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Acerca de
Jimmy Weiskopf |
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Jimmy Weiskopf . Nació en New York, en el barrio latino del condado de Manhattan.
Realizó estudios de Historia Moderna en las universidades de Columbia
(Nueva York) y Cambridge (Inglaterra). Es veterano de la prensa
extranjera en Colombia y participó en la antología “Cómo Nos Ven Los
Corresponsales Extranjeros” (Planeta, 1995). Ha traducido al inglés más
de veinte libros, así como versos de los grandes poetas colombianos. En
2002 fué publicada su obra “Yagé. El nuevo purgatorio”, editada por
Villegas editores, con versión en inglés publicada en 2004.
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En el Brasil ayahuasquero
Alabanza al Santo Daime
Por: Jimmy Weiskopf
La siguiente crónica describe el recorrido del autor
–escritor, periodista y traductor colombiano de origen estadinense– en busca
del conocimiento práctico de las iglesias ayahuasqueras del Brasil. Resalta
en la narración el tono sincero del autor y su permanente preocupación de
contrastar el uso de este brebaje –yagé ó ayahuasca– por los grupos urbanos
colombianos, congregados por el ritual de los médicos tradicionales indígenas
del Putumayo, con los usos más reglamentados y formales de las Iglesias
ayahuasqueras del Brasil en torno de su sacramento, el Daime (ayahuasca).
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completo (PDF 103KB)
Confesión a mis amigos yageceros colombianos
No sé por dónde comenzar a relatar mi viaje al Brasil, una de esas
experiencias que suceden pocas veces en la vida: basta decir que fue
inolvidable. Pero ya estoy de vuelta a mi cotidianidad, con todas las
presiones económicas, laborales, familiares, etc.
Estoy calmado pero sin alegría, la sentí mucho en Brasil, sobre todo con el
Santo Daime y a veces sin ningún estimulante externo, como cuando pisé la
playa de Ipanema por primera vez. No es que tenga nada de especial, es como
una Bocagrande–Zona Rosa enorme, pero desde mi juventud he escuchado esa
famosa canción, sin imaginar jamás que algún día la visitaría. Fue cómo
hacer una peregrinación. Esto sin hablar de la aventura de lanzarme a la
calle, al terminal de buses, al aeropuerto, al restaurante, sin saber nada
de portugués: me sentí como en mis primeros días en Colombia, un cuarto de
siglo atrás, rejuvenecido por la emoción de enfrentar una nueva cultura, un
nuevo idioma, una nueva geografía.
La revelación fue el Santo Daime. Hace tres años Consuelo y yo participamos
en tres rituales en Manaus. Fui muy rebelde esa vez, lleno de la arrogancia
del buen yajecero colombiano, de los que creen que sólo los taitas saben.
Pero algo de su magia se me quedó y luego, escribiendo y rumiando sobre la
experiencia, me di cuenta de que si quería entender el asunto, tendría que
entregarme al ritual. Entonces, esta vez, desde meses antes venía haciendo
un trabajo de concientización para poder aceptar sus normas y mantener la
mente abierta. Y efectivamente funcionó.
Las primeras cinco tomas del viaje fueron en otro contexto, en Florianópolis
con un grupo de investigadores extranjeros y un facilitador cuya actitud no
correspondía con lo que considero el debido respeto por la naturaleza
sagrada del ritual. Ahí, por ejemplo, para “ambientar” el ritual, la
grabadora permanecía prendida toda la noche, con música que iba desde ícaros
del Perú hasta trance violento. Además de utilizar cantos inapropiados, no
dejar espacio para el silencio, causar una ruptura de concentración casi
enloquecedora y ceder demasiado a lo tecnológico (el sonido que sale de un
aparato incomoda la sensibilidad del que bebe ayahuasca), ignoraba que la
música debe surgir del mismo contexto del ritual, mediante una comunión
directa con los espíritus, y no tomada de otros lugares u otras culturas.
Esto, sin hablar de la luz de la pantalla del computador mediante el cual el
dirigente manejaba el repertorio de los CDs, que tiene una radiación
mortífera para el tomador y la manera de brindar la bebida sin ningún
ordenamiento de las personas, como si estuvieran en una cantina.
Al llegar un momento, cuando la violencia de la música me trajo visiones
terroríficas, salí del recinto para estar solo en mi cuarto y la perspectiva
cambió completamente. El ayahuasca en sí, preparado por otra persona, era
excelente: estando ahí, entraba en sintonía con el mar y la naturaleza a mi
alrededor. Me pareció el colmo de lo absurdo escuchar, como lo hacían los
demás (quienes tenían poca experiencia de ayahuasca) una grabación del canto
de las aves de Amazonas en lugar de concentrarse, por ejemplo, en el sonido
de las cercanas olas, algo presente y real. Era un exotismo falso.
Reconozco que el facilitador tenía buenas intenciones y que los otros
quedaron agradecidos por lo que aprendieron del ayahuasca, Y claro, mientras
no haya abusos, la planta sigue siendo poderosa en cualquier contexto, pero
me chocó el no ayudarles a ir más allá.
Sin embargo, la estadía terminó siendo valiosa para mí. Pude entender, de
manera contrastante, el valor del Daime, apreciar su cuidado con el ritual,
su nitidez, su ética. Cuando comencé con Daime en Brasilia ya estaba
preparado mentalmente.
Aún así me costó trabajo volver al Daime. En general, la potencia de su
ayahuasca es igual a la de nuestro yajé (tal vez no tan explosivo), pero uno
no tiene la libertad de escoger su lugar para poder superar el mareo. Su
ritual obliga a mantenerse en pie durante toda la noche, bailando y cantando
más de cien himnos, uno tras otro.
El escenario: una loma que mira el lejano panorama de la capital; clima
caliente, árido; una maloca, tosca pero funcional, con luz eléctrica; piso
de cemento marcado con líneas que irradian desde el hexágono del altar
central, una mesa adornada con flores, fotos de sus “mestres” y la Cruz de
Caravaca.
Aquella noche llegaron alrededor de 70 personas, casi todas en carro y
seguimos las pautas que ya conocía. Las mujeres ubicadas a un lado del
recinto, los hombres al otro, a cada participante le asignan un espacio
específico entre las líneas, como en la plaza de toros, con los
principiantes como yo en el perímetro. Se procede de una vez al brindis,
formando dos filas, según el género, para recibir la copa desde una
ventanilla frente a la entrada. La ceremonia comienza con el rosario,
repetido muchas veces. Luego, ayudado por media docena de personas con
instrumentos musicales, agrupadas alrededor del altar, arranca el canto
colectivo, que se complementa con un paso lateral bailado en vaivén. Ante la
dificultad de describir los detalles, como los trajes blancos de los
hombres, las faldas y coronas de fantasía de las mujeres, las guirnaldas de
papel brillante que cuelgan de las vigas, etc., me limito a decir que todo
el adorno tiene un toque de elegancia el cual es un poco juguetón al mismo
tiempo, creando un ambiente entre formal y alegre.
Ahora bien, el yajecero colombiano es astuto y ya sabía lo suficiente para
adoptar mi estrategia. Mi anfitrión, un líder del grupo que era rockero en
su juventud y ahora alto funcionario del gobierno, me había contado que el
ritual iba a durar toda la noche, con el acostumbrado intervalo. Es decir,
del inicio a las 9:30 p.m hasta la una de la mañana, para reiniciar a las
dos. De mi viaje a Manaus recordaba que el participante, apenas entra el
templo, está sujeto a las normas, pero no lo regañan por la tardanza. Así
que decidí demorar mi entrada. Pero desde afuera del templo, pude escuchar
los himnos y pasada la cuarta hora, no resistía mas: son cautivantes.
Comencé bien, pero al rato me sentí incómodo, por mi pobre manejo del baile
y la mínima comprensión de las letras de los cantos. Sin embargo, observaba
todo, gozaba algunos himnos y a medida que la borrachera me cogía, captaba
algunos destellos de su magia.
Sobre todo, me impresionó la entrega de las mujeres, verdaderas divas.
Vestidas de gala, sus altas voces dominando el coro, sus miradas perdidas en
el trance, entraban, sin exagerar, en un estado orgásmico. Cuando uno está
frente a ellas su presencia se vuelve un torbellino de colores, movimientos
y sonidos, una fuerza femenina imposible de ignorar.
Más o menos a cada hora hicieron una breve pausa para servir el Daime a los
que querían tomar otra copa. Notaba que mi amigo, que ya había bebido tres
llenas, seguía parado delante del altar, tocando la guitarra con tanta
energía que estaba bañado en sudor. Aunque el asunto de la dosis era
voluntaria, sentí una sutil presión moral y pedí la segunda copa, pequeña.
Ya en plena rasca, fue más difícil concentrarme, especialmente porque el
sentimiento cristiano no era de mi gusto. Intenté escapar, para comulgar con
la naturaleza. Consciente de la presencia de los “fiscales”, integrantes que
vigilan a los participantes, fui a la gran cruz de madera que se yergue
afuera, como en todas las iglesias del Daime, y me incliné delante de ella,
fingiendo rezar aunque mi propósito era respirar monte. Pero resulta que fui
yo el engañado: al rato me pillaron y en todo caso, el magnetismo de la
música imposibilitó quedarme afuera.
El intervalo fue chistoso. Aun sabiendo que volverá a tomar pronto, la gente
sale a picotear, a un kiosco donde venden pasabocas y refrescos. Fui a mi
cuarto, a diez pasos de la iglesia, me acosté y nueva sorpresa, dormí media
hora (que nunca me pasa durante una toma en Colombia) y después, en ese
umbral entre el sueño y la vigilia, oí primero más rezos y luego los cantos.
A lo que yo pensé era una hora larga volví, pero en la realidad fueron 20
minutos. A pesar de que los cantos seguían uno tras otro en ese momento, sin
el brindis general, me di el derecho a pedir la siguiente copa apenas entré.
Cuando miré el número del himno en el texto del compañero al lado, descubrí
que apenas estábamos a la mitad !
En aquel momento la noche se tornó interminable y no sabía cómo iba a
aguantar, pero al resignarme a las circunstancias sentí el impulso de cierta
dinámica, combinación de la fuerza de la colectividad, el orgullo mío y la
alegría de la música. Sin negar que estaba bastante aburrido a veces, la
obligación de quedarme me ayudó a concentrarme en el significado de lo que
estábamos cantando y descubrí que, entre lo mucho que no entendía y a pesar
del lenguaje cristiano, podía captar una que otra lección que concordaba con
las enseñanzas de los taitas. Por ejemplo, recuerdo un verso que decía,
entre tantas palabras, que el Daime es cosa seria y que el que no quiere
aceptar los sacrificios no debe participar, como si el mensaje estuviera
dirigido exclusivamente a mí.
Sabemos que a medida que se acerca la meta, y por más demorado que sea, se
recoge más optimismo. Así conté los himnos (que eran aproximadamente 130 en
total) y hacía una suerte de gimnasia mental: ahora solo faltan 30, ahora
20, etc. Cada minuto que pasaba, ganaba terreno y así podía disfrutar del
ritual intermitentemente, a pesar del cansancio y de los momentos de
alienación.
Pero al terminarlos, pasaban a otro texto. Era más corto, pero
demoraba otra hora y la misma desesperación aumentó cuando, sin esperarlo
yo, recitaron el rosario concluyente y luego otras oraciones, que fueron
sucedidas por algunos anuncios. Fue solamente con la filtración al recinto
de los primeros rayos de sol (en aquellas latitudes casi a las 6:30) que por
fin terminó.
Los compañeros colombianos de tantas tomas, no tendrán dificultad en
imaginar mi alivio en aquel instante. En este caso no fue precisamente la
satisfacción de haber superado el mareo, la purga, los sustos etc. Estos
sentimientos no estaban ausentes, pero lo que había enfrentado,
forzosamente, era también un ejercicio de concentración beneficioso. Percibí
que la gran alegría que sentí entonces era proporcional al esfuerzo
invertido en la resistencia.
Como siempre, estaba demasiado eufórico y hablador y me uní a un grupo de
daimistas congregados alrededor de la fogata, que estuvo prendida toda la
noche, esperando participar en la tertulia pos-toma que realizamos en las
madrugadas en Bogotá. Pero, como iba a entender más adelante, luego de
conocer otros grupos, esa costumbre no existe allí. Los daimistas sí pasan
un rato despidiéndose pero la mayoría vuelven a sus casas a los veinte
minutos. Sin embargo se quedaron algunos, tipo estudiantes, y se interesaron
en mis cuentos. Les mostré una revista con fotos de los taitas y me hablaron
de sus propios entusiasmos. Uno era un artista que pinta sus visiones, otro
un ecologista. En los días siguientes el último me llevó en su carro a
conocer la ciudad y tuve la oportunidad de conversar con otros miembros de
la iglesia que había conocido. A pesar de una cierta reserva que caracteriza
a sus seguidores, la gran mayoría siguen siendo personas convencionales en
su vida normal; el Daime forja amistades.
Lo que acabo de describir fue apenas un solo ritual pero lo que cuento de
aquí en adelante no va a ser comprensible si no establezco primero un marco
de referencia.
A los pocos días despegué del aeropuerto de Brasilia en una tarde de sol,
los horizontes son infinitos allí y la luz solar pinta el entorno de colores
muy hermosos. Pero acercándonos a Río el atardecer se puso lluvioso.
Esperando tener una vista aérea de una ciudad casi mítica para mí, casi
lloraba de la decepción. Me hospedé en el apartamento de un amigo que había
conocido en Colombia, investigador de la música folclórica. No me mintió al
advertirme, antes del viaje, que vive “bajo el sobaco del Corcovado”, en
otras palabras, casi flotando sobre la ciudad en un sitio parecido a las
laderas de Monserrate, rodeado de un tupido bosque tropical que estaba
tapado por la neblina aquella noche. Al dormir, tuve unos sueños afiebrados,
en los cuales veía toda la ciudad bajo esa perspectiva opaca, como un arrume
de edificios hundidos en la maraña y carcomidos por la humedad. El tiempo
lluvioso persistía y esa impresión inicial se fortaleció durante mis paseos
alrededor de aquel sector durante los siguientes días, que incluyeron una
visita al jardín botánico, el cual se pierde en el monte a su alrededor.
Luego, al salir el sol, comencé a ver el Río que todo el mundo conoce
–caluroso, playero, relajado– pero aún creo que ese sueño, cuya intensidad
era una secuela del ayahuasca que había tomado en Brasilia, me reveló cierta
faceta esencial de la ciudad. Si su equivalente colombiano, en términos
culturales, era Cali, ambientalmente me hizo recordar el Amazonas, selva
húmeda y extravagante, pero con mar y montaña. La vegetación brota por
doquier, hasta de los andenes y los muros de los edificios, y en muchas
partes el peatón goza de la sombra de grandes árboles que aminoran el calor.
Entre el conjunto general –compuesto de apartamentos, “shoppings”, avenidas,
puentes, túneles y multitudes de gente, todo sujeto a un superávit de carros
que muchas veces hace que el tráfico sea insoportable– se topa, en el
momento menos esperado, con las casonas estilo republicano, que caracterizan
la arquitectura tradicional y ostentan jardines que son la jungla en
miniatura. Montaba buseta, caminaba hasta perderme, trotaba los atardeceres
por el parque que bordea el mar entre Botafogo y Flamengo. Sobra decir que
esta parte del paseo tenía más que ver con conocer a Río que al Daime.
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