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Medicinas Étnicas
La Medicina Tibetana
Por: Claude B. Levenson
Desde
hace algunos años, el interés que provocó el
“descubrimiento” del Tíbet ocasionó
que la medicina tibetana fuera objeto de
estudios e investigaciones, tanto en los
Estados Unidos como en Europa. Por ello, en
julio de 1986, el Wellcome Institute for
the History of Medicine convocó en
Londres a un congreso, seguido por una
exposición muy completa. En 1983, ya se
había organizado una conferencia
internacional sobre el mismo tema en
Venecia. Lo que es más, algunas
universidades estadinenses recientemente
interesadas en curar el SIDA analizaron las
posibilidades que ofrecía la medicina
tradicional del Techo del Mundo para aliviar
los sufrimientos de los pacientes
condenados, incluso para encontrar una forma
de detener el avance de la enfermedad. Según
ciertas informaciones publicadas en la
India, algunos enfermos, especialmente dos
de los Estados Unidos y dos de Dinamarca,
sometidos a un tratamiento tibetano, estaban
respondiendo favorablemente.
Sin esperar ese principio de reconocimiento
de Occidente, los tibetanos desde tiempos
muy remotos supieron el valor de sus métodos
de curación. A lo largo de los siglos, por
lo menos desde hace dos milenios y medio, la
tradición no cesó de enriquecerse y de
mostrar su eficacia, a tal punto que en toda
la Alta Asia, el Techo del Mundo se había
formado una reputación de “país de la
medicina”, también llamado “país de
las plantas medicinales”. No hay
exageración alguna en estas denominaciones,
si se piensa en la cantidad impresionante de
hierbas y plantas, frecuentemente
desconocidas en otras partes, que monjes de
los colegios de medicina recogen en las
altiplanicies de esos valles perdidos. A
esta herbolaria se añadían piedras, metales,
productos de origen animal para la
elaboración de píldoras. Era muy apreciado
el saber de los detentores de secretos
medicinales sometidos a un régimen
espiritual y a una práctica específicamente
constreñida durante el periodo de
preparación de los remedios.
No es casualidad que, desde los primeros
tiempos del exilio, el Dalai Lama se
preocupara inmediatamente por conservar esta
preciosa tradición. El Centro Médico de
Daramsala conoció en sus inicios algunas
dificultades, que persisten todavía hoy,
debido a problemas financieros. Pero lo
esencial se salvó, se mantuvo y revitalizó
gracias a la obstinación de algunos médicos,
lamas o laicos, que no escatimaron
esfuerzos, para reagrupar sus experiencias
pasadas y, sobretodo, transmitir a manos
seguras y bien preparadas una tradición que
estuvo a punto de ser aniquilada.
La formación de los médicos-monjes es más
aleatoria hoy que en el Tíbet de ayer, por
los resultados de la acelerada
secularización de las estructuras de la
sociedad que se dio por las presiones del
exilio. Sin embargo, aún permanece la
relación fundamental entre terapia y
espiritualidad, entre fundamentación
metafísica y acción práctica. Por otra
parte, ¿acaso el Buda en persona no es le
médico supremo, el único que puede curar de
los “tres venenos”, la ignorancia, el
apego y el odio, que son justamente las
causas esenciales de la enfermedad?
Por lo tanto, no debe sorprender que se
encuentren estos diversos aspectos mezclados
inextricablemente desde un principio. La
mayoría de los médicos tibetanos, si no
todos, tienen una formación espiritual muy
avanzada, exigiéndose un ascetismo
personal perseverante, paralelo al
estudio de los síntomas, de las
enfermedades, de los medios de diagnóstico y
de los métodos de curación. Con varios
siglos de antigüedad, los tratados de
medicina, con placas anatómicas y
descripciones explicativas, sirvieron para
formar a generaciones de médicos, fabricar
remedios eficaces y, –afirman algunos– para
describir las enfermedades del futuro… a las
cuales se enfrentan hoy los científicos. En
todo caso, según la tradición, se hizo una
lista de 404 enfermedades.
En conjunto, la medicina tibetana le debe
mucho a la medicina ayurvédica hindú, la
cual cuenta con una antigüedad de varios
milenios. El texto más antiguo, traducido
probablemente del sánscrito, se remonta al
siglo IV de nuestra era. Más adelante se
modificó. Fue completado, y paulatinamente
se desarrolló para terminar, hacia finales
del siglo XII, en la forma en que se le
conoce actualmente, redactado por Yuthog
Yontan Gonpo, el Joven. Con el título de
Los cuatro tantras orales secretos de las
ocho ramas de la esencia del néctar,
se presenta como un diálogo entre los
rishis (videntes) Yid-las-skya y Rig-pa’i
Yeshé, ambos emanaciones del Buda de la
Medicina. La obra comprende 156 capítulos y
5900 versos, divididos en cuatro tomos, y se
ocupa sucesivamente del cuerpo (fisiología,
anatomía y especialmente embriología), de la
pediatría, ginecología, desórdenes causados
por objetos, toxicología, geriatría,
fecundación y reproducción.
El rasgo sobresaliente de esta medicina
es, sin duda alguna su carácter holístico:
el budismo enseña que el hombre es, a la
vez, espíritu y cuerpo. De allí la
importancia primordial del medio ambiente,
de las energías tanto físicas como psíquicas
que lo afectan, de su comportamiento
personal frente a la vida y la enfermedad.
Tanto más cuanto que para un budista tiene
que existir una relación dinámica entre el
hombre y el universo. Esto también se
expresa al decir que existe una estrecha
relación entre lo mental y lo físico. Se
debe señalar también una singularidad de la
medicina tibetana: la de la noción de
enfermedad kármica, es decir, ligada a
condiciones específicas de vidas anteriores.
Estas afecciones se atienden con
tratamientos muy particulares, más cercanos
a un ritual religioso que a los métodos
prácticos comúnmente utilizados.
Según la tradición tibetana, el cuerpo está
formado fundamentalmente, por las cinco
energías cósmicas que son: Tierra, Agua,
Fuego, Aire y Espacio. Se considera
inútil insistir en desarrollos filosóficos
que este concepto implica. No obstante,
estas energías, en primer lugar, son fuerzas
dinámicas; su sinergia es esencial para un
funcionamiento equilibrado, cada una de
ellas específicamente ligada a un sentido
físico, a una parte determinada del cuerpo y
a un centro interior. El menor desequilibrio
entre ellas produce malestar o enfermedad.
Las estaciones del año y los astros también
tienen un papel que desempeñar en este marco
tan complejo. En el momento de la muerte
natural (cuando el arco de vida impartido a
cada uno, las fuerzas kármicas y los méritos
acumulados llegan a su punto de
agotamiento), estas energías pierden sus
poderes propios y se desvanecen poco a poco.
Primero, la Tierra se ve absorbida por el
Agua, en tanto que la visión se enturbia.
Luego, el Agua se diluye en el Fuego y las
cavidades interiores del cuerpo se disecan.
Después el Fuego es absorbido por el Aire,
cuando el calor del cuerpo desaparece. Por
último, el Espacio absorbe el Aire y la
respiración cesa…
Para fines de diagnóstico, el médico
tibetano procede primero a un examen de
la orina. Luego pasa a escuchar el
pulso, que toma simultáneamente con tres
dedos (el índice, el medio y el anular), lo
que le permite determinar el carácter
“caliente” o “frío” de la enfermedad.
Este arte es exclusivamente tibetano y se
requiere un mínimo de seis años de práctica
para que el candidato sea autorizado a
establecer un diagnóstico, bajo la mirada
atenta de su maestro, por este medio de una
extremada sutileza y de una sorprendente
precisión.
Sin embargo, tomar el pulso no es un método
suficiente: para que esta “escucha” del
cuerpo sea completa, el médico debe tener
en cuenta factores estacionales y
astrológicos porque las pulsaciones
difieren, según se produzcan en uno u otro
momento del año. Conviene igual mente no
descuidar las influencias solar y lunar, si
bien el instante ideal para examinar con
mayor justeza a un enfermo se sitúa entre el
momento en que se inicia la aurora, cuando
las energías del sol y de la luna se
encuentran brevemente en equilibrio
dinámico, instante asimismo en que las
líneas de la mano son más claras…
Para los tratamientos, el practicante
insiste para empezar en la aplicación de los
métodos suaves utilizados en un ambiente
relajado y cálido. Además de cocimientos,
cataplasmas, ungüentos, baños, masajes,
régimen alimentario, píldoras vegetales y de
otros tipos, el médico recurre a veces a la
moxibustión (de origen mongol) y a la
aguja de oro. La acupuntura tibetana
es muy distinta de la china y se ha empleado
en otras condiciones; se dice que incluso es
anterior a la china. Otras técnicas más
modernas se utilizan en otras condiciones si
los medios tradicionales no tienen efecto,
pero el practicante tibetano siempre tiende
a tomar en cuenta el tiempo como factor de
curación o el retorno del equilibrio de las
energías desestabilizadas, porque, en su
criterio, el enfermo es un todo indisoluble
con el mundo en el que vive. Probablemente,
esta es la única medicina del mundo que sabe
combinar armónicamente aspectos
espirituales, físicos y cósmicos del hombre,
hasta el punto que –ironía de la historia–
la medicina tibetana siempre se ha tenido en
muy alta estima en China…
El presente texto fue tomado de la
edición en español de "El Señor del Loto
Blanco. El Dalai Lama", del Fondo de Cultura
Económica en 1994, en la que este artículo
aparece como Anexo, y se reproduce con
autorización de la autora, quien hace la
siguiente salvedad: "dicho texto ha sido
publicado por primera vez en 1987 y desde
aquel entonces, hay libros mucho mas
documentados al respecto, y siguen los
intercambios entre les 'amchis' tibetanos y
los médicos, científicos y doctores
occidentales...". Dirección de contacto con
la autora:
claude.levenson@gmail.com
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