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Ébano
Literatura Contemporánea
Ébano
De Ryszard Kapuscinski
Ed. Anagrama, serie Crónicas, 340 p., cuarta
edición, marzo 2001.
Reseña
de Natalia Rodríguez*
Ryszard
Kapuscinski nació en Pinsk, Bielorrusia,
entonces parte de Polonia, el 4 de marzo de
1932 y murió en Varsovia el 23 de enero de
2007. Periodista, escritor y ensayista;
estudió en la Universidad de Varsovia
historia y arte, aunque finalmente se dedicó
al periodismo. Colaboró en ‘Time’, ‘The New
York Times’ y ‘Frankfurter Allgemeine
Zeitung’.
De los diferentes viajes realizados por el
autor polaco en el continente africano,
resulta un libro de crónicas titulado Ébano,
publicado por primera vez en Polonia en
1998. Diríamos, en principio, que se trata
de un reportaje que Kapuscinski, en su
ejercicio periodístico, aprovecha en virtud
de las misiones establecidas por la agencia
de noticias de su país de origen. Debemos
decir además, que Ébano no se propone
narrar las peripecias de un periodista
por el continente africano y mucho menos
contarnos qué es África, pues bastaría con
consultar un atlas para hallar respuesta a
nuestras inquietudes sobre su configuración
física o política.
Ébano es entonces, el encuentro del
periodista polaco, con los eternos
peregrinos del lugar, habitantes que le
guían en su larga travesía por diversas
regiones de África. Como viajero, sale al
encuentro de los habitantes del lugar, se
deja impresionar por el paisaje africano, y
en ocasiones resulta maravillado por la
infinita llanura del Serengueti o por una
‘Uganda dormida e invisible tras el manto de
la noche’ muy cerca al lago Victoria y las
cataratas de Murchinson en África oriental.
Su estrategia consiste en desdibujar los
caminos ya trazados, eludiendo caminos
oficiales y figuras relevantes
Su relato comienza en Acra, ciudad que se
detiene a orillas del golfo de Guinea, y
tiene como constante la luz y el calor del
trópico en los desplazamientos realizados
por los senderos que la naturaleza propone
al caminante. Kapuscinski complementa su
narración con los procesos de colonización,
descolonización, africanización, contraste y
heterogeneidad que le brinda la posibilidad
de acercarse sin tapaojeras, como él mismo
parece decirnos capítulo a capítulo, a la
inmensa diversidad de sus gentes y de sus
costumbres.
Desde luego, ese peregrinar le deja a
nuestro narrador, interesantes anécdotas que
entreteje con sus conocimientos sobre la
absurda y dolorosa historia de la
colonización, proceso que comienza en el
siglo XV y que se prolonga hasta el siglo XX
con el reparto colonial de África entre
potencias europeas, consolidando así su
establecimiento permanente y su predominio
manifiesto en varios aspectos de la
cotidianidad africana, política, economía e
ideologías incorporadas a un sistema de
dependencia, que no aporta al continente
africano más que miseria y explotación. Y,
como si esto fuera poco, del sabor agridulce
que dejan los procesos descolonizadores y
las luchas independentistas, pervive un
ambivalente sentimiento de libertad y
triunfo que se agota rápidamente con la
aparición de violentas dictaduras y odios
interétnicos. Entonces, una honda huella
produce, de manera progresiva, un colectivo
sentimiento de inferioridad, resultado de
más de quinientos años de explotación de
terceros a un continente que hereda un
profundo resentimiento que impide una
verdadera voluntad de cambio y desarrollo.
Sin hacer un seguimiento riguroso,
Kapuscinski nos da claves concretas, nos
brinda una mágica descripción, partiendo de
lo vivido, de lo que percibe y,
naturalmente, de lo que sabe históricamente
sobre algunos de los lugares visitados.
Redescubre, para el lector, la oposición
permanente entre la cultura europea y la
heterogeneidad africana, en un paralelo de
nociones de tiempo, espacio, individualidad,
adquisición y valoración de conocimientos
propio de la educación impartida en Europa,
contrapuesto al eterno durar, eterno
permanecer, eterna espera a la que está
acostumbrado el habitante africano.
Su heterogeneidad se observa, no solo en ese
“océano de kitsch de baratija, de sin –gusto
y de sin-valor” que Kapuscinski encuentra en
los buses o en los mercados; está también en
la no delimitación física de los espacios y
de la propiedad privada; la costumbre de
compartir y de contar historias al caer la
noche, de creer en brujería y talismanes. Y
es que de África, reconoce el autor, el
europeo no ve más que la capa externa: “La
cultura europea no nos ha preparado para
semejantes viajes hacia el interior, hacia
las fuentes de otros mundos y de otras
culturas” (336).
África es un continente de contrastes. El
hombre, pequeño e indefenso, ante un
paisaje, infinito e inhóspito que
difícilmente soportaría el hombre blanco.
Entonces la connotación que nos ofrece el
título es apropiada cuando descubrimos que
mas allá de denotar un árbol gigantesco que
alcanza unos 25 metros de altura natural de
Asia y abundante en África, de color café
oscuro, madera lisa y maciza, descubrimos
que connota el ser africano, de tez oscura,
conocedor y lector de las señales que le
proporciona el medio; que se enfrenta a él
con respeto y valentía, retando al intenso y
candente sol y a los largos periodos de
sequía con debida fortaleza.
* Natalia Rodríguez es
Profesional en Estudios Literarios de la
Universidad Javeriana y ejerce actualmente
la docencia universitaria.
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