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Eldorado
Otro 12 de Octubre
Buscando a
Eldorado
Por:
Fernando Urbina Rangel

Laguna de
Guatavita, Cundinamarca – Colombia, F.
Urbina Rangel - 1983
Eldorado
¡Oro!... ¡Oro!...
Corría la voz...
La voz del Almirante,
La del conquistador,
El codicioso.
Y el oro estaba aquí,
Resplandeciendo
En la nariguera del jefe,
En el pectoral del guerrero,
En el bastón del brujo,
En la tumba en que habitaban enormes
muertes;
En la ofrenda a los dioses
Dadores de buenas cosechas,
Dadores de larga vida.
Pero esos hijos del Sol,
Esos dueños de truenos y de rayos,
No daban vida:
Daban largas agonías
A cambio del oro de la ofrenda,
Y más y más codiciaban,
Y más y más buscaban
Y en la búsqueda
Lo buscado creció hasta desbordar
Los límites del alma.
Sólo cuando cada invasor agonizaba
Su minúscula muerte le iba descubriendo
Que el más grande Eldorado estaba
hecho
Con la huidiza materia de los sueños.
Fernando Urbina Rangel
Bogotá, Colombia, octubre 12 de 1980
Buscando a Eldorado
En su origen, la expresión «El Dorado»
se refería a un cacique muisca que, cubierto
de oro en polvo y con profusión de joyas, se
bañaba despojándose de esos tesoros en la
laguna sagrada de Guatavita; cumplía
periódicamente con un rito mediante el cual,
convertido en un falo solar, se insertaba en
el húmedo vientre de la Madre Tierra para
fecundarlo con el semen dorado. Pero la
mente enfebrecida de los conquistadores
ultramarinos, ansiosos de obtener el
preciado metal –símbolo de riqueza y poder–
cambió el hecho original. Ya no sería un
personaje; esto se antojaba como muy poco;
la ilusión, mil veces engrandecida por la
codicia, lo fue transformando en toda una
comarca en donde la abundancia de oro era
tal que resultaría muy fácil conseguirlo. El
multiplicado espejismo se constituyó en la
creencia que alimentó la esperanza de los
ambiciosos y crueles europeos en sus
infatigables viajes de conquista. A esa
fabulosa y anhelada región se le dio el
nombre del mismo ensueño: Eldorado.
Hoy más que nunca, cuando se aproxima la
conmemoración del mayor y más reciente
encuentro entre las culturas del Viejo y del
mal llamado Nuevo Mundo, se afirma que la
búsqueda del enriquecimiento rápido, por
parte de los conquistadores, con ánimo de
regresar lo más pronto a Europa a dilapidar
lo mal habido, fue la causa de no haber
descubierto realmente el alma de la
verdadera Abya•Yala, obturándose para un
encuentro dialógico: la gente no se
descubre; se encuentra, y el encuentro es
mutuo.
¡Abya•Yala!... Nombre con que los Tules (Kunas)
designaron el continente que los europeos
dieron en llamar América. Significa
«Tierra en plena madurez», algo bien opuesto
el apelativo de Nuevo Mundo, que
implica algo por hacer... algo para
que otros vengan y lo tomen y lo llenen de
sentido... de «su» sentido.
Nos falta a los abyayalenses de hoy
autoencontrarnos y recrearnos, apreciando e
interiorizando, con cabal profundidad y
entereza, la herencia de nuestros
antepasados indios, cuyo mayor tesoro es su
existencia misma y la sabiduría que reposa
en sus tradiciones milenarias.
***
¡Oro! ... ¡Oro! ... ¡Oro! ...
Fue la palabra
Que los conquistadores
Más dijeron.
La paladearon tanto,
Que a poco de ensoñar
Fue la única habitante de su alma.
Y el oro estaba aquí:
En el pectoral de los caciques,
En la corona donde se incrustaban
Las plumas más lucientes,
En las vasijas de los príncipes,
En los bastones mágicos
De los brujos sapientes,
Y en las ofrendas a los dioses
Cuyo alimento era el oro de la ofrenda.
Primero, los conquistadores,
Maliciosamente,
Intercambiaron oro por baratijas:
Cuentas de vidrio, espejos,
Medallitas de lata...
Después, cuando creció su ansia,
Masacraron naciones,
Devoraron tesoros y se hartaron de sangre.
Y en cada nueva tribu conquistada,
Deseando se fueran los intrusos
Les decían:
–¡Más allá!... ¡Más allá está lo que
buscan!:
Ciudades con las calles
Empedradas de oro,
Las casas con columnas de oro,
Los hilos de las mantas son de oro...
−Y el invasor soñaba...
Sueños de oro.
Y así,
En su delirio,
Fue escalando mil montes
Sin apreciar los tintes del crepúsculo,
Ni el joyel de las noches consteladas,
Y se internó en las selvas del asombro
Sin percibir el oro en la mirada
Del jaguar al acecho,
Ni la amarilla flor,
Ni la pluma dorada,
Ni el insecto metálico que traza
Un rayito de sol entre la fronda.
Y después de profanar miles de tumbas
Y de vagar por todos los confines
Sin poder sosegar su ansia infinita,
Murió ignorando
Que Eldorado más grande estaba hecho
Con el saber profundo de los pueblos.
Fernando Urbina Rangel
Bogotá, Colombia, octubre 12 de 1989
fernandourbinarangel@hotmail.com
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