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de la Naturaleza
Derechos de la
Naturaleza
La Naturaleza
no es muda
Por: Eduardo Galeano
Miembro de la REIT (Red
Internacional de Escritores por la Tierra)
El
mundo pinta naturalezas muertas, sucumben
los bosques naturales, se derriten los
polos, el aire se hace irrespirable y el
agua intomable, se plastifican las flores y
la comida, y el cielo y la tierra se vuelven
locos de remate.
Y mientras todo esto ocurre, un país
latinoamericano, Ecuador, esta
discutiendo una nueva Constitución. Y en esa
Constitución se abre la posibilidad de
reconocer, por primera vez en la historia
universal, los derechos de la naturaleza.
La naturaleza tiene mucho que decir, y ya va
siendo hora de que nosotros, sus hijos, no
sigamos haciéndonos los sordos. Y quizás
hasta dios escuche la llamada que suena
desde este país andino, y agregue el
undécimo mandamiento que se le había
olvidado en las instrucciones que dio desde
el monte Sinaí: "Amarás a la
naturaleza, de la que formas parte".
Un
objeto que quiere ser sujeto
Durante miles de años, casi toda la gente
tuvo el derecho de no tener derechos.
En los hechos, no son pocos los que siguen
sin derechos, pero al menos se reconoce,
ahora, el derecho de tenerlos; y eso es
bastante más que un gesto de caridad de los
amos del mundo para consuelo de sus siervos.
¿Y la naturaleza? En cierto modo, se podría
decir, los derechos humanos abarcan a la
naturaleza, porque ella no es una tarjeta
postal para ser mirada desde afuera; pero
bien sabe la naturaleza que hasta las
mejores leyes humanas la tratan como objeto
de propiedad, y nunca como sujeto de
derecho.
Reducida a mera fuente de recursos naturales
y buenos negocios, ella puede ser legalmente
malherida, y hasta exterminada, sin que se
escuchen sus quejas y sin que las normas
jurídicas impidan la impunidad de sus
criminales. A lo sumo, en el mejor de los
casos, son las víctimas humanas quienes
pueden exigir una indemnización más o menos
simbólica, y eso siempre después de que el
daño se ha hecho, pero las leyes no evitan
ni detienen los atentados contra la tierra,
el agua o el aire.
Suena raro, ¿no? Esto de que la naturaleza
tenga derechos... Una locura. ¡Como si la
naturaleza fuera persona! En cambio, suena
de lo más normal que las grandes empresas de
Estados Unidos disfruten de derechos
humanos. En 1886, la Suprema Corte de
Estados Unidos, modelo de la justicia
universal, extendió los derechos humanos a
las corporaciones privadas. La ley les
reconoció los mismos derechos que a las
personas, derecho a la vida, a la libre
expresión, a la privacidad y a todo lo
demás, como si las empresas respiraran. Más
de 120 años han pasado y así sigue siendo. A
nadie le llama la atención.
Gritos y susurros
Nada tiene de raro, ni de anormal, el
proyecto que quiere incorporar los derechos
de la naturaleza a la nueva Constitución de
Ecuador.
Este país ha sufrido numerosas devastaciones
a lo largo de su historia. Por citar un solo
ejemplo, durante más de un cuarto de siglo,
hasta 1992, la empresa petrolera Texaco
vomitó impunemente 18 mil millones de
galones de veneno sobre tierras, ríos y
gentes. Una vez cumplida esta obra de
beneficencia en la Amazonía ecuatoriana, la
empresa nacida en Texas celebró matrimonio
con la Standard Oil. Para entonces, la
Standard Oil de Rockefeller había pasado a
llamarse Chevron y estaba dirigida por
Condoleezza Rice. Después un oleoducto
trasladó a Condoleezza hasta la Casa Blanca,
mientras la familia Chevron-Texaco
continuaba contaminando el mundo.
Pero las heridas abiertas en el cuerpo de
Ecuador por la Texaco y otras empresas no
son la única fuente de inspiración de esta
gran novedad jurídica que se intenta llevar
adelante. Además, y no es lo de menos, la
reivindicación de la naturaleza forma parte
de un proceso de recuperación de las más
antiguas tradiciones de Ecuador y de América
toda. Se propone que el Estado reconozca y
garantice el derecho a mantener y regenerar
los ciclos vitales naturales, y no es por
casualidad que la Asamblea Constituyente ha
empezado por identificar sus objetivos de
renacimiento nacional con el ideal de vida
del sumak kausai. Eso
significa, en lengua quichua, vida
armoniosa: armonía entre nosotros y armonía
con la naturaleza, que nos engendra, nos
alimenta y nos abriga y que tiene vida
propia, y valores propios, más allá de
nosotros.
Esas tradiciones siguen milagrosamente
vivas, a pesar de la pesada herencia del
racismo que en Ecuador, como en toda
América, continua mutilando la realidad y la
memoria. Y no son solo el patrimonio de su
numerosa población indígena, que supo
perpetuarlas a lo largo de cinco siglos de
prohibición y desprecio. Pertenecen a todo
el país, y al mundo entero, estas voces del
pasado que ayudan a adivinar otro futuro
posible.
Desde que la espada y la cruz desembarcaron
en tierras americanas, la conquista europea
castigó la adoración de la naturaleza, que
era pecado de idolatría, con penas de azote,
horca o fuego. La comunión entre la
naturaleza y la gente, costumbre pagana, fue
abolida en nombre de dios y después en
nombre de la civilización. En toda América,
y en el mundo, seguimos pagando las
consecuencias de ese divorcio obligatorio.
Enviado a visionchamanica.com
por Alberto Sibaja (
www.sibowak.com
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