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Tigre mariposo
Crónica
Putumayense
El Aserrador, el Tigre Mariposo y los
Cerrillos
Por: Ricardo Ordóñez Díaz*

Un aserrador se encontraba
sumergido en la espesura de un bosque del
Putumayo. Andaba explorando tierra virgen en
busca de un árbol maduro de cedro o
granadillo y solo se hacía acompañar de un
machete, su escopeta y su fiambre que
consistía en un porta con arroz, carne y
plátano; unos limones y unos trozos de
panela para preparar limonada dulce con agua
de algún caño. De repente se encontró con un
rastro grande y con pisadas frescas de algún
animal silvestre.
Su ojo de cazador y su olfato de hombre de
selva le sirvieron para detectar la
presencia cercana de una manada de
cerrillos, animal parecido al marrano y que
suele andar en manadas que van desde los
cinco hasta grupos de cincuenta individuos.
Siendo tan clara la oportunidad de poder
obtener buena presa de cacería, se subió en
un frondoso achapo desde donde se podía
divisar a cualquier animal que se acercara
sin ser visto, todo era cuestión de esperar
porque los cerditos de monte usan sus
propios senderos para desplazarse. No
llevaba mas de media hora de estar
acurrucado en su pacera cuando sintió un
breve ruido como a veinte metros, y grande
fue su asombro al ver que en el lugar hacía
presencia el mayor y mejor cazador de la
selva amazónica, el tigre mariposo, felino
dotado de gran fuerza y agilidad, además de
un poderoso sentido del olfato y una
sensible capacidad de observar en la
oscuridad de la noche.
Este maravilloso gato gigante posee unas
garras que luego de afilarlas en los troncos
utiliza en su cacería y que al igual que sus
fauces pueden ser letales, incluso para un
hombre armado. La sola presencia del tigre
asusta, y para el aserrador conservar la
serenidad se vuelve cada vez mas difícil,
pero con la quietud de una roca logró
mantenerse desapercibido, hasta que el tigre
luego de leer con su garra y su nariz sobre
el lenguaje de rastros, se abalanzó en una
carrera corta para impulsar su salto hacia
un árbol, cercano al que resguardaba al
asustado cazador. La capacidad nativa del
tigre le ha permitido ser invisible a sus
presas, gracias a que cuando se mueve sus
pisadas no emiten ruido alguno, incluso
pisando en la seca hojarasca, y los
movimientos de su cola se asemejan al de una
serpiente brava y curiosa que advierte que
los siguientes minutos pueden ser de ardua
lucha.
No pasó mucho tiempo para que en medio del
concierto de música selvática empezara a
escucharse un gemido grave y un rumor
generados por decenas de patas que se
entierran en el suelo y arrasan vegetación
pequeña a su paso. El cazador observaba
admirado desde su palco vegetal el desfile
de cerca de cuarenta cerrillos colorados que
avanzaban agachados, como es frecuente,
siguiendo en orden de dos a tres filas a un
pequeño individuo de la manada que iba como
punta de lanza guiando a la manada por el
sendero acostumbrado.
Para cualquier cazador es un privilegio
difícilmente repetible contar con tan
abundante recurso de carne de monte, y de
seguro que no demoraría para hacer
fructífera su faena, pero en este caso el
tigre ponía las reglas y lo mas prudente era
esperar. El tigre sin más vacilación dio un
salto certero que le permitió tomar por el
cuello al cerrillo de adelante y levantarlo
del suelo para matarlo al instante. Pero no
esperaba que los demás reaccionaran
violentamente.
Todos empezaron a moverse en una bandada
poderosa y rápida que encerró al tigre,
quien lanzaba potentes zarpazos y doblegaba
a cuanto cerrillo lograra alcanzar. Esta
lucha se prolongó por cinco minutos, tiempo
en el que el tigre ajeno a su triste suerte,
era golpeado por todos lados, brincando alto
y volviendo a caer en el corazón del
peligro, hasta que su agilidad y astucia
fueron menores que el poder de grupo que
ejercían los cerrillos al atacar al intruso.
El tigre tardíamente entendió que lo mejor
era correr y salvarse de la manada, que lo
azotó y debilitó hasta que, al quedar sin
resistencia alguna, fue pisoteado y
descuartizado de manera que no quedó de él
ni la más pequeña muestra de su existencia.
Los cerrillos encolerizados empezaron a
correr en círculo como buscando a mas
intrusos, algunos se acercaban a sus
compañeros caídos en combate y los chuzaban
como buscando que reaccionaran y despertaran
de su trance mortal. Fueron doce los
cerrillos que murieron y la manada sintió
mucho la muerte de estos que se quedaron
desde la mañana hasta entrada la noche en el
lugar.
Cuando al fin los cerrillos se fueron, el
aserrador bajó de su árbol, cansado de estar
tanto tiempo encaramado, pero contento de
saber que la cacería fue abundante y sin
necesidad de utilizar su escopeta. Solo
logró llevarse tres cerrillos al hombro como
ganancia de la faena del día.
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