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Mítica Uitoto
Las mariposas amarillas y
el banco de contar historias
Por
Fernando Urbina Rangel
Con base en un relato de la Abuela Filomena
Tejada de la Nación Uitoto
«Asociación Colombiana pro Enseñanza de la
Ciencia –BUINAIMA–»
Bogotá, marzo de 2007
–¿De qué hablarán las
mariposas cuando se reúnen?
–Cuentan historias del color, de la flor y
del vuelo.

Mariposas amarillas. Raudal del quebradón
Jidïma (río Caraparaná).
Foto de F. Urbina – 1979.
Homenaje a
Gabriel García Márquez,
irreprensible [la expresión es de Homero]
contador de historias.
1
Un total de 6
ampliaciones fotográficas con el título
«Mariposas Amarillas» sirvió para ambientar
el salón de la Facultad de Ciencias Humanas
(Universidad Nacional de Colombia) donde, en
1983, se desarrolló un seminario sobre Cien
años de soledad de Gabriel García Márquez,
recién galardonado con el premio Nobel de
Literatura. Me correspondió lo de siempre:
hablar del mito… “El mito en la soledad de
los cien años de una estirpe”. El mito es un
buen ángulo de mira pues no sólo estructura
dicha obra, sino que con el andar del tiempo
ese prodigio literario se nos volvió
arquetipo. Recuerdo que en mi charla reiteré
que “verdad”, en griego, se dice alétheia,
maravillosa palabra que recomienda el acto
humano por excelencia: no olvidar. El sufijo
a, igual que en castellano, equivale a no,
en tanto que léthe significa olvido, de
donde Detienne concluye que en la Grecia
arcaica, cuando se acuñó la enaltecida
palabra, la verdad no se oponía al error
sino al olvido. Y ha sido el mito la vacuna
más efectiva que fraguó el hombre, desde su
primera y más remota noche, para conjurar la
peor de las pestes, aquélla de la que habla
García Márquez.
Una de las fotografías de la miniexposición
–cuyo costo había sido financiado por la
empresa Bavaria– fue seleccionada y firmada
por los asistentes con destino al recién
galardonado; prometí entregársela cuando la
vida me deparara toparme con él casualmente.
Fe y mis tres primeros hijos –Martha
Liliana, Juan Diego y Luis Fernando– la han
visto desde entonces en la sala de la casa
del barrio Modelia, en Bogotá. Allí espera.
En secreto, sin confesárselo ni siquiera a
sí mismo, cada quien cultiva la esperanza de
ser eterno.
Cabe decir algo sobre la técnica fotográfica
empleada. Me encontraba en compañía de una
banda de cazadores uitotos comandados por
Juan de la Cruz Hichamón, en los alrededores
de la primera raudalera del quebradón Jidïma
(tributario del Caraparaná, afluente del
Putumayo), en la Amazonia colombiana.
Batimos esas selvas en una afortunada
partida que se prolongó durante una semana.
Un día, cuando me tomé el descanso para
fotografiar sin afanes el raudal y su
entorno, percibí que unas mariposas
amarillas se iban posando en el punto de la
ribera pétrea donde, poco antes, el
inolvidable Juvenal Flaviano Castilla
(muerto hace un año por una mina
antipersonal sembrada por quienes cosechan
la «muerte-sin-sentido») había estampado su
firma mediante una copiosa meada. Como el
tema era excelente pero el sitio no se
prestaba para una buena fotografía, escogí
un punto en que la luz me fuera favorable.
Además de cazar con carabina, cazo con
cámara; prefiero lo segundo porque eternizo
al animal en su esplendor y, además, el reto
es mayor: más instancias requieren más
astucia. Seleccionado el lugar procedí a
inundar la loza de piedra con el poder de la
juventud, algo que luego fue un añorado
recuerdo cuando la acumulación de
experiencias aumentó la próstata y minimizó
el volumen. Instalé el trípode, adosé y
orienté la cámara dotada de un teleobjetivo
de mediano poder, seleccioné los filtros,
medí la luz y esperé inmóvil. Fueron
llegando por docenas pincelando el aire de
amarillo… el ruido del raudal se fue
volviendo parte del gran silencio interior
que me permitió concentrarme, escuchar y
entender la charla de las mariposas cuando
interrumpían el toqueteo minucioso con que
sus ágiles trompas recorrían las porosidades
de la piedra.
2
Los indígenas
uitotos de la Amazonia colomboperuana
poseen, en su vastísima y profunda tradición
oral, un conjunto de relatos apropiados para
niñas y niños. Con breves cuentos los
adultos –sobre todo las abuelas– instruyen
entreteniendo a la prole menuda cuando se
encuentran en el huerto, en el bañadero o en
la gran maloca, dedicadas a las tareas
cotidianas. Así, van preparando la mente de
la nueva generación para que cuando crezca
asimile, de modo formal, los largos y
complejos mitos y demás tradiciones orales;
junto con los intrincados rituales
constituyen la parte más preciada de su
cultura. Desde luego, en las culturas
arcaicas, de modo expreso, el cuerpo humano
es la medida de todas las cosas; los
simbolismos y metáforas fraguados sobre sus
partes y operaciones –de preferencia las
sexuales– son omnipresentes… ¿De qué otra
manera se puede hablar con entera propiedad
de la vida y de la muerte, del peligro y la
abundancia? En esto hay un marcado contraste
con la «cultura occidental oficial» que
escamotea estos temas a los niños y niñas,
catalogándolos como escabrosos y de mala
educación; la omisión sistemática los hace
inmanejables, pues no se da la posibilidad
de orientar, por ejemplo, mostrando su
sentido e implicaciones cósmicas. Hay
editoriales en Colombia –país tan lleno de
inquisiciones e inquisidores– en que los
cuentos para niños han sido expurgados de
ese tipo de referencias: ¡prohibido aludir a
ciertas partes del cuerpo, el sexo y la
muerte! Estrategia fallida del avestruz,
aquél del cuento amañado: ¡bien fallida!,
pues si esta espléndida corredora fuera así
de estúpida, no habría podido sobrevivir
como especie. ¿Sobrevivirá Colombia?
3
El relato que
aquí transcribo se lo oí a la Abuela
Filomena Tejada, anciana muy sabia de la
nación uitoto, en el año 1979, en su casa
cerca de El Encanto, en el río Uyukoe,
Pluma-amarilla-de-tucán. Una versión mucho
más extensa me había sido narrada en 1971
por José Octavio García –yerno de doña
Filomena– en La Samaritana, cerca de Puerto
Leguízamo (río Putumayo). La escucha tuvo
lugar una mañana en que, con el objeto de
aprender acerca de sus oficios cotidianos,
la acompañé durante una jornada en una de
sus impecables chagras –«el orgullo de la
mujer»–, situada en las riberas del río.
Palabras más, palabras menos, así dialogó
con algunas de sus nietas y nietos:
–Abuela: ayer, cuando regresábamos
remando de la otra chagra, vimos unas
tortugas sobre un tronco en la orilla del
río y las mariposas que revoloteaban encima
se les paraban en las cabezas. ¿Por qué
hacen eso, abuela?
–Yo no sé por qué hacen eso con las
tortugas, pero sí sé la historia con el
caimán; él tiene un banco en la cabeza y
allí acostumbran posarse las mariposas.
–¡Cuéntalo, abuela!
–Pues se trata de Jirayauma, el cerbatanero,
quien fue el gran maestro en fabricar y
manejar la cerbatana, el arma de cacería que
más usaban los hombres en estas selvas,
antes de que el rïama hubiera traído la
escopeta.
La historia cuenta que la formidable
Mujer-Jaguar había matado y comido al
imprudente y fanfarrón hermano menor del
cerbatanero. El joven era tan hábil en la
cacería que, lleno de soberbia, le dio por
alardear de su destreza y mató inútilmente a
muchos animales, desperdiciando su carne.
Con ese mal precedente llegó a solicitar la
mano de la hermosa y diligente hija de la
Mujer-Jaguar, y en ello perdió la vida.
Como a tantos otros se le exigió pararse en
el vano de la puerta de la maloca y girar su
cuerpo para quedar mirando hacia afuera en
el momento exacto de recibir la orden. La
ogresa aprovechaba ese instante para
voltearse también y dispararle un rayo, un
potente pedo, que mataba a su víctima quien
después era glotonamente devorada.
Gracias a la ayuda de la muy solicitada
joven que se enamoró perdidamente de él,
Jirayauma logró superar la difícil prueba
que la vieja imponía a todos los
pretendientes de su hija, y en la que, sin
excepciones, habían resultado muertos. Y fue
así como, en el momento de recibir la orden,
Jirayauma saltó apartándose del umbral, con
lo que el disparo pasó de largo; de
inmediato volvió a ocupar su puesto, de tal
manera que cuando su feroz oponente se
volteó, ya estaba donde le había ordenado
permanecer quieto. Sorprendida y admirada
quedó la Mujer-Tigre con el poder de
Jirayauma. A regañadientes tuvo que
aceptarlo como yerno porque las
Dueñas-de-animales siempre cumplen su
palabra: de otra manera el mundo se
desordenaría completamente.
Luego de casarse con la muchacha, el héroe
se dedicó a rebuscar en la maloca algo que
le diera pistas seguras acerca de la suerte
que había corrido su hermano. Finalmente
encontró su cabeza debajo de una gran olla.
Además, tuvo oportunidad de espiar a la
suegra y fue así como logró descubrir el
punto débil de su espantoso poder.
Jirayauma tenía la obligación de alimentar a
su suegra en pago por haberse enyuntado con
la hija; pero esa tremenda mujer era
insaciable. Nunca las presas que cobraba el
habilidoso cerbatanero le eran suficientes
para apaciguar su desaforado apetito, que
sólo se calmaba durante un buen tiempo
cuando consumía carne humana.
Un día, harta de no hartarse, salió a buscar
comida como antes lo hacía. Era tal su
desespero que no cayó en la cuenta de que su
yerno le seguía el rastro. Rápidamente se
dirigió al salado y, mientras Jirayauma se
ocultaba entre unas ramazones, aplicó su
infalible técnica de cacería: sentarse y
abrir las piernas dejando que de su sexo
manara una sustancia que impregnaba la
tierra, haciendo un charco. Ese era su gran
poder; por eso ella es una
Dueña-de-animales, porque llegan allí a
lamer ese barro salado y es con eso que más
se potencian y prosperan. Pero al mismo
tiempo que cuida a los animales
alimentándolos, ella se vale de las bestias
para mantener su propio poder.
Fue así como Jirayauma presenció su acto de
caza: cuando una gran danta se acercó, la
suegra le echó mano y ¡pas… tras…pas!...
gastó tres bocados para despacharla. Igual
suerte corrió un venado, sólo que no le
alcanzó sino para dos bocados.
El cerbatanero, ya seguro de cómo podía
vencerla y así vengar a su hermano, la
siguió sigilosamente otro día en que le
llevó menos presas que de costumbre, hasta
el salado donde ella atalayaba a los
animales con que trataba de distraer su
hambre. Acechándola, aprovechó cuando estaba
despernancada tragándose de un bocado una
sarta de micos churucos. Le disparó dos
dardos envenenados acertándole en el centro,
en pleno sexo, allí donde residía su poder.
Ahí mismito la formidable Mujer-Jaguar
murió, no sin antes lanzar toda suerte de
maldiciones.
En ese momento un nubarrón tapó el sol,
sopló un viento huracanado y se oyeron
repetidos truenos. Fue así como la mujer de
Jirayauma se dio cuenta de que el marido
había aniquilado a su madre. En su
reemplazo, se transformó también en tigre y
persiguió al hombre para tragárselo.
Ya convertida en la nueva Dueña-de-animales,
dio orden a todos los que habitaban esa
selva de atajar a Jirayauma; pero el hombre
siempre encontraba animales que, por la
promesa de un pago, lo ayudaban a escapar.
Desde entonces, esos dones les sirvieron a
los animales salvajes para ostentar en su
cuerpo, o en su comportamiento, una
característica especial. Es que los regalos
de los seres poderosos no son pasajeros, se
quedan para siempre, y le dan forma
definitiva a quienes los reciben.
En pago de su ayuda, a Perdiz, la primera de
su especie que existió en el mundo, le
regaló el yerakï, coquillo en que los
hombres guardan el tabaco sagrado. Ese
coquillo sirve también como silbato; el
sonido que produce al soplarlo quedó como
canto de la perdiz.
El primer Caracol fue el que aparece en este
cuento. A él le obsequió la espiral; esa
figura les sirvió a la Madre y al Padre
Primordiales para pensar y hacer la
creación. Antes de esta aventura Caracol
tenía su caparazón liso, y por eso no era
verdaderamente un caracol; después de ayudar
al fugitivo le quedó en la forma que hoy
tiene, como él es.
A Culebra-cazadora le donó la cerbatana;
ella se sintió muy orgullosa y desde
entonces todos los de su especie la lucen a
lo largo, estampada en sus lomos.
Hormiga-arriera se ganó el anzuelo, con el
que formó sus poderosas tenazas.
Y así aconteció con muchos animales, hasta
que el perseguido llegó a un gran río. Fue
allí donde se presentó Naïma, el primer
Caimán. Jirayauma acordó con él que si lo
transportaba hasta la otra orilla le daría
el banco en que se sentaba su padre –el
Creador– a contar las historias del origen.
Y así fue: le puso el banquito en la cabeza.
Desde entonces los caimanes la tienen un
poco pandeada, igual que un banco. Gracias a
ese pago Jirayauma pudo escapar
definitivamente de las garras de la
Mujer-Jaguar, quien continuó cuidando estas
selvas, nutriendo sus salados y protegiendo
a los animales de los cazadores
irresponsables que matan en exceso.
[Y aquí doña Filomena guardó silencio por
unos momentos].
–Pero, ¿qué tiene que ver eso con las
mariposas, abuela?– dijo una de sus nietas,
y la anciana respondió:
–Estaba esperando que me lo preguntaran.
Pues las mariposas se posan en la cabeza de
los caimanes siempre en grupos, siempre son
varias, porque se reúnen a contar historias
sobre el banco-cabeza-de-caimán, igual que
su abuelo Moisés se sienta en el coqueadero
con los hombres, de noche, a narrar las
historias de antigua.
El banquito es entre nosotros, los indígenas
amazónicos, un utensilio sagrado. Desde allí
se cuentan los largos y complejos mitos del
origen de los ríos, los raudales, las
selvas, los cerros, el sol, la luna, las
estrellas, los animales y el hombre, y
también la historia de nuestro pueblo y de
sus principales tradiciones y costumbres.
Son relatos llenos de enseñanzas; a medida
que vayan creciendo los irán aprendiendo y
aplicando. Saber y contar esas historias, y
hacer obra sus palabras de consejo es lo que
nos hace verdadera gente.
***
GLOSARIO
Banco. Los banquitos que se
encuentran en las malocas indígenas son
confeccionados en un solo bloque de madera.
Su mínima altura obliga a quien los utiliza
a tomar una posición que recuerda la que
adopta el feto en el vientre materno. Esto
le da un especial valor simbólico, pues
sentarse así, cerca del sitio más sagrado de
la maloca que representa a su vez el útero
de la Madre Primordial, significa que «el
que se sienta» para enseñar o aprender
retorna metafóricamente al Vientre
primordial. Esta referencia a la Gran Madre
tiene muchas implicaciones. Se cree que fue
desde el fondo oscuro de la Madre Primordial
(la Tierra) de donde surgieron las primeras
vibraciones y murmullos (arrullos) que
dieron origen a las primeras palabras. Se ha
de tener en cuenta que es la madre, en el
momento de amamantar y consentir al hijo,
quien le va enseñando a hablar. Ella, luego
de darle la vida, también le regala el mundo
mediante el lenguaje gestual y oral para que
él lo recree, cumpliendo así el trabajo del
hombre.
Cerbatana. O bodoquera. Con este
delgado y largo tubo de madera se disparan
pequeños pero mortíferos dardos envenenados.
Coqueadero, o mambeadero. Es el lugar
más sagrado de las malocas, donde se prepara
y consume en forma ritual la coca o mambe
(no la cocaína pura o adulterada, que es el
vicio de los “civilizados”). El uso en la
forma indígena permite aprovechar todas las
múltiples cualidades alimenticias de esta
planta que sirve, además, de suave
estimulante. Consumida a la manera aborigen
tradicional no genera ninguna adicción ni
consecuencia negativa para el organismo. Su
uso en esa forma óptima de aprovechamiento
debería extenderse a toda la humanidad. En
las profundas y coherentes religiosidades
indígenas la coca se considera, por sus
evidentes bondades, un don de la divinidad,
garantizada por no menos de 5000 años de uso
continuado. Igual ocurre con el tabaco, que
se come revuelto con sal vegetal, luego de
un largo proceso de cocción.
Chagra. Gran huerto. Se tala una o
dos hectáreas de selva por año y se despeja
y abona el terreno quemando las ramazones,
para luego sembrar muchísimas plantas. La
técnica tradicional impone manejar como un
conjunto armónico hasta más de 50 especies y
variedades florales; las hay desde las
empleadas para fabricar ciertos utensilios,
hasta algunas de empleo estrictamente
ritual, siendo la mayoría para uso
alimentario. Es una selva ordenada a la
manera del hombre. Luego de tres años de
manejo continuo, el terreno se abandona para
que la selva imponga de nuevo su orden
natural.
Dueñas-de-animales. Son las
personificaciones de la Fuerza Vital que se
concreta y manifiesta en cada especie
animal. Están encargadas de velar por los
seres silvestres aunque, en ocasiones, se
alimentan de ellos –igual que los dioses–
para reponer la fuerza que gastan cuidando.
También hay Dueñas y Dueños-de-árboles y de
territorios. Estos seres míticos se oponen a
la acción predadora del hombre para,
equilibrando la acción excesiva de la
especie humana, evitar el exterminio de los
seres salvajes. Si éstos son aniquilados, el
mundo se desequilibraría, sobrevendría el
caos y todo el conjunto –los seres humanos y
sus culturas, los seres silvestres y los
propios Dueños― colapsaría.
Etología. Si bien la palabra no ha
sido utilizada en el texto, la introduzco
aquí para aclarar que se trata de la
disciplina que se ocupa del comportamiento
animal (por supuesto, también hay etología
humana). Algunos naturalistas suelen
arruinar cuentos como éste arguyendo razones
de mucho peso y poco vuelo: las mariposas se
posan en la cabeza de los caimanes, tortugas
y boas, cuando éstos se asolean, para lamer
lo que secreta la piel. Tales excrecencias
tienen algo en común con lo que deposité
estratégica y generosamente en el pedregal.
Maloca. Gran casa en que vive la
familia extensa: los abuelos, los hijos
varones y sus esposas, los hijos e hijas
solteras y los niños. Su diseño
arquitectónico representa la forma del
universo y el proceso de construcción repite
las etapas de la creación del mundo.
Rïama. Así denominan los uitotos al
«hombre blanco». Significa caníbal, y esto
porque los conquistadores de la región
(europeos primero y mestizos después)
capturaban indígenas para esclavizarlos,
llevándolos muy lejos de allí; nunca
retornaban. La gente suponía que los
desplazaban para comérselos.
Salado. Sitios barrialosos en donde
afloran sustancias minerales apetecidas por
los animales salvajes; son lugares
privilegiados para acecharlos, pero en las
culturas indígenas resultan ser ámbitos muy
peligrosos, numinosos, por manifestarse allí
la Fuerza de la Vida con una especial
potencia. Por eso mismo, su manejo está
sujeto a reglamentaciones rituales. Cazar en
los salados impone solicitar permiso
especial a los seres míticos que son
Dueños-de-territorios. En el mito de
Jirayauma, la sustancia apetecida por las
bestias brotaba del sexo de la Mujer-Jaguar,
dando así origen al primer salado.
Tigre. Es el nombre más popular con
que se conoce al jaguar o panthera onca,
máximo predador terrestre de las selvas de
Centro y Sur América. Encarna el poder y la
fuerza de lo salvaje .
fernandourbinarangel@hotmail.com
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