La salud es uno de los mitos que ha reemplazado el de las morales religiosas
que manejaron el mundo hasta la modernidad.
Hay una tendencia muy fuerte en nuestra cultura de pérdida del proceso de
individuación, una marcada tendencia a perderse uno en la masa.
Tocaría generar un modelo totalmente contracultural en que Ud. encuentre una
forma de vida en la cual le respeten su propio destino.
Hoy en día veo más la drogadicción como una forma de vivir que como una
patología
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Sicoterapeutas y Drogadicción
Drogas y Adicciones
Los sicoterapeutas somos
los policías
del sistema cultural
Entrevista de Ricardo Díaz con Ignacio Vergara
Ignacio Vergara Carulla es un
personaje muy singular. Siquiatra bogotano, arribando a los sesenta y
muy conciente de sus años, hoy en día se toma las cosas con
tranquilidad, “perro viejo late echado”, nos dice. Atiende una consulta
muy numerosa, dirige los talleres de biodanza “Danzar la vida”,
participa en sesiones de meditación zen y en prácticas de “Danzas
Sagradas”, pero no pretende liderar nada, “no quiero que nadie crea o
siga lo que yo hago”. Nos atiende en su consultorio y acepta hablar
sobre el tema de las drogas y las adicciones.
Uno de los temas de la actualidad, las
drogas, atraviesa prácticamente todos los aspectos de la realidad, el
político, el económico, el de relaciones internacionales, el legal, el de
salud; ¿Cómo se podría caracterizar esta cuestión desde el punto vista de
la Salud Pública?
Hablar de la droga y de la salud implica ubicarse dentro del contexto
de la moderna religión de la salud y de la higiene, con una definición
“externa” del bienestar o malestar humano, de la realización o no
realización humana. Es uno de los mitos que ha reemplazado el de las
morales religiosas que manejaron el mundo hasta la modernidad. Al hablar
de salud tenemos que acomodarnos a una idea exterior al proceso de vida de
una persona concreta y definida en su existencia, y entrar en el concepto
de “la normalidad”, que es el patrón de lo que el grupo social dominante
define como sano.
De otra parte, al hablar de droga hay que especificar, porque llamar
drogas al prozac, a la cocaína, o al yagé de la misma forma, es hablar de
tres realidades completamente distintas. A mí me gustaría más referirme a
tres tipos de drogas: las químicas, que de alguna manera refuerzan los
patrones tóxico-sociales, como el éxtasis, la cocaína, las anfetaminas;
las drogas que llamamos de la farmacopea de los médicos, las drogas del
establecimiento, que buscan proporcionar un bienestar a la persona dentro
del patrón cultural; y las que podemos llamar enteógenas o
sicotrópicas-enteógenas, que son sustancias que nos sacan de la conciencia
masificada y nos ponen en contacto con formas de conciencia “no–normal”.
Si hablamos de drogas medicadas, son drogas que refuerzan la salud social,
si es que vamos a entender por salud social la adaptación a la conciencia
masificada. Si vamos a hablar de drogas sicotrópicas sociales (éxtasis,
cocaina), nos referimos a drogas que estimulan aun más la masificación de
la conciencia, o sea la inconciencia individual como proceso creativo. Al
hablar de drogas enteógenas, hacemos alusión a sustancias que crean
estados de conciencia muy subjetivos, estimulando efectos opuestos a las
anteriores. Un antipsicótico que formulo como siquiatra, produce un efecto
exactamente opuesto al de un enteógeno: Actúa sobre una persona cuyos
procesos de pensamiento se están alejando de los contenidos que pueden ser
compartidos socialmente creando un proceso de individuación exacerbada y
disfuncional en la conciencia social, le modifica aquellas diferencias que
va creando para que vuelva a ser común y corriente, para que sea
ordinario.
¿Podríamos entonces hablar de la drogadicción, como de una patología
propia de la modernidad o de la civilización industrial? Más allá de las
sustancias mismas ¿se puede hablar de una sociedad adictiva?
Nuestra cultura contemporánea está marcada por la masificación, por la
“normalidad”. Normal es lo que cumple los patrones de la cultura
imperante. Anormal es lo que se sale del proceso de masificación de la
conciencia el cual se lleva a cabo a través de los medios de comunicación
masivos, los métodos pedagógicos, las técnicas de adaptación de conducta y
otros procedimientos cada día más sutilmente violentos.
El individuo tiene cada vez menos capacidad de desarrollar su proyecto
existencial como un proyecto propio. Hay una tendencia muy fuerte en
nuestra cultura a la pérdida del proceso de individuación, del proceso de
realización personal; una marcada tendencia a perderse uno en la masa.
El grupo dominante puede de alguna manera tener sometida a una gran parte
de la población si toda desea lo mismo y si puede proporcionarle lo que le
enseñó a desear. Es la antigua práctica de los gobernantes romanos de dar
“pan y circo” al pueblo para tenerlo distraído.
En la medida en que una persona está distraída, entretenida, satisfaciendo
unas necesidades que se aprenden, esa persona no está haciendo un proceso
propio de desarrollo. De esta manera no es peligrosa para el grupo
cultural dominante, no va a ser conspiradora, no va a cuestionar el patrón
cultural.
En la medida en que uno se va desprendiendo de su proceso individual, se
va volviendo mucho más adicto a las necesidades que le enseñan a sentir,
p. e. la necesidad del dinero, la necesidad del sexo, del estímulo, del
excitamiento. Las distintas clases de estímulo que generan las
circunstancias de la vida, son la motivación natural de la persona para
desarrollar su creatividad en miras al desarrollo de su proyecto
existencial individuado. Pero si por falta de los estímulos naturales (la
inseguridad, la frustración, la enfermedad, etc) que nuestra cultura
elimina dentro de la religión del bienestar, creamos estímulos
artificiales, como ver una telenovela y llorar, o montarse en una montaña
rusa para sentir pánico, o meterse un ácido, vamos abriendo el campo a
conductas que no tienen relación con una circunstancia vital, las cuales
se vuelven adictivas , ya que aprendemos a desarrollarlas por la sensación
que producen y no como un proceso de crecimiento, adaptación o realización
conectado con nuestra vida. Son conductas fatuas que no buscan una
transformación en el ser que la realiza y en el entorno en donde
repercuten. La motivación de la acción no es la creación sino la
sensación, creando de esta manera la condición adictiva (El ratón que
pulsa la palanca, que activa el electrodo, que le produce placer en un
sitio del cerebro).
La cultura contemporánea es una cultura adictiva, porque de alguna manera
genera necesidades comunes en una gran masa de gente y esas necesidades
son neuróticas, o sea no relacionadas con la realidad presente (p.e. los
seguros, las neurosis de futuro, el miedo a la vejez).
¿Porqué se hacen adictas las personas?
Yo creo que es una cuestión de desconexión. Cuando tu naces en un sistema
familiar en el cual tu madre goza con el hecho de que existas, acepta tu
vida como una vida diferente a la de ella, o sea: acepta que tu proceso
existencial es distinto al que ella vivió y tiene una confianza básica en
la bondad fundamental del universo, tu vas a crecer relacionándote contigo
mismo y utilizando el entorno y lo que acontece alrededor como un recurso
al cual acude tu conciencia para hacer tu propia existencia individual,
porque cada conciencia es la danza del Creador de una forma concreta y
diferente.
Pero si naces en un sistema familiar donde el papá y la mamá viven en una
bronca permanente, como son los matrimonios contemporáneos, en una guerra
sexista para ver quien es el que manda, tu entras a ser un objeto de esa
guerra. Y vas a crecer completamente desconectado de ti mismo; no vas a
saber que es lo que tú necesitas y quieres. Tu vas a crecer sin tener
claridad ni destino de tus deseos y tus metas.
El adolescente nuestro no sabe cual es su territorio, no sabe qué pelear
para él. Entonces, cuando prueba la marihuana, que es una planta muy
bondadosa, muy maternal, el efecto lo libera por un tiempo del sentimiento
culposo y de la conciencia resentida, lo sumerge en un espíritu de no
conflicto y le disminuye su conflicto interior y con el exterior. Aunque
si el conflicto con el exterior es muy fuerte, la marihuana le puede
producir paranoia, o sea que se exacerba más.
Entonces entre más conflictivo sea el sistema familiar del adolescente,
entre más negado haya sido por sus padres, entre más perdido esté de sí
mismo, más posibilidad tiene de volverse adicto.
Porque la marihuana te puede dar unas luces, te permite unos estados de
conciencia especiales, que después tu los debes buscar en tu cotidianidad
y conseguirlos sin la ayuda de la planta. Solo así puede ser un guía que
te muestra una ventana al mundo, pero tu tienes que entrar por tu cuenta,
tu no entras a ese mundo de la mano de la marihuana. El chamán con su
planta enteógena se abre a un mundo, pero él no vive en ese mundo, el baja
de su planta enteógena a la cotidianidad.
Cuando la realidad exterior es demasiado agresiva, y la persona tiene
recursos para eludirla huyendo a los mundos de la inconsciencia y el
ensueño, la adicción a sustancias como los pegantes, la misma marihuana,
las metacualonas o los hipnóticos, es sencillamente una estrategia de
adaptación para evitar el dolor y el sufrimiento excesivo de esa
existencia.
Hablemos de los tratamientos antidrogadicción, ¿Qué opinión tienes de
los tratamientos convencionales? ¿Qué grado de eficacia tienen?
Ese es un tema muy álgido. Como plantean Laing, Cooper, Vasaglia o
Foucault, nosotros los llamados terapeutas somos los sacerdotes de la
normalidad: somos los encargados por el sistema de recoger a los que están
tratando de salirse del montón y volverlos a traer.
El 90% de los tratamientos no generan un espacio continente, un entorno
que le permita al paciente la búsqueda de sí mismo, sino que buscan
adaptar a ese ser nuevamente a la vida social. Gran parte de los
tratamientos hoy en día proponen “mire no importa que meta, lo que importa
es que Ud. siga estudiando, que cumpla con lo que se espera de Ud.”
La mayoría de tratamientos fracasan por eso; lo que hace el tratamiento
siquiátrico, o sicológico, o sicoterapéutico convencional es intentar
mostrarle al adicto la cantidad de cosas buenas que se está perdiendo por
su toxicomanía y de las cosas que podría ganar si la deja. Pero en el
fondo él seguirá con la sensación de que se perdió a sí mismo.
Un tratamiento que realmente lo fuera, debería ser una propedéutica –así
llamaban los griegos el coger de la mano a una persona y acompañarla en la
búsqueda de su destino–. De alguna manera, debería orientarse a permitir
que la persona salga de su sistema familiar, donde aprendió a ser
drogadicto, salga de su sistema cultural donde se defiende a través de la
drogadicción y se le permita otra forma cultural de vida; pero entonces no
lo pagaría la cultura, porque sería generar una contracultura. Que fue un
poco lo que pasó con el movimiento y las comunas beat norteamericanos de
los años 70: la cultura siente que esa gente se perdió, porque ellos viven
por allá sin cumplir los patrones de la producción y el comercio. Si el
joven está haciendo artesanías en Villa de Leyva, a la familia no le
importa que meta o no bareta, lo que les importa es que dejó de ser doctor
y se perdió.
Lo que tratan los terapeutas actuales –los policías de la cultura, como
nos llama Foucault–, es encarrilar las ovejas que se están saliendo del
rebaño, pero no son realmente tratamientos en el sentido propedéutico de
ayudar a esa persona a encontrar su propio camino. Tocaría generar un
modelo totalmente contracultural en que Ud. no se sienta presionado a ser
doctor, que Ud. encuentre una forma de vida en la cual le respeten su
propio destino.
Últimamente se ven tratamientos de la drogadicción con métodos
religiosos, particularmente de iglesias protestantes. ¿Qué opinas tu de
esto?
El drogadicto es una persona muy confusa, hija de un sistema familiar
que navega en la confusión. Pero el dolor de no encontrarse a sí mismo
puede ser sosegado por un proyecto existencial prestado que el adicto
apropia. El perder su alma es tan doloroso, que si le prestan un alma se
siente más o menos sosegado. Funciona durante un tiempo.
Un muchacho de estos se puede volver fanático de una creencia religiosa,
de una iglesia o de un movimiento religioso. Se apega a eso porque él
tiene mucha necesidad enorme de claridad, él se aliena en algo que sea
menos incongruente que su sistema familiar y muchas veces se aliena en
ello. Cuando llega a una Iglesia, a un seminario, lo que hacen es
prestarle un alma y le dan la posibilidad de una afiliación clara y
definida: si Ud. pertenece a esto Ud. es bienamado por nosotros. Pero por
allá adentro sigue la sensación de “yo me perdí”.
La drogadicción, de alguna manera te da una identidad, tu eres alguien
frente a tu padre, frente a tu madre o frente al sistema y entonces tienes
una identidad, una fe: yo soy algo, yo soy un drogadicto. Entonces en
lugar de identificarse con la planta, o con el alcohol, o con la sustancia
como drogadicto, pasa a identificarse con la Iglesia o con el movimiento
religioso, o con lo que sea.
Si el alma se ha logrado mantener un poquito despierta, la pérdida del sí
mismo y del proyecto existencial propio sigue presente y entonces va a
llegar un momento en que hace crisis frente a ese nuevo pilar.
¿Conoces la propuesta de Takiwasi en el Perú?
Takiwasi es un modelo de comunidad terapéutica bien estudiado que utiliza
el yagé como uno de los recursos para romper el ego previo a la inserción
de la persona. Ahora, una vez que se rompe, viene el problema de que si no
hay un proceso de continencia para este personaje que tuvo que crear ese
ego que mantiene el alma alienada, si no hay un ambiente de protección, de
comprensión, de aceptación, ese ego, apenas vuelve a salir al entorno
vuelve a lo mismo, porque tiene años y años de práctica en ese sistema de
defensa. De todas maneras hay personas que alcanzan a filtrar realidad
suficiente y el ego es suficientemente elástico como para comenzar a hacer
procesos adaptativos distintos y comenzar a desalienarse. Es válida la
experiencia, pero siempre advirtiendo que eso no cura, que eso
sencillamente abre una posibilidad que hay que trabajar.
“La misma luz que ilumina al águila enceguece al buho”; yo lo repito todo
el tiempo, porque si hay una persona que camina por la vida en busca de
algo de qué agarrarse, puede agarrar el movimiento Takiwasi como una
iglesia, y puede agarrar el yagé como los fanáticos del Santo Daime que
terminan siendo adictos a una religión que tiene una sustancia enteógena.
Esa gente no es adicta al yagé, es adicta a la iglesia del Santo Daime.
¿Qué otras novedades destacables en tratamientos de drogadicción
merecen ser mencionadas?
Yo me he alejado mucho del tratamiento de drogadictos y hoy en día veo más
la drogadicción como una forma de vivir que como una patología. Me parece
tan alienado el adicto al dinero, como al alcohol, al sexo, o al trabajo.
Si a mi me llega un paciente drogadicto, yo no lo trato como drogadicto,
lo trato como un ser humano que tiene una forma de vida como la que tiene
el banquero, o el que viene aquí muriéndose porque la mujer "le puso los
cachos", porque todos son adictos y todos tienen el alma alienada en algo.
Entonces yo cada vez me alejo más de esos modelos de tratamiento.
Se que se están haciendo muchos estudios y exploraciones respecto a los
tratamientos de las toxicomanías. Nuestra cultura es especialista en
generar Tabúes (prohibiciones absolutas) y al mismo tiempo Tótems
(endiosamientos y sacralizaciones) sobre un mismo objeto. El sexo es Dios
y es demonio, lo mismo la droga. Un niño que crece en esta cultura
incorpora la prohibición y el mandato al mismo tiempo. Se ha escrito ya
mucho acerca de los intereses políticos y económicos de mantener la
prohibición, la cual conlleva implícito el mandato.
Para terminar quiero decir que si volviera a trabajar con toxicómanos, no
me permitiría quedarme a la mitad de camino. El modelo que buscaría sería
semejante al de Cathexis, que es una comunidad norteamericana que trabaja
con esquizofrénicos. Ellos son radicales en la exigencia de romper
cualquier vínculo del paciente con su sistema familiar de por vida. Se le
lleva por medio de algunas técnicas de regresión a reiniciar su vida y su
formación creándole una posibilidad de reiniciar su camino sin perderse a
sí mismo en un mar de confusión. A este tratamiento lo llaman
"reparentalización”. Pero repito, se tendría que generar un espacio
contracultural porque una vez sea reparentalizado, tendría que habitar en
un espacio cultural que no le exija renunciar a si mismo.
La decisión de un toxicómano, que empieza ya a deteriorarse en la droga
es: “Juego mi vida, cambio mi vida, de todas maneras la tengo perdida”. Su
alma se perdió, se la chuparon, se alienó, el no tiene destino propio,
tiene el destino que le dieron sus padres.
Bogotá, Julio de 2003.
Comunicaciones a:
chamanic@visionchamanica.com
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