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Fotografías del Autor
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Haciendo mambe,
forjando hombres
El método de procesamiento que media entre la recogida de la hoja y
el momento de su consumo es muy distinto en la Amazonia de la
tradición andina, donde la hoja seca se introduce en la boca
acompañada de cal, se extrae todo el jugo y se expulsan los restos
vegetales. El mambe amazónico es la materialización de un método más
complejo. El antropólogo colombiano Juan Álvaro Echeverri considera
que “probablemente estas innovaciones técnicas tuvieron lugar”
porque en la Amazonia “no se encontraban piedras calcáreas, y el
ambiente húmedo hacía más difícil la conservación de las hojas.
Además, las concentraciones menores del alcaloide en la variedad de
coca cultivada en las tierras bajas invitaban a maximizar su
aprovechamiento mediante la producción del pulverizado de las hojas,
que son ingeridas en su totalidad”.
“Nosotros la etnia macuna sembramos la coca en dos hileras que
forman una cruz en la chagra*”, explica Don Gustavo al caer la tarde
mientras recoge la coca para el mambe de la noche. Desde que se
siembra hasta que se ingiere, Don Gustavo sigue una serie de pasos
altamente ritualizados. “Hay que coger las hojas una a una,
tratando
de no reventar los brotes que hay en la base de cada hoja madura”.
Va colocando las hojas en un canasto hecho con fibras vegetales y
sigue llenándolo hasta que es casi de noche, cuando regresa a la
maloca. En el interior, en una esquina, uno de los ayudantes del
maloquero prepara el fuego
en
el que se tostará la coca. Debe ser un fuego uniforme pero no
demasiado fuerte, para evitar que se quemen las hojas que deben
quedar tostadas pero verdes; con una larga pala de madera se mueven
constantemente las hojas sobre la plancha de acero, lentamente, con
paciencia. Una vez tostadas se vierten en un tronco
hueco
de un metro de alto y quince centímetros de diámetro; por la parte
superior se introduce otro tronco, con el que se pila la hoja: es un
gran mortero que deja escapar por su abertura superior una nubecilla
verde. “Cuando estamos pilando la coca, sale ese polvo y allá mi
Dios en el cielo está recibiendo la energía. Por eso es muy
importante hacer coca. Mi Dios bendice mucho al tipo que maneja
esto”, explica Don Gustavo. Mientras se pila la coca, otro de los
ayudantes del maloquero

quema hojas de yarumo
sobre una plancha de metal, en el centro de la maloca; ambos polvos
se mezclan y luego se tamizan para
eliminar
las partes gruesas y los restos de fibras, hasta que quede un polvo
lo más fino posible, puesto que cuanto más gruesas sean las
partículas, más rápidamente se lo llevará la saliva, un efecto poco
deseable.
La elaboración del mambe no es simplemente un proceso técnico sino
una compleja práctica cultural, que remite e ilustra una forma de
vida. Para empezar, la elaboración y el consumo del mambe es, entre
los indígenas, una cuestión masculina, y no cualquier cuestión sino
una práctica central a través de la cual los jóvenes se convierten
en adultos. “Los procesos técnicos que llevan a la elaboración del
mambe, son procesos que equivalen al cuidado del propio cuerpo de la
persona”, explica Echeverri. “Por poner un ejemplo, cuando se enseña
a recoger la hoja, usted primero limpia alrededor de la planta, si
tiene bejucos* enredados las suelta con cuidado y va recogiendo hoja
por hoja, en orden, de abajo para arriba. No es sólo un gesto
técnico; si el joven aprende a cuidar esa planta, aprende también a
cuidar su cuerpo, y va a poder cuidar el cuerpo de su mujer y de su
hijo. Una coca dulce, bien cernida, bien tostada, refleja toda una
disposición de disciplina corporal. Si usted es descuidado, la coca
lo va a revelar”. |
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La elaboración y
el consumo del mambe es, entre los indígenas, una cuestión
masculina, y no cualquier cuestión sino una práctica central a
través de la cual los jóvenes se convierten en adultos. |
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*GLOSARIO
Maloca:
Gran casa indígena. Centro social, espacio para las fiestas y la
conversación. Sostenida no por la comunidad sino por el maloquero,
una suerte de chamán.
Chagra:
Huerto amazónico.
Rapé:
Tabaco en polvo que se sopla por la nariz.
Yarumo:
Palmera amazónica cuya ceniza se mezcla con la hoja de coca
pulverizada para hacer mambe.
Pilar:
Pulverizar la hoja de coca.
Bejucos:
Lianas. |
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CONTACTO
Las personas interesadas en contactar con Don Gustavo pueden
escribirle a
malocamacuna@yahoo.es Su maloca está en los alrededores de la
comunidad multiétnica del kilómetro 11, a las afueras de la ciudad
de Leticia. |
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“Las
concentraciones menores del alcaloide en la variedad de coca
cultivada en las tierras bajas invitaban a maximizar su
aprovechamiento mediante la producción del pulverizado de las hojas,
que son ingeridas en su totalidad” |
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EL AUTOR
Carlos Suárez
nació en Madrid, España, en 1975. Periodista de profesión, con
amplia experiencia en televisiones y revistas de su país,
actualmente cursa la Maestría de Estudios Amazónicos en la Sede
Amazonia de la Universidad Nacional de Colombia, en Leticia.
Asimismo colabora con revistas de España, Perú y Colombia,
informando sobre asuntos de la Amazonia.
carlos_suarez_@hotmail.com |
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Coca Integral
Mambe
De la maloca a la universidad
Por: Carlos Suárez
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Don Gustavo, sentado
en el mambeadero, reparte mambe para
los amigos. |
Es una tarde
cálida y húmeda, con el azul límpido del
cielo que queda tras las grandes tormentas
amazónicas. El sendero que lleva a la
maloca* de Don Gustavo está hoy muy
transitado. Llegados desde la cercana ciudad
de Leticia –al sur de Colombia, en la
frontera amazónica con Perú y Brasil– y de
las comunidades de alrededor, indígenas de
diversas etnias, blancos, niños, viejos,
mujeres y hombres, componen la abigarrada
procesión que cruza esa masa de vida
imparable y misteriosa que es la selva. Se
encaminan a la fiesta de inauguración de la
maloca de Don Gustavo, cuyo suelo será esta
noche pisado por primera vez, golpeado con
palos, aplanado con las plantas de los pies
de los bailadores, acondicionado ritualmente
para las fiestas que seguirán. Los
caminantes avanzan con ganas, bromeando,
alentados por la visión de la maloca que,
construida en una suave elevación del
terreno, se divisa como un apacible refugio,
como la casa grande, fresca y acogedora que
es. Esperando a todos los llegados, dentro,
sin camisa, con los brazos abiertos, la tez
cobriza, el estómago abultado, la sonrisa y
el saludo, Don Gustavo, el maloquero, el
anfitrión, saluda a los recién llegados:
“¡Oiga! ¿Cómo está? Qué bueno tenerle por
aquí. Cuelgue su hamaca ahí. Venga, ¿quiere
algo de comer?”, una y otra vez la misma
fórmula, repetida a decenas de visitantes,
sin por eso perder su sinceridad.
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El
espíritu de la fiesta es alimentado
constantemente por el mambe, que
está a disposición de todos, y el
rapé, que el sobrino de Don Gustavo,
Pablo, va soplando de cuando en
cuando en las fosas nasales de quien
lo desee. |
En la maloca, esta noche, ciento cincuenta
personas bailan hasta el amanecer, comen,
beben. También mambean e inhalan rapé de
tabaco. Esta noche el maloquero y sus
invitados buscan, con la ayuda de los
espíritus de las plantas, la sanación. Esta
noche el mambe es una vez más, el espíritu
que endulza los corazones. Uno de los
bailadores se levanta del banco y se coloca
en el centro de la maloca, iniciando el
enésimo baile de la noche. Los invitados se
suman, mujeres a un lado, hombres a otro,
frente a frente, girando una y otra vez
sobre si mismos, cantando con un ritmo
repetitivo, tranquilo, pero aun así,
enérgico. El espíritu de la fiesta es
alimentado constantemente por el mambe, que
está a disposición de todos, y el rapé*, que
el sobrino de Don Gustavo, Pablo, va
soplando de cuando en cuando en las fosas
nasales de quien lo desee.
Tradición, evolución
El profesor se sienta relajadamente en la
silla y saca de su cartera de piel dos
frascos, que coloca sobre la mesa. Uno es
pequeño y oscuro, el otro verde, del tamaño
de un bote de mermelada. Sigue disertando
acerca de algunos conceptos generales de la
sociedad amazónica mientras abre el frasco
verde, lo inclina por encima de su cabeza y
deja caer parte del contenido en la boca. Al
cabo de unos segundos, los que tarda en
transformar el polvo verde en una bola
compacta que acomoda en su carrillo, explica
ante los oyentes que asisten sorprendidos al
ritual: “Esto es mambe, una costumbre
amazónica. Para algunos es vicio…”, y ríe.
Después abre el botecito oscuro, saca un
palito impregnado de una sustancia pastosa,
de color marrón, y se lo pasa por la lengua.
“Esto es ambil, pasta de tabaco. Coca y
tabaco van siempre juntos”. Juan Álvaro
Echeverri, profesor de antropología de la
Universidad Nacional de Colombia en la
ciudad de Leticia, es uno de los
investigadores sociales que más tiempo ha
dedicado a entender el
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El antropólogo Juan
Álvaro Echeverri, mambeando durante
una charla. |
uso del mambe
en las sociedades amazónicas. “Entre los
indígenas, el mambeo es cotidiano. Desayunan
y se ponen a mambear”. Al parecer, la coca
comenzó a utilizarse en la Alta Amazonia
hace unos dos siglos. Entonces la planta
llegó a la selva y rápidamente sedujo a
diversos grupos indígenas. Thomas Whiffen,
un explorador inglés que recorrió el río
Putumayo a principios de siglo XX observó
que el consumo era una costumbre
generalizada. “Los indios son unos
verdaderos maniacos de la coca. Fue
imposible observar alguien que por algún
tiempo no estuviese bajo su influencia”.
Otro testimonio de la época lo dejó el
comerciante Joaquín Rocha: “Dicen los
adeptos de este vicio o costumbre que la
coca da fuerza para el trabajo, ánimo
valeroso para cualquier empeño, vence el
tedio de la inactividad, acompaña en la
soledad y reconforta en el abatimiento. Con
tal acervo de ventajosas condiciones, no es
de admirar que los blancos que viven en la
tierra de los huitotos hayan hecho, como los
indios, una necesidad de este uso y que
anden provistos, allá donde vayan, de su
bote de mambe”.
El mambe es fruto de la combinación de hoja
de coca –Erythroxylum coca, variedad
ipadu– pulverizada y ceniza de yarumo* –Cecropia
sciadophylla–, cuya función es liberar
el alcaloide para permitir su actividad.
Pese a ser una costumbre relativamente
reciente, ocupa un lugar principal en las
cosmovisiones y prácticas culturales de las
etnias macuna, yucuna, huitoto, andoque y
muchas otras. “Ningún indígena”, asegura
Echeverri, “aceptaría nuestra afirmación de
que la coca y su forma de procesamiento han
sido adquiridas de otros grupos en tiempos
no muy remotos. La coca, junto con el
tabaco, están en la fundación misma de la
sociedad”.
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La
estimulación es leve: aumento de la
concentración, agudeza sensorial,
facilidad comunicativa… Aunque
equiparable por su potencia al café,
el efecto es menos violento y es más
difícil que produzca taquicardia o
insomnio |
La forma de consumo del mambe distingue a la
tradición amazónica de la andina, donde la
hoja se masca entera y se escupe después de
haber extraído el jugo. Desde un punto de
vista botánico, cabe reseñar que la variedad
que se cultiva en la selva, conocida como
ipadu, contiene el alcaloide en
concentraciones inferiores a las de Los
Andes; mientras que en la ipadu no
sobrepasa el 0,25%, en las variedades
andinas la concentración del alcaloide
oscila entre el 0,63% de la coca boliviana y
el 0,77% de la colombiana. Además de la
cocaína, la hoja de coca despliega muchas
otras virtudes. Una investigación dirigida
por el etnobotánico Timothy Plowman,
demostró que ingerida, la hoja de coca
proporciona elementos nutricionales: “Cien
gramos de hojas de coca basta para
satisfacer las necesidades nutricionales de
un adulto en 24 horas. Gracias a sus
contenidos de calcio, proteínas, vitamina A,
vitamina E y otros nutrientes, esta planta
ofrece al campo de la nutrición humana
posibilidades aún más amplias que al campo
exclusivamente medicinal”. Dados todos estos
atributos, y considerando que el consumo
patológico es prácticamente inexistente,
resulta chocante que la planta, al menos en
su forma natural, siga sometida a las más
duras restricciones internacionales. Son ya
casi cincuenta años desde que se declaró la
planta demoníaca: sin valor terapéutico,
susceptible de abuso. Para el antropólogo
Anthony Henman, autor de la obra de
referencia Mamacoca, defensor del mambe e
inventor de una forma casera de producirlo,
la prohibición está impidiendo la aparición
de formas sanas de consumo de cocaína:
“Cuando uno mambea sé está echando cocaína a
la sangre, pero está entrando poco y
constante, entonces uno tiene un nivel de
estimulación que puede mantener durante
horas. Es muy diferente al modelo de uso de
la cocaína donde uno dispara y después recae
en una serie de picos. El problema con la
cocaína refinada es que uno siempre consume
una cantidad grande; se necesita mucho
autocontrol y disciplina para controlarla.
Podría reeducarse la demanda de cocaína
hacia formas más blandas y menos
problemáticas. Una buena cantidad de los
consumidores de cocaína estarían bien
felices con el mambe”
Uno de esos consumidores nos cuenta su
historia. Recuerda que hace unos años,
cuando vivía en Bogotá, se estaba deslizando
por el peligroso camino de la cocaína. “Yo
no sé qué hubiera sido de mí sin el mambe”,
suspira mientras saca de su bolso un tarro
blanco. Lo abre, extrae de dentro una
cucharilla y ofrece a los presentes una
mambeada. Es por la mañana, y el joven acude
sus quehaceres diarios con un carrillo
hinchado por la bola de mambe, que poco a
poco se va deshaciendo y bajando el aparato
digestivo. “El mambe me permite estudiar y
trabajar; además no deja las depresiones de
la cocaína”. La estimulación es leve:
aumento de la concentración, agudeza
sensorial, facilidad comunicativa… Aunque
equiparable por su potencia al café, el
efecto es menos violento y es más difícil
que produzca taquicardia o insomnio, incluso
cuando se mambea por la noche, si es que se
usa para conversar tras una cena entre
amigos o para salir a bailar.
Mambe y mercado
Lejos de las costumbres indígenas Don
Gustavo reflexiona sobre el uso que en
determinados espacios urbanos de Colombia se
está haciendo del mambe: “¿Malo? No es malo…
¿Qué puedo decir yo? Es malo un poquito
porque no nacieron para ello, no saben la
historia de la coca, no saben quién es el
dueño de la coca ni por qué mambean. De
repente mambean porque se siente bueno, ¿no?
Se pone uno la coca, y se concentra uno
enfrente de la computadora… Bien… Se sienten
bien… Pero no saben para qué o cómo van a
contactarse con mi Dios, con las energías y
con los animales que están allá arriba”.
Mucho ha vivido y mucho ha visto Don Gustavo
para andarse con remilgos étnicos, para
clamar por un uso verdadero de la coca.
Lejos de los estereotipos que caracterizan a
las sociedades amazónicas como cerradas y
celosas de sus tradiciones por los siglos de
los siglos, las gentes de la Amazonia
encarnan lo contrario: abiertas, dispuestas
al intercambio, deseosas de incorporar
nuevas costumbres… Constante evolución.
Desde que llegaron los españoles hace cinco
siglos, los indígenas han establecido
comercio y comunicación con los blancos. Ése
es el contexto en el que se hizo hombre Don
Gustavo. Su madre era indígena de la etnia
macuna; su padre un comerciante de Medellín
con el que viajó por los ríos de la selva
colombiana. A la muerte de su padre, como
tantos otros jóvenes indígenas de la región,
trabajó para el narcotráfico, sembrando la
planta y transformándola en pasta de coca.
“Loco. Estuve tres años perdido en la droga.
Gracias a mi Dios dejé el cocal y me vine.
Los blancos nos fueron a dañar a los
indígenas. Muchos se dañaron en el río
Mirití: los yucuna, los tanimboca… Todos
consumieron químico hasta que los abuelos de
nosotros cerraron. Dijeron: Bueno, vamos a
sembrarles la hojita de coca, vamos a
secarla, se la vendemos pero que vayan a
trabajar a la tierra de los blancos.
Vendemos, sí, porque necesitamos plata para
vivir”. Cercados por la economía de mercado,
las actividades tradicionales se revelan
insuficientes para atender a las nuevas
necesidades: libros para la escuela, ropa,
herramientas para el trabajo, pilas,
alimentos diversos, medicina occidental… A
punto de jubilarse de su modesto trabajo en
la capitanía del puerto de Leticia, Don
Gustavo trata de adaptarse a los nuevos
tiempos; para ello ofrece sus conocimientos,
su maloca, su chagra* y su pedazo de selva
en el mercado turístico. Por supuesto no
falta quien le acusa de vender la cultura,
pero Don Gustavo tiene familia. “Yo necesito
ganar plata para yo vivir y dejar algo a mis
hijos. Yo voy a trabajar con turismo.
Ahorita estamos haciendo la maloca y aquí
también tenemos una casa para que la gente
venga a dormir… Se pueden ir a bañar al río…
Que vengan los blancos y miren que sí hay
indígenas que viven y que están manejando su
cultura”.
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“Si el joven aprende a cuidar esa
planta, aprende también a cuidar su
cuerpo, y va a poder cuidar el
cuerpo de su mujer y de su hijo. Una
coca dulce, bien cernida, bien
tostada, refleja toda una
disposición de disciplina corporal.
Si usted es descuidado, la coca lo
va a revelar”. |
Tabaco, coca, sanación
En el centro de la maloca se siguen
encadenando los bailes. Como hay invitados
de las etnias huitoto, andoque, carijona y
bora, los pasos, los ritmos y los cantos
brillan por su diversidad. Don Gustavo y sus
invitados conversan largamente en una
esquina, sentados alrededor de una mesa baja
de madera sobre la que se distingue un bote
de plástico blanco que contiene el mambe,
así como cigarrillos, rapé y ambil. La coca
forma un matrimonio inseparable con el
tabaco en sus diversas formas, aunque es el
rapé la forma de los macuna. Valiéndose de
una caña, el maloquero sopla tabaco en cada
agujero nasal del mambeador; el efecto es
instantáneo y eléctrico, como una corriente
de energía que impulsa nuevamente a la
persona hacia la comunicación, que abre los
sentidos. “Al soplar tabaco”, explica Don
Gustavo gesticulando, “haces contacto de una
vez directamente con mi Dios. De ahí viene
ya la energía… Tatatatatata… ¡¡¡Abre…!!! ¡¡¡Ta…!!!
La pared del mundo”.
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Don Gustavo Mejía
Macuna, en la puerta de su maloca. |
Es así como el
maloquero y sus invitados cuentan historias,
intercambian pensamientos, recuerdan a los
que ya no están, discuten de política,
reverencian a los abuelos y resuelven
conflictos. “Yo cuando comienzo a contar
cuentos se me abre mucho. Se me expande… ¡¡Ufff!!
Vuelo y me conecto con todas las energías,
con mi Dios, con la energía que está
sostenida por los abuelos míos, los abuelos
que tengo en el agua, del otro mundo… ¡¡Tatatatata!!”.
El maloquero debe procurar un ambiente
idóneo para la interrelación, la
comunicación, la paz, la sanación. “La coca
no cura, pero permite que la gente esté
abierta a la curación”, matiza Don Gustavo.
“Hay veces que yo le pregunto a la gente:
¿Cómo está el mundo? El mundo está mal, me
dicen. No, el mundo no está mal. Mi Dios
dejó todo completito. La cabeza de nosotros
sí es un poco mala. Éste es el que lo desvía
a uno. ¿Qué uno va a hacer? ¿Cómo va a
crecer? ¿Qué piensa? Va a oír consejos de
los abuelos, de los tíos, de la mamá y del
papá; es así como comienza a salir. Ésa es
la orden. Y el mundo que mi Dios dejó,
cuidar. No dañar sino cuidar”.
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“Cuando uno mambea sé está echando
cocaína a la sangre, pero está
entrando poco y constante, entonces
uno tiene un nivel de estimulación
que puede mantener durante horas. Es
muy diferente al modelo de uso de la
cocaína donde uno dispara y después
recae en una serie de picos”. |
Mientras Don Gustavo continúa “contado
cuentos”, un sol naranja se eleva por encima
de la masa boscosa. El baile ha terminado.
Algunos de los participantes duermen en las
hamacas; otros, afuera, inician el camino de
regreso en la claridad del nuevo día. La
transgresión cósmica ha concluido; con la
ayuda de las plantas se ha vencido el ciclo
del día y la noche. Los valientes que han
cantado, bailado y conversado hasta el
amanecer se alejan dejando atrás un mal
pensamiento o una enfermedad, llevándose una
amistad o una nueva canción. Poco a poco, la
maloca queda vacía, pero en cada despedida
vuelven a resonar, afables, las palabras del
maloquero: “¿Se lo ha pasado bien? Le he
visto bailar mucho, eso es bueno. ¿Quiere un
poco de mambe para el camino?” |