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Roberto Iván Cano, tomadas de
www.manbos.com
El kif es uno de los principales
elementos integrantes y básicos de la atmósfera y la cultura de Chefchaouen,
de todo el Rif y de todo el Magreb: sirve para dar la bienvenida, para
realizar tranquilas excursiones psíquicas, para animar las sonrisas de
complicidad del grupo de contertulios o simplemente para regalarse un par de
horas de placer.
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La característica más generalizada del
efecto del cáñamo es la de proporcionar un estado de ensoñación, pero con el
individuo despierto, lo que favorece con mucho la espontaneidad
Foto a la derecha: Pipa de Kif |
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Cannabis sativa
Un paseo de kif por Chefchaouen
Por: Josep Mª Fericgla
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En la población de
Chaouen-Marruecos |
1.
No todo europeo que visita Marruecos pasa
por Chefchaouen, o por Chaouen como se le
llama comúnmente, pero los que van hasta
allí sí suelen saber a qué van. Es un pueblo
realmente encantador, exótico y bello, de
unos 40.000 habitantes, a 50 km de la
frontera. Es la capital de la región de
Chaouen (de aquí que los franceses lo
bautizaran como chef, "cabeza, capital";
Chaouen, "de la región de Chaouen"). Cuando
llegué por primera vez, quedé maravillado de
las paredes blanquísimas de este mágico
lugar ubicado cual prefacio de las montañas
del Rif, sierra muy variada que alcanza los
2.500 m. de altura y que prácticamente ocupa
todo el arco mediterráneo del noroeste de
Marruecos. Los portales de las casas de
Chefchaouen están teñidos de un añil
brillante y limpísimo, la gente es sencilla
y afable y viste con los atuendos
tradicionales (por desgracia en retroceso) a
base de chilabas y turbantes. Durante los
días semanales de mercado es habitual ver
mujeres tocadas con gorros de paja que lucen
adornados con grandes borlas de lana teñida
de azul, también añil: son las rifeñas que
bajan de las montañas a vender sus productos
agrícolas y a adquirir lo necesario antes de
regresar. Aquella primera vez (de esto hace
ya años, más de 20) me pareció entrar en
otro mundo. Realmente estaba en otro mundo,
tan cerca de mi casa en Barcelona y tan
distinto...
Entonces no sabía casi nada de la relación
entre Chaouen y el famoso kif, kiffi o kiphy
marroquí, esto que entre nosotros se llama
marihuana o mariguana; que antes se llamaba
popularmente "cáñamo"; que en términos
botánicos se le denomina Cannabis sativa; y
en argot callejero manzanilla, perejil,
maría, pote, tila, hierba o gloria. Cuando
llegué a Chefchaouen por primera vez sabía
poco de la antigua costumbre de fumar kif,
y, naturalmente, tampoco conocía gran cosa
de las tradiciones relacionadas con ello y
de la vida cotidiana de esta tranquila gente
montañesa.
Pronto se descubre la importancia que tiene
el kif entre los rifeños que habitan el
norte de Marruecos. Al poco rato de haber
llegado a Chefchaouen, sentado en la placita
central y aún aturdido de tantos aromas,
armonía y colorido local, lo primero que
hizo un muchachito de la calle, quien sin
duda percibió mi mudo desconcierto interior,
fue arrastrarme literalmente hasta un
rústico hotel llamado Granada (que hoy sigue
recibiendo visitantes), sentarme en el banco
de gruesa espuma adosado a la pared
(elemento fijo en todas las casas
marroquíes) e invitarme a fumar la cannabis:
me dio a escoger entre una pipa de kiffi
(los cogollos de la cannabis, donde hay más
principio activo concentrado, mezclados con
un poco de tabaco) o un cigarrillo de hachís
(tabaco mezclado con la potente resina
gomosa de la planta). Esta simple anécdota
evidencia la importancia popular y
tradicional de fumar kiffi en esta zona de
norte de Marruecos; no es algo nuevo o de
moda. No. El kif es uno de los principales
elementos integrantes y básicos de la
atmósfera y la cultura de Chefchaouen, de
todo el Rif y de todo el Magreb: sirve para
dar la bienvenida, para realizar tranquilas
excursiones psíquicas, para animar las
sonrisas de complicidad del grupo de
contertulios o simplemente para regalarse un
par de horas de placer.
Debe tratarse de una casualidad azarosa,
pero realmente muy divertida, el hecho de
que en la actualidad este pueblo marroquí
mantiene un programa europeo de intercambio
con el pueblo catalán de Vilafranca del
Penedés: la ciudad marroquí es el centro del
comercio de kif y la catalana del famoso
vino del Penedés. En ambos pueblos la
atmósfera tradicional está asentada en el
comercio y consumo de una sustancia
embriagante, ¡y hacen intercambios! (aunque,
por desgracia, no del tema de los
embriagantes: el que unos comercian y
consumen afablemente resulta que está
prohibido en la contraparte, y al revés.
Realmente para reír: Dios -o Alá- los cría,
y...). De la misma forma que para los
occidentales el kiffi –o cualquiera de los
productos embriagantes de la cannabis– es
algo que hay que consumir a escondidas por
razón de las arbitrarias prohibiciones que
lo impiden, en Marruecos el consumo de
bebidas alcohólicas sufre idéntico trato, si
bien por razones religiosas, y los
marroquíes que quieren consumir una lata de
cerveza deben hacerlo a escondidas. Este es
un chistoso hecho que despierta la
comprensión a muchos occidentales: en
cualquier lugar de Marruecos se puede fumar
marihuana, en la puerta de un hotel, ante
las narices de la policía, pero los
marroquíes no pueden consumir una cervecita
fresca en el caluroso verano... Es decir:
exactamente la misma situación que en
Occidente, sólo que a la inversa.
Tal vez debería explicar algo más sobre la
naturaleza y uso tradicional del kif
marroquí: como he dicho, el kiffi es la
mezcla de cogollos y flores secos -la parte
más psicoactiva de la Cannabis sativa
hembra- con tabaco local. Se fuma en una
pequeña pipa de arcilla y de larga boquilla
de madera, llamada sepsi, que permite
aspirar el humo del tabaco y la cannabis, el
cual llega a la boca enfriado por el
recorrido de la boquilla. Consumir kif es
una placentera costumbre practicada
especialmente por los ancianos rifeños
(aunque ni mucho menos son los únicos en
consumir) quienes suelen sentarse en los
puestos donde sirven el famoso té con menta
muy azucarado, el sha, pasando la tarde
tranquilamente mientras fuman una o dos
pipas de kif.
¿Para qué caramba toman kif? se pregunta
mucha gente occidental. Pues bien, se podría
decir que la característica más generalizada
del efecto del cáñamo es la de proporcionar
un estado de ensoñación, pero con el
individuo despierto, lo que favorece con
mucho la espontaneidad. Como dicen A.
Hofmann y R. Evans Schultes en Las Plantas
de los Dioses: "se recuerdan eventos
olvidados desde mucho tiempo atrás y los
pensamientos aparecen en secuencias sin
aparente relación y con una cierta
intemporalidad. La percepción del tiempo es
la que sufre más variación, y a veces
también el espacio se ve percibe alterado".
Al final suele darse una típica euforia, una
cierta excitación y un mucho de paz y
felicidad interior, ésta que a la mayoría de
marroquíes les permite pararse sonrientes
ante un forastero y preguntarle sobre su
familia con afabilidad e interés. Entre los
marroquíes, esta costumbre es estrictamente
masculina, las mujeres no suelen fumar kiffi
ni tabaco.
No hay que confundir el kif con lo que en
Marruecos se denomina griffa, término para
referirse a las hojas –no a los cogollos– de
las plantas hembras de la cannabis: es la
parte que se menosprecia (aunque no se
desaprovecha) porque contiene poco THC,
principio psicoactivo de la cannabis.
A pesar de centrarse el interés turístico en
la ciudad de Chaouen, no es aquí donde se
hallan las plantaciones de cáñamo, sino que
este pueblo es sólo el centro del comercio
de la marihuana y de sus derivados. Los
campos de la cannabis están situados en las
montañas, en Ketama.
2. ¿De dónde procede la tradición de
fumar la planta de Cannabis?

La relación entre el ser humano y la
cannabis probablemente existe desde hace
unos 10.000 años, es decir desde el
descubrimiento de la agricultura en el Viejo
Mundo. Se han encontrado restos de ella en
lugares arqueológicos antiquísimos, por
ejemplo en la cuna de la civilización
asiática: en China hay restos que datan del
4.000 a.C. y en Turquestán se han hallado
cuerdas de cáñamo del 3.000 a.C. No hay
ninguna duda sobre el hecho de que su uso
como planta fibrosa, medicinal y narcótica
se extiende hasta la más oscura antigüedad,
y gracias a los arqueólogos y a los
palinólogos sabemos que no sólo se
utilizaba, sino que además el cultivo del
cáñamo ha sido uno de los primeros de la
humanidad. Para resumir las múltiples
aplicaciones que tiene este cultivo tan
genuino y extendido, se podría decir que se
dividen en cinco propósitos: de la planta
del cáñamo se obtiene una fibra resistente y
larga, apreciadísima en toda la historia de
la humanidad para hacer cuerdas; también se
extrae un aceite igualmente estimado;
además, las semillas de cáñamo han sido
usadas como nutriente por el ser humano; y
por último, las propiedades narcóticas y
terapéuticas han sido explotadas por
prácticamente todos los pueblos del Viejo
Mundo, Asia y desde hace menos siglos en
África y luego en América, donde el cultivo
fue introducido por los españoles e ingleses
durante el período de colonización.
Como norma general puede aceptarse que los
usos de las plantas por parte de la
humanidad siempre proceden del más simple al
más complejo, con lo que se podría presumir
que lo primero que interesó de las matas de
la cannabis fueron sus estimables fibras,
pero por otro lado, ya la temprana tradición
budista mahayana le reconoce otros fines
místicos y sostiene que durante los seis
pasos de la vía ascética que conduce a la
iluminación, Buda vivió a base de una
semilla de cáñamo al día.
El primer indicio seguro que se tiene del
uso terapéutico del kif, se refiere al que
hacía de él el emperador chino Shen Nung
quien hace unos 5.000 años recomendaba el
uso de la cannabis para combatir el
paludismo, el beri-beri, los dolores
reumáticos y constipados, los padecimientos
femeninos, etc.
A pesar de ello, fue en la India donde este
"regalo de los dioses" halló un uso popular
más exhaustivo. Se decía que agilizaba la
mente, prolongaba la vida, mejoraba el
juicio, bajaba la fiebre, inducía sueños y
curaba la disentería. Los vedas hindúes
cantaron a la cannabis como a uno de los
néctares divinos, capaz de otorgar al ser
humano todo tipo de dones, desde salud y
larga vida o visiones de los dioses, hasta
fibras para facilitar el trabajo. El
ZendAvesta, del 600 a.C., menciona la resina
intoxicante, y los asirios mencionan el uso
de la cannabis ya en el siglo IX a.C., en
forma de incienso.
No es totalmente seguro su uso generalizado
entre griegos y romanos, pero sin duda
conocían los efectos psicoactivos de la
cannabis: Demócrito cita que ocasionalmente
se consumía con vino y mirra para inducir
estados extáticos; Galeno escribe, hacia el
200 dC, que es común ofrecer marihuana a los
invitados para favorecer la hilaridad y el
disfrute.
Tampoco sabemos si los vikingos usaron
cuerdas de cáñamo o no, pero hay evidencias
inconfundibles de que el cultivo de Cannabis
tuvo un enorme incremento en la Gran Bretaña
desde el primer período anglosajón hasta el
último período sajón y en tiempo de los
normandos, entre los años 400 y 1.100 d.C.
3. El kif y el mundo islámico

Se cree que el lugar de procedencia de la
cannabis fue Asia central, pero desde hace
ya muchos siglos se esparció por todo el
mundo, con excepción de las zonas árticas.
Concretamente en África, se extendió desde
tiempos remotos, fue rápidamente aceptada
por las farmacopeas nativas y aunque al
principio el hachís fue prohibido por el
Islam, su uso se difundió a lo largo de toda
Asia Menor.
De hecho, fueron los escritores persas y
árabes los que ofrecen más información
histórica sobre el antiguo consumo de la
cannabis en África. Makrisi escribió sobre
los placeres más extendidos entre los
pueblos que habitaban Egipto, y
especialmente sobre el placer de consumir
kif. Este autor se refiere con sumo interés
al fértil valle de Djoneina (hoy totalmente
ruinoso), en el cual sitúa el escenario
principal del consumo de hasheesha (de donde
aparece la palabra "hachís"). También indica
que el tratado más antiguo que él conoce en
referencia a este consumo tradicional es el
atribuido a Hassan, el cual explicaba el
origen de esta costumbre con la siguiente
historia: en el año 658 de la Héjira, el
sheik Djafar Shirazi, un monje de la orden
de Haider, aprendió a consumir la cannabis y
supo la historia de su descubrimiento por
boca de su maestro Haider. Este era el jefe
y fundador de un grupo ascético de auto
flagelantes instalado en una montaña situada
entre Nishabor y Rama (aquí aparece de nuevo
el origen más extendido de este consumo en
la India). Durante diez años, Haider estuvo
recluido en su monasterio sin abandonar el
más duro ascetismo, hasta que un día de
verano salió solo a dar un paseo por el
campo. Cuando regresó llevaba impreso en su
rostro un aire nuevo de diversión y de
felicidad. Fue ansiosamente interrogado por
los sorprendidos discípulos sobre su cambio.
Entonces Haider les explicó que durante su
paseo fue atraído por el aspecto de una
planta que bailaba y parecía divertirse con
el calor, en tanto que el resto del mundo
vegetal estaba aletargado y apático. Decidió
comer hojas de esta planta y entonces
experimentó el mismo efecto excitante en sí
mismo. Sus ascetas seguidores fueron y
también comieron de la planta que Haider les
indicó, produciéndoles la misma excitación.
Según parece ser, la que acabó siendo la
fórmula favorita de estos ascetas para
complacerse en la vida, fue el consumo de
una tintura a base de vino u otros licores
alcohólicos con la cannabis macerada. El
sheik Haider sobrevivió alegre por diez años
más a su fabuloso descubrimiento y mantuvo
la planta como la más importante del
herbario. A su muerte, los discípulos
plantaron una gran mata de cannabis sobre el
sepulcro y fue así como los efectos
espirituales del cáñamo se difundieron a
través de todo el país de Korashan.
En el año 1.271 la ingestión de cáñamo era
tan conocida entre los musulmanes que Marco
Polo llamó la atención de los europeos sobre
ello e incluso describió con detalle su
consumo por parte de los integrantes de la
orden secreta de los hashishins, los cuales
lo usaban para experimentar las recompensas
y placeres que, según ellos, se obtenían en
la otra vida. En el año 1.378, las
autoridades árabes trataron de acabar con la
producción de cáñamo en todo el territorio
islámico imponiendo para ello fuertes
castigos, pero la cannabis se había
extendido por toda África con suma rapidez y
justamente gracias a la presión de la
influencia árabe. Scheherazade habla de ello
en las Mil y Una Noches (donde sí aparecen
mujeres que contrastan los efectos de la
cannabis). Así mismo, también fue pronto
adoptada por parte del movimiento religioso
sufí de los derviches seguidores de Mevlana,
ya en el siglo XIV. Se acepta que otro
camino de difusión del cáñamo en África fue
por medio de los esclavos de Malasia.
En África septentrional es comúnmente
conocida como kif, y como dagga más al sur,
en el África negra. Así, no sólo hallamos
gusto por el placentero consumo de kif entre
los pueblos africanos musulmanes, sino que
también se introdujo en las culturas de los
pueblos autóctonos: los hotentotes, los
bosquimanos y los kafires han usado durante
siglos el cáñamo como medicina y como
intoxicante de utilidades místicas. A pesar
de esta introducción relativamente reciente,
se han hallado especimenes de la cannabis de
casi 4.000 años de antigüedad en
exploraciones arqueológicas en Egipto.
En otro orden de cosas, y para acabar, los
grandes productores tradicionales de la
cannabis eran países asiáticos –de donde se
supone que surgió la planta en estado
silvestre– como Pakistán, Afganistán, Nepal
y Tíbet, o países musulmanes mediterráneos
(Turquía, Egipto, Marruecos y Líbano). De
todos ellos, tan sólo Marruecos sigue
produciendo grandes cantidades de marihuana
para abastecer Europa, donde se calcula que
hay unos diez millones de consumidores
habituales, más los ocasionales. Esta enorme
demanda de derivados embriagantes del
cáñamo, y siendo Marruecos prácticamente el
único país productor (la mayor parte del
excelente hachís asiático se desvía hacia
EE.UU. o Australia) ha llevado a que
Occidente se inmiscuya en la política
interna marroquí forzando la prohibición del
consumo tradicional y afable de kif y
obligando indirectamente al gobierno
marroquí a crear auténticas fronteras
interiores (en forma de controles policiales
que casi nunca molestan a los extranjeros)
para frenar el tráfico de la cannabis. ¿Qué
sucederá cuando, al paso que vamos, los
europeos anglosajones y germánicos, de más
al norte, nos obliguen a los de más al sur a
abandonar definitivamente el cultivo de uva
destinada a elaborar vino o cava, y también
su antiguo consumo porque se dice que actúa
en detrimento de nuestra salud? Ay, dios
mío...
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