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Jacobo Díaz
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Sibundoy
Crónica
Experiencias de
una expedición al Valle de Sibundoy
Por:Ricardo Díaz Mayorga
La
idea de hacer “expediciones interculturales” nos había surgido ante los
recientes y reiterados informes sobre la situación de los pueblos
indígenas de Colombia, de olvido, de atropello, de indiferencia, de
extinción, y nuestra reacción ante eso: “No podemos seguir simplemente
lamentándonos, es necesario hacer algo concreto”. Y eso concreto que se
nos ocurrió fue proponer un flujo de intercambio –de conocimientos, de
visitas, de bienes materiales, etc.– con comunidades indígenas con las
que hemos tenido relación de tiempo atrás, particularmente aquellas
llamadas de la “cultura del yagé”, llevando grupos de personas
interesadas en conocer esta región y el modo de vida indígena y
propiciando también el beneficio económico de miembros de la comunidad,
así como la divulgación de su cultura. Planteamos la idea al Cabildo
Inga de Colón, quienes nos habían invitado para su Carnaval en Febrero y
estuvieron de acuerdo, dándonos pleno respaldo y apoyo organizativo para
la realización del programa propuesto.
La propuesta de expedición fue apellidada como “intercultural” y esta
denominación hace referencia ante todo a que el conocimiento de otra
cultura diferente a la propia puede enriquecer nuestra visión del mundo
y complementar nuestras estrategias de adaptación a la realidad que nos
corresponde vivir. Se pretende, entonces, que haya una aproximación
respetuosa a los componentes culturales mutuos: tradiciones, ritos,
formas de vida, conocimientos, etc., en los que se comparte y se aprende
mutuamente, pero además se establecen lazos múltiples y a largo plazo de
relación que pueden hacer que la cultura indígena sea más divulgada y
valorada, o que propuestas y proyectos de los visitantes puedan ser
viables dentro de las comunidades indígenas, según en ellas se
comprendan también los determinantes dentro de los que funcionan los
conglomerados urbanos de donde proceden los visitantes. Pero además, el
flujo que se establece debe tener beneficios concretos en los dos
sentidos: para los visitantes, quienes disfrutan y se benefician de
servicios que la comunidad les presta; y los visitados quienes son
remunerados y reconocidos por esos servicios. Visión de respeto que se
hace urgente en un país multicultural y multiétnico como Colombia. El
tiempo y la experiencia marcarán la evolución de las intenciones
iniciales.
El viaje quedó establecido para la semana santa –abril 6 a 12 de 2004–.
El martes 6 a las 6:00 PM el grupo de trece personas estábamos partiendo
hacia Mocoa desde el Terminal de Transporte de Bogotá. Nuestro destino
final era la población de Colón, para encontrarnos con los indígenas
Inga organizados en su Cabildo, y ansiosos de conocer este nuevo paisaje
para la mayoría y compartir en esos cinco días la forma de vida de esta
comunidad indígena. El grupo de expedicionarios, de composición
heterogénea, incluía 3 mujeres y 10 hombres, con un promedio de edad de
30 años, de ellos seis estudiantes. Sus actividades o temas de interés
iban, desde comunicadores –6 personas–, 2 ingenieros, un abogado, un
antropólogo, un músico, hasta un instructor de yoga y un
internacionalista profesor universitario. Equipados con sus dotaciones
especificadas previamente y cada quien con su “costal” de expectativas
nos acomodamos para pasar una noche de viaje en flota hasta la capital
del Departamento del Putumayo.
Ya desde Mocoa emprendimos nuevamente viaje en bus por una de las vías
terrestres más impresionantes que hemos conocido; se trataba de recorrer
algo más de 80 km, ascendiendo 1.500 metros para remontar la vertiente
oriental de la cordillera andina, en medio de profundos precipicios y
paisajes de exuberante vegetación , de caídas de agua, de hondas
cañadas, de rocas, montañas y picachos de todas las formas y tamaños.
El Valle de Sibundoy
Esta aventura de los ojos y de la emoción, a través de una estrecha
carretera sin pavimentar, culmina después de unas 4 horas de recorrido,
al divisar, por su entrada nororiental el hermoso Valle de Sibundoy.
Esta “tacita de verdor” –típico valle interandino de unas 8.500
hectáreas de territorio plano, ubicada a 2.100 ms. de altitud, con
temperatura promedio de 16ºC– constituye históricamente un corredor de
paso entre los Andes y la selva amazónica, por eso sus habitantes
indígenas conjugan elementos de las tradicionales civilizaciones andinas
y de las comunidades selváticas amazónicas, siendo activos promotores
del intercambio de bienes y saberes en los dos sentidos, particularmente
en cuanto a plantas, conocimientos y prácticas medicinales.
La población del valle es de unas 45.000 personas, de las que un 30% son
indígenas, repartidos entre las etnias Inga y Kamsá. Cuatro municipios y
dos corregimientos constituyen los núcleos urbanos del valle. De Oriente
a Occidente, en la vía Mocoa-Pasto, y en un trayecto de unos 15 km.
encontramos los municipios de San Francisco, Sibundoy, Colón y Santiago.
Los más antiguos en fundación y densos en población son Sibundoy –hoy
con unos 10.000 habitantes y de predominancia de la etnia Kamsá– y
Santiago –con unas 7.000 almas y de mayoría Inga–.
Colón
con unos 3.000 habitantes es la más pequeña de las 4 poblaciones del
valle. De vocación agrícola y ganadera, de notable producción en quesos,
produce también en abundancia fríjol, maíz, tomate de árbol, hortalizas
y otros productos agrícolas.
Fuimos recibidos en el Cabildo Inga de Colón por el taita-gobernador
Serafín Mujanajinsoy y el gobernador del Cabildo del corregimiento de
San Pedro. Percibimos en el contacto con ellos la alegría de que los
visitáramos y la disposición para atendernos y para responder las
múltiples inquietudes por conocer su cultura y modo de vida que
teníamos. Y nos acodamos en los sitios que nos tenían preparados en las
casas de Sandra Tisoy y Servio Mujanajinsoy.
Desarrollo de las actividades
La totalidad del programa previsto se cumplió. Resumimos a continuación
los dos tipos de actividades desarrollados: las informativas y las de
campo.
De las reuniones informativas con autoridades indígenas, destacamos los
siguientes aspectos:
Puede parecer para muchos que a partir de la Constitución de 1991, que
consagró la multietnicidad de la nación, con artículos específicos que
reconocen la existencia y derechos de los pueblos indígenas, su
situación ha cambiado. Pues no; ellos remarcan que una cosa es la letra
de la ley y otra la realidad. Más importante ha sido quizás la
motivación que “estas letras” han producido en los propios indígenas, y
la conciencia de que esos nuevos espacios están por conquistar, de que
sus derechos ahora tienen respaldo constitucional, pero que todo hay que
conseguirlo. Una de las estrategias trazadas en esa dirección es la de
formular “planes de vida” que son como guías generales de acción en los
diferentes campos vitales de la comunidad. Para los Ingas de Colón, por
ejemplo, es vital reglamentar todas las cosas que están en peligro de
extinción: plantas, conocimientos, lengua, tradiciones... “Tenemos que
recuperar la cultura”, nos dijeron con gran convicción.
Destacable la juventud de quienes lideran esta actitud de búsqueda por
la recuperación y fortalecimiento de las raíces étnicas, adoptando
además una perspectiva intercultural: “Antes los abuelos fueron
recelosos de compartir el conocimiento con los no-indígenas. Ahora no,
pensamos que es importante que se encuentren los dos conocimientos para
obtener un tercero”, nos dijo Serafín Jajoy, director de la escuela
bilingüe. La investigación de las raíces, en la que se encuentran
comprometidos varios grupos de jóvenes indígenas que han tenido acceso a
la educación occidental, se hace enfatizando el conocimiento y práctica
de la lengua –ya se tiene un diccionario base, que se enriquece con
investigación permanente de muchos términos que usan los mayores y que
son desconocidos para los más jóvenes– que lleva implícita toda una
cosmología, normas, formas de vivir y de hacer las cosas.
El Cabildo, modalidad administrativa establecida desde el periodo
colonial y que es elegido democráticamente, expresa de alguna manera la
forma autónoma de gobierno de la comunidad indígena. Sus atribuciones
van desde la organización y control administrativo de los Resguardos
–forma de propiedad colectiva de la tierra–, hasta cuestiones como la
resolución de problemas de justicia, el impulso a la educación propia de
carácter bilingüe, la preocupación por la salud comunitaria que integre
la medicina tradicional, la conservación del medio ambiente y la
recuperación del territorio. Tareas todas que se cumplen bajo la
orientación central del rescate de la cultura.
Actividades de campo
En la Escuela bilingüe nos habían organizado una exposición de su
variada artesanía. Luego visitamos en su casa a la maestra artesana
en tejidos Laura Chasoy quien nos ilustró sobre características de su
manera de producir y nos planteó las dificultades de su actividad.
La
artesanía que encontramos es de gran diversidad y muy expresiva de la
simbología étnica tradicional –el programa de su promoción hace parte
también de las tareas de recuperación cultural–. Encontramos diversidad
de tejidos: los capisayos, especie de ponchos o ruanas, de fondos
blancos, con líneas o bandas verticales rojas, azules o negras, de
diversos grosores y trenzados de diversa significación, y que es parte
del vestido tradicional usado por los hombres. Otra prenda tejida es la
cuzma, especie de bata, normalmente negra y de uso ceremonial por
los hombres, y que en especial es usada por los Taitas o médicos
tradicionales durante sus rituales. También tejidos son los anacos,
o falda usada por las mujeres.
Otro tipo de tejidos, más en la línea de accesorios, son los chumbes,
especie de faja utilizada por las mujeres para diversos usos: ajustar la
falda a la cintura o llevar los niños terciados a las espaldas, tienen
variados colores y diseños. De ese mismo tipo, en forma de bandas o
tiras de diverso uso están la manillas, balakas, y diverso tipo de
sujetadores, que en ocasiones son realizados con chaquiras, aquellas
pepas plásticas perforadas de diversos colores, que sirven también para
la elaboración de las
walkas
o collares, series de chaquiras enhebradas de muchas vueltas;
también collares realizados con semillas, caracoles, piedras y otros
elementos naturales. Otro accesorio tejido, en el que encontramos gran
variedad son las mochilas, presentes en prácticamente todas las
expresiones étnicas y populares del país y de mucha utilidad para el
transporte de los objetos personales. La actividad de manufactura de
tejidos es principalmente femenina.
La talla en madera, realizada básicamente por hombres, es otro frente de
la producción artesanal. En este tipo se destacan las máscaras talladas
en madera con diversidad de formas y expresiones de muecas, ironía o
deformaciones, muy propias de su tradición. También tallados y
realizados en una sola pieza son los “banquitos”, propios para la
actividad ceremonial, pero también utilitarios en los hogares inganos.
Uno de los atractivos naturales de Colón son sus baños termales,
cuyas fuentes de agua son de origen volcánico, lo que les da un
componente medicinal importante. Aparte de las fuentes naturales un poco
alejadas de la población, se ha adaptado en zona aledaña una
construcción dotada de baños con tinas surtidas por las aguas termales y
que hacen que la utilización de este recurso sea cómoda y de fácil
acceso. En dos ocasiones utilizamos este servicio que no solo nos
beneficiaba medicinalmente sino que contribuyó a nuestra relajación y
descanso.
Vivimos
también momentos muy intensos en la caminata al páramo de La Rejoya
–cerca de tres horas caminando, con nuestro ritmo y estado físico de
habitantes urbanos, y otras tres de regreso– observando desde diferentes
alturas una magnífica vista del valle, conociendo en el recorrido
múltiples plantas que nos eran mostradas y descritas por el taita
Domingo Tisoy quien nos guió en el camino. Con su carácter apacible y
bondadoso, el taita Domingo nos iba contando historias, anécdotas y
leyendas de su región y de su quehacer, como aquella sobre el carácter
“celoso” del páramo, a donde hay que ir con respeto para no ofender ni
provocar a sus espíritus, que en represalia pueden desencadenar
tormentas y extraviar el rumbo a los caminantes imprudentes. Mucha es la
mitología y tradición oral que puede ser recogida entre estas personas,
que conservan un conocimiento profundo de la geografía en la que
crecieron y con la que viven compenetrados.
La
toma de yagé
Y el momento culminante llegó. A las nueve de la noche del viernes
santo, después de participar algunos en la procesión de la Dolorosa por
las calles de Colón, nos congregamos todos en la casa del taita, quien
con su familia nos ofreció su sala principal para acomodarnos. Nueve de
los participantes ya habían tenido la experiencia y solo cuatro lo
hacían por primera vez.
En medio de una noche lluviosa, el efecto de un yagé potentísimo y
hermoso, procedente según el Taita de Villa Garzón, en el bajo Putumayo,
hizo su efecto de purga y develó las personalidades, los miedos, los
encuentros con el profundo inconsciente, las revelaciones de cada
participante. Definitivamente no hay una única manera de tomar yagé ni
un efecto que se pueda considerar homogéneo para todos.
La presencia vigilante y el cuidado del Taita, sus cantos, la música y
las permanentes salidas al patio que daba al campo abierto sobre el
valle, expresaron las evoluciones de ese momento especial y de esa
“puesta en escena” del misterio de una planta que para cada quien revela
esa dimensión de conocimiento profundo que construimos en nuestras
vidas.
El último día, en la misma sala en que habíamos compartido agonías y
exaltaciones, despidiéndonos del taita Domingo, quien nos ofreció la
chicha preparada en su casa, departimos alegremente y desagregamos los
momentos sublimes y cómicos que en esa noche intensa habíamos vivido. El
taita y su familia, a la manera sencilla de su vida nos deseaba el buen
viaje de retorno.
El lunes de pascua a la madrugada, llegábamos nuevamente al frío
bogotano y nos propinamos los respectivos abrazos de despedida para
retomar nuestras actividades habituales.
Bogotá, mayo de 2004
Reproducimos a continuación seis testimonios de participantes en la
expedición, a quienes identificamos solo con su primer nombre, su
ocupación y su edad. Se reproducen tal como fueron enviados por ellos,
con solo correcciones ortográficas.
1.Testimonio de Margarita,
estudiante de Comunicación Social, 22 años.
Valle de Sibundoy
Cuando decidí ir a este recorrido por el Putumayo tenía dos expectativas
que quería realizar con esta experiencia. La primera de ellas era
conocer y aprender sobre las costumbres de la cultura Inga. La segunda
era tomar Yagé con el fin de que esta herramienta me ayudara en mi labor
de introspección, que vengo trabajando ya varios años.
Con este viaje comprendí que es necesario ir a vivir y convivir con las
comunidades indígenas para darse cuenta quiénes son ellos, qué piensan
de la vida, qué les interesa, qué comen, cuál es su economía; cosas que
en los libros nunca aprendería. La propuesta de convivir con ellos desde
sus viviendas me pareció muy certera, ya que me di cuanta de situaciones
y costumbres que tal vez a simple vista o con un historiador no me
hubiera percatado. Para mí, esta experiencia fue fundamental ya que mi
estilo de vida y mi proyección hacia el futuro es trabajar con
comunidades alejadas de los medios y del estado, con el fin de poder
ayudar con mi profesión a hacer parte de sus problemas o inquietudes. De
igual forma, me sirve para una construcción personal, ya que amplío mi
percepción, dándome cuenta que hay muchas formas de entender el mundo.
En cuanto a la toma Yagé, por ser mi primera experiencia, en este
aspecto no resultó como yo esperaba. Estaba a la expectativa y con algo
de miedo a lo desconocido, con inquietudes y dudas al respecto. Pero de
alguna forma, aún sin haber tenido ninguna experiencia materializada con
alguno de mis sentidos, se y estoy segura que si existió una limpieza
espiritual y una reflexión profunda esa noche, lo se por que mi cuerpo
lo siente. Aprendí que esta experiencia con el Yagé es una experiencia
única e individual que ayuda de alguna forma a limpiar y desbloquear
todo lo que uno ha tenido por años.
2.Testimonio de Juan Martín,
Comunicador Social, 40 años.
Al oriente de la ciudad
Cotudos, sátiros, retardados mentales, misioneros y hombres blancos, son
algunas de las caracterizaciones representadas en las máscaras del Valle
de Sibundoy; una muestra de la capacidad de una comunidad para
transformar siglos de sufrimiento y vejaciones en humor y crítica.
Cuando las contemplé quedé maravillado. Así fue el primer acercamiento
con esta fascinante región y sus gentes. Quería saber más. Días después
me enteré del viaje.
Todo indicaba que las cosas marcharían con suerte. Trece personas
conformamos el grupo. Salimos de Bogotá en las horas de la tarde, nos
esperaba un trayecto de más de dieciocho horas. Partimos con la ilusión
de conocer un lugar que para muchos pareciera estar en otro mundo. ¿Será
por este motivo que teníamos entre nosotros a un profesor especializado
en culturas del Lejano Oriente? Habrá que saberlo después.
Después de pasar una larga noche llegamos a Mocoa, capital del Putumayo.
La primera tarea buscar el desayuno. Una vez desayuno listo procedimos a
emprender el ascenso a Colón, nuestro destino final. Estábamos
hipnotizados con el paisaje, de montañas imponentes que apenas se habían
dejado arañar por las máquinas que trazaron la carretera, franqueada por
una pared de piedra y por un abismo sin fondo.
La
recompensa a tanta espera fue un cálido recibimiento en el Cabildo Inga
de Colón, por parte de Serafín, el gobernador del Cabildo, y su familia.
Una actitud generosa y abierta que se repetiría con cada una de las
personas que conocimos. Qué distinta es mi ciudad, donde a veces no hay
tiempo para conocer al vecino y donde la desconfianza y el temor son
parte de la realidad diaria.
Un merecido descanso en las aguas termales de las afueras y el ánimo
intacto para continuar con la aventura. El verde intenso del valle y las
montañas aledañas acompañaban nuestras caminatas a lo largo y ancho del
pueblo. Así, conocimos la escuela bilingüe, lugar en que se mantiene con
mucha dificultad la identidad de la comunidad, y otros lugares de
interés de Colón.
En la casa de Laura, artesana tejedora, estaba el Taita Domingo Tisoy,
quien nos ofrecería la toma de remedio al día siguiente. Un personaje
entrañable que dejó una profunda impresión en los viajantes.
En el ascenso al páramo de la Rejoya el Taita Domingo dejaría ver sus
cualidades como maestro y guía. A pesar de tener más de 63 años,
demuestra una vitalidad y entusiasmo difícil de superar por los demás.
Como una muestra de lo que nos esperaba en la noche, nos tenía preparado
el pesado ascenso por la trocha anegada. Apenas llegamos a la cima,
comenzó a buscar las plantas medicinales para enseñarnos las propiedades
de cada una de las que encontraba.
Por fin llegó la noche esperada. Noche de viernes santo,
tradicionalmente pasada por agua. Tomamos un Yagé que disolvió como un
ácido la coraza que todos llevamos para protegernos. La personalidad de
cada uno, hasta ahora muy reservada, salió a flote. Constreñidos en un
pequeño salón y acorralados por la lluvia, había poco chance de
ocultarnos en fachadas citadinas. Sonidos guturales, llanto, chillidos,
cantos, risas y gritos; maneras diferentes de manifestar la energía que
nos invadió en el momento.
Al día siguiente, de regreso a las aguas termales para recuperar fuerzas
y preparar el viaje a Bogotá. Solamente faltaba comprar regalos: quesos,
textiles, artesanías, mermeladas de frutas exóticas; son algunos de los
productos que ofrece esta rica zona de nuestro país. No solamente el
profesor de culturas orientales había vuelto los ojos a este olvidado
paraíso, todos parecíamos haber estado en otro mundo.
La gran ciudad es un monstruo que nos envuelve y nos hipnotiza; nos hace
creer que su agitada vida es la única realidad válida para progresar y
construir país. Pero, las comunidades olvidadas de toda Colombia; del
norte, sur, occidente y oriente, siguen esperando que la hostilidad del
pasado y la indiferencia del presente se transformen en interés sincero
por sus costumbres, tradiciones y sabiduría milenaria.
3.Testimonio de Sandra, Ingeniera
Industrial, 28 años.
Luego de este viaje, se destapan poros del alma y del cuerpo y se
respiran nuevos vientos sobre días continuos de retos, competencias,
logros e incertidumbres.
De Mocoa a Colón son aproximadamente 4 a 5 horas, en las cuales los
buses transitan por vías no pavimentadas y en muchas partes del camino,
los vehículos se encuentran frente a frente teniendo que ceder uno para
que pase el otro, debido a los abismos y estrecho de la vía.
A pesar de lo anterior, la belleza de las quebradas que en algunas
partes del camino lo bañan, el paisaje de las montañas y el tupido de
los bosques a nuestros pies, me hicieron reflexionar del contraste entre
el peligro de curvas del camino y la exótica belleza de lo que veían
nuestros ojos. Roberto lo asemejó a las relaciones amorosas y creo que
tiene razón.
Al
llegar nos recibió el gobernador Serafín de la comunidad del Cabildo
Indígena Inga de Colón, representante de una cultura, que deslumbra por
su atención y sencillez. Entre ellos destaca el Taita Domingo quien
asombra por su destreza al recorrer las tierras del páramo, su calidez
humana, su paciencia, su capacidad de ser fuerte como el roble y
flexible como el bambú en cada situación.
En los recorridos que realizamos en el pueblo nos encontramos con un
Taita Demetrio cuyo nombre real era el Taita Medardo (pequeño lapsus de
Ricardo), me causó tanta impresión su tierno rostro que lo saludé con la
mano en el corazón de manera coincidente y espontánea con otras
circunstancias, lo cual a John le causó mucha gracia y fue una de las
tantas anécdotas de las cuales nos pudimos reír con total naturalidad.
El clima frío del pueblo de Colón, me hacían pensar por momentos en
algún municipio de Cundinamarca, pero las calles anchas, el cielo y las
montañas lo hacían totalmente único. La noche del sábado con Margarita y
Laura en la terraza de una de las casas de los Inga nos pusimos a ver
estrellas que se podían destapar en cualquier momento y encontrar la luz
blanca en su total dimensión.
Fueron muchos momentos totalmente especiales y sólo queda en mi corazón
una infinita alegría por el maravilloso lugar, por los seres humanos con
quienes compartí buenas y fuertes situaciones y por reencontrar en mi
espíritu evolutivo la esencia de mi ser a través de una planta sabia y
misteriosa.
4.Testimonio de Juan Manuel,
Instructor de yoga, 26 años.
Cuando emprendí el viaje, tenía muchas expectativas con respecto a las
experiencias que se pudieran manifestar a través de la toma, y que me
sirvieran sobre todo como luces para el autoconocimiento en la oscuridad
de ese vasto inconsciente. Escuché varias historias acerca de
experiencias de compañeros que viajaban conmigo, algunas alucinantes
otras menos llamativas, pero en el fondo todas interesantes y como
experiencias personales tienen un porqué y una causa que vale la pena
conocer.
Pues bien, llegó la hora señalada, y el momento de la toma llegó con una
primera taza que 45 minutos después no surgía efecto en mí. Procedí
entonces a solicitar al taita una segunda que a los pocos minutos me
hizo devolver de todo por la boca pero que a final ninguna experiencia
alucinante ocurrió. Me empecé a preguntar de qué había servido esta
toma, y entre sueño y vigilia mi reflexión acerca del ambiente que se
vivía en ese momento, de mi vida y de porqué estaba allí, empecé a
construir una experiencia que más que alucinante, personalmente fue muy
consciente y que hasta la luz de hoy me ha revelado grandes dudas acerca
de mí mismo.
Gracias Ricardo por la experiencia que vivimos en el alto Putumayo.
Ojalá tengamos otra oportunidad de conocernos mejor.
5. Testimonio de Laura,
estudiante de Comunicación Social, 20 años.
Memorias
de tres viajes
Ahora que me siento a recordar aquellos viajes, después de vivirlos,
contarlos y a veces explicarlos, se que no bastará una simple
descripción para que otras personas y yo misma los podamos comprender.
Para comenzar, no esperaba un viaje por tierra tan largo (18 horas) que
se me hicieron interminables por el calor, la incomodidad y la ansiedad.
Me di cuenta de que conocer la geografía colombiana es muy importante
porque ayuda a entender mas o menos la forma de vida y el modo de ser de
cada comunidad; algo más maravilloso es que el clima y el terreno donde
las personas habitamos, la geografía de nuestro habitat, hace parte de
nuestra geografía interna.
Por eso, tal vez, en vez de tener una sensación decepcionante al verme
rodeada de montañas y sabana, paisaje típico de mi ciudad –Bogotá–, me
sentí acogida, tranquila y en mi lugar. Yo no tenía claro a donde iba,
pero sabía que debía estar allí. Fuimos al alto Putumayo, después de
haber hecho trasbordo hacia Mocoa y arribar hacia Colón donde habita la
comunidad indígena Inga, en el valle de Sibundoy.
El desayuno en Mocoa fue caldo de costilla o pajarilla con jugo de
naranja natural endulzado con azúcar. La migración hacia Sibundoy se
emprendió por una montaña semivirgen, de abismos deliciosos y por una
carretera estrecha en la que abunda la tranquilidad fuerte y tantos
cromatismos de verde como jamás había visto; piedras redondas que se
dibujaban entre las plantas como caminos naturales que permitían
adivinar la presencia de ríos, fuentes de agua, de imponencia que dejaba
claro quién domina en ese territorio. El hombre sólo está a disposición
de Gaia.
En nuestro, casi rudimentario, medio de transporte observábamos como
simples mortales la maravillosa belleza y el calcinante misterio de la
ladera. Al mismo tiempo compartíamos el viaje con indígenas y campesinos
que embrujan con sus miradas tranquilas y sonrisas complacientes que se
dirigen algunas veces a los citadinos que desean probar algo del mundo.
Llegamos, dispuestos a la aventura insospechada que se nos estaba
presentando. Debo confesar que esperaba indígenas con taparrabos que
llevarán un modo de vida muy diferente al que estoy acostumbrada, magias
y ritos muy evidentes y una brecha gigante entre ellos y yo (o
nosotros). Me encontré con personas que trabajan la tierra y respetan
profundamente la naturaleza, con hombres y mujeres que viven en casas
campesinas, que estudian, se preparan, y que en este momento trabajan
arduamente por el rescate de su identidad y el reconocimiento de ellos
como seres autónomos frente a la sociedad capitalista. Tienen su propia
organización social y visión de la vida, que es muy respetuosa con el
modo de vida de los colonos, creo que es importante que reciban esto
mismo por parte de nosotros.
Diez personas nos instalamos en la casa de Sandra, una indígena que nos
atendió durante toda la estadía; intuitivamente nos fuimos acomodando en
los cinco cuartos que estaban a nuestra disposición, las mujeres del
viaje nos instalamos en uno que tenia baño propio. Fue muy cómodo porque
nos entendimos y la pasamos delicioso.
Abundante comida y buena energía invadieron los días. Después de
almorzar fuimos a bañarnos en los termales para descansar del viaje.
Improvisé un vestido de baño y con la buena suerte a mi favor nos
encontramos con un lugar donde había diferentes cuartos con tina donde
se podían meter de una a tres personas. Margarita, Sandra y yo,
compartimos el baño y entre la inmersión al agua caliente, el azufre y a
una conversación amigable, nos vimos como mujeres exitosas,
independientes, para las cuales el matrimonio no es la razón de su vida;
la realización está encaminada hacia otros objetivos, sin embargo, creo
que el amor es importante, es de las cosas que no se pueden planear,
pero que tampoco se debe dejar de vivir. Amar es la sal de la vida.
Por la noche, para cumplir el itinerario, vimos dos videos de los Ingas:
el carnaval del perdón y un documental sobre dicha comunidad.
Intercambiamos preguntas y opiniones con el Gobernador. Esa noche dormí
delicioso.
El jueves fuimos a conocer la escuela y allí tuvimos una charla con
Serafín Jajoy y Servio Mujanajinsoy, quienes están comprometidos con el
desarrollo de su comunidad. Nos relataron la lucha para rescatar la
cultura, tradiciones, identidad y también autonomía frente al estado
colombiano. Después nos mostraron sus artesanías; finalizada la compra
nos fuimos a descansar temprano porque el viernes íbamos a tener una
ardua jornada.
Ese tercer día de estadía madrugamos a las seis de la mañana, abrimos
los ojos entre los sleepings cubiertos por cobijas cuatro tigres; el
baño no era muy llamativo a comparación de la cama caliente. Luego de
algunos minutos y con un tono resignado nos fuimos turnando el baño de
agua helada. Me vestí con la ropa que me pondría por ultima vez en la
vida y nuestra anfitriona nos consiguió botas pantaneras a la mayoría de
expedicionarios. Mis compañeras de cuarto me hicieron trencitas que
amarré con unas colitas de estrellitas de colores. Debo decir que me
gocé la ternura en el paseo, esa cualidad la pude dejar salir sin ningún
temor y me encantó que me consintieran y que todos me preguntaban por mi
osito.
Íbamos a hacer una caminata hasta el páramo guiada por el taita Domingo
Tisoy, también celebraría nuestra ceremonia de yagé por la noche. Por
ser principio de invierno el terreno estaba empantanado; me demoré mucho
haciendo la caminata porque he descuidado mucho mi estado físico
últimamente y en consecuencia iba a un ritmo más lento que el grupo y el
taita. Todavía no se como subí a esa montaña, pero se que no lo hubiera
logrado si no hubiera sido por la solidaridad de los otros caminantes
que se turnaban para acompañarme, ese fue un gesto muy generoso que
siempre voy a recordar. También debo resaltar que cualquier esfuerzo
hubiera sido válido por la posibilidad de contemplar los paisajes
maravillosos y la flora fascinante que paso a paso se presentaba. Ese
segundo viaje hacia la naturaleza preparó mi mente y mi alma para la
siguiente experiencia, los pulmones aún me agradecen la delicia de los
aromas naturales y la pureza del aire.
Hacia las cuatro de la tarde regresé muy cansada y me dispuse a dormir,
pero a causa del agotamiento no pude, cerraba los ojos y veía mis botas
en el camino enlodado y seguía escuchando el chasqueo de los pies con el
barro. Nos levantamos a las nueve de la noche y nos alistamos para la
toma del remedio, caminamos hasta la casa del Taita equipados con
cobijas, sleepings, colchonetas, linternas, papel higiénico y el
inolvidable “sampic”.
En la casa del taita, nos acomodamos en un cuarto donde también iban a
participar en la toma otros indígenas. Domingo Tisoy se vistió con el
atuendo propio de la toma, collares, plumas y sonajeros lo adornaban.
Empezaron a tomar primero los hombres y después las mujeres con la frase
“salud y buena pinta”, y así pues, sin mayor expectativa tomé el pocillo
de Yagé, amargo y mágico que después de la segunda porción me introdujo
en una de las experiencias más maravillosas de mi vida: volví a nacer.
Cuando las visiones de figuras geométricas y máscaras indígenas
comenzaron a aparecer sentí miedo, me sentía aturdida y desubicada,
luego abrí los ojos y me encontré con hologramas de mariposas violetas y
brillantes que flotaban sobre las cabezas, esta bella visión me permitió
asumir el reto de introducirme en el encuentro que el Yagé tenía
previsto para mí.
Con una conciencia increíble de la realidad y al mismo tiempo
comprometida con mi vivencia, me introduje en el vientre de mi mamá
donde eliminé un resentimiento escondido. Allí, entre la placenta y
después de un largo llanto, comencé a tener conciencia de que existía,
del movimiento y del pensamiento; también recuerdo con mucho cariño la
sensación de pureza e inocencia que está en su máximo esplendor en la
etapa de gestación. Al nacer y saberme viva, fue maravillosa la
posibilidad de descubrimiento de un cuerpo, que se habita, que es uno,
que juega y se maravilla al y por el movimiento.
A los pocos meses de existencia, después de nacer, conocí mis labios, y
había un amor tan grande dentro de mí que tenía la necesidad de
decírselo a todos; empezaba a comprender el lenguaje hablado como un
vehículo de amor hacia los otros. Encontrarme con mis labios y con mi
lengua fue delicioso, morder, saborear, conocer el gusto, hacerme
partícipe de una nueva forma de expresión y en un mundo donde todo hace
parte de lo hermoso, además ni la malicia o el resentimiento hacen parte
de él.
Entre juegos y carcajadas reviví mi niñez y me fui desprendiendo de ella
de una forma muy tranquila para encontrarme con una adultez diferente de
la visión de amargura, seriedad y monotonía que me había creado de ella.
Entre intervalos inestables me introducía en el estado infantil, y en
otros momentos me encontraba con personas que son importantes en mi vida
y con las que tenía palabras pendientes. El frenesí circular de la
mezcla de estados mentales iba limpiando mi cuerpo, mi mente y mi alma.
La feminidad se iba apropiando suavemente de mi cuerpo y logró la mezcla
precisa de ternura y fortaleza, sembrando en mí una seguridad que con
los otros dos elementos penetró por los poros hasta la conciencia y me
conectó con el proceso de encuentro conmigo misma.
Esto lo escribo un viernes, siete días después de haberme introducido en
el viaje hacia mis entrañas, si me lo preguntan, aún no he regresado y
no creo que pueda hacerlo porque de donde partí ahora solo es un
recuerdo.
El amanecer me levantó con cantos que se reproducían en mi boca, un
lenguaje extraño y propio que parecía otro idioma invadía las canciones
que se entremezclaban con el ambiente matutino y el aire frío y puro que
entraba deliciosamente por mi cuerpo. El desdoblamiento, el diálogo
conmigo misma, se hacía evidente para todos y solo se silenció hasta la
tarde del sábado cuando recobro la importancia y el sentido el silencio.
Ya para terminar quiero compartir con ustedes algunos versos en el
viaje:
BÚSQUEDA
Un grano de arena me ha hecho cerrar los ojos
temo a la ceguera igual que al paisaje sencillo
que me revela secretos.
Toda mi vida lo he intuido,
ahora que me toca las rodillas
soy un espectro dentro de mis entrañas.
Música de gallos que picotean los dedos de los pies;
música de luciérnagas que transmite una luz pequeña y punzante.
Y más que dejarlo ser es aprender
a madrugar para respirar un poco más de lo necesario
la simpleza de sembrar maíz y darle pecho a la cría
a caminar con paso firme entre la hierba
respetando los capullos, la raíz y la semilla.
El ocaso es dormir con el cabello elevado y la piel erizada
salpicados de gotas de sol que caen al terreno fértil
es café como la tierra y su aroma
tiene forma de hombre.
SILENCIO EMBRUJO
Pájaros que caen al rescate de mis ojos
y los dientes inquietos derraman una telaraña polvorienta
en la esquina de mis pies.
Pétalos rojos descamisan los bebés incipientes
flotan entre la bilis borracha
que se empeña en corroer la oscuridad.
Colores que lamen las piernas blancas
que chupan la nariz taponada
y halan el pelo enmarañado;
Colores jugosos, tibios, que destripan el miedo.
Murciélagos blancos.
***
Quiero silencio
para que oigan la confesión que revela mi baile
y maquillar a la indígena blanca
que se resbala entre el barro y el papel.
Quiero quietud
para despertar el instinto, trabajar la sonrisa
para que te muevas con los dedos y dibujes una canción
que suene a arena tibia y olor de fresias.
Quiero oscuridad
para que entres, para que te ahogues.
Lame tu piel y prueba la vida.
***
Como última reflexión, quiero decir que el uso de esta medicina debe
hacer parte de un proceso vital que se emprenda; la planta, también lo
creo, es quien encuentra a la persona, la llama cuando está preparada y
dispuesta para ella, porque luego su esencia hará parte de la sangre que
habita nuestro cuerpo.
6.Testimonio de Carlos,
profesor universitario, 44 años
Mi experiencia en el Valle de Sibundoy
Tengo que dar un testimonio de mi experiencia en el valle del Sibundoy,
que fue denominada con el circunstaufláutico nombre de “expedición
intercultural”...
Pero mas tortuoso que tener que hacer la tarea diciendo brillantemente
como fue la experiencia de la traba, la cagada y la vomitada, es vivir
una semana santa en Bogotá, en la cual es imposible escapar a dos de las
voces mas chillonas y aburridoras de Colombia. La del cura Rubiano que
comerá pantalla y radio a lo loco, condenará el condón y el aborto y
reiterará la hipócrita cantaleta católica de la abstinencia sexual como
vía del premio ulterior en el paraíso cristiano; y la ubicua Fanny
Mickey, que debe tener unas tres dobles, para aparecerse en todos los
escenarios a darse ínfulas y echarse flores.
Por eso decidí buscar alternativas que significaran un refugio frente a
la lluvia de piedad y teatro que colmaría a Bogotá, pero fue un spam el
que me prendió el bombillito. Venía envuelto entre las masas de oferta
de viagra a bajo precio y alargamiento garantizado del pene en tres
días. Se salvó de ser evacuado por el sifón de mi computador, por tener
un nombre y un asunto en español: un tal boletín chamánico. Inicialmente
pensé que era otra forma de catarsis paralela a la de la semana santa
cristiana, es decir, que la toma que ofrecían de la sustancia yagé, un
brebaje diarreico y vomitivo que pretende hacer al individuo encontrarse
con su propia basura a través de los dos canales de evacuación
descritos, mostraban una tendencia un tanto masoquista, que envidiaría
la propia compasión cristiana.
Y me puse en la tarea de comprender si ir hasta el Putumayo no era una
provocación al mono Jojoy –que creo tomó ese nombre en homenaje a los
indígenas ingas, en los que todos sus apellidos terminan generalmente en
oy–, y que no considera complaciente que grupos de personas se estén
desplazando por las carreteras del país, buscando salidas espirituosas y
naturalistas a sus neurosis urbanas. Pero las sabias palabras del ídem
organizador me convencieron: ... ”no soy parte de la guerra, ni
pertenezco a nada que tenga que ver con ella”. Hoy pienso en los
asesinados en Cajamarca y valido con mayor razón la sabiduría citada.
Resolví correr el riesgo y todos los demás que comporta aceptar estas
convocatorias con carácter disciplinado, preestablecido e impuesto. Al
ser un iconoclasta irredento que no acepto las expresiones de podercitos
locales o personales, me esfuerzo por vestirme con mi mejor uniforme de
gregario y compensar esas fastidiosas reglas con los deleites que
seguramente nos brindarían el viaje, el paisaje, el páramo y los siempre
enigmáticos compañeros de caravana. Pero como decía un filósofo, “uno
sale de la casa es a sufrir”. Ser empacado en una Van con cuatro ruidos:
las cintas del gobernador de California, la música del bus, el cotorreo
opita del chofer y el ruido del diesel, dan para una inicial tortura
casi prepensada y las sillas inérgonómicas y mas incómodas del mundo.
Pero los sufrimientos no paran ahí. Desayunar con jugo de naranja con
azúcar y café con azúcar serían el abrebocas de las adversidades. El
almuerzo no tuvo la suerte de las cenas de cristo en que multiplicaba el
pan y el vino, el pollo-paloma se dividió de nueve a trece y en realidad
era un espectáculo conocer muslos y alas tan pequeñas.
Pero la pesadilla apenas empezaba, ir a talleres de integración
–metodológicamente correctos- sin siquiera haber dormido
–metodológicamente incorrecto- producirían efectos categóricamente
incorrectos.
Pero saltemos el día del turismo artesanal, el encuentro de los saberes
bilingües, las peroratas contra el ALCA, los llamados a la movilización
activa y revolucionaria de los indios contra el TLC, etc., para
concentrarnos en el eje del proyecto cultural: la toma del yagé y sus
prolegómenos. Una visita a un
páramo,
estadio del desarrollo terrestre que se ubica a unos 3000 msnm, guiados
por un taita viejo que nos humillaba frente a las debilidades atléticas
de nuestros bultos de huesos, con las notables excepciones de la
excelencia deportiva y la vida sana que no podían faltar en el
heterogéneo grupo. Pero lo mas deplorable estaba por verse, una
excursión al corazón de sabiduría vegetal terminó en la muerte de miles
de frailejones y otras yerbas, bajo la bota patán y pantanera de tan
exóticos y ajenos urbícolas.
El descanso obligado después de tan exigente golpe al organismo se vería
compulsivamente frustrado por el mayor castigo posible. Estábamos
alojados no en una casa de indígenas sino en una iglesia evangélica y 20
horas de viaje para huir de la impostura y la voz de monseñor Rubiano,
se potenciaba mil veces al tener los aplausos y cantos destemplados en
el corredor de nuestras habitaciones. Horas de gritos alienantes –que
evocaban otra versión de la semana de pasión- retozaban en nuestra
cabeza y serían la antesala de nuestra ansiada toma de yagé.
La pertinaz lluvia amenazaba empapar nuestras ilusiones y nuestra
hoguera. Con el debido retraso iniciamos nuestra expedición hacia los
dominios de esa raíz mágica y compulsiva que nos llevaría por los
extralímites de nuestra pedestre imaginación y a la vez nos encimaría
una limpieza corporal. Sin preámbulos ni discursos el taita comenzó su
rito y en poco tiempo estábamos libando el espantoso –por su sabor–
brebaje. Y las consecuencias se empezarían a producir: Laurita se
dispara, llora, ríe, gime, canta, sueña y logra un estado delicioso de
catarsis, que empezaría a molestar a organizados y organizadores. No
deja de ser paradójico que en un evento marginal y trasgresor de las
normas sociales dominantes se hayan concentrado los dardos en quien de
mejor manera estaba trasgrediendo y exorcizando sus “demonios”. Ganó
entonces la tendencia represora y controladora frente a una practicante
y práctica que “debería, sería” liberadora.
La intolerancia del moderador fue la otra nota paradójica de esta otra
“expedición”, pero podríamos pensar a su favor que fue su traba, que fue
su viaje el que se expresó y trabó de esa equivocada manera, y que la
misma se la iba a cobrar su culo, se convertiría en el blanco de las
risas y comentarios viperinos de los trasnochados y yagesiados
habitantes de esa noche-mañana.
Lágrimas de muchos colores, cantos que hicieron aumentar las lágrimas de
las estrellas sobre nosotros y vomitadas en cataratas serían las otras
características dominantes de la noche. Un tarro de sanpic alborotaría
los genios en otro recinto clave de la expedición: el inodoro. Su
supuesto papel de limpiador del sucio espacio de la mierda, se convirtió
en el complemento diabólico de olores mefíticos que aguzaban las ansias
de vómito y casi aplacaban las de la diarrea. Pero no podía faltar la
paradoja en el sutil recinto de la mierda, el sanpic sanaría las
sensaciones de impureza, pero la puerta virtual de nuestro especial
recinto: la “tela de tapar” podía ser el mejor ejemplo de suciedad en
muchos kilómetros a la redonda.
Mi mejor momento fueron las alucinaciones, construí caleidoscopios a
granel e “inventé” nuevas formas de construirlos. Los generaba y los
desintegraba con una facilidad deslumbrante pues había incorporado una
especie de manejo hacia delante y con retroceso que me hizo sentir
especialista en el arte del mejor diseño del mundo: las formas
caleidoscópicas. Fui reprendido por no manejar el lenguaje oficial, por
usar un término que es considerado peligroso y anticientífico:
alucinación en vez de visión, más elegante y menos comprometido. Pero
creo que hay que reivindicar el derecho a la alucinación, pues es el
poder de los “buenazos” el que nos prohibe alucinar, porque está por
fuera de su control legal y de su negocio. Lo que para ellos es malo
debe ser prohibido, lo que no controlan se debe prohibir, por eso no me
avergüenzo de querer alucinar con yagé o con cualquier otra sustancia y
a la vez, desafiar a los buenos en su falsa moral.
¿Porqué el taita me escupió tantas veces en el ritual de la sanación?
solo le encuentro respuesta en que me haya visto muy necesitado de ser
purificado. Pero miraba con cuidado otras sanaciones y bastaba una o 2
veces máximo para ser limpiados.
Siguiendo con las de cal y las de arena, cometí la imbecilidad de
prestar la cámara para ser convertida en juguete de adolescente y me
percaté de ello tarde, sería en Bogotá una vez ví las fotos reveladas,
cuantas se perdieron por las reprogramaciones del juego. Es como si uno
le prestara a un niño un computador con el sistema operativo abierto!!!
Pero para no ser visto como sesgado por los avatares, quiero reivindicar
las pequeñas cosas que hacen grata la vida. Conversar en el mas bello
espacio de la casa del taita con la esposa –la cocina con cuyes
incluidos– fue aleccionador y una reivindicación de vida.
Saliendo de la casa en la mañana un compañero manifestó frente a unos
tomates de árbol que sería maravilloso comerse uno. Discutimos si había
plaza de mercado pues no la habíamos visto, donde se podrían comprar. De
regreso en la noche a la casa, vi una pareja en una moto que llevaban
varios canastos con la susodicha fruta y les pegué el silbido. Se
devolvieron y me dieron el precio de la docena. Busqué en mis monedas y
me sentí mal por haberlos hecho parar y devolver cuando solo quería un
tomate. Quise que me vendieran 1 o 2 para saciar las ganas del
compañero, pero se empecinaron en que tenía que recibirles 5 sin
cobrármelos.
Pero esta perorata está muy larga, ha perdido su hilo original y
cumpliré la tarea. No tienen porqué estar de acuerdo, tampoco yo lo
estoy, pero lo vi así. No pierdan tiempo leyendo esto, pero dejo sentada
mi versión. Uno sale es a sufrir, o sino imagínense sentados en el bus
de regreso al lado del chofer, frenando en las narices del otro vehículo
en cada curva, o sintiendo las ruedas de atrás en el aire por los
precipicios. Uno sale es a sufrir... Para el que toma cualquier camino
esotérico, esta fue mi cuota de sufrimiento. Es el “nuevo purgatorio” al
que sometí mi cuerpo y mi alma para ser tomador de una violenta y
prolongada purificación con yagé, para efectuar mi limpieza corporal y
espiritual. Mentira, me la gocé!!!!
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