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 Revista
“Visión Chamánica”
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Ricardo Díaz Mayorga
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Intervenciones
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Suárez Álvarez

Carlos Suarez-2

Publicaciones:

 Ayahuasca, amor y mezquindad, Novela, Ediciones Amargord, 2010.

Ayahuasca, Iquitos y Monstruo Voraz, Libro multimedia en: (www.ayahuascaiquitos.com) 2015.

Ayahuasca entre dos mundos, Libros del Mono Blanco, 2018.

En diversas revistas, ha publicado alrededor de unos 50 artículos-crónicas sobre la Amazonía y unos 25 sobre ayahuasca.

En visionchamanica.com se pueden ver:

Iquitos, donde la ayahuasca es un negocio

www.visionchamanica.com/Ayahuasca-Iquitos-2015.htm 

Peyote, tesoro de los huicholes

www.visionchamanica.com/Peyote-Huicholes.htm

Mambe, de la maloca a la universidad

www.visionchamanica.com/Mambe-Coca-Integral.htm

También en Internet puede verse:

El paciente siempre tiene la razón
neip.info/2017/Curanderismo_Amazonico.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero finalmente todo lo que haces se plasma en un relato: el resultado de la antropología y la etnografía es un texto; entonces, ¿cómo es posible que a los antropólogos no se les enseñe a escribir?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ayahuasca es un fenómeno importante porque es el único conocimiento local que ha permitido que haya indígenas triunfando en el mercado global, es decir, acumulando: produciendo un boom indígena empresarial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo francamente pienso que la gente de la selva vive mejor. A los jóvenes les atrae la ciudad por la propaganda de los medios de comunicación: estar en la oficina, vestir bonito, el celular…  Pero luego se encuentran con la vaina

 

 

 

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Etnografía Amazónica

Carlos Suárez Álvarez, buscador de historias en el Amazonas

Entrevista por: Ricardo Díaz-Mayorga

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Carlos Suárez Álvarez en San Francisco de Yarinacocha, 2009

Conocí a Carlos hace unos diez años. Recién había arribado a Colombia para estudiar en la Universidad Nacional en Leticia una Maestría de Estudios Amazónicos. Ya tenía un buen trayecto como periodista egresado de la Complutense de Madrid: en televisiones y revistas españolas había entrenado su ojo y su pluma para registrar y contar la realidad fluyente. Desde que supimos de él hemos puesto en la revista –Visión Chamánica– textos suyos, que nos ha cedido generosamente, sobre mambe-coca, sobre peyote, y desde luego sobre ayahuasca. Hemos seguido de cerca su producción en la que hemos visto una forma diferente de contar estos temas y en la que también nos ha sorprendido con productos innovadores como el libro multimedia Ayahuasca, Iquitos y Monstruo Voraz en el que combina textos, fotografías, videos, testimonios y cantos en audio.

En estos días, que hemos participado en la promoción y lanzamiento de su más reciente producción, Ayahuasca entre dos mundos, aprovechamos su presencia en Bogotá para conversar con él y conocer más de su vida y milagros. Amablemente se somete a nuestro interrogatorio.

 

Algunos aspectos biográficos

En su España de nacimiento –Piscis de 1975– transcurrió el comienzo de su vida con una infancia movida. Muere su madre a los 6 años, y su padre empresario se mueve con su familia, anterior y siguiente, de barrio en barrio, de pueblo en pueblo, según la ruta de sus negocios. Esa ruta lo lleva a los 16 años a los Estados Unidos, donde culmina el high school. Siguiendo la tradición paterna estudia Administración de Empresas, para pronto darse cuenta que eso no era lo suyo; su pasión había sido siempre la literatura, el arte, el cine… Es entonces que se decide a estudiar periodismo, más afín a su interés.

En 2001 viaja como mochilero, a la zona amazónica de Ecuador y Perú. Allí toma ayahuasca por primera vez con una familia de la comunidad shipiba de San Francisco de Yarinacocha. Fue una experiencia en lo personal muy enriquecedora, pero también por el conocimiento de la vida comunitaria indígena: le quedó la fascinación. En 2004, trabajando para una televisión española, volvió al Amazonas y volvió a tomar ayahuasca. Ya en 2006, con un buen trabajo con la revista Interviú de España, sintió la inclinación de estudiar algo relacionado con las culturas indígenas que le permitiera realizar su anhelo de “contar historias”. Fue cuando descubrió que existía la Maestría de Estudios Amazónicos en Leticia, Colombia, una ciudad que ya conocía en sus viajes anteriores y que le había gustado mucho. Decidió entonces venirse a estudiar la maestría. A los seis meses de estar allí ya sabía que se iba a quedar.

 

La Maestría de Estudios Amazónicos

Sobre su inserción en Leticia, y en la sede de la Universidad Nacional allí, nos cuenta:

“El programa me encantó, porque se desarrolla en la Amazonía y en un ambiente muy pequeño, pero a la vez cosmopolita; en la triple frontera, con gente de todo Colombia y de Perú y Brasil. Por lo pequeño hay mucho contacto y comunicación, pero además se vive la Amazonía: estás viviendo lo que estás estudiando. Los profesores son de primer nivel, bien formados; antropólogos de la UN con dilatada experiencia en el trabajo de campo.

Descubrí eso sí, que mucha gente llega a ese programa no por interés en lo que va a estudiar sino por obtener un cartón que les permita ganar más dinero en los trabajos en que se ubiquen. Esto da lugar al “síndrome escolar”: hago esto porque toca hacerlo, no porque me apasione.

El programa de la maestría tiene tres líneas de énfasis: una relacionada con el desarrollo, otra con la antropología y la tercera con el mundo natural. Yo seguí por la línea etnográfica, historia y cultura. En el primer año defines tu proyecto, en el segundo haces el trabajo de campo. Yo hice una etnografía sobre la juventud shipiba, que en mi caso tuvo énfasis literario: no una etnografía académica sino una gran crónica… Una crítica literaria a la etnografía académica.”

 

Su visión y práctica etnográfica

En la escritura de Suárez Álvarez, en la que registra su observación del fenómeno ayahuasquero en la región amazónica, se percibe un algo más que en las crónicas periodísticas al uso. Distinto de ese periodismo por lo general superficial, en el que se nota de bulto la presión de los tiempos de entrega para publicación, además de la impronta de lugares comunes y estereotipos que la mediática mainstream impone a la información que consume la mayoría.

Aquello demás que tienen los escritos de Carlos es el detalle y la profundidad logradas por su inmersión de largo tiempo en el medio que analiza, y por una perspectiva etnográfica, fruto también de su formación en Estudios Amazónicos. Pero esa perspectiva lo diferencia también de las producciones etnográfícas en el marco de la antropología académica; farragosas e incomprensibles para los no especialistas, producidas no para buscar lectores sino para ubicarse mejor en los escalafones académicos.

Los textos de Carlos tienen “más escritura”, más oficio en el arte de escribir. Lo novedoso, que lo hay, es que sus textos podrían encuadrarse en algo como un “periodismo etnográfico”, ejemplo incluso para motivar una escritura más rica e interesante, tanto de los nóveles periodistas como de los antropólogos y etnógrafos bisoños. Con este interés preguntamos a Carlos por su “cocina etnográfica”, por la manera como trabaja en campo y obtiene el material para escribir sus textos.

Sobre el abordaje de la gente nos dice:

“Cada situación es diferente. En el trabajo de campo más prolongado que he hecho, estuve con los shipibos durante diez meses. La mitad del tiempo conviví con el chamán con el que había tomado ayahuasca por primera vez en 2001, en un pueblo grande, cerca de la ciudad. Además de ese encuentro previo yo le había colaborado para montar su albergue de medicina natural, entonces, de alguna manera como contraprestación, él me invitó a vivir en su casa. Allí pude observar de manera directa la cotidianidad de la familia, con un punto de vista muy cercano: desde el dormitorio de sus hijos. Era una situación privilegiada con la que los antropólogos raramente se encuentran, por lo que he visto asumen una posición mucho más distante. Allí en la casa del chamán pude observar todo lo que sucedía: cómo ellos veían la actividad de la ayahuasca, qué pensaban de ella, qué pensaban de los gringos que venían  –y les llegaban bastantes–, cuál era su actitud, cómo administraban el dinero, qué sucedía a su alrededor… Era un punto privilegiado para mirar.

Luego la otra mitad del tiempo estuve en un pequeño pueblo de unas treinta casas, donde la situación fue diferente. Allí no tenía conocidos previos, entonces expliqué a la Asamblea de la comunidad lo que quería hacer, observar las costumbres de los jóvenes shipibos, y les ofrecí un dinero por cada semana que estuviera con ellos para que me alojaran y me alimentaran en ese tiempo. Ellos decidieron que cada día sería una familia diferente la que me daría de comer, lo que fue muy interesante porque me permitió conocer a todo el mundo. Hice varias rondas, todas las familias me dieron de comer varias veces, me pude familiarizar con todo el mundo y todos se familiarizaron conmigo: me pude meter a fondo en su dinámica de vida, tratando –herramienta fundamental del etnógrafo– de relacionarme sin juzgar, con amabilidad, con cariño…  lo que no es fácil.

El consejo que puedo dar al joven etnógrafo es: dedicación de tiempo y registro, registro y registro de datos. No hay ningún detalle que no sea relevante: ¡todos los detalles son relevantes! Otra cosa que me pareció fundamental es la realización de un censo de la comunidad, donde se establezcan todas las relaciones de la gente.

De este trabajo de campo, en diez meses hice un diario que cuando dije ante los jurados de la Maestría de Estudios Amazónicos la cantidad de páginas y palabras que tenía no se lo podían creer; incluso hubo uno que no se lo creyó, que eso no era posible, que ni Levi-Strauss… Yo estaba con el cuaderno para escribir constantemente: detalle, detalle, detalle; tratando de remedar los giros propios del lenguaje, si había dicho esta palabra o la había dicho de otra manera; cuando no, estaba con la grabadora haciendo entrevistas, horas y horas de grabación a los más diferentes personajes, y cuando no, haciendo fotografías. Creo que hice un trabajo de campo extraordinario.”

De este trabajo salió su tesis para la maestría que se titula La Edad del Desarrollo. Señoritas y muchachos en la selva que se acaba, que tuvo calificación Cum Laude y que está esperando un editor que se anime a publicarla. Se trata sobre el desarrollo de los jóvenes shipibos y de la ciudad peruana amazónica, del discurso del desarrollo económico al que los jóvenes son los más susceptibles para recibirlo.

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Tres jóvenes shipibos en el pueblo de Vencedor, 2008.

Ampliando sobre su crítica a los textos académicos etnográficos, cuestión que profundiza en su tesis de maestría, Carlos nos dice:

“Hacia los años 80, los antropólogos posmodernos, Clifford Geertz y otros, se cuestionaron los textos de la antropología, porque eran unos textos que nadie entendía y nadie leía.

No hay una regla para que los antropólogos escriban de una manera u otra, cuando mucho hay convenciones, ‘cómo se suelen hacer las cosas’: que justifiques tu información, que la incorpores en un marco teórico, que tengas una metodología clara y que haya unos resultados acordes a los objetivos de la investigación. Pero finalmente todo lo que haces se plasma en un relato: el resultado de la antropología y la etnografía es un texto; entonces, ¿cómo es posible que a los antropólogos no se les enseñe a escribir? ¿Qué se escribe? ¿Por qué se escribe? ¿Para quién se escribe? ¿Cómo se escribe? ¿Qué se escribe y qué no se escribe? ¿Por qué se elimina la primera persona de los textos etnográficos? Cuando la antropología, la etnografía, es un saber basado en la relación personal entre investigador e investigados, ¿por qué se escamotea esa relación personal?

Se escamotea por miedo a no ser reconocida como una ciencia, porque ‘la ciencia es objetiva’, lo que se ha puesto en duda incluso en las ciencias naturales. Pero al final resulta que tu investigación se convierte en un relato personal de algo que has vivido. Tal vez eso se tienda a infravalorar, pero es la experiencia personal lo que se narra: ¡debo ser consciente del papel que ocupo!

Otro de los problemas en la etnografía académica es que se elimina de manera sistemática el efecto que tiene la presencia del investigador en lo que está estudiando. Ese efecto es dramático: todo cambia a su alrededor, no podemos decir que está estudiando algo diferente a sí mismo: está estudiándose también a sí mismo. Eso se escamotea por miedo. Yo traté de reflexionar sobre todas esas cosas en mi trabajo de tesis, en las formas de ensayo, novela, viñetas de la cotidianidad.”

Luego del trabajo de tesis para la maestría Carlos produce textos más periodísticos, por lo general reportajes para diferentes revistas, y se enfoca más en el fenómeno ayahuasquero en esa zona, también con su metodología etnográfica. Al respecto nos cuenta:

“Luego, lo que he trabajado sobre la ayahuasca en la triple frontera y en Iquitos ha tenido una dinámica un poco diferente, porque ya no es con comunidades sino con gente particular. Cuando conozco un curandero o curandera les digo: ‘Quiero estar contigo unos días para mirar tu trabajo, hacerte unas entrevistas, participar de una ceremonia, hacer unas fotografías y a cambio voy a darte un dinero’. Ahí no puedo estarme un mes, es un trabajo más superficial sin profundizar demasiado, pero me ha permitido trabajar con mucha gente diferente y cubrir un área más extensa y ver los puntos en común en esa área: Iquitos, Pucallpa, la triple frontera. En el transcurso de esta etnografía ayahuasquera, discontinua en el tiempo, habré trabajado con 20 a 25 curanderos diferentes.

He tenido solo un par de encontronazos en los que las cosas no funcionaron, quizás por esa idea en algunos de ellos de que el blanco extranjero, o el antropólogo, o el periodista, se llevan el conocimiento con el que ganan dinero, toda esa relación un poco tensa. Pero en general no me ha resultado difícil el acceso a ellos. El dinero que yo les entregaba era parte de lo que ganaba por producir reportajes para revistas como Cáñamo, y me parecía justo darles una parte de lo que yo cobraba.

Pero no habría hecho falta. Ahora los curanderos se han dado cuenta, sobre todo en la zona de Iquitos, de que los medios de comunicación pueden ayudarles a que les llegue gente, y las puertas se abren con mucha más facilidad: ya saben de qué va la historia, ya saben quién es el periodista y qué puede hacer, de manera que es más fácil entrar. A los curanderos ayahuasqueros les gusta que desde lejos venga gente que suponen poderosa a preguntarles su vida: les halaga, es una señal de prestigio ante sus vecinos y ante ellos mismos.”

Recabando más en su experiencia y práctica etnográfica, sobre la actitud en el trabajo de campo; en particular sobre el manejo del estado anímico, de la emocionalidad y la psiquis del etnógrafo-investigador en campo, así como sobre la autovalidación del sentido de lo que hace, nos dice:

“La autodisciplina es definitiva, y tener muy claro qué es lo que quieres. En mi opinión no puedes comportarte con espontaneidad; por ejemplo, si algo que es parte de la cotidianidad te disgusta o te perturba no puedes juzgar o involucrarte: uno tiene que abrirse y simplemente mirar: esto es lo que hay. Claro, algunas cosas chocan, pero debo tener en cuenta que somos diferentes. Bueno, eso es básico en un antropólogo: mantener sus fobias y sus filias en otro lado.

Y sobre el estado de ánimo: uno está solo y a veces te miran raro, no saben quién eres. Puedes tener crisis de salud, una diarrea fuerte, p. e., que suele suceder.  Convivir con gente con la que no tienes un lazo muy fuerte…  Bueno, es un trabajo y hay que hacerlo, ¡hay que estar todos los días al pie del cañón! Y cuando te dé la depre, pues coges tu cuaderno y a escribir, que es lo que hay que hacer: escribir, escribir, escribir.

¿Sirve esto para algo? Yo no creo que esto sirva para nada más que para mí: lo hago porque nos tenemos que dedicar a algo; nos han adoctrinado para que ocupemos un lugar especializado dentro de este sistema tan complejo y el lugar que yo he elegido es este: periodista-etnógrafo, es lo que me gusta hacer. Para mí no tiene sentido este sistema que vivimos ni lo que se hace en esta economía, ¡es absurdo! Pero ahí, en campo, no me puedo plantear eso porque si nó no iría a ningún lado. Sigo haciéndolo porque disfruto haciéndolo, no sé si vale para algo. Y bueno, no pretendo con mi trabajo y mis libros cambiar el mundo, simplemente tengo que hacer algo y lo hago. Imagino que pueda influir en alguna gente, porque hay unas ideas y un conocimiento en lo que escribo que la mayoría de la gente no tiene, pero el objetivo no es incidir en la gente.”

Entrar en relación con “los informantes” no es fácil. Pero ya entrados, entender su lenguaje –supuesto que estamos hablando el mismo idioma– tampoco es sencillo: ¿están diciendo esto que estoy entendiendo? O,  ¿en mi comprensión y redacción luego lo estoy acomodando a mi sistema semántico? Carlos lo entiende y lo resuelve así:

“Eso se logra a base de trabajo de campo. Te equivocas al principio y mucho, porque no entiendes lo que estás viendo, es así de sencillo. Es lo que le pasa a gente común cuando visitan las comunidades: no entienden nada.

Les pasa también a los funcionarios de instituciones gubernamentales y de ONG’s que van a trabajar en proyectos de desarrollo en comunidades indígenas: no entienden nada. Y no les importa. No hay una preocupación por entender las diferencias fundamentales que existen entre nuestra forma de vida y la suya. Se cree que los valores que tenemos son universales; que nuestra organización jerárquica se puede aplicar a sus comunidades; que nuestra disciplina profesional de trabajar de lunes a viernes ocho horas para ganar dinero con el que comprar las cosas que necesitamos, que ese esquema se puede aplicar a ellos…  y no, es otra dinámica. O sea, el lenguaje y las palabras no son lo más importante de comprender sino la dinámica que subyace: cuando has comprendido las dinámicas puedes comprender las palabras de una manera muy diferente.

Porque, para empezar, los paisanos son muy aquiescentes: siempre dicen sí, vale, de acuerdo, pero luego te pueden decir otra cosa. Por eso es muy importante la forma de preguntar; si pones una intención en la pregunta, ellos van a responder de acuerdo con esa intención. Me ha pasado muchas veces. Pregunto: ‘¿Te gusta el pescado?’, y me dicen: ‘Sí’. Y enseguida preguntas: ‘¿O no te gusta el pescado?’ Te responden: ‘No mucho’.  Entonces empiezas a cambiar, a plantearte incluso si preguntar sirve. Hay que valorar cuidadosamente las respuestas que te dan, no dar por bueno todo lo que te dicen.”

 

El yagé-ayahuasca en sí mismo

Luego del lanzamiento del libro Ayahuasca entre dos mundos, tema obligado para nuestra entrevista era sobre el yagé-ayahuasca. Con 17 años de conocer la bebida, Suárez tiene una visión clara de lo que para él ha significado en su vida y lo que representa en la actualidad la purga. Lo expresa así:

“Para mí el yagé es sobre todo una fuente de inspiración para mi trabajo, al margen de tomarlo y de los efectos que me produce. Tomar ayahuasca es para mí algo secundario. Actualmente tomo de vez en cuando. La última vez que tomé fue hace un año y la anterior un año atrás. Este año no he tomado y por el momento no tengo previsto tomar, pero puede pasar en cualquier momento. Y me gusta, pero es más que nada como una limpieza, un liberarme del consciente, de las cadenas de la cotidianidad, de nuestras mezquindades; abrir la zona generosa, perdonarme y perdonar a los demás, darme cuenta que estamos muy condicionados y que somos muy pequeños. Abrirse de esa manera fue una curación de las cicatrices que había dejado la muerte de mi madre a temprana edad. No me dio comprensión del mundo sino una liberación. Pero no creo que sea imprescindible; creo que hay muchas formas de llegar a eso, a lo mejor no tan dramáticas y llamativas pero sí hay otras formas.

Lo que más me interesa del yagé es ver lo que pasa a su alrededor: es una inspiración profesional. Lo veo como un elemento cultural alrededor del cual se están generando una serie de dinámicas que me parecen fascinantes; para entender, por ejemplo, en qué consiste y cómo funciona la globalización: un sistema generalizado de estratificación social que ha destruido la naturaleza, que practican tanto Occidente como Oriente y que se expande porque está en su ADN expandirse: tiene que crecer, tiene que llegar más lejos… Y cuando ese sistema entra en contacto con sistemas más estables como los chamánicos, los va absorbiendo de manera paulatina y brutal, con estrategias de apropiación que vemos por ejemplo en Iquitos.

Todo eso que sucede alrededor de la ayahuasca hace parte de un ámbito más amplio: empresas petroleras, escuelas de las comunidades, pantallas que llegan a todo lado; todo son distintas manifestaciones del mismo sistema expansivo.

Pero, ¿por qué la ayahuasca es un fenómeno importante? Porque es el único conocimiento local que ha permitido que haya indígenas triunfando en el mercado global, es decir, acumulando: produciendo un boom indígena empresarial. Esto es un hito. Y es por eso que yo siento que no estoy escribiendo sobre la ayahuasca, sino sobre un fenómeno económico, antropológico, social, humano… La ayahuasca es un punto muy sugestivo para mirar por todo lo que implica, por la fascinación de las personas que toman.”

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En Iquitos, 2016.

Y claro, todo el boom de la ayahuasca ha tenido un protagonista externo: las oleadas de peregrinos que desde los países más desarrollados vienen a buscar ‘algo’ que se representan como visiones llenas de colores y figuras psicodélicas. Y nos preguntamos, ¿qué hace que gentes de sociedades desarrolladas y ricas vengan a estas zonas a buscar la ayahuasca y sus chamanes? ¿Qué vienen a buscar? Carlos se lo responde así:

“Yo creo que vivimos en la sociedad de la insatisfacción. El vacío y la insatisfacción de esta gente la lleva a un estado anímico y/o espiritual lamentable. Están tristes, no encuentran sentido a sus vidas, y la razón es que están volcados en producir, en consumir, en enviarse mensajes superficiales por sus teléfonos móviles y se olvidan de las cosas mágicas. Hay un olvido de lo básico y creo que la ayahuasca te reconecta con eso, quieras o no quieras; te pone ante un espejo y te hace ver quién eres; te lleva hacia adentro y te hace salirte de esa dinámica en la que estamos, en la que estás superexcitado y no te da tiempo de pararte y comprender. Vivimos en una sociedad muy insatisfecha, de vacío, de ansiedad: la ayahuasca va ahí.”

 

El debate del yagé-ayahuasca

Está planteado hoy en día un intenso debate sobre la expansión de la ayahuasca-yagé y los diferentes tipos de aplicaciones que se dan. Debate en el que participan académicos de diferentes disciplinas: antropólogos, médicos, psicólogos, periodistas, activistas indígenas, las comunidades indígenas mismas a través de sus voceros y autoridades. Debate enrarecido por la “cuestión de las drogas” y la gran farsa política de la prohibición.

Las posiciones en este debate se extienden en un amplio arco de actitudes y propuestas que van desde aquellos que plantean preocupación por el destino de la planta ligado a las comunidades de origen, enfatizando la propiedad de la planta y del conocimiento de su aplicación a los indígenas y a la ‘ancestralidad’ de su existencia. De otra parte, aquellos que plantean que la planta no tiene propietarios y que es un recurso natural que puede ser utilizado por todos ‘en bien de la humanidad’, posición más instrumental que soporta toda la línea de desarrollo de la punta científica y tecnológica que busca identificar principios activos que permitan llegar a producir fármacos a partir de la ayahuasca aplicables a problemas actuales de salud pública como la depresión, las adicciones, la ansiedad, el estrés, a partir de los avances que la utilización psicoterapéutica de la planta han comprobado en esa dirección.

Muchas variantes y combinaciones se dan dentro de esas posiciones: utilizaciones combinadas entre chamanes indígenas y profesionales occidentales de la salud; neochamanismos y utilizaciones de la más diversa inspiración, soportados por teorías y relatos asaz diversos.

Queríamos conocer la visión de Carlos al respecto y esto nos dijo:  

“La situación actual del yagé no la juzgo, no la valoro: es una realidad, me parece natural que evolucione. No creo que la ayahuasca pertenezca a nadie.

Además, el curanderismo ayahuasquero que se ha internacionalizado, tanto el del Putumayo colombiano como el de Iquitos, que son los más conocidos, es un sistema abierto: son curanderos profesionales y atienden a todo el mundo independiente de procedencia, creencias o raza: reciben a todos los enfermos.

La cuestión es que los pacientes aprenden, es decir, el aprendizaje es el mismo proceso de curación: un paciente que se cura está aprendiendo. En el momento que recibes a una persona y le das curación le estás enseñando a trabajar y cuando esa persona se vaya podrá desarrollar libremente ese conocimiento. Entonces, dado que este conocimiento se ha extendido por una amplia área geográfica y que hay muchas variables, que cada persona tiene una idiosincrasia diferente, pues es lógico que no haya ortodoxia: no hay una única manera de hacer las cosas, por eso es una práctica muy heterodoxa. Ni siquiera de generación en generación, un abuelo enseñará al nieto tal como él lo hace, según su experiencia, pero él nieto estará sometido a otras influencias y su conocimiento evolucionará en cierta dirección. Luego, no tengo nada que decir de un tipo que ha estado allí sanándose y a su regreso en Reikiavik hace sus ceremonias.

Ahora, respecto de lo que hace la medicina occidental en sus laboratorios es claro que la ayahuasca tiene unos elementos que pueden actuar en tu cuerpo y eso es lo que aplica esa medicina. Mi disensión con eso es que se considere la ayahuasca sólo como un conjunto de moléculas que actúan de una determinada manera, pero eso es solo una parte de un conjunto: lo ritual o el set-setting y el carisma y experiencia de la persona que sirve el remedio es parte importante de la curación y no se puede obviar.”

Ese intenso debate sobre la ayahuasca-yagé sugiere perspectivas muy diversas de desarrollo. Pedimos a Carlos su visión de futuro al respecto y esto nos dice:

 “Creo que la ayahuasca ha tenido un boom, ha saltado a todo el mundo y no sé hasta cuándo va a durar este boom, pero no mucho, va a llegar a un límite y seguirá como una cuestión minoritaria, como otras disciplinas que han llegado a Occidente, como el yoga, como el kung fu, como el tai chi, como la acupuntura, que son alternativas y minoritarias. Se convertirá en una oferta más dentro de la economía de mercado que todo lo ofrece, oferta infinita para todos los gustos, si tienes dinero puedes obtener cualquier cosa, entre otras tu salud espiritual y tu realización personal, siempre que pagues…

Luego, imagino que todo se profesionalizará más, que habrá una cadena productiva mucho más compleja, más profesional. No sé hasta qué punto se podrá regular el uso de la ayahuasca en este contexto de criminalización de las drogas, esa es la gran cuestión.

¿Y las comunidades indígenas? Pese a todo ellos siguen confiando en sus médicos y mientras se mantengan un poco alejados de las ciudades, de su influjo, de sus hospitales, pues van a seguir recurriendo a sus médicos y el sistema seguirá bastante parecido a como ha sido en las últimas décadas, no se va a caer de la noche a la mañana. Vamos a ver cómo evoluciona, porque los jóvenes quieren ir a la ciudad, quieren ser profesionales, quieren tener dinero; los trabajos de la chagra, el monte, lo consideran atraso, cosas de viejos que no valen.

Yo francamente pienso que la gente de la selva vive mejor. A los jóvenes les atrae la ciudad por la propaganda de los medios de comunicación: estar en la oficina, vestir bonito, el celular…  Pero luego se encuentran con la vaina: con el trancón del tráfico para ir a la oficina, con ocho horas ante un monitor, otra hora de trancón y polución para volver a su casa…

Vamos a ver qué pasa con los jóvenes; es muy común que los jóvenes más valiosos de la comunidad emigren. Los hijos de los caciques, los hijos de los curacas, que son la gente que tiene más acceso a dinero por su posición, es usual que sean enviados a estudiar a la ciudad. Y luego que eso sucede ya no les interesa aprender el conocimiento ritual, el uso de las plantas; raro es que vuelvan a esos orígenes. La mayoría de ellos vienen a la ciudad para integrarse. El acceso a la televisión, el creciente acceso a Internet y los mensajes publicitarios minan su identidad. El mundo está en manos de Hollywood y de los mensajes de la publicidad: los cánones de belleza, del afecto, del éxito, del dinero… No se cómo la gente puede vivir sometida a esos estímulos… Me parece terrible.”

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     Mujer shipiba en el pueblo de Vencedor, 2009.

 

Mirando al futuro

Finalmente, pedimos a Carlos que nos haga un poco de futurología sobre su actividad, sobre sus objetivos inmediatos y a mediano y largo plazo. Esto nos dice:

“Voy a seguir escribiendo, grabando, fotografiando… No sé si voy a seguir con la ayahuasca, hay otros asuntos que merecen la atención también; por ejemplo, la chagra, la vida en la selva, ¿cómo hace la gente para vivir en la selva?, ¿cómo utilizan esos recursos?, ¿cómo plantan, cómo construyen, cómo se relacionan?  Tal vez siguiendo la noción propuesta por el antropólogo suizo Jürg Gasché de ‘sociedades bosquesinas’, expresión que acuñó en vez de ‘salvajes’. Quiero fijarme en eso, quisiera mostrar cómo es la vida cotidiana para la gente que vive de la selva.

Y luego la ayahuasca, tema que me encanta… Tengo trabajos a medias: una novela inédita (además de la tesis de la Maestría) que también tiene que ver con la ayahuasca. Tengo una película documental sobre un gringo que va a aprender con un curandero por un par de años y yo grabé el proceso. Tengo un documental con unos canadienses con los que coincidimos el año pasado en Iquitos, donde yo hago el guión. Tengo una segunda parte del Monstruo Voraz, con mucho trabajo todavía para terminarlo. El dinero es clave. Tengo que financiarme en Leticia haciendo otros trabajillos pues mi trabajo hasta ahora no da dinero, es gasto más que nada; vivo muy parcamente para poder seguir en esto, pero aspiro a que mi trabajo me dé dinero algún día.”

Terminada nuestra conversación con Carlos sentimos que lo conocemos mejor, que comprendemos mejor su actividad y sus textos… Ahora que ha regresado a su familia indígena y a su chagra en la selva, entendemos su pasión por conocer cada vez mejor ese medio natural en vías de desaparición y a sus habitantes. Creemos entender mejor el sentido de su búsqueda, quizás enmarcándolo  en el esquema propuesto por Claude Levi-Strauss, de frío/calor aplicado al desarrollo de la sociedad humana: calor en la dirección del hiperdesarrollo tecnológico y consumista, que consume energía y produce basura frenéticamente en una espiral de crecimiento sin límites hasta el recalentamiento y desazón actual; o enfriamiento, hacia una vida más sencilla, no sometida a modelos engañosos e inalcanzables, en convivencia con la demás naturaleza, cuidando la gente, las relaciones y el medio.

Seguiremos pendientes de sus historias… Seguiremos pendientes de la producción de este corresponsal del mundo en el Amazonas, de este mensajero de la selva y del Gran Río que nos trae las noticias y reclamos de ese medio, quizás hasta que nos decidamos a ir a verlo con nuestros propios ojos…

Continuará. Esta historia sigue…

Bogotá, Junio-Julio de 2018

 

Para visionchamanica.com

Se publica en Agosto 2 de 2018.

 


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