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productivo
El
valor de la basura
Por: Mariana
Suárez Rueda - El Espectador
http://www.elespectador.com/impreso/cuadernilloa/actualidad/articuloimpreso-el-valor-de-basura

En este horno de metal,
que requirió una inversión de más de $1.000
millones, se incineran todas las semanas
residuos peligrosos. Foto: Herminso Ruiz -
El Espectador
Cada semana se producen en las universidades
más grandes del país cerca de 20.000 kilos
de basura. En las canecas se ve de todo:
comida, papeles, tubos de laboratorio,
agujas, rollos de fotografía, pasto y hasta
material biológico de seres humanos y
animales. La cantidad de desechos es tan
alta que se asemeja a la que producen
municipios como Guasca, Moniquirá o Chía.
Durante años los grandes basureros han
tenido que almacenar estos residuos hasta
que se pudran, sus olores se evaporen o sean
sepultados debajo de nuevas montañas de
desechos. Sin embargo, la gran mayoría pudo
haberse reciclado para no contaminar más el
planeta.
Preocupado por esta situación y consciente
de la necesidad de implementar un sistema de
manejo de residuos que permita aprovechar la
basura que producen las universidades, hace
ocho años el entonces vicerrector de la
sede de la Universidad Nacional en Bogotá,
Gustavo Montañés, reunió profesores y
expertos en temas ambientales para discutir
el problema.
Después de varios meses se unió a la
iniciativa Luis Hernando Blanco, químico
y docente de esta institución, para
liderar el proyecto. Luego de largos
años de trabajo logró implementar un
programa de reciclaje en la llamada ciudad
universitaria de Bogotá, que se ha
convertido en modelo para varias regiones e
instituciones educativas del país y que el
profesor Luis H, como le dicen por cariño
sus alumnos y colegas, activará pronto en
municipios de Arauca y Leticia.
El primer paso para consolidar esta
iniciativa consistió en clasificar los
residuos. Por un lado los peligrosos,
que provienen de las facultades de medicina
y veterinaria. Como el pelo, las cabezas de
marrano —los estudiantes las utilizan para
aprender a suturar— y los guantes de látex.
Tres veces por semana un carrito de metal,
creado por Jessica Nomesqui, una joven
diseñadora industrial egresada de esta
universidad, recolecta las bolsas rojas que
contienen estos desechos, para trasladarlos
a un gigantesco horno e incinerarlos.
Durante este proceso ni siquiera se ve el
humo que sale de la chimenea, debido a la
cantidad de filtros que tiene para no
contaminar el aire. El profesor Luis H
recuerda que el año en que decidió comprar
ese horno tuvo que sobrepasar el presupuesto
que le da la universidad y gastar más de
$1.000 millones.
Pero valió la pena. Hoy, esos residuos,
después de convertirse en ceniza, son
transportados a las celdas de seguridad
del botadero Doña Juana, en el sur de
Bogotá, donde, en teoría, no representan
ningún peligro. A estas misteriosas celdas
—que no han podido conocer el profesor Luis
H ni sus alumnos y que se convirtieron en un
mito para los que visitan el basurero, pues
nunca han logrado verlas— también son
trasladados los desechos químicos.
Sales, ácidos y sustancias producidas en
laboratorios y talleres de química, biología
y bacteriología, entre otros, ya no son
arrojados por las alcantarillas o sifones de
los lavamanos, como sucedía en el pasado.
Luis H inventó un mecanismo para tratarlos
en un centro de acopio, en donde se trituran
y revuelven con plástico hasta formar unas
piedritas que se mezclan con cemento para
fabricar bloques de ladrillo.
Dentro del campus también se procesan
residuos biodegradables, que son los que
más se producen, y están compuestos en su
mayoría por sobras de comida. Éstos son
almacenados en un carrito con forma de
tanque, luego trasladados a una máquina que
los tritura y finalmente expuestos al aire
libre durante tres meses hasta que se
convierten en abono orgánico.
Sin embargo, “hay un desecho que no hemos
podido tratar y son los cunchos de café”,
explica Jessica Nomesqui. “Para solucionar
este inconveniente estamos haciendo un
experimento con lombrices californianas.
Cada cierto tiempo les echamos el café y
buscamos que con el tiempo se logre sacar
humus (abono)”.
Otros
ejemplos
Los resultados positivos que arrojó este
sistema de manejo de residuos, que permite
reciclar el 70% de los desechos,
motivaron a otras instituciones educativas
del país a seguir su ejemplo. La
Universidad Javeriana, la Distrital y la
Piloto entre otras, ya implementaron un Plan
de Gestión Ambiental.
La Javeriana realizó hace poco un estudio en
el que se evidencian los vacíos que existen
en el manejo de la basura del campus. La
disposición inadecuada de productos químicos
y residuos sólidos, como los hospitalarios y
de construcción; la falta de educación sobre
el reciclaje y el poco control de la
contaminación auditiva producida por los
extractores de aire son tan sólo algunas de
las falencias que encontró Carolina Vargas,
estudiante de Ecología y responsable de la
investigación.
Por su parte, la Universidad de la Sabana ha
distribuido canecas de colores a lo largo y
ancho de los edificios y jardines.
Estudiantes, profesores y personal
administrativo conocen de memoria en dónde
deben arrojar sus desechos, dependiendo si
son o no reciclables, si provienen de las
facultades de medicina o de los
laboratorios.
Además, como no hay alcantarillado en donde
está ubicada la institución en Chía,
tuvieron que construir tres plantas de
tratamiento para procesar el agua que sale
de los baños y luego arrojarla al río
Bogotá, con un 80% de pureza. Helbert
Tarazona, director administrativo y
coordinador del sistema de manejo de
residuos, sostiene que estas acciones
“buscan que nos convirtamos en una gota del
mundo que no contamina”.
Entre tanto, autoridades de la isla de San
Andrés y de instituciones como la
Universidad Sergio Arboleda y algunos
colegios de las principales ciudades del
país están organizando conferencias, en las
que el profesor Luis H y sus alumnos
expondrán su programa de reciclaje.
Entusiasmado por la idea, este veterano
profesor de química confiesa que guarda la
esperanza de lograr extrapolar este sistema
por todo el país y contribuir con un granito
de arena en la cruzada mundial por la
preservación del medio ambiente.
Cómo
manejar la basura reciclable
Este tipo de residuos son los que se
descomponen fácilmente y pueden volver a ser
utilizados en procesos productivos como
materia prima. Entre éstos se encuentran el
papel, el cartón, los plásticos, la
chatarra, el vidrio y las telas.
En las diferentes ciudades del país hay
asociaciones de recicladores que se encargan
de recolectarlos, clasificarlos y luego
venderlos a empresas que realizan procesos
especializados para reutilizar estos
desechos. La Universidad Nacional, por
ejemplo, entrega sus residuos, ya
clasificados, a la Asociación de
Recicladores de Bogotá.
Para un manejo adecuado de estos residuos es
necesario separarlos de los infecciosos y
biodegradables guardándolos en bolsas o
canecas de color gris con un rótulo que diga
Residuos No Peligrosos: Reciclables.
Estas canecas o bolsas tienen que tener
manijas y llenarse sólo hasta el 80% de su
capacidad, de tal forma que sea fácil su
manipulación.
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