¿Cómo fue su proceso de
formación para llegar a ser mamo?
Mi proceso inicia desde muy niño. Yo inicialmente nazco un día martes
a las cuatro de la mañana, en el lugar de Bezameina – "licor sagrado"–.
Cuenta mi madre que ese día había una reunión de mamas ancianos en un
ritual especial sobre la producción y cuando ella regresó nuevamente a la
choza donde estaban reunidos los mamas, se dirigió a ellos y les dijo que
les tenía una sorpresa. La sorpresa era que yo había nacido. A partir de
eso me señalan un anciano mama llamado Vikú. Entonces me mandaban con él a
hacerle los mandados, acompañándolo a caminar con él; en sí es un
ejercicio que parece como si fuera un juego interno entre el anciano y el
niño: uno simplemente lo acompaña y está cerca de él y él está en sus
ejercicios. Estoy hablando de 52 años atrás.
Ya después de que yo paso el proceso de zeimake con el mamo Vikú, empiezo
mi escuela con mi padre Gunmaku-Maney Maku –Apolinar Izquierdo Suárez, en
español–. El era un gran mama y al lado de él estaban los hermanos, o sea
los tíos por parte de mi papá, también todos mamos –entre ellos estaban
mamo Valerio, mamo Atanasio, mamo Mingo Niño, mamo Cornelio Torres y una
serie de mamos que yo pude consultar ya mayor–. Y lo mismo, empiezo mi
enseñanza práctica con mi padre, en los ejercicios, en las piedras, en los
arroyos, en los árboles, las fuentes de agua, con los animales... y
empieza uno a tener ese conocimiento. De manera que cuando yo llego a la
edad de 12 años más o menos, que es cuando yo empiezo a aprender el
español, voy al orfelinato.
En ese entonces se conocía como el orfanato de las Tres Avemarías. Como
ustedes entienden el orfanato era de huérfanos. Pero ese huérfano es muy
relativo. Yo me acuerdo que habíamos más o menos unos 450 niños, entre
hombres y mujeres, y eso era como una guarnición cerrada, como una cárcel
cerrada, grande, con una división por la mitad. Mirando hacia el norte del
lado izquierdo, estaban las mujeres y hacia el lado derecho estaban los
hombres; hacia el lado izquierdo, las monjas y hacia el lado derecho los
curas.
Entonces, yo ya tenía mucho conocimiento sobre lo del mamo, y al mismo
tiempo me existía una duda internamente, cada rato me martillaba, porque
yo empiezo a mirar cómo los niños eran obligados a asistir a ese centro, y
el que no iba allá era castigado. Había el corregidor, era un señor
blanco, el secretario era blanco, los semaneros, como una especie de
policías, eran blancos. Eran autoridades civiles. Y ellos tomaban como una
desobediencia de la familia indígena no llevar los niños al orfanato.
Entonces los castigaban: no recibían las dádivas que eran repartidas –un
poco de harina de trigo que venía de Estados Unidos, con gorgojos y
gusanos; que eso era lo que nos daban a nosotros–. Nos ponían a cultivar
papa, a cultivar cebolla, zanahoria y todos los productos de tierra fría.
Eran jornadas largas. Y toda la producción que salía nosotros no la
consumíamos sino que la sacaban para Valledupar, para Barranquilla...
Nosotros éramos los que menos veíamos de eso. Lo mismo ocurría con el
ganado. Eso había mucho territorio hacia la parte baja de la Sierra en las
riberas del río Nabusimaque; lo que es Santo Domingo, San Francisco, eso
eran ganaderías de los curas. En ese tiempo decían que habían más de dos
mil o tres mil reses de la misión de los capuchinos, allá en territorio
nuestro. Y a nosotros solamente nos daban del ganado que se rodaba a los
abismos; cuando ya estaba medio podrido, lo sacaban y lo echaban a secar y
nos daban de ese ganado.
Una vez había un niño que por motivos de hambre a él le tocó subirse
arriba a la terraza de la casa, que allá los padres guardaban las panelas.
Entonces el niño se dejó agarrar en la terraza; lo bajaron, lo colgaron de
los brazos y le dieron palo. Otro día, yo me salgo un poquito de la
cárcel, de la Misión. Hacia la parte occidental habían unos árboles
grandes y estaban llenos de granadilla, y me subí a arrancar mis
granadillas. Cuando estaba bajando del árbol, yo escuché algún ruido
extraño abajo y yo vi que había un niño, apoyado en un barranco, y el
padre estaba abusando sexualmente del niño, y yo eso lo vi. Entonces, yo
veía cómo los padres amenazaban a las niñas, a los niños; y cómo llevaban
un capuchón aquí detrás y les pasaban por la mañana dádivas de pan; y ya
uno sospechaba de que esos niños eran las víctimas sexuales de los curas.
Entonces yo me volví desde ese momento un rebelde de mi comunidad. Tanto,
que organicé mi maleta y me fui para mi casa. Cuando llegué allá, mi padre
me pregunta:
– ¿Usted por qué se vino?
– Yo me vine porque yo vi algo raro. –El me quiso desmentir. Le dije:
–Papá, haga su ejercicio; como es mamo, adivine que yo estoy aquí es por
esto, porque yo vi esto. –El me aceptó y me dijo:
– No, entonces usted no puede seguir estudiando allá. Usted se va a
estudiar fuera de la comunidad.
Y sí, a los 16 años di el primer campanazo. Hice el primer documento –por
ahí lo debo tener guardado–, denunciando todos los atropellos que estaba
cometiendo la misión capuchina en contra de los indígenas. Al lado de eso,
sumé unas historias de los mamas que habían visto cómo las monjitas que
salían embarazadas botaban los fetos a los pozos sagrados (pozo del
diablo). Nosotros a los pozos les llamamos yeikunuma (Poder del Agua).
Yei
es agua; numa es fuerza del agua, para nosotros hablar con el agua, y eso
lo consideramos como un remanente supremamente sagrado. Los mamos eran
buceadores. Se lanzaban allá a ver qué era lo que habían botado, perfecto
sacaban el feto de las monjas.
Todo eso yo lo empecé a denunciar. Después, como quemaron las kankurwas
del mamo Adolfo, que era un mamo rebelde también, él empezó a hacer las
denuncias que estábamos viendo. Y vimos cómo los padres siempre estaban
aliados con los colonos, imponiéndonos granjas, imponiéndonos cosas, pero
era para saber cuáles eran los mamos que seguían la tradición, para
sostener ellos que todo lo que hacíamos los mamos eran cosas de
fetichismo, de brujería, de paganismo, eran cosas diabólicas. Entonces nos
echaban fuego a nuestras kankurwas.
Todo eso lo denunciamos, hasta que al fin nace la idea de crear en la
Sierra el primer Cabildo Gobernador. Lo hicimos con una segunda intención:
necesitábamos un gobierno interno que sirviera de puente para mantener una
relación directa con el Gobierno. Liberato Crespo, ya muerto, fue el
primer gobernador de la Sierra y yo fui su primer secretario. Como tenía
conocimiento de mamo y el cabildo gobernador era mamo, entonces nos
entendíamos muy bien. Entonces empezamos a hacer los primeros documentos.
Hicimos los primeros lineamientos a nivel territorial, a nivel educativo.
Y a partir de esos primeros lineamientos, hicimos un documento fuerte
donde pedíamos terminantemente que la misión capuchina tenía que ser
expulsada algún día de los territorios sagrados.
Dio la gran coincidencia que en los últimos años de la estadía de los
capuchinos en la Sierra le tocó dirigir a un padre colombiano, el padre
Javier Rodríguez –yo aún le digo padre por cariño–. Al padre Javier yo lo
llevé a muchos lugares sagrados y lo llevé a conocer muchos mamos,
antiguos, sabios, casi la mayoría son ya finados, muertos, y el padre
entendió el mensaje de nosotros. Tanto que un día me dijo: "No, si ustedes
los mamos son más religiosos que nosotros. Yo esta sinvergüencería, este
colonialismo, si no lo voy a aceptar. Yo les voy a devolver la tierra a
ustedes". Y él empezó a entregarnos las tierras, que eran de nosotros,
pero que estaban en posesión de los capuchinos. Ahí empezó el desastre. El
padre renuncia, el padre pidió la baja como padre y siguió estudiando con
nosotros. Nosotros ahí sí fuimos tratados de comunistas, de falsos
secretarios; bueno, de todo lo que ustedes se pueden imaginar. Sin
embargo, yo seguí al lado de los mamos. Termina el gobierno de Liberato
Crespo y se nombra a Luis Napoleón Torres.
Ya en el gobierno de Liberato Crespo, nosotros habíamos planteado la
necesidad de hacer un gran congreso en la Sierra, invitando a todas las
comunidades indígenas del país. Y ese congreso llevaba un objetivo:
fortalecernos internamente y conocer las otras etnias que había en todo el
país, invitando incluso algunas de otros países. Entonces, el mamo Marco,
que fue un gran maestro mío, me asignó ir a visitar a los evangélicos,
porque ellos estaban fortalecidos en la parte oriental.
Una vez que yo voy allá, me encuentro a un indígena que es pariente mío, a
Ángel Torres –él era el pastor; un indígena pastor–. Espero que él termine
su ceremonia y yo lo llamo, le digo: "Primo, yo necesito hablar con usted
urgentemente. Quiero que me acompañe a ese árbol grande que hay allí". Yo
sabía que ese era un árbol sagrado. Al pie del árbol pasaba un río y ahí
estaba al pie como un pozo grande. Yo me llevo a Ángel y le digo: "Ángel,
en este árbol, aquí guardaban reliquias nuestros ancestros, nuestros
viejos mamos, entonces usted tiene que aprender mucho de eso". Y empecé a
hacerle un diálogo sobre el conocimiento de los mamos. De tal manera que
él regresó nuevamente al templo, a la iglesia evangélica y me dice: "No,
si eso es así, yo lo voy a acompañar". Yo ya le había dicho en qué fecha
se hacía el congreso. Y de una vez en la noche, me acuerdo, como a las
diez de la noche, él ensilló su mula y se despidió de la señora y se fue a
donde había otro pastor indígena.
Él representaba algo, pero fuera de eso era pastor, llegamos a las cuatro
de la mañana a la casa de Luis Napoleón y lo mismo. Yo voy preparado
dentro de la orden que me dan los mamos al diálogo con él y llevo al otro
pastor. Llegamos a un acuerdo, sacamos por conclusión que él era yerno de
un gran mama llamado Julián. Yo le dije a él ya por la mañana, vamos a
visitar a su suegro. Al mamo, un viejo anciano, se le hizo raro que
llegaba el pastor evangélico a visitarlo. Entonces, él me abrazó a mi, el
anciano, el mamo me dijo: bienvenido que haya traído estos personajes
aquí. Ahí hacemos el primer trabajo. Por eso le digo que yo creo en mi
tradición y estoy aferrado a mi tradición, sin ninguna pelea alcancé a
dominar a esos dos señores. Tanto que cuando voy al congreso, ellos
asisten al congreso: nadie esperaba eso. Y a partir de eso empezamos un
trabajo intenso. Yo no los dejo, yo me traslado un tiempo hacia la parte
oriental, en la zona evangélica. Yo tengo ya con Ángel varias
experiencias. Ángel, que era pastor evangélico, se vuelve para el
movimiento indígena. Él hace las primeras denuncias en contra de los
evangélicos, después de que era su gran amigo. Él se apoyaba en que yo
estaba con él.
Nosotros alcanzamos a coger cosas tan delicadas que eran anticonceptivos,
eran esterilizantes, eran una cantidad de drogas, todas sofisticadas,
gringas, y nosotros las trajimos al Ministerio de Gobierno en ese entonces
para que las estudiaran. Después hicimos denuncias donde decían los mamas
que los indígenas estaban quedando estériles. Esa era una política del
Instituto Lingüístico de Verano: acabar con las comunidades indígenas.
Todo eso lo denunciamos en ese entonces, y pedimos también el retiro. Ya
en el segundo viaje nos tomamos el templo evangélico a la brava, y
entonces tuvieron que salir los del Instituto Lingüístico de Verano de
allá. Fue la primera sorpresa.
Después, cuando ya se hace el primer Congreso Arhuaco, de ahí se nombra a
Luis Napoleón como Cabildo Gobernador de los Arhuacos –alrededor de los
años 1976 a 1986–. Lo acompaño a él en los primeros cuatro años, y dejo de
acompañarlo porque ya sucedieron cosas muy directas contra nosotros,
contra el movimiento. A mí me empiezan a hacer la persecución. Pero yo
sabía que eso era orden de los curas, de los padres; me hacen dos
atentados, uno en Valledupar, uno en Pueblo Bello, y a partir de eso
consulto a mi papá y él me dice: "No. Usted tiene que irse. Si no se va,
está corriendo mucho riesgo". Le hago caso a mi papá y me vengo para aquí,
para Bogotá.
Aquí me dediqué a la parte médica que yo había aprendido. Estando aquí, me
vuelven a llamar; Napoleón vuelve y me llama, me dice: "Lo necesitamos
porque hay unos problemas muy agudos internamente". Yo volví y estando
allá ocurrieron cosas muy extrañas, ya cuando desaparecen algunos
indígenas, ya cuando matan unos colonos. Entonces, el problema fue serio.
Yo no sé cómo no caí, me salvé. Pero me tocó en ese entonces hasta de
abogado de mis hermanos indígenas. Porque yo vi cosas muy terribles.
Encontrar los cadáveres amarrados a orillas de los ríos; los indígenas
amarrados, entre cuatro, cinco y seis, así... y todo eso se quedaba en
silencio. Sin embargo, yo hice inteligencia muy internamente sobre quiénes
eran los asesinos y los denuncié con nombre propio. Ellos fueron fulano y
fulano. Y eso me acarreó problemas tremendos. Sin embargo, ya sabía que
eso iba a venir. Hasta el último día, antes de renunciar, iban por la
cabeza de Napoleón, lo iban a matar a él, y yo estaba por delante. Sin
embargo alcancé a avisarle a Napoleón: escóndase; porque ya iban los
sicarios a matarlo. Entonces, esa tarde llegan un hermano de Napoleón y
otros líderes que estaban armando una tienda comunal arriba en la Sierra,
y vi cuando pasaron –en ese tiempo, una ranger– hacia arriba, una vez que
ellos habían salido. Y al otro día que averiguamos, que bajaban los
indígenas, preguntamos si había llegado el hermano de Napoleón. No llegó.
Estaba mamo Zarai, anciano que yo lo había llamado porque él era rebelde,
no le gustaba nada de gobierno, ni de política, él era alejado de eso,
mamo consagrado solamente a su conocimiento; pero él me hizo caso,
entonces me dijo "yo lo voy a acompañar unos días". El me acompañó y fui y
le consulté yo al mamo. "¿Por qué no me adivina qué pasó con esos
señores?" "No, esos señores aparecen muertos", de una vez me dijo. Sí, se
nombró una comisión y se encontraron los cuatro cadáveres: otros cuatro
cadáveres de indígenas. El hermano de Napoleón y otros. Como yo sabía
quienes eran, entonces vine y los denuncié directamente a ellos. Entonces
los otros pues en venganza, ya como a los tres meses asesinan otros
familiares de ellos y se agudizó el problema. Traen los indígenas, los
meten a la cárcel. Yo tenía bastante influencia en Valledupar con algunos
jueces y con eso pude sacar los indígenas de noche de la cárcel donde
estaban detenidos y los volví otra vez a la Sierra. Entonces eso me fue
acarreando problemas y me tocó abandonar la sierra por algún tiempo, hasta
que ya toda esa gente, que eran malos y todo eso, se fueron muriendo poco
a poco y así ya pude regresar a retomar nuevamente la medicina.
Lo único que sí tengo es el agradecimiento de la Sierra, que no me han
abandonado los mamos. Tanto, que estoy aquí casi cumpliendo una misión. De
allá mandan las ofrendas para que visite muchos lugares que consideramos
altamente sagrados, como santuarios –Monserrate, el Salto del Tequendama,
las salinas de Zipaquirá, la laguna de Guatavita y otros sitios–. De tal
manera que todos los objetos que ellos me mandan de allá, tengo que
hacerlos llegar a esos lugares para mantener viva la esperanza de que
mucha gente que está aquí se va a sensibilizar mucho con el problema
indígena; no solamente de nosotros los arhuacos, sino también de las
comunidades indígenas en general; porque pensamos de que las comunidades
indígenas también hacen parte del conocimiento de la línea negra que
nosotros hablamos y por eso hemos estado invitando en los últimos años, ya
se han hecho dos congresos a nivel internacional en la Sierra y uno se
hizo en el Amazonas y hemos estado promoviendo esa comunicación. Y aquí
los estudiantes me tienen como parte de consulta cuando ellos tienen sus
problemas a nivel interno. Entonces los estudiantes arhuacos, koguis, que
están en las universidades vienen aquí; necesitan fortaleza espiritual,
entonces les hago su ejercicio aquí y se van a estudiar tranquilos. No
tienen problema. Entonces hemos cumplido ese papel.
Lo otro es que tenemos mucha gente indígena con problemas de salud, aquí
ya han venido. Por ejemplo, un líder indígena de Tierradentro al que no lo
había podido curar nadie. Muy grave me lo trajeron; en tres sesiones se
curó. Entonces me invitaron a un encuentro del CRIC –Consejo Regional
Indígena del Cauca–, no fui porque me mantengo aquí muy ocupado –les pedí
excusas porque no podía ir–. De todas maneras ese es un servicio que tengo
orden de prestar a los hermanos indígenas también. Lo hacemos porque
pensamos que ellos también tienen que aprender de este conocimiento para
que sientan confianza de que no es solamente la medicina científica, sino
que hay una medicina sencilla que también se puede utilizar. A eso le
estamos dando aplicabilidad en la Sierra Nevada a través de la ARS
indígena que tenemos allá. Y, ¿qué ha ocurrido? Que nosotros tenemos
superávit. Que los dineros que nos ha dado el gobierno solamente los
estamos utilizando para los casos más delicados. Pero los niveles de
medicina general los manejamos nosotros y no cobramos. Nos ha ido bien en
ese sentido. Nosotros a nivel interno sabemos que el dinero hace mucho
daño, entonces solamente lo manejamos a nivel externo para pagarle a los
médicos generales, los cirujanos y las clínicas, nada más; a nivel interno
estamos los médicos tradicionales, los mamos, con nuestra botánica.
Durante todo ese gobierno a partir de Napoleón, cuando lo nombran Cabildo
Gobernador, se fortalece la comunidad. Hay un pequeño impasse ahí. Cuando
se nombra el Cabildo Gobernador aparentemente se divide la comunidad: los
de mentalidad mestiza y los de mentalidad tradicional. Yo estaba dentro
del grupo de los de mentalidad tradicional. Como los de mentalidad mestiza
en ese entonces eran casi mayoría familiares míos, en un tiempo yo me eché
mi familia encima por ese problema. Sin embargo, yo seguí trabajando
internamente. Fui preparando los líderes a nivel interno y en todas las
conferencias les fui divulgando el conocimiento de los mamos. En ese
momento lo tomaban algunos como burla, porque tenían todo el conocimiento
de los curas, de los misioneros, y allá no había más religión sino la
religión católica. Pero cuando ya a los padres les ponemos la cosa bien
dura, tienen que abandonar el territorio de la Sierra, ellos quedan
aparentemente desarmados. Entonces, como ellos estaban preparados para
dirigir la parte administrativa, porque les habían enseñado, a ellos les
dieron todos los cargos y nosotros los indígenas de mentalidad tradicional
nos salimos de esos cargos; una táctica que utilizamos, y los empezamos a
trabajar. Como esto es de los mamos, y el pensamiento es de mamos, ustedes
tienen que obedecer a los mamos y no los vamos a obligar. Ahora vamos a
hacer al revés de lo que harían los curas; los niños que quieran ir al
mamo que vayan –como había un trabajo previo, pues la mayoría acudió a los
mamos.
Entonces fue tomando fuerza el movimiento, hasta que nombran a Bienvenido
Arroyo, que cumple un doble papel, porque tenía una relación muy fuerte
con los colonos y una relación muy fuerte con los indígenas. En ese doble
trabajo que se hace estuve colaborándole casi siempre, orientándolo, y
empezamos a promover ya a la gente nuestra para que se preparara en la
universidad, tuvieran un conocimiento. Casi todos eran hijos de mamos, de
manera que no perdían el puente; estaban en la universidad, hacían el
puente que yo les daba aquí, el conocimiento, y allá lo veían y lo
reforzaban.
Cuando ellos salen profesionales van a ocupar los cargos y, lógico, esa
gente está muy preparada y no se iba a dejar engañar muy fácil. Entonces,
van ocupando todos los cargos. Es el caso de las escuelas indígenas que
eran antes dirigidas por profesores extraños a la comunidad, ya son en
este momento 100% indígenas.
En este momento estamos peleando ya los cargos a nivel gobierno. Hemos
encontrado la traba porque son cargos políticos, de cuotas políticas. Ahí
estamos agarrados. En este momento estamos solicitando que el jefe de la
División de Asuntos Indígenas sea un indígena y ellos están aferrados que
no, porque eso es una cuota política. Pero pensamos que lo vamos a ganar.
Pensamos también que las alcaldías que están alrededor de la Sierra y
donde tenemos más población indígena, esas alcaldías tienen que ser
indígenas. Porque fueron alcaldías impuestas, a sabiendas que suplantaron
el resguardo y lo hicieron sobre el resguardo, el caso de Don Diego, de
Pueblo Bello y de Dibuya, todo eso afectó territorio kogui, territorio
arhuaco, el resguardo arhuaco. Ese es otro trabajo que se está haciendo y
tenemos gente allá.
Entonces, todo eso ha servido para mantener la línea de los mamos. Hay un
lugar que nosotros vamos a revivir ya como una escuela de mamos en la
Sierra, que es una escuela antigua y es la escuela que siguió Arumaku
Flores. Él era hijo de un cura alemán con una indígena de la Sierra, de
ahí se mestizó la comunidad, esa rama, y los que se quedaron solamente con
su raíz tradicional se murieron. Entonces Arumaku Flores decía que
nosotros no vamos a perder nuestra tradición a pesar de que habíamos
recibido un mestizaje a través de ese cura. Él tuvo asentamiento en un
lugar en la Sierra donde invitó a las cuatro tribus –los kogui, los
arzarios, los kamkuamas y nosotros los arhuacos– y en ese lugar él hizo
las insignias sagradas que su pueblo jamás debía destruir. Él era como un
profeta. Fue el que recibió por primera vez la distribución de los
elementos extraños a la comunidad –como era el machete, la pala, objetos
de cocina, los animales domésticos: la vaca, el burro, el ganado–; pero
bautizados, no metidos violentamente. Él los recibió con ceremonia y con
todo, él asignó para eso un templo especial. Él se consideró en ese tiempo
como un guía espiritual de una comunidad muy grande, pero eso está casi en
su extinción. Por eso era lo que los curas estaban felices, porque ellos
tenían mamos a favor de ellos también, haciéndole trabajo a ellos y
nosotros los tradicionales por otro lado. Entonces había como un choque.
Hoy todavía quedan rezagos de eso por ahí, pero ya muy pocos. Porque la
organización más grande la está dirigiendo el movimiento Guzintana, que es
el movimiento de nosotros. Por decir algo, si en la comunidad mía hay 100
mamos, por ejemplo, nosotros tenemos más o menos 70 mamos a favor del
movimiento de nosotros, y mamos muy serios, muy respetados, los que hemos
trabajado por ejemplo la recuperación de los mapas sagrados, la fortaleza
de la línea negra, los que estamos fortaleciendo las escuelas, los que
hemos permitido que el hombre tiene que capacitarse en ambas culturas.
Allá hay unos que están aferrados a que el hombre no debe recibir
enseñanza de ninguna. Es un movimiento muy pequeño, pero lo hay; son muy
fácil presa de manipularlos y todo eso. Pero pensamos que poco a poco
vamos a lograr esa unidad. Entonces, antes nos decían que era porque los
indígenas no se habían capacitado, pero hoy tenemos gente capacitada: en
derecho, en medicina, en enfermería, en administración, en contaduría.
Entonces, ya no nos pueden sacar excusas de que es que los indígenas no se
han preparado. Estamos en esa pelea en este momento.
En ese tiempo, en esos cincuenta y pico de años que llevo, he hecho el
curso general de mamo. Y el último esfuerzo que tengo pensado hacer, que
ya lo estamos empezando, es volver a levantar la Kamsamaría.