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Ancestral
Medicinas
Tradicionales
Ética y
medicina ancestral
Ponencia al II Encuentro Internacional de
Culturas Andinas
Por: Ricardo Díaz Mayorga
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Ricardo Díaz Mayorga,
director-editor de
visionchamanica.com en compañía
de Rodrigo Tilón, Guía Espiritual
Maya, durante el II Encuentro de
Culturas Andinas - Pasto, Agosto
2010
Foto de Víctor
Jacanamijoy |
Podría
parecer extemporáneo hablar de Ética
respecto de una práctica históricamente
remota –ancestral–, cuando esa disciplina
teórica ni siquiera se había desagregado de
un cuerpo íntegro de representaciones sobre
la vida y la realidad en los orígenes, sin
especificar las concernientes a las
costumbres, conductas y comportamientos
humanos.
La ética, inicialmente
apartado de la filosofía griega, evolucionó
para convertirse en disciplina específica y
sistemática de análisis y teorización de las
actitudes y prácticas morales concretas. La
ética es la ciencia de la moralidad en las
costumbres, o teoría sobre los principios y
valores que guían el comportamiento moral
individual. Ya la regulación y el
establecimiento de normas de comportamiento
corresponde a disciplinas y ciencias
diferentes, el derecho positivo
principalmente y las instituciones
jurídicas.
La ética atraviesa la vida
toda de las personas y de las comunidades:
es el estilo de vida, el modo de vivir
aceptado, de relacionarse, justificado en
unos principios y valores que legitiman esos
usos. Los valores éticos son relativos al
horizonte histórico y cultural de cada
época, es impropio entonces hablar de una
Ética absoluta o de valores éticos perennes.
Dicha relatividad es objeto también de
estudio de la Ética.
La imposibilidad de
principios éticos absolutos hace que en la
sociedad moderna la Ética, o mejor, su
antecedente y efecto: la moralidad práctica,
sea pactada a través del Estado y la
legislación y no impuesta o deducible de
configuraciones teocráticas o de principios
de autoridad tradicional.
En los pueblos indígenas de
la América rige para los efectos mencionados
la “ley de origen” –o, “ley natural”, o “ley
única”, o “ley de la tierra”, en la
terminología de los Mayores– incluidos los
comportamiento humanos, que en la comunidad
tradicional están adscritos a los designios
proféticos o míticos y a la unidad integral
de la comunidad tradicional. Dicha ley única
se rompe en mil pedazos en las sociedades
modernas, como se multiplican las prácticas
y actividades humanas con la división
creciente del trabajo. La irrupción de la
modernidad, y su resultado más perceptible
en la vida de las personas, la individuación
y el entronizamiento del libre albedrío y
las libertades individuales, crean un campo
totalmente diferente en cuanto a la
calificación de los comportamientos. El
cambio moral fundamental entre la sociedad
comunal y la sociedad urbana es
correspondiente al cambio de la coerción
colectiva a la libertad y responsabilidad
individual.
La relación entre estos dos
términos, ética y ancestralidad, solo puede
hacerse a la luz de una óptica actual y
utilizando un instrumental terminológico
vigente para el análisis de realidades
presentes. Enfocamos entonces esta visión
ética de la medicina ancestral en su
realidad actual, en la que para el análisis
distinguimos dos momentos: el de su
procedencia como remanente de un legado
–herencia– y de la memoria –recorrido– de
prácticas médicas tradicionales, ligadas a
lo que hoy llamamos “salud del ser humano”,
que en una visión más remota –sin
desagregaciones– puede significar la salud
total, la vida toda de las personas. De otra
parte, el ejercicio, la significación y la
utilidad de estas prácticas en la sociedad
contemporánea.
1- La ancestralidad, legado
de los antepasados
La ancestralidad o linaje se
comprende como la herencia de los
antepasados, inscrita en primer término
biológicamente, en los códigos genéticos de
los integrantes de un pueblo o raza; pero
también en los valores, conocimientos y
sabidurías propias –que en términos actuales
denominamos cosmovisión– registrados en las
míticas y leyendas de los pueblos y
transmitidos por la memoria de los Mayores a
través de la tradición oral; así como en las
formas tradicionales heredadas de
convivencia y organización.
De la cosmovisión ancestral
de los pueblos indígenas puede desagregarse
o deducirse una “ética ancestral”, en
la que el valor o principio fundamental
es el respeto –devoción incluso– por la
Naturaleza o Madre Tierra –la sagrada
Pachamama– y en la que se comprenden todos
los elementos y fenómenos naturales: las
montañas, los ríos, las plantas, las
especies animales, el arco iris, los astros,
etc., todos ellos “gentes”, o protagonistas
con “espíritu”, todos son sujetos; postura
que hace al pensamiento occidental calificar
esas creencias como “animistas” y sus
principios religiosos como “panteístas”.
Pero esa actitud ante los demás seres
plantea un principio bien diferente de
relación con ellos, de equidad, de trato
entre seres con derechos, muy diferente del
antropocentrismo occidental que coloca lo
humano por encima de todo y con derecho a
todo.
El otro componente ético
deducible del legado ancestral indígena son
los valores comunitarios ligados a la
territorialidad. La comunidad como
conjunto social existe en un espacio
geográfico específico. Dicho componente
comunitario implica unos valores de
convivencia, de solidaridad y de formas de
organización, todo ello vinculado,
“garantizado” si se quiere, por la propiedad
colectiva de la tierra.
Dicha cosmovisión en los
orígenes seguramente ha variado con el
transcurso del desarrollo de los pueblos,
asimilando las nuevas realidades impuestas,
incorporando los nuevos hallazgos, técnicas
y conocimientos, o sincretizándose con
valores, creencias y deidades venidas de
otras culturas. Para nuestros pueblos
originarios, por ejemplo, fue decisiva la
irrupción de los invasores españoles que
impusieron a hierro las creencias cristianas
que hoy vemos presentes en los rituales de
la medicina tradicional.
De las realidades ancestrales
que perviven, talvez la que mejor expresa el
legado vinculado a la naturaleza, es la
práctica de la medicina. Los “chamanes”,
como Occidente eligió llamar a estos
personajes tradicionales, fueron siempre
conocedores eximios del reino vegetal y de
sus aplicaciones a las afecciones humanas;
“botánicos naturales” podríamos llamarlos,
que han cultivado y transmitido un
conocimiento precioso sobre las plantas –las
de su entorno propio, desde luego– y otros
recursos sanadores de la tierra, eficaces en
la preservación de la salud de sus
comunidades.
El ejercicio de la medicina
fue otra de las funciones de los líderes de
las comunidades, originalmente sin
desagregarse de la función directiva. Las
descripciones y estudios occidentales del
chamán original –por ejemplo en el conocido
texto de Mircea Eliade–, lo ubican en
diferentes y simultáneas funciones:
políticas, militares, religiosas,
artísticas, y también en las medicinales.
Con el tiempo la función se fue desagregando
y especializando, apareciendo el médico:
encargado de los tratos con lo sobrenatural
pero también de los malestares físicos de
los individuos.
Parte inapreciable de esa
tradición sobrevive con los Mayores que
permanecen en territorios no intervenidos,
en un papel como de guardianes de la
integridad de la Naturaleza. La
sobrevivencia de estas culturas a través de
estos personajes, su permanente
retroalimentación con las comunidades más
próximas a la sociedad urbana, está
supeditada en gran medida a la preservación
de dichos territorios, sin permitir su
colonización o explotación de ningún tipo,
manteniéndolos en la forma de Parques o
Reservas Naturales, por ejemplo.
Es indudable el aporte de las
medicinas y terapéuticas ancestrales a la
moderna farmacopea que maneja la medicina
occidental, hecho reconocido por los
analistas de la historia de la medicina, por
farmacéuticos y otros científicos
occidentales. La identificación de los
principios activos de las drogas actuales
partió casi siempre del conocimiento
tradicional sobre las plantas y de su
aplicación a determinadas dolencias. Pero el
reconocimiento de esta dinámica ha estado
signado por la captura de las
superutilidades materiales obtenidas en su
comercialización por las farmacéuticas
multinacionales. Aquí es perceptible el
choque ético de dos perspectivas de valor
diferentes, en el que la
institucionalidad y tecnología occidental
arrebata derechos, identidades y tradiciones
en nombre de la nueva sacralidad del
dinero.
2- Actualidad médica
intercultural
Comprender la práctica actual
de la medicina ancestral no puede ser sino
con una óptica intercultural, o de encuentro
y relación de culturas o cosmovisiones
diferentes. Encuentro que en todo caso se da
dentro del mismo tipo de formación
socio-económica, el de las economías de
mercado que hoy día hegemonizan la vida del
mundo; el capitalismo en su fase tardía que
funciona a partir de conocimientos,
información y afectos. Dicha realidad común
subordina incluso los elementos culturales
–creaciones y sabidurías, creencias, valores
éticos y morales–. Bien puede decirse que en
el encuentro de culturas, se encuentran
también dos perspectivas éticas, la
proveniente de los valores de las
comunidades, de respeto y devoción por la
Naturaleza, y la
utilitaria-mercantil-racionalista de la
comunidad urbana-industrial.
La realidad de la
interculturalidad no implica conglomerados
diferentes que se encuentran, sino
tradiciones o recorridos históricos
colectivos que conviven en una y la misma
realidad. Hoy día la tradición médica
indígena convive y se relaciona no solo con
la cultura occidental predominante, sino con
otras culturas, la afro por ejemplo, pero
también con otras que circulan difundidas
por las modernas redes de la información y
la comunicación. Esto hace que sea más
apropiado hablar de multiculturalidad
en lo referente a la intrincada red de
relaciones e interacciones entre las
culturas en la actualidad.
Puede constatarse que la
medicina indígena ha contado y cuenta con
aceptación creciente en el mundo urbano. La
utilización de la medicina tradicional
indígena por gentes de la sociedad urbana
tiene una larga trayectoria y ha estado
atravesada por múltiples imaginarios y
creencias que dificultan y confunden el
diálogo intercultural de los médicos indios
con los urbanícolas. Creencias sobre los
“poderes brujos” de los indios han
predominado en la recurrencia de personas de
ciudad, particularmente de procedencia
popular, a los recursos médicos indígenas.
Esta situación se hace más compleja si se
tienen en cuenta nuevos actores de esta
relación, particularmente suplantadores o
“chamanes” no étnicos, y un sinnúmero de
protagonistas que leen las cartas, venden
brebajes y filtros, ofrecen rituales incluso
utilizando las plantas sagradas de los
indígenas como el yagé. Y desde luego, todo
esto mediado por el factor comercial
predominante.
En todo caso, la medicina
indígena proporciona un aporte importante a
la salud de los individuos en la sociedad
moderna, una especie de reconexión con
valores profundos de fe en la vida, de
trascendencia y hallazgo de recursos propios
de autosanación. Dicho resultado se produce,
por ejemplo, con la ingestión de
preparaciones a partir de “plantas maestras”
–o enteógenos, como han sido nominadas por
la comunidad científica que estudia este
fenómeno–, que inducen estados modificados
de la conciencia y que contribuyen a que el
individuo reencuentre su equilibrio integral
y reprograme su realidad.
El desarrollo de la
sociedad moderna occidental, posterior a la
comunidad tradicional, propició el
individualismo como valor fundamental,
valor que exacerbado lo ha llevado a
convertirse en enfermedad: el espíritu
competitivo y la ambición de dominio y/o el
egoísmo defensivo, vividos en el clima de
permanente incertidumbre económica y
política de la sociedad actual devienen en
ansiedad, frustración, angustia, soledad …
enfermedades típicas de nuestro tiempo. Pero
el individualismo también puede favorecer
un valor moral positivo: el aumento de la
responsabilidad individual, en primer
término sobre el propio destino, pero
también sobre las consecuencias de las
conductas personales. Dicha perspectiva y el
rencuentro con los valores del colectivismo
representan reserva moral para una nueva
perspectiva ética.
3- Complementación de
visiones y prácticas terapéuticas
Las visiones médicas
diferentes de la Salud no tienen porqué ser
excluyentes. Mejor se pueden entender como
momentos históricos y experiencias
diferentes de la evolución del saber médico,
que pueden encontrar aplicación específica
en los casos en que se requiera la
combinatoria de técnicas en ayuda del
paciente.
Cada vez se practican y
visibilizan más aplicaciones combinadas
de la medicina occidental con medicinas
tradicionales. Aquí es bueno reconocer
que dicha combinatoria ha sido por lo
general impuesta por los pacientes mismos
que buscan alternativas eficaces de
mejoramiento, independiente de validaciones
dadas por la “cientificidad” o cualquier
otro argumento de autoridad que pretenda
sobreponer valores de superioridad o
hegemonía de unas terapéuticas sobre otras.
Y reconocer también que se está frente a
pacientes más informados y dispuestos a
ejercer su albedrío sobre las opciones de
Salud que adoptan.
La difusión de la medicina
tradicional indígena en el medio urbano, así
como de otras “medicinas y terapéuticas
alternativas” ha significado un valor
renovador para la medicina occidental, que
pone en cuestión aquellas ideas de
superioridad de la ciencia occidental que
mira a los demás saberes como
“precientíficos” o “prelógicos”, cuando no
calificándolos como supersticiones. No se
pueden descalificar los demás conocimientos
con los parámetros propios; se hace
necesario encontrar nuevos “juegos de
lenguaje” para nominar y procesar las
aproximaciones y las combinaciones
terapéuticas. A propósito de la
“cientificidad” debe recordarse que la
Ciencia en sí misma fue siempre abierta, no
dogmática, nunca cerrada. Quienes le hacen
flaco favor son los que absolutizan
erigiendo en inamovibles conceptos que para
los verdaderos científicos son solo nuevas
hipótesis, nuevos puntos de partida de su
incesante e inacabable labor.
La ciencia es también un relato
mítico engranado en redes de poder y
conocimiento.
Más fina aún debe ser la
comprensión de la relación de la salud con
las creencias, y en general con el “sentido”
que las personas dan a su existencia. De
alguna manera se deben aceptar las
representaciones sobre el Misterio, o sobre
la Trascendencia como componente de la salud
psíquica de las personas, y por ende de su
salud física. Esas representaciones
sobre el sentido de la vida o sobre la
Trascendencia, se expresan a través de
“elementos simbólicos”, a los que no se
puede aproximarse solo con los criterios
racionalistas de la epistemología
occidental, sino también desde una aproximación
estética, que no califica ni asume
pretensiones de verdad sino que los
registra, describe y analiza en sus
diferencias respecto de otros.
Quepa aquí señalar una nueva
relación entre ética y estética, ya no
vinculada al dogma antiguo de que lo bello
es bueno; sino registrando la amplia
variedad de representaciones y de relaciones
entre la bondad y la belleza y/o sus
opuestos, de su
relatividad. Puede decirse que la
configuración simbólica en cada paciente
expresa una particular relación entre ética
y estética.
La aproximación estética en
forma de símbolos es uno de los componentes
fundamentales de la experiencia enteogénica
–con plantas o substancias de conocimiento–
que se manifiesta en los rituales indígenas,
pero también en otros formatos de la
experiencia mística, como los más
formalizados de las configuraciones
eclesiales. El brebaje del yagé, por
ejemplo, propicia un acceso múltiple y
simultáneo a la dimensión que llamamos el
“alma”, o sea a una representación o
conciencia de cada quien sobre la
Trascendencia, sobre su realidad presente
–coyuntura espacio-tiempo– y sobre su propia
corporalidad. Como representación implica un
sistema simbólico, que le da su carácter
estético y que se expresa en el momento de
la experiencia ayudada o enmarcada por la
ejecución o “performance” del operador
–taita, chamán, payé o yacha–; esa ejecución
es un punto de referencia simbólico para
representar el propio.
La ventaja de la estética
expresada por los taitas –cantos,
invocaciones, danzas, parafernalia,
ejecución de instrumentos, lenguaje arcaico,
perfumes– es que está basada en una
tradición. Hay una historia de esos símbolos
que se expresan en el ritual. Es probable
–es más, está sucediendo– que otras
simbologías y puestas en la escena ritual
que acompañan o “guían” la experiencia del
participante, sean invención o improvisación
del operador; en los casos en que esos
operadores no sean de las etnias originarias
de esas culturas médicas, o en los casos en
que el estado de modificación de la
conciencia se haga con sustancias obtenidas
por la novísima tecnología química
occidental –éxtasis, ácido lisérgico–
(experiencias actuales que incluso se hacen
sin operador o guía).
Oportuno es comentar acá la
experiencia eclesial de el Santo Daime –una
de las iglesias ayahuasqueras brasileñas– en
la que un formato litúrgico más formalizado
de las danzas y cantos, a los que se integra
la feligresía durante la ceremonia y que
juegan papel fundamental en la experiencia
religiosa y mística que viven sus
integrantes. Esta
relación experiencia estética/religión no es
nueva, puede rastrearse a lo largo de la
historia de las religiones y del arte, y
apunta al papel de la dimensión estética en
el conocimiento o representación de lo
trascendente.
El avance de la
interculturalidad y multiculturalidad médica
requiere del compromiso de la medicina
occidental de ampliar su óptica hacia los
campos señalados. Y requiere también el
compromiso de los médicos indígenas de
actuar con profesionalismo, de deslindarse
claramente de prácticas de brujería y
charlatanería y de asumir con la altura y
dignidad de su legado el diálogo y la
complementariedad médica con sus colegas de
las demás medicinas.
4- Hacia una plataforma ética
actual
La relación de lo humano con
la Naturaleza puede ser la plataforma ética
común entre las sociedades urbanas y las
comunidades originarias. Podemos plantearlo
como una alianza mística por la tierra y
con la tierra: una mística de lo natural,
del campo, de lo vegetal que signifique el
fin del modelo extractivista y de
“explotación de la Naturaleza” como valor
supremo de la sociedad moderna. Respeto
a las selvas, a las montañas, a los ríos,
puede ser un elemento nuevo de asunción
ética por la sociedad moderna.
Es posible que dicha alianza
exprese la necesidad acuciante de un nuevo
espíritu ético en esta época y que se
concrete en algo así como el “reconocimiento
de los Derechos de la Naturaleza”. Dicho
reconocimiento no es ahora solo retórica
lírica, sino que ya encontramos ejemplos de
su promoción a formato institucional, como
en el caso de la recientemente promulgada
Constitución Política del Ecuador que en su
capítulo VII consagra los “Derechos de la
Naturaleza”, un hito que nos suscita
esperanzadoras elucubraciones: ¿Podemos
estar ante un indicio de reconocimiento de
la sociedad occidental y sus instituciones
de la valoración que la tradición indígena
ha hecho de la naturaleza?
Los supuestos de superioridad
y progreso de la sociedad tecnoindustrial
son puestos hoy en día en cuestión por
aspectos como el deterioro ambiental, las
guerras, el creciente poderío destructivo de
los arsenales militares, las crisis
económicas y financieras, la quiebra de
valores en la sociedad consumista; los
nuevos y persistentes problemas de la salud
pública, … El
“progreso” no puede darse en contra de la
naturaleza, ni de pueblos enteros que son
desplazados o condenados a la extinción.
Hay una creciente conciencia
sobre el deterioro del medio ambiente y de
que podemos estar llegando a límites
irreversibles. Se percibe también un aumento
de medidas gubernamentales y de regulaciones
de protección del medio ambiente. Cada vez
más se impone en la agenda pública y en los
medios de comunicación el tema de protección
de la naturaleza: calentamiento global,
contaminación de las aguas incluidas las
marinas, extinción de especies,
deforestación. Todo esto no puede quedar
solo en el escándalo, hay que avanzar en
medidas concretas de protección de los
bosques, de los páramos, de los cuerpos de
agua. Y también en lo que podemos hacer en
concreto los urbanícolas: repensar nuestros
usos y costumbres consumistas, reorientar el
uso de la energía y del agua, cambiar la
manera como eliminamos las basuras, repensar
nuestras configuraciones urbanas, replantear
nuestro sistema de vida… Los urbanícolas
tenemos retos éticos enormes, no podemos
recargarnos, o refugiarnos, en las
comunidades indígenas o dejarlos solos en la
defensa de los valores de la tierra,
pensándolo como un problema de los que viven
en el campo, sino que es un problema también
de la ciudad y desde la ciudad.
Acompañado eso de una nueva
mística por los valores comunitarios, de una
revaloración de lo colectivo. La adopción
de principios comunitarios provenientes del
legado ancestral es una cuestión más
compleja dada la predominancia del
individualismo egoísta que terminó por
imponerse en la sociedad de consumo. Pero es
también tarea inaplazable para sanar las
enfermedades sociales que amenazan la
cohesión social, y para abrir camino a un
cambio cultural implicado en el avance hacia
una sociedad sustentable.
5- Necesidad de una ética
médica multicultural
La intensificación de
relaciones multiculturales en el ejercicio
terapéutico impone la creación de espacios
de diálogo e intercambio de conocimiento,
así como el pacto sobre reglas de juego
comunes a las diferentes perspectivas
médicas.
La perspectiva ética ha
estado vinculada al juicio moral establecido
por las configuraciones religiosas. La gran
prueba de fuego al respecto para las
instituciones occidentales ha estado en la
posibilidad del funcionamiento de una
ética laica, no proveniente o deducible de
un cuerpo de creencias religiosas, o por
lo menos no impuesta sobre el soporte de
ellas. Por eso, el principio moral
fundamental de la sociedad moderna está en
una ética de la responsabilidad individual y
en el desarrollo de un cuerpo de doctrina
del derecho positivo y de las instituciones
jurídicas correspondientes que controlen y
sancionen las desviaciones respecto de un
comportamiento humano respetuoso de los
semejantes y de la convivencia.
Dentro de las condiciones
actuales, una ética de la práctica medicinal
indígena –en el formato de códigos o
cualquier otra forma de normatividad– no
puede plantearse sino dentro de una
comprensión multicultural, esto es, válida
para todas las orientaciones médicas,
independiente de su proveniencia cultural.
El planteamiento de “éticas
específicas” según la cultura, y
particularmente de una ética, o código de
ética indígena, solo contribuye al
aislamiento y auto–segregación de esta
práctica y dificulta una verdadera
convivencia multicultural de las prácticas
médicas. La visión de pueblos y realidades
aparte aísla y esconde influencias,
asunciones, imbricaciones culturales,
evoluciones sincréticas que se van asentando
y dando como resultado realidades culturales
nuevas que difícilmente caben dentro de
marcos normativos particularizados.
La inserción plena de las
medicinas tradicionales indígenas en la
sociedad occidental moderna debe partir de
su reconocimiento como parte del Sistema
General de Salud y dentro de la normatividad
que lo rige,
así como son reconocidas dentro de él otras
medicinas y terapéuticas alternativas.
Así mismo, el sistema
académico médico debe crear espacios de
conocimiento y de investigación de éstas
prácticas, convocando permanentemente a los
operadores de dichas medicinas y propiciando
el diálogo de saberes con ellos.
El baremo que rija todas las
prácticas médicas debe estar inscrito dentro
del derecho positivo, aún con las
prescripciones que especifiquen las
particularidades del ejercicio médico
indígena. Esto puede significar la
aceptación y el reconocimiento institucional
de una práctica médica legendaria, a la vez
que propicie la autorregulación de este
ejercicio dentro de las comunidades
indígenas y sus organizaciones de médicos.
Para las propuestas concretas
de eticidad y normas morales prácticas en el
ejercicio de las medicinas, dentro de la
diversidad reinante, un principio ético
fundamental es el Respeto: respeto por
las culturas –su derecho a existir– y por
las representaciones simbólicas que las
guían; respeto por el paciente y su derecho
a decidir los procedimientos terapéuticos
adecuados a la comprensión de su enfermedad
y a sus creencias personales; respeto por
las plantas sagradas o de conocimiento y a
las prescripciones para usarlas.
Dentro de todas las variables
que juegan en el acto terapéutico, no se
puede desconocer la del dinero, o la de los
costos del tratamiento y de los servicios
del terapeuta. Si bien el mercado puede
contribuir a regular las asignaciones a los
diversos factores, no se puede dejar librado
este aspecto solo a ese mecanismo: una
fundamentación ética al respecto debe
establecer principios de solidaridad y
accesibilidad de los menos pudientes a los
servicios de salud, privilegiando siempre el
alivio del dolor y la sanación, creando, por
ejemplo, sistemas de subsidio para esos
sectores.
El aspecto más íntimo de la
relación médico/paciente está en la
consideración de la autonomía del paciente,
de su percepción y conocimiento sobre su
salud, de su responsabilidad en el cuidado
personal. Un aspecto importante entonces de
la ética médica es no propiciar la
dependencia del paciente, creando una
especie de clientelismo comercial, y hasta
político y espiritual. Respeto a la
autonomía e independencia de los pacientes y
contribución a su empoderamiento personal.
Bajo los principios y valores
señalados creemos posible la convivencia de
las diferentes perspectivas terapéuticas,
que permitan el reconocimiento y
recuperación de ese precioso tesoro que
significan las prácticas y conocimientos
ancestrales, heredados de los antepasados
originarios de la América.
San
Juan de Pasto, Agosto 18 de 2010
Comunicaciones con el autor:
chamanic@visionchamanica.com
El autor
agradece a la Gobernación de Nariño la
invitación a participar de este Encuentro;
asimismo a todos los funcionarios y
entidades que lo hicieron posible. |