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Revista
“Visión Chamánica”
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Ricardo Díaz Mayorga
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Tel. Móvil: 310-785 9658
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Comentarios

Excelente y muy didáctico, técnico y oportuno el artículo, porque están proliferando los charlatanes inescrupulosos que se hacen pasar por sabedores ancestrales, para estafar y engañar a los incautos citadinos de la capital del país, vendiendo productos que nada tienen que ver con los originales de las culturas indígenas. Y lo más grave, ofreciendo las tomas del yagé, que milenariamente las han suministrado los médicos ancestrales, chamanes reconocidos de las culturas amazónicas.
Héctor Hernando Martínez
Noviembre 12 – 2012

Excelente, qué bueno que todavía existen personas que antes de lanzar una crítica destructiva a las plantas sagradas investigan y se dan cuenta de lo maravillosa que es la Pachamama y los regalos que nos da en el día a día.
Johanna
Febrero 3 - 2010

Consumí mambe hace unos días y entré en catarsis, se me durmieron los brazos y las piernas, sentía desespero y palpitación en todo el cuerpo, siento la entidad dentro del cuerpo y no se como manejarlo, agradezco si me pueden ayudar.
Yessenia Rodríguez
Enero 22 - 2010
Re/ La reacción que describe no es normal. Habría que asegurarse de que efectivamente es mambe. El consumo de este tipo de preparaciones debe hacerse con la guía de personas confiables, normalmente médicos indígenas.

No sabía que existiera ipadu indígena.
Ismael Oscar
Septiembre 30 - 2009

Quiero que me explique sobre la alimentación de macuna.
Flor de Liz Cumbia
Agosto 25 - 2009

Lo interesante es conocer la cultura, bien lo se, por eso en lo que no estoy de acuerdo es que nosotros los indígenas vendamos nuestra cultura, y publiquemos lo que sea a cambio de unos pesos, vendemos lo que en el futuro nos dará mejores oportunidades.
Francy
Agosto 11 - 2009

Gracias Carlos, me da muchísimo gusto encontrar este tipo de trabajos, sobretodo porque en unos días viajo al Caquetá a hacer mi trabajo de campo de la tesis de pregrado de Antropología, en la U de A. Te agradecería poder tener un contacto más personal contigo. Muy buen trabajo, felicidades!!!
Oriana Zapata
Junio 18 - 2009

Carlos, no había leído tu artículo aunque sabía que ya estaba circulando, me lo envió la comentarista Francoise Olives. De verdad te felicito, agrada mucho leer artículos como éste. Saludos.
Alejandra Currea
Mayo 20 - 2009

Muito rico em detalhes, porem para opinar sobre as sensações seria necessário senti-las. Quem sabe algum dia. Abraços
Rafael Curcio Neto
Mayo 12 - 2009

Muy bueno este artículo! Sobre todo cuando uno conoce a Gustavo, Pablo, la maloca... estuve dos años viviendo en Leticia intentando saber qué pasó con mi hijo Marc desaparecido a finales 2003. Al leer he viajado y he sentido el sabor del mambe en mi boca, el calor que me daba y los pinchazos del rapé soplado en mi nariz. Gracias por éste escrito inteligente y sensible
Françoise Olives
Mayo 1 - 2009

Muy interesante y educativo.
Eli Cay
Abril 30 - 2009
 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fotografías del Autor
 

Haciendo mambe,

forjando hombres

El método de procesamiento que media entre la recogida de la hoja y el momento de su consumo es muy distinto en la Amazonia de la tradición andina, donde la hoja seca se introduce en la boca acompañada de cal, se extrae todo el jugo y se expulsan los restos vegetales. El mambe amazónico es la materialización de un método más complejo. El antropólogo colombiano Juan Álvaro Echeverri considera que “probablemente estas innovaciones técnicas tuvieron lugar” porque en la Amazonia “no se encontraban piedras calcáreas, y el ambiente húmedo hacía más difícil la conservación de las hojas. Además, las concentraciones menores del alcaloide en la variedad de coca cultivada en las tierras bajas invitaban a maximizar su aprovechamiento mediante la producción del pulverizado de las hojas, que son ingeridas en su totalidad”.
“Nosotros la etnia macuna sembramos la coca en dos hileras que forman una cruz en la chagra*”, explica Don Gustavo al caer la tarde mientras recoge la coca para el mambe de la noche. Desde que se siembra hasta que se ingiere, Don Gustavo sigue una serie de pasos altamente ritualizados. “Hay que coger las hojas una a una, tratando de no reventar los brotes que hay en la base de cada hoja madura”. Va colocando las hojas en un canasto hecho con fibras vegetales y sigue llenándolo hasta que es casi de noche, cuando regresa a la maloca. En el interior, en una esquina, uno de los ayudantes del maloquero prepara el fuego en el que se tostará la coca. Debe ser un fuego uniforme pero no demasiado fuerte, para evitar que se quemen las hojas que deben quedar tostadas pero verdes; con una larga pala de madera se mueven constantemente las hojas sobre la plancha de acero, lentamente, con paciencia. Una vez tostadas se vierten en un tronco hueco de un metro de alto y quince centímetros de diámetro; por la parte superior se introduce otro tronco, con el que se pila la hoja: es un gran mortero que deja escapar por su abertura superior una nubecilla verde. “Cuando estamos pilando la coca, sale ese polvo y allá mi Dios en el cielo está recibiendo la energía. Por eso es muy importante hacer coca. Mi Dios bendice mucho al tipo que maneja esto”, explica Don Gustavo. Mientras se pila la coca, otro de los ayudantes del maloquero

quema hojas de yarumo sobre una plancha de metal, en el centro de la maloca; ambos polvos se mezclan y luego se tamizan para eliminar las partes gruesas y los restos de fibras, hasta que quede un polvo lo más fino posible, puesto que cuanto más gruesas sean las partículas, más rápidamente se lo llevará la saliva, un efecto poco deseable.
La elaboración del mambe no es simplemente un proceso técnico sino una compleja práctica cultural, que remite e ilustra una forma de vida. Para empezar, la elaboración y el consumo del mambe es, entre los indígenas, una cuestión masculina, y no cualquier cuestión sino una práctica central a través de la cual los jóvenes se convierten en adultos. “Los procesos técnicos que llevan a la elaboración del mambe, son procesos que equivalen al cuidado del propio cuerpo de la persona”, explica Echeverri. “Por poner un ejemplo, cuando se enseña a recoger la hoja, usted primero limpia alrededor de la planta, si tiene bejucos* enredados las suelta con cuidado y va recogiendo hoja por hoja, en orden, de abajo para arriba. No es sólo un gesto técnico; si el joven aprende a cuidar esa planta, aprende también a cuidar su cuerpo, y va a poder cuidar el cuerpo de su mujer y de su hijo. Una coca dulce, bien cernida, bien tostada, refleja toda una disposición de disciplina corporal. Si usted es descuidado, la coca lo va a revelar”.

 

La elaboración y el consumo del mambe es, entre los indígenas, una cuestión masculina, y no cualquier cuestión sino una práctica central a través de la cual los jóvenes se convierten en adultos.

 

*GLOSARIO

Maloca: Gran casa indígena. Centro social, espacio para las fiestas y la conversación. Sostenida no por la comunidad sino por el maloquero, una suerte de chamán. 

Chagra: Huerto amazónico.

Rapé: Tabaco en polvo que se sopla por la nariz.

Yarumo: Palmera amazónica cuya ceniza se mezcla con la hoja de coca pulverizada para hacer mambe.

Pilar: Pulverizar la hoja de coca.

Bejucos: Lianas.

CONTACTO

Las personas interesadas en contactar con Don Gustavo pueden escribirle a malocamacuna@yahoo.es Su maloca está en los alrededores de la comunidad multiétnica del kilómetro 11, a las afueras de la ciudad de Leticia.

 

“Las concentraciones menores del alcaloide en la variedad de coca cultivada en las tierras bajas invitaban a maximizar su aprovechamiento mediante la producción del pulverizado de las hojas, que son ingeridas en su totalidad”

 

EL AUTOR

Carlos Suárez nació en Madrid, España, en 1975. Periodista de profesión, con amplia experiencia en televisiones y revistas de su país, actualmente cursa la Maestría de Estudios Amazónicos en la Sede Amazonia de la Universidad Nacional de Colombia, en Leticia. Asimismo colabora con revistas de España, Perú y Colombia, informando sobre asuntos de la Amazonia.

carlos_suarez_@hotmail.com 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Coca Integral

Mambe
De la maloca a la universidad

Por: Carlos Suárez

 

Don Gustavo, sentado en el mambeadero, reparte mambe para los amigos.


Es una tarde cálida y húmeda, con el azul límpido del cielo que queda tras las grandes tormentas amazónicas. El sendero que lleva a la maloca* de Don Gustavo está hoy muy transitado. Llegados desde la cercana ciudad de Leticia –al sur de Colombia, en la frontera amazónica con Perú y Brasil– y de las comunidades de alrededor, indígenas de diversas etnias, blancos, niños, viejos, mujeres y hombres, componen la abigarrada procesión que cruza esa masa de vida imparable y misteriosa que es la selva. Se encaminan a la fiesta de inauguración de la maloca de Don Gustavo, cuyo suelo será esta noche pisado por primera vez, golpeado con palos, aplanado con las plantas de los pies de los bailadores, acondicionado ritualmente para las fiestas que seguirán. Los caminantes avanzan con ganas, bromeando, alentados por la visión de la maloca que, construida en una suave elevación del terreno, se divisa como un apacible refugio, como la casa grande, fresca y acogedora que es. Esperando a todos los llegados, dentro, sin camisa, con los brazos abiertos, la tez cobriza, el estómago abultado, la sonrisa y el saludo, Don Gustavo, el maloquero, el anfitrión, saluda a los recién llegados: “¡Oiga! ¿Cómo está? Qué bueno tenerle por aquí. Cuelgue su hamaca ahí. Venga, ¿quiere algo de comer?”, una y otra vez la misma fórmula, repetida a decenas de visitantes, sin por eso perder su sinceridad.

El espíritu de la fiesta es alimentado constantemente por el mambe, que está a disposición de todos, y el rapé, que el sobrino de Don Gustavo, Pablo, va soplando de cuando en cuando en las fosas nasales de quien lo desee.


En la maloca, esta noche, ciento cincuenta personas bailan hasta el amanecer, comen, beben. También mambean e inhalan rapé de tabaco. Esta noche el maloquero y sus invitados buscan, con la ayuda de los espíritus de las plantas, la sanación. Esta noche el mambe es una vez más, el espíritu que endulza los corazones. Uno de los bailadores se levanta del banco y se coloca en el centro de la maloca, iniciando el enésimo baile de la noche. Los invitados se suman, mujeres a un lado, hombres a otro, frente a frente, girando una y otra vez sobre si mismos, cantando con un ritmo repetitivo, tranquilo, pero aun así, enérgico. El espíritu de la fiesta es alimentado constantemente por el mambe, que está a disposición de todos, y el rapé*, que el sobrino de Don Gustavo, Pablo, va soplando de cuando en cuando en las fosas nasales de quien lo desee.

Tradición, evolución

El profesor se sienta relajadamente en la silla y saca de su cartera de piel dos frascos, que coloca sobre la mesa. Uno es pequeño y oscuro, el otro verde, del tamaño de un bote de mermelada. Sigue disertando acerca de algunos conceptos generales de la sociedad amazónica mientras abre el frasco verde, lo inclina por encima de su cabeza y deja caer parte del contenido en la boca. Al cabo de unos segundos, los que tarda en transformar el polvo verde en una bola compacta que acomoda en su carrillo, explica ante los oyentes que asisten sorprendidos al ritual: “Esto es mambe, una costumbre amazónica. Para algunos es vicio…”, y ríe. Después abre el botecito oscuro, saca un palito impregnado de una sustancia pastosa, de color marrón, y se lo pasa por la lengua. “Esto es ambil, pasta de tabaco. Coca y tabaco van siempre juntos”. Juan Álvaro Echeverri, profesor de antropología de la Universidad Nacional de Colombia en la ciudad de Leticia, es uno de los investigadores sociales que más tiempo ha dedicado a entender el

El antropólogo Juan Álvaro Echeverri, mambeando durante una charla.

uso del mambe en las sociedades amazónicas. “Entre los indígenas, el mambeo es cotidiano. Desayunan y se ponen a mambear”. Al parecer, la coca comenzó a utilizarse en la Alta Amazonia hace unos dos siglos. Entonces la planta llegó a la selva y rápidamente sedujo a diversos grupos indígenas. Thomas Whiffen, un explorador inglés que recorrió el río Putumayo a principios de siglo XX observó que el consumo era una costumbre generalizada. “Los indios son unos verdaderos maniacos de la coca. Fue imposible observar alguien que por algún tiempo no estuviese bajo su influencia”. Otro testimonio de la época lo dejó el comerciante Joaquín Rocha: “Dicen los adeptos de este vicio o costumbre que la coca da fuerza para el trabajo, ánimo valeroso para cualquier empeño, vence el tedio de la inactividad, acompaña en la soledad y reconforta en el abatimiento. Con tal acervo de ventajosas condiciones, no es de admirar que los blancos que viven en la tierra de los huitotos hayan hecho, como los indios, una necesidad de este uso y que anden provistos, allá donde vayan, de su bote de mambe”.
El mambe es fruto de la combinación de hoja de coca –Erythroxylum coca, variedad ipadu– pulverizada y ceniza de yarumo* –Cecropia sciadophylla–, cuya función es liberar el alcaloide para permitir su actividad. Pese a ser una costumbre relativamente reciente, ocupa un lugar principal en las cosmovisiones y prácticas culturales de las etnias macuna, yucuna, huitoto, andoque y muchas otras. “Ningún indígena”, asegura Echeverri, “aceptaría nuestra afirmación de que la coca y su forma de procesamiento han sido adquiridas de otros grupos en tiempos no muy remotos. La coca, junto con el tabaco, están en la fundación misma de la sociedad”.

La estimulación es leve: aumento de la concentración, agudeza sensorial, facilidad comunicativa… Aunque equiparable por su potencia al café, el efecto es menos violento y es más difícil que produzca taquicardia o insomnio


La forma de consumo del mambe distingue a la tradición amazónica de la andina, donde la hoja se masca entera y se escupe después de haber extraído el jugo. Desde un punto de vista botánico, cabe reseñar que la variedad que se cultiva en la selva, conocida como ipadu, contiene el alcaloide en concentraciones inferiores a las de Los Andes; mientras que en la ipadu no sobrepasa el 0,25%, en las variedades andinas la concentración del alcaloide oscila entre el 0,63% de la coca boliviana y el 0,77% de la colombiana. Además de la cocaína, la hoja de coca despliega muchas otras virtudes. Una investigación dirigida por el etnobotánico Timothy Plowman, demostró que ingerida, la hoja de coca proporciona elementos nutricionales: “Cien gramos de hojas de coca basta para satisfacer las necesidades nutricionales de un adulto en 24 horas. Gracias a sus contenidos de calcio, proteínas, vitamina A, vitamina E y otros nutrientes, esta planta ofrece al campo de la nutrición humana posibilidades aún más amplias que al campo exclusivamente medicinal”. Dados todos estos atributos, y considerando que el consumo patológico es prácticamente inexistente, resulta chocante que la planta, al menos en su forma natural, siga sometida a las más duras restricciones internacionales. Son ya casi cincuenta años desde que se declaró la planta demoníaca: sin valor terapéutico, susceptible de abuso. Para el antropólogo Anthony Henman, autor de la obra de referencia Mamacoca, defensor del mambe e inventor de una forma casera de producirlo, la prohibición está impidiendo la aparición de formas sanas de consumo de cocaína: “Cuando uno mambea sé está echando cocaína a la sangre, pero está entrando poco y constante, entonces uno tiene un nivel de estimulación que puede mantener durante horas. Es muy diferente al modelo de uso de la cocaína donde uno dispara y después recae en una serie de picos. El problema con la cocaína refinada es que uno siempre consume una cantidad grande; se necesita mucho autocontrol y disciplina para controlarla. Podría reeducarse la demanda de cocaína hacia formas más blandas y menos problemáticas. Una buena cantidad de los consumidores de cocaína estarían bien felices con el mambe”
Uno de esos consumidores nos cuenta su historia. Recuerda que hace unos años, cuando vivía en Bogotá, se estaba deslizando por el peligroso camino de la cocaína. “Yo no sé qué hubiera sido de mí sin el mambe”, suspira mientras saca de su bolso un tarro blanco. Lo abre, extrae de dentro una cucharilla y ofrece a los presentes una mambeada. Es por la mañana, y el joven acude sus quehaceres diarios con un carrillo hinchado por la bola de mambe, que poco a poco se va deshaciendo y bajando el aparato digestivo. “El mambe me permite estudiar y trabajar; además no deja las depresiones de la cocaína”. La estimulación es leve: aumento de la concentración, agudeza sensorial, facilidad comunicativa… Aunque equiparable por su potencia al café, el efecto es menos violento y es más difícil que produzca taquicardia o insomnio, incluso cuando se mambea por la noche, si es que se usa para conversar tras una cena entre amigos o para salir a bailar.

Mambe y mercado

Lejos de las costumbres indígenas Don Gustavo reflexiona sobre el uso que en determinados espacios urbanos de Colombia se está haciendo del mambe: “¿Malo? No es malo… ¿Qué puedo decir yo? Es malo un poquito porque no nacieron para ello, no saben la historia de la coca, no saben quién es el dueño de la coca ni por qué mambean. De repente mambean porque se siente bueno, ¿no? Se pone uno la coca, y se concentra uno enfrente de la computadora… Bien… Se sienten bien… Pero no saben para qué o cómo van a contactarse con mi Dios, con las energías y con los animales que están allá arriba”. Mucho ha vivido y mucho ha visto Don Gustavo para andarse con remilgos étnicos, para clamar por un uso verdadero de la coca. Lejos de los estereotipos que caracterizan a las sociedades amazónicas como cerradas y celosas de sus tradiciones por los siglos de los siglos, las gentes de la Amazonia encarnan lo contrario: abiertas, dispuestas al intercambio, deseosas de incorporar nuevas costumbres… Constante evolución. Desde que llegaron los españoles hace cinco siglos, los indígenas han establecido comercio y comunicación con los blancos. Ése es el contexto en el que se hizo hombre Don Gustavo. Su madre era indígena de la etnia macuna; su padre un comerciante de Medellín con el que viajó por los ríos de la selva colombiana. A la muerte de su padre, como tantos otros jóvenes indígenas de la región, trabajó para el narcotráfico, sembrando la planta y transformándola en pasta de coca. “Loco. Estuve tres años perdido en la droga. Gracias a mi Dios dejé el cocal y me vine. Los blancos nos fueron a dañar a los indígenas. Muchos se dañaron en el río Mirití: los yucuna, los tanimboca… Todos consumieron químico hasta que los abuelos de nosotros cerraron. Dijeron: Bueno, vamos a sembrarles la hojita de coca, vamos a secarla, se la vendemos pero que vayan a trabajar a la tierra de los blancos. Vendemos, sí, porque necesitamos plata para vivir”. Cercados por la economía de mercado, las actividades tradicionales se revelan insuficientes para atender a las nuevas necesidades: libros para la escuela, ropa, herramientas para el trabajo, pilas, alimentos diversos, medicina occidental… A punto de jubilarse de su modesto trabajo en la capitanía del puerto de Leticia, Don Gustavo trata de adaptarse a los nuevos tiempos; para ello ofrece sus conocimientos, su maloca, su chagra* y su pedazo de selva en el mercado turístico. Por supuesto no falta quien le acusa de vender la cultura, pero Don Gustavo tiene familia. “Yo necesito ganar plata para yo vivir y dejar algo a mis hijos. Yo voy a trabajar con turismo. Ahorita estamos haciendo la maloca y aquí también tenemos una casa para que la gente venga a dormir… Se pueden ir a bañar al río… Que vengan los blancos y miren que sí hay indígenas que viven y que están manejando su cultura”.

“Si el joven aprende a cuidar esa planta, aprende también a cuidar su cuerpo, y va a poder cuidar el cuerpo de su mujer y de su hijo. Una coca dulce, bien cernida, bien tostada, refleja toda una disposición de disciplina corporal. Si usted es descuidado, la coca lo va a revelar”.



Tabaco, coca, sanación

En el centro de la maloca se siguen encadenando los bailes. Como hay invitados de las etnias huitoto, andoque, carijona y bora, los pasos, los ritmos y los cantos brillan por su diversidad. Don Gustavo y sus invitados conversan largamente en una esquina, sentados alrededor de una mesa baja de madera sobre la que se distingue un bote de plástico blanco que contiene el mambe, así como cigarrillos, rapé y ambil. La coca forma un matrimonio inseparable con el tabaco en sus diversas formas, aunque es el rapé la forma de los macuna. Valiéndose de una caña, el maloquero sopla tabaco en cada agujero nasal del mambeador; el efecto es instantáneo y eléctrico, como una corriente de energía que impulsa nuevamente a la persona hacia la comunicación, que abre los sentidos. “Al soplar tabaco”, explica Don Gustavo gesticulando, “haces contacto de una vez directamente con mi Dios. De ahí viene ya la energía… Tatatatatata… ¡¡¡Abre…!!! ¡¡¡Ta…!!! La pared del mundo”.

Don Gustavo Mejía Macuna, en la puerta de su maloca.

Es así como el maloquero y sus invitados cuentan historias, intercambian pensamientos, recuerdan a los que ya no están, discuten de política, reverencian a los abuelos y resuelven conflictos. “Yo cuando comienzo a contar cuentos se me abre mucho. Se me expande… ¡¡Ufff!! Vuelo y me conecto con todas las energías, con mi Dios, con la energía que está sostenida por los abuelos míos, los abuelos que tengo en el agua, del otro mundo… ¡¡Tatatatata!!”. El maloquero debe procurar un ambiente idóneo para la interrelación, la comunicación, la paz, la sanación. “La coca no cura, pero permite que la gente esté abierta a la curación”, matiza Don Gustavo. “Hay veces que yo le pregunto a la gente: ¿Cómo está el mundo? El mundo está mal, me dicen. No, el mundo no está mal. Mi Dios dejó todo completito. La cabeza de nosotros sí es un poco mala. Éste es el que lo desvía a uno. ¿Qué uno va a hacer? ¿Cómo va a crecer? ¿Qué piensa? Va a oír consejos de los abuelos, de los tíos, de la mamá y del papá; es así como comienza a salir. Ésa es la orden. Y el mundo que mi Dios dejó, cuidar. No dañar sino cuidar”.

“Cuando uno mambea sé está echando cocaína a la sangre, pero está entrando poco y constante, entonces uno tiene un nivel de estimulación que puede mantener durante horas. Es muy diferente al modelo de uso de la cocaína donde uno dispara y después recae en una serie de picos”.


Mientras Don Gustavo continúa “contado cuentos”, un sol naranja se eleva por encima de la masa boscosa. El baile ha terminado. Algunos de los participantes duermen en las hamacas; otros, afuera, inician el camino de regreso en la claridad del nuevo día. La transgresión cósmica ha concluido; con la ayuda de las plantas se ha vencido el ciclo del día y la noche. Los valientes que han cantado, bailado y conversado hasta el amanecer se alejan dejando atrás un mal pensamiento o una enfermedad, llevándose una amistad o una nueva canción. Poco a poco, la maloca queda vacía, pero en cada despedida vuelven a resonar, afables, las palabras del maloquero: “¿Se lo ha pasado bien? Le he visto bailar mucho, eso es bueno. ¿Quiere un poco de mambe para el camino?”


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