenidos por
la cultura, cada cultura elabora un tipo de
chamanismo o de búsqueda de ver la realidad
en estado puro, para tener experiencias
sustantivas, fundantes. No podemos escapar a
la mediación. Sólo que si aunamos varios
puntos de vista podremos ver mejor; podremos
pulir el lente o hacer una combinación de
lentes. Esta es la importancia decisiva que
tiene la interculturalidad. En el mundo de
hoy se tiene esa gran posibilidad. Una
posibilidad de dimensiones extraordinarias,
mucho más grande que las que, en tiempo de
Jenófanes, permitieron el despegue de lo más
estrictamente filosófico: relativizar la
experiencia cultural, no para negar su
validez, sino para abrirse, siempre para
abrirse a una posibilidad de visión mayor.
Jenófanes no relativizó la idea de Dios para
negarlo sino para abrirse a un concepto en
que tuvieran cabida todos los dioses. Hay
que anchar el espíritu para dar cabida a
toda la experiencia humana.
Fernando Urbina Rangel
De su entrevista en “Chamanismo: el otro
hombre, la otra selva, el otro mundo”
|
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Alfredo guardaría un buen
recuerdo de su vida en Boa
Esperanza, no solamente a causa de Neuza.
Fue allí donde se familiarizó con el bosque,
donde aprendió a ver la selva de una manera
distinta, no como un infierno verde, sino
como fuente de vida. Entendió que la selva
compensaba con su exuberancia las carencias
del sistema de explotación que los hombres
habían tramado alrededor del caucho. Parecía
que los caucheros y la naturaleza hubieran
hecho un pacto tácito de ayuda mutua. Las
convicciones del seringueiro
prohibían cazar lo que no fuera
estrictamente necesario para la
supervivencia; al mismo tiempo reverenciaban
los heveas como si fueran humanos. A
cambio, la selva les proporcionaba animales
para alimentarse, plantas para curarse y
agua para refrescarse.
Javier Moro
En “Senderos de Libertad”
Seringueiro: recolector de la savia
del caucho.
Hevea: Árbol del caucho |
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La vida es un pesado fardo;
pero no os pongáis tan compungidos. Todos
somos borricos cargados.
¿Qué tenemos de común con el capullo de rosa
que tiembla porque le oprime una gota de
rocío?
Es verdad: amamos la vida, no porque estemos
habituados a la vida, sino al amor.
Hay siempre algo de locura en el amor: Pero
siempre hay también algo de razón en la
locura.
Y yo, que estoy bien con la vida, creo que
para saber de felicidad, no hay como las
mariposas y las burbujas de jabón, y lo que
se les asemeja entre los hombres.
Ver revolotear esas almitas aladas y locas,
encantadoras y bullidoras, es lo que arranca
a Zaratustra lágrimas y canciones.
Federico Nietzsche
en "Así hablaba Zaratustra"
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¿Le suena
la bicicleta?
Es el futuro. El carro es
una cosa maldita y mientras más rápido
sepamos cómo diseñar las ciudades para otras
formas de transporte, mejor.
La historia muestra que, en
lugar de rediseñar el transporte,
rediseñamos las ciudades para acomodarlo. En
el siglo 19 el tren hizo sus
transformaciones; en el 20, las hizo el
automóvil. Es tiempo de otro paradigma.
Michael Sorkin
Arquitecto-Planificador Urbano
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La esencia del samsara*
es nuestra tendencia a buscar el placer y
evitar el dolor, a buscar la seguridad y
evitar la incertidumbre, a buscar el confort
y evitar la incomodidad.
La enseñanza básica es que esto nos hace
seguir siendo desdichados e infelices nos
aprisiona en una pequeña y limitada visión
de la realidad. Así es como nos mantenemos
arrebujados en el interior de un capullo. En
el exterior están todos los planetas, las
galaxias y el vasto espacio, pero tu estás
metido en ese capullo, o quizá dentro de una
cápsula, como la de una vitamina. Un momento
tras otro te estás diciendo que prefieres
seguir en su interior. Prefieres seguir
siendo una píldora vitamínica a la
experiencia o el sufrimiento de salir a este
gran espacio. La vida en esta cápsula es
agradable y segura. Todo está bajo control.
Estamos en esta zona segura y así es como
consideramos la vida, tenerlo todo bajo
control, tener seguridad. La muerte es
perderla Por eso la tememos y nos causa
tanta angustia. Podría tildarse a la muerte
de embarazosa; sentirse incómodo y fuera de
lugar. Queremos saber qué está sucediendo.
La mente siempre está buscando zonas
seguras, y esas zonas continuamente se están
desmoronando. entonces nos abrimos paso para
conseguir otra zona segura. Empleamos toda
la energía y malgastamos nuestras vidas
intentando re-crear esas zonas seguras que
siempre acaban desmoronándose. Eso es el
samsara.
*samsara: eterno errar en el ciclo del
sufrimiento.
Pema Chödröm
"La Sabiduría de la No-Evasión"
|
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"Camino diez pasos
y ella se aleja diez pasos.
Camino cien pasos
y ella se aleja cien pasos.
Es inalcanzable...
como el horizonte...
Entonces ¿para qué sirve la utopía?
Para eso sirve...
Para seguir caminando"
Eduardo Galeano
|
|
Cuentan de una banda
de ladrones que apresó a un hombre sincero
que estaba intentando seguir el Camino del
Conocimiento. Los bandoleros descubrieron
que no tenía posesiones de ninguna
importancia y empezaron a murmurar sobre qué
hacer con él.
De repente, el hombre empezó a gritar:
– ¡No! ¡No! ¡Por favor, dadme tiempo!
– No estés tan asustado, hombre, esto
terminará en seguida –le dijo el jefe de la
banda–. Ya que más tarde podrías
identificarnos, vamos a matarte, pero ¡la
muerte, realmente no es nada! La hemos visto
tantas veces...
– ¿La muerte? –dijo el hombre–. No estoy
preocupado por esto. Estábais murmurando y
pensé que habíais decidido pedirme que me
convirtiera en alguien verdaderamente
sincero. Esto es lo que habría sido difícil.
|
|
--¿Existe alguna forma de
medir las propias fuerzas
espirituales?
--Muchas.
--Di tan sólo una.
--Trata de averiguar con qué frecuencia
pierdes la calma a lo largo de un solo día. |
|
Cierto hombre creía
que el último día de la humanidad iba a
suceder en una determinada fecha y se debía
afrontar del modo adecuado.
Llegado el día, congregó en torno suyo a
cuantos estuvieron dispuestos a escucharlo y
los condujo a la cima de una montaña. Tan
pronto estuvieron reunidos allí, el peso
acumulado hizo que se hundiera la frágil
corteza de la montaña y todos terminaron en
las profundidades de un volcán.
En efecto, fue para ellos el último día.
|
|
–Decir que “casi
comprendes” alguna cosa
relacionada con el espíritu es decir
tonterías.
Esto lo dijo un anciano maestro, hace un
tiempo, en una charla pública en la que
había psicólogos. Uno de ellos, a quien al
parecer le gustó la frase, le preguntó:
–¿Puede ponernos un ejemplo sacado de la
vida cotidiana?
–Uno no puede decir que esta fruta “es casi
una manzana”. O lo es o no lo es. |
|
De acuerdo a un sabio,
la crítica pasa a través de tres etapas:
1- "Es imposible" = "lo que dice aquel es
imposible. Por tanto es un mentiroso,
exagerado, falso, hipócrita..."
2- "Es posible, pero inútil" = "tal vez sea
cierto lo que dice pero ¿de qué sirve? ¡vaya
tontería!".
3- "Es útil pero yo ya lo sabía hace
tiempo..."
Cuando se recuerda este principio
permanentemente, entonces puede ser que la
crítica empiece a detenerse. |
|
--Con el trabajo interior
nos purificamos a nosotros pero ¿Cómo
purificamos también al mundo?
A lo que el sabio anciano respondió:
--Había un maestro hace unos siglos llamado
Ulises. Todos lo honraban a causa de su
sabiduría, pero nadie sabía si era realmente
un hombre bueno. Cierta tarde, un defecto de
construcción hizo que se derrumbase la casa
donde Ulises vivía con su esposa. Los
vecinos, muy angustiados, empezaron a cavar
las ruinas, hasta que en cierto momento
consiguieron localizar a la esposa del
maestro.
Al empezar a desenterrarla, ella dijo:
--Dejadme. Salvad primero a mi marido que
estaba sentado más o menos allí.
Los vecinos, rápidamente, removieron los
cascotes en el lugar indicado y encontraron
a Ulises.
Al ser localizado, éste dijo:
--Dejadme. Salvad primero a mi mujer que
estaba acostada más o menos allí.
Cuando alguien actúa como actuó esta pareja
está purificando el mundo entero. |
|
Un gato negro encontró
a un gato blanco. El gato negro miraba cómo
el gato blanco corría en círculos intentando
atrapar su propia cola. Pasados unos
minutos, mareado de mirar a su compañero, el
gato negro le preguntó al blanco qué es lo
que hacia. El gato blanco, haciendo una
pequeña pausa, explicó:
-- ¿Sabes? He descubierto que la felicidad
se halla en mi cola, y por eso la persigo
sin cesar.
--Vaya ¡qué casualidad! -dijo el gato
negro-. También yo descubrí que la felicidad
se halla en mi cola, por eso voy haciendo
tan sólo lo que necesito hacer y ella viene
detrás de mi todo el tiempo... |
|
Blodidárec, un anciano que
vivía en un monasterio de
Bulgaria, recibió un día la visita de un
hombre preocupado y descontento. Le contó
que no conseguía guardar la calma durante
los ejercicios de meditación y plegaria.
--Puedo enseñarte un método muy simple -le
dijo Blodidárec-. Te tapas los oídos y
piensa en rábanos.
--¿Antes o después de los ejercicios?
-preguntó el hombre.
--!Durante los ejercicios, idiota¡ -dijo
Blodidárec. |
|
Para desarrollarnos
como seres humanos, debemos contemplar mucho
menos el "yo progresaré" que el "yo
obstaculiza mi camino". |
|
Unas cabras estaban
pastando cuando vieron a un león
a lo lejos. Unas pocas se alarmaron y
corrieron hacia el líder de la manada en
busca de su ayuda y su interpretación. El
león se acercó, miró a las cabras y rugió.
--No hay por qué preocuparse -dijo el líder
de las cabras- y puedo probarlo: ¡Vean que
feo es el color de su piel!... y en cuanto a
su balido, bueno... Se puede decir que no
llegará a nada. |
|
La gente piensa que piensa
cosas, y también piensa que sabe
cosas.
Sería útil que le prestaran atención a la
cuestión de si saben lo que piensan, y
piensan lo que saben.
Idries Sha |
|
Cuando le preguntaron a
Ardabali porqué nunca le
agradecía a nadie los servicios prestados,
dijo:
--Tal vez no lo creas, pero si yo les doy
las gracias, se sentirán contentos y esto es
lo mismo que si hubiesen sido pagados o
recompensados por sus molestias. Si no se
les agradece, hay aún una posibilidad de que
en el futuro sean recompensados por sus
servicios, y tal recompensa puede ser mucho
mejor para ellos. Por ejemplo, puede llegar
un momento en el que la necesiten realmente. |
|
--No busquéis la
trascendencia -dijo el sabio
anciano-... limitaos a mirar y todo os será
revelado!
--Pero ¿cómo hay que mirar?
--Siempre que miréis algo, tratad de ver lo
que hay en ello, nada más.
Los jóvenes quedaron perplejos, de modo que
el anciano lo puso más fácil:
--Por ejemplo, cuando miréis la Luna, tratad
de ver la Luna y nada más.
--¿Y qué otra cosa que no sea la Luna puede
uno ver cuando mira la Luna?
--Una persona hambrienta puede ver una bola
de queso. Un enamorado, el rostro de su
amada. El avaro, una fortuna enorme. Un
fanático, a Dios sonriéndole... |
|
--¿Qué debo hacer
para llegar a la iluminación? -preguntó
el discípulo.
--Nada -dijo el maestro.
--¿Cómo es eso...?
--La iluminación no es cuestión de hacer. La
iluminación se produce.
--Entonces, ¿no puede alcanzarse nunca?
--Por supuesto que puede alcanzarse.
--¿Y cómo?
--No haciendo.
--¿Y qué hay que hacer para llegar a no
hacer?
--¿Qué hay que hacer para dormirse o
despertarse? |
|
Un hombre se presentó ante
un venerado maestro y le preguntó:
--Cuando medito invocando el nombre del
Buda, presa del sueño, acabo por olvidar el
ejercicio ¿cómo puedo vencer tal obstáculo?
--Es muy sencillo -le contestó el maestro-,
invoca el nombre de Buda cuando estés
despierto. |
|
Usted perdone
–le dijo un pez a otro– es usted más viejo y
con más experiencia que yo y probablemente
podrá usted ayudarme. Dígame, ¿dónde puedo
encontrar eso que llaman océano? He estado
buscando por todas partes sin resultado.
--¿El océano? –respondió el viejo pez–. Es
donde estás ahora mismo.
--¿Esto? Pero si esto no es más que agua...
Lo que yo busco es el océano –replicó el
joven pez, totalmente decepcionado mientras
se marchaba nadando a buscar en otra parte. |
|
Un hombre famoso y
renombrado por sus virtudes
espirituales decía:
--Yo antes solía estar lleno de orgullo y
vanidad pero desde que empecé a estudiar las
enseñanzas orientales soy tan humilde que
apenas podría usted creerlo. Ahora soy
humildísimo. |
|
Cuando llega el invierno,
los árboles deben de suspirar de tristeza al
ver como caen sus hojas.
Dicen:
--Jamás volveremos a ser como antes.
Claro que no. De otro modo, ¿cuál sería el
sentido de la renovación? Las siguientes
hojas tendrán su propia personalidad,
pertenecerán a un nuevo verano que se acerca
y que nunca podrá ser igual al que pasó.
Vivir es cambiar, y las estaciones nos
repiten esta misma lección todos los años.
Cambiar significa pasar por un período de
depresión: todavía no conocemos lo nuevo y
tenemos que olvidar todo aquello a lo que
estábamos acostumbrados. Pero si tenemos un
poco de paciencia, la primavera siempre
llega y olvidaremos el invierno de nuestra
desesperación.
Cambio y renovación son leyes de vida. Es
bueno acostumbrarse a ellas y no sufrir por
cosas que sólo existen para traernos
alegrías.
Zhuang Zi
|
|
El anciano sabio decía
a su discípulo:
--¡Oye! No te quedes ahí, como estúpido,
contemplando todo el tiempo los problemas
que hay en tu camino. Si lo haces,
terminarán por hipnotizarte impidiéndote
cualquier acción. ¡Oye! Tampoco permanezcas
concentrado en tus propias cualidades, te
fueron dadas para ser usadas, no para ser
exhibidas. |
|
Todas las preguntas que se
suscitaron aquel día en la
reunión pública estaban referidas a la vida
más allá de la muerte.
El maestro se limitó a sonreír sin
pronunciar una sola respuesta hasta acabar
la reunión. Tiempo después, los discípulos
le preguntaron por qué se había mostrado tan
evasivo.
--¿No habéis observado que los que no saben
qué hacer con esta vida son precisamente los
que más desean otra vida que dure
eternamente?
--Pero ¿hay vida después de la muerte o no
la hay?–insistió de nuevo un discípulo.
--¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la
cuestión!–replicó el maestro.
|
|
Todas las preguntas que se
suscitaron aquel día en la
reunión pública estaban referidas a la vida
más allá de la muerte.
El maestro se limitó a sonreír sin
pronunciar una sola respuesta hasta acabar
la reunión. Tiempo después, los discípulos
le preguntaron por qué se había mostrado tan
evasivo.
--¿No habéis observado que los que no saben
qué hacer con esta vida son precisamente los
que más desean otra vida que dure
eternamente?
--Pero ¿hay vida después de la muerte o no
la hay?–insistió de nuevo un discípulo.
--¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la
cuestión!–replicó el maestro.
|
|
Un estudiante acudió a
Bankéi y le planteó su problema:
--Maestro, tengo una irascibilidad
ingobernable ¿Cómo puedo curármela?
--Vaya... Tienes una cosa realmente extraña
–respondió Bankéi–. Quisiera verla.
--Ahora mismo no puedo mostrársela –repuso
el estudiante.
--Ya... ¿Y cuándo me la puedes mostrar?
–preguntó Bankéi.
--Me viene de improviso.
--Entonces –concluyó Bankéi– no ha de ser de
tu propia y verdadera naturaleza. Si lo
fuera, podrías mostrármela en cualquier
momento. Cuando naciste no la tenías y tus
padres no te la dieron. Piénsalo bien. |
|
Nasrudín comenzó a charlar
con algunos amigos. Uno de ellos, de
repente, le preguntó por su mujer:
--¡Ah, mi mujer! Se ha quedado en casa.
--¿A qué se dedica? –preguntó el otro.
Nasrudín se encogió de hombros y le dijo:
--Insignificancias, cosas sin importancia,
pequeñas cosas sin trascendencia alguna. Se
encarga de llevar a cabo las tareas del
hogar, cuida de nuestros hijos y los ayuda a
estudiar, va al mercado, hace reparaciones
cuando son imprescindibles, como pintar la
casa y arreglar lo que se rompe... Saca agua
del pozo y riega la huerta, también atiende
a su madre enferma y se hace cargo de la
mía. A veces visita a su hermana y le ayuda
con los niños... cosas así, pequeñas cosas
sin trascendencia.
--¿Y tú que haces? –le preguntó otro de los
reunidos.
--¡Ah amigos, yo soy verdaderamente
importante, claro! Yo soy el que investiga
si Dios existe. |
|
Los discípulos buscaban la
Iluminación, pero no sabían en
que consistía ni cómo podía llegarse a ella.
Preguntaron y el Maestro les dijo:
--No puede ser conquistada. No podéis
apoderaros de ella.
Pero al ver el abatimiento de los
discípulos, el Maestro añadió:
--No os aflijáis, tampoco podéis perderla.
Y esta es la fecha en que los discípulos
andan buscando lo que ni puede ser perdido
ni puede ser adquirido. |
|
--¿Existe alguna forma
de medir las propias fuerzas espirituales?
-- Muchas.
-- Dinos tan sólo una.
-- Tratad de averiguar con que frecuencia
perdéis la calma a lo largo de un sólo día. |
|
–¿Hay algo que
yo pueda hacer para llegar a la iluminación?
–le preguntaba un discípulo a su maestro.
–Tan poco como lo que puedes hacer para que
amanezca por las mañanas.
–Entonces, ¿para qué valen los ejercicios
espirituales que tú mismo me recomiendas?
–Para estar seguro de que no estarás dormido
cuando el sol comience a salir. |
|
Durante un viaje,
Buda encontró a un yogui apoyado en una sola
pierna.
--Quemo los errores de mi pasado -explicó el
hombre.
--¿Y cuántos errores has quemado ya?
--No tengo ni la menor idea...
--¿Y cuántos te falta quemar? -insistió
Buda.
--No tengo la menor idea
--Entonces es hora de acabar con esto. Deja
de pedir perdón a Dios y ve a pedir perdón a
aquellos a quienes heriste. |
|
Una vez dijo un sabio:
-- Debes esforzarte en ser paciente tanto
con lo que quieres como con lo que no
quieres, pues ambos te pondrán a prueba.
Ejercita los dos tipos de paciencia y merece
el nombre de 'ser humano'. |
|
Un hombre fue al mercado
y llegó a la tienda de Nasrudín. Había un
pollo colgado.
–¿Cuánto pesa? -preguntó a Nasrudín.
–Verá... dos kilos y medio -contestó nuestro
amigo.
–¿No tiene uno más grande? -volvió a
preguntar el cliente.
–Voy a mirar -respondió Narsrudin.
Lo cierto es que Nasrudín sólo tenía aquel
pollo pero no quería perder la venta. Así
que se metió en la trastienda y al minuto
volvió con el mismo pollo entre las manos,
habiéndole dado la vuelta.
–Señor, éste otro pesa tres kilos -dijo
Nasrudín.
–Muy bien -dijo el cliente satisfecho-
¡Póngame los dos! |
|
Un
buscador espiritual viajó a la
India en su afán por encontrar a un
verdadero iluminado. Viajó durante meses.
Visitó desde los Himalayas, recorrió
montañas, dunas, desiertos, ciudades y
pueblos. Obtuvo mucha información y, por
fin, halló en un lugar retirado y según
todos los testimonios, un verdadero "hombre
realizado".
El graznido de los cuervos rompía el
silencio de una tarde apacible. El hombre se
hallaba bajo un rododendro, en actitud
meditativa. El visitante lo saludó
cortésmente, se sentó a su lado y le
preguntó:
--Antes de que usted hallase la realización,
¿se deprimía?
--Sí, claro, a veces -repuso tranquilamente
el iluminado.
El buscador hizo una segunda pregunta:
--Dígame maestro, y ahora, después de su
iluminación, ¿se deprime?
--Sí, claro, a veces. Pero ya ni me importa
ni me incumbe. |
|
El ser humano
es una casa de huéspedes, una alegría.
Una depresión,
una maldad,
un despertar
momentáneo,
aparece como un visitante
inesperado.
Dales la bienvenida y hazlos pasar a todos.
Aún si se trata de una multitud de penas,
que arrasan tu casa vaciándola de sus
muebles,
sin embargo,
trata a cada huésped
honorablemente.
Puede estar despejándote
para una nueva
delicia.
El pensamiento oscuro,
la vergüenza,
la
maldad
recíbelos en la puerta riéndote,
invítalos a pasar.
Siente gratitud por quienquiera que venga,
porque cada uno ha sido enviado
cómo un guía
del más allá.
Rumi
|
|
--¿Cómo
puedo yo experimentar
mi unidad con la creación?
--Observando y escuchando -respondió el
Maestro.
--¿Y cómo he de escuchar?
--Siendo un oído que presta atención a la
cosa más mínima que el universo nunca deja
de decir. En el momento que oigas algo que
tú mismo estás diciendo, detente. Ya no
escuchas.
|
|
Había una
vez un rey violento, ignorante e
idólatra. También sufría una dolorosa
locura. Un día juró a su ídolo personal por
si le concedía satisfacer cierto deseo, él
apresaría a las primeras tres personas que
pasaran por su castillo y las obligaría a
consagrarse de por vida al culto del ídolo.
Naturalmente, el deseo del rey se cumplió.
Enseguida envió soldados a la carretera para
que le llevaran a las tres primeras personas
que encontraran.
Las tres personas fueron un erudito, un
santo descendiente de una antigua línea de
santos y una prostituta.
Cuando los arrojaron a los pies del ídolo,
el rey les contó su voto y les ordenó que se
doblegaran ante la imagen.
El erudito dijo:
--Esta situación cae, sin duda, dentro de la
doctrina de “fuerza mayor”. Hay numerosos
precedentes que permiten que uno parezca
estar de acuerdo con una costumbre si se le
obliga a ello, sin que exista culpabilidad
real de tipo legal o moral.
Así que le hizo una profunda reverencia al
ídolo. El santo, cuando llegó su turno,
dijo:
--Como persona especialmente protegida por
cuyas venas corre la sangre de tantos
santos, mis propias acciones purifican todo
lo que hago. Por tanto, nada impide que
actúe como me pide este hombre.
Y se inclinó ante el ídolo.
La prostituta dijo:
--¡Ay de mí! Yo no tengo ni formación
intelectual ni prerrogativas especiales. Por
eso me temo que, me hagas lo que me hagas mi
rey, no puedo adorar a este ídolo ni
siguiera de forma fingida.
Antes esta respuesta, la enfermedad del rey
loco desapareció súbitamente. Como por arte
de magia se dio cuenta del engaño de los dos
adoradores de la imagen. Mandó decapitar al
erudito y al santo, y liberó a la
prostituta.
|
|
Un pez oyó
hablar a unos hombres de una
substancia milagrosa llamada "agua". El pez
se quedó tan intrigado que reunió a varios
amigos peces y les anunció solemnemente que
se iba a buscar esta maravillosa substancia.
Los amigos le ofrecieron una ceremonia
adecuada y le despidieron.
Mucho después de que lo
hubieron dado por perdido en su peligroso
viaje, el pez llegó de regreso viejo,
cansado y deshecho. Los amigos se
apresuraron a darle la bienvenida y le
preguntaron ansiosos:
--¿Lo encontraste? ¿Hallaste la substancia
milagrosa?
--Si –respondió el pez–. Pero no os creerías
lo que he descubierto.
Acto seguido, el viejo pez se alejó
despacio.
|
--¿Cómo alcanzaré la vida
eterna? -le preguntaron a un
sabio.
--Ya es la vida eterna. Entra en el
presente.
--Pero si ya estoy en el presente... ¿o no?
--No.
--¿Por qué no?
-- Porque no has renunciado al pasado.
--¿Y por qué iba a renunciar a mi pasado? No
todo el pasado es malo...
--No hay que renunciar al pasado porque sea
malo, sino porque está muerto. |
Una vez llegaron cinco
viajeros a las puertas del Cielo.
-- ¿Quiénes sois? -preguntó el guardián.
-- Yo soy la Religión -dijo el primero
-- Yo la Juventud.
-- Yo soy la Comprensión -dijo otro
-- Yo soy la Inteligencia.
El último dijo:
--Yo soy la Sabiduría.
Entonces el guardián del Cielo pidió a los
viajeros que se identificaran.
La Religión se arrodilló y rezó. La Juventud
rió y cantó. La Comprensión se sentó y
escuchó. La Inteligencia analizó y opinó.
Por último la Sabiduría contó un cuento. |
Le dijo el sabio
al hombre de negocios:
--Del mismo modo que el pez perece en tierra
firme, así también tú mueres cuando te dejas
enredar en el mundo. El pez necesita volver
al agua... y tu necesitas volver a la
soledad.
El hombre de negocios no salía de su
asombro.
--¿Debo, pues, renunciar a mis negocios e
ingresar en un monasterio?
--No, nada de eso. Sigue con tus negocios y
además entra en tu corazón. |
Cuando seas inspirado
por una gran meta, un extraordinario
proyecto, todos tus pensamientos extrapolan
sus límites, tu mente transciende
limitaciones, tu consciencia se expande en
todas direcciones y te encontrarás en un
mundo nuevo, grande y maravilloso. Fuerzas
adormecidas, facultades y talentos se
manifiestan, y descubres que eres una
persona mucho más grande de lo que tú jamás
has pensado ser.
Pantajali
El Amor es el medio
por el que
los mensajeros del misterio
nos dicen las cosas.
El Amor es la madre,
somos sus hijos.
Brilla en nuestro interior,
visible-invisible, cuando creemos o dejamos
de creer,
O sentimos que empieza a crecer de nuevo.
Rumi |
El conquistador del amor
es aquél a quien el amor conquista.
Aplícate, con pies y manos, a la búsqueda,
pero cuando llegues al mar, deja de hablar
del río
Eres esclavo de fama y vergüenza,
¿Qué es la eternidad para ti?
Una miríada de obstáculos están en tu
camino,
tu coraje vacila y se acaba.
Toda tu charla es un mero juego de palabras
mientras sigas en la trampa.
Eres un recién llegado a la existencia
deja de hablar de eternidad
cuando aun no diferencias tu cabeza de tus
pies.
No hay dualidad en el mundo del amor,
¿Qué es toda esa charla de "tu" y de "yo"?
¿Cómo puedes llenar una taza que ya está
llena?
Tráete todo entero a esta puerta,
si traes sólo una parte no habrás traído
nada.
De El jardín amurallado de la verdad,
pág. 52.53, Hakim Sanai |
Un hombre vio una vez
a un zorro inválido que tenía buena
presencia y se preguntó cómo se las
arreglaría para estar tan bien alimentado.
Decidió observar y descubrió que el zorro se
había instalado cerca de un lugar donde un
león traía su presa. Después de comer, el
león se alejaba, y el zorro comía los
restos. De modo que el hombre decidió dejar
que el destino le sirviera a él de la misma
manera.
Se sentó en la calle y esperó. Todo lo que
sucedió fue que se volvió cada vez más débil
y hambriento, y nada ni nadie se interesaba
por él.
A su debido tiempo, una voz le dijo:
--¿Por qué tienes que comportarte como un
zorro inválido? ¿Por qué no deberías ser un
león, así los demás podrían beneficiarse de
lo que dejas? |
Un hombre rico
decidió visitar a un santo para obtener su
bendición. Realizó un largo viaje acompañado
por una deslumbrante comitiva y al fin llegó
al hogar del sabio.
--¡Oh, Iluminado! -exclamó el hombre rico al
estar en presencia del sabio -¡Maestro cuyas
invocaciones obtienen siempre respuesta, di
una oración por mí.
--¿Qué oración quieres que realice?
-preguntó el santo.
--Pide que nunca caiga en un estado inferior
al que me encuentro ahora.
El sabio estuvo de acuerdo y efectuó la
oración. Bueno. Algunos años más tarde, el
santo entró en un miserable mercado y
encontró a un mendigo, vestido con harapos,
que le atacó cuando le vio.
--¡Yo soy aquel magnate por quien tú
rezaste, falso y villano supuesto santo!
-gritó el mendigo.
El sabio dijo:
--¿Cuál es con exactitud tu queja?
--¿Queja? ¡Mírame, pidiendo limosna e
infeliz...!
--La oración ciertamente obtuvo respuesta.
Tu estado era codicia e inseguridad, y aún
te encuentras fuertemente atrapado en sus
garras. |
–¿Hay algo que
yo pueda hacer para llegar a la iluminación?
–le preguntaba un discípulo a su maestro.
–Tan poco como lo que puedes hacer para que
amanezca por las mañanas.
–Entonces, ¿para qué valen los ejercicios
espirituales que tú mismo me recomiendas?
–Para estar seguro de que no estarás dormido
cuando el sol comience a salir. |
|
Hoy, como cualquier otro día, nos
despertamos vacíos y asustados.
No abras la puerta del estudio y empieces a
leer.
Coge un instrumento musical.
Deja que la belleza de lo que amamos sea lo
que hacemos.
Hay cientos de formas de arrodillarse y
besar el cielo.
Rumi |
|
|
|
Las imágenes humanas
en la estatuaria del Macizo Colombiano
constituyen, en última instancia, un
conjunto de representaciones chamanísticas
centradas en el tema de la transformación y
su elemento esencial, la fertilidad. En la
enorme variedad simbólica y representativa
de la estatuaria surge con toda claridad la
figura del chamán con distintos atributos
que a la vez son símbolos, adornado en
muchos casos con brazaletes, collares,
orejeras, narigueras, diademas, tocados, y
vestido con taparrabos, faldas, fajas, lazos
y otros efectos de indumentaria. Son sin
duda chamanes las estatuas principales de
hombres y mujeres de los montículos y muchas
de las estatuas independientes. El chamán,
escribió Reichel, “oficia en los rituales
del ciclo vital y se ocupa activamente en la
cura de enfermedades”. Interviene
directamente en los asuntos relativos a la
caza, la pesca y la recolección y en muchos
otros aspectos económicos. “Por ejemplo”,
continúa Reichel, “el chamán controla
personalmente la cantidad y concentración
del veneno empleado para pescar en
determinada parte del río; fija el número de
animales que deben matarse cuando se anuncia
la presencia de una manada de saínos; decide
la estrategia apropiada para la recolección
de frutos silvestres; determina cuáles
peces deben volverse al agua después de una
redada y, ocasionalmente, puede aun prohibir
totalmente dar muerte a ciertos animales en
un área circunscrita de la selva”. Pero ante
todo, “el chamán es un mediador entre este
mundo y el mundo sobrenatural”, y está
estrechamente vinculado con todo cuanto se
relaciona con la fertilidad. “En muchas
sociedades, antiguas y actuales”, anota
Reichel, “el chamán tiene un carácter fálico
o andrógino y personifica las energías
procreativas de la naturaleza… La imagen
fálica del chamán es también la razón por la
cual se le asocia comúnmente con aquellos
animales a los cuáles se atribuye gran
potencia sexual, expresada por ciertos
rasgos morfológicos, anatómicos o por
características de comportamiento”. En el
caso del Macizo Colombiano, sin duda, el
animal directamente vinculado con la figura
del chamán fue el mono, por las
características y rasgos ya anotados. La
forma fálica, la forma del mono y la forma
del chamán se funden en una sola figura en
la estatuaria.
Efraín Sánchez
En “El mundo del arte en San Agustín”,
pg. 175, Villegas Editores, Bogotá, 2011.
|
|
Cerré los
ojos. “Además –pensé–, descansa y
pórtate bien. No tienes que demostrar nada.”
De pronto, oí en el viento un bello alarido
entrecortado, de una extraña intensidad
musical y mística. Miré hacia arriba. Era
Japhy, de pie en lo más alto del Matterhorn,
dejando oír su canto de júbilo, su canto de
conquistador, de triunfante Buda
desbaratador de montañas. Era hermoso. Y era
cómico también, en aquellas alturas, en
aquella no tan cómica cumbre de California,
en medio de aquella rauda niebla. Pero yo
tenía que reconocer todo aquello, el coraje,
la resistencia, el sudor y este insensato
clamor humano: crema batida en lo alto de un
helado. No tuve, sin embargo, la fuerza
suficiente para contestar el alarido. Japhy
anduvo de un lado a otro en la cumbre;
desapareció de la vista para investigar el
pequeño terreno llano que, según dijo, había
unos cuantos metros al oeste y, a poco,
repitió su alarido. ¿A quién? Podía ser a
los pisos de aserrín de Virginia City, para
lo que a mí me importaba. Todo era una
locura. Le oí que me gritaba, pero yo me
acurruqué todavía más, tembloroso, en mi
rincón protector. Miré hacia abajo, a la
laguna junto a la que Morley, tendido boca
arriba y con una hierba en la boca, nos
esperaba, y dije en alta voz:
–Bien, he aquí el karma de esos tres
hombres: Japhy Ryder se lanza hacia la
cumbre y triunfa en el empeño. Yo casi
triunfo, pero abandono finalmente la empresa
para acurrucarme en un agujero. Pero el más
listo de los tres es ese poeta de poetas
que, tendido boca arriba, en contemplación
del cielo con una rodilla sobre otra,
mastica una flor, en deliciosa ensoñación
junto a deliciosa plage. ¡Voto a tal,
nunca más me traerán aquí arriba!
Jack Kerouac
En “Los vagabundos del dharma”, pg.
80, Editorial Losada, Buenos Aires, 1969.
|
El puente de Tientsin
Al salir de la audiencia imperial, los altos
dignatarios
se dispersan en la capital.
Sus cabalgaduras van y vienen, semejantes a dragones,
todos los caballos están envueltos en una
caparazón de oro y seda,
los transeúntes les ceden el paso y ni
siquiera osan respirar al cruzarse con
ellos.
Su orgullo es más alto que la cumbre del
Songchan.
Vuelven los magistrados a sus altas y vastas
mansiones
donde los guisos raros exhalan un delicioso
vaho.
Pasa una brisa fragante, las hermosas bailan
la danza de Chao,
las cuerdas armonizan con los cantos de Tshi.
……….
Los placeres no cesan de día ni de noche.
Todos creen haber pasado ya mil otoños.
El que triunfa en la vida pública y no
quiere dejarla
arriesgará el infortunio y conocerá días
amargos.
……….
¿Cómo no imitar a Che Yi-sen
quien, con los cabellos esparcidos en la
frente,
navegaba en su raudo esquife?
Li Po
En “Poemas de Li Po”, Pg. 59,
Editorial Universitaria, Santiago de Chile,
1962.
|
|
Ella continuó mirándolo
a la luz del crepúsculo, con aire
de pálida autoridad, como alguien
conscientemente elegido para un gran
destino.
–Tengo complicaciones –dijo.
Ethan sabía que la palabra era de
excepcional importancia. Casi todo el mundo,
en la vecindad, sufría de dolencias bien
localizadas y específicas; pero solo los
elegidos tenían “complicaciones”.
Constituían de por sí una señal de
distinción, si bien en muchos casos
equivalía además a un certificado de
defunción. La gente luchaba durante años con
sus dolencias, pero casi siempre caía
víctima de “complicaciones”.
El corazón de Ethan oscilaba entre los dos
extremos del sentimiento, pero
momentáneamente se impuso la compasión. Su
mujer parecía tan adusta y solitaria,
sentada en la oscuridad, acompañada de tales
pensamientos.
–¿Es eso lo que te ha dicho el nuevo
médico?– preguntando, bajando
instintivamente la voz.
–Si. Dice que cualquier otro médico me
aconsejaría operarme.
Ethan sabía que, en lo referente a la
importante cuestión de las intervenciones
quirúrgicas, la opinión femenina de la
vecindad se encontraba dividida: algunas se
vanagloriaban del prestigio conferido por
las operaciones, mientras otras las rehuían
como poco delicadas. Por motivos económicos,
Ethan se había complacido siempre en que
Zeena perteneciera a esta última facción.
Edith Wharton
En “Ethan Frome”, pg. 85, Centro
Editor de América Latina, Buenos Aires,
1978.
|
|
Ahora la brisa era fresca
y navegaba bien. Vigilaba solo la
parte delantera del pez y empezó a recobrar
parte de su esperanza.
Es idiota no abrigar esperanzas. Pensó.
Además, creo que es un pecado. No pienses en
el pecado, se dijo. Hay bastantes problemas
ahora sin el pecado. Además, yo no entiendo
de eso.
No lo entiendo y no estoy seguro de creer en
el pecado. Quizá haya sido un pecado matar
al pez. Supongo que sí, aunque lo hice para
vivir y dar de comer a mucha gente. Pero
entonces todo es pecado. No pienses en el
pecado. Es demasiado tarde para eso y hay
gente a la que se paga por hacerlo. Deja que
ellos piensen en el pecado. Tú naciste para
ser pescador y el pez nació para ser pez.
San Pablo era pescador, lo mismo que el
padre del gran Di Maggio.
Pero le gustaba pensar en todas las cosas en
que se hallaba envuelto, y puesto que no
había nada que leer y no tenía un aparato de
radio, pensaba mucho y seguía pensando
acerca del pecado. No has matado al pez
únicamente para seguir vivo y venderlo para
comer, se dijo. Lo mataste por orgullo y
porque eres pescador. Lo amabas cuando
estaba vivo y lo amabas después. Si lo amas,
no es pecado matarlo. ¿O será más que
pecado?
–Piensas demasiado, viejo– dijo en voz alta.
Ernest Hemingway
En “El viejo y el mar” pg. 78, Casa
Editorial El Tiempo, Bogotá, 2004.
|
|
Eran la gente más alta,
de mejor constitución y más hermosa que
había visto en toda mi vida y las primeras
personas verdaderamente felices y alegres
que había conocido en África. Finalmente,
cuando comenzamos a alejarnos, echaron a
correr junto al coche, sonriendo unos,
riendo otros y todos ellos mostrando con qué
facilidad podían correr, y, luego, cuando el
coche comenzó a aumentar de velocidad,
subiendo el suave declive de un arroyo, se
convirtió en una prueba deportiva y uno tras
otro abandonaron la carrera, agitando los
brazos y sonriendo cuando dejaban de correr,
hasta que solo quedaron dos, los mejores
corredores del grupo, que continuaron
corriendo todavía junto a nosotros,
manteniendo fácilmente la marcha del coche
mientras avanzaban a grandes zancadas,
suavemente, con soltura y orgullo. Además de
correr a una velocidad bastante
extraordinaria, llevaban en la mano sus
lanzas. Luego tuvimos que torcer a la
derecha y dejar a un lado la suavidad verde
de la cuenca del arroyo y penetrar en un
prado ondulado y, al tiempo que disminuíamos
la velocidad, subiendo en primera, el grupo
completo volvió a acercarse, riendo y
tratando de parecer sin resuello.
Atravesamos un grupito de matorrales y un
conejo salió de entre los arbustos,
zigzagueando salvajemente y todos los masai
corrían ahora detrás de nosotros en un
sprint enloquecido. Atraparon el conejo
y el corredor más alto se acercó con él al
coche y me lo entregó. Lo sostuve y podía
oír los fuertes latidos de su corazón a
través de su suave, caliente y peludo
cuerpo, y, mientras le acariciaba, el masai
me dio un golpecito en el brazo. Cogiendo el
conejo por las orejas, se lo devolví. No,
no, era mío. Era un regalo.
Ernest Hemingway
En “Las verdes colinas de África” pg.
219, Luis de Cavalt Editor, Barcelona, 1964.
|
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–La música es una amante
exigente. No puedes abandonarla
cuatro años. Cuando quieres volver junto a
ella, ha huido. ¿En qué está pensando?
–preguntó al ver que Lucile lo miraba
fijamente.
–Pienso… que no se debería sacrificar así al
individuo. Me refiero a todos nosotros. ¡Nos
lo han quitado todo! El amor, la familia…
¡No es justo!
–Ya, señora Angellier… Pero ése es el
principal problema de nuestro tiempo,
individuo o comunidad, porque la guerra es
la obra común por excelencia, ¿no le parece?
Nosotros, los alemanes, creemos en el
espíritu de la comunidad, en el mismo
sentido en que se dice que entre las abejas
existe el “espíritu de la colmena”. Se lo
debemos todo: néctares, luces, aromas,
mieles… Pero ésos son asuntos demasiado
serios. ¡Escuche, voy a tocarle una sonata
de Scarlatti! ¿La conoce?
–¡No, creo que no!
Entretanto, Lucile pensaba: “¿Individuo o
comunidad? ¡Ay, Dios mío! Eso no es nuevo,
los alemanes no han inventado nada. Nuestros
dos millones de muertos en la otra guerra
también se sacrificaron por el “espíritu de
la colmena”. Murieron y veinticinco años
después… ¡Qué mentira! ¡Qué fatuidad! Hay
leyes que rigen el destino de las colmenas y
los pueblos, ¡y ya está! Seguramente, el
espíritu del pueblo está gobernado por leyes
que se nos escapan, o por caprichos que
ignoramos. Pobre mundo, tan hermoso y tan
absurdo… Pero si algo hay seguro es que
dentro de cinco, diez o veinte años, este
problema, que, según él, es el de nuestro
tiempo, habrá dejado de existir, habrá
cedido el sitio a otros… Mientras que esta
música, ese repiqueteo de la lluvia en los
cristales, esos ruidosos y fúnebres crujidos
del cedro del jardín de enfrente, esta hora
tan maravillosa, tan extraña en mitad de la
guerra, esto, todo esto no cambiará… Es
eterno…”
Irène Némirovsky
En: “Suite Francesa”, pg. 329,
Ediciones Salamandra, Barcelona, 2007.
[Muy recomendada!]
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–¿Es verdad que viste al
príncipe Nelrode horas antes de
que lo mataran? ¿Es cierto, camarada? –me
preguntó con avidez, inclinada hacia mí.
–Así es.
Siguió interrogándome con voz ahogada. Sus
ojos verdes brillaban con un fulgor salvaje.
Me escuchaba en silencio, pero yo le leía el
pensamiento en la mirada.
Le dije que había oído la conversación entre
el príncipe y el ministro.
Entonces se acercó más y me observó
fijamente.
–¿Cómo? –dijo al fin, y volvió a callar, al
parecer sin encontrar palabras para expresar
su horror–. ¿Qué dijeron?
Se apartó con gesto nervioso. En esos
momentos, la niebla era tan densa que, la
cara de Fanny pareció medio disolverse en
ella. Sólo oía su voz, que temblaba de odio
y pasión. En cuanto a mí, estaba cansado e
irritado. Ella insistía en que le
respondiera. Declaré que en mi opinión
habían dicho algunas cosas acertadas y
muchas tonterías. Pero comprendía que era
inútil explicarle que aquellos dos hombres
de Estado, temidos y odiados, con sus
errores, su inconsciencia y sus sueños, me
habían parecido seres humanos limitados y
miserables, como cualquier otro, incluido
yo. Fanny habría buscado en mis palabras un
significado oscuro y oculto del que
carecían.
Irène Némirovsky
En: “El caso Kurílov”, pg. 93,
Ediciones Salamandra, Barcelona, 2010.
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Los trazos de la
canción bebe a la vez del
estímulo y la opresión de esas ideas.
Chatwin encontró en el mito aborigen de la
Creación una imagen incandescente, de
amplias consecuencias en lo que sugiere y
que actuó como vehículo de sus inquietudes.
Su exposición del mito es gráfica. En el
Tiempo de los Sueños, el equivalente
aborigen del periodo que abarcan los
primeros dos capítulos del Génesis –tiempo,
o no tiempo, en el que todo fue concebido y
creado por primera vez– las formas
minerales, las especies animales y la
variada vegetación de Australia son
conjuradas a la existencia por medio de la
canción. Seres legendarios conocidos como
los Ancestros se hicieron a sí mismos de
arcilla y comenzaron a errar por el
continente. Mientras erraban, anunciaban a
gritos “el nombre de todo aquello con lo que
se cruzaban en su senda: pájaros, animales,
plantas, rocas, charcas”, engendraron la
tierra cantándola. Al hacerlo, dejaron
estelas invisibles de palabras y notas
musicales, “unos espaguetis de Ilíadas y
Odiseas que se retorcían en todas
direcciones”, en los que se cantan alabanzas
a los rasgos más notables del paisaje como
lugares sagrados, constantemente vueltos a
crear en el ritual y la canción aborígenes.
“Australia entera puede leerse como una
partitura musical.”
Susannah Clapp
En: “Con Chatwin. Retrato de un escritor”, pg. 241, Muchnik Editores, Barcelona, 1997. |
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–Parecés una jaulita de
mimbre– le dijo Eladio a
Josefina, desnuda de la cintura para arriba,
parecía en efecto una jaulita de mimbre. El
retumbe de su corazón a duras penas llegaba
a los oídos del médico anciano que se
concentraba, dureza y afecto, en escuchar un
sonido que poco a poco se iba convirtiendo
en algo menos que un ruido y poco más que un
recuerdo. El estetoscopio brillaba
tremendamente conciso y mineral, uniendo en
la penumbra del cuarto a dos vidas que iban
ganando ya con rapidez la orilla oscura de
la muerte.
–¿Todavía se oye algo, vos?– preguntó la
anciana con humor transparente.
–Ahí, entre polvo y telarañas, como que
todavía estás viva, vieja.
Eladio había abandonado casi por completo la
pomposa terminología médica. Decenios de
práctica lo habían purificado en su
profesión, lavando todo lo que en ella había
de vano y accesorio y no dejando más que una
veta pura de su oficio. Ahora, al final de
su vida, el lenguaje con el que explicaba
los males a sus pacientes, que no era por
cierto diferente de cómo se los explicaba a
sí mismo, había adquirido una resonancia
cercana a la poesía. Tal vez sea cierto que
todos los oficios, pasando por el punto en
que la vanidad o la codicia enturbian la
verdad de esas cosas, empiezan a acercarse y
a ser una sola palpitación que ni siquiera
necesita nombre.
Tomás González
En “Para antes del olvido”, pg. 99,
Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2003.
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ÚLTIMO POEMA
SOBRE LAS FORMAS DEL AGUA
A la izquierda hay una casa donde tienen papagayos.
Por todas partes se oye el río.
Llega uno al camino colonial de piedra, y
sube.
En los vallados hay helechos;
detrás de los vallados, cafetales y, a
veces,
piedras grandes sobre las que se extienden
las pitahayas.
Se acaba el camino ancho y sigue
el camino estrecho, que bordea, a la
derecha,
pastizales también con piedras grandes
y, a la izquierda, cafetales escarpados que
parecen a veces matorrales, monte espeso.
El sonido del río es cada vez más fuerte.
Baja el camino y llega al puente de tablas
que, sobre el pequeño torrente,
une el verdor entre las dos vertientes.
Este es el fondo.
A cada una de las piedras la golpea el agua,
y cada una, piedra y agua, fluyen juntas
y forman esa forma que no tiene nombre,
pues es justo ahí donde se acaban las
palabras.
Tomás González
En: “Manglares”, pg. 183, Grupo
Editorial Norma, Bogotá, 2006. |
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El sitio olía a perfume,
sudor y cigarrillo. Tenía ventiladores de
techo y ponían tangos. A las cuatro de la
mañana Julito, muy limpio, de guayabera
azul, miraba a J. desde su sillón. Estaba
borracho pero trataba de no aparentarlo. J.,
casi dormido, metía su barba en el escote de
una mujer, muy blanca y rellenita, sentada
en sus rodillas. En la mesa había una
botella de ron, vasos altos con bordes
dorados, charcos de agua y una hielera con
el hielo derretido. La luz era al mismo
tiempo azulosa y rojiza. Las mujeres,
vestidas de rojo puro o rosado incitante,
entraban y salían de cortinas brocadas y
polvorientas. Un marica negro mariposeaba,
fino y nocturno, por entre el lujo de luces
y cortinas.
Cuando J. se levantó, alto y mecido por la
borrachera, la mujer se metió bajo su brazo.
Juntos desaparecieron tras la cortina bajo
la mirada enrojecida de Julito. Una hora
después la dueña del burdel, un búho viejo y
agresivo, exhuberante de pulseras y
cosméticos, le dijo al lanchero que debía
llevarse al señor, que estaba muy borracho y
se había quedado dormido en el cuarto.
Julito lo despertó como pudo, lo ayudó a
salir de allí y se lo llevó para su casa.
Tomás González
En: “Primero estaba el mar”, pg.84,
Los Papeles del Goce, Bogotá, 1983. |
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Creo que al mico humano le
faltan muchos siglos, tal vez
milenios, para alcanzar su plena madurez y
para que empiece a enfocar sus ambiciones
hacia intereses diferentes de explotar y
esclavizar al prójimo y a la naturaleza.
Estamos en una etapa en la que manda la
violencia. La inteligencia, la poderosa
inteligencia de este particular primate,
clave en su supervivencia como especie, por
un accidente evolutivo quedó de pronto al
servicio de un impulso de dominio ya
innecesario. La humanidad, en el proceso de
utilizar a la naturaleza para sobrevivir,
está a punto de aniquilarla, y parece hoy un
animal que estuviera devorando sus propias
tripas. Es posible que no todo esté
totalmente perdido. Es posible, si no
perecemos antes como especie, que alcancemos
un futuro en que la ambición se enfoque
hacia el arte y hacia la ciencia no
invasiva, la ciencia admiradora y
contemplativa y hedonista, no la que produjo
las bombas atómicas. Primates como
Mussolini, Nixon, Mengele, Kissinger y
Ospina Pérez serán vistos como parte de la
prehistoria humana. El ex presidente Uribe,
para dar un ejemplo más reciente y mucho más
pequeño, habrá sido solo un macaco
pendenciero que pertenecía a un eslabón
remoto de la humanidad. Y sus enemigos de
las Farc, lo mismo.
Tomás González
En: La ceremonia inventada,
Entrevista con John Galán Casanova, pg.46,
en revista El Malpensante, Nº122,
Agosto-2011.s
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Como en el día de fiesta…
(fragmento)
¡Ahora, sin embargo, apunta el día!
Aguardé y vi venir, y lo que he visto,
lo sagrado, que sea mi palabra.
Ella que es más antigua que los tiempos
y está sobre los Dioses
de Occidente y de Oriente,
ahora despierta, la Naturaleza,
con un fragor de armas,
y desde el alto Eter al abismo,
según rígida ley, como en lo antiguo,
por el sagrado Caos engendrada,
siente de nuevo el entusiasmo
creador de toda cosa.
Y así cual resplandece un fuego
en el ojo del hombre
que proyecta en su mente algo sublime,
así también de nuevo ante los signos
y los hechos del mundo,
hoy se ha encendido un fuego
en las almas de los Poetas.
Y los eventos que antes fueron,
Apenas advertidos en su hora,
Recién ahora quedan revelados;
Y también ellas, las vivificantes
divinas fuerzas de los Dioses,
que en figura de siervos,
sonriendo, araban nuestros campos,
ahora son también reconocidas.
Friedrich Hölderlin
En: “Himnos tardíos. Otros poemas”,
pg. 29, Editorial Sudamericana, Buenos
Aires, 1972.
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El dilema de Bridges es
muy común. Al comprobar que las
lenguas “primitivas” eran pobres en palabras
destinadas a expresar conceptos morales,
muchas personas supusieron que dichos
conceptos no existían. Pero las nociones de
“bueno” y “malo”, esenciales para el
pensamiento occidental carecen de sentido si
no están implantadas en elementos concretos.
Los primeros individuos que hablaron una
lengua cogieron la materia prima de su
entorno y la cohesionaron en metáforas para
sugerir ideas abstractas. La lengua yaghana
–y por inferencia todas las otras– actúa
como un sistema de navegación. Los objetos
dotados de nombre son los puntos fijos,
alineados y comparados, que permiten que la
persona que habla planee su próximo
movimiento. Si Bridges hubiera descubierto
la gama de metáforas yaghanas, nunca habría
completado su obra. Sin embargo, lo que ha
perdurado nos permite resucitar la claridad
del pensamiento yaghan.
¿Qué habremos de pensar de un pueblo que
definía la “monotonía” como “la ausencia de
amigos varones”? ¿O que, para referirse a la
“depresión”, empleaba la palabra que
describía la fase vulnerable del ciclo
estacional del cangrejo, cuando éste se
desprende de su viejo caparazón y espera que
se desarrolle otro? ¿O que hizo derivar
“holgazán” del nombre del pingüino austral
cuyo grito recuerda el rebuzno del asno? ¿O
“adúltero” del nombre del alcotán, un
pequeño halcón que revolotea de un lado a
otro, cerniéndose inmóvil sobre su próxima
víctima?
Bruce Chatwin
En “En la Patagonia”, pg. 158,
Muchnik Editores, Barcelona, 1987.
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–Los demonios son eternos:
siempre han existido y siempre existirán. Su
batalla con los dioses es interminable, y no
hay nada que se pueda hacer al respecto.
Pero en la Edad de Oro estuvieron
controlados, como el río que no puede
superar una represa. ¿Comprendéis?
–¿Ninguno de los bandos ganará jamás?
–No deben ganar: Ni el bien ni el mal pueden
prevalecer. Eso destruiría el equilibrio de
la creación–. Canki estaba diciendo algo que
creía de verdad. Los Vedas le habían dicho
que el mundo había sido creado mezclando
leche en un mantequero cósmico. Había dos
cuerdas que accionaban el mecanismo. A un
lado los ángeles o devas tiraban en una
dirección, mientras que los demonios a suras
lo hacían en la otra, en el lado opuesto. La
paleta giratoria del mantequero era una
montaña conocida como monte Meru, que para
algunas eminencias estaba en el Himalaya y
que para otras era la residencia mítica de
los dioses. De cualquier modo, la creación
surgió como una serie de cuajadas hechas a
partir de aquella leche batida. Por lo
tanto, los ángeles fueron tan necesarios
como los demonios para generar el orden en
el caos espumoso, y así sería siempre. El
bien y el mal, la luz y la oscuridad, eran
los ingredientes primordiales de la
existencia, la materia fundamental de la
naturaleza humana.
Deepak Chopra
En “Buda”, pg. 138, Suma de letras,
Bogotá, 2007.
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Trabajaba sometido a las
exigencias de dos restricciones
que acabaron ayudándole cada una a su
manera. Primero, el hecho de que nadie vería
nunca aquellos cuadros. Eso era inevitable,
pero, en lugar de atormentarle con una
sensación de inutilidad, parecía liberarle.
Ahora trabajaba para sí mismo, sin la
amenaza de la opinión de otras personas, y
eso de por sí era suficiente para producir
un cambio fundamental en el enfoque que daba
a su arte. Por primera vez en su vida dejó
de preocuparse por los resultados y en
consecuencia los términos “éxito” y
“fracaso” perdieron todo sentido para él.
Descubrió que el verdadero sentido del arte
no era crear objetos bellos. Era un método
de conocimiento, una forma de penetrar en el
mundo y encontrar el sitio que nos
corresponde en él, y cualquier cualidad
estética que pudiera tener un cuadro
determinado no era más que un subproducto
casual del esfuerzo de librar esta batalla,
de entrar en el corazón de las cosas.
Procuró olvidar las reglas que había
aprendido, confiando en el paisaje como en
un socio, abandonando voluntariamente sus
intenciones y rindiéndose a los asaltos del
azar, de la espontaneidad, a la embestida de
los detalles brutales. Ya no le daba miedo
la soledad que le rodeaba.
Paul Auster
En: “El Palacio de la Luna” |
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Estudiando
los pleitos indígenas no se puede
encontrar el tan notorio fatalismo de la
raza india, que inspira con frecuencia a
historiadores, novelistas y artistas
contemporáneos. Es verdad que la lucha del
indio por sus intereses es una lucha sin
posibilidades de éxito en un mundo que le es
hostil como lo ha sido siempre. Pero en la
misma situación están todas las minorías
raciales o nacionales cuando luchan contra
un fuerte y bien armado opresor. Cierto es
que algunas tribus recibieron a la llegada
de los españoles a los hombres blancos como
a semi-dioses. Pero esta ilusión no pudo
durar mucho tiempo frente a los hechos de la
conquista. La resistencia que surgió fue
desesperada y tenaz aunque ineficaz por
varias razones: una débil y primitiva
organización tribal con luchas mezquinas de
los caciques entre sí, impidieron una
resistencia eficaz a los invasores. El
desconocimiento de la pólvora, del acero y
del caballo, ponían a los indios en una
notable inferioridad. Pero aún desarmados y
en gran parte aniquilados durante la
conquista y la pacificación, los vemos
luchar tenazmente por sus derechos, ora
invocando leyes y ordenanzas; ora con
pleitos y peticiones, y también con rifles y
machetes, cuando las condiciones del lugar
lo permitían…
Juan Friede
En “El indio en lucha por
la tierra”
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Emocionados, los
habitantes de ese tiempo les
brindaron ofrendas, cantos y danzas y así,
junto a los niños, cantaron y danzaron por
el lapso de diez meses. En ese tiempo los
niños pudieron escuchar los sonidos del
viento, del mar, las cascadas, los ríos, las
flores, las plantas, los pájaros que las
innumerables delegaciones traían consigo de
los diferentes suyus, que reproducían los
sonidos de cada región con sus instrumentos
o con los animales y aves que entregaban
como recuerdo a los niños.
Esos sonidos se aprendieron de memoria y
fueron hilando, tiñendo, urdiendo, tejiendo;
los fueron tallando, puliendo. Así brotaron
las palabras como riachuelos, ríos, lagunas,
mares; luego como llovizna, lluvia,
tormenta; de ahí brotaron como vientos,
tornados, huracanes; finalmente como rayos y
truenos. Así se fue formando el Runa Shimi,
el idioma de los Kichwa Runa, el idioma de
los hijos del Sol y de la Luna. Así fue
creado el Kichwa, la lengua de los
habitantes de esta tierra, para que el
Tiempo y el Universo recuperaran su alegría
y nunca estuvieran tristes. Por eso el
Kichwa tiene el sonido de los huracanes, el
vuelo de los cóndores o el suave
deslizamiento de las olas de los ríos, las
lagunas y los mares o el suave aleteo de las
hojas.
Juan Carlos Gamboa y
Ramiro Muñoz Macanilla
(Compiladores)
En “Los Kichwa de Leguízamo, tras las
claves de los Runas del Antisuyu”
|
|
El budismo-zen es
una forma de vivir y entender la vida
prescindiendo de los conceptos abstractos de
la mente. No es un sistema filosófico, ni
una religión, ni se basa en la lógica, el
análisis o el razonamiento… ni tiene
establecido ningún dogma, no enseña nada, no
niega nada, no es nihilista…
El zen no es una religión puesto que ni
habla de Dios, ni niega su existencia,
simplemente ignora el concepto de Dios tal
como lo entendemos los cristianos.
No es panteísta ni monoteísta ya que el zen
solo se ocupa de las realidades vitales de
la existencia…
El objeto del zen es el despertar, descubrir
la realidad viva con todo el ser liberando
al hombre de la esclavitud de sus propios
conceptos y prejuicios… Aunque el zen no
tiene ninguna finalidad ni busca obtener
nada…
La verdad no está en los conceptos, las
ideas o las palabras, sino en la realidad
donde la idea de sujeto-objeto ha sido
trascendida.
Taisen Deshimaru
En: “Iniciación al Zen” [con dibujos
de José Nalda]
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PADRE NUESTRO
Padre nuestro que estás en el cielo
Lleno de toda clase de problemas
Con el ceño fruncido
Como si fueras un hombre vulgar y corriente
No pienses más en nosotros.
Comprendemos que sufres
Porque no puedes arreglar las cosas.
Sabemos que el Demonio no te deja tranquilo
Desconstruyendo lo que tú construyes.
Él se ríe de ti
Pero nosotros lloramos contigo:
No te preocupes de sus risas diabólicas.
Padre nuestro que estás donde estás
Rodeado de ángeles desleales
Sinceramente: no sufras más por nosotros
Tienes que darte cuenta
De que los dioses no son infalibles
Y que nosotros perdonamos todo.
Nicanor Parra
En: “Antipoemas. Antología (1944 – 1969)”
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El mito, no solo explica
los tiempos primordiales, sino
que construye sentido para la interpretación
de las nuevas realidades contemporáneas
históricas y sociales que vive el Runa. Así,
con la entrada de las petroleras se
reinventa una tradición mítica que busca
explicar la nueva amenaza que enfrenta el
pueblo y la cultura Kichwa; un ejemplo de
ello es la creación del “mito de la boa
plateada” que cuenta que, ya mucho antes,
los ancianos profetizaron que llegaría un
día en que la selva sería violada por los
espíritus malignos de gigantes con cuerpo de
hierro, que los blancos traerían una
gigantesca boa plateada que se extendería
por toda la selva, de cuyo vientre saldría
una sangre negra que iría matando la vida de
la madre tierra. Para los codiciosos
blancos, eso significaría riqueza y poder,
mientras que para los Sacha Runas y demás
gente de la selva, solo miseria, destrucción
y muerte.
Juan Carlos Gamboa y Ramiro Muñoz
Macanilla (Compiladores)
En “Los Kichwa de Leguízamo, tras las
claves de los Runas del Antisuyu”
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Pero el soldado ya no me
oía y yo, al apoyar la mano sobre
la nieve para alzar la cabeza del suelo,
sentí el frío cañón de un fusil. Y lo cogí y
rodé hasta quedar tendido sobre un costado.
El soldado acostado en el suelo y yo frente
a él, cara a cara. Apoyé el fusil en su
casaca, ahí donde suele estar el corazón,
por un momento confundí el lado izquierdo y
el derecho, para estar seguro probé primero
con una mano y luego con la otra si podía
escribir, si, y ahora apoyé el fusil sobre
el corazón del soldado, para que no gritara
más, para que su voz dejara de resonar en mi
cabeza, y oprimí el gatillo. Se escuchó una
sorda detonación y un fogonazo lamió el
uniforme, el aire olía a lana y algodón
quemado, pero el soldado seguía llamando a
la madre de sus hijos, a su mujer, y cada
vez más rápidamente caminaba en el aire,
como si ya le restaran sólo los últimos
pasos y luego el antejardín y la casita
donde viven sus seres más amados… Y la nieve
dejó de caer, salió una luna brillante y
hermosa, sobre los campos nevados latían las
manecillas multicolores que marcaban los
segundos en cada copo y cada cristal, y en
el cuello del soldado brilló con un blanco
resplandor una cadenita de plata y luego
algo que colgaba de la cadenita, algo que el
soldado cogió con las dos manos, y ahora
gritaba:
–¡¡Mutti!! ¡¡Muuutti!!
Bohumil Hrabal
En “Trenes rigurosamente vigilados”
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Aunque en la naturaleza
todo está aparentemente a tomar
de la mano, no todo es gratuito. Cada cosa,
cada animal, cada árbol o cada espacio
dentro del Universo natural tiene una
función muy específica, que no se puede
alterar sin consecuencias funestas para la
sociedad que mal maneje sus relaciones. Se
puede tomar, coger, usar, pero muy
racionalmente; así lo dijeron los grandes
Dioses de nuestros antepasados como
Buinairema, Monaiya Jurama, Jitoma y otros,
tan grandes como ellos que vinieron a este
mundo a mostrarnos el camino del bien y del
mal para la realización de nuestras propias
vidas.
Los espíritus de los seres de la naturaleza
están atentos a las formas de uso que hace
el hombre de ellos. Así van enseñando los
mayores a sus hijos en el trabajo, por los
caminos, cogiendo coca, sacando yuca madura,
cosechando frutas, bañándose en las
quebradas o simplemente andando de caza o
pesca. A causa del mal uso que hacemos del
bosque, los dueños de ellos nos han quitado
el agua pura y abundante que antaño
contemplábamos con gran cantidad de peces…
¿se acuerdan de tal quebradita?, ¿recuerdan
ustedes cómo era antes y en qué condiciones
la encontramos hoy…?
Jorge Herrera Domínguez –
Etnia Uitoto
En “Visiones del medio ambiente a través
de tres etnias colombianas”
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Bueno es llamar la
atención una vez más sobre el
hecho de que la antropofagia entre las
tribus americanas de la actual Colombia no
tenía los rasgos horripilantes que
invariablemente se le asocian. La
antropofagia ritual practicada por algunos
pueblos, con larga y cuidadosa preparación
corporal y espiritual de la víctima que
conscientemente se entregaba para ser
sacrificada a los dioses, tiene poco de la
barbarie con que generalmente se la
califica. Entre tribus que no concebían tan
claramente como nosotros la línea divisoria
entre la vida y la muerte, no se basó la
antropofagia en la crueldad. Creencias
totémicas y convencimientos según los cuales
los cualidades del muerto se transfieren al
comer su carne, hombre y animal por igual,
convierten muchas veces un acto de barbarie
como el comer carne humana en un acto de
aprecio y culto a lo “comido”. Cuenta Fray
Pedro Simón que los Pijao “…en señalándose
uno con valentía en la guerra o en otra
ocasión, le mataban, con grande gusto del
valiente, y lo hacían pedazos y daban uno a
comer a cada uno de los demás indios, con
que decían, se hacían valientes como aquél
lo era”. No se debe, pues, asociar la
antropofagia con la crueldad por
antonomasia. Muy poco cruel debemos
considerar la antropofagia entre tribus
americanas comparándola con las prácticas
inherentes a la historia reciente de los
pueblos más civilizados de la tierra.
Difícilmente puede la antropofagia competir
en crueldad con los castigos de aquellos
hombres “civilizados”, que, por ejemplo, en
la colonia francesa de Haití, en pleno siglo
de los enciclopedistas, sentenciaron al
mulato rebelde Oge a “partirle a golpe de
martillo los brazos, las piernas, las
costillas, para amarrarlo en la rueda,
mirando al cielo, hasta que Dios se apiade
de él y le quite la vida…”
Juan Friede
En “Los Andaki” |
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Quizá estaban demasiado
marcados por su pasado (y no solo
ellos, por otra parte, sino también sus
amigos, sus compañeros, la gente de su edad,
el ambiente en que se movían). Quizá, para
empezar, eran demasiado voraces: querían ir
demasiado de prisa. Habría hecho falta que
el mundo y las cosas de todas las épocas les
pertenecieran, y habrían multiplicado los
signos de su posesión. Pero estaban
condenados a la conquista: podían ir siendo
cada vez más ricos, pero no podían hacer que
lo hubieran sido siempre. Les habría gustado
vivir con comodidad, rodeados de belleza.
Pero exclamaban, admiraban, y esta era la
prueba más clara de que no vivían así. Les
faltaba la tradición –en el sentido más
despreciable del término, acaso–, y la
evidencia, el verdadero gozo, implícito e
inmanente, ese gozo que va acompañado de una
felicidad del cuerpo, mientras que el suyo
era un placer cerebral. Con demasiada
frecuencia, de lo que ellos llamaban lujo,
no les gustaba sino el dinero que había
detrás. Sucumbían a los signos de la
riqueza; amaban la riqueza antes que la
vida.
Georges Perec
En “Las cosas. Una historia de los años
sesenta”
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Independientemente de lo
que digan los portavoces de la
sociología acerca de la naturaleza de su
trabajo, la sociología es un diálogo
continuado con la experiencia humana, y
ésta, a diferencia de los edificios de la
universidad, no se divide en departamentos
y, mucho menos, en departamentos estancos.
Los académicos pueden rechazar o descuidar
la lectura del trabajo de sus vecinos
universitarios, manteniendo así una
convicción inquebrantable de su propia
identidad separada, pero no se puede decir
lo mismo de la experiencia humana. En ésta,
lo sociológico, lo político, lo económico,
lo filosófico, lo psicológico, lo histórico,
lo poético y todo lo demás se mezclan hasta
el punto de que ningún ingrediente puede
mantener su esencia distinta en caso de que
se intente aislarlo. Llegaría a decir que,
por duramente que luchásemos, la sociología
jamás acabaría ganando su “guerra de
independencia”. Más aún, si semejante
victoria fuera concebible, no llegaría a
sobrevivirla. La formación discursiva que
lleva el nombre de sociología es porosa en
todos sus puntos, resultando notorio su
enorme, su insaciable poder de absorción.
Personalmente, creo que esto constituye la
fuerza de la sociología, no su debilidad.
Creo que el futuro de la sociología está
asegurado precisamente porque está más cerca
de abarcar la experiencia humana de manera
integral que ninguna otra disciplina.
Zygmunt Bauman
En “La ambivalencia de la modernidad y
otras conversaciones” [Conversación con
Keith Tester]
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–Ha llegado el momento de
prepararnos para una guerra
contra cinco ejércitos árabes.
Estas palabras cayeron como una cuchilla.
Algunos asistentes parecían incrédulos.
–¿Cree usted que los árabes de Nazaret
piensan atacarnos con carros de combate?
Preguntó uno de ellos, en son de broma.
A Elie Arbel, el antiguo oficial checo
encargado de los planes de la “Haganah” de
Jerusalén, le pareció inverosímil todo
aquello: “Ben Gurion habló a continuación de
organizar una guerra contra cinco países
árabes, cuando los ingleses nos detenían en
la calle por llevar una pistola.” Ben Gurion
se obstinó. Explico que no cometería jamás
el error de subestimar a sus enemigos, y que
nada podía amenazar más a su pueblo que la
invasión concertada de cinco ejércitos
árabes. Pero ya no sobreestimaba a sus
adversarios. Conocía su inclinación a creer
las más locas jactancias, a confundir los
dichos con los hechos, a prepararse para la
prueba a base de discursos antes que con
sacrificios. Sus amenazas de guerra
constituían un terrible peligro para su
pueblo. Pero también ofrecían una
oportunidad inestimable.
Dominique Lapierre y Larry Collins
En “Oh, Jerusalén”
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Un día, acudió al
establecimiento un torero
sevillano amigo suyo y le ofreció una plaza
de banderillero en su cuadrilla. Paco
vaciló. Era un paso muy triste para quien
había conocido la gloria. Pero ansiaba
volver al ruedo y accedió a convertirse en
subalterno.
Paco actuó de banderillero durante diez
años, cambiando a menudo de cuadrilla y
sufriendo los vaivenes de la suerte, según
fuese la de sus maestros. Una noche de
primavera, en Córdoba, coincidió en una
corrida con el espada más loco que jamás
hubiera visto. Veinte veces creyó ver que le
derribaba el toro y otras tantas se levantó
el torero para seguir peleando. Sus caminos
se cruzaron a menudo aquel verano en las
plazas de las ciudades y pueblos andaluces.
Paco se dio cuenta del efecto hipnótico que
aquel torero producía en la multitud. En
todas partes, en todas las esquinas donde se
congregaban los aficionados, desde la calle
de la Plata, en Córdoba, hasta la calle de
las Sierpes, en Sevilla, se oía sonar su
nombre. “Es un loco de Palma del Río que
está trastornando la fiesta –decía la
gente–. Toreando de esta manera, no llegará
vivo al final de la temporada. Pero por lo
que más quieran, y por mucho que les cueste,
vayan a ver a “El Cordobés” antes de que lo
maten.”
Dominique Lapierre y Larry Collins
En “… O llevarás luto por mí”
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Mas no eran los sibundoyes
los únicos rebeldes. También los
ingas se oponían a los misioneros,
aprovechando para manifestar su descontento
inclusive las razones que les brindaba su
cristianismo viejo y transculturizado.
Fray Jacinto María de Quito da cuenta de un
incidente ilustrativo, acaecido cuando él
era cura de San Andrés. Sucedió que, estando
la imagen del patrono descolorida y mutilada
por el paso de los siglos, los seráficos
varones decidieron reemplazarla por una
nueva. El proyecto fue rechazado por los
fieles, pero el cuasi-párroco insistió en su
punto de vista y, una vez adquirido el nuevo
santo, invitó al pueblo a festejarlo. Los
indios accedieron a su llamado pero, para su
sorpresa, depositaron sus ofrendas ante la
vieja imagen. Trató entonces de retirarla
pero los sanandresinos se opusieron
arguyendo:
“Vé Taita Padre? ¿Cómo vas a quitar a
nuestro San Andrés cuando él ya sabe nuestra
lengua y nuestras costumbres, en tanto que
este muchacho (el nuevo) recién acaba de
llegar y no entiende nada? Nosotros cuando
estamos de viaje o nos enfermamos, le
encendemos una velita, y él nos oye lo que
le pedimos; mientras que este joven ni sabrá
para qué es la velita”.
Ante esta actitud el sacerdote pidió consejo
al prefecto apostólico, obteniendo esta
respuesta:
“Hoy más que nunca estoy convencido de
que estos indios son verdaderos idólatras…
Escógete, pues, algún medio para quitarles
el santo viejo”.
Víctor Daniel Bonilla
En “Siervos de Dios y amos de indios”
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Nunca ha sido más difícil
ni más urgente seguir el camino
de la sabiduría. Nuestra sociedad está casi
enteramente dedicada a la celebración del
ego, con sus deplorables fantasías sobre el
éxito y el poder, y celebra precisamente
esas mismas fuerzas de codicia e ignorancia
que están destruyendo el planeta. Nunca ha
sido más difícil oír la voz no halagadora de
la verdad, y una vez oída, nunca ha sido más
difícil seguirla; porque en el mundo que nos
rodea no hay nada que aliente nuestra
elección, y toda la sociedad en la que
vivimos parece negar cualquier idea de
sacralidad o de eternidad. Así pues, en
nuestro momento de mayor peligro, cuando se
halla en duda nuestro futuro mismo, nos
encontramos en la mayor confusión como seres
humanos, prisioneros de una pesadilla creada
por nosotros mismos.
No obstante, en esta situación trágica hay
también una significativa fuente de
esperanza, y es que las enseñanzas
espirituales de las grandes tradiciones
místicas aún se hallan a nuestro alcance.
Pero, por desgracia, hay muy pocos maestros
que las encarnen y una casi completa
ausencia de discernimiento en quienes buscan
la verdad. Occidente se ha convertido en un
paraíso para los embaucadores espirituales.
En el caso de un científico, existe la
posibilidad de comprobar quién es auténtico
y quién no, porque otros científicos pueden
examinar su historial y verificar sus
descubrimientos. Sin embargo, en Occidente,
sin los criterios y orientaciones de toda
una cultura orientada hacia la sabiduría, es
casi imposible establecer la autenticidad de
quienes se autodenominan “maestros”. Por lo
visto, cualquiera puede presentarse como
maestro y atraer seguidores.
Sogyal Rimpoché
En: “El libro tibetano de la vida y de la
muerte”
[Muy recomendado!]
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¿Qué le queda a él en la
vida? Dolor, dolor más grande
porque con él está mezclada la humillación.
La tierra queda lejos, lejos. Ahora, en su
poncho morado vive un quinual. Esos surcos
de la quinua, tan porosos, tan anchos, tan
prietos y la misma quinua, de potente brote,
ávida de espacio, macollada de tenacidad y
fortaleza, crecida al frío, la tempestad y
el viento, en virtud de la tierra puneña,
dura y espaciosa para la esperanza del
fuerte. Él ya no es fuerte. Es un tronco
yerto en tierra profanada. La ancha tierra
puneña, con su paja brava, domada por el
hombre. Ahí está el verde rebozo del
cebadal; cerca, relinchan los potros; un
recental ronda a la orgullosa madre; en la
puerta de la casa, Juanacha conversa con su
hijito; humean los bohíos y por las faldas
de El Alto pasta el rebaño de ovejas y por
las del cielo, las nubes. Desde la piedra
donde se ha sentado, el caserío es más
hermoso. El maizal luce barba de hombre y el
trigo echa espigas de sol. La campana de la
capilla canta. Pascuala teje una bella
frazada de colores… El buey Mosco ha ido por
sal y ya lengüetea el bloque de sal de
piedra… El viejo Chauqui cuenta que todo era
comunidad y que los comuneros de Rumi decían
ser descendientes de los cóndores. Esa es la
flauta de Demetrio Sumallacta, como el canto
de las torcaces. Revolotean las torcaces
sobre la quebrada lila de moras. De la
quebrada baja la acequia de agua que brilla
al sol en cierta cueva. En el arpa de
Anselmo canta una bandada de pájaros
amanecidos… “¡No me peguen!” “¡No me
peguen!” ¿Por qué me golpean así? “¡No me
peguen!”
Ciro Alegría
En “El mundo es ancho y ajeno”
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A la luz de mi
experiencia, quise contribuir con
este libro a la reivindicación del individuo
indio mismo y luego, tratando de confrontar
mi personal opinión, he visto llegar
irrecusables testimonios científicos. Me
refiero, entre otros, al libro El
indoamericanismo y el problema racial de las
Américas del notable biólogo Alejandro
Lipschutz y a juicios verbales escuchados a
antropólogos norteamericanos.
La historia nos suministra los datos más
válidos. Al terminar la colonia, había en el
Perú un millón de indios. Ahora [1948] hay
cuatro y dos de mestizos, siendo el resto
blancos en una población de siete millones y
medio. El indio ha resistido con éxito más
de cuatro siglos de toda clase de
agresiones, alimentado con un promedio de
mil calorías diarias –los expertos
calcularon dos mil para nutrir
transitoriamente a los pueblos europeos
devastados por la guerra–, y trabajando a
destajo en alturas frígidas en las que
ningún otro hombre puede trabajar o en
valles cálidos donde grasan mortales
epidemias. Cualquier raza de las llamadas
“superiores”, sometida a tal prueba,
perecería. Si a todo esto se agrega que el
indio, según comprobación científica, no ha
perdido su capacidad intelectual y es apto
para asimilar la cultura moderna haciendo
además una sagaz selección de valores con
claro juicio y fina sensibilidad, llegaremos
a concluir que su postergación es
transitoria.
Ciro Alegría
En el prólogo de “El mundo es ancho y
ajeno”
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…un complejo mosaico de
pueblos que compartían razas,
religiones, idiomas y culturas de una enorme
diversidad. Un país de mayoría hindú, pero
con más de cien millones de musulmanes que
lo convertían en el segundo país musulmán
del planeta. Sin contar los diez millones de
cristianos, siete millones de sijs,
doscientos mil parsis y treinta y cinco mil
judíos cuyos antepasados habían huido de
Babilonia después de la destrucción del
templo de Salomón. Un territorio donde
convivían 4.635 comunidades distintas, cada
cual arrastrando sus propias tradiciones, y
lenguas tan antiguas como diversas, como el
urdu de los musulmanes, que se escribía de
derecha a izquierda, o el hindi, que se
escribía de izquierda a derecha como el
alfabeto latino, o el Tamil que se leía a
veces de arriba abajo, u otros alfabetos que
se descifraban como jeroglíficos. En esta
babel se usaban ochocientos cuarenta y cinco
dialectos y diecisiete lenguas oficiales.
Pero el inglés, la lengua de los
colonizadores, seguía siendo el idioma común
después de que la imposición del hindi fuese
rechazada por los estados del sur. Un país
que arrastraba unas desigualdades hirientes,
con una corrupción bien incrustada en todos
los niveles de la sociedad y una burocracia
paralizante. Un país conocido por sus altas
conquistas espirituales y a la vez por sus
nefastos indicadores de bienestar material,
un país donde el hombre era más fértil que
la tierra, un país constantemente azotado
por calamidades naturales, y sin embargo
devoto de trescientos treinta millones de
divinidades.
Javier Moro
En “El sari rojo”
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En cierto momento el comunero Doroteo Quispe, indio de anchas espaldas, se arrodilló a los pies del cadáver, de cara a él, y quitóse el sombrero descubriendo una cabeza hirsuta. Todos se arrodillaron y se descubrieron igualmente. Se iba a rezar. Hacia un lado, albeaba el grupo de los visitantes. Y Doroteo comenzó a rezar el Padrenuestro con voz ronca y monótona, poderosa y confusa a un tiempo: "Padrenuestroquestasenloscielos" … Se detuvo en mitad de la oración, según costumbre, para que los concurrentes dijeran el resto. Y ellos corearon: "El pannuestronnn… nnn… nnn…" El sordo murmullo semejaba un runruneo de insectos hasta que resonaba un largo "Aaménnn". Entonces volvían a comenzar. Así oraron mucho tiempo. Era un gran rezador el indio Doroteo Quispe y, además de las oraciones corrientes, sabía las de los Doce Redoblados, buena para librarse de espíritus y malos aires en la búsqueda de entierros y cateos de minas; la Magnífica, curadora de enfermos y hasta de agonizantes, "salvo que sea otra la voluntad de Dios"; la de la Virgen de Monserrat, guardada celosamente por los curas para que no la usen los criminales, y la del Justo Juez, especial para escapar de las persecuciones, conjurar peligros de muerte, triunfar en los combates y salvarse de condenas. Pero ahora se trataba del ánima buena de Pascuala y únicamente echó Padrenuestros, echó Avemarías, echó Credos y Salves.
Ciro Alegría
En "El mundo es ancho y ajeno"
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Después, reflexionando un
poco sobre ello, he comprendido
en parte mi repentina alegría al hablar
Kakuro de los abedules rusos. Me ocurre lo
mismo cuando se habla de árboles, del árbol
que sea: el tilo en el patio de la casa de
labor, el roble detrás de la vieja granja,
los grandes olmos que hoy ya no existen, los
pinos doblados por el viento en las costas
ventosas, etc. Hay tanta humanidad en esta
capacidad de amar los árboles, tanta
nostalgia de nuestros embelesos primeros,
tanta fuerza en este sentirse tan
insignificante en el seno de la naturaleza…
Sí, eso es: la evocación de los árboles, de
su majestuosidad indiferente y del amor que
por ellos sentimos nos enseña cuán
irrisorios somos, viles parásitos que
pululamos en la superficie de la tierra, y
al mismo tiempo nos hace dignos de vivir,
pues somos capaces de reconocer una belleza
que no nos debe nada.
Kakuro hablaba de los abedules y, olvidando
a los psicoanalistas y a toda esa gente
inteligente que no sabe qué hacer con su
inteligencia, de pronto me sentía más adulta
por ser capaz de comprender la grandísima
belleza de estos árboles.
Muriel Barbery
En “La elegancia del erizo”
[Recomendada!]
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Tonterías. El mayor
invento que ha salido de este
país en sus diez mil años de historia es la
jaula de gallinas.
Vaya usted a la Vieja Delhi, detrás del Jama
Masjid, y observe cómo las tienen en el
mercado. Cientos de pálidas gallinas y de
gallos de colores vistosos, metidos a
presión en jaulas de tela metálica,
apretujados tan estrechamente como las
lombrices en el intestino, dándose picotazos
y cagándose unos encima de otros mientras
forcejean para poder respirar. La jaula
despide un hedor espantoso: el hedor de la
carne aterrada. En el mostrador de madera,
por encima de la jaula, verá sentado a un
joven carnicero que exhibe con una gran
sonrisa la carne y los despojos –aún
relucientes, con una capa de sangre oscura–
de una gallina recién troceada. Los gallos
de la jaula huelen la sangre por encima de
sus cabezas. Ven expuestos a su alrededor
los órganos de sus hermanos. Saben que ellos
serán los siguientes. Y sin embargo, no
hacen nada para rebelarse. No intentan
escapar de la jaula.
Exactamente lo mismo se hace en este país
con los seres humanos.
Aravind Adiga
En “Tigre Blanco”
[Novela ganadora del Man Booker Prize 2008]
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¡Oh, sí! Yo obedezco a la
Reina de Egipto y hago todo lo
que ella me dice que haga.
La parte superior de mi cabeza ha estado
todo el día del color de la púrpura.
Un visitante tras otro me han mirado con
espanto, pero ninguno me preguntó qué me
pasaba. Esto es lo que resulta de ser un
Dictador: nadie le hace a uno ninguna
pregunta sobre su persona, podría ir y
volver saltando en un pie hasta Ostia sin
que nadie mencionara el asunto delante de
mí.
Por fin una sirvienta entró a lavar el piso.
Y ella sí me dijo: “¡Oh Divino César!
¿Qué le pasa a tu cabeza?”
“Madrecita –le contesté–, la mujer más
grande, la más hermosa, la más sabia del
mundo, dice que la calvicie se cura frotando
la cabeza con un ungüento hecho de miel,
nebrinas y ajenjo. Me ordenó que me lo
aplicase. Y yo la obedezco en todo.”
“Divino César –replicó ella–. Yo no soy
grande, ni hermosa, ni sabia, pero una cosa
sé, y es que un hombre puede tener cabello o
seso, pero no puede tener ambas cosas. Estás
perfectamente bien como estás, Señor, y
puesto que los Dioses Inmortales te dieron
buen sentido, no me parece que quisieran que
tuvieses rizos.”
Estoy pensando en hacer senador a esta
mujer.
Thornton Wilder
En “Los idus de marzo”,
[Reconstrucción histórica fabulada de los
días postreros de la República Romana y de
su protagonista principal Julio César]
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Y, sin embargo, soy un
político: debo representar la
farsa de la más rendida deferencia a la
opinión de los demás: El político es un
hombre que simula estar sometido a la
universal necesidad de estima, pero no puede
simularlo con eficacia, a menos de estar en
realidad libre de ella. Tal es la hipocresía
fundamental de los políticos, y el triunfo
definitivo del caudillo va acompañado por el
terror que despierta en los otros hombres la
sospecha –que no llega a convertirse nunca
en certidumbre– de que su jefe sea
indiferente a su aprobación: indiferente e
hipócrita. ¿Cómo –se dicen– es posible que
no exista en el espíritu de este hombre ese
nido de víboras aposentado en el nuestro, y
que es a la vez nuestra fortuna y nuestro
deleite: la sed de alabanzas, la necesidad
de autojustificación, la afirmación del yo,
la crueldad y la envidia? Mis días y mis
noches transcurren entre el silbido de estas
víboras. En cierta ocasión hasta llegué a
oírlas en mis entrañas. Cómo les impuse
silencio allí, cosa es que todavía ignoro,
pero si pudiese encontrar respuesta para una
pregunta semejante –digna de ser planteada a
un Sócrates– sé que no habría otra en el
mundo de mayor interés.
Thornton Wilder
En “Los idus de marzo”
[Reconstrucción histórica fabulada de los
días postreros de la República Romana y de
su protagonista principal Julio César]
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Una predicción:
a medida que el mundo se torna más conectado
y nuestras vidas se vuelven más ocupadas,
las herramientas y las experiencias que nos
ayuden a desconectarnos tendrán cada vez
mayor valor. ¿Porqué están las tecnologías
actuales diseñadas para bombardearnos con la
mayor cantidad posible de información a cada
instante? En este sentido, nuestras
pantallas tienen algunos trucos para
aprender de tecnologías más antiguas, como
los periódicos impresos y los libros, los
cuales nos permiten estar a solas con
nuestros pensamientos en una forma en que ya
casi nunca estamos. Pasar media hora con un
periódico impreso, o con un libro, aquieta
nuestra mente. ¿No podrían nuestros
teléfonos inteligentes aprender a hacer eso
mismo por nosotros? En esta época, ponerse
cómodo para disfrutar de un libro a la
manera antigua es como darle vacaciones al
alma y, si tenemos suerte, es vislumbrar el
futuro.
William Powers
En “Desconéctese”, artículo en El
Tiempo de junio 6 – 2010.
[Powers, comentarista de cultura de la
información, es autor del libro “El
BlackBerry de Hamlet: una filosofía práctica
para desarrollar una vida de calidad en la
era digital”] |
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Era Navidad detrás de
aquellas ventanas iluminadas en
el crepúsculo, ¡era Navidad eternamente!
Claro está que el perverso duendecillo que
hablaba en mi interior cuando dejaba volar
demasiado alto la imaginación me decía
siempre que exageraba con los detalles
gastronómicos y que, en realidad, nunca hubo
una Navidad. Detrás de aquellas ventanas
estaba siempre la misma gente idiota, con
sus puntos de vista idiotas acerca de la
vida y sus vidas monótonas. Siempre era la
misma historia: aburridas crisis
matrimoniales; alguien había sido infiel; un
divorcio ultimado satisfactoriamente; niños
maltratados; algún tumor canceroso cuya
existencia sería confirmada por el sumamente
compasivo “señor doctor” tan pronto como le
llegasen los resultados del laboratorio;
desesperados perdedores alcoholizados;
eternos solitarios, miserables intentos de
suicidio que en su mayor parte fracasaban;
quejidos y llanto por una vida
desaprovechada; risas histéricas por el
chiste malo de algún humorista televisivo
con dentadura postiza; cosas estúpidas, sin
sentido, ridículas… Tras aquellas ventanas
no se desarrollaba nunca una película de
Frank Capa sino el inevitable y sórdido
anuncio que animaba a seguir viviendo sin
dar para ello ninguna razón válida.
Akif Pirincci
En “Felidae”
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Yo mismo dije que toda
historia real acaba de manera triste. Pero
eso sólo es verdad en parte. Porque nuestras
vidas son, por otro lado, también parte de
una historia que Dios relata. Las escribimos
junto con Dios. Somos, por así decir,
coautores. Nuestro libre albedrío y Su
misericordia trabajan juntos, y aun así
siempre están en conflicto. De modo que la
historia no puede ser tan mala. Así acaba
también la historia de Claudandus, el
asesino, termina entre risas y lágrimas,
según desde qué perspectiva se mire el
asunto. Por lo que a mí se refiere, me
siento completamente capaz de sustentar
ambos puntos de vista. Pero, como se puede
comprender, Claudandus no era capaz de
hacerlo. Él consideraba al mundo un lugar
temible. Nunca fue feliz ni podría haberlo
sido jamás. Odiaba a los hombres. Odiaba al
mundo entero. Decía que ninguno de nosotros
tenía ni idea de cómo era el mundo en
realidad. No, no es realmente tan malo. Pero
a veces hay que tener un ojo vigilante sobre
él. De vez en cuando parece volverse loco.
Akif Pirincci
En “Felidae”,
(Muy recomendado!)
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Sucedió que la gente de la
capital del distrito y de los
anexos fueron conmovidos por la noticia de
que en las alturas, en una cueva, vivía un
pongo* que hacía curaciones
maravillosas y que adivinaba el destino. En
vista de que toda la gente se alborotaba e
iba donde el pongo, el gobernador decidió
poner fin a la farsa del indio. Envió cuatro
comisionados e hizo apresar al pongo. Lo
trajeron amarrado al pueblo. El gobernador
trató rudamente al pongo; hizo que durmiera
amarrado en la cárcel. Gente de todas las
clases sociales, ignorantes y “leídos”,
vinieron a rogar al gobernador por la
libertad del pongo y garantizarlo. Decidió,
entonces, someterlo a prueba. El pongo pidió
una serie de ingredientes para preparar la
“mesa” y llamar a los aukis o wamanis*.
Conseguidos los ingredientes, el gobernador
y el pongo se encerraron en una habitación,
a oscuras. El pongo tendió la “mesa” y llamó
a los wamanis; ellos se presentaron. Volaron
en la habitación, haciendo gran ruido de
alas. Nos dijo el gobernador que había visto
a uno, pues había dejado una ventana
entreabierta. Que el wamani tenía la figura
de un águila pequeña, de aspecto
increíblemente imponente. Dijo que los
wamanis hablaron con majestad y enojo. Que
azotaron al pongo. Que el más bravo, el más
insolente, era el Qarwarasu. Los wamanis le
predijeron su porvenir al gobernador; dieron
recetas para curarle de todas las
enfermedades; y le hablaron. Cada wamani
tenía una voz diferente. El gobernador quedó
cautivado y converso.
*Pongo: Siervo y sacerdote de los
Wamanis o dioses tutelares de los
cerros.
José María Arguedas
En “Formación de una cultura Nacional
Indoamericana”. [Compilación de ensayos
seleccionados y prologados por Angel Rama]
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Un sector de la crítica
sostiene que los medios de
comunicación electrónicos han creado un
mundo artificial donde la gente pasa la
mayor parte de su tiempo de vigilia, un
parque de atracciones hiperreal de píxeles,
eslóganes, comedias de situación, spams,
y anuncios diseñados para maximizar el gasto
del consumidor y minimizar la resistencia al
consumo. En la edición del año 2000 de La
comunidad virtual: una sociedad sin
fronteras, me referí a las teorías de
los filósofos de la Escuela de Fráncfort,
Adorno y Horkheimer, que conciben los medios
de comunicación de masas como un arma de
manipulación psicológica del consumidor a
través de una industria cultural que devora
todo lo auténtico, privatiza todo lo público
y retroalimenta a la sociedad con fábulas de
prepago. Jean Baudrillard adoptó una
posición aún más extrema cuando describió lo
“hiperreal” como un mundo en que todos están
tan fascinados que olvidan que su entorno ya
no es real. Los medios hiperreales, según
Baudrillard son el rebuscamiento final del
capitalismo, que genera deseo de consumo
manipulando la simulación del momento.
Vender a la gente creencias, esperanzas y
distracciones genera beneficios, al tiempo
que domeña y neutraliza la posible
resistencia de los consumidores. Solo unas
pocas necesidades vitales se pueden
transformar en productos; en cambio, en la
hiperrealidad hay infinidad de símbolos y
una población amaestrada de consumidores de
símbolos.
Howard Rheingold
En “Multitudes inteligentes. La próxima
revolución social”
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En 1967, Lewis Mumford,
en The myth of the machine, sostenía
que la invención más poderosa y
deshumanizadora no era una máquina visible,
sino una máquina social en la que los
humanos eran tratados como componentes de un
sistema jerárquico masivo para construir
pirámides y rascacielos, imperios y
civilizaciones. Mumford conjeturaba que los
orígenes de “la megamáquina”, como la
denominaba a veces, estaban en una
disposición prehistórica que encaja
perfectamente con Foucault*. Mumford
defendía la hipótesis de que los líderes de
los pueblos “musculosos”, los
reyes-cazadores que habían conquistado a
todos los demás grupos de hombres armados,
se asociaban con los líderes de los pueblos
que habían logrado dominar la magia de los
símbolos. El sacerdote-astrólogo ungía como
a un dios al muchacho que tenía los
portadores de lanzas más leales, y el
rey-dios elevaba al sacerdote a la autoridad
de un culto que ordenaba la vida de sus
súbditos: poder/conocimiento en acción.
Howard Rheingold
En “Multitudes inteligentes. La próxima
revolución social”
* Se refiere al filósofo francés Michel
Foucault, autor de “Vigilar y castigar:
nacimiento de la prisión”.
|
Chiliquinga sintió tan
hondo la actitud urgente –era la
suya propia– de la muchedumbre que llenaba
el patio de su huasipungo* y se apiñaba
detrás de la cerca, de la muchedumbre
erizada de preguntas, de picas, de hachas,
de machetes, de palos y de puños en alto,
que creyó caer en un hueco sin fondo, morir
de vergüenza y de desorientación. ¿Para qué
había llamado a todos los suyos con la
urgencia inconsciente de la sangre? ¿Qué
debía decirles? ¿Quién le aconsejó en
realidad aquello? ¿Fue sólo un capricho
criminal de su sangre de runa mal amansado,
atrevido? ¡No! Alguien o algo le hizo
recordar en ese instante que él obró así
guiado por el profundo apego al pedazo de
tierra y al techo de su huasipungo,
impulsado por el buen coraje contra la
injusticia, instintivamente. Y fue entonces
cuando Chiliquinga, trepado aún sobre la
tapia, crispó sus manos sobre el cuerno
lleno de alaridos rebeldes, y, sintiendo con
ansia clara e infinita el deseo y la
urgencia de todos, inventó la palabra que
podía orientar la furia reprimida durante
siglos, la palabra que podía servirles de
bandera y de ciega emoción. Gritó hasta
enronquecer:
–¡Ñucanchic huasipungo!**
Jorge Icaza
En: “Huasipungo”
* Huasipungo: Parcela de tierra que
otorga el dueño de la hacienda a la familia
india por parte de su trabajo diario.
** Ñucanchic huasipungo!: Nuestro
huasipungo!. |
|
Tuve una fantasía política
en ese tren. Era ésta: el Gobierno convocaba
elecciones, alentaba a la gente a votar y
ofrecía una apariencia democrática. El
ejército se mostraba imparcial; los
periódicos desinteresados. Y seguía
tratándose de una sociedad campesina,
básicamente subalimentada y sojuzgada. Debe
de dejar perplejo a cualquier campesino que
le digan que vive en un país libre, cuando
los hechos de su vida lo contradicen. Puede
ser que eso no lo deje desconcertado; tiene
todas las razones para creer, de acuerdo con
los hechos, que la democracia es feudal, una
burocracia gobernada por rufianes y
escuadrones de gatillo fácil. Cuando uno ve
un Gobierno como el de Guatemala, que
profesa unos objetivos sociales tan elevados
y produce unos resultados tan mediocres, no
puede sorprenderse de que el campesino
concluya que el comunismo quizá signifique
una mejora. Fue una enfermedad
latinoamericana: el gobierno deficiente dio
mala fama a la democracia y no dejó a la
gente más opción que buscar una alternativa.
El cínico diría –he conocido a varios que lo
han hecho– que esas personas están mejor con
un gobierno autoritario. Este argumento me
parece una estupidez. Desde Guatemala a
Argentina, casi todos los países están
gobernados por tiranías esquilmadoras que
sólo sirven para convertir en inevitable la
implacable venganza de la anarquía. Los
trillados embustes eran tan visibles desde
ese tren como una fila de carteles de
productos Burma-Shave para el afeitado.
Paul Theroux
En “El viejo expreso de la Patagonia. Un
viaje en tren por las Américas”
|
|
Hoy fuimos a Machu Picchu.
(…) ¡Qué lugar tan soberbio! Parece que se
sube a un mundo más amplio, un paisaje hecho
por titanes en un ataque de pura y simple
megalomanía. Desde la especie de alforja
sobre la que están las ruinas, los
precipicios caen de cabeza hasta el rugiente
río café, mil quinientos pies más abajo.
Mirar hacia arriba marea más que mirar hacia
abajo, porque el valle está rodeado por
montañas con nieve en su faldas que se
asoman vagas sobre uno, entre las nubes
veloces; y porque puro en frente, donde se
acaba el risco, se encuentra una fantástica
y temible roca, como un fragmento de luna
caída. La llaman Huayna Picchu. (…)
Nadie sabe cuántos años tiene esta ciudad:
Puede haber sido habitada por los primeros
Incas, antes de que Cuzco se convirtiera en
su capital. Sin duda fue usada como reducto
alpino por los últimos emperadores, después
de que los españoles sojuzgaran el país.
Tenía un templo muy sagrado. Allí, cuando
todo lo demás está perdido, probablemente
escondieron a las mujeres escogidas. Si fue
así, los españoles nunca las encontraron:
las sacerdotisas envejecieron y murieron una
por una. Pasaron los siglos. La ciudad fue
olvidada. Y mucho después, en 1911, Hiram
Bingham, el arqueólogo americano, gracias a
una engañosa serie de rumores locales, subió
hasta la cima de los riscos y vio lo
suficiente para que su curiosidad se
estimulara. Al año siguiente, volvió con un
grupo de asistentes. Y desbrozando la
espesura, llena de mortales serpientes y
gruesas lianas, desnudaron gradualmente el
gran anfiteatro formado por terrazas, el
palacio, los templos, los depósitos y el
cuadrante solar sagrado. Y así añadieron
Machu Picchu a las maravillas conocidas del
mundo.
Christopher Isherwood
En “El cóndor y las vacas”
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“Vivir en la verdad, no
mentirse a sí mismo, ni mentir a
los demás, sólo es posible en el supuesto de
que vivamos sin público. En cuanto hay
alguien que observe nuestra actuación, nos
adaptamos, queriendo o sin querer a los ojos
que nos miran, y ya nada de lo que hacemos
es verdad. Tener público es vivir en la
mentira.” [Milán Kundera]
Solo vemos la mitad del rostro iluminado, la
otra parte revestida por una sombra oscura
nos ha dejado en puntos suspensivos… en el
mundo del anonimato, donde ignoramos los
límites y alcanzamos los excesos, el
instante ha construido su propio imperio de
seducción y obsolescencia decretada: es un
inédito culto al fetiche de la mercancía y
la pornografía de la información. Entramos
sin esperarlo en la caverna ataviada con
luces de neón. Ya no estamos encadenados
observando sombras reflejadas en las paredes
de piedra, sino hologramas que viajan a
velocidades incontenibles. Ahí, sentados
cómodamente en un sillón, pasamos muchas
vidas en milésimas de segundo y vivimos la
propia en nombre de las actuaciones ajenas.
No nos moveremos de este lugar porque desde
ahí somos omnipresentes, así sea mientras
llega la hora del sueño eterno, que nos deje
en un remoto silencio o en un perpetuo
Game Over que nos saque de la ficción y
nos lleve a lo inexplorado.
Julián Sepúlveda
En: De la ficción de la realidad a la
realidad de la ficción, ensayo de la
compilación “Ficciones sociales
contemporáneas”
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Los días se sucedían
penosamente sin cuenta ni
calendario. A lo lejos en la interestatal
largas hileras de coches carbonizados y
herrumbrosos. Las llantas desnudas de las
ruedas asentadas en un cieno gris de
escombros derretidos, en negros círculos de
alambre. Los cadáveres incinerados reducidos
al tamaño de un niño y apoyados en los
muelles vistos de los asientos. Diez mil
sueños encerrados en el sepulcro de sus
recocidos corazones. Siguieron adelante.
Pisando por aquel mundo muerto como ratas en
una rueda. Las noches mortalmente quietas y
más mortalmente negras. Y el frío. Apenas
hablaban. Él tosía todo el tiempo y el chico
le veía escupir sangre. Caminando encorvado.
Mugriento, andrajoso, desesperanzado. Se
detenía y se apoyaba en el carrito y el
chico seguía andando y luego paraba y miraba
atrás y él alzaba sus ojos llorosos y lo
veía allí de pie en la carretera mirándole
desde un futuro inimaginable,
resplandeciendo en aquel páramo como un
tabernáculo.
Cormac McCarthy
En “La carretera”
Premio Pulitzer 2007
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El propósito del estudio
del budismo no es estudiar
budismo sino estudiarnos a nosotros mismos.
Es imposible estudiarnos a nosotros mismos
sin alguna instrucción previa. Si se quiere
saber lo que es el agua, uno necesita de la
ciencia, y el científico necesita un
laboratorio. En el laboratorio se cuenta con
diversos medios para el estudio de lo que es
el agua. Así es como se averigua qué clase
de elementos contiene, las varias formas que
toma y su naturaleza misma. Pero eso no
basta para conocer el agua en sí. Lo mismo
sucede con los seres humanos. Necesitamos
cierta instrucción, mas ella es insuficiente
para saber lo que “yo” soy en mí mismo.
Mediante la instrucción podemos llegar a
entender nuestra naturaleza humana. Pero esa
instrucción no es nosotros mismos, es una
explicación sobre nosotros. De modo que
aquel que se apega a la instrucción o al
maestro comete una gran equivocación. En
cuanto uno halla un maestro, tiene que
dejarlo y mantenerse independiente. El
maestro se necesita para poder
independizarse. Siempre que no nos apeguemos
a él, nos mostrará el camino hacia nosotros
mismos. Uno tiene un maestro por sí mismo,
no por el maestro.
Shunryu Suzuki
En “Mente Zen, Mente de Principiante”
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El dolor no disminuía;
pero Iván Ilich hacía esfuerzos para pensar
que se encontraba mejor. Y lograba
engañarse, mientras nada lo emocionase. Pero
en cuanto surgía una disputa con su mujer,
una contrariedad en su trabajo o perdía en
el juego, inmediatamente sentía todo el peso
de su enfermedad. En otro tiempo, soportaba
todos los fracasos, esperando que no
tardaría en vencer la mala suerte, que
llegaría el buen éxito. Ahora, cualquier
contrariedad lo abatía y lo llevaba a la
desesperación. Solía decirse: “¡Vaya! En
cuanto empezaba a sentirme mejor, en cuanto
empezaba a hacerme efecto la medicina, me ha
sobrevenido esa maldita desgracia…”. Y se
enfurecía contra la desgracia o contra las
personas que le daban disgustos y lo
mataban. Se daba cuenta de que esa misma ira
lo llevaba a la tumba; pero no era capaz de
dominarse. Al parecer, debía ser evidente
que su irritación contra las circunstancias
agravaba su enfermedad y que, por tanto, no
debía hacer caso de ningún hecho
desagradable. Sin embargo sus razonamientos
eran contrarios: decía que la paz le era
imprescindible y, al mismo tiempo, prestaba
atención a todo lo que la destruía y, cada
vez que esto pasaba, se dejaba llevar por la
ira. La lectura de los libros de medicina y
las consultas que hacía a los médicos
agravaban su situación. Empeoraba tan
paulatinamente, que podía engañarse al
comparar un día con otro; no había casi
diferencia. Pero, cuando consultaba a los
doctores, le parecía que había empeorado e
incluso que esto ocurría muy rápidamente.
Sin embargo, no cesaba de acudir a ellos.
León Tolstoi
En “La muerte de Iván Ilich”
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Al separarnos del mundo,
también lo dividimos en bueno y malo,
satisfactorio e insatisfactorio, agradable y
doloroso. Y una vez hemos dividido el mundo
de esta forma, nos pasamos la vida tratando
de virar hacia un lado para evitar el otro y
encontrar solamente los aspectos de la vida
que nos convienen.
La naturaleza es como un huracán; lo que
sucede, sencillamente sucede. Pero eso no es
lo que deseamos para nosotros; esperamos que
haya huracanes que destruyan otras casas,
pero no la nuestra. Vivimos siempre a la
expectativa de encontrar un refugio seguro
en medio del huracán de la vida. Pero no hay
tal sitio. La vida, en realidad, consiste
simplemente en vivir y disfrutar cualquier
cosa que surja. Sin embargo, como nuestra
mente permanece centrada en el ego, creemos
que el propósito de la vida es protegernos.
Y eso nos mantiene atrapados. La mente que
vive en función del ego pasa su tiempo
pensando en la forma de sobrevivir y
garantizar su seguridad, su comodidad, su
diversión, su placer y una existencia sin
sobresaltos. Cuando vivimos de esa forma,
estamos perdidos; hemos perdido el centro.
Cuanto más nos apartamos del centro, nos
volvemos más ansiosos y excéntricos, esto
es, alejados del centro.
Charlotte Joko Beck
En “La vida tal como es. Enseñanzas sobre
Zen”
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Ciudad de Guatemala.
Doscientos kilómetros cuadrados de asfalto y
hormigón (producido y monopolizado por una
sola familia durante el último siglo).
Prototipo de la ciudad dura, donde la gente
rica va en blindados y los hombres de
negocios más exitosos llevan chalecos
antibalas. La metrópoli precolombina que
financió la construcción de grandes ciudades
como Tikal o Uaxactún –y sobre la que fue
construida la actual– había alcanzado su
auge económico a través del monopolio de la
piedra de obsidiana, símbolo de la dureza en
un mundo que desconocía el uso del metal.
Ciudad plana, Levantada en una meseta
orillada por montañas y hendida por
barrancos o cañadas. Hacia el sureste, en
las laderas de las montañas azules, están
las fortalezas de los ricos. Hacia el Norte
y hacia el Oeste están los barrancos; y en
sus vertientes oscuras, los arrabales
llamados limonadas, los botaderos y rellenos
de basura, que zopilotes hediondos
sobrevuelan en parvadas “igual que enormes
cenizas levantas por el viento” –como
escribió un viajero inglés– mientras la
sangre que fluye de los mataderos se mezcla
con el agua de arroyos o albañales que
corren hacia el fondo de las cañadas, y las
chozas de miles de pobres (cinco mil por
kilómetro cuadrado) se deslizan hacia el
fondo año tras año con los torrentes de
lluvia o los temblores de tierra.
Rodrigo Rey Rosa
En “Piedras encantadas”
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El estado de iluminación o
de despertar no consiste en tener
una vivencia; todo lo contrario, es una
ausencia de toda vivencia. El estado de
despertar es un sentir puro, impoluto. Y eso
es completamente diferente de “tener una
experiencia de iluminación”. El despertar es
la demolición de toda experiencia
constituida por pensamientos, fantasías,
recuerdos y esperanzas. Es obvio que no nos
interesa demoler la vida tal como la
conocemos; en realidad, demolemos las falsas
estructuras de la vida identificando
nuestros pensamientos, diciendo por milésima
vez: “Tengo el pensamiento de que esto o lo
otro va a suceder”. Después de decirlo mil
veces, lo entendemos tal y como es. Es solo
energía vacía que brota de nuestro
condicionamiento, sin ninguna realidad. No
contiene una verdad intrínseca; es solo
cambiar, cambiar, cambiar.
Es fácil hablar de este proceso, pero no hay
nada que nos interese menos que demoler las
estructuras de nuestra fantasía. Tenemos el
temor secreto de al demolerlas, acabaremos
con nosotros mismos.
Charlotte Joko Beck
En “La vida tal como es. Enseñanzas sobre
Zen”
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Recordó, sin saber por
qué, que alguien le había dicho
que la carne de caimán joven sabía a
langosta. Esto le hizo pensar en un discurso
oído hacía varios años a una señora oriental
acerca del inconveniente de alimentarse de
gallinas, en lugar de vacas. Según cierto
principio –que podía ser invención de la
señora–, la vida de una mosca, la de un
elefante y la de una señora eran, en
esencia, iguales. La suma de vidas
sacrificadas por un comedor de gallinas era
muy superior a la de vidas sacrificadas por
uno de reses, y por lo tanto el karma del
primero costaba mucho más caro.
Oyó un disparo, y echó a correr hacia
delante, presa de la emoción, como un niño,
y de la curiosidad. Pero luego oyó otro
disparo, y perros que ladraban; se detuvo.
Se oían también voces de hombres. Insultos.
Otro disparo. Más voces, ahora muy bajas,
susurros imposibles de comprender, y los
ladridos de varios perros que sonaban cada
vez más excitados.
Rodrigo Rey Rosa
En “Lo que soñó Sebastián”
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“Entre los muchos pecados
de que se me ha acusado, ninguno
es menos justificado que aquél según el cual
el elemento más importante de mi obra es el
espíritu de investigación. Cuando pinto, me
propongo indicar lo que he descubierto y no
lo que estoy buscando. En arte, no basta
querer. Como decimos en España, obras son
amores, no buenas razones. Lo que cuenta es
lo que un hombre hace, no lo que intenta
hacer.
“Todos sabemos que el arte no es verdad. El
arte es una ficción que nos permite
reconocer la verdad, al menos la verdad que
se deja comprender por nosotros. El artista
debe conocer sus caminos y sus medios para
convencer a otros de la verdad de su
ficción. Cuando su arte solo indica que ha
buscado o investigado la mejor manera de
persuadir a otra gente que acepte sus
ficciones, nada ha logrado.
“La idea de investigación ha hecho caer a
menudo a la pintura en el error y ha
obligado al artista a infructuosas
elucubraciones. Tal es quizás el defecto
principal del arte moderno. El espíritu de
investigación ha envenenado a todos los que
no captan plenamente los elementos positivos
y fundamentales del arte moderno, pues les
ha llevado al deseo de pintar lo invisible
y, por lo tanto, lo impintable.”
Pablo Picasso
Citado por Herbert Read en
“Filosofía del Arte Moderno”
|
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El dominio del cielo,
de esa zona casi siempre concebida como
refugio de la espiritualidad humana, ha sido
y, al parecer, continuará siendo todavía
durante largo tiempo el objetivo de las
ideologías o de las grandes religiones. Para
ellas, en sus primeros momentos sobre todo,
resultaba inconcebible que dicho dominio
pudiera ser compartido con ningún otro.
Después de que las divinidades griegas
fueron desalojadas del cielo, los escritores
y filósofos antiguos quedaron en él como
únicos príncipes. Sin embargo, el condominio
con ellos resultaba problemático, por no
decir imposible. De ahí que fuera
comprensible que se les privara de su poder.
Todavía hoy prosiguen las tentativas de
establecer relaciones de inferioridad
comparativa entre los valores artísticos de
la Biblia y los de los poemas homéricos,
tentativa desafortunada y fuera de lugar,
toda vez que, entre otras cosas, en tales
casos es siempre el gran ciego quien resulta
victorioso. De esta insensata
contraposición, en todo caso, las religiones
saldrían siempre perdiendo, e incluso el
propio Jesucristo parecería endeble y vulgar
ante el titán tonante cargado de cadenas,
Prometeo.
Ismaíl Kadaré
En “Esquilo, el gran perdedor”
|
|
Bajo la iluminación apenas azul, las cúpulas
armoniosas de la iglesia de San Basilio
parecían a veces turbantes musulmanes, otras
burbujas multicolores, infladas por el soplo
de una boca gigantesca. En la mitología
eslava se hablaba de una cabeza monstruosa
que, sola en medio de la estepa, soplaba
así, hinchando sus enormes carrillos para
provocar tormentas de arena. Este huracán
derribaba a cualquier caballero que osara
aparecer en el horizonte. Siempre que leían
algo acerca de aquella cabeza me estremecía
de terror aunque la muerte que provocaba no
fuera sangrienta ni misteriosa. Pero quizá
fuera precisamente eso lo que me hacía
estremecer: esa aniquilación provocada por
un hálito de viento y barro, en mitad de la
llanura muda y rasa, de la que no emergía
más que la cabeza. Semejante mitología es
preferible no tenerla, decía a veces
Maskiavicius. Es una mitología de estepa y
polvo. Desmedrados dioses eslavos. ¡Ah, qué
leyendas poseéis vosotros, los balcánicos,
igual que nosotros los lituanos! Pero qué
quieres, el realismo socialista no nos
permite escribirlas. Así hablaba
Maskiavicius. Sin embargo no era una persona
seria y lo que decía un día ya no lo
mantenía al siguiente.
Ismaíl Kadaré
En “El ocaso de los dioses de la estepa” |
|
Me sentí incómodo,
lo mismo que ahora, y era el día de
mi cumpleaños. Hacía doce años que había
nacido.
Mi padre me dio un libro grueso y pesado con
una cubierta de cuero rojizo. Todavía me
sorprende la impresión de vejez que su
apariencia me causó, y no fue menos fuerte
la impresión que recibí al abrirlo y
encontrarme con páginas y páginas en blanco.
A partir de aquel día, cada momento de
alegría o de tristeza, de deseo o de rencor,
cada objeto nuevo, cada cara, fue
escribiéndose en el diario. Cada día, a
veces cada hora, cada gesto…
Rodrigo Rey Rosa
En “Con cinco barajas. Antología
personal”
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La analogía entre ambos
métodos [el chamánico y el
psicoanalítico] sería aún más completa si
pudiera admitirse, como Freud parece haberlo
sugerido en dos oportunidades, que la
descripción en términos psicológicos de la
estructura de las psicosis y las neurosis
debe desaparecer un día ante una concepción
fisiológica e inclusive bioquímica. Esta
eventualidad podría hallarse más próxima de
lo que parece, puesto que recientes
investigaciones suecas han puesto en
evidencia diferencias químicas –referentes a
la riqueza respectiva en polinucleótidos–
entre las células nerviosas del individuo
normal y las del alienado. De acuerdo con
esta hipótesis o con cualquiera otra del
mismo tipo la cura chamanística y la cura
psicoanalítica se tornarían rigurosamente
semejantes; se trataría en cada caso de
inducir una transformación orgánica,
consistente, en esencia, en una
reorganización estructural, haciendo que el
enfermo viva intensamente un mito –ya
recibido, ya producido– y cuya estructura
sería, en el plano del psiquismo
inconsciente, análoga a aquella cuya
formación se quiere obtener en el nivel del
cuerpo. La eficacia simbólica consistiría
precisamente en esta ‘propiedad inductora’
que poseerían, unas con respecto a otras,
ciertas estructuras formalmente homólogas
capaces de constituirse, con materiales
diferentes en diferentes niveles del ser
vivo: procesos orgánicos, psiquismo
inconsciente, pensamiento reflexivo. La
metáfora poética proporciona un ejemplo
familiar de este procedimiento inductor:
pero su empleo corriente no le permite
sobrepasar el psiquismo. Comprobamos, así,
el valor de la intuición de Rimbaud cuando
decía que la metáfora puede también servir
para cambiar el mundo.
Claude Levi-Strauss
En La eficacia Simbólica, de
“Antropología Estructural”
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Al difunto Odíntsov no le
gustaban las innovaciones, pero
permitía “cierta libertad del gusto
refinado”, y, como consecuencia de ello,
levantó en el jardín, entre el invernadero y
el estanque, una construcción como un
pórtico griego de ladrillo ruso. En el muro
posterior del pórtico había seis nichos para
estatuas, que Odíntsova se disponía a pedir
al extranjero. Aquellas estatuas habían de
representar el Aislamiento, el Silencio, la
Meditación, la Melancolía, el Pudor y la
Sensibilidad. Una de ellas, la diosa del
Silencio, con un dedo en los labios, la
trajeron y colocaron, pero eso mismo día los
chiquillos de los criados le rompieron la
nariz, y aunque un estucador vecino se había
ofrecido a ponerle otra, “mejor que la
anterior”, Odíntsova la mandó retirar. La
diosa fue a para a un rincón del granero,
donde permaneció muchos años, despertando el
horror supersticioso de las campesinas. La
parte delantera del pórtico se cubrió hacía
tiempo de espesos arbustos: solo los
capiteles de las columnas sobresalían del
tupido follaje. En el mismo pórtico, incluso
al medio día, hacía fresco. A Anna no le
gustaba visitar aquel lugar desde que vio
allí una serpiente; pero Katia venía con
frecuencia a sentarse en un gran banco de
piedra, colocado bajo uno de los nichos.
Rodeada de frescor y de sombra, leía,
trabajaba o se entregaba a esa sensación del
silencio absoluto que, sin duda, todo el
mundo conoce, y cuyo encanto consiste en
captar de modo casi imperceptible esa ancha
ola de vida que gira incesantemente
alrededor nuestro y en nosotros mismos.
Iván S. Turgueniev
En “Padres e hijos”
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Gonzalo Pizarro era el
tercero de una familia de grandes
ambiciosos. Buitres y halcones a la vez, sus
hermanos Francisco, Hernando y Juan, con una
avanzada de hombres tan rudos como ellos, se
habían bastado para destruir un imperio.
Tuvieron el privilegio de ver el reino de
los incas en su esplendor, cuando los viejos
dioses vivían. Encontraron por esas
cordilleras caminos empedrados más firmes
que las rutas de Italia, puentes anudados
sobre el abismo, sendas con señales que
indicaban el rumbo a los viajeros sobre el
hombro luminoso de la montaña. Vieron
hombres con grandes joyas en las orejas
cultivando en terrazas escalonadas cientos
de variedades de maíz, manzanas de tierra de
todos los tamaños y colores, quinua más
nutritiva que el arroz gris de las praderas
del Asia. Vieron procuradores envueltos en
mantas finas de ocre y de granate que
gobernaban con un saber antiquísimo los
grandes cultivos. Los vieron enterrar en los
cimientos de las fortalezas, para
neutralizar a los poderes subterráneos,
fetos translúcidos de llama, a cambio de los
niños que se ofrendaban en los tiempos
antiguos. Y vieron pasar en cortejos
ceremoniales, bajo un palpitar de tambores y
en un viento de flautas, mujeres cuyas
mirada altivas las hacían parecer reinas a
todas, hasta cuando los truenos de Cajamarca
mordieron el orgullo de las ciudades y
empañaron el resplandor de las miradas.
William Ospina
En “El país de la canela”
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Como respuesta a los
planteamientos descalificadotes
en torno a la validez y confiabilidad de la
obra de Carlos Castaneda, podrían servir las
palabras lúcidas del antropólogo Walter
Goldshmidt: “La antropología nos ha enseñado
que el mundo recibe definiciones diferentes
en sitios diferentes. No es solo que la
gente tenga costumbres distintas: no es solo
que la gente crea en dioses distintos y
espere destinos distintos después de la
muerte. Mas bien es que los mundos de
pueblos diferentes tienen formas diferentes.
Los mismos supuestos metafísicos difieren:
el espacio no se adapta a la geometría
euclidiana, el tiempo no forma un fluir
continuo unidireccional, la causalidad no
corresponde a la lógica aristotélica, el
hombre no se diferencia del no-hombre, ni la
vida de la muerte, como en nuestro mundo.
Sabemos algo de la forma de estos mundos
gracias a la lógica de los idiomas
aborígenes y a los mitos y ceremonias
registrados por antropólogos. Don Juan nos
ha mostrado destellos de un hechicero yaqui…
Castaneda afirma con razón que este mundo,
pese a todas sus diferencias de percepción,
posee su propia lógica interna. Ha intentado
explicarlo desde dentro, por así decirlo,
–desde el interior de sus propias
experiencias bajo la tutela de don Juan,
ricas e intensamente personales–, más que
examinarlo en términos de nuestra lógica. Si
no puede lograr esto por entero, tal cosa se
debe no tanto a su limitación personal como
a una limitación que nuestra cultura y
nuestro lenguaje imponen a la percepción:
sin embargo, sus esfuerzos tienden un puente
entre el mundo de un hechicero yaqui y el
nuestro, entre el mundo de la realidad no
ordinaria y el mundo de la realidad
ordinaria”.
Antonio Iriarte Cadena
En “La razón vulnerada”
|
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Debe quedar claro que las
dos formas de percibir el mundo,
la tosca u ordinaria y la sutil o
extraordinaria, para utilizar la
terminología hindú, formas de representación
que dependen en la cosmovisión yaqui de si
enfocamos sobre el mundo la primera o la
segunda atención, no son más que eso:
representaciones, descripciones, visiones,
las cuales percibidas con los ojos del
guerrero y del hombre de conocimiento hacen
exclamar a don Juan Matus: “Para mí el mundo
es extraño, porque es estupendo, pavoroso,
misterioso, impenetrable”.
Uno de los aspectos más sugestivos y
novedosos de esta manera de entender la
realidad del mundo –su onticidad– como
subordinada al modo particular como
percibimos, es el dejar sin validez el
concepto de verdad absoluta aplicado al
conocimiento de lo que llamamos realidad
objetiva, y sin piso firme la confianza, en
ocasiones excesiva, con la que de ordinario
abordamos la aprehensión de la realidad a
partir de los datos de nuestros sentidos y
del escrutinio de nuestra razón. Don Juan,
pues, sitúa nuestro conocimiento de lo real
en el terreno de lo relativo. Cesa,
entonces, la ilusoria creencia de que el
mundo es idéntico a como lo percibimos y,
por lo tanto, exactamente igual para todos
los que, como nosotros, lo miran, lo tocan o
lo escuchan.
Antonio Iriarte Cadena
En “La razón vulnerada”
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Los ingleses –apenas
ciento treinta mil en un país de
trescientos millones– necesitaban a los
príncipes para administrar un territorio tan
inmenso, siempre y cuando pudieran
controlarlos y satisfacerlos de alguna
manera. “Seremos los garantes de la
autoridad y de los príncipes nativos como
gobernantes de sus Estados –decía la
proclamación–. Respetaremos sus derechos, su
dignidad y su honor como si fueran los
nuestros.” Fue un momento histórico en el
que los reyes de la India dejaron de ser
reyes y se convirtieron en príncipes.
Protegidos por el paraguas británico que les
garantizaba las fronteras, las ganancias y
los privilegios, los soberanos vivieron a
partir de entonces con seguridad y
tranquilidad, no como sus antepasados. Ya no
tenían que responder ante su pueblo, sino
ante el poder supremo de la Corona
británica, que les colmó de honores, títulos
y salvas de cañonazos a fin de que cada uno
estuviera situado en lo que se consideraba
el orden correcto de precedencia. Muy
hábilmente, los ingleses los fueron
colocando como satélites, cada uno en su
órbita particular.
La estabilidad que les proporcionó la Pax
Britannica los volvió blandos y
corruptos. Acabaron apoyándose cada vez más
en los ingleses, convencidos de que eran
indispensables para su propia supervivencia,
cuando en realidad eran los príncipes los
que habían sido indispensables para la
supervivencia de los británicos en la India.
De esa manera los rajás fueron apartándose
poco a poco del pueblo, olvidando los
preceptos de simplicidad y humildad
inherentes a la sociedad hindú y empezando a
vivir de manera ostentosa, compitiendo entre
sí y emulando a los colonizadores. También
ellos querían ser ingleses, pero les costaba
conseguirlo porque procedían de una sociedad
feudal.
Javier Moro
En “Pasión india”
|
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Los taxónomos como Kinsey,
que comprendían todas las implicaciones de
la teoría evolutiva, desarrollaron una
actitud radicalmente diferente frente a la
variación. Existen, que duda cabe, islotes
de forma: los felinos no se difuminan en un
mar de continuidad, sino que aparecen ante
nosotros como leones, tigres, linces, gatos
domésticos, y así sucesivamente. Con todo,
si bien las especies son discretas, carecen
de una esencia inmutable. La variación es la
materia prima del cambio evolutivo.
Representa la realidad fundamental de la
naturaleza, y no un accidente que rodea una
norma creada. La variación es primaria; las
esencias son ilusorias. Las especies deben
definirse como parcelas de variación
irreductibles.
Este modo de pensamiento antiesencialista
tiene profundas consecuencias en nuestra
visión básica de la realidad. Desde que
Platón arrojó sombras sobre la pared de la
caverna, el esencialismo ha dominado el
pensamiento occidental, animándonos a
prescindir de los continuos y a dividir la
realidad en una serie de categorías
correctas e inmutables. El esencialismo
establece criterios de juicio y valor: los
objetos individuales que están próximos a su
esencia son buenos; los que se separan de
ella son malos, o incluso irreales.
El pensamiento antiesencialista nos obliga a
ver el mundo de un modo diferente. Debemos
aceptar las gradaciones y los continuos como
algo fundamental.
Stephen Jay Gould
En: “La sonrisa del flamenco. Reflexiones
sobre historia natural”
|
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Joralemon discute en este
texto [“The Selling of the
Shaman and the Problem of Informant
Legitimacy”] el choque inicial que le
supuso conocer que “su informante” Calderón,
sobre el que había escrito siete capítulos
en uno de sus libros, estaba trabajando para
un grupo de New Age y participaba plenamente
en la “comercialización del chamanismo”. Sus
primeras sensaciones fueron de “vergüenza”,
“enfado” y “traición”. Pero después utiliza
el caso para reflexionar de un modo crítico
sobre las expectativas de “autenticidad” que
los propios antropólogos proyectamos con
frecuencia sobre la gente con que
trabajamos. Joralemon llega a la conclusión
de que Calderón había conseguido conectar,
con mucho éxito, formas peruanas y
globalizadas de concebir la aflicción, en el
marco de un mercado muy competitivo. Le iba
sin duda mucho mejor que antes. Era dueño de
un hotel y un restaurante y ya no sufría
privaciones económicas. ¿Era Calderón un
charlatán? Para Joralemon, claramente, no.
Por un lado, le había mostrado la
flexibilidad que caracteriza a muchos
especialistas terapéuticos populares. Por
otro lado, los antropólogos, que vivimos de
los datos que obtenemos de nuestros
informantes, no podemos criticar el hecho de
que ellos también se beneficien
económicamente.
Francisco Ferrándiz
En “Salud e Interculturalidad en América
Latina”
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¡El mejor jefe posible!
Warren Woomer iba a descubrir, a veces a sus
expensas, la extrema sutileza de las
relaciones en la sociedad india, donde cada
cual ocupa un lugar específico en una
miríada de jerarquías diferentes. “Aprendí a
no hacer jamás una advertencia a nadie en
presencia de su superior –dijo-. Aprendí a
no anunciar nunca una decisión sin que cada
uno hubiese tenido la ocasión de expresarse
para que ésta pareciese el resultado de una
elección colectiva. Pero sobre todo, aprendí
a saber quien era Ram, quiénes eran Ganesh,
Visnú y Shiva; qué acontecimientos
conmemoraban las fiestas de Moharram o de
Ishtema; quiénes eran el gurú Nanak o el
dios del trabajo al que tan ardientemente
veneraban mis obreros y que tenía un nombre
tan difícil de recordar”.
El norteamericano Warren Woomer no pudo
ignorar por mucho tiempo el nombre de
Vishwakarma, uno de los principales gigantes
del panteón hindú. En la mitología de la
India, este dios personifica la potencia
organizadora: Los textos sagrados lo
glorifican como “el artesano del Universo,
el dios que todo lo ve, el dispensador de
todos los mundos, el que da sus nombres a
las divinidades y se sitúa más allá de la
comprensión de los mortales”. Es también el
artífice de los dioses y el fabricante de
sus herramientas, el señor de las artes y el
constructor del cosmos, el fabricante de
carros celestes, y el creador de todos los
ornamentos. Por eso es la divinidad tutelar
de los artesanos, el protector de todos los
oficios manuales que permiten subsistir a
los hombres.
Dominique Lapierre y Javier Moro
En “Era medianoche en Bhopal”
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Para él la política se
había convertido en una
transacción comercial: se ponía a favor del
que más le pagara. Su excusa era lo que él
consideraba la “corrupción general”. Alegaba
que si el dinero es el objetivo de los que
se disputan el voto, lo más razonable era
que también lo fuera para los pobres
electores. Se había abandonado a la
corrupción, dejándose embrutecer por ella y
por las pasiones que lo dominaban. De su
antiguo fervor revolucionario solo guardaba
un vago recuerdo. Talvez en contados
momentos de lucidez, en torno al brasero, en
compañía de sus colegas, le retornaba el
recuerdo con mayor viveza, pero en general
prefería no tener en cuenta ninguno de los
viejos principios y solo vivía para el
hachís y el “amor”, el resto eran desechos,
escombros decía él. Ya no odiaba a nadie, ni
a los judíos, ni a los armenios, ni a los
propios ingleses. La verdad es que tampoco
amaba a nadie. Por eso sorprendía que, en la
actual guerra, se hubiera entusiasmado de
nuevo y hubiera abrazado la causa del
partido alemán. Le preocupaba la situación
de Hitler y se preguntaba por la fuerza real
de los rusos, y si no deberían hacer las
paces por separado. Su admiración por Hitler
era totalmente ingenua y solo estaba basada
en lo que había oído contar de su fuerza y
osadía. Se lo imaginaba como un caballero
andante y le deseaba la victoria como, de
niño, se la había deseado a los héroes de
las leyendas populares, Antar y Abu Zaid.
Naguib Mahfuz
En “ El callejón de los milagros”
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La noche podía tener otros
ceremoniales. El viejo Michel, el
gran juez, castigaba a los delincuentes
pegándoles como el capataz de una
plantación, o les imponía una multa, o les
hacía estar de rodillas durante dos horas,
entrechocando piedras, o los expulsaba del
regimiento durante dos semanas. A veces, el
rey Noel y la reina, Marie, exigían una
cuota. Entonces se preparaba una gran barra
de pan y se enviaban trozos a todos los
súbditos del rey y en ocasiones también a
otro rey. A veces se administraba la
“comunión”, una galleta sin sal, al rey y la
reina; los súbditos del rey Samson pagaban
dos dólares por asistir a la ceremonia. El
dinero era siempre importante para un rey.
Samson vendía ron a veintisiete centavos la
botella.
Los reinos de la noche crecían; la fantasía
se desbordaba. Un amo podía observar una
“perturbación” entre sus negros: pero era el
amo, sin secretos, sin lindezas, quien se
convertía en fantasma. Entonces era del amo
de quien se burlaban, por su ignorancia y
simplicidad, con “canciones enigmáticas” y
avisos directos. Ciertas expresiones, como
c’est bien dommage, contenían todo el
misterio; pero solo los negros lo sabían.
V. S. Naipaul
En “La pérdida de El Dorado”
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“Creatividad” es sinónimo
de “pensamiento divergente”, o
sea capaz de romper continuamente los
esquemas de la experiencia. Es “creativa”
una mente siempre activa, siempre haciendo
preguntas, descubriendo problemas donde los
otros encuentran respuestas satisfactorias,
a sus anchas en las situaciones fluidas en
los que otros barruntan solo peligros, capaz
de juicios autónomos e independientes
(incluso del padre, del profesor y de la
sociedad), que rechaza lo codificado, que
vuelve a manipular objetos y conceptos sin
dejarse inhibir por los conformismos. Todas
estas cualidades se manifiestan en el
proceso creativo. Y este proceso –¡atención!
¡atención!– tiene un carácter festivo:
siempre: aun cuando estén en juego
las “severas matemáticas”…
Gianni Rodari
En “Gramática de la fantasía"
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Iré al puerto para elegir
mi navío: Aquí está: es fino y
ligero, como una fragata de inmensas alas.
Su nombre es Argos. Se desliza lentamente
hacia mar abierto, por aguas oscuras del
crepúsculo, rodeado de pájaros. Y, pronto,
en la noche, boga bajo las estrellas
siguiendo su destino en el cielo. Estoy en
el puente, a popa, envuelto por el viento,
oigo el golpear de las olas contra el
estrave y las detonaciones del viento en las
velas. El timonel canta para sí, su canción
monótona e interminable, oigo las voces de
los marineros que juegan a los dados en la
cala. Estamos solos en el mar, somos los
únicos seres vivos. Entonces Ouma está de
nuevo conmigo, siento el calor de su cuerpo,
su aliento, oigo palpitar su corazón. ¿Hasta
donde llegaremos juntos? ¿Agalega, Aldabra,
Juan de Nova? Las islas son innumerables.
Tal vez desafiemos la prohibición y
lleguemos hasta San Brandán, donde han
encontrado refugio el capitán Bradmer y su
timonel. Al otro lado del mundo, en un lugar
donde no se temen ya las señales del cielo,
ni la guerra de los hombres.
J. M. G. Le Clézio
En “El buscador de oro”
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|
A veces querer puede
convertirse en rutina del amor,
en vicio cotidiano, en aquella «servidumbre
de los afectos» de la que hablara Roger
Caillois en algún libro inolvidable. A veces
puede ser una ausencia sin nombrar o la
repetición de un nombre amable para los
desvelos. A veces la rabia y la ternura
hacen entender hasta qué punto son las horas
limitadas. A veces una simple mirada
esperadora, una sonrisa al azar, un sueño
perdido. O cuando dan ganas bastantes de
acariciar un perro, de sobar la crin de un
caballo o de apretar la cabeza de un niño. O
mirar el vuelo de un pájaro blanco. O ver
desnuda a la mujer que nos ama. En las
palabras no cabe el amor, lo invaden para
destruirlo. El amor, de pronto, es
coincidencia. Como la amistad cuando no pone
condiciones. Se acepta al amigo lo que es o
regresan las huellas al punto de partida,
aunque perdonamos con mayor facilidad al
enemigo que al amigo, de este aguardamos su
correspondencia.
Estoy divagando, otra manera de empezar.
Manuel Mejía Vallejo
En “Recuerdos del poeta en 1979”
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Pero Es-Ser no siempre se
presenta. El hombre del desierto
viene nada más cuando Lalla tiene muchas
ganas de verlo, cuando realmente tiene
necesidad de él, cuando lo necesita con
tanta fuerza como hablar o llorar. Pero
hasta cuando no viene sigue habiendo algo de
él en la estepa pedregosa, tal vez su mirada
ardiente, que ilumina el paisaje y va de un
extremo a otro del horizonte. Lalla puede
así marchar en plena extensión de lascas,
sin preocuparse de adónde va, sin buscar
nada. En algunos riscos hay curiosos signos
que no entiende, cruces, puntos, manchas con
forma de sol y de luna, flechas grabadas en
la piedra. A lo mejor son signos de magia,
eso es lo que dicen los muchachos de la
Cité, y por eso no les gusta venir a la
estepa blanca. Pero a Lalla no la asustan ni
los signos ni la soledad. Sabe que el hombre
azul del desierto la protege con su mirada,
y ya no teme el silencio ni el vacío del
viento
J. M. G. Le Clézio
En “Desierto”
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No retornamos a la tesis
vulgar (por lo demás, admisible,
en la perspectiva estrecha en la que se
coloca), según la cual la magia sería una
forma tímida y balbuciente de la ciencia:
porque nos privaríamos de todo medio de
comprender el pensamiento mágico, si
pretendiésemos reducirlo a un momento, o a
una etapa, de la evolución científica y
técnica. Sombra que más bien anticipa a su
cuerpo, la magia es, en un sentido, completa
como él, tan acabada y coherente, en su
inmaterialidad, como el ser sólido al que
solamente ha precedido. El pensamiento
mágico no es un comienzo, un esbozo, una
iniciación, la parte de un todo que todavía
no se ha realizado; forma un sistema bien
articulado, independiente, en relación con
esto, de ese otro sistema que constituirá la
ciencia, salvo la analogía formal que las
emparenta y que hace del primero una suerte
de expresión metafórica de la segunda. Por
tanto, en vez de oponer magia y ciencia,
sería mejor colocarlas paralelamente, como
dos modos de conocimiento, desiguales en
cuanto a los resultados teóricos y prácticos
(pues desde este punto de vista, es verdad
que la ciencia tiene más éxito que la magia,
aunque la magia prefigure a la ciencia en el
sentido de que también ella acierta algunas
veces), pero no por la clase de operaciones
mentales que ambas suponen, y que difieren
menos en cuanto a la naturaleza que en
función de las clases de fenómenos a las que
se aplican.
Claude Lévi-Strauss
En “El pensamiento salvaje”
|
|
Pero ¡qué pocos artistas
han conservado un sentido de su
libertad, cuán pocos han llevado a cabo
verdaderos hallazgos, en vez de modificar un
tanto o perfeccionar los hallazgos de los
demás! Ahora bien, Picasso abandona una y
otra vez la vía disciplinaria, para
irritación de los esquematizadores y los que
están poseídos de la furia del orden, los
cuales creen que en los dominios del
espíritu se puede almacenar como en un
depósito de herramientas; y abandona los
caminos de la disciplina, porque sabe que
siguiendo a los académicos se pueden
alcanzar la habilidad manual y la
complaciente perfección, pero no los grandes
hallazgos, que solo tienen lugar en pintura
cuando ésta se convierte e una hazaña del
espíritu.
Lothar-Günther Buchheim
En “Picasso, biografía ilustrada”
|
|
Toda su vida de soldado,
había conocido el miedo de tener que dar
cuenta de una pérdida de material o de
municiones, de tener que justificarse por
haber abandonado, sin recibir antes una
orden, una loma o una encrucijada… Pero
nunca había visto que un jefe se
encolerizara porque una operación hubiera
costado cara en hombres. Y a veces, un
oficial enviaba a sus hombres bajo el fuego
enemigo para evitar la cólera de sus
superiores, para poder decir: “No he podido,
he dejado en ello la mitad de mis hombres,
pero no he podido ocupar el objetivo.”
Los hombres, los hombres.
Había visto cómo se enviaba a los hombres
bajo un fuego mortífero solo por bravata,
por tozudez. El misterio de los misterios en
la guerra, su carácter trágico, estaba en
este derecho que tenía un hombre de enviar a
otros hombres a la muerte. Este derecho se
basaba en el hecho de que los hombres iban
al combate en nombre de una causa común.
Vassili Grossman
En “Vida y Destino”
|
Apenas él le amalaba el
noema, a ella se le agolpaba el
clémiso y caían en hidromurias, en salvajes
ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez
que el procuraba relamar las incopelusas, se
enredaba en un grimado quejumbroso y tenía
que envulsionarse de cara al nóvalo,
sintiendo cómo poco a poco las arnillas se
espejunaban, se iban apeltronando,
reduplimiendo, hasta quedar tendido como el
trimalciato de ergomanina al que se le han
dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y
sin embargo era apenas el principio, porque
en un momento dado ella se tordulaba los
hurgalios, consintiendo en que él aproximara
suavemente sus orfelunios. Apenas se
entreplumaban, algo como un ulucordio los
encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía;
de pronto era el clinón, la esterfurosa
convulcante de las mátricas, la jadehollante
embocapluvia del orgumio, los esproemios del
merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé!
¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio,
se sentían balparamar, perlinos y márulos.
Temblaba el troc, se vencían las marioplumas,
y todo se resolviraba en un profundo pínice,
en niolamas de argutendidas gasas, en
carinias casi crueles que los ordopenaban
hasta el límite de las gunfias.
Julio Cortázar
En “Rayuela”
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Experimentarse a sí mismo,
convertirse en experimento, convertirlo todo
en experimento, ver para saber, saber para
verse construir, para ver construirse el
mundo. Experimentarse: ser la propia carne
de cañón de sus fusilamientos, voluntario de
por vida, para la vida, para vivir a fondo
aquello –la existencia– por lo que otros se
deslizan, para vivir en vez de ser vivido.
Experimentarse hasta donde sea posible que
la razón observe o retorne a tiempo de
expresarse. Experimentarse para dar cuenta
de una realidad –“la realidad”– que se
construye al tiempo que se deshace, como el
propio ser, a su ritmo, ritmos que son
ondas, ondas que son materia, materia que es
espíritu y que se observa a sí mismo, que
puede observarse a sí mismo, que puede
construir mientras observa y observar
mientras construye. Sus grandes pruebas, sus
exorcismos, sus combates, sus
afrontamientos, sus transgresiones, sus
desplazamientos son otras tantas maneras de
habérselas con una realidad que no es lo que
parece, que sin embargo está ahí, a
disposición de quien quiera indagarla, no
sin antes pagar un precio, sin embargo, una
entrega, una dedicación del espíritu,
requerimiento que Michaux no duda en asumir.
Parece haber sellado un compromiso consigo
mismo, con ese fondo del espíritu que pide
saber, saberse por encima de todo.
Chantal Maillard
En el
Prólogo a “Escritos sobre pintura" de
Henri
Michaux
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Estamos en una coyuntura
donde la crisis del capital se desenvuelve
en combinación con una crisis ecológica y
climática de escala mundial. En realidad,
estamos ante el riesgo de una catástrofe, ya
no del capitalismo en sí sino de la
humanidad; ante una situación catastrófica
en la cual la naturaleza, tratada sin la
menor contemplación y golpeada por el hombre
en el marco de un capitalismo consumista y
depredador, reacciona brutalmente. Pero, hoy
como en el pasado, la lógica del capital no
reconoce las mal llamadas “externalidades”
de la economía sino cuando afectan su tasa
de ganancia. Es una actitud autodestructora.
Si nada hacemos, el calentamiento global
cobrará sus víctimas. Entre el 20 y 30 por
ciento de las especies vivas pudieran
desaparecer de aquí a 25 años. El cambio
climático repercutirá fuertemente en la
especie humana misma, Aparecen epidemias, el
acceso al agua se dificulta cada vez más y
se encarece, y con ello la disputa por las
tierras se acentúa como nunca. Estamos
acabando con la naturaleza, pero no
percibimos que ella a su vez nos amenaza. La
crisis actual viene a expresar los límites
históricos del propio sistema capitalista y
nos enfrenta a una crisis de la modernidad
que considera la naturaleza como objeto de
explotación. En síntesis, estamos ante una
crisis de la civilización occidental que
integra estas diversas dimensiones.
Wim Dierckxsens
En “Le Monde diplomatique” edición
Colombia, diciembre de 2008
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Canción de domingo
Es inútil escoger otro camino,
decidir entre esta palabra herida y el
bostezo,
atravesar la puerta tras la cual te vas a
perder
o seguir de largo como cualquier olvido.
Es inútil rociar raíces
que sean quimeras, árboles o cicatrices,
cambiar de papel y de escenario,
ser arco, cuerda, puta o sombra,
nombrar y no nombrar, decidirse por las
estrellas.
Es inútil llevar prisa y adivinar,
porque no hay tiempo para ver
o demorarse la vida entera
en conocer tu rostro en el espejo.
Los lirios, el cemento, esos ojos zarcos,
las nubes que pasan, el olor de un cuerpo,
la silla que recibe la luz oblicua de la
tarde,
todo el aire que bebes, toda risa o domingo,
todo te lleva indiferente y fatal hacia tu
muerte.
María Mercedes Carranza
De su libro "Hola, soledad"
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Y el mundo que gima
y alce sus voces plañideras; sabrá entonces
que no es el suyo, el dolor de lo perdido,
el verdadero dolor: que hay otra tierra,
otros hombres que no han vivido más que el
dolor y el fracaso. El equinoccio del
sufrimiento se dio en México; aquí se
hermanaron todas las promesas, todas las
traiciones; aquí el sol es más viejo y
arrugado: y solo aquí sus rayos son luz de
tinieblas. El sol ruge sin cesar, pero
siempre es de noche. Noche de los dioses que
huyeron despavoridos, noches rezando para
que no suceda lo que ya sucedió, noches
largas frente a un espejo, haciendo la
mímica de los modelos mientras las espaldas
se nos caen a jirones y el llanto nos suda
por las manos. Noche cargada de fardos y de
cofres de oro y plata, noche de la bayoneta
y del pedernal; la sábana de ceniza
volcánica vuela hasta las constelaciones
para decirles a todos: si no se salvan los
mexicanos, no se salva nadie. Si aquí en la
tierra embrutecida de alcohol y traiciones y
mentiras resplandecientes no es posible el
don –el mismo don que tú pides, el de la
gracia y el amor– no es posible en ninguna
parte, entre hombres algunos. O se salvan
los mexicanos, o no se salva un solo hombre
de la creación.
Carlos Fuentes
En "La
región más transparente"
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La gente
que no sabe hacerse amiga de los
árboles dice que los bosques son
silenciosos. Pero si silbas, y silbas bien,
como un pájaro, comenzarás a oír los ruidos
que hacen los árboles. Primero oyes esos
bostezos y esas respiraciones agudas.
Después percibes otros sonidos. Sonidos
fuertes, como si un corazón palpitara en
algún sitio debajo de la tierra. Luego,
crujidos, explosiones de ramas que se
enderezan, de hojas que se echan a temblar,
de troncos que se estiran. Oyes sobre todo
silbidos, porque los árboles te responden.
Ese es el lenguaje de los árboles. Si no
atiendes, creerás que son los pájaros los
que silban. Hay que decir que eso es lo que
parece. Pero no son los pájaros los que
silban, son los árboles.
J. M. G. Le Clézio
En "Viaje al País de los Árboles" |
|
Drogadicto. Esa era la
meta a la que me dirigía: a
desempeñar el papel definitivo y fatal de
joven aspirante a negro. Excepto que mis
fumadas no habían sido motivadas por mí, aun
intentando demostrar lo 'hermano' que era.
Al menos no por aquel entonces. Fumaba justo
por lo contrario, porque así evitaba
preguntarme quién era, porque suavizaba el
relieve de mi corazón y difuminaba las
esquinas de la memoria. Descubrí que no
había diferencia alguna entre fumar porros
en la nueva y reluciente furgoneta de un
compañero blanco de clase, o en la
habitación de la residencia universitaria de
algún hermano que hubiera conocido en el
gimnasio, o en la playa con una pareja de
jóvenes hawaianos que habían abandonado la
escuela y ahora pasaban la mayor parte del
tiempo buscando una excusa para armar
bronca. Nadie te hacía preguntas sobre si tu
padre era un ejecutivo ricachón que engañaba
a su esposa o un tipo en paro que te pegaba
cada vez que se dignaba volver a casa.
Podías estar aburrido, o solo. Todo el mundo
era bien recibido en el club de los
descontentos. Y si la fumada no podía
resolver lo que te hacía sentir mal, al
menos haría que te rieras de la locura en la
que se había metido el mundo y ver la
hipocresía, la mierda y la moralidad de
pacotilla.
Barack Obama
En “Los sueños de mi padre” –
Autobiografía |
|
Penetra
sordamente en el reino de las palabras.
Allí están los poemas que esperan ser
escritos.
Están paralizados, pero no hay
desesperación,
hay calma y frescura en la superficie
intacta.
Helos solos y mudos, en estado de
diccionario.
Convive con tus poemas antes de escribirlos.
Ten paciencia, si oscuros. Calma, si te
provocan.
Espera que cada uno se realice y se consuma
con su poder de palabra
y su poder de silencio.
No fuerces al poema a desprenderse del
limbo.
No cojas del suelo el poema que se ha
perdido.
No adules al poema. Acéptalo.
Como él aceptará su forma definitiva y
concentrada en el espacio.
Acércate más y contempla las palabras.
Cada una
tiene mil facetas secretas bajo la faz
neutra
y te pregunta, sin interés por la respuesta,
pobre o terrible, que pudieras darle:
¿Has traído la llave?
Carlos Drummond de Andrade
de "La rosa del pueblo"
|
|
La
soberbia niega y contradice lo
que la humildad afirma y aconseja. Mientras
la soberbia estimula la arrogancia, la
vanidad, la egolatría y la presunción de
querer ser lo que no se es, la humildad es
la virtud que da el conocimiento de sí
mismo, de las limitaciones, las debilidades
y las capacidades para tratar con prudencia
y obrar con respeto ante todo ser
viviente.
La satisfacción y envanecimiento de las
dotes propias con desprecio de las de los
demás, es también una de las posturas
mentales de la soberbia. La altivez,
altanería, jactancia, arrogancia,
presunción, fatuidad, ufanía, pedantería,
humos, descaro, endiosamiento,
impertinencia, ínfulas, insolencia,
empecinamiento, copetudez, fanfarronería son
algunas de las infinitas máscaras de la
soberbia.
La soberbia es el amor excesivo de sí mismo,
que por presunción, vanidad y jactancia
mueve al ser humano a idealizarse como un ser superior a sus semejantes.
Del blog:http://centroluminoso.blogspot.com/
|
|
"... un siglo después de
la llegada de Kago a la Tierra, cualquier
forma de vida en aquel globo que había sido
de un sustancioso azul verdoso, pacífico y
húmedo, estaba muerta o a punto de morir.
Por todas partes se encontraban los
caparazones de los grandes escarabajos que
los hombres habían construido y adorado.
Eran automóviles. Lo habían matado todo.
El propio Kago había muerto mucho antes que
el planeta. Estaba tratando de dar una
charla en un bar de Detroit acerca de lo
nocivos que eran los automóviles. Pero como
era tan diminuto, nadie le prestaba la menor
atención. Se tumbó a descansar un momento y
un obrero-automóvil borracho creyó que era
un fósforo y lo mató al frotarlo varias
veces contra la parte de debajo de la barra,
intentando encenderlo."
Kurt Vonnegut
"El Desayuno de los Campeones"
_____________________________________________________________________
|
Estamos en
Tierra de los Tontos.
--Analiza siempre las pruebas con espíritu
crítico -aconsejó un sabio a uno de sus
estudiantes-. Mira, voy a ponerte a prueba
en lo referente a la factibilidad de los
hechos. Si te dijese: ¡Trepa por ese rayo de
luna...! ¿Qué responderías?
--Diría que podría resbalarme al subir...
--¡Ves, hombre, estás equivocado! Debiste
haber contestado que sería necesario hacer
muescas con un hacha para afirmar los pies
en ellas y poder subir. |
|
Se cuenta que en un pueblo
del interior, un grupo de personas se
divertían con el tonto del pueblo: un pobre
infeliz, de poca inteligencia, que vivía
haciendo pequeños mandados y la limosna
pública.
Diariamente, algunos hombres llamaban al
tonto del pueblo al bar donde se reunían y
le ofrecían escoger entre dos monedas. Una
era de tamaño grande, de 400 reales, y la
otra tenía menor tamaño pero era de 2000
reales.
Él siempre cogía la más grande de tamaño y
menos valiosa, lo que era motivo de risa
para todos. Un día, alguien que observaba al
grupo divertirse con el inocente hombre, le
llamó aparte y le preguntó si no sabía que
la moneda de mayor tamaño valía menos.
El tonto del pueblo le respondió:
–Claro que lo sé, no soy tan tonto. La
grande vale cinco veces menos, pero el día
que escoja la moneda pequeña el juego
acabará y no voy a ganar más mi moneda
diaria. |
|
–¿Qué es el destino?
-le preguntó, al viejo Nasrudín, un erudito
queriendo atraparlo en contradicción.
–Una sucesión interminable de eventos
interrelacionados, cada uno influyendo en
los demás -dijo.
–Esa respuesta no satisface. Yo creo en la
causa y efecto.
–Muy bien -replicó Nasrudín-, observa eso.
Y apuntó a un cortejo que pasaba por la
calle. Iban a ajusticiar un hombre.
–A ese hombre lo van a ahorcar. Dime ¿lo van
a ahorcar porque alguien le dio una moneda
de plata que le permitió comprar el cuchillo
con el cual cometió el crimen, o porque
alguien le vio cometer el crimen y lo
denunció, o porque nadie se lo impidió, o
porque el juez lo ha decidido, o porque en
su infancia nadie le enseñó a respetar la
vida humana, o porque pasaba hambre, o
porque la policía lo atrapó o porque el
difunto no huyó de él al verlo? |
|
Nashrudin
a veces llevaba a la gente a
pasear en su bote. Un día un pedagogo y
lingüista lo contrató para que le
transbordara al otro lado de un ancho río.
Tan pronto como empezaron a navegar, el
erudito preguntó si la travesía sería
inquietante.
--De eso, pregúnteme nada -contestó
Nashrudin.
--¿Qué, nunca has estudiado gramática?
--No -respondió él.
--Has perdido entonces la mitad de tu vida.
Nashrudin no contestó. Pronto se desató una
terrible tormenta. El endeble barquichuelo
de Nashrudin empezó a hacer agua. Éste se
inclinó hacia su compañero de travesía y le
preguntó:
--¿A nadar usted ha aprendido?
-- ¡No! -contestó el erudito.
--En caso tal, maestro, ha usted toda su
vida perdido porque nos hundiendo estamos.
|
|
Escucha
Escucha a un amigo, y entonces oirás una
idea distorsionada de ti mismo.
Escucha a tu enemigo, y oirás algo también
distorsionado.
La amistad nos ayuda a sobrevivir y nos
fortalece.
La oposición nos hace más fuertes.
Cuando hemos sobrevivido y hemos sido
fortalecidos
nos encontramos con otra versión, distinta a
las del amigo o el enemigo.
Esta es la Visión Superior,
La valía de la Morada se encuentra en el
morador.
Idries Shah |
|
Habiendo tenido noticias
de que la Tierra era terreno de
odio y perversidades, corrupción y
malevolencia, el Sr. Diablo abandonó durante
unos días su reino para disfrutar de un
viaje. En compañía de uno de sus acólitos,
el Sr. Diablo fue a dar un largo paseo por
el planeta Tierra.
Maestro y discípulo iban caminando
tranquilamente cuando, de súbito, éste
último vio una partícula de Verdad.
Alarmado, previno al Diablo:
–Señor, allí hay una partícula de Verdad
¡cuidado no vaya a extenderse!
El Sr. Diablo, sin alterarse en lo más
mínimo, repuso:
–No te preocupes, hijito, ya se encargarán
los humanos de institucionalizarla. |
|
Le preguntaron a Hilmi:
--¿Por qué te tomas tanto interés en
materias que no están relacionadas con el
progreso del ser humano?
Él dijo:
--Cuando quieres saber si el carpintero ha
estado trabajando duro, echas una mirada a
las virutas en su taller no a lo que te dice
que ha hecho. |
|
Un ruiseñor decía, cierta
vez, a un pavo real:
--Cuando trino, la gente me rodea para
escuchar la belleza de mi canto. El hombre
tal vez sea asesino pero también esteta.
El pavo real después de escuchar con
atención, decidió atraer a la muchedumbre
para que admirara su hermoso plumaje,
incomparablemente más exquisito y que ningún
ruiseñor podría exhibir. Con ése propósito
acudió a un lugar dónde se congregaban seres
humanos. Se pavoneó tanto frente a ellos,
plegando y desplegando su cola, escondiendo
y extendiendo sus plumas ante la mirada de
todos, que uno de los espectadores dijo:
--Ese infortunado pavo real tiene algo que
no anda bien. No puede quedarse quieto. Debe
ser alguna enfermedad.
En vista de lo cual tomaron al pavo real y
lo mataron, no fuese que la enfermedad se
propagase a sus aves domésticas. |
|
--¿Por qué no dejas nunca
de hablar de mis errores pasados? -le
preguntó el marido a su esposa-. La verdad,
pensaba que ya habías perdonado y olvidado
lo pasado.
--Y es cierto. He perdonado y olvidado
-respondió la mujer-, pero quiero estar
segura de que tú no olvides que yo he
perdonado y olvidado. |
|
Una caravana que iba
por el desierto se detuvo cuando empezaba a
caer la noche.
Un muchacho, encargado de atar a los
camellos, se dirigió al guía y le dijo:
--Señor, tenemos un problema. Hay que atar a
veinte camellos y sólo tengo diecinueve
cuerdas. ¿Qué hago?
--Bueno -dijo el guía-, en realidad los
camellos no son muy lúcidos. Ve donde está
el camello sin cuerda y haz como que lo
atas. El se va a creer que lo estás atando y
se va a quedar quieto.
El muchacho así lo hizo. A la mañana
siguiente, cuando la caravana se puso en
marcha, todos los camellos avanzaron en
fila. Todos menos uno.
--Señor, hay un camello que no sigue a la
caravana.
--¿Es el que no atastes ayer porque no
tenías soga?
--Sí ¿cómo lo sabe?
--No importa. Ve y haz como que lo desatas,
si no va a creer que siguen atado. Y si lo
sigue creyendo no caminará. |
|
Marco Polo describía un
puente, piedra por piedra.
--¿Pero cuál es la piedra que sostiene el
puente? --preguntó el emperador Kublai Kan.
--El puente no esta sostenido por esta o
aquella piedra -dijo Marco Polo-, sino por
la línea del arco que ellas forman.
Kublai permaneció silencioso, reflexionando.
Después dijo:
--¿Por qué me hablas de las piedras? Es sólo
el arco lo que importa.
--Sin piedras no hay arco -dijo Marco. |
|
Había una vez un hombre
que viajó en búsqueda de la iluminación
espiritual. Finalmente, llegó a la morada de
un sabio que tenía la reputación de ser un
maestro de los más grandes secretos del
alma.
En el preciso momento en que se le hizo
pasar a presencia del hombre ilustre, una
extraña agitación se apoderó de él y cayó al
suelo. Sintió que la misma tierra parecía
quererse abrir y tragárselo.
--Al fin, al fin... te encuentro -balbuceó-.
Oh Maestro, has exaltado mi espíritu, has
conmovido mi ser más íntimo...
--Lo siento, no entiendo bien -dijo el
venerable maestro-. ¿Cómo imaginas que
puedes beneficiarte de lo que ha sido sólo
un ligero terremoto? Ocurren muy a menudo
por aquí... |
|
Un prominente sabio
de Asia Central estaba examinando candidatos
que aspiraban a convertirse en discípulos.
--Veamos, quien quiera entrenamiento y no
aprendizaje, quien desee discutir en vez de
estudiar, quien sea impaciente, quien quiera
tomar en vez de ofrecer... debe levantar la
mano.
Nadie se movió.
--¡Muy bien! -dijo el Maestro-. Ahora
vendréis conmigo y conoceréis a algunos de
mis discípulos. Han estado conmigo durante
tres años.
Les condujo a una habitación de meditación
donde había una hilera de gente sentada y
les dijo:
--Aquellos que desean ser entretenidos en
vez de aprender, quienes son impacientes y
quieren discutir, los que toman y no
ofrecen... por favor, que todos estos se
levanten.
La hilera completa se puso de pie. El sabio
se dirigió al primer grupo:
--Según vuestro criterio, ahora sois mejores
personas de lo que seréis dentro de tres
años, si permanecéis aquí. Vuestra vanidad
actual os lleva incluso a sentiros
importantes. Así que volved a vuestros
hogares y, antes de venir otra vez en el
futuro, si así lo deseáis, reflexionad bien
acerca de si queréis sentiros mejor de lo
que sois o peor de lo que el mundo os
considera. |
|
Un hombre, que imaginaba
ser un genuino buscador del
sentido profundo de la vida, visitó a un
venerable anciano. El sabio era muy, muy
viejo y gozaba de gran reputación como guía
espiritual procedente de una larga línea de
místicos. El hombre lo saludó con estas
palabras:
--Qué maravilloso es que hayas alcanzado una
edad tan venerable y que seas extensamente
admirado por tus austeridades que realzan tu
elevada espiritualidad. ¿Cuáles son las
características más importantes de tu
disciplina?
--Primero -dijo el anciano con voz trémula-,
me ciño firmemente al vegetarianismo y
segundo, siempre estoy sereno y nunca, por
ningún motivo, pierdo los estribos con nada
ni con nadie...
En ese momento se oyó un gran tumulto de
gritos y alaridos que procedían de la
cocina.
--No le prestes atención a eso -dijo el
anciano sonriendo-. Tan solo se trata de mi
ilustre padre, que está dándole una paliza
al carnicero por haberse retrasado en
traerle la carne que le encargó. |
|
Un día, un becerro tuvo
que atravesar un bosque virgen
para volver a su pastura.
Como era un animal irracional y joven, abrió
un sendero tortuoso, lleno de curvas,
subiendo y bajando colinas que no hacía
falta subir.
Al día siguiente, un perro que pasaba por
allí usó ese mismo sendero para atravesar el
bosque. Después fue el turno de un carnero,
cabeza de rebaño, que viendo el espacio ya
abierto hizo que sus compañeros siguieran
por allí.
Más tarde, los hombres comenzaron a usar ese
sendero. Entraban y salían, giraban a la
derecha y a la izquierda, subían y
descendían, se desviaban quejándose y
maldiciendo, con toda razón. Pero... no
hacían nada para crear una alternativa
nueva.
Después de tanto uso, el sendero acabó
convertido en un amplio camino donde los
pobres animales se cansaban bajo pesadas
cargas. El sendero les obligaba a recorrer
en tres horas una distancia que podría haber
sido vencida en treinta minutos si no
hubieran seguido la vía abierta por el
becerro.
Pasaron muchos años y el camino se convirtió
en la calle principal de un poblado.
Finalmente, en la avenida principal de una
ciudad. Todos se quejaban del tránsito,
porque el trayecto era el peor posible.
Mientras tanto, el viejo y sabio bosque se
reía al ver como los humanos tienen la
tendencia a seguir como ciegos el camino que
ya está abierto, sin preguntarse nunca si
esa es la mejor elección. |
|
Mientras el demonio estaba
hablando con sus amigos, se
fijaron en un hombre que caminaba por la
calle. Siguieron su recorrido con los ojos y
vieron que se agachaba con mucho interés
para coger algo del suelo.
--¿Qué habrá encontrado? -preguntó uno.
--Un pedazo de la Verdad -respondió el
demonio.
Sus amigos se preocuparon muchísimo. Al fin
y al cabo, un pedazo de la Verdad podía
salvar el alma de aquel hombre y tendrían
una menos en el Infierno. Pero el demonio,
imperturbable, seguía contemplando el
paisaje.
--¿No estás preocupado? -le dijo uno de sus
compañeros- ¡Ha encontrado un pedazo de la
Verdad!
--Oh, no. No me preocupa en absoluto
-respondió el demonio- ¿Sabes qué hará con
este pedazo? Como siempre, creará una nueva
religión y alejará muchas más personas de la
Verdad total. |
|
Había una vez
un vendedor de relojes de pulsera que
descubrió que podía vender con facilidad
relojes a la gente de la ciudad. Ellos
sabían qué era el tiempo. Sin embargo, con
los campesinos le era más difícil. Un día,
estando en el campo, se encontró con un
hombre que cortaba leña. Se hizo la promesa
de que lograría que el campesino entendiese
el valor de un cronómetro. De modo que dijo:
--Buenos días ¿Qué hora es?
El viejo campesino miró la pila de madera y
respondió:
--Faltan veinte leños para la comida del
mediodía. |
|
Ante una batalla decisiva,
el general japonés decidió tomar la
iniciativa y atacar, a pesar de saber que el
enemigo era mucho más numeroso. Aunque
confiaban en su estrategia, sus hombres
estaban temerosos. Camino hacia la
confrontación, resolvieron detenerse en un
templo. Después de rezar, el general se
dirigió a sus soldados:
--Voy a arrojar esta moneda. Si sale cara,
volveremos todos al campamento. Si sale
cruz, significará que los dioses nos
protegen y que derrotaremos al enemigo.
Ahora se revelará nuestro futuro.
Tiró la moneda al aire y los ojos ansiosos
de sus soldados vieron el resultado: cruz.
Todos vibraron de alegría, atacaron con
confianza y vigor y pudieron celebrar la
victoria al atardecer.
Orgulloso, su comandante comentó:
--Los dioses siempre tienen razón. Nadie
puede cambiar el destino revelado por ellos.
--Tienes razón, nadie puede cambiar el
destino cuando estamos decididos a seguirlo.
Los dioses nos ayudan, pero a veces tenemos
que ayudarlos también –respondió, entregando
la moneda a su oficial.
Los dos lados marcaban cruz. |
|
El maestro le insistía a
su discípulo una y otra vez sobre
la necesidad de cultivar el sosiego.
--Deja que tu mente se remanse y se
sosiegue.
--Ya ¿Pero qué más? –preguntaba impaciente
el discípulo.
--De momento, sólo eso.
Pero el discípulo no lograba estar paciente
y se exasperaba, sin dejar de preguntar:
--¿Y qué más?
--De momento, sólo eso. Sé paciente,
sosiégate, recupera la paz interior.
Un día y otro recibía la misma instrucción,
hasta que el discípulo le preguntó:
--Pero maestro, ¿por qué consideras tan
importante el sosiego?
--Acompáñame –dijo el maestro.
Le condujo hasta un estanque y con un palo
comenzó a agitar sus aguas. Entonces
preguntó:
--Mírate ¿Puedes ver tu rostro en el agua?
--¿Cómo voy a verlo si el agua está tan
agitada? –protestó el discípulo, pensando
que el maestro se burlaba de él.
--De igual manera, mientras estés agitado no
podrás ver el rostro de tu esencia, de tu yo
interno. |
|
Se cuenta que dos
estudiantes del Camino
espiritual, comprometidos en su propia
evolución, estaban discutiendo acerca del
ser humano. El primero dijo:
--El hombre llega a la Verdad a través de su
esfuerzo personal y la búsqueda, y
comenzando con ignorancia, alcanza el
conocimiento.
El segundo dijo:
--No. El hombre llega a la Verdad sólo a
través de la guía de Maestros y Gurúes
expertos.
Llegaron casi a las manos. Estaban lejos de
resolver su discusión cuando un verdadero
iniciado, un hombre santo, pasó por
casualidad. Los dos lo conocían y decidieron
referirle la cuestión.
--Pronúnciate en este asunto, por favor –le
urgieron.
--Muy bien ¿Acaso cada uno de vosotros ha
visto dos perros disputando acerca de un
hueso?
--Si, lo hemos visto -dijeron los dos
estudiantes.
--¿Y habéis visto alguna vez al hueso unirse
a la disputa? Pensad en ello.
(R. Tagore) |
|
--Estoy en alquiler
¡contratadme! --gritaba yo una
mañana andando por la carretera.
El rey pasó con su carroza, la espada en la
mano. Me cogió y me dijo:
--Te tomo a mi servicio. A cambio, tendrás
una parte de mi poder.
Pero yo no sabía que hacer con su poder y le
dejé partir en su carroza.
En el ardiente mediodía todas las casas
estaban cerradas. Yo vagaba por caminos
tortuosos. Un anciano se me acercó, llevando
un saco lleno de oro. Se detuvo pensativo y
me dijo:
--Ven, te tomo a mi servicio. Te pagaré con
este oro.
Empezó a contar sus monedas, una a una, pero
le volví la espalda. Caía la tarde. El seto
del jardín estaba florecido. Una hermosa
muchacha se me acercó y me dijo:
--Te tomo a mi servicio y te pagaré con una
sonrisa -pero su sonrisa se desvaneció, le
saltaron las lágrimas y, sola, se perdió de
nuevo en la sombra.
El sol reverberaba en la arena y las olas
rompían caprichosamente. Un niño jugaba con
las conchas sentado en la playa. Levantó la
cabeza, me miró como si me reconociera, y me
dijo:
--Te tomo por nada.
Desde que hice este trato, jugando con un
niño, me he convertido en un hombre libre.
(R. Tagore) |
|
Un león fue capturado
y encerrado en una reserva vallada. Para su
sorpresa, encontró otros leones que llevaban
allí muchos años, algunos incluso toda su
vida: habían nacido en cautividad.
El recién llegado no tardó en familiarizarse
con las actividades de los restantes leones,
que se asociaban en distintos grupos.
Un grupo era el de los socializantes, otro
el del mundo del espectáculo y había un
grupo que tenía como objetivo preservar las
costumbres, la cultura y la historia de la
época en que los leones eran libres. Había
un grupo de leones religiosos y otros que
atraían a los que tenían talento literario o
artístico. Había, finalmente,
revolucionarios que se dedicaban a conspirar
contra sus captores y contra otros grupos
revolucionarios. De vez en cuando estallaba
una revuelta y un determinado grupo era
eliminado, o bien, aunque más de tarde en
tarde, resultaban muertos los guardianes del
campo que los encerraba y eran reemplazados
por otros guardianes.
El recién llegado reparó en la presencia de
un león que parecía estar siempre
profundamente dormido. No pertenecía a
ningún grupo y estaba ajeno a todos ellos.
Suscitaba admiración a unos y hostilidad a
otros.
--No te unas a ningún grupo -dijo el
solitario-. Esos pobres se ocupan de todo
menos de lo esencial.
--Y, ¿qué es lo esencial? -preguntó el
recién llegado.
--Lo esencial es estudiar la naturaleza de
la cerca que nos encierra.
|
Hace cientos de años
en una ciudad de Oriente. Un anciano
caminaba de noche por las oscuras calles
llevando una lámpara de aceite encendida. En
cierto momento, un hombre giró una esquina y
tropezó abruptamente con el anciano. El
hombre se puso a gritarle con malos modos:
--¡Vigila viejo, mira por donde vas!
Tras gritar, el hombre se calmó y miró al
anciano a la luz de la lámpara que éste
sostenía. De pronto, reconoció a un amigo.
Se dio cuenta que era Guno, el ciego del
pueblo. Le dijo:
--¿Qué haces Guno, tú ciego, con una lámpara
en la mano? Si tú no ves...
El anciano le respondió:
--Yo conozco la oscuridad de las calles de
memoria. No llevo la lámpara para ver mi
camino, sino para que no tropiecen conmigo y
para que otros encuentren su camino cuando
me vean a mi. |
Un grupo de personas
murieron al mismo tiempo en una
catástrofe y se sorprendieron al encontrarse
en un mundo muy similar a éste. Tenían a su
disposición todo tipo de entretenimientos y
todas las facilidades posibles. Se
asombraron aun más al descubrir que estaban
en el infierno.
Aquellos que querían vidas excitantes las
tuvieron. Los que deseaban mucho dinero lo
obtenían. Se satisfacían las ambiciones y
deseos de todo tipo.
Un día conocido como el Día de las Quejas,
un grupo de condenados se dirigió al demonio
controlador y le dijeron:
--Llevamos una vida maravillosa, fiestas,
riquezas, excitación, pero parece como si
nos estuviésemos desgastando. Nos volvemos
poco atractivos unos a otros y lentamente
vamos perdiendo las pertenencias que nos
llegan tan fácilmente...
--Si -dijo el diablo- ¿A que es infernal? |
Un hombre recorrió medio
mundo para comprobar por si mismo
la extraordinaria fama de que gozaba un
famoso líder espiritual. Durante el camino
encontró a un discípulo del afamado sabio y
le preguntó:
--¿Qué milagros ha realizado tú Maestro?
--Bueno, verás... hay milagros y milagros.
En tu país, se considera un milagro el que
Dios haga la voluntad de alguien cuando éste
se lo pide. Entre nosotros, se considera un
milagro el que alguien haga la voluntad de
Dios. |
|
Un
estudiante se quejaba de que no
podía meditar: sus pensamientos no se lo
permitían. Habló de esto con su maestro,
diciéndole:
–Maestro, los pensamientos y las imágenes
mentales no me dejan meditar. Cuando se van
unos segundos, luego vuelven con más fuerza.
No puedo meditar. No me dejan en paz.
El maestro le dijo que esto dependía de él
mismo y que dejara de cavilar.
No obstante, el estudiante
seguía lamentándose de que los pensamientos
no le dejaban en paz y que su mente estaba
confusa. Cada vez que intentaba
concentrarse, todo un tren de pensamientos y
reflexiones, a menudo inútiles y triviales,
irrumpían en su cabeza.
El maestro entonces le dijo:
–Bien. Agarra esta cuchara y tenla en tu
mano. Ahora siéntate y medita.
El discípulo obedeció. Al cabo de un rato el
maestro le ordenó:
–¡Deja la cuchara, ahora!
El alumno así hizo y la cuchara cayó,
obviamente, al suelo.
Miró a su maestro con
estupor y éste le preguntó:
–Entonces, ahora dime quién agarraba a
quién, ¿Tú a la cuchara o la cuchara a tí?
|
Estaba un sabio sentado
a la orilla del Ganges instruyendo a sus
discípulos acerca del apego cuando otro
joven discípulo, aparentemente rico y
ostentoso con sus joyas, se acercó al grupo
diciendo.
--He aquí, divino maestro, que traigo un
regalo digno de ti.
Todos se acercaron a mirar el valioso regalo
que el recién llegado sacó de entre un
pañuelo de seda. Algunos no pudieron evitar
algunas exclamaciones de admiración que
escaparon de sus bocas. Eran un par de
brazaletes de oro con piedras preciosas
finamente incrustadas.
El maestro sondeó con su mirada al joven
discípulo y tomando uno de los brazaletes lo
miró con cariño y minuciosamente, y lo
arrojó al Ganges. Todos quedaron
estupefactos. Tras un momento de total
confusión y vacilación se lanzaron al agua
en busca del brazalete.
Al cabo de muchas horas, ya cayendo la
tarde, el discípulo rico volvió al maestro y
rogándole le preguntó.
--Maestro, a lo mejor pudiera encontrar el
brazalete si me indicas por donde cayó al
río.
El sabio no dijo palabra alguna. Tomó el
segundo brazalete, lo miró y lo lanzó al
río.
- Allí --dijo. |
Estaba un sabio sentado
a la orilla del Ganges instruyendo a sus
discípulos acerca del apego cuando otro
joven discípulo, aparentemente rico y
ostentoso con sus joyas, se acercó al grupo
diciendo.
--He aquí, divino maestro, que traigo un
regalo digno de ti.
Todos se acercaron a mirar el valioso regalo
que el recién llegado sacó de entre un
pañuelo de seda. Algunos no pudieron evitar
algunas exclamaciones de admiración que
escaparon de sus bocas. Eran un par de
brazaletes de oro con piedras preciosas
finamente incrustadas.
El maestro sondeó con su mirada al joven
discípulo y tomando uno de los brazaletes lo
miró con cariño y minuciosamente, y lo
arrojó al Ganges. Todos quedaron
estupefactos. Tras un momento de total
confusión y vacilación se lanzaron al agua
en busca del brazalete.
Al cabo de muchas horas, ya cayendo la
tarde, el discípulo rico volvió al maestro y
rogándole le preguntó.
--Maestro, a lo mejor pudiera encontrar el
brazalete si me indicas por donde cayó al
río.
El sabio no dijo palabra alguna. Tomó el
segundo brazalete, lo miró y lo lanzó al
río.
- Allí --dijo. |
Había una vez,
en un país muy lejano, dos príncipes que se
enfrentaron en un duelo. Como era costumbre
en aquel lugar, el vencedor disponía de la
vida del vencido y lo ejecutaba.
El príncipe vencido fue llevado al palacio
del vencedor pero en vez de recluirlo en una
mazmorra, fue instalado en una de las
mejores estancias de palacio. Todos los día
era atendido con gran solemnidad, como
correspondía a su linaje, y se le ofrecían
grandes fiestas y comidas exquisitas.
Pero el príncipe vencido sabía que tarde o
temprano iba a ser ejecutado y cada día que
pasaba su angustia iba creciendo.
Un día pudo mandar un mensaje al príncipe
vencedor pidiéndole, que por caridad,
acabara con su sufrimiento y le quitara la
vida.
El príncipe atendió su súplica y dispuso lo
necesario para que la ejecución se llevara a
cabo al día siguiente.
Aquella mañana, con motivo de la ejecución,
se convocó a toda la corte a la fiesta más
grande que se pueda imaginar. Había música y
danzarines, las mejores comidas y bebidas
estaban presentes en enormes y lujosas
mesas. Todo era fastuoso. Pero el príncipe
vencido sabía que lentamente llegaba el
momento de su ejecución y su angustia crecía
por momentos. La fiesta seguía y un grupo de
danzarines bailaba en el centro de la gran
estancia con enormes espadas curvas en sus
manos, daban la sensación de volar para
asombro de la audiencia.
El príncipe no soportaba más la angustia y
gritó al anfitrión:
--¡Por favor, ordena mi ejecución, no
soporto más esta angustia!
--Amigo, ya has sido ejecutado. Mueve tus
hombros, verás como tu cabeza cae al suelo
--dijo el príncipe vencedor. |
Al atardecer,
un pastor se disponía a conducir el rebaño
al establo. Entonces contó sus ovejas y, muy
alarmado, se dio cuenta de que faltaba una
de ellas. Se angustió y comenzó a buscarla
durante horas, dio vueltas y gritos cada vez
mas ansioso hasta que se hizo muy avanzada
la noche. No podía hallarla y empezó a
llorar desesperado. Entonces, un hombre que
salía de la taberna y que pasó junto a él,
le miró y le dijo:
--Oye pastor, ¿por qué llevas una oveja
sobre los hombros? |
Se cuenta que una vez
alguien le dijo al sabio Leonardo da Vinci:
–No te comportas como un gran poeta ni como
un sabio que dicen que eres, ¿cómo sabemos
que eres genuino?
El respondió:
–Tú, por otra parte, te comportas casi
exactamente como un ser humano... ¡Así es
como sabemos que aún no eres uno! |
Había un gorrión minúsculo
que, cuando retumbaba el trueno de la
tormenta, se tumbaba en el suelo y levantaba
sus patitas hacia el cielo.
--¿Para qué haces eso? -le preguntó un
zorro.
--Para proteger a la tierra, que contiene
muchos seres vivos -dijo el gorrión-. Si por
desgracia, el cielo cayese de repente ¿Te
das cuenta de lo que ocurriría? Por eso
levanto mis patas, para sostenerlo.
--¿Con tus enclenques patitas quieres
sostener el inmenso cielo? -preguntó el
zorro.
--Aquí abajo cada uno tiene su cielo –dijo
el gorrión–. Vete... tú no lo puedes
comprender. |
|
En cierta
época existió un rey que tenía
muchas responsabilidades a las que hacer
frente. Pensó que si podía hallar la
respuesta a ciertas preguntas sabría siempre
lo que tendría que hacer, en cualquier caso
y esto le ayudaría mucho en su tarea.
Estas eran las tres preguntas que se
planteó:
1) ¿Cuál es el mejor momento
para hacer las cosas?, 2) ¿Quiénes son las
personas mas importantes?, 3) ¿Qué es lo más
importante?
El rey ofreció una importante recompensa a
quien supiera las respuestas. Muchos fueron
a responder, pero nadie lo hizo a su
satisfacción.
Finalmente, angustiado por las muchas
responsabilidades y decisiones que debía
tomar, fue a visitar un ermitaño que vivía
en las cumbres montañosas y que era conocido
por su sabiduría.
El rey llegó hasta donde vivía el anciano y
le formuló las tres preguntas. Éste le
escuchó con atención, pero no dijo nada y
siguió con su tarea de cavar el huerto.
El rey miró al anciano y se fijó que tenía
aspecto de estar muy fatigado.
--Dame la azada, yo cavaré mientras tu
reposas --dijo generosamente el rey.
Y así el ermitaño pudo descansar mientras el
rey trabajaba en el huerto.
Después de un buen rato, el rey se sintió
cansado del trabajo, dejó la azada en el
suelo y dijo:
--Si no puedes responder mis preguntas no
debes temer nada. Simplemente dímelo y me
marcharé.
--¿Oís como alguien corre? –preguntó de
repente el ermitaño al rey, a la vez que
señalaba algún lugar del bosque.
De pronto, de entre los arbustos salió un
hombre tropezando y agarrando su estómago
entre las manos. Cuando el rey y el ermitaño
llegaron hasta él, cayó desmayado. Vieron
que el hombre tenía un corte muy profundo en
el cuerpo. El propio rey limpió la herida
del hombre. Éste, al despertar, pidió agua y
el mismo rey fue hasta una fuente cercana y
le trajo agua. El hombre bebió agradecido y
se durmió.
Entre el rey y el anciano transportaron al
hombre hasta la cabaña de éste y lo tumbaron
sobre su cama. El rey, cansado de tanta
actividad, se sentó a pensar pero se quedó
también dormido.
A la mañana siguiente, el rey se sorprendió
de ver dónde estaba y de ver al hombre
herido que estaba frente a él con la vista
fija.
--Perdonadme –murmuró el hombre con
humildad.
--¿Perdonadme? –dijo el rey levantándose–
¿Qué has hecho para necesitar mi perdón?
--Vos no me conocéis majestad, pero yo os
consideraba mi peor enemigo. Durante la
última guerra vos matasteis a mi hermano y
os quedasteis con nuestras tierras.
El hombre siguió contando que, escondido
entre los arbustos, esperaba a que el rey
regresara de su visita al ermitaño para
matarlo, pero uno de los guardias que
protegían los accesos a la montaña, le vio y
le hirió.
--Conseguí huir de vuestro guardia, pero si
su majestad no me hubiera encontrado y
ayudado como lo hizo, ahora estaría muerto.
Yo planeaba mataros y resulta que me habéis
salvado la vida. Me siento avergonzado y
agradecido.
El rey reflexionó sobre la historia del
aquel hombre y le devolvió las tierras. Una
vez el hombre se hubo marchado, el rey se
dirigió al anciano y le dijo:
--Gracias buen ermitaño, ahora debo irme a
seguir buscando para encontrar las
respuestas a mis preguntas.
El ermitaño se puso a reír y le respondió:
--¡Vuestras preguntas están contestadas
majestad!
Y ante la mirada de sorpresa del rey le
explicó:
--Si vos no me hubierais ayudado a cavar el
huerto y simplemente os hubierais marchado
con prisas buscando las respuestas, el
hombre al que habéis ayudado hubiera salido
en algún punto del camino de regreso y os
hubiera herido o matado. Por tanto, el
momento más importante para vos
fue mientras estabais cavando mi huerto. La
persona más importante fui yo mismo, la
persona con la que vos os encontrabais y lo
más importante fue sencillamente ayudarme.
Más tarde, cuando encontramos al hombre
herido que iba montaña arriba, el momento
más importante fue cuando le curasteis la
herida evitando que muriera. Si hubiera
muerto, vos y él nunca hubierais llegado a
conoceros y trabar la nueva amistad que
ahora os une. Y en aquel momento, él era la
persona más importante del mundo, y el
objetivo más importante curarle la herida.
El momento presente es el
único momento que importa –siguió diciendo
el ermitaño–. La persona más importante es
siempre la persona con la que estás. El
objetivo mas importante es siempre hacer
feliz a la persona que está a tu lado ¿Qué
puede ser más sencillo o más importante?
|
|
Él era un prestigioso
sabio médico. El rey de cierto
país lo llamó para que curase su enfermedad.
El sabio rehusó. Entonces el rey ordenó a
sus soldados que aprehendiesen al doctor y
lo llevasen a su presencia.
Cuando estuvieron cara a cara, el rey dijo:
--Te he traído aquí atado para que me cures,
porque sufro de una inexplicable parálisis.
Si me curas te recompensaré generosamente,
si no, haré que te corten la cabeza.
El médico sabio dijo:
--Vayámonos juntos a una habitación de la
que todas las demás personas sean excluidas.
Cuando estuvieron solos, el sabio sacó un
cuchillo y dijo:
--Ahora me tomaré la revancha por el insulto
de haberme tratado con tanta violencia -y
avanzó amenazante hacia el rey.
Aterrorizado y sin saber qué hacer, el rey
saltó y comenzó a correr alrededor de la
silla, olvidándose de la parálisis en su
ansiedad por escapar del doctor.
Mientras el rey llamaba a los guardias, el
sabio corrió hacia una ventana y escapó.
El rey fue curado por el único método que
podía dar resultado, pero se sintió
resentido con el doctor por muchos años.
Tal es la peculiaridad de las personas que
piensan que el "engaño" es siempre malo.
__________________________________________________
En cierta
ocasión había un elefante que
vivía tranquilo. Era majestuoso, sereno y
astuto. Un buen día, una pareja de mosquitos
que pasaban por allí decidieron instalarse
en un rincón de una de las orejas del
elefante. Así que escogieron el rincón que
les pareció más adecuado e hicieron su nido.
Como era propio de la naturaleza del
mosquito, quiso que el elefante supiera de
su decisión y de su existencia, y le gritó,
con un cierto acento sudeño:
--¡¡Elefante, soy el mosquito Azuram y su
esposa!! Por unanimidad hemos decidido vivir
en tu oreja. Te lo comunico para que lo
sepas. ¿Lo entiendes? Soy Azuram y su
familia.
El elefante siguió con su vida,
tranquilamente. La pareja de mosquitos
vivieron el tiempo de una vida de mosquito
en la oreja del majestuoso paquidermo.
Experimentaron momentos de intimidad,
peleas, fiestas de mosquito, incluso se
reprodujeron, hicieron algún amigo y
formaron una familia. Todo en el pequeño
rincón de la oreja del elefante.
De vez en cuando, Azuram comunicaba a gritos
al elefante sus decisiones y acciones, pero
nunca recibía respuesta.
Un buen día, Azuram y su esposa decidieron
cambiar de residencia. Antes de marcharse,
el mosquito quiso que el elefante lo supiera
y le gritó solemne:
--Elefante, te hago saber que hemos decidido
abandonar tu oreja para vivir en otro lugar.
Esperó pero no hubo respuesta por parte del
anfitrión. Azuram se sintió molesto por la
ignorancia a que los sometía el elefante.
Hinchó sus pulmones cuanto pudo, usó sus
alas para dirigir la voz hacia el centro de
la oreja y gritó de nuevo:
--¡¡¡¡Elefante, te hago saber que nos vamos
a otro lugar. Soy Azuram!!!!
Fue entonces que al elefante le pareció oír
de muy lejos una vocecita desgañitándose por
hacerle saber algo. Entonces respondió:
--Tal como has venido... te puedes marchar.

Un príncipe y un sabio
maestro.
--Estoy dispuesto a dejarlo todo -dijo el
príncipe al maestro-. Por favor, acépteme
como discípulo.
--¿Cómo elige un hombre su camino? -le
preguntó el maestro.
--A través del sacrificio -respondió el
príncipe-. Un camino que exige sacrificio es
un camino verdadero.
Entonces el maestro tropezó con una
estantería. Un jarrón valiosísimo se cayó y
el príncipe se arrojó al suelo para
agarrarlo. Cayó en tan mala posición que
consiguió salvar el jarrón pero se rompió el
brazo.
--¿Cuál es el mayor sacrificio, ver
estrellarse el jarrón o romperse el brazo
para salvarlo? -preguntó el maestro.
--No sé -respondió el príncipe.
--Entonces ¿Cómo quieres orientar tu
elección hacia el sacrificio? El verdadero
camino es elegido por nuestra capacidad de
amarlo, no de sufrir por él.

Había una vez un Rey que ofreció un
gran premio a aquel artista que pudiera captar
en una pintura la paz perfecta. Muchos artistas lo
intentaron. El Rey admiró todas las pinturas, pero
sólo hubo dos que a él realmente le gustaron y tuvo
que escoger entre ellas.
La primera era un lago muy tranquilo, un espejo
perfecto donde se reflejaban unas plácidas montañas
que lo rodeaban. Sobre ellas había un cielo muy azul
con tenues nubes blancas. Todos los que miraron esta
pintura pensaron que reflejaba la paz perfecta.
La segunda pintura, también tenía montañas pero eran
escabrosas. Sobre ellas había un cielo furioso del
cual brotaba un impetuoso aguacero con mil rayos.
Montaña abajo aparecía un espumoso torrente de agua.
Nada de esto se revelaba como algo pacífico.
Pero cuando el Rey observó cuidadosamente, vio tras
la cascada un delicado arbusto creciendo en una
grieta de la roca. En el arbusto había un nido.
Allí, en el rugir de la violenta caída de agua,
estaba sentado plácidamente un pajarito en medio de
su nido... La Paz perfecta.
El Rey escogió la segunda pintura y explicó a sus
súbditos el motivo: "Paz no significa estar en un
lugar sin ruidos, sin problemas, sin trabajo duro ni
dolor. Paz significa que, a pesar de todas estas
cosas, permanezcamos calmados dentro de nuestro
corazón. Este es el verdadero significado de la
Paz."

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Érase una vez un hombre que construía un faro
en medio del desierto. Todo el mundo se burlaba de
él y lo llamaban loco.
–¿Para qué un faro en medio del desierto? –se
preguntaban.
El hombre no hacía caso y seguía callado haciendo su
labor. Un día, por fin, terminó de construir el
faro. Llegó la noche sin luna y sin estrellas, un
espléndido rayo de luz empezó a girar en las
tinieblas del aire, como si la Vía Láctea se hubiera
convertido en carrusel luminoso.
Y sucedió que en el momento en que el faro comenzó a
lanzar su luz, de pronto, surgió en medio del
desierto un mar iluminado por un río de luz, y hubo
en el mar buques trasatlánticos, pasaron submarinos,
ballenas, aparecieron puertos con mercaderes de
Venecia, piratas de barba roja, holandeses errantes
y sirenas...
Todos se asombraron, menos el constructor del faro.
Él sabía que si alguien enciende una luz en medio de
la oscuridad, al brillo de esa luz surgirán muchas
maravillas. |
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Una serpiente había mordido a tantos
habitantes de la aldea que eran muy
pocos los que se atrevían a aventurarse en
los campos. Pero era tal la santidad del
Maestro del lugar que se corrió la noticia
de que había domesticado a la serpiente y la
había convencido de que practicara la
disciplina de la no violencia.
Al poco tiempo, los habitantes de la aldea
habían descubierto que la serpiente se había
hecho inofensiva. De modo que se dedicaban a
tirarle piedras y a arrastrarla de un lado a
otro agarrándola por la cola.
La pobre y apaleada serpiente se arrastró
una noche hasta la casa del Maestro para
quejarse.
El Maestro le dijo:
–Ay, amiga mía, has dejado de atemorizar a
la gente y eso no es bueno.
–¡Pero si fuiste tú quien me enseñó a
practicar la disciplina de la no violencia!
–Yo te dije que dejaras de hacer daño, no de
silbar. |
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