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Los
científicos vuelven a poner sus ojos en las drogas psicodélicas con la
esperanza de hallar respuesta a trastornos mentales.
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Los artistas
psicodélicos
Con el LSD, los “hongos mágicos” y otras drogas
psicodélicas, artistas y músicos en los años 60 y 70 descubrieron nuevas
posibilidades artísticas. Al consumir estas sustancias se adentraban en
un mundo nuevo que multiplicaba las posibilidades de experimentación
creadora. El LSD, la más popular de estas drogas, llegó a ser bautizado
como el “Jesucristo del siglo XX en su forma química”. Entre los músicos
que se matricularon en el arte psicodélico se cuentan Grateful Dead,
Jefferson Airplane, Quicksilver, Santana y Timothy Leary. Este
último llegó a considerarse todo un gurú del tema. Leary (nacido el 22
de octubre de 1920 y quien falleció el 31 de mayo de 1996) era
escritor, psicólogo y entusiasta del uso de drogas psicodélicas. Fue
una de las primeras personas en auspiciar la investigación en busca de
beneficios terapéuticos del LSD. Las recientes investigaciones
parecen darle la razón a Leary y a muchos otros artistas sobre los
efectos benéficos de estas sustancias.
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Promesa terapéutica
Tratamientos
psicodélicos
Por: Pablo Correa
Después
de cumplir cuatro décadas proscritas como sustancias prohibidas, el LSD
(dietilamida del ácido lisérgico) y otras cuantas drogas conocidas desde los
años 60 como “psicodélicas”, han regresado con la promesa de
convertirse en poderosos medicamentos para tratar enfermedades mentales.
Grupos de investigación en distintas universidades norteamericanas y
europeas han comenzado a desempolvar trabajos que iniciaron sus colegas hace
ya más de 60 años en los que exploraban las posibilidades terapéuticas de
sustancias como el LSD, psilocybin, DMT, MDMA, ibogaine y ketamina.
Hasta 1972 se habían puesto en marcha más de 700 investigaciones
relacionadas con los efectos benéficos de estas sustancias, pero las
políticas antinarcóticos promovidas por los gobiernos a lo largo de los 70 y
80, la maldición social que cayó sobre ellas dificultó a los científicos
continuar explorando este arsenal de medicamentos.
Tímidamente, pero cada vez con más entusiasmo por los resultados positivos
en grupos de voluntarios, desde 1990 los científicos acumulan argumentos y
datos para convencer al mundo de que las “drogas psicodélicas” pueden
albergar la respuesta para complejas enfermedades como la depresión, el
síndrome de estrés postraumático, migrañas, desorden obsesivo-compulsivo,
incluso para acompañar a los pacientes con cáncer terminal y,
paradójicamente, para tratar adicciones al alcohol y otras drogas.
De acuerdo con David Jay Brown, miembro de la Asociación
Multidisciplinaria para Estudios Psicodélicos, una organización que
recauda fondos para promover estas investigaciones, y quien recientemente
publicó un interesante artículo en la revista Scientific American
sobre el tema, “aún son poco claros los mecanismos neuronales a través de
los cuales estas drogas producen sus resultados benéficos, pero los efectos
psicoactivos que provocan las convierten en potenciales herramientas
terapéuticas”.
Uno de los factores a los que se atribuye este resurgimiento en la
investigación neurológica y psiquiátrica se debe, según el químico David
Nichols, al impulso de los científicos que forman parte de la generación
de los baby-boomers. Se trata de especialistas que nacieron en la postguerra,
que en los años sesenta experimentaron, al igual que millones de jóvenes,
los “viajes psicodélicos”, y que hoy, convertidos en respetables y veteranos
científicos, han optado por reexplorar estas sustancias, ya no con fines
artísticos o lúdicos, sino medicinales.
De vuelta a los laboratorios
El pionero en las investigaciones “psicodélicas” fue el químico suizo
Albert Hofmann. En 1943, en Basilea, cuando apenas nacían los
científicos que décadas después continuarían sus trabajos, Hofmann, quien
trabajaba para la farmacéutica Sandoz, descubrió el LSD y sus efectos
alucinógenos. Como muchos de los grandes descubrimientos, tuvo algo de
casualidad. Muchos de sus colegas se habían dado por vencidos luego de que
los ensayos con animales no arrojaran resultados esperanzadores. Hofmann
insistía en que el LSD era una sustancia prometedora.
En abril de 1943, Hofmann recibía la recompensa a su obstinación:
accidentalmente una gota de LSD le cayó en la mano y en cuestión de minutos
comenzó a experimentar angustias, vértigos, visiones sobrenaturales,
felicidad absoluta. Años más tarde relataría sus experiencias en un libro
que tituló: “LSD: mi hijo terrible”.
Antes de convertirse en el hijo terrible que escandalizó al mundo en los
años sesenta, el LSD se comercializó en cápsulas y ampollas, indicado
para tratamientos de desintoxicación para alcohólicos, así como para
personas con cáncer terminal.
Cuando la noticia de sus efectos llegó a los círculos artísticos, a oídos de
los jóvenes de la época y a soldados en Vietnam, el LSD comenzó a
convertirse en el hijo terrible que Hofmann nunca imaginó. Sin embargo, en
su libro Hofmann advirtió que “si se lograra aprovechar mejor, en la
práctica médica y en conexión con la meditación, la capacidad del LSD para
provocar, en condiciones adecuadas, experiencias visionarias, podría
transformarse de niño terrible en niño prodigio”.
¿Cómo funciona?
Según explicó a Scientific American Rick Strassman, psiquiatra
de la Universidad de Nuevo México y uno de los primeros en investigar los
efectos terapeúticos en seres humanos, “las drogas psicodélicas catalizan
procesos que, se sabe, son útiles en contextos terapeúticos, como son:
reacciones de transferencia y su manejo, procesos de simbolización, aumento
del contacto entre emociones e ideaciones y control de regresión”.
Las sustancias psicodélicas, según creen los científicos, actuarían de
distintas formas sobre los circuitos neuronales. Algunas de ellas
simularían efectos de la serotonina (responsables de regular procesos
como el ánimo, la memoria, el apetito o el sueño) y otras imitarían
neurotransmisores como la dopamina o el glutamato.
La información disponible aún no permite a los investigadores aclarar hasta
qué punto las sustancias psicodélicas modifican estos circuitos neuronales
favoreciendo mejorías en ciertos trastornos, o sus beneficios radican en
promover efectos “psicológicos” como la habilidad para entender el mundo
desde otras perspectivas reduciendo la ansiedad y el dolor.
Hasta el momento, los estudios con drogas psicodélicas se encuentran en las
fases I y II, de las tres exigidas por la FDA (Food and Drugs
Administration), antes de salir al mercado. Es decir que hace falta un largo
trayecto antes de que alguna de ellas llegue a los estantes de las
droguerías.
Sin embargo, para el psiquiatra colombiano Rafael Salamanca ya estamos
viviendo la era en que el cerebro es transformado con sustancias
psicoactivas: “Modificar los estados de ánimo y el pensamiento a través de
sustancias naturales o sintéticas es una de las grandes conquistas de la
psiquiatría en las últimas décadas”. Las sustancias psicodélicas,
convertidas en medicamentos, se sumarían al arsenal con que ya cuentan los
psiquiatras y neurólogos.
De consolidarse las investigaciones con el LSD (droga que fue bautizada por
los artistas de los 60 como “Jesucristo del siglo XX en su forma química”) y
las demás sustancias psicodélicas, los pacientes con trastornos mentales
podrían en unos cuantos años pedir a sus neurólogos y psiquiatras citas para
experimentar un “viaje psicodélico y terapéutico”.
Tomado de El Espectador Sábado, 12 de enero de 2008
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