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El catolicismo se empeñó en borrar de la faz
de la tierra este puente de comunicación entre el hombre y Dios: su uso
estaba perseguido y penado por la Inquisición
Fotografías del Autor
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Como un sacerdote, el maracame ofrece a su acompañante el puente con la
divinidad.
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EL AUTOR
Carlos Suárez
nació en Madrid, España, en 1975. Periodista de profesión, con
amplia experiencia en televisiones y revistas de su país,
actualmente cursa la Maestría de Estudios Amazónicos en la Sede
Amazonia de la Universidad Nacional de Colombia, en Leticia.
Asimismo colabora con revistas de España, Perú y Colombia,
informando sobre asuntos de la Amazonia.
carlos_suarez_@hotmail.com |
Me alarga un surco, una pequeña parte del
cacto, del tamaño de un gajo de naranja. “¿Me puedes dar más?”, le pregunto.
Me mira serio y deniega tajantemente
La tristeza es un rasgo
característico de los maracames huicholes, quizá originada por algún tipo de
certeza de fatalidad
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Plantas Sagradas
Peyote, tesoro de los huicholes
Por: Carlos Suárez
Más allá
de los tópicos, esta planta divina es una
fuente inagotable de energía, sabiduría y
curación. El peyote se entreteje con todos
los ámbitos de la cultura huichol, que se
mantiene fiel a sí misma en las inaccesibles
montañas de la Sierra Madre Occidental.
Reservados ante los extraños, poco se sabía
hasta no hace mucho de la relación de los
huicholes con el peyote. “¿Cuando tienes
visiones, son imaginaciones, cosas del
interior?”, pregunto al joven maracame Julio
Parra. “No, están ahí, en la realidad, lo
que pasa es que sin peyote no lo podemos
ver, pero con peyote sí lo vemos”.
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“Esta noche vamos a preguntarle al
peyote qué podemos hacer para salvar
la vida del niño”, dice Julio. |
Bajo
un árbol que le resguarda del fuerte sol de
verano, Julio Parra se prepara para unirse
al trabajo comunal. Hombres, niños y mujeres
se afanan sembrando maíz en la escarpada
ladera. Lo hacen en fila, barriendo el
terreno de abajo a arriba, todos al tiempo.
Es un deleite verlos trabajar con sus
vestidos de colores vistosos resaltando
sobre el verde brillante del pasto. Se oye
berrear a un bebé que cuelga de una tela
atada a la espalda de la madre, que blande
el palo como si estuviera sola. Palazo,
agujero, semilla, palazo, agujero… Un hombre
se acerca a Julio y sin siquiera saludar se
sienta a su lado y le alarga un cacto de
peyote. Julio lo toma entre sus manos y lo
limpia. Tiene la forma de un cono al que
hubieran truncado la mitad puntiaguda.
Excepto el plano superior, que es el único
que sobresale de la tierra mientras crece,
todo el cacto está rodeado de raíces
pilosas, tras las cuales se adivina el
cuerpo lechoso y terso típicamente cactáceo.
“No sé si tomarlo, porque si lo tomo me
pongo contento y se me quitan las ganas de
trabajar”, bromea. Pero tras arrancar varios
surcos, se los mete en la boca y los masca
con fruición. “¿Con eso que has tomado
puedes tener visiones?”, le pregunto
ingenuamente. Julio me mira y replica
condescendiente: “Las visiones no te vienen
por lo que tomes. Las visiones vienen sólo
si el peyote quiere. Si el peyote quiere
darte sabiduría, lo hará. Puedes tomar mucho
y no tener visiones. Y al revés, puedes
tomar poco y tenerlas”. “¿Y yo lo puedo
probar?”, digo dejando entrever mi interés.
“Te podemos dar un poquito”, pero lo dice
poco convencido y acto seguido se levanta,
dejándome con muchas preguntas en los
labios, y se une al grupo de trabajadores.
El secreto de Sierra Madre
Historiadores y antropólogos coinciden en
que los huicholes usan actualmente el peyote
tal y como lo hacían sus ancestros cuando
llegaron los españoles a América, hace ya
quinientos años. Y eso que el catolicismo se
empeñó en borrar de la faz de la tierra este
puente de comunicación entre el hombre y
Dios y su uso estaba perseguido y penado por
la Inquisición debido a su relación con
“rituales paganos y supersticiones”, que
buscaban conectar a los hombres con
espíritus malignos a través de “fantasías
diabólicas”. En manuales para la conversión
versión del siglo XVIII, para determinar si
el aspirante indígena podía entrar en la
organización católica, se establecían entre
otras las siguientes preguntas: ¿Has comido
carne de hombre? ¿Has comido peyote? ¿Has
chupado la sangre de otros? ¿Has caminado
durante la noche convocando la ayuda de los
demonios? ¿Has bebido peyote o se lo has
dado a beber a otros para descubrir secretos
o el lugar donde se encuentran objetos
perdidos o robados? Pese a la enconada
persecución, coras, tarahumaras, tepehuanes,
y muchos otros grupos indígenas
norteamericanos, consumen habitualmente este
cacto mágico que, sin embargo, adquiere su
máxima expresión en la cultura huichol.
“¿Quién toma el peyote?”, le pregunto a
Julio mientras caminamos montaña arriba.
“¿Lo toman todos los huicholes?” “Sí, todos
los huicholes, hasta los niños. Los niños
pequeñitos lo toman desde que la madre está
embarazada”. Julio avanza a pasos rápidos y
cortos por la escabrosa orografía. “¿Y para
qué lo tomáis?” “El peyote te enseña lo
bueno y lo malo, para que no hagas pecados”,
dice tajante, sin ahondar en las
explicaciones.
De vez en cuando detiene su caminar rápido y
saltarín y se agacha para recoger alguna
hierba. “Estas hierbas son para la
calentura”, y arranca un manojo. “¿Cómo has
aprendido para lo que sirve cada planta?”,
le pregunto. “Yo, todo lo que sé de maracame
lo he aprendido a través del peyote. De
plantas conozco cuarenta o sesenta
variedades que sirven para curar de todo. El
peyote me lo ha mostrado. Tomo peyote y me
dice muchas cosas. El peyote y la tradición
familiar”, concluye Julio.
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En el Rancho Cebolletas, a 3.000
metros de altura en el corazón de la
Sierra Madre Occidental, la
vegetación se torna conífera. |
Reanudamos la ascensión y llegamos a una
explanada con dos casas de adobe y varios
carretones. Una vista espectacular al
poniente se abre sobre los barrancos. “Este
es el rancho de mi hermana”, dice Julio, y
descubro en el quicio de la puerta a una
mujer rodeada de cuatro mocosos con aspecto
enfermizo, semidesnudos, llorosos,
lamentándose y gimiendo. El sol dora la
escena, que contrasta con el verdor de las
montañas de alrededor. Es una imagen de
patética miseria dentro de la belleza y el
color de la sierra. La madre saca de un paño
a su bebé y lo ofrece al maracame, que se
inclina sobre el cuerpecito y posa su mano
sobre el torso mientras ora, concentrado. Le
aprieta el tórax con las manos, luego se
inclina hacia el pequeño pecho, lo chupa y
después lo absorbe. Se da la vuelta y escupe
un gargajo blanco y consistente; parece
chicle pero no lo es, tampoco parece un
gargajo en realidad. Repite este gesto
varias veces y en una de ellas ese extraño
cuerpo blanco golpea el muro de la casa y
justo desde el punto en que choca inicia su
vuelo una mariposa que se detiene metros más
allá. A mí me ha parecido que el gargajo al
golpear la piedra se ha convertido en
mariposa, aunque eso es físicamente
imposible. Julio observa atentamente la
trayectoria de la mariposa, como si pudiera
obtener alguna información valiosa. El bebé
continúa llorando sin consuelo. Julio
termina su limpia y se separa emocionado,
con lágrimas en los ojos.
La voz del jíkuri
La vida y la muerte se encuentran por la
noche alrededor de Tatewari, el Abuelo
Fuego, uno de los dioses principales en el
complejo entramado mitológico de los
huicholes. “Esta noche vamos a preguntarle
al peyote qué podemos hacer para salvar la
vida del niño”, es lo único que dice Julio,
apesadumbrado, acerca de lo que va a pasar.
Su cuñado, cuyas ropas blancas tienen
bordados dibujos de animales sagrados,
enciende el fuego alrededor del cual se va a
cantar. Es el padre de la criatura enferma.
A su lado está la esposa y madre, la hermana
de Julio, que apila mantas frente al fuego,
donde tiende al bebé, que llora penosamente
con un gemido lastimero, como de
cachorrillo. Ella tiene asimismo gesto grave
mientras trata de calmar el triste lamento
del bebé, que se extiende por la montaña sin
encontrar alivio. El suegro de Julio, un
hombre de rostro profundamente surcado,
seco, es esta noche el cantador, el que a
través de su voz, ruda y cavernosa, va a
conectar con los espíritus. Enseguida
aparecen varios cactos y tras limpiarlos los
van engullendo. Los tres hombres, que forman
un triángulo frente al fuego, están
absolutamente concentrados en las
evoluciones de las llamas, leyendo sus
mensajes, y envueltos en mantas que les
protegen del frío aire que sopla, mascan
peyote. Un niño va moviendo maderos
candentes y recolocándolos en la hoguera con
gran habilidad. Luego llega otro y juega a
coger el fuego, literalmente, con las manos,
y después se lo pasa por la cabeza. Lo hace
consigo mismo y conmigo, que miro alucinado.
Pronto los niños desaparecen. Los tres
hombres siguen extasiados en la
contemplación del fuego, con los carrillos
hinchados por el cacto. Confirmo la
intuición de que mi presencia no es deseada
cuando, al poco de comenzar la ceremonia,
Julio se dirige a mí para decirme: “Ya es
hora de que vayas a descansar”. Desde el
carretón al que me retiro escucho la voz
cavernosa del cantador, que rasga la noche
hasta que se hace el día.
A la mañana siguiente, en la cara de Julio
se dibuja la máxima expresión del pesar. “No
he dormido nada”, me dice. “Hemos estado
toda la noche junto al fuego, cantando. Mi
sobrinito, el hijo de mi hermana está muy
malo. Ayer lo llevaron al médico y parece
que va a morir. Eso nos dijo el peyote
también”. Pero la vida sigue y esta mañana
va a tener lugar una ceremonia muy
importante para la prosperidad de la familia
de Julio. Después de trabajar durante días
en el sembrado de su milpa esta mañana Julio
y su familia, incluidos su bebé y los dos
niños pequeños, su hija y su yerno, caminan
montaña abajo durante cuarenta minutos hasta
llegar al terreno para, todos juntos, orar
por el éxito de la siembra. Julio muestra
esa cara suya de pesar que le acomete a
menudo. Para combatirla saca de su morral
colorido una planta de peyote y comienza a
limpiarla. “Cuando tomas una noche peyote,
si no tomas al día siguiente, estás triste,
bajo de energía. Además, como he estado toda
la noche sin dormir, ahora necesito tomar,
porque me da fuerza”, dice mientras le pega
un bocado al cacto. Santos, el yerno, un
joven sonriente y alegre, agrega: “Mi padre
toma peyote todos los días, y el día que no
toma le duele mucho la cabeza y tiene que
tomar”. Mientras, Julio ha comenzado a
consagrar las jícaras ceremoniales. Las
jícaras son cuencos hechos a partir de una
cáscara de calabaza partida por la mitad.
Serán enterradas con un grano de maíz, del
que crecerá una planta que cuidarán con
especial atención. Después de orar, Julio
pide a cada uno de los miembros de la
familia que las coloquen en los agujeros,
mientras agita su lanza con pluma y recita
sus oraciones ensimismado otra vez. “Yo me
concentro mucho y entonces…”, se va, pero no
es capaz de explicar en español cómo entra
en trance, ni por qué, ni adónde llega. Y
continúa con sus rezos. Y llora.
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Las fiestas huicholas siempre tienen
un sentido espiritual: sacrificio de
cabrito, rezos, bailes y por
supuesto peyote. |
La tristeza es un rasgo característico de
los maracames huicholes, quizá originada por
algún tipo de certeza de fatalidad, quizá
producto de las duras condiciones de vida
que imperan en las montañas que separan los
estados de Nayarit y Jalisco. Aunque no
siempre fue así. Antes de la llegada de los
invasores europeos, los huicholes habitaban
los fértiles valles de Tepic y las suaves
costas del Pacífico. Como eran las tierras
más adecuadas para la explotación económica,
fueron rápidamente sometidas por los
europeos, y los huicholes, para no ser
expropiados de sí mismos, se retiraron al
inaccesible entramado de barrancos y
montañas de la Sierra Madre Occidental, su
Tierra Sagrada.
La Tristeza, y no es casualidad, es también
el nombre de un centro ceremonial que Julio
me lleva a visitar. A La Tristeza acuden los
habitantes del Rancho Cebolletas, donde vive
Julio, y de otros puntos alrededor. Es una
explanada protegida por las imponentes
montañas. Consta de tres casas de adobe, de
gran sencillez. También hay un muro
semicircular destinado al sacrificio de
animales. “Mira la sangre seca”, me indica,
y es cierto que huele a despojos podridos.
“Anoche estaban borrachos, de fiesta. La
otra vez que hicimos fiesta hubo varias
personas que no se acordaron de dónde había
sido”, ríe burlón. “Aquí se viene por la
mañana, se canta, se baila, se come peyote,
se sacrifican animales, se bebe tejuino
hasta que nos emborrachamos”. El tejuino es
una bebida alcohólica obtenida a partir de
la fermentación del maíz. ¿Por qué y cuándo
se hacen fiestas?, le pregunto. “Cuando
queremos”, contesta extrañado, como si no
pudiera ser de otra forma. “Las fiestas son
siempre espirituales, religiosas”, concluye.
Luego, antes de irnos, coge dos palos, me
alarga uno y los tiramos a la hoguera
apagada.
Ofrendas,
peregrinaciones, lugares sagrados
“Tengo un poco de sueño y cansancio”, dice
Julio otro día mientras nos dirigimos hacia
Tirikie, uno de los centros de peregrinación
de la tradición huichol. “¿A que no sabes lo
que tengo para el sueño y el cansancio?”, y
nos reímos todos porque simultáneamente de
la bolsa saca media planta de peyote y la
mira con deseo. Ángel y él intercambian unas
palabras en huichol. “Mejor tomarlo arriba”,
zanja Julio. Ángel, el cuñado de Julio, que
hoy nos acompaña, trae consigo un rústico
violín que rasga mientras caminamos.
Seguimos subiendo hacia lo alto de la
montaña, hacia el lugar sagrado. En la
cumbre, encontramos una explanada protegida
al occidente por una suave pendiente y
abierta al oriente. En esta dirección se
alzan enormes peñascos redondeados por
siglos de erosión, peñas desunidas y
desnudas, que se apoyan unas en otras, y que
crean un espacio natural catedralicio, que
impone un sentimiento de mística reverencia.
“Aquí la gente viene a dejar sus ofrendas
desde todas partes. Todos los huicholes
vienen aquí desde muy lejos. Aquí, donde
estamos, sacrifican su borrego y se van”,
explica el maracame.
Nos internamos por un estrecho pasaje en la
intrincada y laberíntica red que han
generado las peñas derrumbadas. El primer
pasaje desemboca en una oquedad. Por encima
de nuestras cabezas queda el cielo,
alrededor hay grandes rocas lisas y
verticales. El centro de este reducto lo
ocupa un altar para dejar ofrendas, un altar
otrora cubierto por un techo de paja del que
sólo quedan los palos de la estructura que
lo sostenían. El altar está tapizado por
velas, jícaras, monedas, figuritas de
animales sagrados tallados en madera, lazos,
y toda una serie de objetos que han ido
dejando los peregrinos. También hay basura
alrededor: envases diversos de comida y
bebida. Julio se sienta frente al altar y se
pierde en un estado de ensimismamiento
característico.
Entre las ofrendas, Julio ha encontrado un
peyote polvoriento. “¡Que suerte!”, exclama
Ángel. Tomarlo y limpiarlo es todo uno. A mí
me choca que hayan tomado la ofrenda que
otra persona ha dejado. Julio reza y llora
alternativamente. Luego se dedica a limpiar
un trozo de peyote y lo masca con fruición,
almacenándolo en su carrillo, de donde irá
obteniendo poco a poco el jugo mágico. A su
vez Ángel termina de limpiar el que ha
encontrado y se lo da al maracame. Ángel
toca notas independientes entre sí que
marcan nuestro estado de ánimo. Julio le
mete en la boca un buen pedazo de peyote.
Luego se dirige a mí. “¿Quieres probar?”
Claro que quiero, es la primera vez que me
ofrece. Me alarga un surco, una pequeña
parte del cacto, del tamaño de un gajo de
naranja. “¿Me puedes dar más?”, le pregunto.
Me mira serio y deniega tajantemente. “Eso
es suficiente”. Ángel a mi lado ríe y
apunta: “A ver si te van a dar ganas de
vomitar”. Pero tercia Julio, solemne: “No,
su cuerpo quiere conocer, no le va a hacer
daño”. Me lo meto en la boca y mastico
lentamente. “¿Qué me va a pasar?”, le
pregunto. “Lo vas a ver y oír todo bien
clarito, y el pensamiento te va a funcionar
muy bien, bien clarito. Y te va a dar mucha
energía”. El sabor es amargo, la pulpa es
jugosa. Lo retengo en la boca, lo chupo,
espero. “Es sólo un poco, para que te vayas
acostumbrando”, explica Julio. Pasan los
minutos. Comienzo a notar como si un velo
hubiera desparecido de mis ojos, de mis
oídos, de mi entendimiento y percepción.
Escucho los pájaros piar en la lejanía. Me
fijo en detalles en los que no había
reparado. Ángel, que también tiene el
moflete hinchado, se ha callado hace rato y
sólo se manifiesta a través de su violín.
Sus notas, pese a ser disonantes, a no
provenir de una armonía común, suenan bien,
al azar, tocadas en intervalos irregulares.
Se está produciendo un ligero cambio en mi
percepción y en la comunicación entre
nosotros. Me descubro admirando la
intensidad de los verdes, de los morados, de
la tierra. Me fijo en una oruga negra que
puebla las hojas del lugar en el que
descansamos. Con la dosis que me ha dado
Julio, poco más.
En su valiosa obra, Las plantas de los
dioses, Albert Hofmann y Richard Schultes
muestran su admiración por esta planta
legendaria: “Se produce un juego
caleidoscópico de visiones coloridas de
indescriptible belleza. Se perciben
destellos y centelleos de colores, cuya
intensidad y pureza desafían cualquier
descripción. Frecuentemente las visiones son
una secuencia que va de figuras geométricas
a objetos extraños y grotescos cuyas
características varían de un individuo a
otro”. Sin embargo, para alcanzar tal nivel
de embriaguez, no basta con tomar uno o dos
surcos. Ni siquiera una cabeza. Aunque
depende de muchos factores, es preciso
ingerir cuatro o cinco cactos enteros antes
de empezar a sentir un cambio agudo en la
percepción. Hay quien asegura haber comido
durante días antes de descubrir la
maravilla.
La llave del tesoro es una molécula que
contiene el cacto y que es capaz de
desencadenar asombrosos cambios bioquímicos
y de percepción: la mezcalina. Sintetizada
por primera vez en 1896 por Arthur Heffter,
un farmacólogo alemán, resulta que esta
molécula tiene una estructura prácticamente
idéntica a la de un importante
neurotransmisor del cerebro: noradrenalina.
“Esta asombrosa relación puede ayudar a
explicar la potencia psicotrópica de los
alucinógenos”, apuntan Schultes y Hofmann.
“Como tienen la misma estructura básica,
pueden actuar en los mismos sitios del
sistema nervioso que las ya mencionadas
hormonas cerebrales, como si fueran llaves
que abran un mismo candado. El resultado es
que las funciones psicofisiológicas
asociadas a estas zonas del cerebro se ven
alteradas, suprimidas, estimuladas o
modificadas de una u otra manera”.
Pero lo que sólo en las últimas décadas han
venido a descubrir los estudiosos
occidentales, son tesoros del conocimiento
que guardan con celo los maracames huicholes,
de generación en generación, desde tiempo
inmemorial. Hubo una época en la que esta
tradición se vio amenazada por una cruz
sombría. Hoy la amenaza es representada por
los carteles publicitarios de oscuras
gaseosas que, por supuesto, han llegado
también a esta recóndita parte del planeta.
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