|
Edward O. Wilson: un héroe del siglo XXI
Por Alejandro Gaviria
Los
medios nacionales reportaron el evento de
manera escueta. Con la desidia de quien sólo
tiene tiempo para sus asuntos. Con el
desgano del embrollado en sus problemas.
Pero, en otro lugar o en otro tiempo, tenía
que haber sido la noticia de la semana.
Edward O. Wilson, uno de los científicos más
importantes del mundo, ganador de dos
premios Pulitzer, autor de decenas de libros
sobre temas tan diversos como el
comportamiento animal, la biodiversidad y la
naturaleza humana, visitó el país esta
semana con el fin de inaugurar la cátedra
Colombia Biodiversa, una iniciativa
conjunta de la Fundación Alejandro Ángel
Escobar y de un grupo de ambientalistas
nacionales encabezados por Christian Samper
y Manuel Rodríguez.
Edward O.
Wilson, de 79 años, es el decano de los
mirmecólogos del mundo, el experto mundial
en hormigas. Su carrera científica ha sido
paradójica. Un ejemplo de la universalidad
alcanzada por la ruta improbable de la
especialización, es como si el pequeño
orificio de la mirmecología le
hubiese permitido una visión privilegiada
del vasto panorama de la vida en la Tierra y
de la misma naturaleza humana. Wilson
describió las hormigas y fue universal. Una
trayectoria científica tan inverosímil como
encomiable.
El
peregrino
Wilson no
vino a Colombia solamente en función
pedagógica. Vino también en una
peregrinación personal. A seguirle los pasos
a José Celestino Mutis, “el primer
naturalista del hemisferio occidental”.
A mirar con sus ojos lo que Mutis había
visto con los suyos hace más de 200 años.
Wilson está escribiendo un libro sobre Mutis
—espera terminarlo el año entrante, cuando
se cumplen doscientos años de la muerte del
sabio español— y quería conocer de primera
mano la geografía de su nueva obsesión. La
tierra sagrada de la Expedición Botánica.
Wilson
estuvo el martes en Mariquita siguiendo las
huellas de Mutis. La peregrinación lo llevó,
primero, a su casa de habitación (sólo queda
la fachada) y, luego, al centro de
operaciones de la Expedición Botánica. Allí
recorrió los amplios salones y el patio
exuberante, estropeado por una piscina
moderna, improvisada probablemente por un
alcalde contratista. Wilson agradeció con
amabilidad las explicaciones de los guías
locales. Dio una vuelta rápida por el patio.
Y abandonó el lugar con impaciencia. Con el
deseo febril de visitar el bosque seco
tropical donde había trabajado Mutis.
El
peregrino no quería perder tiempo con las
reliquias. Su meca eran las hormigas. Y en
particular, una especie de hormiga
legionaria que había sido descrita por Mutis
y que Wilson quería redescubrir
personalmente. A la salida de la casa,
Wilson subió a un pequeño monte, rodeado por
una romería de niños curiosos, uno de los
cuales preguntó con desenfado: “¿Es qué
nunca ha visto hormigas o qué ?”. Ya próximo
a la cima, el profesor Wilson encontró una
hilera de hormigas frenéticas. Recogió
varias de ellas y las miró con la lupa que
traía colgada al cuello. Por un momento,
creyó haber encontrado lo que andaba
buscando: la hormiga de Mutis, la legionaria
de cabeza grande. Pero después de unos
minutos cayó en cuenta de su error. La
emoción lo había llevado a confundir el
objeto sagrado con una falsificación, con
una hormiga distinta. Corriente. Devaluada.
Ya
cansado, con la decepción propia de los
peregrinos, Wilson descendió hacia la plaza
del pueblo. La romería había desaparecido y
tuvo tiempo para apreciar los detalles
locales. Mencionó la prosperidad del pueblo
y la alegría silenciosa de sus habitantes,
distinta, en su opinión, a la estridencia
musical de otras partes. Sus comentarios
sociológicos, inocentes, casi triviales, no
delataban al científico combativo, al
protagonista de una de las confrontaciones
intelectuales más intensas del siglo XX.
El
científico combativo
En 1975,
Edward O. Wilson publicó Sociobiología,
su obra cumbre, probablemente el libro sobre
comportamiento animal más importante de
todos los tiempos. El libro tiene 27
capítulos. Los primeros 26 son asunto de
especialistas. El último —el célebre
capítulo 27, dedicado a la especie humana—
generó una de las polémicas más candentes en
la historia de las ciencias. Wilson
sostiene, en el capítulo final, que el
comportamiento social de la especie y la
misma naturaleza humana tienen una fundación
biológica. Que la ética y la estética tienen
una base genética. Que estamos
preprogramados de emociones y conocimientos.
Que la cultura no arranca de cero, que
construye sobre lo heredado.
Después
de la publicación de Sociobiología,
Wilson fue acusado de racista. De liderar
una confabulación capitalista para perpetuar
la opresión de los oprimidos. Sus clases en
la Universidad de Harvard se convirtieron en
mítines políticos. En 1978, en una reunión
de la Sociedad para el Avance de la Ciencia
de los Estados Unidos, Wilson fue recibido
por una multitud rabiosa que lo acusaba de
genocida. Uno de los manifestantes le arrojó
una jarra de agua en el rostro. Otro le
arrebató el micrófono y comenzó a gritar
consignas enfrente de una audiencia de
mirmecólogos sorprendidos.
Los
debates de entonces ya quedaron atrás.
Muchas de las ideas expuestas en
Sociobiología son hoy aceptadas sin
discusión. Ya nadie las asocia con la
eugenesia y con las peores formas del
racismo y la exclusión. El debate está
terminado, “ido afortunadamente”, comentó
Wilson en una pausa después del almuerzo en
Mariquita. A su llegada al restaurante,
Wilson había cebado el lugar con pedazos de
panela —el principal producto de la región—,
con la idea de atraer a la hormiga de Mutis.
Al final sólo apareció una hormiga negra,
diminuta, que Wilson recogió con destreza y
guardó en un tubito de vidrio con alcohol.
Un destino inesperado (y feliz, diría yo)
para la inocente víctima.
“Si las
hormigas hubieran desarrollado la bomba
atómica, se habrían autodestruido”, dijo
Wilson a la salida del restaurante. El
comentario tenía implícita una defensa de la
humanidad. Y una crítica a todos aquellos
que ponen a la comunidad por encima del
individuo. Wilson es un hacedor de
aforismos. Un cultor de la economía del
lenguaje. El debate político suscitado por
sus ideas concluyó, en mi opinión, con su
célebre sentencia sobre el marxismo: “Teoría
maravillosa. Especie equivocada”.
El
activista
Si en los
años setenta Wilson ingresó a la arena
política empujado por sus contradictores, en
los años noventa lo hizo por decisión
propia. Wilson es probablemente el campeón
mundial de la biodiversidad. Uno de los
voceros más célebres (y elocuentes) de la
conservación, de la necesidad de proteger la
vida en la Tierra. Sus argumentos son los de
un científico racional. La biodiversidad,
argumenta, incrementa la capacidad de
recuperación de los ecosistemas. Los costos
de la conservación son ínfimos (una milésima
de la producción mundial) y los beneficios,
incalculables. La protección de 25 áreas
críticas del planeta salvaría 40% de las
especies amenazadas. Etc.
Pero
Wilson reconoce que su lucha no se definirá
en el ámbito de la razón. La conservación,
dice, debe asumirse con una intensidad
religiosa. “La paradoja de la religión
—escribió en Sociobiología— es que
aunque mucho de su fondo es ostensiblemente
falso, continúa siendo una fuerza poderosa
en todas las sociedades”. A pesar de lo
escrito, Wilson aspira a fundar una nueva
religión basada en la ciencia, en la
apreciación racional de la vida en la
Tierra. A crear una ética sustentada en el
conocimiento. Y alejada del mito. Una
religión racional, casi una contradicción en
los términos.
La mezcla
de ciencia y devoción religiosa parece
forzada. Retórica. Incluso falsa. Pero
camino a Mariquita, la sinceridad de Wilson
se reveló claramente. A la altura de
Sasaima, la caravana de peregrinos se
encontró con un trancón kilométrico.
Inexplicablemente la policía de carreteras
había detenido el tráfico en ambos sentidos
para facilitar la demarcación de la vía.
Wilson salió del vehículo para estirar sus
piernas. Y después de caminar 50 metros,
encontró un hormiguero al borde de la
carretera. Inmediatamente se arrodilló con
devoción religiosa. Y permaneció así por
unos minutos, como si estuviera rezando, con
los ojos a pocos centímetros de la
superficie y la lupa en su mano como si
fuera un ícono sagrado. La sinceridad de su
credo (de la defensa de la biodiversidad
sustentada en la pasión por la ciencia) no
dejaba dudas.
La
imagen de Edward O. Wilson arrodillado en
una carretera colombiana resume, en mi
opinión, la importancia de su visita a
Colombia. Wilson nos permitió, así fuese por
unos días, mirar a nuestro país a través de
sus ojos. Y apreciar, entonces, nuestro
pasado, la valiosa (y olvidada) obra de
Mutis. Y nuestro futuro, la preciosa (y
amenazada) biodiversidad.
Epílogo
En una
rueda de prensa celebrada minutos antes de
su cátedra, Wilson dijo que los héroes del
siglo XXI serán quienes hagan algo por la
preservación de la vida en la Tierra.
Después de su conferencia, cientos de
jóvenes lo rodearon con un entusiasmo
religioso en busca de una fotografía
furtiva, de un autógrafo improvisado, de
cualquier amuleto providencial. Muchos de
ellos, no cuesta imaginarlo, serán los
héroes del futuro, los que librarán la lucha
definitiva —urgente, diría yo— por una nueva
y arrasadora utopía de la vida.
Se
publica en visionchamanica.com con
autorización del autor.
Publicado
en "El Espectador" el Sábado 1º de
Septiembre
Publicado
en
http://agaviria.blogspot.com/
el Sábado 1º de Septiembre
Foto
portada de Herminso Ruiz de "El Espectador"
|